-La historia y los personajes no me pertenecen en lo absoluto sino que son de la completa autoria de Masashi Kishimoto más la narración y/o utilización de los hechos son de mi absoluta responsabilidad para la dramatización, sentido y cronologización de la historia :3 Esta historia tiene lugar tras el capitulo 468 de Naruto Shippuden, tras la batalla de Indra y Ashura. Les sugiero oír "My Immortal" de Evanescence para Sanavber, "Falling Inside The Black" de Skillet para Indra y "What Have You Done" de Within Temptation para el contexto del capitulo.
El tiempo pasó en una sucesión placentera, en que los días se convertían en semanas; Indra seguía empeñado en el fondo de su mente de vengar la ofensa que su hermano Ashura y su padre Hagoromo habían cometido contra él, sentía que tenía esa responsabilidad para con su orgullo propio, pero mentiría si dijera que en el último tiempo ese pensamiento era apenas una idea dispersa en su mente, que volvía a su mente de vez en cuando, pero no era lo más apremiante, al fin y al cabo era joven y tiempo era algo que tenía de sobra. No, tenía muchas otras cosas aún más importantes en las que pensar; en Sanavber, por ejemplo. Educado para ser el líder de su familiar y casarse a una edad apropiada—que rondaba por cierto—, Indra tenía claro que estaba rompiendo muchas reglas ostracistas de su clan al vivir bajo el mismo techo con una mujer soltera y sin haber pedido su permiso para cortejarla, durmiendo básicamente en la misma cama por las noches y compartiendo interacciones intimas propias de una pareja, pero a Indra habían dejado de importarle esa clase de formalidades, tenía claro que es lo que sentía por Sanavber, pero también comprendía que necesitaba tiempo antes de plantearle tal propuesta de forma análoga. Estaba convencido de que ni en mil vidas encontraría a otra mujer con tantas cualidades y que no fuera solo su compañera, sino también su amiga, su igual en las batallas y en el aspecto humano.
Cerrando tras de sí la puerta de su hogar, regresando tarde de visitar a uno de sus usuales pacientes que requerían sus servicios como curandera, Sanavber negó en silencio para sí, preguntándose; ¿cómo podía entretenerse tanto para no darse cuenta del pasar del tiempo, ni de la hora? Le había prometido a Indra que regresaría temprano para que ambos pudieran cenar juntos como todos los días, pero su disponibilidad para con sus solícitos pacientes le había imposibilitado cumplir con su palabra, ¿qué sucedería?, ¿estaría demasiado enojado con ella por causa de eso? En medio de su silente recorrido por su hogar, dejando sobre la mesa el cesto que siempre llevaba consigo, Sanavber se aproximó hacia una de las repisas donde siempre mantenía una vela que encendió rápidamente, se guiaba perfectamente en la oscuridad a esa hora de la noche, pero no era lo ideal. Dejando la vela sobre la mesa de la cocina, sintiendo movimiento a su espalda, Sanavber volvió la mirada por sobre su hombro y encontrando a Indra, mas lejos de creer que él se molestaría u ofendería por su demora, la Harunn no pudo evitar morderse el labio inferior y reír infantilmente, retrocediendo lentamente del Otsutsuki; jugando al gato y al ratón, y siendo seguida por él que envolvió sus brazos alrededor de su cintura y la elevó del suelo, escuchándola reír a cambio, incapaz de enfadarse con ella aunque lo deseara, no por causa de su buen corazón, pues por ello se habían conocido.
Entre risas, actuando como una niña pequeña que no tenía otra razón salvo ser feliz y sonreír—se sentía así cada vez que estaba junto al Otsutsuki—, Sanavber ni siquiera se inmuto mientras Indra la cargaba en brazos y sentaba sobre la mesa, ambos a la misma altura y encontrando sus miradas; esmeralda la de ella y ónix la de él, relucientes y diferentes entre sí como el día y la noche. Escuchando como Sanavber detenía su coro de risas, pero sin ver desvanecerse ese brillo de alegría en sus orbes esmeralda, profundos y únicos, Indra no perdió lujo de detalle de todo lo que ella era, delineando con su tacto la esbelta cintura de la Harunn y ascendiendo hacia sus largos cabellos azabaches que caían tras su espalda como una cascada, formando a su vez una trenza en los costados de sus sienes para despejar su rostro, y a sus mejillas sonrosadas y su faz serena como la de un ángel. Sin poder evitarlo, Sanavber sometió a Indra al mismo estudio; cuando lo había conocido, resultaba muy intimidante y frio, con el ceño habitualmente fruncido, altivo, arrogante, como si estuviera por encima de otros, una actitud muy propia de él pero de la cual ella siempre estaba exenta, lo sabía, él se lo hacía saber sonriendo ladinamente al encontrar su mirada con la suya mientras ella envolvía sus brazos alrededor de su cuello, trazando sus hombros, sintiéndose a salvo entre sus brazos y acariciando sus rebeldes cabellos castaños, habiéndolo añorando durante cada hora que había pasado lejos de él, pero ahora estaban juntos.
Como si le dijera en silencio que la perdonaba, que llegar tarde un día no significaba nada—pues ambos valoraban infinitamente cada instante que pasaban juntos—, Indra inclinó su rostro para besar la frente de Sanavber, disfrutando del calor de su piel, y de su presencia dulce, hechizante como su perfume semejante al de los jazmines, sencillo pero angelical, justo como ella. Presas de ese mismo silencio que ambos tanto disfrutaban, alargando una de sus manos para trazar los cincelados rasgos de Indra, Sanavber eliminó la distancia entre sus rostro, pero no con el propósito de un beso—ambos ya habían descubierto que había cosas mejores que eso, y hablaban emocionalmente, no íntimamente—, sino únicamente para pegar su frente a la suya y sentir su aroma, sereno pero al mismo tiempo penetrante e inolvidable para ella, como entrar en un bosque y llevar su aroma aun tras salir de él, lo que la hizo sonreír inmediatamente para sí, envolviendo aún más sus brazos alrededor del cuello del Otsutsuki en un abrazo, quien no tardo en imitarla, abrazándola por la cintura y sonriendo ladinamente, lamentando las horas que pasaban separados durante el día, pero comprendiendo que esa era su vida y trabajo, y él no iba a interponerse en su camino, que era el propio. Quizás y si ambos no se hubieran encontrado tan sumergidos en el uno en el otro, hubieran podido darse cuenta de que alguien los observaba desde fuera de una de las ventanas, siempre los observaban…
Tras esa noche en que Sanavber había regresado tarde a casa, y no teniendo nada más que hacer salvo esperarla, Indra había tomado la decisión de acompañarla al día siguiente en su recorrido por visitar a sus humildes pacientes, ambos disfrutando ampliamente del aire puro; Sanavber y él se internaron en el inmenso bosque en su camino de regreso a casa, nuevamente con el sol desapareciendo en el horizonte y dando paso a la noche, con la luna llena iluminando su camino. El silencio era su plano, ambos podían pasar tardes enteras en casa, sin decir una palabra, solo disfrutando del quedo aire y templanza que reinaba cuando ambos estaban en el mismo lugar, ¿para qué desperdiciar saliva en palabras que quizás no bastaran para expresar la paz que sentían estando juntos?, mas en el fondo Indra no dejaba de pensar en todas las historias que Sanavber le había contado desde que vivían juntos, no había empleado una palabra para definirlos exactamente, pero le había hablado de la existencia de un clan casi mitológico y que él había desconocido por completo, con la inverosímil habilidad de poder pasar de humanos a lobos a voluntad, una historia que parecía sacada de una fábula y de la cual el Otsutsuki deseaba saber más. Sonriendo para sí, disfrutando de cada momento juntos, Sanavber no pudo evitar formular una pregunta que deseaba hacerle a Indra desde hace tiempo, pero no habiendo tenido el valor:
—¿Y qué has pensado?, ¿sigue en pie eso de buscar tu propio camino?— indagó la Harunn finalmente, conteniendo el aliento sin darse cuenta.
