El aeropuerto de Fuyuki estaba envuelto en un aire de calma extraña. A esa hora temprana, el bullicio habitual del lugar parecía apenas un susurro. Los anuncios resonaban de manera pausada, el eco de las voces femeninas grabadas rebotando en las paredes, mientras los pocos pasajeros que estaban presentes se movían con somnolencia. Las luces amarillas del terminal iluminaban las losas de mármol, y afuera, un tenue amanecer coloreaba el cielo con un degradado de rosas, naranjas y púrpuras.
Dan Mori estaba apoyado contra una columna, sus manos metidas en los bolsillos de su abrigo, observando en silencio a Waver Velvet y a su hermana Sun Tzao, mientras terminaban de registrar los últimos detalles antes de su vuelo. La reciente batalla con Sun Tzao seguía grabada en su mente como un eco constante, pero ya no lo atormentaba. En lugar de eso, lo llenaba con una sensación de cierre. Había algo diferente en esa despedida. No era solo el final de un combate; era el final de siglos de odio, rencor y rivalidad que habían definido una parte de su existencia.
Waver, con su porte algo nervioso pero decidido, revisaba los papeles de embarque y ajustaba la posición de su mochila. Gracias a la ayuda de Kiritsugu y el viejo Raiga había sido capaz de costear este gran viaje que tenía planeado desde hace un par de semanas. A su lado, la figura etérea de Sun Tzao, aún en su forma espiritual, flotaba de manera tranquila, casi curiosa. Aunque su apariencia seguía siendo imponente, la dureza que antes definía su rostro se había desvanecido, dejando una expresión de calma que rara vez había mostrado. A pesar de su forma no física, Mori podía notar que su esencia espiritual parecía más luminosa, más estable.
Más feliz.
Mori respiró profundamente, dejando que el aire frío de la mañana llenara sus pulmones. Sabía que el momento de la despedida estaba cerca, pero no podía evitar sentir una punzada de nostalgia al observar a su hermana y al joven magus que ahora la acompañaba. Su relación con Sun Tzao, tan marcada por el caos y la destrucción, había cambiado radicalmente en cuestión de solo unos días. Lo que antes había sido una conexión rota y marcada por la envidia ahora era algo que no podía describir completamente, pero sabía que era real.
Finalmente, Waver terminó de arreglar los detalles de su vuelo y se acercó a Mori, una leve sonrisa asomando en sus labios.
—Bueno, parece que todo está listo, —dijo, sosteniendo sus boletos en la mano mientras ajustaba la correa de su mochila—. Aún no puedo creer que esté haciendo esto. Salir de mi zona de confort no es precisamente lo mío, pero supongo que nunca es tarde para empezar.
Mori inclinó la cabeza con una leve sonrisa, reconociendo el cambio en el joven magus londinense. Lo había visto luchar con sus inseguridades y su necesidad de control durante los últimos días de su estancia en Fuyuki, pero ahora parecía estar listo para algo más grande.
—El mundo es más grande de lo que piensas, Waver, —respondió Mori, cruzándose de brazos—. Y hay cosas que no puedes aprender en una biblioteca. Es un buen momento para que explores y encuentres tus propias respuestas.
Waver asintió, aunque su rostro reflejaba un ligero nerviosismo no pudo evitar recordar con nostalgia a Rider, su antiguo Servant, quién en algún momento le había dado palabras similares. Giró la cabeza hacia Sun Tzao, quien flotaba a su lado con los brazos cruzados y una mirada tranquila.
—Supongo que no estaré solo en esto, —dijo, mirando a Sun Tzao con algo que parecía respeto.
Sun Tzao esbozó una leve sonrisa, algo que era aún nuevo para ella, pero no se molestó en ocultarlo.
—Espero que no pienses que soy una simple guía turística, humano, —bromeó, su voz todavía cargada de su característica arrogancia, aunque suavizada por el vínculo que había formado con él—. Si vamos a explorar el mundo, también será para que yo descubra qué me he estado perdiendo todo este tiempo.
Mori observó el intercambio entre ambos con una mezcla de satisfacción y nostalgia. Había algo peculiar en la dinámica entre Waver y Sun Tzao, una chispa que parecía indicar que ambos se complementarían de maneras inesperadas. De cierta forma le recordó a su relación con Xuanzang. Mori no pudo evitar sentirse aliviado al saber que su hermana no estaría sola en su viaje, especialmente porque este viaje no era solo por curiosidad, sino también un camino hacia su propia redención. Él esperaba que Sun Tzao creciera de la misma forma como él lo hizo durante su viaje a la India junto a su Xuanzang y sus hermanos discípulos.
Waver dio un paso hacia la puerta de embarque, dejando a los dos hermanos solos por un momento. Sun Tzao flotó ligeramente hacia Mori, su figura espiritual volviéndose más nítida a medida que lo miraba a los ojos. Durante un momento, ninguno de los dos dijo nada, pero el silencio entre ellos no era incómodo. Era un silencio cargado de emociones que no necesitaban palabras.
Finalmente, fue Sun Tzao quien rompió el silencio.
—Nunca pensé que este momento llegaría, —dijo, su voz baja pero firme—. Después de todo lo que hicimos, de todo lo que nos dijimos... pensé que solo uno de nosotros saldría con vida. Pensé que ese sería el único final posible para nosotros.
Mori asintió lentamente, comprendiendo cada palabra.
—Yo también lo pensé, Tzao. Por siglos, siempre creí que nuestro destino era enfrentarnos hasta el final. Pero ahora sé que estaba equivocado. No se trataba de ganar o perder, de destruir al otro. Se trataba de entendernos, aunque nos tomara milenios.
Sun Tzao lo miró con una expresión que mezclaba incredulidad y gratitud. Por tanto tiempo, había cargado con un odio que parecía ser parte de su misma esencia, pero ahora, al mirar a Mori, no sentía más que una extraña paz.
—Gracias por no rendirte conmigo al final, Sun Wukong. —El antiguo nombre que antes había vociferado con odio y furia en un tiempo de antaño brotó de sus labios con un tono totalmente diferente, más suave, como si reconociera quién había sido él, pero también quién era ahora. Y lo que ahora significaba para ella.
Mori dio un paso hacia ella, su mirada firme y llena de calidez.
—No me llames así, Tzao.
Ella lo miró con curiosidad mientras él continuaba.
—Sun Wukong y Sun Tzao pertenecen al pasado. Lo que fuimos ya no importa. Lo que somos ahora... eso es lo que cuenta.
Mori levantó su mano, extendiéndola hacia ella. Su voz bajó, cargada de significado.
