Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es CullensTwiMistress, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to CullensTwiMistress. I'm only translating with her permission.
PARTE 2
~ATG~
Estoy hecha un manojo de nervios mientras me aplico lo que parece ser la quinta capa de brillo de labios. Me he mordido (o mejor dicho, me he lamido) las otras capas, lo que significa que estoy mucho más nerviosa de lo que me gustaría admitir, incluso ante mí misma. Este tipo... este hombre, podría ser fácilmente lo mejor que me haya pasado en la vida, así como lo único que me arruina por completo para otros hombres. Mirarlo, tenerlo a mi alrededor, demonios, la sensación de sus brazos a mi alrededor, son cosas que son tan extrañas pero familiares. Es surrealista, porque realmente no lo conozco muy bien.
El sonido de mi timbre me saca de mis cavilaciones. Abro los ojos y respiro profundamente. Aquí vamos. Él está aquí para recogerme. Ya no hay más postergación.
Abro la puerta y la persona del otro lado me deja sin palabras.
—Carajo —pronuncio con dificultad, mientras lo observo. Lleva jeans oscuros y una camiseta verde de manga larga con escote en V. Se ve tan... perfecto. Comestible. ¿Íbamos a algún lado? Porque a esta altura, creo que estaría bien quedándome en casa. Nunca lo había visto con otra cosa que jeans gastados, camisetas sucias o ropa deportiva, todo lo cual lo hace lucir delicioso, pero esto... —Te arreglas muy bien.
Su sonrisa es tímida y aparta la mirada.
—Yo... ¿gracias?
Me lamo los labios, saboreando su aroma que impregna el aire a mi alrededor. ¿Qué tan malo sería si meto la nariz en el hueco de su cuello ahora mismo y lo olfateo? No puedo apartar la mirada de él, y ahí es cuando noto la barba incipiente.
—¿Y te afeitaste?
Se rasca los vellos notablemente más cortos de su barbilla.
—Crece rápido.
Asiento, la idea de tener una barba más larga rozando la parte interna de mis muslos me hace retorcerme.
—Oh —Me lamo los labios otra vez. Olvídate del brillo labial. No creo que lo necesite en el infierno... adonde iré si no dejo de pensar sucio y vuelvo a... bueno, a mi cabeza. Aprieto los muslos y me retuerzo, apoyándome en el marco de la puerta para sostenerme.
—Te ves... muy bien también —Sonríe con satisfacción, mirándome de arriba abajo. Maldita sea, si no sabe lo que me está haciendo.
Ahora soy yo la que tiene la sonrisa tímida, tratando de mantenerme bajo control mientras mis mejillas se sonrojan intensamente por todos los pensamientos ilícitos que dan vueltas dentro de mi cabeza.
—Gracias. Pero nada de Campanilla.
Su risa es contagiosa y miro, fascinada, cómo sus ojos entrecierran y brillan mientras me estudian de pies a cabeza otra vez.
—Te verías bien con cualquier cosa.
Se lame los labios y, por un segundo, me pregunto si esas son las palabras que realmente quiso decir o si las está filtrando como yo. Dios sabe que se vería muy bien sin nada en absoluto.
Respiro profundamente para calmar mis nervios y mi libido. Apartar todos esos pensamientos es difícil, pero teniendo en cuenta que no lo conozco bien hace que la realidad se derrumbe sobre mí como un mazo.
—De acuerdo, ¿adónde me lleva, señor Masen? —Lo sigo y cierro la puerta detrás de mí. Puedo hacer esto. Las citas no son mi fuerte y las personas... personas como él, los hombres, a veces me asustan. No sé qué decir o hacer, y las expectativas pueden ser fácilmente mal comunicadas cuando se inicia una nueva relación.
Camina alrededor de su camioneta y abre la puerta del lado del pasajero.
—A cenar, definitivamente, y luego pensé que tal vez ¿podríamos salir a bailar? Si no te molestan mis dos pies izquierdos, claro está.
Camino alrededor de él y subo a la cabina de la camioneta, agradecida de que tenga escalones laterales instalados allí.
—Mis propios pies izquierdos se sentirían bien pisando los suyos.
No dice nada, pero puedo ver sus hombros subir y bajar mientras cierra la puerta y camina alrededor de la parte delantera de la camioneta. Su risa tranquila hace que mi pecho se infle. Es tan dulce; no puedo creer que nadie lo haya sacado del mercado todavía.
Cuando miro alrededor de la cabina de la camioneta, estoy sorprendida al ver lo limpia que está. Habría esperado algo de serrín y herramientas tiradas por ahí, pero esta camioneta está más limpia que mi coche.
—La llevé a lavar —me dice cuando abre la puerta del lado del conductor.
Volteo hacia él, con los ojos muy abiertos y la boca en una fina línea. ¿Dije algo en voz alta?
—Te vi mirando a tu alrededor. —Sonríe y me guiña el ojo, acomodándose en el asiento.
Se abrocha el cinturón de seguridad y yo recuerdo las reglas de tránsito y finalmente hago lo mismo.