—Es lo que hago, contigo— contestó el Otsutsuki sin inmutarse, sorprendiéndola o más bien abrumándola con su sinceridad. —Estoy más interesado en investigar sobre ese clan del que hablaste, y en eso de que podían convertirse en lobos; caída y florecimiento— había escuchado de muchos clanes, pero nunca de uno así.
—¿Por qué tienen que caer?— cuestionó Sanavber, divertida por esa suposición.
—Humanos que se convierten en animales, ¿crees que alguien no se sentiría amenazado?— obvió Indra, aunque no desde su punto de vista sino de la mayoría. —Si no quieres hablar del tema…— conociendo a Sanavber como la conocía, podía darse cuenta de que el tema era muy serio para ella, y de ser así prefería no tocarlo.
—No es eso, solo…— ella se mordió el labio inferior y bajo la mirada, no sabiendo que decirle, —hay cosas que es mejor que permanezcan secretas, ¿no crees?— era una cobarde por no decirle la verdad, pero solo necesitaba un poco más de tiempo.
No le había dicho la verdad a Indra, ¿cómo decirle que una parte de ella no era del todo humana?, temía su rechazo, temía que él resintiera que no le hubiera dicho toda la verdad por desconfianza, temía cual pudiera ser su reacción al descubrir la verdad, por eso había callado, ¿cómo ser sincera? Asintiendo en silencio, aceptando lo que ella quisiera, Indra hizo retroceder a Sanavber hasta sentir que su espalda chocaba contra uno de los arboles tras de sí, pegando su frente a la suya y viéndola sonreír en respuesta, inspirando su dulce perfume de jazmín y deslizando sus labios de su mejilla a su cuello, escuchándola jadear en respuesta, ¿cuánto más habría de esperar para pedirle que se convirtiera en su esposa? Llevaba días deseando formularle tan crucial pregunta, pero algo se lo impedía, como si necesitase saber algo más antes, pero no entendía bien que era ese algo, desechando tal pensamiento, únicamente concentrado en estar cerca de ella y sentir todo cuanto ella era. Sintiendo los labios de Indra en su cuello, Sanavber se mordió el labio inferior y echo la cabeza hacia tras, soltando el cesto en que llevaba sus útiles de trabajo y alargando las manos hacia la corteza del árbol tras de sí, intentando aferrarse a algo, sintiendo las manos del Otsutsuki en su cintura, cortándose accidentalmente en la palma de la mano con la corteza del árbol, lo que hizo saltar sus instintos, alejándose de Indra casi de golpe, dándole la espalda, no pudiendo dejar que viera sus ojos, relucientes ante el aroma a sangre.
—Sanavber— llamó el Otsutsuki, temiendo haberla ofendido, —¿qué pasa?— insistió cuando ella no volteó a verlo.
—Me corte en la mano— contestó la Harunn, tratando de calmar sus instintos, en especial sus ojos que en ese momento brillaban como los de un gato.
—Déjame ver— solicitó Indra, acercándose a ella y tratando de tomarla de la mano.
—¡No!— protestó Sanavber, quizás con más vehemencia de la que hubiera deseado.
—Aléjate de ella, humano— irrumpió Hiroshi, emergiendo entre la espesura del bosque. —Muchos la han cortejado, y ninguno ha sobrevivido— advirtió, desviando la mirada hacia Sanavber.
—Vete, Hiroshi, déjalo en paz— exigió la azabache, situándose delante del Otsutsuki como un escudo.
—Otra chica te rompería el corazón; esta loba se lo comería— prosiguió el Harunn como si nada, menospreciando las amenazas de Sanavber.
—Lárgate, ¿quieres?— ahora fue Indra quien exigió que se marchara, ni siquiera sabiendo o importándole quien era ese sujeto.
—¿No te lo platico? Está comprometida con alguien, un hombre importante— aclaró Hiroshi, viendo a Sanavber bajar la mirada con derrota, —el hombre que la trajo a casa cuando mataron a su padre, ¿no te dijo?— por la expresión de desconcierto del humano, Sanavber claramente lo le había hablado de ello en absoluto.
—¿De qué está hablando?— cuestionó el Otsutsuki, cada vez más confundido.
—Ella tiene dueño, amigo, se le debe a alguien más— determinó el Harunn lo más claramente que le fue posible. —No es para ti— un humano jamás la tendría.
Hiroshi había esperado largamente para aparecer y hacer su amenaza, Sanavber en el fondo había sabido que aparecería, quizás hasta se hubiera dado cuenta de que en ocasiones era observada desde la distancia cuando estaba con Indra, pero estaba tan habituada a ser un juguete o moneda de cambio en manos de otros que se había acostumbrado a la sensación…había sido tan estúpida, si se hubiera mantenido más alerta podría haberlo protegido, pero ahora su clan lo consideraba una amenaza, porque los Harunn no se relacionaba con aquellos que no pertenecieran a su clan, todo para mantener la línea de sangre pura, y ella no era la excepción pese a ser de baja cuna. Satisfecho con el aire de conflicto que dejo tras de sí, dirigiendo una última mirada a Sanavber, Hiroshi se marchó tal y como había aparecido; internándose en el bosque y desapareciendo como si jamás hubiera estado ahí. El silencio que siguió fue lo opuesto a lo que Indra y Sanavber disfrutaban; el aire se sentía pesado, como si una espada pudiera contarlo con un solo movimiento, había algo muy extraño e Indra lo supo cuando en medio del silencio una brisa revolvió sus cabellos y los de Sanavber, que aún le daba la espalda, ¿de qué se trataba todo esto?, ¿cómo es que estaba prometida en matrimonio a alguien más y no se lo había dicho? Tenía que haber una forma de romper ese compromiso, porque Indra estaba convencido de que no podía dejarla, no tras haberse enamorado completamente de ella.
—¿Qué está pasando, Sanavber?— interrogó el Otsutsuki, necesitando una respuesta clara.
—Ya no podemos seguir…juntos— contestó la Harunn, recogiendo su cesto del suelo.
—Podemos hacer lo que queramos— difirió Indra, porque no iba a dejarla solo por eso.
—Te hable de mi clan…— intentó protestar Sanavber, habiéndole hablado que su clan tenia reglas y era muy estricto.
—No me interesa lo que diga tu clan, ni nadie— insistió él, rodeándola para estar frente a frente. —Parece que son tus dueños— ni siquiera a él le habían impuesto un matrimonio, ni lo hubiera aceptado, —¿vas a permitirlo?— lo que sentían debería ser más fuerte que cualquier imposición o reglamento.
—No voy a dejar que nada te pase— respondió ella únicamente, no teniendo más que decir.
