En la clase de comedia musical, me vi forzada a quedarme, aunque no quería. Hace unos meses atrás no había problema por ello, pero ahora parecía que era el centro de atención de una manera muy mala.
Mientras bailaba en el escenario, teniendo de pareja de baile a Matías Beltrán, sentía cómo todas las miradas se centraban en nosotros. Es un baile grupal, pero por decisión de Josefina, Matías y yo éramos el foco de atención en la coreografía.
Me quería morir, no literalmente, quiero decir, Antonella me miraba con ojos llenos de agujas lista para atacar, junto a su grupo de seguidoras sin personalidad propia. Intenté buscar algún punto seguro donde posar mi mirada, pero sin querer, cada vez que levantaba la vista, mis ojos inevitablemente caían en Bruno, quien estaba sentado al frente, ni siquiera en una esquina, no, al frente del escenario, con los brazos cruzados, observando atentamente el baile.
Traté de mantener la calma y concentrarme en los pasos, pero era difícil con tantas miradas sobre mí. Sentía que el sudor me recorría la frente y que mis mejillas se sonrojaban cada vez que el hermano de Josefina tenía cualquier tipo de contacto conmigo. Matías sonrió de lado al tomarme de la cintura, como si esto fuera algo que hiciera a diario.
—Relájate, lo estás haciendo bien —susurró, pero su tono confiado no ayudaba a calmar mis temblores. Su cercanía solo lograba aumentar mi nerviosismo, haciéndome consciente de cada punto de contacto entre nosotros.
Por suerte, Josefina parecía estar demasiado concentrada en la coreografía como para notar mi evidente nerviosismo. Ella se movía con soltura y gracia, como si estar bajo los focos fuera lo más natural del mundo.
Cuando la música finalmente se detuvo, se escucharon algunos aplausos por parte de los profesores y algunos estudiantes. Matías me sonrió y me felicitó por el buen trabajo. Yo, por mi parte, solo atiné a balbucear un tímido "Gracias", sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas.
Mientras bajábamos del escenario, pude sentir la mirada de Bruno clavada en mi espalda. Tragué saliva, preguntándome qué estaría pensando. ¿Acaso se habría dado cuenta de lo nerviosa que me ponía su presencia?
Josefina se acercó a mí, emocionada.
—¡Patito, lo hiciste genial! —exclamó, dándome un efusivo abrazo—. Sabía que serías la pareja perfecta para mi hermano.
Sentí que el calor subía a mis mejillas ante sus palabras. ¿La pareja perfecta para Matías? Eso sonaba fuera de contexto, cualquiera que la escuchara podría imaginarse cualquier cosa y es lo más probable que así suceda, como ahora soy el platillo que más saborean.
Escuché cómo dos chicas de la esquina cuchicheaban, lanzándome miradas rápidas antes de estallar en risitas. Genial, más material para alimentar los chismes.
Ese era nuestro primer ensayo y ahora le tocaba al otro grupo, el de Antonella. Ellas subieron enseguida y, como era de esperarse, la favorita estaba al centro. Vi cómo los chicos se posicionaban arrodillados a su alrededor, entre ellos Bruno, quien se arrodilló tomándole de la mano con suavidad.
Me moví a un rincón para pasar más desapercibida mientras mirábamos el ensayo del otro equipo. Su baile era mucho más sensual en comparación al nuestro, que era algo más alegre e infantil. No me quejo, sinceramente, ya que yo no podría hacer los mismos pasos que Antonella y Bruno. Había mucho toqueteo por aquí y por allá. Desvié mi mirada para ver a Matías, quien se veía un poco molesto observando aquella interacción. Si seguía tensando la mandíbula, quizás se le podría salir, según yo.
Me senté en el piso, cruzando mis piernas, pues estaba cansada. Me gusta bailar y cantar, pero me canso rápidamente de las actividades físicas.
—Es tan engreída —murmuró Josefina a mi lado, sentándose en el piso conmigo—. No sé qué le ve mi hermanito a esa bruja.
—Pues, es linda —dije con obviedad, y ella rodó los ojos—. Y no lo culpo, aquí a la mayoría les gusta Antonella, ya la otra parte le gustas tú o algunas de las chicas.
—O tú —dijo ella, mirándome con una sonrisa, y ahora fui yo quien rodó los ojos.
—Ya se te fueron las cabras para el monte, Josefina.