—De ahora en adelante, quiero que lleves un nuevo nombre. Algo que simbolice lo que hemos dejado atrás y lo que somos ahora. Desde hoy, serás Dan Bitna. Una hermana, no un enemigo. Un miembro de mi familia.
Sun Tzao, ahora Dan Bitna, lo miró con los ojos abiertos, su esencia brillando ligeramente. Repetir el nombre en su mente le trajo una sensación de pertenencia que nunca había conocido durante todos los milenios había estado viva. Por primera vez, sintió que no era solo una sombra del pasado, sino alguien con un futuro.
—Dan Bitna, —susurró, probando el nombre en sus labios. Luego, una sonrisa sincera se dibujó en su rostro—. Es un buen nombre, hermano. Gracias.
Ambos permanecieron en silencio unos segundos más, hasta que Bitna flotó hacia él y, de manera inesperada, extendió una mano espiritual que rozó ligeramente su mejilla, como un gesto de despedida fraternal.
—Nos volveremos a ver, Dan Mori, —dijo, su voz llena de una confianza tranquila—. Y cuando lo hagamos, será para compartir historias, no para enfrentarnos.
Mori sonrió y asintió.
—Ve y encuentra tu propósito, Bitna. Pero recuerda: siempre tendrás un lugar al que regresar.
Con una última mirada, Dan Bitna flotó hacia Waver, su esencia espiritual volviéndose más tenue mientras el joven magus le daba la bienvenida con una sonrisa tranquila. Juntos, pasaron por la puerta de embarque, y poco después, desaparecieron en el interior del aeropuerto hacia un nuevo destino.
Mori permaneció allí un momento más, mirando el amanecer que se extendía por el horizonte. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo en su interior se había alineado, que el peso de milenios de conflictos y odio finalmente había desaparecido. Aunque Bitna y él ahora caminaban por caminos distintos, sabía que su vínculo era más fuerte que nunca.
Con un suspiro, Mori giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia la salida, la cálida luz del amanecer envolviendo su figura.
Mientras Mori salía del aeropuerto, el aire fresco de la mañana acarició su rostro. El amanecer iluminaba el horizonte con tonos dorados y cálidos, y por un momento, el bullicio del mundo pareció desvanecerse. Caminando por la acera vacía, sus pasos eran lentos, cada uno cargado de pensamientos y emociones que le pedían ser expresadas. Había algo que tenía que decir, aunque nadie estuviera allí para escucharlo.
La resolución de su aprendizaje de toda su vida, desde que se volvió el el rey de los monos de la montaña de flores y frutas hasta su reciente batalla contra su hermana.
Se detuvo en medio del camino, levantando la mirada hacia el cielo que comenzaba a despejarse, sus ojos dorados reflejando la luz del sol naciente. Tomó una profunda bocanada de aire, sintiendo cómo la brisa llenaba sus pulmones y lo conectaba con todo lo que lo rodeaba.
—Xuanzang, —comenzó, su voz baja pero firme, como si hablara directamente a los cielos—. Maestra, todo lo que soy ahora, todo lo que he llegado a comprender, empezó contigo. Cuando era un joven impulsivo, un dios que no entendía el significado de la humildad o la compasión, tú fuiste la luz que me guió. Nunca me diste la espalda, incluso cuando yo mismo dudaba de mi propósito.
Mori cerró los ojos un instante, recordando los días del viaje al oeste. La imagen rota de su maestra antes de ser devorada se desvaneció como una mera ilusión que el mismo había creado. Visualizó el verdadero rostro de Xuanzang, sereno y lleno de una fuerza tranquila que parecía inquebrantable, una mirada llena de amor y honestidad para él y para el mundo. Ella había sido su faro en un tiempo en el que solo conocía la violencia y el caos.
—Fuiste tú quien me enseñó que la fuerza no es solo para destruir, sino para proteger. Que la verdadera fortaleza radica en levantarse una y otra vez, no por uno mismo, sino por aquellos a quienes amas. Sin ti, nunca habría entendido que incluso alguien como yo podía encontrar redención. Gracias, maestra. Gracias por no rendirte conmigo.
Una suave brisa rozo su rostro, y aunque sabía que no era más que el viento de la mañana, sintió como si fuera una respuesta, una caricia de aprobación y afecto.
Luego, sus pensamientos se dirigieron a otra figura que siempre había sido un pilar en su vida humana, alguien que lo había moldeado desde el principio.
—Abuelo Taejin... —murmuró, y su voz tembló ligeramente—.no hay palabras suficientes para agradecerte. Me diste la base para todo lo que soy. Tus enseñanzas, tu disciplina, tu fe en mí... incluso cuando fallé, incluso cuando me perdí, tú siempre estuviste ahí.
El recuerdo del viejo hombre apuñalado por la espalda por el traidor Mubong Park fue destrozada, reemplazada por el antiguo artista marcial con su postura fuerte y su sonrisa confiada, apareció en su mente. Recordó los días interminables de entrenamiento, las palabras de ánimo que lo empujaban a superar sus límites, y la calidez de un amor paternal que no necesitaba ser expresado en palabras.
—Me enseñaste que el propósito más noble no es ganar, sino luchar por lo que uno cree que es correcto. Todo lo que he enfrentado, lo he hecho con tu ejemplo en mi corazón. Y aunque no estás aquí para verlo, espero que estés orgulloso de quién me he convertido.
Las lágrimas comenzaron a formarse en sus ojos, pero las apartó rápidamente con un movimiento de su mano, sonriendo levemente al recordar el rostro severo pero afectuoso de su abuelo luego de un largo día de entrenamiento en las montañas aisladas de cualquier civilización.
Finalmente, sus pensamientos se dirigieron a alguien que ahora era una parte esencial de su vida, alguien que lo había enseñado sin siquiera darse cuenta. La persona que protegería incluso daría su vida para proteger.
—Shirou, mi pequeño hermano, —dijo, su voz suavizándose con un tono lleno de calidez—. Ni siquiera te das cuenta de cuánto me has enseñado a pesar de tu corta edad. Tu valentía, tu determinación para proteger lo que amas, tu capacidad de ver la bondad incluso en los momentos más oscuros... todo eso me ha mostrado que la fuerza no necesita venir de la perfección, sino de un corazón puro.
Pensó en Shirou, quien alguna vez camino en un infierno de desesperación con un alma rota, ahora en sus ojos estaban llenos de la total admiración, en la forma en que absorbía todo como una esponja, buscando ser mejor, buscando proteger. Era un reflejo de lo que Mori había perdido durante mucho tiempo y de lo que ahora volvía a encontrar.
