Disclaimer: todos los personajes que reconozcan y el mundo donde viven pertenecen a JK Rowling. El resto es producto de mi imaginación.
Escribo esto solo por diversión. No ha sido sometido a revisión beta ni profesional por parte de un editor.
Capítulo 2
Era una mañana de verano, no particularmente calurosa. Harry se había despertado temprano. Agradecía enormemente que este verano los Dursleys hubieran decidido salir de vacaciones fuera del país como regalo de cumpleaños para Dudders. Seguía haciendo las tareas de la casa solo por costumbre, sabía que para cuando su familia regresara de sus vacaciones él ya estaría partiendo a Hogwarts y no tendrían la oportunidad de reprenderlo, pero el ocupar su mente en las labores del hogar le distraía de pensar en la muerte de Sirius y en lo inevitable que cada día que pasaba se volvía su enfrentamiento con Voldemort.
Bajó a prepararse el desayuno, como cada mañana, disfrutando de la tranquilidad que le brindaba esta sencilla tarea, comió lentamente, disfrutando de cada bocado y se dispuso a trabajar un rato en el jardín, antes de que hiciera demasiado calor.
Salió por la puerta trasera, sabía que la señora Figg solo se acercaría a "saludar" si hubiera indicios de algún problema, como había aprendido el año pasado cuando los dementores los habían atacado a él y a su primo.
Estaba sacando las herramientas que necesitaría para podar el pasto cuando una mancha negra esparcida en el jardín llamó su atención.
Se acercó lentamente a donde se encontraba la mancha, conforme se fue acercando se dio cuenta de que eran un montón de túnicas negras, con un charco de sangre formándose a su alrededor.
Tomó firmemente su varita, que siempre llevaba en uno de los bolsillos de su pantalón, y acercándose cautelosamente se dispuso a averiguar quién era el herido.
Ahogó un grito al darse cuenta de que se trataba de su profesor de pociones, se agachó para tomar su pulso, estaba muy débil, pero presente.
No podía hacer magia alguna por el decreto que prohibía usar magia a los menores de edad, y no creía que su profesor agradeciera verse rodeado por agentes del ministerio por desobedecer el decreto. Eso sería una complicación considerable, más en su estado, ninguno tendría la oportunidad de defenderse.
Trato de despertar al maestro, pero no reaccionó, se dio cuenta de que había perdido mucha sangre, sintió un grado de urgencia por atenderlo. Como pudo lo levantó, y más que moverlo, lo arrastró por el jardín y se dispuso a llevarlo dentro de la casa para subirlo a su habitación.
Afortunadamente desde su tercer año se había acostumbrado a que él y sus amigos prepararan muchas pociones curativas que llevaba a casa al terminar el curso, esto como precaución ante cualquier ataque de ira de tío Vernon.
El camino hasta su habitación bajo el peso muerto de Snape se le hizo eterno. Lo acomodó torpemente en la cama y procedió a revisar sus heridas.