Esa no era la respuesta que Indra quería escuchar, no significaba un no, no significaba que ella no estuviera dispuesta a luchar por lo que sentían y que era más fuerte que lo que su clan dijera, pero tampoco era el sí que Indra deseaba escuchar, ¿qué significaba exactamente? Indra deseaba saber la respuesta, pero por la mirada melancólica en los ojos de Sanavber, se dio cuenta de que ese no era el mejor momento para hacer preguntas, y decidió callar. La mayoría de los clanes tenían reglas sobre sus estratos sociales; la elite se casaba a una edad temprana para tener descendencia, fundamentalmente pasaba con los líderes de un clan, y lo mismo se aplicaba a los Harunn, pero últimamente el clan se estaba viendo tan mermado a causa del mestizaje—Harunn mezclándose con humanos, y perdiendo sus habilidades hereditarias—, que cada estrato social del mismo tenía el deber de emparejarse ente miembros de su propio clan para perpetuar su linaje, sin excepciones, y Sanavber era presa de ese orden social, lo quisiera o no. Sabía cuan peligrosos podían ser si de eliminar una amenaza se trataba, y ella no iba a permitirlo, por lo que siguiendo en silencio con su camino—pese a saber que Indra deseaba seguir interrogándola al respecto—, Sanavber regresó a casa junto a Indra, pero no le dirigió la palabra, sino que se preparó para dormir y se fue a la cama cuanto antes, obligando al Otsutsuki a hacer lo mismo, dejando atrás tan conflictiva noche entre la bruma del sueño.
Iba a protegerlo, incluso si ello implicaba callar su corazón.
Al principio, y desde el punto de vista de alguien que había pasado gran parte de su vida enamorado de Sanavber—como más de uno de los miembros del clan Harunn, pues era innegable que la belleza de cabello azabache y orbes esmeralda era todo un encanto para quien tuviera ojos y supiera apreciarlo—, Hiroshi había espiado en secreto a Sanavber por las noches, como si quisiera asegurarse de que ella no metería al humano en su cama, y tras corroborar que no lo había hecho sino que—por ahora—su relación era inocente, había aparecido ante ambos la noche anterior, pero eso no era todo. Hasta ahora, Hiroshi había callado su espionaje, pero temprano al día siguiente se apersonó ante su padre Masao, el líder del clan, y procedió a informarlo de todo cuanto sabía sobre la relación de Sanavber y ese humano cuyo nombre y apellido desconocía por completo, pero eso era lo de menos, el problema es que no era parte de su clan y por ende humano, aunque sin darse cuenta, Hiroshi no mencionó este detalle sino que solo lo califico como inferior. Llevándose la mano derecha al mentón, Masao pensó en su viejo amigo Kosuke, el padre de Sanavber y que la había dejado a su cuidado poco antes de morir a manos de los humanos que lo habían cazado como si se tratara de una bestia cualquiera, y ahora resulta que la bella niña que había criado como a una hija se había emparejado con alguien sin decirle nada, ¿por qué?, ¿a dónde había ido parar la confianza tras todos estos años?
—Le cuenta nuestros secretos, la han escuchado— aseveró Hiroshi, teniendo a sus amigos como testigos. —¿Está protegiendo al clan?— cuestionó a su padre.
—¿Quién es él?— inquirió Masao, interiormente ofendido porque Sanavber se hubiera callado este romance secreto.
—Un humano, un completo desconocido por lo que sabemos— contestó él, encogiéndose de hombros y no habiendo obtenido más detalles al respecto, —pero le ha hablado de nuestro clan— y eso era algo en que todos los miembros del clan tenían prohibido involucrar a los humanos.
—¿Se está enamorando de ese hombre?— interrogó su padre directamente, teniendo el temple de un padre sobreprotector si de Sanavber se trataba.
—Si es que ya no lo está— contestó Hiroshi únicamente, pues que no hubiera escuchado un te amo entre ambos no significaba que no existiera.
Joven y muy seria, sobre todo con su empeño no precisamente apreciado—ni despreciado—dentro del clan por ayudar a humanos débiles y enfermos que aparentemente no podían valerse por sí mismos, Sanavber era en toda regla una rareza para quienes pertenecían al clan Harunn, su naturaleza salvaje y tempestuosa debería predominar por encima de su caridad y compasión para con otros, especialmente para con los humanos que ellos consideraban una especie insignificante, pese a ser medio humanos. Encima de todo, Sanavber evadía relacionarse con la mayoría de los hombres del clan, más en el plano emocional, tanto que a sus veinte años nunca se le había conocido amante, algo de lo que si se jactaban las mujeres del clan, siendo en su lugar una dama virtuosa, ¿eso significaba que ahora se había enamorado?, ¿y de un humano? Pese a ser de baja cuna, era preocupante para Masao como líder del clan, que una guerrera tan capaz, valiente y determinada como Sanavber estuviera relegada a desperdiciar su linaje, virtudes y habilidades hereditarias para que desaparecieran cuando se relacionara con este humano en cuestión, Masao prefería orquestar un compromiso entre Sanavber y alguno de sus hombres de confianza que pertenecían al clan y eran igualmente alabados como guerreros, ¿pero Sanavber aceptaría? Eso era lo que atañía a Masao.
—Quiero que te encargues de él, personalmente— designó Masao, para sorpresa de su hijo.
—¿Yo?— Hiroshi tuvo que señalarse a sí mismo a causa de su incredulidad, recibiendo un asentimiento como respuesta.
—Estoy seguro de que sabrás que hacer; sobórnalo, amenázalo, haz lo que sea, debe alejarse de Sanavber— nombró su padre, pues un humano siempre seria indigno de ella, —y de lo contrario…asesínalo— los extremos siempre eran malos, pero en este caso eran necesarios.
Él jamás—primero muerto—aceptaría que la hija de su querido amigo Kosuke se relacionara con un humano, todo el linaje de su amigo se perdería para siempre cuando Sanavber tanto se había esmerado en engrandecerlo desde que había quedado huérfana, y si para asegurarse de que Sanavber no cometiera semejante error debía intervenir y hacer que ese humano de nombre desconocido fuera asesinado, lo haría una y mil veces, asintiendo en silencio mientras se levantaba del diván y abandonaba la sala de su hogar, dejando a su hijo a solas, teniendo asuntos igualmente importantes de lo que ocuparse, pero sin alejar por ello su mente de Sanavber, a quien amaba como si fuera su propia hija, no queriendo que ella errara tanto. Honrado y al mismo tiempo satisfecho con la decisión de su padre, Hiroshi asintió en silencio mientras sonreía para sí mismo, quizás y cuando le arrancase la cabeza a ese humano, finalmente encontraría el valor para pedirle a su padre que diera su beneplácito y le permitiera convertir a Sanavber en su esposa, pues no existía mujer alguna que reuniera tanto belleza como dulzura, bondad y fuerza, pero para poder ser digno de ella, primero tenía que deshacerse de ese humano, y creía saber cómo...
