Capítulo 2: La Isla Y El Sombrero


El aire de la Isla Monstruo golpeaba con una brisa cálida y húmeda mientras Blossom miraba por la ventana de la camioneta rentada. La carretera serpenteaba a lo largo de la costa, el océano brillando como un espejo bajo el sol abrasador. No podía evitar pensar que la isla era, en el fondo, un lugar encantador: playas doradas, aguas cristalinas, palmeras altas que parecían flotar en el horizonte. Todo eso enmarcaba su tormentoso viaje con los hijos Him, un recordatorio constante de que había llegado a un lugar idóneo para el caos.

La camioneta avanzaba por el camino pavimentado, su sonido apagado por el ruido del aire acondicionado. Los niños Him estaban tan dispersos como de costumbre: Bubblesy Boomer se peleaban por algo que no quedaba claro, Brick tenía la mirada perdida en el paisaje, y Butch jugaba con su teléfono móvil, mientras Blossom intentaba, con todo lo que le quedaba de autocontrol, evitar mirar con demasiada intensidad el mapa del resort que sostenía en sus manos.

—Esto es el paraíso—, murmuró Blossom consigo misma, aunque la ironía en su voz podría haber confundido a cualquiera.

Finalmente, tras unos minutos de recorrido, llegaron al resort, un complejo lujoso que parecía sacado de una revista de viajes de alto nivel. A medida que la camioneta se detenía frente al imponente edificio, Blossom no pudo evitar sentirse aliviada de llegar, pero también un poco inquieta. Sabía que este lugar, a pesar de su belleza, solo significaba una cosa: más problemas por resolver.

—¡Vaya! Aquí el único monstruo que veo es tu sombrero—, escuchó decir una voz que cortó la tensión del momento. Blossom se giró para ver a Buttercup, la hija mediana de Him, observándola con una expresión de desdén mientras sus ojos se clavaban en el amplio sombrero playero de Blossom.

Este sombrero, que Blossom había elegido por razones prácticas—para protegerse del sol, por supuesto—era una pieza impresionante. De ala ancha, de color blanco con detalles en tonos dorados, y lo suficiente como para hacer sombra a un pequeño territorio. Sin embargo, en la mirada de Buttercup, no había admiración, sino más bien una crítica tácita.

—¿De verdad? ¿Esa cosa es lo que vas a usar?—Buttercup frunció el ceño, tomando una postura ligeramente provocadora. —Parece que te estás preparando para filmar una película de esos turistas estúpidos que vienen aquí a sacar fotos con el fondo del mar.

Blossom, sin embargo, hizo un esfuerzo por mantener su compostura. De hecho, ella sabía que el sombrero era, para muchos, algo un tanto... llamativo, pero nunca había sido el tipo de persona que cediera ante las opiniones ajenas. Se lo ajustó, con calma y sin cambiar su expresión, y dijo en un tono que dejó claro que no estaba dispuesta a discutir:

—Es práctico. Y si no te molesta, es también parte de mi estilo.

Buttercup soltó un resoplido y miró hacia otro lado, como si el comentario de Blossom no mereciera una respuesta más. Blossom suspiró aliviada por no haber tenido que entrar en una guerra verbal, pero ya podía anticipar que, en este viaje, las batallas no iban a faltar.

La camioneta se detuvo frente a la entrada del resort, el motor apagado haciendo que el ambiente se volviera aún más denso, un breve y agobiante silencio antes de la tormenta que llegaba con los Him. Blossom fue la primera en bajar, empujando la puerta con una elegancia forzada, como si al abandonar el vehículo se liberara momentáneamente del peso que traía encima. Su mirada se perdió en el complejo de lujo que se extendía ante ella. Las piscinas resplandecían bajo el sol de mediodía, el agua cristalina parecía llamar a un descanso que sabía no iba a llegar, y el muelle con yates estacionados brillaba como una promesa de tranquilidad, tan ajena a la tormenta que se desataba dentro del grupo.

