Han pasado uno 6 días desde nuestra inesperada visita al mundo colmena de Tarzin. Días largos y tortuosos, donde me paso la mayor parte del tiempo haciendo reportes y leyendo muchos otros. Debo admitir que, por primera vez en mi vida, logro sentir la satisfacción de que un informe redactada por mi, halla tenido algo de valor. Irónicamente, en vez de temer a que el Coronel Tairon encontrase algún error en mis escritos, sentía más júbilo de saber que al menos los estaba leyendo.
Sin embargo, ese no era el mayor de mis problemas. Tener que pasar tiempo con mis tropas es por mucho una de las peores situaciones que he tenido que experimentar en mi vida. Esconderles la verdad cuando veo sus caras de sufrimiento y arrepentimiento hace que se me retuerza el estómago. Sin embargo, órdenes son órdenes, y deben ser cumplidas a pesar de mi desacuerdo.
Para el colmo, Mason debe estar a mi lado casi todo el tiempo, ayudándome con los informes y labores como nuevo oficial al mando de todas las fuerzas militares de Cantus que lograron escapar de la tragedia. En realidad, yo me encargo de todo el papeleo, pero él posee un carácter lo suficientemente fuerte para controlar cualquier tipo de problemas. Es mi mano derecha, y por ende, el segundo al mando de los más de cien mil hombres y mujeres de las fuerzas civiles. Ahora, oficialmente bautizadas como los Ultionem Milituim, lo cual se traduce como Tropas de Venganza en el bajo Gótico.
Y por si la situación no fuese más irónica, los sobrevivientes de las fuerzas de reserva también fueron asignadas bajo mi mando. Aunque eso es solo a ojo público, dentro de nuestro círculo social Murphy y Crosta siguen teniendo el control total sobre sus hombres y recursos. En cualquier caso, yo seré quien siga sus órdenes. Esto de ser una figura heróica para inspirar a las tropas es por mucho una de las cosas que más detesto. Siento como si me rodease una mentira que solo oculta mi ineptitud. Solo espero poder estar listo para cuando el momento apremie.
Tan pronto llegamos al mundo colmena Manfi, vimos la colosal flota que se concentraba sobre su órbita. Desde fragatas como la nuestra, hasta colosos que parecían lunas más que naves de guerra. ¿Cuantos buques de guerre había? Eso solo el Emperador lo sabe.
Un transporte nos llevó al coronel Tairon y a mi hacia el que parecía el buque más grande de la flota, donde nos esperaba nuestro superior. Yo ni siquiera era capaz de esconder mi asombro, a medida que caminábamos por los colosales pasillos del buque de guerra. Eran incluso más titánicos que los de la sede del Administratum de Cantus, y valla que a esos burócratas le gusta la opulencia.
Miles y miles de soldados y servidores moviéndose de un lugar para otro, mientras nosotros seguíamos al cervocráneo que nos conducía hacia nuestro destino. Tropas del Astra Militarum de diversos cuerpos, y sus vestimentas y armamento era tan variados como estrella en este universo. Sim embargo, nada tan impactante, cuando ellos pasaron a nuestro lado.
Lo primero que escuché fue el retumbar de sus pasos. Pasos que sacudían los pasajes y hacían que mi cuerpo temblase de miedo, aun sin siquiera saber que los originaba. Sin embargo, sobresaliendo de la multitud, pude ver como los guerreros más legendarios de nuestra especie se acercaban a nosotros. Los seres humanos definitivos. Los ángeles del emperador. Era, astartes.
Pasaron por nuestro lado, sin siquiera apartar la mirada del frente. Unos veinte de ellos, con armaduras negras y patrones que no reconocía. Cada uno de ellos se alzaba dos metros y medio del suelo, y con casi trescientos o más kilogramos de peso cada uno. Espadas tan grandes como yo, y bolters cuya munición tenía un diámetro similar a mi antebrazo. De no haber sido por el miedo a quedar rezagado y perderme en ese lugar, me hubiese quedado admirando tal muestra de brutal y majestuosa maquinaria bélica.
Finalmente, y tras la prolongada y abrumadora caminata, el coronel y yo llegamos a nuestro destino. El cervocraneo que hacía de guía se acercó a los controles de una colosal puerta, y tras una serie de comando esta se abrió para permitirnos nuestra entrada. Tairon dió el primer paso sin dudarlo. Yo lo seguí, tan temeroso como un niño asustado. Entonces, lo vi.
Estaba de espaldas a nosotros. Un imponente ser, cuyo peso descansaba sobre sus manos apoyadas sobre una mesa de estrategia. Él ni se inmutó a nuestra llegada, con su altura de más de dos metros y medios, su armadura negra como el ónice y su mente enfocada en tareas que ninguno de nosotros sería capaz de entender. Entonces, el sacudir de las botas del coronel me sacó de mi estupefacción.
— Mariscal Werhner, Coronel Tairon y Comisario Harrus reportándose para servir. —
Ante la voz gutural de mi superior, el imponente ser apenas se inmutó. Con calma se dió la vuelta lentamente, y nos miró como si fuesemos hormigas ante un gigante. Su casco negro no lo demostraba, pero así me sentía yo, insignificante ante su presencia.