Los próximos días se convirtieron en una especie de infierno en la tierra para Indra, le recordaron la desesperación que había sentido tras la traición de su padre y su hermano; Sanavber ya había despertado y marchado a hacer sus visitas cotidianas a sus pacientes cuando el despertaba, dejándole el desayuno servido en la mesa como única señal de afecto, y por las noches regresaba en completo silencio, contestado a través de monosílabos muy breves, pero no había más afecto, no había miradas cómplices, abrazos ni sonrisas, e Indra comenzó a creer verdaderamente que todo lo bueno que habían vivido hacia solo días atrás se hubiera convertido en un recuerdo, pues no importa cuánto intentase hablar el tema con ella, Sanavber lo rehuía una y otra vez, sumergiéndose en un punto en que parecían auténticos desconocidos entre sí. Las demostraciones de afecto no eran lo suyo, más bien era todo lo contrario, pero Indra mentiría si no dijera que no le había demostrado su preocupación a Sanavber, hablando más de lo que acostumbraba y realizando todos los días la misma pregunta; ¿qué está pasando? y obteniendo la misma respuesta; nada. Pues nada de había convertido en la cúspide de sus problemas, Sanavber regresaba a casa con los ojos rojos, porque no se atrevía a llorar durante la noche para no demostrar el gran dolor que sentía su corazón, ¿cómo decirle al hombre que amaba, mirándolo a los ojos, que todo había terminado?, ¡Ella no quería que terminara! Pero no había otra opción.
Sabía que Indra era muy fuerte, el individuo más fuerte que hubiera conocido y que podía cuidar de sí mismo, en ese plano no la necesitaba a ella, ¿pero cómo confiar únicamente en ello sabiendo que su propio clan igualmente gozaba de la ventaja de ser lo que eran? Era una disputa demasiado peligrosa y cuyos riesgos Sanavber no estaba dispuesta a correr…mas, quizás si no hubiera estado tan abrumada por su dolor ni Indra por el propio, ambos podrían haberse dado cuenta de que su distanciamiento no era suficiente para el clan Harunn, para ellos esta medida había llegado demasiado tarde, y demasiado tarde era una frase que el clan Harunn no podía aceptar, era una prueba de que iban a interferir. Esa mañana, Indra se presentó en la cocina solo para nuevamente encontrar el desayuno servido esperando por él, al menos sabia por ese gesto que Sanavber no lo olvidaba, alivianando parte de la tensión sobre sus hombros, pero no era suficiente para su alma perturbada, ¿es que había perdido realmente toda posibilidad de plantearle a futuro que se convirtiera en su esposa? Justo cuando el Otsutsuki iba a darlo todo por perdido y sentarse a la mesa para comer, frunció el ceño al advertir un pequeño mensaje doblado sobre la repisa junto a la entrada, y que él se acercó para tomar, ¿podría tratarse de un mensaje para Sanavber? Él habría sentido a ese alguien llegar o presentarse fuera de la casa, no, el mensaje solo podía encontrarse dentro, si alguien lo hubiera dejado al salir; Sanavber.
Desdoblando el papel con cuidado, Indra frunció el ceño casi en el acto ante las palabras que encontró escritas, con la misma letra de Sanavber; Perdóname, tengo tanto que decir en tan poco tiempo, hasta el cuidado y espacio entre cada palabra, todo era justo como ella lo escribía. Búscame en el templo que está en el extremo del bosque, esta noche, Sanavber, todo sonaba demasiado glorioso por sí mismo, tentador a más no poder, ¿cómo no serlo? A lo largo de toda la última semana, Sanavber no le había dirigido la palabra, estaba claro que ella estaba entre la espada y la pared, y lo quisiera asumir o no, Indra entendía que no podía ayudarla, ¿pero acaso no era esta carta una prueba de que a pesar de todo ella estaba dispuesta a llevar esto hasta las últimas consecuencias? Indra estaba convencido de que amaba a Sanavber, lo que sentía no podía ser atribuido a otro sentimiento, más cuando jamás lo había sentido en el pasado, y quería creer que Sanavber lo amaba a él, ¿entonces como no luchar por lo que sentían? Sonriendo ladinamente, Indra dobló el mensaje de la Harunn y lo guardó al interior del fajín que cerraba sus ropas, sentándose a disfrutar de su desayuno, y durante las próximas horas del día se paseó como león enjaulado entre hasta que se aproximó el atardecer, y entonces abandonó la casa para internarse en el bosque y dirigirse al templo que Sanavber había mencionado en su mensaje.
Desde esta noche todo sería diferente.
El sol se ocultaba lentamente en el horizonte, era el momento propicio para reunirse con Sanavber y por lo cual Indra había abandonado su hogar antes de que se pusiera el sol, internándose en el eterno bosque que se extendía desde el hogar de la Harunn hacia la inmensidad y que él nunca había transitado completamente, no hasta hoy, siguiendo las indicaciones que ella había dejado al pie de su mensaje, sin dudar en que se trataban de sus palabras y que parecieron reafirmarse cuando en medio de la inmensidad del bosque apareció un templo de aspecto sencillo, y al cual ingresó con un deje de vacilación, temiendo no estar en el lugar correcto, dejando las puertas abiertas de par en par tras de sí. Indra no tenía conciencia de que era exactamente el romance, no se molestaba en pensar en cosas así, pero ingresar en el templo hizo que dudara del gusto de Sanavber al elegir el lugar para reunirse, pues el interior de las paredes, columnas, pilares y estructura del templo estaba decorado por huesos como un gigantesco osario que él analizo con curiosidad y duda, desestimando las puertas abiertas del templo, mucho más concentrado en estudiar el interior del mismo, el Otsutsuki se mantuvo ajeno a la llegada de Hiroshi, que ingresó en el santuario cerrando las puertas tras de sí, haciendo que el Otsutsuki volteara a verlo.
—¿Te gusta este lugar para descansar?— consultó el Harunn con aire burlón. —Fue construido en el siglo pasado, sobre la tierra en que había caído una estrella, eso dicen— informó, con las manos cruzadas tras su espalda y acercándose al Otsutsuki, —tanta gente quería ser enterrada aquí, que el cementerio se llenó, y tuvieron que improvisar— añadió, observando con admiración la decoración hecha de huesos. —Quiero pensar que dicen; vamos, no esta tan mal— comentó con buen humor.
—¿Dónde está Sanavber?— interrogó el Otsutsuki, desestimando sus palabras.
—Aquí no, eso es seguro— contestó Hiroshi, volviendo la mirada y encontrándola con la suya. —Escucha, la pequeña Sanavber es como una cachorra, hambrienta de amor, pero siempre rechazada— aclaró, no queriendo que su amiga fuera lastimada ni ilusionada en vano, pues ningún romance con un humano llegaría a nada.
—¿Estás aquí para protegerla?— asumió Indra fríamente, sin saber si creerle o no.
—Simplemente de ella misma— asintió el Harunn, no molestándose en negarlo. —Supe que estabas aquí de paso, ¿cuándo te iras?— inquirió, no deseando ensuciarse las manos con su sangre a menos que fuera realmente necesario.
—¿Y si no me voy?— cuestionó el Otsutsuki estoicamente, sin dejarse intimidar por palabras.
—Entonces, lo que quede de ti lo hará— respondió Hiroshi con idéntico tono. —A menos que pretendas que te entierre aquí—sugirió, dándole opción de elegir.
—¿Por qué soy una amenaza?— indagó Indra, queriendo o más bien necesitando una explicación para ese temor o desprecio injustificado hacia él.
—Es una chica frágil— señaló el Harunn, pensando solo en el bien y la seguridad de Sanavber.
—No, ¿por qué soy una amenaza para ti?— puntualizó el Otsutsuki, sabiendo mejor que nadie que Sanavber no era tan frágil como parecía.
