CAPÍTULO UNO
Lavellan
Lavellan giró su rostro hacia la lluvia.
Se sentía refrescante. Puro. Pero no la distraía del último sueño que había tenido con Solas.
Ese sueño, en el que lo encontraba una vez más. El sueño donde lo abrazaba, solo para descubrir que había preferido morir a estar con ella una vez más.
"Vhenan"
"Vhenan"
"VHENAN"
— ¿Inquisidora?
Lavellan pegó un respingo. Se giró bruscamente en su caballo hacia Cullen, quién le había acompañado todo el camino desde Feudo Celestial, la base de la Inquisición.
— ¿Si, Cullen? — respondió, con su voz un poco carrasposa. Pensar en esas palabras siempre hacía que un bucle de tristeza se asentase en su corazón.
—Casi hemos llegado a Mintharous, Inquisidora. — Cullen señaló hacia su frente, ya se podía vislumbrar el puente principal de la ciudad. Lavellan asintió.
—Parece…tranquilo.
Cullen frunció el ceño.
— ¿Estás segura de que él está aquí? No parece haber… nada diferente.
Lavellan asintió.
—Si. Gracias a la ayuda de Leliana y sus espías, sabemos que fue visto aquí por última vez hace unos días. — Apretó las riendas de su caballo, inconscientemente—. Su poder…es muy reconocible.
Los ojos de Lavellan se fijaron en la ciudad, recorriéndola como si pudiese llegar a ver a Solas a esa distancia, lo cual era imposible. Pero, en su pecho, siempre albergaba la esperanza.
Sus caballos llegaron al puente principal, con el ambiente aún tranquilo. Cullen se aferró aún más a la espada de su costado, dirigiéndose a los guardias del portón de más adelante.
— ¡Abran paso a La Inquisidora, líder de la Inquisición y protectora de la Santa Divina Victoria!
En ese momento, se extendió un murmullo en el portón.
— ¿La Inquisidora? ¿ESA Inquisidora?
— ¿Qué está haciendo aquí, en nuestra ciudad?
—Pero… ese cabello… esa tez… blancos. Prístinos. Sin duda es ella…
Una voz se alzó por encima de las otras, mandándolas a callar. El portón se abrió lentamente. Cullen y Lavellan aprovecharon y se apearon de sus caballos, conscientes de que en la ciudad iba a ser difícil mantenerse en ellos. Un guardia, que parecía de rango alto, se dirigió a ellos. Al llegar a su altura, realizó una reverencia profunda.
—Perdone la rudeza, Inquisidora. Le damos la Bienvenida a la ciudad de Mintharous. — Se apartó hacia un lado—. Les ruego que nos dejen sus caballos, ya que…
De repente, un ruido estruendoso se alzó en el cielo. Lavellan miró hacia arriba, asustada. Una enorme raja empezó a abrirse, poco a poco, dejando entrever una luz verde fantasmal.
El Velo. El Velo tenía una brecha.
Cientos de demonios empezaron a salir de esa brecha, como si fueran gotas de la lluvia que aún seguía cayendo.
— ¿Qué demonios has hecho, Solas? — susurró Lavellan, aterrada.
Rápidamente, se acercó a su caballo, y se enfundó sus dagas y su bolsa. Empezó a dirigirse hacia la puerta, pero una mano la detuvo.
— ¡No puede ir, Inquisidora! ¡Es peligroso! — Cullen la observó con fiereza. Lavellan negó con la cabeza.
—Cullen, vuelve e informa a la Divina Victoria. Necesitarán los máximos refuerzos posibles. Toma. — De su bolsa sacó una bola de cristal, un dispositivo élfico de comunicación a gran distancia. — Con esto, podrás ir adelantando, pero necesitan a su general lo antes posible.
Cullen cogió la esfera entre sus manos y la observó, fijamente.
—Lavellan, ten cuidado. Solas…Solas ya no es el de antes.
Lavellan soltó una risa amarga.
—Y yo tampoco, viejo amigo. Yo tampoco.—Se giró y se enfundó la capucha, tapando su pelo blanco y dejando a la vista solo sus ojos, brillando el azul pálido, rodeado del rosa espectral de su mirada. Una dureza se asentó en ellos.
—Ten cuidado, Cullen.
Acto seguido, empezó a correr hacia la ciudad, rogando al dios que la quisiese escuchar de llegar a tiempo para detener a Solas.