—Gracias, Shirou. Por recordarme que siempre hay un nuevo camino, una razón para levantarse incluso cuando parece que no queda nada. Tú eres mi ancla, mi familia, y lucharé cada día para ser alguien digno de ti. De todos ustedes.
Se quedó en silencio por un momento, dejando que esas palabras flotaran en el aire. No esperaba una respuesta, pero en su corazón, sintió que cada una de esas personas a las que había agradecido estaba con él, en espíritu, en las lecciones que le habían dejado y en la fuerza que lo impulsaba hacia adelante.
Finalmente, dejó escapar un largo suspiro, mirando hacia el horizonte, donde el sol ya había comenzado a elevarse completamente. El amanecer no solo marcaba un nuevo día; marcaba un nuevo comienzo. Con una última mirada al cielo y la silueta de un avión tomando vuelo, Mori giró sobre sus talones y comenzó a caminar, con pasos firmes y un propósito renovado.
Ahora tenía una nueva familia, un nuevo nombre, y un propósito claro. No era el Rey Mono, no era solo un dios caído. Era Dan Mori, alguien que seguiría luchando, no por gloria o venganza, sino por aquellos que amaba y el futuro que deseaba construir.
Y ese propósito, sabía, era lo más digno por lo que podía seguir levantándose.
—Es momento de regresar a lo básico.
...
El bullicio de la mañana en la sección de primaria de la academia Homurahara estaba en su apogeo. Los estudiantes corrían por los pasillos, ajustando sus mochilas, conversando animadamente o preparándose para las clases. Entre ellos, Shirou Emiya caminaba con paso ligero, una sonrisa brillando en su rostro. Después de los días tensos que había vivido tras el secuestro de Taiga y la lucha épica de su hermano adoptivo Mori contra Sun Tzao, por fin sentía una calma renovada.
Cerca del patio de la escuela, Rin Tohsaka lo esperaba, sus brazos cruzados con impaciencia a la espera de su amigo. Cuando Shirou la vio, su sonrisa se amplió, y apresuró el paso para alcanzarla.
—¡Tohsaka-san! —la saludó alegremente, deteniéndose justo frente a ella.
La niña, de cabello oscuro y ojos llenos de curiosidad, alzó una ceja al ver su entusiasmo. Desde que se habían hecho amigos hacía más de un mes, Rin había aprendido a leer las emociones de Shirou, y la energía que irradiaba hoy era algo que no había visto en los últimos días.
—Alguien está de buen humor, —comentó Rin, esbozando una sonrisa mientras lo observaba con atención—. Casi no te reconocí. Hace poco parecía que llevabas el peso del mundo en los hombros.
Shirou rió nerviosamente, rascándose la nuca.
—Bueno, las cosas han mejorado. Mori-nii... digo, mi hermano, está mejor. Todo está volviendo a la normalidad.
Rin inclinó la cabeza, su expresión suavizándose. Aunque no sabía todos los detalles de lo que había pasado, entendía que Shirou y su familia habían vivido algo difícil. Le alegraba ver que él estaba más tranquilo.
—Eso me alegra, Emiya-kun, —respondió con sinceridad—. Te ves más relajado. Y es bueno que vuelvas a ser el Shirou que conocí.
El niño sonrió ampliamente, agradecido por sus palabras. Había algo en Rin que siempre lograba calmarlo, aunque rara vez lo admitiera en voz alta.
—Gracias, Tohsaka-san. Y hablando de eso... —su tono se volvió más emocionado, y sus ojos brillaron con entusiasmo—. Hoy es un gran día. Mori-nii finalmente me enseñará Taekwondo esta tarde. ¡Por fin voy a empezar a entrenar de verdad!
Rin parpadeó sorprendida al escuchar la emoción en su voz. La última vez que Shirou le había mencionado algo sobre el entrenamiento, se había mostrado ansioso pero también un poco inseguro. Ahora, sin embargo, parecía completamente emocionado, como si la idea de aprender de su hermano mayor fuera la mejor noticia del mundo.
—¿En serio? —preguntó, cruzando los brazos mientras lo miraba con interés—. Eso suena increíble. Seguro has estado esperando esto por mucho tiempo.
—¡Sí! —exclamó Shirou, sin poder contener su alegría—. Mori-nii ha estado muy ocupado últimamente, pero hoy dijo que iba a empezar a enseñarme en serio. ¡Voy a aprender Taekwondo como él!
Rin soltó una risita al verlo tan emocionado. Había algo contagioso en el entusiasmo de Shirou, y aunque ella no sabía mucho sobre el Taekwondo en especifico, podía entender lo importante que era para él seguir los pasos de su hermano.
—Bueno, eso explica por qué estás tan feliz hoy, —dijo con una sonrisa. Luego agregó en tono de broma—: ¿Eso significa que te vas a convertir en un experto en artes marciales y vas a defenderme de los bravucones?
Shirou rió y asintió con energía.
—¡Claro que sí! Pero primero tengo que aprender a no tropezarme cuando intento patear.
Rin rió junto a él, disfrutando del momento. Era un alivio verlo tan animado después de lo preocupado que había estado. Sin embargo, algo en sus palabras despertó una chispa de curiosidad en ella.
—Y hablando de aprender... —comenzó Rin, fingiendo un tono casual mientras jugaba con una de las cintas de su cabello—. Hoy también voy a aprender algo nuevo. Anne-san me enseñará un par de cosas después de la escuela.
Shirou ladeó la cabeza, intrigado.
—¿Anne-san? ¿Tu tutora?
Rin asintió, sintiéndose un poco nerviosa por lo que estaba a punto de decir. Sabía que no podía revelar demasiado, ya que Shirou no era un magus y no debía enterarse del mundo oculto de la magia.
—Sí. Me dijo que me enseñará... bueno, cosas que son importantes para nuestra familia. —Sus palabras eran cuidadosas, tratando de evitar mencionar la magia directamente—. Es algo así como... filosofía. Pero aplicada.
Shirou levantó las cejas, impresionado.
—¿Filosofía? Suena complicado.
Rin sonrió, aliviada de que no hiciera demasiadas preguntas.
—Es complicado, pero también interesante. Anne-san dice que aprender estas cosas me ayudará en el futuro, y... bueno, quiero hacerlo bien.
Shirou asintió con una sonrisa, admirando la dedicación de Rin.
—Estoy seguro de que lo harás genial, Tohsaka-san. Siempre eres buena en las cosas importantes.