—No, amigo mío, tú no eres una amenaza; esta es la amenaza— difirió él, no pudiendo evitar reír al oírlo calificarse como una amenaza, cuando era una simple alimaña.
Un humano nunca sería una amenaza para Hiroshi, pertenecer al clan Harunn y haber sido instruido para ser un guerrero desde que era niño le hacía sentir que era especial y diferente en el mejor de los sentidos, además y aunque tuviera una debilidad, ¿qué podía hacer un humano? Por lo que Hiroshi marcó distancias y dejo muy claro su mensaje, alargando velozmente las manos para presionarlas contra el centro del pecho del Otsutsuki, haciendo que chocara de espaldas contra la pared tras de él y que consiguió frenar la fuerza del golpe. Habiendo entrenado desde niño con los miembros más fuertes del clan Otsutsuki, con sus antes seguidores que siempre se encargaban de mejorar para estar a su altura y representar un reto para él, fue todo una sorpresa para Indra sentir que su espalda chocaba contra la pared tras de sí, observando con apenas contenida sorpresa al Harunn, sabiendo disimular una ligera sonrisa ladina cargada de arrogancia. ¿Hasta adonde llegaba el empeño del clan de Sanavber por separarlos, o por alejarlo a él? Lamentaba tener que decepcionarlos, porque no iba a darse por vencido tan fácil, hasta agradecía el reto de enfrentarse a alguien que estuviera a la altura tras tanto tiempo, le serviría para cuando volviera a estar delante de su hermano Ashura, sosteniéndole la mirada a Hiroshi y viceversa, ¿realmente creían que iba a renunciar a Sanavber así de fácil? No lo haría, había tenido que perderlo todo para encontrarla, y no renunciaría a ella por su propia voluntad.
—Vete de aquí; no le escribirás, ni la buscaras por el resto de tu vida— determinó Hiroshi, dándole una última oportunidad, —porque si te atreves a respirar su nombre…— advirtió, sin poder terminar de hablar ya que el Otsutsuki lo empujó en el centro del pecho y haciéndolo chocar con la pared a su espalda.
—¿Qué va a pasarme?— cuestionó Indra, inamovible frente a sus sentimientos por Sanavber.
—Estúpido humano, vine aquí para salvarte, y advertirte, pero tú lo elegiste por las malas— gruño el Harunn, estampando sus puños contra la pared a su espalda. —Aquí termina tu camino— advirtió, alzando la mirada con sus ojos esmeralda brillando como los de un gato durante la noche, fulgurantes como la corriente eléctrica.
Habitualmente sereno, frio y lo suficientemente templado para tener claro que es lo que hacía, Hiroshi se arrojó contra el Otsutsuki, viendo rojo a causa de su tozudez y prepotencia, no considerándolo digno de Sanavber, ni a ningún otro, pretendió atacar a Indra que—previendo su actuar—solo evadió sus golpes antes de sujetarlo de la muñeca derecha para bloquear el golpe y sujetarlo el cuello de la ropa para arrojarlo contra la pared tras él, no quería tener que agredir ni matar a nadie a menos que fuera necesario, menos si ese alguien estaba relacionado con Sanavber. Además, y por muy fuerte que fuera Hiroshi, su velocidad no podía comprensar esta habilidad, y él no quería perder tiempo con un enemigo que no merecía su tiempo, pero cuando el Otsutsuki se volvió hacia las puertas para marcharse, sintiéndose como un tonto por haber caído en semejante engaño, escuchó un gruñido en la pared a la cual había enviado a Hiroshi, lo que resulto curioso porque aquel gruñido no tenía nada de humano, y la explicación llegó cuando Indra volvió la mirada en su dirección. Sabiendo que era una locura, cegado por la rabia y ofendido en su orgullo al ser menospreciado, en un parpadeó Hiroshi adoptó su forma real de lobo ante la incrédula mirada del Otsutsuki, sin desestimar la oportunidad que tenía ante él, corriendo y brincando hacia este con las fauces abiertas, derribándolo en medio de su vacilación y mordiéndolo en el hombro izquierdo, muy cerca de la tráquea, haciéndolo reaccionar.
Envolviendo sus brazos y piernas alrededor del cuello del gigantesco lobo y empleando todas sus fuerzas para alejarlo de si, enviándolo casi de golpe nuevamente contra la pared adyacente, Indra jadeó sonoramente para recuperar el aliento, sin molestarse en comprobar si la herida en su hombro sangraba, la verdad estaba demasiado impactado como para pensar en ello, ni en los arañazos que Hiroshi había dejado en el torso de su ropa, y parte de sus brazos al aferrarse a él con sus garras mientras lo mordía. A la mente de Indra vinieron las historias que Sanavber le había contado sobre un clan casi mitológico que tenía la extraordinaria habilidad de convertirse o adoptar la forma de lobos, y que en su forma humana tenían toda clase de habilidades inverosímiles; ahora tenía la prueba viviente delante de sus ojos, Sanavber le había hablado de ello porque su amigo Hiroshi era uno de esos seres, ¿y ella?, ¿acaso Sanavber también lo era? Levantándose y superando la fuerza con la que había sido arrojado, Hiroshi gruñó ferozmente al encontrar su mirada con la del Otsutsuki, saboreando los restos de sangre entre sus fauces y deseando más, deseando tomar la vida de su víctima que estaba demasiado aturdida por el descubrimiento de lo que él era realmente, y que volvió a aprovechar, corriendo hacia el Otsutsuki y arrojándose contra su torso, encajándole los colmillos en el brazo derecho, pero esta vez encontrando resistencia, pues el Otsutsuki se negó a caer, resistiéndose bajo su agarre.
Mucho más despierto y consciente ahora, Indra se mordió el labio inferior para ahogar un jadeo de dolor, pateando en vano el abdomen del gigantesco lobo, que tras asimilar el golpe volvió a arrojarse contra él, consiguiendo derribarlo esta vez, tanto con su peso como a través de sus fauces, haciendo bufar al Otsutsuki, que no deseaba pelear, ¿cómo herir a alguien que de una u otra forma estaba relacionado con Sanavber? En ese momento dejo de importarle a Indra si el ser con el que estaba peleando tenía mas de animal que de humano o era ambas cosas a la vez, no quería tomar la vida de alguien que solo buscaba proteger a Sanavber, pues era lo mismo que él quería, ¿pero debía morir por ello? Habían tantas preguntas que deseaba hacer a Sanavber y tantas cosas que aún tenía por hacer, que Indra se negó a morir, alargando con dificultad una de sus manos hacia el fajín de sus ropas de donde extrajo una especie de daga o cuchillo que había hecho personalmente en los últimos días, con una empuñadura firme y hoja en forma de rombo, que maniobró—con los ojos cerrados—para propinar un corte en la tráquea del lobo, que aulló de dolor y se mostró flácido bajo su agarre mientras por fin lo alejaba definitivamente de si, arrastrándose sobre el suelo para mayor seguridad y jadeando sonoramente, sin molestarle que parte de su torso y ropas hubieran sido manchados con la sangre del herido lobo, que ahora agonizaba a casi un metro de él, aullando débilmente contra el suelo del templo.