Se quedó allí, de pie, mirando el horizonte, ensimismada, al igual que Brick, quien permaneció callado junto a la camioneta. Sus ojos, como los de Blossom, parecían vagar en un mar de pensamientos propios. Quizás ambos, en sus respectivas burbujas, se refugiaban del bullicio que les esperaba.

A su lado, Brick se mantenía igualmente absorto en el lugar, sus pasos largos y pesados, casi ajenos a lo que sucedía a su alrededor. Las luces del resort lo llamaban con promesas de descanso y desconexión, pero su mente parecía estar mucho más lejos, vagando entre pensamientos personales que no compartía. Con el ceño ligeramente fruncido, observaba las estructuras elegantes, los arbustos perfectamente recortados, la orquídea en una esquina. Todo, en su mayoría, se desvanecía en el fondo de su mente mientras avanzaba hacia la entrada, sin decir palabra.

Mientras tanto, los mellizos Him se movían como un torbellino alrededor de Butch. Bonaparte, siempre inquieto, jugaba con su cabello, tirando de los mechones en su intento por captar su atención. Bibiana, con una energía inagotable, pellizcaba su hombro mientras reía con la voz alta y juguetona, incansable en su exploración del mundo. Pero Butch, como si no fuera más que una extensión de su propia calma, simplemente seguía caminando, manteniendo el equilibrio de los dos niños sin un solo gesto de incomodidad.

La atención de Blossom seguía fija en el entorno. Ella ya estaba visualizando las posibilidades del lugar: la piscina privada que prometía ser el refugio perfecto para su descanso, el restaurante gourmet, el bar junto al mar donde podría sentarse tranquilamente a disfrutar de un cóctel y un par de horas de soledad. Pero ni una palabra salió de sus labios. Con pasos firmes, avanzó hacia la entrada, sintiendo el aire caliente del resort acariciar su rostro, mientras el resplandor del sol parecía resaltar aún más el tono perlado de su piel.

—Bienvenidos a la isla, chicos— dijo el chofer, con su tono siempre impasible, como si cada vez que dijera esas palabras fuera una rutina más. "Espero que disfruten su estancia. Espero que todos se comporten."

Blossom se giró para mirar a los niños. Eso sería un milagro, pensó. Pero, como siempre, mantuvo una sonrisa en su rostro.

—Vamos, chicos. Vamos a instalarnos, que este lugar no va a conocer la paz mientras estemos aquí.

La respuesta fue un crujido de risas nerviosas, murmullos y más quejas de Bubbles y Boomer que, como era de esperar, ya estaban peleando sobre la habitación que les tocaría.

Blossom se encaminó tras ellos, no sin antes hacer un último ajuste a su sombrero playero. Porque, al final, lo cierto era que el sombrero era lo único que la mantenía en pie ante tanto caos.

Blossom dio un paso hacia la entrada del resort, sin dejar de ajustar su sombrero con una precisión casi meticulosa, como si el simple hecho de encajarlo bien en su cabeza pudiera restablecer el orden en el universo caótico que la rodeaba. Sus ojos recorrieron la imponente fachada del hotel, y por un momento se permitió la ilusa esperanza de que el lugar, con su lujo palpable, pudiera ofrecerle algo de paz.

Sin embargo, la tranquilidad fue efímera.

Bibiana, con su habitual energía desbordante, ya había comenzado a tirar de las cortinas de la entrada, mientras Bonaparte, con el estómago lleno de impaciencia, reclamaba algo que Blossom no alcanzó a distinguir antes de que el chico comenzara a dar saltos sobre el elegante mármol. El sonido de sus zapatos pequeños resonó como una alarma en el lobby, y Blossom pensó que no importaba cuán impecable fuera el hotel: no importaba cuán relajante fuera la isla; la paz que ella había anticipado no estaba en su futuro cercano.

Blossom dio un vistazo a los niños y, al ver que no había nada que ella pudiera hacer para calmar la tormenta que acababa de desatarse, suspiró, su paciencia más allá de su límite. "A estas alturas, ni siquiera los resortes de lujo me salvarán de este caos", pensó.