El comentario hizo que Rin se sonrojara ligeramente, pero lo disimuló con una pequeña risa.
—Gracias, Emiya-kun. Pero no me subestimes; puede que algún día yo sea la que termine enseñándote algo.
—¿Tú enseñándome a mí? —preguntó Shirou, fingiendo incredulidad, aunque su tono era claramente juguetón—. Eso sería interesante. ¿Qué me enseñarías?
Rin se cruzó de brazos, adoptando una expresión seria pero con una sonrisa traviesa.
—Cómo no meterte en problemas, para empezar.
Ambos rieron ante la idea, y la conversación continuó mientras caminaban hacia sus aulas. La mañana estaba llena de risas y bromas, y aunque la curiosidad de Shirou sobre el misterioso niño de cabello dorado, Gilgamesh, seguía rondando su mente, estaba demasiado emocionado por su próxima lección con Mori como para preocuparse por ello.
Por su parte, Rin se sentía feliz de verlo tan animado. Aunque no podía contarle todo sobre lo que aprendía con Anne, ni mucho menos sobre el mundo de los magus, estaba segura de que Shirou también encontraría su propio camino, uno que lo haría fuerte y valiente, como ya comenzaba a demostrar.
Ambos niños, ajenos a los secretos que cada uno guardaba, continuaron su día con una tranquilidad renovada, listos para enfrentar lo que el futuro les tenía preparado.
...
El patio de la academia Homurahara estaba lleno de la típica algarabía matutina. Los estudiantes conversaban animadamente en grupos, algunos terminaban sus deberes de última hora, y otros simplemente disfrutaban del fresco aire primaveral. Sentado en un banco bajo la sombra de un cerezo, Mori observaba todo con una sonrisa relajada. A su lado, Taiga hablaba con entusiasmo, mientras sus amigos, Neko y Reikan, reían con complicidad.
—¡Y luego lo golpeé así! —exclamó Taiga, levantando un puño en el aire mientras relataba con exageración un supuesto encuentro con un estudiante grosero. Neko y Reikan se echaron a reír, aunque Mori sabía que probablemente la historia había sido embellecida.
—Taiga, no tienes remedio, —dijo Mori con una sonrisa, mientras la joven de cabello castaño le sacaba la lengua juguetonamente.
Neko, la mejor amiga de Taiga, miró a Mori con curiosidad.
—Oye, Dan, —dijo con un tono travieso—. ¿Es cierto que vas a entrenar a ese hermanito tuyo en artes marciales? He oído que ya eres bastante bueno, pero no sabía que también enseñabas.
Mori asintió, rascándose la nuca.
—Sí, hoy empezamos. Shirou ha estado insistiendo por semanas, y creo que ya es hora.
Reikan, con una figura siempre serena, levantó una ceja.
—No sabía que eras tan versátil, Mori. Entre sobrevivir a las historias de Taiga y entrenar a un prodigio en ciernes, pareces estar bastante ocupado.
La risa del grupo fue interrumpida por un repentino cambio en el ambiente. Un silencio extraño se apoderó del patio, y todos los estudiantes comenzaron a mirar hacia una dirección. Mori levantó la vista, siguiendo las miradas, y sus ojos se encontraron con una figura que avanzaba lentamente hacia ellos: Kuzuki Souichirou.
El joven, conocido como el maestro de artes marciales más letal de la región, caminaba con su característica expresión estoica. Los estudiantes a su paso se apartaban rápidamente, incapaces de ignorar la intensidad que irradiaba. Mori frunció el ceño levemente; no esperaba verlo aquí, y mucho menos después de su enfrentamiento reciente.
Taiga dio un paso adelante, con los ojos entrecerrados.
—¿Qué está haciendo aquí ese dragón de pacotilla? —murmuró en voz baja, lo suficiente para que solo Mori y sus amigos escucharan.
Kuzuki se detuvo a unos metros de ellos, su mirada fija en Mori. Por un instante, el silencio en el patio fue absoluto, todos los estudiantes mirando con una mezcla de miedo y curiosidad.
—Dan Mori, —dijo finalmente Kuzuki, su voz grave y resonante—. Después de nuestra batalla, he llegado a una conclusión.
Mori parpadeó, sin saber cómo responder. Kuzuki continuó, su tono solemne.
—Eres, sin lugar a dudas, el más fuerte. No solo de Fuyuki, sino de toda la isla de Kyushu. Quizás de todo Japón.
Un murmullo recorrió el patio, los estudiantes intercambiando miradas sorprendidas. Kuzuki, impasible, dio un paso adelante y señaló a Mori.
—Hoy, frente a todos los presentes, reconozco tu fuerza. Eres el verdadero Kizaru, el Mono Dorado y el quinto dios de Fuyuki.
El murmullo se transformó en un revuelo completo. Los estudiantes comenzaron a susurrar y señalar a Mori, algunos con admiración y otros con incredulidad. La declaración de Kuzuki era algo que nadie esperaba, y el impacto de sus palabras resonó en cada rincón del patio.
Mori, por su parte, no sabía cómo reaccionar. Su expresión pasó de la sorpresa al pánico en cuestión de segundos. Taiga, Neko y Reikan miraban la escena con incredulidad.
—¿El quinto dios? ¿De qué estás hablando? —dijo Taiga, rompiendo el silencio. Pero antes de que pudiera continuar, una oleada de estudiantes comenzó a rodear a Mori, algunos felicitándolo y otros haciendo preguntas.
—¿De verdad eres el más fuerte de Kyushu?
—¡Eso es increíble!
—¿Puedes enseñarnos algunas técnicas?
—¡Kizaru, enséñame a pelear!
Mori levantó las manos en un intento de calmar a la multitud, pero sus esfuerzos fueron inútiles. La atención que estaba recibiendo era abrumadora, y podía sentir cómo el día que había planeado en tranquilidad se desmoronaba rápidamente.
—Esto... esto es un malentendido, —intentó decir, su tono nervioso—. Solo soy un estudiante normal, nada más.
Kuzuki, por su parte, observaba la escena con una leve sonrisa en sus labios, algo inusual en él. Parecía disfrutar del caos que había provocado, aunque no lo demostraba abiertamente. Mientras tanto, Mori intentaba abrirse paso entre la multitud, su única intención ahora era escapar de la atención no deseada.
—Esto será un día muy largo, —murmuró para sí mismo, con un suspiro resignado.
Taiga, sin embargo, no podía dejar pasar la oportunidad de burlarse.