Dios, no creo que una relación con él sea una buena idea. Probablemente me convertiría en una tonta que balbucea, babeando y diciéndole lo bonito que es todo el tiempo. Luego la novedad se pasaría, él se cansaría de eso y yo envejecería y me quedaría sola. Tal vez esta no sea una buena idea después de todo.
Antes de que pueda darme la vuelta y salir de la camioneta, una mano se abre paso dentro de la mía y Edward le da un apretón a mis dedos. Lo miro y sus ojos están en la carretera, como si no me calmara con su mero toque.
Me trago mis tontas cavilaciones, respiro profundamente y me reclino en el asiento mientras él conduce hacia la ciudad.
—¿Adónde me llevas? —pregunto, con nerviosismo evidente en mi voz. No puedo evitarlo.
—Hay un pequeño local mexicano en el bulevar St. Hubert, Moma Rosa's, ¿has oído hablar de él?
Mi cara se ilumina y mi estómago gruñe al escuchar ese nombre.
—Me encanta Moma Rosa's.
—Oh, gracias a Dios. —Me da un suave apretón en la mano—. Es mi lugar favorito.
—El mío también. —No le digo que es porque tienen Viernes de Mojitos al dos por uno o que el dueño me conoce por mi nombre de pila, ya que voy allí muy a menudo.
Volvemos a estar en silencio mientras conducimos por la ciudad. Observo los edificios familiares pasar rápidamente mientras nos dirigimos a la pequeña joya de restaurante que aparentemente los dos amamos tanto.
—Me encanta el aroma de este lugar. —Tomo una respiración profunda mientras salgo de la camioneta—. Sé que suena raro, pero solo el olor de la comida de afuera hace que mi estómago gruña. —Me río de mi propio comentario, y Edward toma mi mano en la suya mientras nos dirigimos hacia la puerta principal.
Se ríe conmigo.
—A mí también, aunque no he venido aquí en un tiempo.
—¿Por qué no? —Hago una mueca, porque ¿cómo se atreve a decir semejante blasfemia?
Llegamos a la puerta principal y él la abre para mí, sin responder a mi pregunta. Al entrar, me recibe la combinación de aromas más deliciosa que he tenido el placer de encontrar. Es incluso mejor que el pequeño olor que sale del restaurante y nos recibe en el estacionamiento.
Sin embargo, admito que se acerca mucho al aroma masculino de Edward.
—Ya era hora de que llegaras, Ed. Pensé que te había dejado plantado.
Conozco esa voz.
—¿Se conocen? —Frunzo el ceño y miro a Emmett, el cuñado del Dr. Cullen, que resulta ser el dueño de este lugar.
Emmett se acerca y me abraza.
—Por supuesto que nos conocemos, preciosa. Ed es mi sobrino. ¿No te lo dijo?
Miro a Edward.
—¿Así que el Dr. Cullen...?
Edward sonríe tímidamente y mira fijamente a Emmett.
—Técnicamente no es pariente mío. Rose es su hermana, pero lo conozco desde que era pequeño.
—Pero es mi esposa —se jacta Emmett con una enorme sonrisa con hoyuelos. Yo también sonreiría así si pudiera comer su comida todos los días.
Parpadeo.
—¿Así que el Dr. Cullen es un amigo de la familia?
Edward se lame el labio inferior y sonríe, sus ojos se arrugan en las esquinas, mientras yo me derrito por dentro porque es sexy y los olores aquí me hacen temblar las rodillas. Aparentemente, mi estómago y mi vagina están conectados de alguna manera. Tal vez soy mitad hombre; quiero decir, ¿no es esa la manera de llegar a su corazón? ¿Tal vez este sea el plan de Edward? Tal vez solo tengo mucha hambre. O estoy cachonda. O ambas cosas.
—Todos fuimos a la misma secundaria, aunque Carlisle se graduó unos años antes que nosotros —interviene Emmett mientras toma dos menús y nos indica que lo sigamos.
Asiento con la cabeza, uniendo las piezas.
—Okey. —Mi mundo se hace cada vez más pequeño a cada segundo.
Supongo que Edward y yo necesitamos conocernos un poco más. No tenía idea de que él era de por aquí.
—Dejaré que ustedes dos revisen el menú y les enviaré a su camarero. —Emmett vuelve a su papel profesional—. Pásenla bien. —Me guiña el ojo, luego mueve las cejas y dice, no tan sutilmente, "Llámame" a Edward antes de caminar hacia otra mesa.
Me río, sacudiendo la cabeza ante sus payasadas.
—Eso fue sutil.
—Emmett y la sutileza no se conocen, Bella. —Edward sacude la cabeza, riéndose tan fuerte que sus hombros se mueven hacia arriba y hacia abajo sin control.
Entrecierro los ojos.
—Tú lo sabrías, ¿eh?
Edward respira profundamente y se pasa una mano por el rostro y el cabello.
—Lo sabría. Supongo que debería haber dicho algo antes.
