El sonido del hielo crujiendo bajo las cuchillas resonaba en el aire, acompañado por las risas alegres de los niños que practicaban torpemente en la pista. Inuyasha, con una gorra negra ajustada y una bufanda que le cubría parte del rostro, estaba al borde del colapso de aburrimiento. Hundido en un asiento de las gradas, con los brazos cruzados y una mueca de fastidio, veía a sus sobrinas dar vueltas patéticas sobre el hielo.

Todo era parte de un show local de patinaje artístico, lleno de luces brillantes y música melosa que le hacía apretar los dientes. Había accedido a regañadientes a venir, pero solo con la condición de mantenerse camuflado. Después de todo, ser un famoso jugador de hockey profesional hacía imposible que tuviera un momento de paz si alguien lo reconocía en público.

A su lado, Sesshomaru observaba la escena con la misma cara de palo que siempre llevaba, como si lo que ocurría ante él no existiera.

—Esto es una mierda. —El susurro de Inuyasha rompió el silencio.

—Interesante reflexión —respondió Sesshomaru, sin apartar la mirada de la pista—. No sabía que tus habilidades verbales daban para tanto.

Inuyasha bufó.

—Es increíble que te hayan convencido de venir —continuó Sesshomaru, con ese tono neutral que irritaba más que cualquier insulto directo.

—No tenía opción —gruñó Inuyasha, apretando la mandíbula—. Mamá dijo que si no venía, se lo contaría a mi entrenador, y ya sabes cómo es ese cabrón con esas mierdas de "familia primero".

—Quizás deberías aprender algo de esa filosofía —replicó Sesshomaru, sin un deje de ironía.

Inuyasha lo miró con una ceja arqueada y un gesto que gritaba "¿hablas en serio?". Pero optó por no contestar, dejando que el silencio hablara por él. Lo último que quería era estar aquí, atrapado en un espectáculo de piruetas y risas infantiles. No es que no quisiera a sus sobrinas, pero esto no era su estilo. Su vida giraba en torno al hockey: el estruendo de los choques contra las paredes, el rugido de la multitud, el brutal ritmo de un partido. Hockey era adrenalina, estrategia, sangre y sudor. Pero esto... esto era otra cosa.

Se inclinó un poco hacia adelante, observando cómo una de sus sobrinas se tambaleaba y terminaba de culo en el hielo.

Inuyasha suspiró y se levantó del asiento.

—Voy a la dulcería. Esto me está matando.

Sesshomaru ni se molestó en asentir, como si su presencia o ausencia fuera irrelevante.

Caminando hacia el vestíbulo, Inuyasha revisó su teléfono, distraído. Las luces suaves de la pista contrastaban con el bullicio del área común, donde los padres compraban snacks y los niños se amontonaban en filas desordenadas. Al doblar una esquina, no vio a la persona que venía de frente hasta que fue demasiado tarde.

El impacto fue ligero, pero suficiente para que ambos retrocedieran tambaleándose.

—¡Oh! —exclamó la chica, mirando la botella de agua en sus manos. Intentó evitar que se cayera, pero no pudo evitar que el agua mojara la camisa de Inuyasha.

—¡Mierda! —maldijo Inuyasha.

—¡Ay no! —La chica dejó escapar un suspiro frustrado, mirando el daño que había hecho. Inuyasha frunció el ceño, observando cómo el agua empapaba la tela de su camiseta.

—¡Perdón! —dijo rápidamente, apurada, sacudiendo la cabeza—. No te vi, estaba distraída... Fue completamente mi culpa.

Inuyasha miró la mancha de agua, pero al ver la expresión genuina de disculpa en el rostro de la chica, su enojo se desvaneció un poco.

—No pasa nada, realmente —respondió él, encogiéndose de hombros. Aunque no era fan de que lo interrumpieran así, al menos no había sido intencional.

—No, de verdad, lo siento mucho. —La chica insistió, su rostro algo sonrojado mientras trataba de secar con las manos el poco de agua que había caído en la camisa de Inuyasha—. Estaba completamente distraída mirando mi teléfono. No debería haber estado tan desatenta.

Inuyasha levantó una ceja, pero al sentir sus manos sobre su camisa húmeda, su rostro se tiñó de un leve color carmesí. Desvió la mirada, incómodo por el contacto, aunque no sabía exactamente por qué.

—¿Tú también estabas mirando el teléfono? —preguntó, entre curioso y tratando de ocultar su sonrojo.

—Sí... —la chica asintió, aún avergonzada, sin notar su reacción—

—Bueno, parece que ambos estábamos fuera de lugar —dijo Inuyasha, dejando escapar una pequeña risa para aliviar la tensión— No te preocupes, no fue nada grave.

La chica sonrió aliviada, claramente más relajada.

—Gracias por ser tan comprensivo. No todos reaccionan tan tranquilamente.