Apoyando sus manos en el suelo, Indra se irguió lentamente, recuperando su daga y regresándola al interior de su fajín, solo entonces desviando la mirada hacia Hiroshi, como si esperase que este sanara de forma casi milagrosa y volviese a arrojarse contra él, pero nada de eso paso ya que lejos de encontrarse con un lobo, el Otsutsuki volvió a encontrarse con el Harunn en su forma humaba, tumbado boca arriba sobre el suelo del templo, casi ahogándose con su propia sangre a causa de la herida en su tráquea y que lentamente iba minando su vida. Dirigiendo su mirada esmeralda hacia el Otsutsuki, sintiendo sus sentidos mucho más despiertos y lejanos de la rabia, Hiroshi comprendió el error que había cometido al exponer su verdadera naturaleza ante él, al subestimarlo y dejarse cegar por la rabia, exponiendo en el proceso a Sanavber y a su clan, lo que había buscado evitar, y en consecuencia la muerte seria su castigo, respirando una última vez antes de que su pecho dejara de moverse. Dejando libre un suspiro, Indra se aproximó al Harunn, arrodillándose junto a él y cerrándole los ojos con respeto, pues solo había tomado su vida para salvar la propia, no por gusto, sintiendo finalmente el dolor de sus heridas al erguirse, dándole la espalda al Harunn mientras se dirigía hacia las puertas y abandonaba el templo…
Decir que su ánimo estaba por los suelos sería un eufemismo para Sanavber, transitando en completo silencio el bosque en su camino de regreso a casa y cargando bajo su brazo derecho el cesto en que siempre llevaba sus útiles de trabajo, alzando la mirada hacia las copas de los arboles donde de vez en vez pululaba algún búho o lechuza, sintiéndose serena al oír muy a lejos el aullido de un lobo salvaje, recordándole su esencia real y que tanto debía ocultar para formar parte del mundo de los humanos, cuya sensibilidad le era tan cálida y afable. Deteniendo su andar, escuchando unos pasos que la seguían y que no eran en lo absoluto los de un depredador menor, como un lobo o coyote—que huirían ante su aroma, como sucedía como la mayoría de los animales—, sino que quizás se trataba de un humano incauto que creía poder asaltarla por la espalda, Sanavber volvió la mirada por sobre su hombro, llevándose una sorpresa que le quito el aliento. En su camino de regresó a casa de Sanavber, para hablar con ella e interrogarla sobre que era exactamente lo que estaba pasando, Indra no esperaba encontrarse con ella, pero era mejor así, pues continuar involucrados haría todo peor, el aspecto del Otsutsuki ya lo denostaba, con el cabello ligeramente despeinado y parte de sus ropas manchadas de sangre, además de cubierta de cortes en forma de garras, pues no se había molestado en limpiarse los restos de la sangre de su pelea, ¿por qué hacerlo si solo se había defendido?
—Indra— reconoció la Harunn, recuperando el aliento. —¿Estás bien?, ¿qué te paso?— interrogó, acercándose a él pero guardando las distancias a la vez.
—Tu amigo— contestó el Otsutsuki únicamente, sosteniéndole la mirada.
—¿Hiroshi?— más bien afirmo ella, entre sorprendida y al mismo tiempo confundida.
—Sanavber, dime una cosa, ¿por qué sabes tanto sobre ese clan de lobos?— cuestionó él, necesitando una respuesta ahora más que nunca.
—¿De qué hablas?— la pregunta fue extraña para Sanavber, que frunció el ceño.
—Sabías que él era uno de ellos, igual que una leyenda, un mito— acusó Indra directamente, cansado de su silencio y secretos, necesitando oír la verdad.
—¿Dónde está?— fue todo cuanto la Harunn pudo preguntar, en voz baja y temiendo lo peor.
—Extinto— contestó el Otsutsuki, sin un ápice de remordimiento pues lo había hecho para salvarse.
Ahora todo cobraba sentido en la mente de Indra; las historias de Sanavber sobre ese clan que podía transformarse en lobos, que tenían poderes que iba más allá de la razón sino que relacionados a sus instintos, ¿de qué otra forma ella sabría tanto de ellos si no conociera a uno de ellos?, ¿o si, en el peor de los casos, fuera uno de ellos? A esas alturas Indra no sabía que pensar ni que creer, ¿cómo no imaginarse el más descabellado de los escenarios? Sanavber no había hecho nada para hacerle pensar lo contrario, y ni siquiera se había molestado en decirle la verdad o justificar el imperioso control de su clan sobre su vida…Indra seguía enamorado de ella, ¿pero qué sentimiento soportaría mentiras que habían iniciado desde que se habían conocido? La sencillez de la palabra extinto hizo temblar a Sanavber, le recordó cuando su padre le había ordenado esconderse y permanecer en silencio, solo para ser asesinado por humanos que habían descubierto lo que era en realidad, una herida que ella aun no podía cerrar, y que ahora se vio reabierta al imaginar a Hiroshi, que por muy pedante e imbécil que pudiera ser, era amado por ella como un hermano y que ahora estaba muerto, justo como su padre hace tantos años, y lo peor es que ahora sentía que era su culpa, cubriéndose los labios de forma temblorosa, deseando enojarse con Indra, pero la verdad es que no podía hacerlo, lo amaba demasiado como para culparlo por lo que había sido defensa propia, su aspecto le daba a entender eso.
—Por Kami…Indra, ¿qué hiciste?— cuestionó Sanavber para sí misma, sin esperar una respuesta. —Yo solo quería protegerte— pudo contestar únicamente, no sabiendo que más decir para las preguntas que sabía él tenía.
—¿De quién?, ¿de ti?, ¿fuiste honesta en algún punto?— demandó saber Indra, furioso hasta el punto de desear no haberla conocido nunca cuando ella no contesto a ninguna de sus preguntas. —Imagino que es mucho desear que seas humana— supuso al encontrar su mirada con la suya, asumiendo que era uno de ellos.
—Indra, yo nunca quise…— intentó disculparse ella, no pudiendo negar la verdad ni queriendo mentirle por más tiempo.
—Es muy tarde para eso— interrumpió él, pues gastaba saliva en vano ya que no quería escucharla. —Si realmente te importara, no habrías dejado que nos conociéramos— o al menos habría sido honesta desde el principio.
—Indra…— suspiró la Harunn, no sabiendo que decirle pero deseando pedir su perdón.
Sanavber ni siquiera tuvo tiempo de decir más, ni siquiera tuvo tiempo de pensar en su mente las palabras adecuadas con las que pedirle perdón a Indra por todo, pues haciendo gala de su aguda velocidad, el Otsutsuki se desvaneció en cosa de segundos, dejándola sola en medio de la espesura del bosque, próxima al colapso, desplomándose de rodillas sobre el suelo y sollozando, de rabia contra si misma por no haberle dicho la verdad, de dolor por la muerte de Hiroshi a quien había amado como un hermano y de angustia por su corazón tan roto como el de Indra, ¿por qué a ellos había tenido que pasarles esto?, ¿por qué a ella que era tan insignificante dentro de su clan? Deteniéndose en lo alto de una de las ramas de los árboles, estando lo suficientemente lejos de Sanavber como para ni siquiera sentir su perfume ni verla a lo lejos, tras decenas de árboles que conformaban el bosque, Indra volvió la mirada por sobre su hombro, como si se despidiera de ella en silencio, pues a partir de hoy no la vería otra vez, era mejor que ambos callaran los sentimientos que tenían el uno por el otro o que él quería creer que tenían, si amarse iba a ser así de difícil y adverso, mejor olvidar esos sentimientos, nadie debería tener que luchar y arriesgar su vida por amor, menos él que tenía otros objetivos muchísimos más importantes.