—Creo que cierto doctor me debe una explicación —murmuro y tomo mi menú. Ya sé lo que voy a tomar, pero necesito la distracción. Mis manos necesitan algo a lo que agarrarse, de lo contrario, pueden terminar alrededor de su cuello. Me siento un poco avergonzada por mis acciones pasadas en este momento.
—Oye. —La suave voz de Edward me saca de la competencia de miradas que estoy teniendo con las imágenes de nachos y salsa en el menú.
Levanto la vista, pero puedo sentir mis mejillas arder cuando mis ojos se encuentran con los suyos.
—¿Sí?
—Está bien, ¿verdad? Que tú conozcas a todas estas personas, y que yo conozca a todas las mismas personas, está todo bien, ¿verdad?
Supongo que mi leve vergüenza por que mi jefe conozca al tipo en cuyos pantalones quiero meterme no es un gran problema, pero al pensar en el armario, mis mejillas se calientan aún más.
—No lo está, quiero decir, lo está, pero... amigo, nos besamos en un armario como adolescentes y nos atraparon. —Mis ojos se abren de par en par, y estoy bastante segura de que mi cara está lo suficientemente roja como para complementar la salsa en este momento.
Además, necesito un trago. ¿Alguien quiere un mojito?
Puedo ver sus labios crisparse, como si estuviera tratando de no reír. Me paso una mano por el cabello e inhalo profundamente, para luego exhalar lentamente. No puedo evitar sonreír, y entonces él se ríe, y cuando el camarero aparece para tomar la orden de nuestras bebidas, nos reímos a carcajadas. Pedir una Coca-Cola nunca ha sido tan divertido.
—Pero fue divertido, ¿no? —pregunta Edward, una vez que el camarero ya no puede escucharnos y nos tranquilizamos un poco.
Me muerdo el labio inferior y me tomo un momento para mirarlo. Su encanto juvenil es tan adorable. ¿Cómo podría alguien romper el corazón de este hombre?
—Lo fue.
Lo que no explico es que no solo fue inesperado, sino que fue caliente y travieso, y por una fracción de segundo, olvidé todas esas cosas que me hacen dejar de vivir el momento. Durante ese minúsculo nanosegundo en el que me llevó a ese armario y puso sus labios sobre los míos, no fui más que una chica, besando a un chico. No estaba pensando en "qué hubiera pasado si..." y en todas las cosas que podrían salir mal. Me estaba dejando llevar y pasándola bien con un hombre que podía hacer que mis dedos de los pies se curvaran con un solo guiño.
Nos quedamos en silencio, contemplativos. Edward está jugando con su cuchillo de mantequilla, sus ojos fijos en mí mientras trato de no sentirme incómoda. Puedo sentir su mirada quemándome la piel, y me está haciendo sentir todo tipo de emociones. Y cachonda. ¿Por qué cuando me mira así, me pone tan caliente? ¿Cuándo me convertí en esa chica? Dios, espero que valga la pena.
—Nací y crecí aquí. Tengo una gata llamado Atlas que me saluda cuando entro por la puerta. Mi padre falleció de cáncer cuando yo tenía veintitrés años. Sin embargo, Jasper y yo somos los chicos de mamá. —Sonríe y toma un sorbo de su Coca-Cola—. Veamos... Oh, me extirparon el apéndice cuando tenía doce años...
—Está bien, lo entiendo... no tienes que hacer eso.
Edward se estira por encima de la mesa y toma mi mano.
—Quiero que te sientas cómoda conmigo, Bella.
—Lo hago, quiero decir, lo haré. Simplemente eres... quiero decir, ¿cómo es que nunca nos hemos conocido? —Parece que teníamos un montón de gente en común a nuestro alrededor, pero estoy segura de que si lo hubiera visto en el pasado, lo recordaría. Una cara como esa es difícil de olvidar.
Se encoge de hombros.
—No lo sé, pero ahora que te conozco, quiero saber todo sobre ti.
Frunzo el ceño, con los ojos fijos en nuestras manos entrelazadas.
—Está bien. —Mis ojos se mueven hacia su rostro, y su sonrisa no podría ser más brillante—. Creo que puedo trabajar con eso.
~ATG~
La comida es maravillosa, y la conversación aún más. Es como si nos conociéramos de toda la vida. Bueno, de toda la vida, si eso significa que no sabemos casi nada el uno del otro, claro. Es tan apasionado por su trabajo, que me dejo llevar por lo que está hablando sin tener ni idea de qué es.
—Entonces, ¿te gusta construir muebles? —Pincho un trozo de tomate que quedó en el borde de mi plato y lo deslizo entre mis labios, saboreando su exquisitez. La comida aquí es casi orgásmica. O tal vez sea la compañía que tengo.
Los ojos de Edward siguen cada movimiento que hago, y me siento tan poderosa en este momento. Nunca he tenido mucha influencia en los hombres. Bueno, no que yo sepa. Así que esto es... agradable.