Con un paso deliberadamente pausado, volvió a ajustar su sombrero, antes de seguir al grupo hacia el vestíbulo. Como si esa pequeña acción pudiera proporcionarle una especie de armadura emocional.

—Vamos, chicos, si quieren que este lugar siga siendo tan espectacular como parece, necesitamos poner un poco de orden —dijo con tono firme, sin mucho entusiasmo, mientras se desplazaba hacia el mostrador de recepción.

Por supuesto, las palabras no tuvieron ningún efecto inmediato. Bonaparte, con su cabello desordenado por los juegos, ya estaba distraído con las pinturas en las paredes, mientras Bubbles tiraba de la manga de Butch, pidiendo su atención con una energía que no cesaba.

Blossom, ajena a la escena detrás de ella, ya estaba demasiado absorbida por la decoración, los muebles de maderas oscuras que llenaban el espacio, y las enormes ventanas que ofrecían una vista perfecta al océano. Si algo, al menos el lugar sí cumplía su propósito: apartarla momentáneamente del tormentoso torbellino de los Him.

Pero, claro, no todo podía ser tan simple. En el momento en que Blossom decidió que por fin podría relajarse, su móvil vibró en su bolso, sacándola de su tranquila contemplación. Era un mensaje de De'vil. Un simple recordatorio. Una invitación a un "trabajo extra" que se había añadido a su lista, más tarde esa misma tarde. Como si fuera poco el caos, su jefe siempre encontraba la manera de recordarle que, en el fondo, era una simple pieza más de su engranaje perfectamente aceitado.

Suspiró y, aunque el espacio parecía intentar ofrecerle algo de calma, Blossom sabía que sería solo una pausa temporal. Y, como siempre, algo dentro de ella lo aceptaba sin mucho cuestionamiento.

Blossom, al escuchar nuevamente el vibrante pitido de su móvil, se tensó levemente. El mensaje de De'vil había sido breve, pero claro: "Espero que todo vaya según lo planeado. Avísame cualquier cosa. Necesito ese informe al final del día." Como si no tuviera ya suficiente con los niños, la idea de tener que lidiar con la molestia de atender a los detalles del trabajo mientras estaba en medio de lo que podría haber sido unas vacaciones decentes la dejó inquieta.

Con un rápido vistazo hacia los niños, que ya se habían dispersado en el lobby buscando qué destrozar o explorar, Blossom no pensó ni un segundo antes de tomar la decisión.

—Brick —dijo, con una suavidad engañosa en su tono mientras sacaba el móvil de su bolso y comenzó a teclear, disimulando su irritación—. Voy a tener que atender algo del trabajo. Es importante. ¿Podrías encargarte de los niños un momento?

Brick, cuya atención estaba más centrada en la recepción del lugar que en los niños, levantó la mirada solo por un instante, su expresión tan indiferente como siempre.

—Ah, claro. No te preocupes, lo tengo todo bajo control —respondió con desgana, sin moverse de su sitio, dejando claro que lo último que quería era involucrarse en algo tan tedioso. Sin embargo, apenas dio un paso hacia los niños, Bubbles ya había corrido hacia él, tirándole de la manga de la camisa con fuerza, mientras Boomer seguía dando vueltas cerca de las enormes columnas del vestíbulo, aparentemente sin rumbo.

Blossom, sin esperar más, comenzó a caminar hacia el lado opuesto, evitando volverse a mirar. La tentación de dejar todo en manos de Brick y desaparecer entre los elegantes pasillos era mucho más fuerte. Sin embargo, al fondo, Buttercup, que hasta ese momento había estado callada, se adelantó y comenzó a organizar a los niños de manera un tanto brusca, pero efectiva.

Los miró con una mezcla de paciencia y autoridad, y sin perder el ritmo, dijo:

—Vamos, chicos, es hora de elegir las mejores habitaciones. ¿Quién quiere una vista al mar?