Habría sido mejor no conocerse, así no sentiría como su corazón se rompía.
Como líder del clan Harunn, que cada día se encontraba en crisis a causa de miembros desleales que osaban relacionarse con humanos y ensuciar su linaje—que desaparecía a causa de la incompatibilidad de genes entre ambos conyugues, eliminando la herencia que los caracterizaba como clan—, Masao estaba habituado a recibir toda clase de noticias de parte de quienes lo rodeaban y debían estar enterados de todo para que él pudiera actuar en consecuencia, pero con certeza Masao nunca palideció como cuando escucho de labios de sus leales subordinados que algo le había ocurrido a su hijo Hiroshi, dejándose guiar por ellos y lejos de la ajetreada vida de la pequeña villa que habitaba el clan, internándose en el bosque donde lo esperaban los cuatro amigos de su hijo; Arata, Eiji, Haruo y Kyo, cabizbajos y tristes cuando habitualmente eran enérgicos y salvajes. De cada extremo, los jóvenes e impredecibles muchachos sostenían una especie de camilla improvisada y que era cubierta por lo que parecía ser una sábana blanca que cubría un cuerpo, que Masao se apresuró en desvelar, descubriendo esta lo suficiente para encontrarse con el rostro de su hijo, con una expresión entre indescifrable pero al mismo tiempo serena, con los ojos cerrados y un corte frontal en la tráquea, degollado como un vulgar animal, quitándole el aliento de tal manera que sintió como si la vida se le fuera en ello.
—Fuimos a buscarlo— inició Eiji ante el tenso silencio que reinaba en el ambiente.
—Había tardado mucho tiempo— coincidió Haruo, con un tono casi carente de vida.
A Hiroshi se le había dado una misión de gran importancia y de la cual inevitablemente había presumido ante sus amigos; protegería a Sanavber de sí misma, exterminaría a un humano que se había involucrado demasiado en los asuntos del clan y en el proceso quizás obtendría una esposa—pues sus amigos bien sabían lo que sentía por Sanavber desde que ambos eran niños—, sus amigos lo habían felicitado por ello y animado a llevar su tarea con gran diligencia y discreción…pero de haber sabido como acabaría todo, lo habrían retenido y le habrían impedido que acudiera, en lugar de ir a su encuentro casi cinco horas después de su partida, asumiendo que había estado lejos por demasiado tiempo. Escuchando las explicaciones de los amigos de su hijo, y que sabía sobradamente eran buenos muchachos, leales al clan, Masao se arrodilló ante la camilla para acariciar los cortos cabellos de su hijo con cierto aire nostálgico, como cuando había sido un niño, sabiendo que ya nunca más volvería a serlo, bajando pesadamente la cabeza para ocultar las lágrimas que se deslizaron por sus mejillas y que él se apresuró en secar, pues si llorase daría a entender que su hijo había muerto en vano, y no era así; había muerto para dejar en evidencia una gran amenaza para el clan Harunn, pues este humano desconocido había cobrado la vida de uno de los miembros más fuertes del clan, y como tal habría de ser exterminado, por la muerte de Hiroshi y por el bien de Sanavber. Cazaría a ese humano, y lo mataría…
Durante la misma noche en que Indra y ella se habían despedido definitivamente y pese a sentir que no tenía derecho a mostrar dolor por su muerte, Sanavber volvió al territorio de clan y vivió con ellos el duelo por su amigo Hiroshi, abrazó a Naomi la madre de su fallecido amigo y le deseó condolencias a lord Masao el líder del clan, y todos la recibieron con tanta ecuanimidad que Sanavber quiso creer que quizás las cosas debían ser así; quizás su lugar si estaba con los miembros de su clan y siguiendo el plan de vida que habían ideado para ella, como para todos dentro del clan, ¿no era acaso lo que su padre tanto había deseado antes de morir?, ¿qué ella estuviera a salvo?, ¿y no lo estaría si seguía el ritmo de vida de su clan? Su felicidad no importaba, solo que cumpliera con su papel y trajera honor a sus antepasados. Como cada noche de luna llena, al noche siguiente a la muerte de Hiroshi y tras los ceremoniales del luto, todos los miembros del clan se reunieron en el bosque que acostumbraban para cazar y dejar salir sus instintos, todos vistiendo ropajes o kimonos negros en memoria del fallecido hijo del líder del clan, en un tensó silencio que solo era roto por los sonidos de la noche mientras veían a lord Masao subir a la gran roca en el centro del claro del bosque y observarlos a todos, no con su seguridad y arrogancia característica sino que con evidente melancolía, como si llevase un gran dolor sobre sus hombros.
—Señoras y señores— inició Masao, observando a todos los presentes, —el hombre nos ha forzado a esconder nuestra naturaleza, nos ha perseguido durante siglos— aquella era una realidad que todos tenían presentes desde la fundación de su clan. —Anoche se llevó otra vida; la vida de mi hijo— mentó con profundo pesar, encontrando su mirada con la de su esposa. —Pero vamos a tener venganza, porque su asesino está aquí— declaró, desviando la mirada hacia al pie de la roca sobre la cual se encontraba, indicándole a sus lacayos que se acercaran.
—¡No!— gritó Sanavber, dándose cuenta de a quien traían los lacayos de lord Masao.
Para Sanavber, todo sucedió en cámara lenta mientras veía como dos de los lacayos de lord Masao sujetaban a Indra de los hombros y lo forzaban a caminar pese a la evidente resistencia del Otsutsuki, ante lo que ella no dudo en abandonar su lugar a la diestra de lady Naomi y correr hacia lord Masao, deteniéndose al pie de la gran roca sobre la cual se encontraba, y ante la cual se detuvieron los lacayos, permitiéndole a Indra escuchar la voz de la Harunn; había sido descuidado, había bajado la guardia, herido y cansado por su encuentro con Hiroshi y al mismo tiempo abatido por tener que distanciarse definitivamente de Sanavber, dejándose cegar por un sueño profundo, solo para ser capturado, y lo peor es que no podía escapar, ya lo había intentado, pero claramente estos sujetos—si podía calificarlos de humanos—tenían todos sus sentidos en alerta, impidiéndole aprovechar cualquier oportunidad y salvar su pellejo. Desde que era solo una niña, huérfana tras la muerte de su padre, Sanavber había visto a lord Masao como una figura autoritaria y misericordiosa, el epitome de la justicia dentro de su clan, pero ahora apenas y podía creer que estuviera cobrando venganza, ¿acaso Hiroshi no había sabido lo que hacía al enfrentarse a Indra? Sanavber conocía al Otsutsuki y sabía que no disfrutaba de matar, solo lo hacía de tener un motivo, y no merecía ser sacrificado para calmar la ser de sangre de su gente.
—Hiroshi fue a asesinarlo— señaló Sanavber, mas allá de toda culpa a adjudicar al Otsutsuki.
—Él sabía nuestro secreto, porque uno de nosotros lo dejo acercarse demasiado— diferenció Masao, prestando oídos sordos a sus palabras.