—Sí. Me encanta, en realidad —responde, tomando un nacho cubierto con queso derretido, llevándoselo a la boca, su pulgar demorándose allí por un momento.
Bajando la voz, trago la saliva que se acumula en mi boca. Ese nacho tenía muy buena pinta.
—Entonces, ¿por qué la renovación, si la carpintería es más tu estilo? —balbuceo, esperando que siga. Todo mi cuerpo se estremece, como cuando tengo uno de esos miniorgasmos corporales cuando el peluquero me lava y masajea el cuero cabelludo y el cabello. Al parecer, la inteligencia y las miradas pueden hacerme correrme sin siquiera tocarme. ¿Quién lo hubiera dicho?
—A Jasper y a mí nos encanta trabajar juntos. Disfruto de lo que hacemos. Es solo que la satisfacción que obtengo cuando termino un gran trabajo es diferente a la que obtengo cuando termino un armario, por ejemplo. Tallar belleza en madera es mágico. Crear algo de la nada... es una bendición. —Edward inhala y me quedo boquiabierta. Su pasión y la forma en que describe el trabajo con madera me hacen pensar en su tronco. Esto es incómodo.
—Ah, eso explica cómo hiciste que todo coincidiera con lo que ya teníamos. —Intento hacer que mi cerebro funcione y que se sume a la conversación.
Su enorme sonrisa me dice que está funcionando. Mi mente sigue el ritmo y mi boca se mueve. Esto es excelente. No he ido demasiado lejos... todavía.
—Bueno, el Dr. Cullen tenía algunos detalles y le prometí que haría lo mejor que pudiera. —Se encoge de hombros, como si lo que hace no fuera gran cosa. Psh. ¿No sabe cuántos carpinteros y contratistas de mala calidad hay por ahí?
—Se ve genial. Ni siquiera puedo imaginar lo duro que es tu trabajo. —Tomo una tortilla de mi plato y trato de entretenerme mojándola en una cantidad escandalosa de salsa y crema agria.
—No es como si yo salvara vidas, Bella —Sonríe—. A diferencia de algunas personas que conozco.
Me arden las mejillas y sé que deben ser de un tono rosa intenso. Supongo que tiene razón.
—Bueno, sí, pero aun así, ni siquiera puedo dibujar una figura de palitos, y mucho menos hacer un armario o construir una casa.
—Todos tenemos algo en lo que somos buenos. —Su respuesta es tan... él.
—Ni siquiera puedo discutir eso. —Sonrío y me limpio el polvo de tortilla de las manos—. Tienes razón.
Se lleva el dedo a la boca y lame la salsa, una acción que me hipnotiza. Me lamo los labios en respuesta y juro que puedo saborear lo que sea que esté comiendo.
Nos quedamos en silencio por un momento. Se siente casi como si el tiempo se detuviera solo para nosotros. Sus ojos están sobre mí, todos gris oscuro y traviesos, y no puedo apartar la mirada. Tratar de dejar de pensar en sus labios y en cómo se sentían sobre los míos me hace retorcerme en mi asiento.
—Bella, ¿terminaste de comer? —pregunta en un tono profundo, luego se aclara la garganta; aparentemente, su voz es tan baja como mis bragas desesperadamente quieren estar.
Asiento con la cabeza y respiro entrecortadamente.
—Sí.
Le hace una señal a Emmett, que se pavonea alrededor de las mesas, saludando con la cabeza a otros clientes y sonriendo, como si hubiera ganado la lotería, y finalmente llega a nuestra mesa.
—¿Llamaste? —Sus ojos están en Edward, luego se mueven hacia mí momentáneamente para un guiño no tan astuto.
—¿Podemos tener nuestra cuenta, por favor? —pide Edward con calma. Si sabe algo sobre Emmett, es que al hombre le encanta parlotear sin parar, lo cual está muy lejos de la salida rápida que estamos desesperados por hacer.
—¿Ya? Amigo, ustedes dos son rápidos. —Está mostrando tantos dientes mientras sonríe, que es casi espeluznante.
—Seríamos más rápidos si pudiéramos pagar nuestra comida e irnos —dice Edward, con un tono cómico en su voz.
—Ya está pagado. —Emmett hace un gesto con las manos y continúa—: Ahora, no hagan nada que yo no haría.
—Dudo que la lista sea muy larga. —Agarro mi cartera y me levanto.
—Ahora, Bella, sé buena con él —aconseja Emmett con insistencia, luego se vuelve hacia Edward—. Recuerda, Edward, el placer de una mujer siempre es lo primero.
Arrugo la cara y muero un poco por dentro.
—Oh, cielos.
Emmett se vuelve hacia mí; su sonrisa es tan amplia que ni siquiera parece que sus ojos estén abiertos.
—Ahora no.
Edward toma mi mano entre las suyas y me empuja suavemente detrás de él.
—Nos vamos ahora, Em. Dile a Rose que le mando saludos.