—¿Qué pasa, Kizaru? ¿No puedes manejar un poco de atención? —dijo con una sonrisa burlona, mientras Neko y Reikan reían a su lado.
Finalmente, después de mucho esfuerzo, Mori logró zafarse del grupo y corrió hacia el edificio principal de la escuela, con el rostro ligeramente enrojecido.
—Solo quiero llegar a casa y entrenar a Shirou... —murmuró, mientras desaparecía en los pasillos, dejando a los estudiantes todavía alborotados por la inesperada declaración de Kuzuki Souichirou.
Mientras tanto, desde la distancia, Kuzuki se cruzó de brazos, observando la figura de Mori con una expresión de respeto tranquilo. Había cumplido con su propósito: reconocer la fuerza de quien ahora consideraba el verdadero campeón de Fuyuki, aunque sabía que Mori probablemente preferiría mantenerse en las sombras. De esta forma, al menos había conseguido una pequeña victoria.
...
La tarde ya estaba cayendo cuando Mori finalmente regresó a casa, caminando por las tranquilas calles de Fuyuki, respirando profundamente el aire fresco del atardecer. El bullicio de la escuela, las tensiones del reconocimiento público y la conversación con Kuzuki seguían retumbando en su mente, pero la sensación de regresar al hogar siempre tenía un efecto calmante sobre él.
El sonido de sus pasos se volvió cada vez más suave mientras se acercaba a la puerta de su hogar. El aroma de la comida ya llegaba hasta su nariz, una mezcla deliciosa de platos familiares que invadían la casa. Kiritsugu debía estar ya en casa, y con suerte, Shirou también estaba listo para su tan esperado entrenamiento. Mori sonrió, pensando en lo emocionado que estaba el pelirrojo. Shirou siempre había tenido una curiosidad insaciable por las artes marciales desde que lo vio utilizarlas para defenderse contra Taiga el primer día, y Mori había prometido enseñarle lo mejor de lo que sabía.
Al llegar a la puerta, la abrió con una leve sonrisa. A lo lejos, en la sala, vio a Kiritsugu sentado en el sofá, tranquilo como siempre, pero con un aire de serenidad y misterio que Mori había llegado a apreciar. A su lado, Shirou, como no podía ser de otra manera, estaba de pie, mirando con expectación hacia la entrada, con una ligera sonrisa en su rostro.
—¡Mori-nii! —Shirou exclamó con entusiasmo, corriendo hacia él—. ¡Te estaba esperando! Ya estoy listo para entrenar.
Mori rió suavemente y levantó la mano, despejando las últimas tensiones del día.
—¿Tan ansioso, eh? —dijo mientras cerraba la puerta tras él, dejando atrás el bullicio del mundo exterior. Lo bueno se hace esperar.
Kiritsugu, que había estado observando en silencio, levantó la mirada de su libro, su expresión usualmente seria se suavizó cuando vio a Mori entrar.
—Parece que fue un día largo, hijo. —dijo Kiritsugu, su voz tranquila, casi reconociendo lo mucho que Mori había tenido que soportar fuera de casa. Aunque el hombre de pelo azabache no expresaba muchas emociones, estaba claro que disfrutaba estar con Mori y Shirou, sintiendo una paz que la constante presencia de la maldición de Angra Mainyu rara vez le permitía alcanzar.
Mori asintió levemente, quitándose el abrigo y dejándolo sobre una silla cercana. Sus ojos miraron hacia Shirou, que estaba tan animado que parecía incapaz de mantenerse quieto, y le hizo un gesto para que se acercara.
—Vamos, pequeño saltamontes, —dijo, con una sonrisa tranquilizadora guiando al pelirrojo al patio de la residencia—. Hoy vamos a empezar con algo sencillo.
Shirou asintió rápidamente y se colocó en una posición de guardia, sus ojos brillando de determinación.
—¿Qué vamos a aprender primero, Mori-nii?
Mori observó a su hermano por un momento, evaluando su postura. Aunque Shirou estaba un poco rígido, su actitud era la correcta. Las ultimas semanas de acondicionamiento físico junto a la meditación había hecho sus frutos. Aun así, Mori quería asegurarse de que entendiera lo básico antes de lanzarse a ejercicios más complejos.
—Hoy vamos a trabajar en algo simple: la patada básica. —Mori adoptó una postura relajada, levantando una pierna ligeramente. —Lo primero que necesitas saber es cómo usar el cuerpo para generar poder.
Shirou lo observó atentamente, y Mori le mostró con una demostración sencilla pero efectiva cómo moverse y coordinar el cuerpo en cada movimiento. El entrenamiento comenzó con pasos básicos: aprender a girar sobre el pie de apoyo, usar el impulso de las caderas y el abdomen para aumentar la fuerza, y finalmente, cómo golpear con la parte correcta del pie.
Kiritsugu, desde su lugar en el sofá, observaba el entrenamiento con una mirada calmada. No interrumpió ni hizo comentarios, sino que disfrutaba ver a su familia juntos, en casa, haciendo algo tan simple y ordinario como el entrenamiento físico. Aunque el dolor constante que lo acompañaba nunca desaparecía, ver a Mori y Shirou era un bálsamo para su alma, algo que lo conectaba con la vida y lo mantenía firme a pesar de las sombras que siempre lo acechaban.
Después de un par de intentos fallidos, Shirou finalmente dio el primer paso y levantó la pierna correctamente, aunque el movimiento no tenía el mismo poder que el de Mori, era un gran comienzo a pesar de todo.
—Está bien, Shirou, estás mejorando. Ahora, intenta dar un paso más largo. Recuerda que el objetivo no es solo la velocidad, sino también la precisión y el control. —Mori guiaba pacientemente cada movimiento, corrigiendo suavemente la postura de su hermano.
Finalmente, después de un par de intentos más, Shirou lanzó una patada hacia el aire, no tan limpia como la de Mori, pero lo suficientemente buena como para que su hermano se quedara inmóvil, observando en silencio su desempeño.
—¿Lo logré? —preguntó Shirou con una chispa de duda, mientras bajaba la pierna y miraba a Mori.
Mori sonrió, una sonrisa genuina y satisfecha. Se acercó a él y le dio una palmada en el hombro, orgulloso.
—Lo hiciste muy bien. —dijo, sus ojos brillando de orgullo—. Eso fue casi perfecto. Si sigues practicando, lo harás aún mejor.
Kiritsugu, que había estado observando en silencio, no pudo evitar sonreír, un gesto que rara vez se veía en él. No necesitaba decir nada para expresar el aprecio por ese momento de paz familiar. A veces, las cosas simples eran las que más valor tenían.
