El fin de semana le rogué a mi mamá que me comprara un perfume, ella primero se rehusó, se lo tuve que pedir de rodillas hasta que al fin aceptó. Fui la persona más feliz del mundo al salir con el set completo de baño con aroma a flores silvestres y, claro, mi nuevo perfume.

Cuando llegué al colegio, todo parecía ir normal. Caminé por los pasillos hacia mi casillero y guardé algunos cuadernos, dejando los demás dentro.

—Oh, alguien huele rico por aquí —dijo mi amiga, olfateando mi cabello. Me giré a verla con una sonrisa—. Déjame adivinar, ¿compraste un perfume nuevo?

—Así es, así es —dije feliz—. ¿Huelo bien?

—Hueles a una princesa del bosque —respondió Josefina, sonriendo ampliamente.

Sentí como si un peso se hubiera quitado de mis hombros. Al parecer, mi obsesión por el supuesto olor a frutería barata había sido solo producto de mi imaginación.

—Me alegro que te guste —dije, relajándome un poco—. Estaba preocupada de que pudiera oler mal o algo así.

Josefina soltó una risita y negó con la cabeza.

—Ay, Patito, ¿cuándo vas a dejar de ser tan dura contigo misma? —dijo, pasando un brazo por mis hombros—. Eres hermosa tal y como eres, perfume o no.

Sentí que mis mejillas se sonrojaban ante sus palabras. A veces Josefina tenía esa habilidad de hacerme sentir mejor, incluso cuando yo misma me hundía en la inseguridad.

—Gracias, Josefina —murmuré, sonriéndole con sinceridad.

El timbre sonó y ella se fue a su clase, mientras que yo cerraba el casillero para irme a mi salón. Cuando volteé, choqué de pleno con alguien, me golpeé la nariz y me alejé.

—Auh... —murmuré, tocando mi nariz y, molesta, hablé sin mirarlo—. ¿Por qué no te fijas por dónde caminas?

Cuando alcé la vista, mi voz se fue disminuyendo hasta el punto que quedó en un hilo que se esfumó en el aire.

—Lo siento, no te vi —dijo Bruno—. ¿Te pegaste muy duro?

Me quedé congelada, mirándolo con sorpresa. Bruno Molina, el susodicho de todos los rumores que me entrometen en boca de todos, me miraba preocupado por si me había lastimado.

—Y-yo... —balbuceé, sintiéndome torpe e incapaz de articular una frase coherente—. Estoy bien, no fue nada.

Él me miró con esos ojos tan intensos que me hacían perder el aliento, y luego sonrió levemente.

—Me alegro —dijo, y sin decir más, se dio la vuelta y siguió su camino.

Me quedé ahí, viendo cómo se alejaba, con el corazón latiéndome a mil por hora. ¿Acaso Bruno Molina acababa de preocuparse por mí? No podía creerlo.

Despabilé y corrí a mi clase de ese día, aún sintiendo el calor latente en mi cara. En esa clase no puse atención para nada, y aunque lo quisiera hacer, no podía, tenía esa mirada grabada en mi mente como una película que se repite una y otra vez. ¿Y qué decir de su sonrisa? Fue ligera y casi imperceptible, pero la vi. Quería chillar por no entender nada de lo que pasaba conmigo. ¿Por qué estaba actuando así?

No sé en qué momento la clase pasó y todos ya salían al primer recreo. Me levanté, guardando mis cosas, y salí del salón con la mochila colgando detrás de mí. Iba al casillero a cambiar los cuadernos e ir a buscar a las chicas.

Mientras estaba cambiando los libros, me percaté de que me miraban más raro de lo normal. Respiré profundamente, ignorando ese detalle, cerré el casillero y caminé hacia el patio principal. Mientras caminaba me sentía observada y esa inseguridad comenzó a renacer otra vez.

¿Huelo mal? ¿Por eso todos me ven así? ¿Me habré lavado bien los dientes?

Josefina estaba con las chicas de su curso, Tamara y Belén, las tres me observaron y cuando estuve cerca de ellas, me jalaron de golpe mientras sonreían ampliamente. Me sentí un poco nerviosa por eso.

—¿Qué pasa? —pregunté, jugando con mis dedos—. ¿Qué pasó?

—¡A Bruno le gustó tu nuevo perfume! —exclamó Josefina.

—¿Qué? —dije, sin querer, mi estómago comenzó a cosquillear—. ¿Qué dices? No estoy para sus rumores salidos de la nada, no se crean nada de lo que dicen, chicas, esos rumores...

—¡Él lo dijo! —respondió ahora Tamara, sonriendo—. Nosotras lo escuchamos, de hecho, todo el curso lo escuchó.

Me quedé sin palabras, procesando lo que acababan de decir. ¿Bruno Molina había hecho un comentario sobre mi perfume? ¿Frente a todo el curso?

Sentí que mi corazón iba a salirse de mi pecho. No sabía cómo reaccionar. Por un lado, me emocionaba la idea de que a él le gustara mi aroma, pero por otro, me daba miedo creer en algo que podría no ser cierto.

—¿Estás seguras de que no es solo un rumor? —pregunté, aún incrédula.

—¡Claro que no! —exclamó Josefina—. ¡Él mismo lo dijo! Ahora todos en el curso creen que le gustas.