—Lo haré —escucho decir a Emmett detrás de nosotros. Sé que todavía se está riendo, pero estoy más preocupada por la velocidad a la que caminan las piernas de Edward en comparación con mis extremidades más cortas.
—Amigo, ve más despacio —Me río, mientras hago mi mejor esfuerzo para seguirle el ritmo.
Una vez que salimos por la puerta, Edward me jala hacia un lado y me empuja contra la pared junto a la puerta, su cuerpo pegado al mío. Sostiene mi mano sobre mi cabeza mientras la otra agarra mi cadera.
La oscuridad de sus ojos y la forma en que respira me dicen que es un desastre de hormonas y deseo, y su erección se balancea ligeramente contra mi vientre, como si estuviera tratando de presentarse. Sus labios son todo en lo que puedo pensar, y sin palabras, envuelvo mi mano alrededor de su nuca y acerco su rostro al mío. Sus labios están sobre los míos al instante, su lengua bailando alrededor de mi boca, como si estuviera buscando encontrar todos mis secretos. Es erótico y, sin lugar a dudas, el mejor beso que he tenido en mi vida. Él gime e intensifica su agarre en mi cadera, mientras trato de acercarlo más y frotarme contra él de alguna manera. Saber que estoy teniendo este efecto en él es una sensación que no puedo retener. Es adictiva. Quiero más. De él. Ahora.
—Consíganse un cuarto—dice un cliente que sale por la puerta junto a nosotros, sacándonos de nuestra burbuja. Puedo sentir todo mi cuerpo ruborizarse de vergüenza, pero no me importa un carajo porque, cielos, eso se sintió bien.
—Vaya. —Sonrío y observo a Edward acomodándose discretamente.
—Quiero decir que lamento eso, pero no puedo. —Toma mi mano en la suya y me aleja del restaurante.
Caminamos hacia su camioneta, la pesadez de esa acalorada sesión de besos todavía invade cada terminación nerviosa viva de mi cuerpo. Mis extremidades se sienten como gelatina, casi como si pudiera flotar en una nube pegajosa en algún lugar. Menos mal que está sosteniendo mi mano con tanta fuerza que está sudando. Y puede que esté deseando un postre.
—¿Qué más habías planeado para esta noche? ¿Solo bailar? —pregunto inocentemente. Sé a ciencia cierta que nada de eso va a suceder nunca. No ese tipo de baile, de todos modos. No si me salgo con la mía. Con él. Y ese maldito postre.
Abre la puerta de la camioneta y me ayuda a ubicarme. El brillo en sus ojos sigue ahí, así que sé que su respuesta debería ser buena.
—Sí, estaba planeando llevarte a un club en el centro... pero creo que necesito... recoger algo... en mi casa primero. —Sus ojos no se apartan de los míos mientras el timbre grave de su voz me dice exactamente lo que planea hacer cuando lleguemos a su casa.
—Sí, tu casa... donde tienes que recoger... algo. Suena bien. —Sonrío y me inclino hacia él para besarle la mejilla y susurrar—: ¿Qué estamos esperando?
Se aparta, cierra la puerta y corre alrededor de la parte delantera de la camioneta.
Observo en silencio, con un escalofrío recorriendo mi cuerpo, mientras abre la puerta del lado del conductor y saca las llaves de su bolsillo.
—¿Te he dicho cuánto me gusta cómo te ves en mi camioneta?
Estoy rebosante de alegría. Él es tan increíblemente dulce, que me duele... entre mis piernas.
—Si sigues hablando, no llegaremos a tu casa para recoger ese... algo.
Carraspea y enciende el coche.
—Sí, vamos a buscar ese... algo.
—Amigo, más vale que ese algo valga la pena. —Suspiro, inclinándome hacia el asiento mientras nos alejamos.
Sus ojos están en la carretera, pero su mente claramente no.
—Me aseguraré de ello. Repetidamente.
Muero.
Repetidamente.
~ATG~
La casa de Edward no se parece en nada a lo que me había imaginado. Pensaba que todos los hombres vivían como cerdos hasta que conocían a una mujer y ella los domesticaba hasta sacarles lo cerdo. No sé por qué esta percepción siempre ha estado presente en mi mente, aunque puede haber sido debido a que veía demasiada televisión cuando era niña.
Atlas nos saluda en la puerta y nos sigue, frotándose contra las piernas de Edward para llamar su atención. Él se agacha y la levanta, hablándole en voz baja y rascándole el cuello. Amo a un hombre que ama a los animales. Hay muy pocas cosas más sexys que ver a un hombre, especialmente a uno que parece el pecado encarnado, ser amable con su mascota.
Miro a mi alrededor mientras Edward alimenta a Atlas y no puedo evitar notar los detalles sutiles de su casa. La cocina es increíble; los gabinetes y las molduras están claramente hechos a mano. Nunca me habría imaginado este tipo de decoración. Mi mente divaga mientras camino por la habitación. Dijo que había comprado esta casa no hacía mucho tiempo, pero está claro que se ha esforzado mucho para hacerla suya.