Josefina se rió y me dio un codazo juguetón. Corrí mi trenza al lado y seguí mirando el baile, preguntándome qué estaría pensando Bruno al observar tan de cerca a Antonella. Me reí para mí misma. Está muy claro lo que pasa por su mente, dice lo que todos escuchamos todos los días: "Oh, Anto es super bella, como un ángel caído del cielo... Oh, ella es divina, una diosa del Olimpo... ¡Huele a flores... Como rosas!"
Arrugué mi frente. ¿Huele a rosas? Miré atentamente a Antonella, sin quitarle mis ojos de encima, y me giré a mirar a mi amiga.
—Josefina... —ella me miró—. ¿Huelo mal?
Mi amiga se acercó a mi cuerpo y me olfateó, se alejó y negó.
—Hueles bien —dijo ella con simpleza—. ¿Por qué?
Tiré de mi camiseta y la olí, no sentí mucha diferencia.
—¿A qué huelo? ¿A rosas o flores silvestres?
—Hueles a frutillas con crema, Patito —dijo mi amiga sonriendo.
—¡Huelo a cocina! —dije totalmente horrorizada—. No, peor, ¡Huelo a una tienda de frutas y verduras!
Josefina soltó una carcajada ante mi reacción dramática.
—Ay, Patito, no exageres —dijo, dándome un codazo juguetón—. Hueles delicioso, como siempre. Eso no es algo malo.
Claro, Josefina se está riendo. Seguro exagero... pero, ¿y si no? ¿Y si lo dice solo porque es mi mejor amiga para no herir mis sentimientos de cristal? Me levanté del piso, sacudiendo mi falda.
—Iré al baño —le dije, ella asintió y yo salí de aquel lugar.
A mi cerebro le gusta repetir escenas una y otra vez, y en este caso ya se obsesionó con la idea de que huelo a frutería barata, a frutillas con crema, a desodorante ambiental que colocan en diferentes baños para ambientar el lugar.
Huelo a eso, a un baño público.
Mientras caminaba por los pasillos hacia el baño, no podía dejar de pensar en ello. ¿Realmente olía tan mal? ¿Acaso los demás también lo notaban? La sola idea me hacía sentir avergonzada y cohibida.
Entré al baño y me miré al espejo, examinando mi apariencia. No veía nada fuera de lo normal, pero eso no significaba que no apestara como una floristería abandonada o a acantarilla.
Abrí el grifo y me mojé las manos, acercándolas a mi nariz para olerlas con detenimiento. Nada. Olían a jabón, como siempre. Tal vez Josefina tenía razón y yo estaba exagerando.
Aun así, no podía quitarme esa sensación de inseguridad. ¿Y si en realidad apestaba y nadie me lo decía por lástima? Sacudí la cabeza, tratando de alejar esos pensamientos negativos, pero ahí estaban, otra vez.
"Patricia Castro, el Patito feo huele a baño público", me dije a mí misma, chillando internamente.
Me lavé las manos con jabón una y otra vez, con la intención de quitar ese olor imaginario. Cuando salí del baño, con las manos arrugadas como pasas, caminé arreglando mi cabello sin prestar atención al paso, cuando en la vuelta de la esquina apareció Bruno Molina, caminando en dirección a los baños. Me quedé tiesa.
Respiré profundamente y me dije: "No nos importa en absoluto".
Seguí caminando con la intención de ignorarlo, ese era mi meta, fingir que no existe, pero él me miró, y ¿cómo no? Si soy la única en el pasillo caminando como si hubiera peleado con otro Pato en la alberca. Bruno arrugó el ceño ligeramente antes de seguir su camino. ¿Era disgusto... o confusión?
Pasamos al lado del uno y el otro, sin cruzar palabras. Él, completamente indiferente a que en ese momento yo tenía un hoyo en el estómago.
"Seguro él piensa que soy el desastre en persona. Si Antonella es el ángel del colegio, yo soy el troll de las mazmorras de Harry Potter", pensé, sintiéndome cada vez más insegura.
Traté de mantener la calma y la compostura, pero por dentro me sentía como si fuera a desmoronarme en cualquier momento. ¿Por qué me importaba tanto la opinión de Bruno? Él ni siquiera me había dirigido la palabra. Tal vez estaba siendo demasiado dura conmigo misma.
Cuando volví al salón, Josefina me recibió con una sonrisa y me arrastró de vuelta al grupo para seguir ensayando. Poco a poco, fui logrando enfocarme en la coreografía, dejando de lado mis inseguridades. Después de todo, Josefina me había dicho que olía bien, y ella era mi mejor amiga. Tal vez sí estaba exagerando.