Tragué saliva, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas. Esto era demasiado para mí. No sabía cómo procesar toda esta nueva información.

—Ustedes están mintiendo, seguro eso nunca pasó —respondí—. Quizás escucharon mal.

—No, escuchamos bien —dijo Belén, con un tono que denotaba absoluta certeza—. Escucha, estábamos en la clase de biología. Ya sabes, hicieron grupos como siempre: Bruno y sus amigos juntos, nosotras tres, Antonella y su séquito insoportable...

—...Y —interrumpió Tamara, con un gesto exagerado—, como siempre, empezaron a hablar de cosas absurdas. Ya sabes cómo son, desubicados. Pero de pronto, Alan pregunta algo... algo raro. "¿Qué les atrae más de las chicas?", dijo, así como si nada.

Mis ojos se agrandaron. ¿Cómo llegaban siempre a temas tan absurdos en clase? Pero antes de que pudiera decir algo, Josefina casi salta de emoción.

—¡Matías respondió primero! —dijo Josefina, alzando las manos dramáticamente—. Y claro, a ese tarado no se le ocurre otra cosa que decir "me gusta el perfume de las chicas, es atractivo." ¡Adivina a quién miraba cuando lo dijo! ¡A la bruja mayor!

Belén rodó los ojos, y Tamara dejó escapar una risita nerviosa. Yo, en cambio, sentía que mi estómago daba vueltas.

—En fin, todos empezaron a hablar sobre eso —continuó Josefina, inclinándose hacia mí como si estuviera a punto de soltar la bomba del siglo—. Y Bruno... él...

—¡Baja la voz! —le dije, cubriéndole la boca con ambas manos, sintiendo que el calor subía por mi cuello.

Josefina apartó mis manos con una sonrisa traviesa, disfrutando cada segundo de mi incomodidad.

—Lo siento, lo siento. Bueno, Bruno dijo algo... increíble. Miró a Matías y preguntó: "¿Cómo se llama la niña de trenzas? La que bailó contigo el otro día... me gusta. El perfume."

El mundo dejó de girar por un instante. ¿Me había escuchado bien? Mi mente no podía procesar esas palabras. Era como si todo el ruido a mi alrededor se hubiera desvanecido.

—¡Y eso no es todo! —intervino Belén, señalándome con una sonrisa conspiradora—. Cuando Matías dijo "Patito huele a frutillas", ¿sabes lo que respondió Bruno? Dijo... "Parece que lo cambió. Hoy tenía una fragancia diferente."

Sentí que las piernas me temblaban. El aire parecía más pesado, como si de repente todo el colegio me estuviera mirando y aunque parece chiste, es anécdota.

—No puede ser... —susurré, más para mí misma que para ellas. Mi corazón latía tan fuerte que temí que alguien pudiera escucharlo.

—¡Claro que sí! —exclamó Tamara—. ¡Lo dijo en voz alta! Todo el curso lo escuchó.

—¡Te tiene en la mira, Patito! —añadió Josefina con un tono cantarín—.

Mi mente estaba en completo caos. Por un lado, sentía una oleada de emoción que no podía explicar. Pero por otro... ¿y si todo esto no era más que una broma cruel?

No sabía si reír, gritar o salir corriendo. Todo lo que podía hacer era quedarme ahí, con las mejillas ardiendo y el corazón a punto de salirse de mi pecho.

— Y alto!— dijo Tamara—¡Aqui el gran detalle! Es que todos se preguntaron lo mismo pero Antonella pregunto firme: ¿Como sabes tu que Patricia cambio el perfume? ¡Directo al nervio! Bruno la miro y, pone atencion a lo que te digo, no respondio enseguida, se demoró, lo pensó, lo procesó ¿Entiendes? Y dijo, pase por su lado y ya.

Con lo dicho por Tamara, arregle mis lentes con duda, ví a las chicas muy eufóricas con todo el asunto y yo, bueno, pise tierra y respire hondo.

— Quizás y así fue — respondí como si no me afectará en absoluto porque es así ¿No? No me afecta — creo que están armando un caos donde no lo hay.

— Pero Patito, nosotras... — dijo Josefina — Nosotras vimos como... Sonrió, como su hermano... ¡Gonzalo! Detallazo, Gonzalo lo observo directamente cuando dijo: ¿Cómo se llama la niña de trenzas? La que bailó contigo el otro día... me gusta. O sea, no estás dimensionando lo que es esto, porque Gonzalo lo miro directamente a los ojos y Bruno, termino la frase con "el perfume"

— Están exagerando, seguro todo eso quisieron ver, si les recuerdo que él ni sabe quién soy, la niña de trenzas, ni sabe mi nombre.

— ¡Yo creo que se hace el loco! — dijo Belén — o sea, llevamos meses en teatro musical, tu nombre se dice una y otra vez ¿Cómo va a ser tan bobo para no saberlo?

— Quizás soy invisible para él, aprender mi nombre debe ser una perdida de tiempo — respondí restándole importancia — en fin, ya olviden el tema. No me va ni me viene.

Josefina y las otras dos se miraron suspirando, yo por mi parte saque unas galletas de la mochila y me dispuse a comer aunque en mi mente se repetía todo lo que me habían dicho.

El piensa que tengo un aroma agradable y eso extrañamente me hace sentir feliz...