—¿No es lo que esperabas? —Me entrega una copa de vino y toma un sorbo de la suya.
—Para nada. Esto es hermoso. —Miro alrededor de la cocina que conduce a una sala/comedor de espacio abierto—. Está tan... limpio —digo de golpe, provocando una risa de él.
—Bueno, tengo que confesar que tengo una señora de la limpieza. —Se encoge de hombros.
—No te culpo. Probablemente yo también tendría una si viviera en una casa tan grande. —La parte delantera de la casa, que se ve desde la calle, no le hace justicia.
—Bueno, a mi edad, no quería mudarme de nuevo, así que compré esto y pensé que había espacio suficiente para dos o tres o cinco personas más. —¿Cinco? Eso significa que quiere... Vaya, necesito calmar mis pensamientos, o tal vez sean fantasías. Me lleva a una gran sala de recreación de algún tipo, que tiene mesas de billar y póquer junto con un bar de aspecto decente y un televisor enorme—. Pero hasta entonces, este es mi mayor secreto.
—Noche de póquer con los chicos, ¿eh? —Me imagino una escena de Cómo perder a un hombre en 10 días y me río al pensar en traer algo rosa aquí. Obviamente, esta es su guarida de hombre.
Me atrae hacia él y me besa hasta que estoy hecha un desastre sin aliento. Luego, dejando un rastro de besos que me hacen cosquillas en la oreja, susurra: «No solo los chicos».
Sonrío con picardía.
—No necesitamos jugar al strip-póquer para que me desnudes.
—Bella —gruñe juguetonamente—. Vas a ser mi muerte.
Con sus manos en mis caderas, me guía hacia atrás, hasta que la parte posterior de mis muslos toca la mesa de billar.
—Bueno, esto es nuevo. —Me río, envolviendo mis brazos alrededor de su cuello y besándolo.
—He estado pensando en tenerte aquí por un tiempo. —Se ubica entre mis muslos separados, y puedo sentirlo duro y pesado contra mí.
Cierro los ojos y respiro por un momento. Esto está sucediendo. Voy a tener sexo con Edward. En una mesa de billar. Ahora mismo.
Sonrío y abro los ojos. Un destello de picardía, que coincide con el mío, cubre todo el rostro de Edward.
—Aquí... ¿en esta mesa? —bromeo.
Desliza su mano debajo de mi blusa y a lo largo de mi espalda baja, haciéndome temblar.
—Justo aquí.
Sus labios están sobre los míos, en lo que parece un par de minutos frenéticos. Desliza cuidadosamente sus palmas por mi espalda y lentamente me quita la blusa. Retrocede un poco y se saca su propia camiseta por la cabeza. Cuando su rostro está de nuevo cerca del mío, dice: «Si vas a estar desnuda, yo también».
Dejo que mis ojos vaguen por su cuerpo. Esos hombros anchos y tatuajes han hecho algunas apariciones bastante sorprendentes en mis sueños, pero no se parecen en nada a verlos de cerca otra vez.
Sonrío, lamiendo mi labio inferior con anticipación.
—Bueno, entonces déjame ayudarte.
Sin decir nada, dejo que mi falda caiga a mis pies y entonces estoy parada frente a él con nada más que un sostén y bragas.
El brillo en sus ojos es juguetón y sé que voy ganar. Este juego del gato y el ratón está a punto de ponerse toquetón.
Se desabrocha el cinturón y deja que sus pantalones caigan al suelo. Mis ojos recorren su pecho, bajando y bajando hasta que veo el bulto presionado contra su ropa interior.
—Eso parece doloroso.
Se ríe, el movimiento hace que el bulto se mueva un poco y suelto unas risitas.
—Reírse de un hombre semidesnudo no es muy prometedor, Bella —bromea, pero su emoción es evidente cuando suelta un suspiro tembloroso.
Sonrío y dejo que mis manos recorran su pecho y sus hombros, la sensación de su piel cálida bajo mis palmas me hace relajarme y disfrutar este momento.
—Esa fue una risa nerviosa. ¿Te has mirado en el espejo últimamente? —Mis ojos recorren la piel desnuda y hago una nota mental para preguntar sobre los tatuajes más tarde.
Acaricia la piel a mis costados, luego desliza sus manos por mi espalda hasta que llega a mi trasero y me da un apretón firme.
—Podría preguntarte lo mismo. —Su boca se estrella con la mía y, una vez más, me encuentro con su bulto más duro que el acero presionado contra mi coño.
Giro mis caderas, buscando más fricción y gimo en su boca.
Se aparta de mí y sonríe.
—Siempre podemos llevar esto arriba, a mi cuarto. —Suena bastante sincero, aunque cuando miro a mi alrededor, la idea de marcar esta habitación con nosotros me provoca un escalofrío involuntario en la columna vertebral. Quiero que recuerde cada momento de nuestra primera vez juntos. Quiero que entre en esta habitación y piense en nosotros cada vez que mire la mesa de billar. Ya sea que esta relación entre nosotros dure más de una noche o no, quiero que me recuerde. Sé que da un poco de miedo, o mucho, pero también quiero recordar este momento con él, si alguna vez vengo aquí de nuevo.