Lo único que pediría en este momento es que Irisviel e Illya estuvieran aquí con ellos.
Shirou, visiblemente emocionado, no pudo evitar sonreír de oreja a oreja.
—¡Gracias, Mori-nii! —dijo con una energía renovada, mirando a su hermano con admiración.
Mori simplemente asintió, contento de ver cómo Shirou progresaba rápidamente.
—Eso es lo que hace la práctica constante, hermano. Nunca dejes de intentarlo.
La noche cayó lentamente, mientras los tres se sentaban a cenar juntos, compartiendo una comida tranquila. Kiritsugu disfrutaba de la serenidad que lo rodeaba, sabiendo que, por una vez, podía estar en paz con su familia. Mori se relajó, sabiendo que los sacrificios que había hecho para llegar a este punto valían la pena. Y Shirou, con su rostro lleno de entusiasmo y gratitud, ya soñaba con el siguiente paso en su entrenamiento, sabiendo que, al menos por esa noche, su mundo estaba completo.
Y en ese pequeño rincón de Fuyuki, rodeados por la familia que se había formado con tanto esfuerzo, Mori finalmente sonrió de forma completa, como si el peso de todos los días difíciles se hubiera aligerado, aunque solo fuera por un momento.
...
La casa estaba en silencio, la cálida luz del comedor iluminaba el rostro pensativo de Mori mientras terminaba de limpiar los platos. Shirou ya se había retirado a su habitación, y la cena había llegado a su fin. Sin embargo, había algo más que necesitaba ser dicho, algo que ni Mori ni Kiritsugu podían seguir guardando. La carga de sus respectivos pasados, las sombras que ambos arrastraban, estaban a punto de salir a la luz, y ese momento había llegado.
Kiritsugu estaba sentado en el sofá, mirando pensativo el licor que tenía frente a él, una bebida que rara vez tocaba, pero que ahora parecía necesario. Su mirada era distante, como si tratara de encontrar las palabras adecuadas para hablar de su pasado, de los años que pasó como el Magus Killer, la persona que cazaba y mataba magos sin piedad, convirtiéndose en una sombra para los demás, un espectro que nada ni nadie podía tocar. Al final, esa vida lo había dejado vacío, con una familia destruida y un alma rota, que nunca logró encontrar la paz.
Mori se acercó lentamente, sentándose frente a él. Era el primer momento en que realmente podía estar a solas con Kiritsugu, sin distracciones, sin la intervención de nadie. Ambos sabían que esa conversación debía suceder, pero el peso de lo que iban a compartir no era fácil de cargar.
Kiritsugu dio un trago a su bebida y finalmente rompió el silencio. Su voz, grave y rasposa, sonó como si estuviera compartiendo una verdad que le quemaba por dentro.
—Mi vida... ha sido un error tras otro, Mori. —Sus ojos se encontraron con los de su hijo adoptivo, mostrando una honestidad dolorosa—. La magia, el mundo oculto en el que vivimos... he matado por ella, he perdido todo por ella. La humanidad ni el resto del mundo nunca lo entenderá, pero nosotros... —suspiró—. Nosotros sabemos que detrás de cada sonrisa, detrás de cada gesto cotidiano, existe otro lado del mundo, uno que no es tan brillante ni tan hermoso como el que la gente ve o cree. He pasado mi vida desterrado de todo, cargando con la culpa de haber tomado tantas vidas. He matado a magos que usaban su poder para hacerle daño a la humanidad, pero también he matado a inocentes en el proceso, justificando los medios para obtener el mejor y mas eficiente resultado. He perdido a aquellos que más amaba, y al final, mi propio ideal... todo eso se desmoronó como un castillo de arena.
Mori escuchaba en silencio, comprendiendo las palabras de Kiritsugu más de lo que podía expresar. Su propio camino, aunque diferente, también había sido una senda de sacrificios y renuncias. Kiritsugu continuó, como si necesitara sacar esas palabras de su pecho.
—Al final, Mori, incluso mi ideal se rompió. He intentado salvar a todo el mundo, pero la verdad es que solo logré arrastrar a todos a la oscuridad. Y aún así, no podía detenerme. Tenía que seguir. Al final... —otra pausa, más larga esta vez—. Perdí a los que amaba, mi familia, mi propósito... y cuando me encontré contigo, no supe qué pensar. Pero ahora, al ver a Shirou, al ver cómo te has convertido en su hermano, veo que quizás... hay algo más, algo que todavía vale la pena. Tal vez el mundo no está tan perdido después de todo.
El tono de Kiritsugu cambió. No era el tono de alguien que había renunciado por completo a la esperanza, sino de alguien que había encontrado una razón para seguir, aunque solo fuera por un momento. Mori lo miró, como si mirara a través de un espejo, asintiendo lentamente.
—No todo está perdido, Kiritsugu. —dijo, su voz serena pero cargada de una comprensión que solo alguien con su experiencia podría tener. —Entiendo lo que dices. Mi vida también ha sido una lucha interminable, pero cada paso que damos, cada decisión que tomamos, nos acerca un poco más a algo mejor. Si no fuera por las personas que están a mi lado, como Shirou, como Taiga, o como tú, no tendría ni la fuerza ni la voluntad para seguir.
Había algo en Mori, algo más allá de su fachada de fuerza y coraje, que mostraba una vulnerabilidad que no muchos habrían esperado ver. Pero ahora, con Kiritsugu como su familia, sentía que podía ser más que un luchador solitario. Sentía que podía ser humano, y eso le daba paz.
Kiritsugu suspiró de nuevo, como si al decir esas palabras se hubiera aliviado un poco. De alguna manera, esa conversación le había permitido poner en palabras lo que llevaba años guardado, las cicatrices invisibles que solo él conocía.
—Creo que... te debo una explicación, Mori. Un día, cuando te encontré a ti y a Shirou, me sorprendió tu poder y habilidades. Me sorprendió que alguien tan joven pudiera tener la habilidad de derrotar a personas tan habilidosas tan fácilmente, luchar contra demonios de igual a igual. Pero más allá de eso, algo en ti... me hizo pensar que tenías un vínculo con algo más grande. Algo más allá de este mundo. Algo más que solo la magia que conocemos.
Mori levantó una ceja, sorprendido por lo que Kiritsugu decía.
—¿Qué quieres decir?
Kiritsugu lo miró fijamente, como si estuviera evaluando sus palabras.