Al escuchar la palabra mejor y vista al mar, los niños, siempre ansiosos por cualquier promesa de diversión, dejaron de lado su juego inmediato y comenzaron a seguirla con entusiasmo. Bonaparte, un tanto más lento, pero igual de interesado, tropezó un par de veces antes de alcanzar a su hermana, quien ya había adelantado varios pasos, mirando hacia las grandes ventanas del hotel como si se tratara de un escenario.

Brick, observando a Buttercup tomar el control de la situación sin mayor esfuerzo, se encogió de hombros y regresó a su lugar junto al mostrador. No era su problema, no era su responsabilidad. Ya lo había hecho suficiente por hoy. En su mente, había logrado cumplir con lo básico.

Blossom, mientras tanto, se perdió en las complejidades de su teléfono, enviando correos y tratando de ignorar las risas y los gritos de los niños a sus espaldas. De alguna manera, se sentía aliviada de haber logrado escaparse de la tarea, dejando que fuera Buttercup quien, como siempre, tomaba las riendas. Los Him siguieron por los pasillos y subieron el ascensor.

Buttercup se encontraba en el centro de la habitación, una figura autoritaria, pero con una dulzura manipuladora que lograba que incluso los más inquietos de los mellizos, Boomer y Bibiana, se quedaran en silencio, al menos por unos minutos. Mientras organizaba el equipaje, los niños seguían su dirección sin protestar. Bonaparte, que nunca dejaba de moverse, ya había lanzado una almohada al aire, mientras Bubbles trataba de encontrar la mejor perspectiva desde la que observar todo, como si se tratara de una competencia.

—Escuchen bien, chicos —dijo Buttercup, interrumpiendo el ajetreo—. El plan para hoy es sencillo: después de instalarse, vamos a recorrer la playa. Pero primero, necesito que cada uno de ustedes me diga qué habitación prefieren para descansar. ¿Quién quiere una cama grande?

El rostro de los mellizos se iluminó al escuchar la palabra descansar; después de todo, ni ellos ni sus padres se preocupaban mucho por la comodidad más allá de lo necesario. Como siempre, Boomer no dijo una palabra y simplemente se acomodó en el suelo, jugando con una pelota, mientras Bubbles daba vueltas por la habitación, buscando alguna indicación de que el plan era tan excitante como lo prometía Buttercup.

Desde la distancia, Brick observaba la escena con indiferencia. De pie junto a la ventana, su figura alta se recortaba contra el horizonte. No se involucraba activamente, sino que se limitaba a vigilar, como si se asegurara de que todo siguiera su curso sin intervención directa. Estaba cómodo con su papel de observador, igual que siempre, sin ganas de implicarse en lo que no le concernía. Después de todo, ya había delegado esa responsabilidad a alguien más: Buttercup.

Mientras tanto, Butch, con una sonrisa despreocupada, se acercó a la terraza que daba hacia la piscina. Sin prisa, comenzó a quitarse la camisa, disfrutando del clima cálido de la isla. La idea de las vacaciones no era solo descansar, sino disfrutar de cada momento. No había ningún plan complicado, ningún itinerario agobiante. Todo lo que importaba era desconectar de la rutina y sumergirse en lo que el destino tenía para ofrecer. Las reglas de la familia eran claras, pero él sabía cómo saltárselas sin causar demasiados problemas.

—Vayan, exploren el hotel. Yo me quedo aquí —dijo Butch con una ligera risa, sin importarle la mirada silenciosa de Brick, que lo observaba desde la distancia.

Buttercup, siempre atenta a su entorno, le lanzó una mirada fulminante, pero no dijo nada. Ella sabía que, de todos, Butch era el que menos seguía las normas, y por eso mismo, el que más disfrutaba de las ventajas de ser el hermano mayor.

Mientras tanto, Boomer y Bubbles continuaban su juego, sin prestar mucha atención a lo que pasaba a su alrededor, pero siguiendo la rutina marcada por Buttercup, que no dejaba de repartir indicaciones y sonrisas autosuficientes. Todo estaba en su lugar, pero de una manera casi caótica, como si la perfección de su convivencia fuera el resultado de un cuidadoso desorden.