Y cuando digo que me vengo, lo digo en todos los sentidos de la palabra. Juego de palabras intencionado y todo.
Deslizo mis palmas por su cuerpo y paso mis dedos alrededor de la cintura elástica de su ropa interior, acariciando la cabeza de su polla que parece estar buscando contacto desesperadamente.
Sonrío con satisfacción y levanto la mirada. Tiene los ojos bajos y está observando mis manos, su frente arrugada en un ceño fruncido y su labio inferior atrapado entre sus dientes.
—Hace tiempo que quiero tocarte —confieso. Los músculos de sus brazos se tensan mientras se contiene para no sacudir las caderas hacia adelante en busca de más fricción. Observo cómo sus manos a los costados se cierran en puños y se relajan mientras lucha por controlarse. Quiero que pierda. Quiero sentir cada pizca de lo que puede hacerme.
—No deberías haber dicho eso. —Sus manos están en mi cabello en una fracción de segundo y sus labios están devorando los míos, nuestras lenguas se enredan y se deslizan una contra la otra.
Parece que mi plan ha funcionado.
Es brusco mientras jala de mí y me levanta para que esté sentada en el borde de la mesa. Sus manos trabajan rápidamente para quitarme las bragas, sus dedos provocan, pero no ceden. Me está torturando de la mejor manera.
—Voy a hacer que te corras en mi cara, luego en mi polla —promete entre besos, bajando por mi cuello y clavícula.
Gime; todo mi ser arde cuando me quita el sujetador y lo tira hacia atrás. Podría tener una audiencia observándonos ahora mismo y no me importaría ni un poco. Está trabajando mi cuerpo como si yo fuera una de sus herramientas. No puedo evitar los sonidos que salen de mi boca.
Observo, fascinada, cómo besa la parte superior de mi pecho y luego se lo mete en la boca todo lo que puede, pasando la lengua por la sensible punta, sin apartar los ojos de los míos. La escena es jodidamente caliente y quiero apretar mis muslos, pero no puedo porque me sostiene abierta frente a él, con sus grandes palmas extendidas sobre la parte interna de mis muslos.
Creo que digo palabras, pero no estoy segura, porque su rostro se abre paso por mi vientre y mis caderas. Paso una mano por su desordenado cabello cuando su boca toca la tierra santa. Me lamo los labios y me muerdo el inferior para no ser demasiado ruidosa. Sus labios son como magia y su lengua es gloriosa, lamiendo y acariciando en todos los lugares correctos.
No lo pienso dos veces mientras me abro aún más y me inclino hacia atrás mientras levanto mis caderas de la mesa para darle un mayor acceso. Cierro los ojos, incapaz de mantenerlos abiertos mientras me acerco más y más al éxtasis.
Cuando me corro, cayendo al borde del éxtasis y lo escucho gemir contra mí, es una doble dosis de lujuria y demasiadas sensaciones... hasta que me corro de nuevo, sus dedos en mi entrada, masajeando su camino hacia dentro.
Ni siquiera sé mi nombre en este punto, pero puedo sentir mi sabor en él cuando vuelve a besarme.
Abro los ojos y sonrío. O al menos creo que sonrío. Ni siquiera puedo sentir mi rostro, todos los nervios en mi cuerpo son como gelatina.
—Supongo que estuvo bien. —Una sonrisa burlona adorna su boca y me dice que sabe la respuesta, aunque sus ojos son tan profundos y oscuros que parece que podría devorarme de nuevo. Se quita los bóxers, luego se agacha para tomar sus pantalones y saca un condón de su bolsillo.
—¿Te lo esperabas? —Alzo una ceja.
—Fui un Boy Scout, Bella. Siempre estoy preparado. —Rasga el envoltorio y miro, fascinada, mientras desenrolla el condón a lo largo de su polla. Por primera vez, lo veo por completo y, santo Dios, la vista es espectacular.
Asiento, mordiéndome el labio inferior para no hacer un estúpido juego de palabras, pero añado: «Sí, bueno, eso es bueno».
Guía mis caderas hasta el borde de la mesa y sus ojos buscan los míos por un breve instante antes de ubicarse en mi entrada, y yo estoy llevando mis caderas hacia adelante hasta que ambos estamos donde tenemos que estar. Inhalo bruscamente mientras me acomodo a él. No es enorme, pero tampoco pequeño en absoluto. Se siente tan bien, simplemente correcto mientras muevo mis caderas lentamente al ritmo de las suyas.
Me envuelve con sus brazos, abrazándome fuerte mientras nos movemos juntos. Sus besos son intensos, profundos, como si no estuviera lo suficientemente cerca.
Lo que pensé que sería follar se siente como mucho más. Amor es una palabra fuerte, pero así debe ser como se puede sentir.