—He estado investigando, en secreto, sobre ti. —dijo, como si fuera un simple hecho cotidiano, aunque había un matiz de misterio en su voz—. Algo en ti, algo que siento, me dice que tu origen no es de este mundo. He tenido... mis teorías. Sobre tu relación con el Grial, sobre las conexiones entre los mundos. Pero algo me hace pensar que, tal vez, los Santos Griales de nuestros respectivos mundos se conectaron de alguna manera. Y tú, Mori, fuiste traído aquí por esa conexión.
Mori quedó en silencio. Había algo en las palabras de Kiritsugu que resonaba con una verdad que no había considerado antes. Pero algo en su interior, algo profundo, parecía confirmar que esa teoría tenía más peso del que inicialmente pensó.
Mori finalmente rompió el silencio.
—Te lo diré entonces. —su voz se tornó más seria, y la atmósfera cambió por completo. —No soy solo un hombre, ni siquiera de este mundo. Mi verdadero nombre... es Sun Wukong, el Rey Mono. He sido parte del mundo más allá de este, un dios y un demonio. Uno de los más poderosos y temidos en la historia de mi mundo.
Kiritsugu lo observó en silencio, sus ojos estrechándose mientras procesaba las palabras de Mori. Estaba mucho mas allá de sus expectativas. No era una mentira, estaba claro que Mori no mentía.
—Así que eres... ese Sun Wukong. —murmuró Kiritsugu, con un toque de incredulidad. —El dios que desafió a los cielos. Es decir, los Santos Griales de nuestros mundos... —murmuró para sí mismo, como si todo tuviera sentido de repente.
Mori asintió lentamente, la gravedad de su historia pesando en sus palabras.
—Mi abuelo, Jin Taejin, fue uno de los pocos que conoció la verdad sobre mi origen. Él me crió y me enseñó, pero cuando el Ragnarok ocurrió en mi mundo, cuando Park Mubong nos traicionó al final... el Grial me arrastró aquí. A este mundo, a este lugar. Y ahora, todo lo que tengo es este propósito: proteger a mi familia, y cumplir con lo que he dejado atrás.
Kiritsugu se recostó, meditando sobre lo que Mori había compartido. Su mente, siempre lógica y estratégica, comenzaba a ordenar las piezas de ese rompecabezas.
—Esto... puede tener sentido, Mori. Quizás los Griales de nuestros mundos están conectados. —dijo, con una ligera sonrisa en sus labios. —Te trajeron aquí quizás por alguna razón. Tal vez el destino, o tal vez simplemente el caos. Pero por alguna razón, estás aquí con nosotros ahora. Y no voy a dejar que te vayas tan fácilmente.
Mori sonrió suavemente, sabiendo que, al fin, había encontrado una familia que lo aceptaba, con todo su pasado, con toda su historia. Eventualmente le contaría poco a poco la verdad a Shirou.
Pero en ese momento, se dieron cuenta de que aunque sus mundos eran diferentes, aunque sus pasados eran difíciles de entender, el hecho de que estuvieran juntos en ese instante era la única verdad que realmente importaba. Y ahora, como familia, podrían caminar hacia el futuro sin secretos. Sin más sombras.
Sin mas dolor.
...
La oscuridad reinaba en la mansión de Zouken Matou, un lugar que en su interior se sentía pesado, casi opresivo. En el centro de la sala secreta en su sótano, el pozo de gusanos bullía como un vórtice interminable de carne y horror, la humedad impregnaba el aire, y el rastro de la putrefacción era casi palpable. Todo eso era parte del mundo que Zouken había creado en su insaciable búsqueda por alcanzar el poder absoluto. Habían pasado ya varias semanas desde la culminación de la Cuarta Guerra del Santo Grial y la derrota de la misma, pero el Viejo Gusano no había descansado ni un segundo.
En una pequeña cama cercana, Sakura Matou, la niña que aún mantenía la apariencia de ser la huérfana sumisa bajo la tiranía de su abuelo, yacía en un estado entre la inconsciencia y la lucidez. Su cuerpo estaba atado a una serie de tubos que conectaban su ser con los experimentos de Zouken, y la pequeña parecía estar en un estado comatoso. Los fragmentos del Yeoui, obtenidos con gran dificultad, se estaban fusionando en su interior mediante el Reino de Gusanos que el viejo magus había creado. El trabajo de Zouken estaba cerca de completarse.
Sakura no era consciente de lo que ocurría a su alrededor, de las manipulaciones a las que su alma estaba siendo sometida. La niña no comprendía la magnitud de lo que su abuelo estaba haciendo, pero Zouken sí lo sabía. Con el poder del Santo Grial destruido y fragmentado, sus sueños de alcanzar el poder absoluto no se habían desmoronado, sino que se habían renovado, envenenados por su deseo de obtener los poderes divinos. Y ahora, al combinar los fragmentos con el Yeoui, Zouken sentía que estaba cerca de alcanzar el siguiente paso. Un paso que lo acercaría al dominio total de la humanidad, al control de la magia y a la obtención del poder eterno.
El proceso de fusión estaba casi terminado. Zouken observaba con atención, sus ojos llenos de concentración mientras sus gusanos se retorcían alrededor de Sakura, dentro de su cuerpo. Podía ver cómo la energía de ambas herramientas con poderes divinos, el Grial y el Yeoui, se entrelazaban en su interior. Los últimos fragmentos estaban siendo absorbidos por el corazón de la niña, y Zouken podía sentir cómo las vibraciones de su cuerpo comenzaban a cambiar, cómo el aire mismo parecía cargarse con una energía desconocida, algo profundo y antiguo.
Fue entonces cuando sucedió. Un instante fugaz, pero suficiente para hacer que el Viejo Gusano se tensara, sus ojos se entrecerraron, y una inquietud rara lo invadió.
El cabello violeta de Sakura se deshizo de su color habitual, tomando su tonalidad original negra, suave y brillante como la noche. Lo mismo ocurrió con sus ojos, que pasaron de ser un vacío violeta a un azul profundo, llenos de un brillo extraño, inhumano. Pero lo que más sorprendió a Zouken fue lo que ocurrió con la pupila de la niña. En lugar de ser una forma normal, sus ojos se distorsionaron, y la pupila adquirió una cruz negra, como si estuvieran siendo marcados por algo mucho más antiguo, mucho más poderoso.
Todo esto sucedió en un parpadeo, una fracción de segundo. Justo cuando Zouken pensaba que podría haber logrado algo mucho más grande de lo que había anticipado, el cambio desapareció tan rápido como había llegado. El cabello de Sakura volvió a su color violeta, y sus ojos recuperaron su vacío característico, esta vez más opacos que antes.