—¿Qué sentido tendría ponerme a gritar por un accidente? —Inuyasha sacudió la cabeza, aún sintiendo el calor en las mejillas— Al final, ¿quién no ha estado distraído alguna vez?

—Tienes razón —respondió ella, sonriendo con un toque de timidez—De nuevo, perdón por mojarte.

—No es nada, de verdad. —Inuyasha respondió, sin poder evitar sonreír de vuelta. El leve contacto de antes seguía rondando en su mente, pero decidió ignorarlo.

Ambos se miraron unos segundos más antes de que la chica, con una sonrisa amable, comenzara a alejarse.

—Bueno, espero que tu día mejore... sin más accidentes —dijo ella, con un toque juguetón en la voz.

Inuyasha rió suavemente, recuperando su tono habitual mientras cruzaba los brazos.

—Gracias, pero no prometo nada.—respondió—

La chica le lanzó una mirada rápida entre divertida y avergonzada antes de seguir su camino. Inuyasha la observó por unos segundos más, algo pensativo, mientras retomaba su andar hacia la dulcería. A pesar de la incomodidad de la camisa húmeda, no pudo evitar una pequeña sonrisa, sintiendo que el día había dado un giro extraño pero inesperadamente agradable.

———

De vuelta en las gradas, con un refresco en la mano, Inuyasha volvió a su lugar junto a Sesshomaru. Las luces se atenuaron, indicando que la siguiente presentación estaba por comenzar. Una voz suave presentó a la patinadora principal, y los murmullos se apagaron.

Inuyasha apenas prestó atención al principio, hasta que las primeras notas de la música llenaron el estadio. Levantó la vista, y ahí estaba ella: la chica de la chaqueta azul, ahora con un traje blanco que brillaba bajo las luces, deslizándose con una gracia que lo dejó por un momento sin palabras.

Su cuerpo se movía como si estuviera hecho para el hielo, cada giro y salto perfectamente sincronizado con la música. Había algo hipnótico en la forma en que sus brazos trazaban líneas en el aire, en cómo aterrizaba después de cada pirueta con una precisión que parecía imposible.

—Es impresionante, ¿verdad? —comentó Sesshomaru, notando su expresión absorta.

Inuyasha se encogió de hombros, intentando no parecer afectado.

—Supongo que está bien. Para ser patinaje, claro.

Cuando la presentación terminó, los aplausos llenaron el estadio, pero Inuyasha apenas los escuchó. Seguía con la mirada fija en ella mientras se inclinaba en una reverencia elegante antes de abandonar el hielo.

Por primera vez en mucho tiempo, algo había captado su atención fuera del hockey.

Cuando las luces se encendieron y el espectáculo terminó, Inuyasha todavía estaba procesando lo que acababa de ver.

Un tirón en su manga lo sacó de sus pensamientos. Era Setsuna, su sobrina menor, con el rostro lleno de entusiasmo.

—¡Tío Inu! ¿Te gustó?

—Eh... estuvo bien, supongo —respondió, encogiéndose de hombros.

—¡Fue increíble! La señorita Kagome siempre hace cosas así de bonitas —intervino Towa, su sobrina mayor.

Inuyasha frunció el ceño.

—¿Kagome? ¿Quién es esa?

Towa puso los ojos en blanco, como si fuera obvio.

—La chica que viste en la pista, ¿no estabas mirando? Ella es nuestra maestra asistente.

—Espera, ¿ella les enseña a ustedes?

—¡Sí! —dijo Setsuna, saltando emocionada. —La maestra principal, la señora Sato, dice que algún día será muy famosa, pero por ahora nos ayuda a practicar.

Inuyasha levantó una ceja. Se cruzó de brazos, volviendo a mirar hacia la pista vacía.

—Supongo que no está mal para ser profesora...-

—¡No, es más que eso! —protestó Towa, imitando su tono con exageración. —Es la mejor. ¿Por qué no vienes a saludarla?

Inuyasha negó con la cabeza.

—No, gracias. Prefiero quedarme aquí.

—¡Cobarde! —dijeron Setsuna y Towa al unísono.

Inuyasha no se molestó en corregirlas. Pero mientras veía cómo las luces se apagaban lentamente en la pista, no pudo evitar que su mente volviera a la imagen de Kagome deslizándose con una gracia que, por alguna razón, no podía olvidar.

Sesshomaru, que había escuchado toda la conversación desde su asiento, dejó escapar una leve risa burlona.

—Así que el gran Inuyasha, intimidado por una simple profesora de patinaje. Esto sí que es nuevo.

Inuyasha lo fulminó con la mirada.

—Cierra la puta boca, Sesshomaru.

Sesshomaru apenas arqueó una ceja, manteniendo el deje de burla.

—Controla tu lenguaje. Hay niños presentes.

Setsuna y Towa, que habían estado intentando contener la risa, no pudieron evitar soltar unas carcajadas al ver la expresión de frustración en el rostro de su tío.