Me entrego a él, inhalando y exhalando su aliento. Estoy cerca y tengo la sensación de que no se permitirá venir hasta que yo lo haga. No puedo decirle que nunca me he corrido mientras tengo sexo; que la única forma en que lo haré es si juega con mi clítoris. Aunque la forma en que sus caderas se balancean contra mí es tan buena que me toma por sorpresa cuando me corro tan fuerte y gimo tan alto, que casi siento vergüenzo. Casi.
Ese orgasmo dura lo que parecen minutos, luego con unas cuantas embestidas fuertes, gime y me besa con fuerza, al mismo tiempo que me acerca a su pecho.
Me envuelve en sus brazos de nuevo, como si me estuviera abrazando, y apoya su frente sudorosa contra la mía. Sus pestañas descansan contra sus mejillas y sonrío con adoración. Es lindo y encantador... y un amante fantástico. Ni siquiera estoy segura de cómo cuantificar todo esto. Es decir, ¿cómo pude siquiera pensar en que no tendríamos un futuro o que no volveríamos a esta habitación? Las hormonas son una perra si me hacen enamorarme de un hombre porque él me hizo venirme. Bueno, en su defensa, fue tres veces, pero estoy divagando.
—Santo cielo —susurro, y caigo en cuenta.
Sus párpados se abren de golpe, las arrugas en las esquinas se hacen más profundas mientras sonríe ampliamente.
—Sabía que seríamos perfectos juntos.
Le rodeo el cuello con los brazos y lo beso profundamente. Se aparta y siento que se mueve torpemente entre nosotros mientras se quita el condón.
Retrocede y me da un beso en la comisura de la boca antes de verlo alejarse, con sus nalgas aún más perfectas de lo que jamás hubiera creído posible.
—Bonito trasero —le digo, bajándome de la mesa de billar. En ese momento miro a nuestro alrededor y me doy cuenta de que nuestra ropa está esparcida por todas partes. Tengo una blusa tirada en el respaldo de un sillón reclinable y mis bragas colgando de la esquina de un marco de fotos en la pared. Las recojo y empiezo a reír cuando veo quién está en la foto—. Así que mi jefe nos acaba de ver teniendo sexo.
Me rodea con sus brazos desde atrás y apoya su barbilla sobre mi cabeza.
—Sí, eso fue hace unos años. Emmett tomó esa foto.
Miro con atención a la gente que está ahí y veo muchos rostros conocidos que me devuelven la mirada.
—Me sorprende que no nos hayamos conocido antes.
—Me alegro de que estemos aquí ahora. —Me besa la nuca y me doy vuelta para mirarlo.
—Yo también. —Intento, pero probablemente fallo miserablemente, parecer sexy mientras me vuelvo a poner las bragas.
Ya tiene puestos los bóxers y está buscando su camiseta, que había caído sobre un árbol de ficus en el otro extremo de la habitación.
—Y pensar que ni siquiera querías venir a ver a los "sexys trabajadores de la construcción" —bromea.
Me río, ya habiendo sacado mi sostén del borde del acuario que sirve como una especie de divisor de ambientes. Unos centímetros más y habría olido a pez dorado y malas decisiones.
—Brillantina —digo en voz alta y me tapo la boca con la mano.
Edward se gira hacia mí y recorre con la mirada todo mi cuerpo. Camina, o más bien me acecha, y yo retrocedo hasta que vuelvo a apoyarme en la mesa de billar.
—¿Brillantina, Bella? Por favor, explícame. —Cruza los brazos sobre su amplio pecho y tiene una sonrisa permanente en los labios.
—El sol... con el aserrín... —Me lamo los labios y sonrío, un intento de parecer tímida que no me está funcionando del todo.
Me inmoviliza y apoya las palmas de las manos a ambos lados de mis caderas.
—También lo escuché —susurra, con los labios cerca de mi oído.
Me vienen a la mente pensamientos sobre el futuro y sobre que seremos algo para siempre. Él ha escuchado todo y todavía quiere estar conmigo. Me ha visto hacer y decir cosas que no son las más sexys, y todavía quiere salir conmigo.
Obviamente, soy lo que él quiere tanto como él es lo que yo quiero. Él no es un mujeriego como originalmente lo había imaginado. Es dulce y cariñoso y todo lo que quiero en el paquete más sexy y masculino.
Hablando de paquetes, le doy un beso húmedo en la mejilla y sonrío mientras levanto la cintura de sus boxers y echo un vistazo rápido hacia abajo.
—Tenía que comprobar algo por mí misma.
—¿Y qué era eso? —Tiene una ceja levantada de la forma más tentadora. Puede que no llegue a mi falda, que todavía está arrugada en una pila junto a la mesa de póquer.
Señalo su entrepierna y suelto suavemente la cinturilla.
—Tenía que asegurarme de que no brillara. —Me encojo de hombros, como si fuera totalmente normal pensar que tenía un pene lleno de brillantina.
Pasa un segundo y me encuentro sobre su hombro, riéndome sin control mientras me arrastra hasta su cuarto para darme la segunda ronda.