Zouken se quedó en silencio, mirando a la niña con una mezcla de desconcierto y reflexión.
—¿Qué fue eso...? —se dijo a sí mismo en voz baja. El poder que había experimentado en ese breve momento había sido indescriptible. Algo en ella, algo que había estado latente, había despertado y él lo había sentido. Pero no podía darse el lujo de mostrar debilidad ni de dejarse llevar por la incertidumbre. Como siempre, Zouken ocultó cualquier signo de duda.
—No importa, —se dijo con voz fría, eligiendo ignorar lo que había sucedido. —Solo fue un efecto secundario, una reacción del cuerpo a la fusión.
Con un movimiento, dio una señal a sus gusanos, que se retiraron lentamente de Sakura, llevándose consigo los tubos y las conexiones que la mantenían conectada al proceso. La niña estaba agotada, como siempre, y cayó inconsciente una vez más, completamente ajena al cambio que había experimentado. Zouken observó a la niña, sabiendo que el proceso estaba completo.
Pero, mientras observaba el rostro pacífico de Sakura, un susurro inexplicable recorrió su mente, como un eco distante. De alguna manera, lo que había ocurrido con su nieta no era simple coincidencia. Esa visión de poder, esa cruz negra en sus pupilas, no era algo que él hubiera causado. Era algo más... algo mucho más antiguo. Pero Zouken descartó el pensamiento. No era el momento para filosofar sobre lo que acababa de ver.
De repente, una sensación extraña se apoderó de Sakura. Aunque estaba inconsciente, algo comenzaba a moverse en su mente, algo que Zouken no podría ver. Una presencia que emergía lentamente, como un fantasma del pasado, como una sombra perdida entre los pliegues del tiempo. Era una visión, pero no de esta realidad, sino de otro plano de existencia.
Un mundo imaginario.
La niña soñó.
Una figura apareció frente a ella. Una mujer. Sus cabellos eran de un negro profundo como la noche sin luna, pero con dos mechones de oro brillando como el sol, cayendo graciosamente sobre sus hombros. Dos cuernos nacían de su cabeza, de color verde jade con detalles blancos como el mármol, inusuales y preciosos. Sus ojos eran como rendijas negras con iris violeta, pero sus pupilas... tenían una cruz de un rosado brillante. Su piel era blanca como la nieve, y debajo de sus ojos brillaban dos pequeños puntos negros, como si fueran marcas de su origen.
La mujer llevaba ropa simple de color morado, pero su presencia era imponente, aunque no era de este mundo. Su aura era tan antigua como la propia Tierra.
—¿Quién... eres? —la voz de Sakura resonó en su mente, suave pero llena de desconcierto.
La figura sonrió con una mezcla de ternura y misterio.
—Soy Ogre... o más conocida como Kur, la hija de Gaia, la madre de todos los dragones, el depredador más grande que jamás haya existido. —su voz resonó como un eco profundo, como si estuviera hablando desde lo más profundo de la historia. —Estás destinada a un poder que no puedes comprender aún, pequeña. Pero no temerás. Pronto, tu verdadero ser despertará. El linaje que llevas en tu sangre... es más antiguo que el tiempo mismo.
Sakura intentó hablar, pero sus palabras fueron absorbidas por la imagen. La figura se desvaneció lentamente, dejando a la niña en la oscuridad, la sensación de su presencia persistiendo como un eco lejano en su mente.
El pozo de gusanos volvió a su calma. Sakura yacía en su cama, inconsciente, ajena a la visita espiritual que había recibido. Zouken miraba a su nieta desde la distancia, observando su respiración tranquila y su rostro apacible. Pero un escalofrío recorrió su espalda cuando pensó en lo que había sucedido con ella, con el poder que ella había tocado, aunque fuera brevemente.
Zouken no podía permitirse tener dudas. Esta fusión era solo el comienzo. Ya no había vuelta atrás.
—Esto será mío. —susurró, mirando hacia el horizonte, mientras sus ojos brillaban con una ambición renovada.
La pieza final estaba en su lugar. Y ahora, el futuro estaba al alcance de su mano.
Pero Kur, la primera hija de Gaia, no lo dejaría tan fácil.
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Bueno, esta es mi primera nota de autor después de mucho tiempo ... Así que, ¡Hola! Lamento no hacer esto mas a menudo, pero siempre que termino un capitulo solo pienso en actualizar y olvido hacer esto, pero en cualquier caso estoy aquí para informar que el primer arco de Fate Journey ha terminado oficialmente, ¡Yei!
Tomo mas de lo que esperaba ... Como 4 años pero mejor tarde que nunca, también los primeros capítulos de este fic eran relativamente cortos, de unas 5 mil palabras aproximadamente aunque en los últimos capítulos supere con creces esos limites para terminar en unos pocos capítulos y sin cortar la tensión de maneras tan abruptas.
El antagonista final del arco no estaba pensado que fuera Sun Tzao (Ahora Dan Bitna) pero decidí aprovecharla ya que tenía un poco mas de sentido y así resolvía su tensa relación con Mori, así que me gusto el resultado.
También quiero disculparme por cualquier momento de frustración que hayan tenido con la forma en que escribía a Mori, entiendo totalmente que ver a un personaje como él ser tan renuente a luchar, impotente o incluso débil debía ser algo muy molesto de leer, creo que incluso personas dejaron de leer este fic por esa misma razón, después de todo es uno de mis personajes favoritos y solo quiero verlo haces cosas épicas pero hay que entender que ahora mismo Mori estaba pasando un momento difícil (posible depresión) donde llego a un nuevo mundo luego de ver impotente como su abuelo y amigos resultaban heridos y muertos debido a que no fue "suficiente" o estuvo ausente la mayor parte del tiempo, es decir, Mori posiblemente gano la guerra del Ragnarok pero a la final perdió la batalla mas importante, a su abuelo y amigos. Así que espero que ese razonamiento les haga entender un poco el porque decidí escribir a Mori de esta manera, no espero que les guste pero que al menos lo comprendan.
Y básicamente todo este arco fue planeado para devolverle esa voluntad de luchar a Mori, omitiendo 17 años de dolor en el canon en tan solo ... ¿2 meses? No se si lo hice bien pero al menos estoy feliz con el resultado.
En el siguiente arco vamos a ver un poco de como Mori influyo tanto en este mundo como en los personajes que lo componen, especialmente en el que para muchos es el mas importante ... Shirou.
Espero que les haya gustado, intentare hacer esto mas a menudo para mantener alguna interacción con ustedes (... Si no lo olvido) y hasta luego.
