Kagome observaba con una mezcla de diversión y exasperación la actitud posesiva de Inuyasha. El hanyou se había colocado frente a ella, sus ojos ámbar entrecerrados y un profundo gruñido saliendo de su garganta, todo dirigido a un inocente perro que se había acercado con curiosidad.

Ella suspiró, acostumbrada a los arranques de celos y territorialidad. Inuyasha siempre había sido así, incluso desde que se conocieron, un gruñón y celoso protector que no toleraba que nadie más se le acercara.

Ella intentó calmar a Inuyasha, posando una mano suave sobre su brazo.

—Inuyasha, tranquilo. Es solo un perro —dijo con suavidad.

Pero el hibrido no pareció escucharla, su atención estaba completamente enfocada en el canino que parecía ser un enemigo mortal. Ante eso, Kagome suspiro con resignación porque cuando Inuyasha se ponía de ese modo, no había forma de razonar con él.

De pronto, el perro dio un pequeño paso hacia adelante, e Inuyasha reaccionó de inmediato, interponiéndose protectoramente entre el animal y Kagome. E inmediatamente, gruñó con más fuerza, sus garras brillando, listas para atacar.

—¡Inuyasha, basta! —exclamó Kagome, poniendo una mano en su pecho para detenerlo. En cualquier momento estaba preparada para gritar "abajo" si se atrevía a lastimar a la criatura—. Es solo un perro inofensivo, no es una amenaza.

—¡Es un degenerado, Kagome! —rebatió indignado— ¡No lo defiendas! —despues de todo, el animal se había atrevido a olisquear debajo de la falda de Kagome. Acción que si Inuyasha se atrevía a hacer con ella, estaría diez metros bajo tierra.

Así que con un movimiento rápido, rodeó a Kagome con sus brazos, atrayéndola posesivamente contra su pecho.

—¡Es mía! —gruñó Inuyasha, para dejárselo en claro mientras sus ojos ámbar llenos de determinación seguian fijos en ese atrevido animal.

Kagome se sonrojó, sorprendida por la repentina declaración. Pero a la vez, una cálida sensación se extendió por su pecho. A pesar de lo celoso y gruñón que podía ser Inuyasha, ella sabía que en el fondo, su actitud era una forma de demostrar lo mucho que le importaba.

Suspirando con resignación, se acomodó entre los brazos del hanyou, sabiendo que de nada serviría intentar calmarlo cuando se ponía en ese estado. Inuyasha era un "perro guardián" por naturaleza, y Kagome era su más preciada posesión. Y ella, secretamente, no le molestaba en lo absoluto. Aún si al rato, lanzaba una carcajada -luego de que el perro se fuera- como si hubiera derrotado un gran villano y salvado a una damisela en apuros.