— Coronel. Esperábamos su llegada. Estamos listos para partir de inmediato. — Su imponente voz emergío de su casco, y yo no hice nada más que ver y callar.
— ¿Tan pronto? Pensé que teníamos que esperar los refuerzos de lo Hijos Oscuros antes de partir. ¿Y la Legión de la Noche? — No tenía idea de que estaba hablando el coronel, pero supuse que tenía mucha más información de la que yo manejaba.
— Por desgracia no tenemos tiempo para esperar por ellos. Nos acaban de informar que la horda de orkos se dirigen al mundo industrial Aten III. Si lo perdemos, todo el sector se verá afectado. —
— ¿Y los refuerzos de Cadia? —
— Cadia tiene problemas más grande que nosotros en estos momentos. Debemos partir con lo que tenemos. Prepare a sus tropas coronel. Partiremos de inmediato. —
—Si señor. —
La respuesta del coronel fue inmediata, golpeando sus talones y dándose la vuelta para retirarse. Yo tuve que poner mucho empeño para no quedar rezagado, al punto de tener que apurar el paso para poder alcanzarlo. EL hecho que aún respire es muestra suficiente para saber que el mariscal tenía cosas más importantes que atender que mi ineptitud.
Una vez fuera de la habitación, rumbo de regreso a los hangares, una sensación inundó mi mente. Una sensación abrumadora. No sabía los detalles de esta operación. No tenía ni la mínima idea de cuantos efectivos y recursos disponíamos. Pero esta sensación era mucho más abrumadora que cualquier reporte que halla tenido que leer.
— Esto no está bien. — Un comentario escapó de mi mente.
— ¿También te diste cuenta? —
— Se que se dice que los marines espaciales son sumamente efectivos en batalla, pero no se si será suficiente para enfrentar a la horda de pieles verdes. —
— Yo tampoco he visto a uno de ellos en acción, pero sus azañas no se escribieron en el papel por mera fantasía. Aún así... Estoy de acuerdo con usted. No se si seamos suficientes. Además... Estos orkos actúan demasiado fuera de lo común. —
— ¿Cree usted que se trata de una fuerza que se desprendió de la horda de Armaggedon? ¿Acaso un grupo que se rebeló contra Ghazhkull? —
— Lo veo poco probable. Puede que estos orkos actuen un tanto extraño, pero siguen siendo orkos después de todo. de ser el caso, seguirían junto a la horda hacia el siguiente mundo a atacar. —
— Entonces... ¿Cree que se trate de otro Caudillo orko? —
—- Es solo una teoría... Pero creo que es lo más probable. —
— Solo espero que seamos suficiente para detenerlos. —
— ¿Qué me dice de sus tropas? —
— Cien mil efectivos del Astra Militarum. — Decir ese número en voz alta aún me abruma.
— Valla. Un gran salto para un simple comisario. —
— Estoy tan sorprendido como usted. Supongo que estamos carente de oficiales. Pero si le soy sincero... Entre usted y yo... No me siento preparado para tener a tantos hombres bajo mi mando. Solo soy un simple comisario de guerra. —
— Uno que se enfrentó a una horda y logró detener su avance. Uno que supo manejar el campo de batalla incluso antes de haber llegado. Uno que estaba dispuesto a dar la vida por el Emperador... Tenga más confianza en usted mismo, comisario. Además, estará bajo mi mando, así que no se preocupe, que no estrá solo. —
— Sus palabras son todo un alivio, coronel. —
— Además... Tengo entendido que la mayoría de sus tropas provienen de Cantun. Parece que usted se ha vuelto una especie de héroe local. —
— No pudiesen estar más equivocados... Perdimos... Sabíamos que no podíamos ganar... Y no pudimos hacer nada para evitarlo. —
— Y aún así, decidió darse vuelta y enfrentar la muerte. Recuerde comisario, la fe de un soldados hacia su superior es tan valiosa como la fe al propio Emperador. —
— Ja... Palabras atrevidas para alguien como usted. — Dije a modo de burla.
— Una pena que no sea usted de Krieg. Habría sido un gran honor llamarlo hermano. —
—Me alaga demasiado. —
Para cuando terminamos esta conversación, ya nos encontrábamos en el hangar de la nave capital. Nuestros destinos eran diferentes, así que cada uno tomaría un transporte. Nuestra plática aún retumbaba en mi cabeza, y tenía la sensación que el coronel sentía lo mismo.
— Bueno... Tengo que organizar a mis hombres, y usted los suyos. Nos vemos en el buque de retaguardia cuando este listo. —
— Allí estaré, coronel Tairon. —
—Allí lo espero, comisario Harrus. —
Ahora, después de largas horas de supervisar tropas y hacer más reportes, por fin tendo un tiempo para descansar en mi camarote. La nave que nos transporta está en movimiento, como una ínfima parte de las miles y miles que conforman esta cruzada. Nuestro destino, Aten III. Donde posiblemente encontremos nuestra peor pesadilla. Que la luz del Emperador nos guíe. Por ahora, solo quiero descansar hasta llegar a nuestro destino.