—¿Cómo lo sabes? No puedes estar seguro— aclaró ella, recordándole que nadie era culpable de nada hasta que se probase lo contrario. —Hiroshi fue a cazarlo, ¿o tú lo enviaste?, ¿mandaste a tu hijo a su muerte para alejarlo de mí?— cuestionó, necesitando saber cómo es que a su fallecido amigo se le había ocurrido esa idea.
—¡Basta!— silenció él, cansado de diatribas sin sentido y que ninguna relevancia tenían. —Si vive, traerá a los cazadores, justo como los que mataron a tu padre, y esta vez sí será tú culpa— advirtió, sabiendo el impacto que tenían sus palabras.
Cuando había sido solo una niña de doce años, demasiado ingenua e inocente, Sanavber había dejado sus huellas en medio del bosque, muy cerca de un campamento de cazadores, que las habían seguido hasta su hogar, viendo lo suficiente para saber que su padre no era…normal, él solo había tenido tiempo de ocultarla en el sótano, donde sabía que los humanos no la buscarían y dar la alerta a su amigo lord Masao para que viniera a buscarla cuando todo pasara, que fue justo después de que los humanos lo mataran, y Sanavber había salido de su escondite poco tiempo después, encontrándose con el cadáver de su padre. Entonces Sanavber había sido convencida por lord Masao de que aquello no había sido su culpa y la había tomado bajo su ala, cuidándola como si fuese su propia hija, ¿pero ahora? Estaba cuestionando su lealtad para con el clan, todo para que tal destino no se cebara sobre el resto de su gente. Bajando de un ágil salto de la roca que le había servido de podio, Masao aterrizó de pie ante el Otsutsuki, quitándole la venda que le cubría los ojos, queriendo ver a la cara al asesino de su hijo, pero no sintiendo otra emoción que la rabia ciega, más ante la aparente indiferencia del Otsutsuki, pero eso era lo de menos, alargando una de sus manos hacia uno de sus lacayos que le tendió una daga que hizo girar entre sus manos, sin apartar su mirada esmeralda de la estoica mirada ónix del Otsutsuki.
—Hay un rio dentro del bosque, si llegas al otro lado, ganas tu vida— advirtió Masao, observando fríamente al Otsutsuki y viceversa. —Deséale suerte a tu enemigo— delegó a Sanavber, que bajo la cabeza y no pudo moverse de su lugar. —¡Deséale suerte!— ordenó, tomándola del brazo para acercarla al Otsutsuki.
Masao no tenía idea de hasta qué punto habían llegado ambos durante su tiempo juntos, ni si quiera su hijo Hiroshi había podido dar una respuesta exacta al respecto, pero era claro para Masao que los besos eran un plano en común, y de hecho, como parte de la clase baja del clan, era deber de Sanavber desear suerte a los humanos que iban a morir en pro de clan, y esta vez no sería una excepción, sería su carga que llevar por no haber sido honesta con él, con Hiroshi y con el clan entero, una carga que a él no le pesaba adjudicarle. Casi chocando contra Indra ante el brusco movimiento de lord Masao, Sanavber alcanzó a sujetarse de los hombros del Otsutsuki para no perder el equilibrio, encontrando sus ojos con los de Indra y esperando encontrar ira, rencor, hasta resentimiento, lo que era perfectamente justificable; pero no encontró nada de eso, solo serenidad, melancolía de cómo habían llegado a ese punto y nostalgia de los días pasados. Indra no estaba enojado con Sanavber, no podía culparla por lo que estaba pasando, cerrando los ojos y tratando de disfruta lo más posible del breve roce de sus labios contra los suyos un instante antes de sentir un corte contra su brazo derecho y de cuya herida no tardo en brotar sangre. De la misma forma en que lord Masao había empujado a Sanavber hacia Indra para que "le deseara suerte", ahora la sujeto del brazo para alejarla de él, pues ya había cumplido con su papel.
Si lord Masao esperaba que el Otsutsuki sintiera miedo al ser observado como un animal herido por un numeroso grupo de depredadores—que en este caso eran los mismos miembros del clan Harunn, cuyos ojos esmeralda y viridian brillaron contra la luz, casi saltando en su sitio ante el olor a sangre fresca—, supo disimular ampliamente la decepción o más bien frustración que sintió ante la indiferencia del Otsutsuki, y que solo se vio perturbada cuando este desvió la mirada hacia Sanavber, a quien Masao sujetaba del brazo, y que encontró su mirada con la de Indra, con sus ojos esmeralda relucientes de lágrimas, deseando haber podido evitar que esto sucediera, pero ahora ni ella ni él podían hacer nada salvo huir, y Sanavber se lo hizo saber a Indra, gesticulando con los labios; corre. Recordando su aún reciente encuentro con Hiroshi el día anterior, Indra era consciente de que por muy lobos que fueran esos sujetos más que humanos y viceversa, no eran enemigos que pudiera subestimar, por lo que haciendo uso de su gran velocidad no tardo en desvanecerse en el aire e internarse en el bosque, concentrándose en llegar al rio y cruzar al otro lado para salvar su vida, lo que Sanavber sabía que lograría, rogando en silencio que a lord Masao ni a ninguno de los miembros de su clan se les ocurriera romper sus propias leyes solo para obtener venganza, pero puede que tuviera que hacer algo al respecto para garantizarlo.
Quería y se aseguraría que Indra estuviera a salvo.
PD: Saludos mis amores, prometí que actualizaría esta semana y lo cumplo, como siempre agradeciendo su apoyo y deseando siempre que mi trabajo sea de su agrado :3 Les recuerdo que por ahora solo puedo actualizar una historia por semana, por mis estudios y el escaso tiempo de que dispongo, pero no dejare inconclusa ninguna de mis historias, lo prometo :3 las próximas actualizaciones serán "Kóraka: La Sombra del Cuervo", nuevamente la "La Reina Olvidada" y "Más Que Nada en el Mundo" lo prometo :3 esta historia esta dedicada a mi querida amiga y lectora DULCECITO311 (a quien dedico y dedicare todas mis historias por seguirme tan devotamente), a Velbeth Castro (dedicándole la historia como agradecimiento por sus palabras, ya que hice esta historia para honrar a este inexplorado personaje), a mi queridísima amiga Ali-chan1996 (agradeciendo especialmente sus atentos y hermosos comentarios, dedicándole cada una de mis historias por su respeto y cariño), y a todos quienes siguen, leen o comentan todas mis historias :3 Como siempre, besitos, abrazos y hasta la próxima.
También les recuerdo que además de los fics ya iniciados tengo otros más en mente para iniciar más adelante en el futuro: "Avatar: Guerra de Bandos" (una adaptación de la película "Avatar" de James Cameron y que pretendo iniciar pronto), "La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber" (precuela de "La Bella & La Bestia"), "Sasuke: El Indomable" (una adaptación de la película "Spirit" como había prometido hacer), "El Siglo Magnifico; Indra & El Imperio Uchiha" (narrando la formación del Imperio a manos de Indra Otsutsuki en una adaptación de la serie "Diriliş Ertuğrul") :3 Para los fans del universo de "El Conjuro" ya tengo el reparto de personajes para iniciar la historia "Sasori: La Marioneta", por lo que solo es cuestión de tiempo antes de que publique el prologo de esta historia. También iniciare una nueva saga llamada "El Imperio de Cristal"-por muy infantil que suene-basada en los personajes de la Princesa Cadence y Shining Armor, como adaptación :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima :3