Buttercup, con una mirada firme pero cargada de una sutileza propia de quien sabe cómo liderar a los más pequeños, tomó la delantera.

—Bien, chicos, vamos a la piscina. ¡Es hora de disfrutar del agua! —ordenó, como si fuera la capitana de una nave en pleno viaje. Bonaparte, quien hasta hacía unos segundos parecía perderse en su propio mundo, levantó la mirada y asintió sin protestar, siguiéndola con pasos rápidos. Bibiana, que hasta ese momento estaba entretenida en su curiosa exploración de la habitación, rápidamente se unió a ellos, tomando la mano de su hermana sin dudarlo.

Brick observó la escena desde su lugar junto a la ventana. No hizo más que dar un resoplido, tomando la decisión de permanecer al margen. No era necesario complicarse.

—Que se diviertan —dijo con indiferencia, casi como una afirmación a la nada, sin mirar realmente a sus hermanos. No tenía ganas de involucrarse más. Ya había aprendido a dejar que Buttercup tomara las riendas, sabiendo que a él le quedaba el papel de espectador, al igual que siempre.

Buttercup no se molestó con su respuesta; estaba acostumbrada a la actitud pasiva de Brick. Sin decir una palabra más, comenzó a guiar a los niños fuera de la suite, haciendo una pequeña parada para asegurarse de que nadie se quedara atrás. Boomer trató de correr, pero la mirada disciplinada de su hermana logró que el pequeño se detuviera y esperara el paso de todos.

Butch, por su parte, observó la escena desde la terraza, con una sonrisa cómplice. No le interesaba lo más mínimo seguir al grupo. Él tenía otros planes, y en su mente ya se estaba preparando para disfrutar de una tarde distinta. Mientras los demás se dirigían a la piscina, él no veía la necesidad de unirse a esa agenda predecible.

—Yo tengo otras cosas que hacer —dijo en voz baja, mientras se abrochaba el cinturón de su bermuda y se ponía su gafas de sol, un gesto tan relajado que casi parecía sacado de una película. Sabía que nada de lo que hacían sus hermanos le iba a afectar. Estaba listo para desconectar del todo y hacer su propio camino.

Mientras Butch bajaba tranquilamente hacia el vestíbulo para salir a explorar la isla a su manera, los pequeños Him y Buttercup avanzaban hacia la piscina. Brick, sin dar muestras de querer unirse, los observó por un instante más antes de sumirse nuevamente en su mundo, como si la dinámica familiar no tuviera mucho que ver con él.

En cuanto a Butch, su paso al aire libre fue como una declaración tácita: las reglas no eran para él, y la isla no tenía por qué seguir ningún guion. Lo que vendría, lo decidiría él.

El agua de la piscina esperaba, y mientras los demás se sumergían en el ajetreo de la rutina familiar, Butch, sin un plan, ya estaba en camino a su propia aventura.

El resort se extendía como un paraíso encapsulado, rodeado de naturaleza exuberante que fusionaba el verde de la selva tropical con el azul del mar. Un complejo de lujo en su máxima expresión, con edificios de arquitectura moderna que se alzaban entre las palmeras, y una playa privada que ofrecía vistas infinitas del océano. La piscina, la joya del lugar, era un extenso espejo de agua que reflejaba el sol con intensidad, rodeada de tumbonas en donde descansaban turistas relajados con bebidas tropicales. No muy lejos de allí, un parque de diversiones se extendía entre las colinas, adornado con montañas rusas y ruedas de la fortuna, la típica atracción de cualquier complejo turístico exclusivo. Buttercup, siempre organizada y observadora, había investigado meticulosamente todo lo que el lugar tenía para ofrecer, y sabía que si lograba que los niños la acompañaran a este parque, sería un éxito garantizado para mantenerlos entretenidos.

Al llegar a la piscina, los niños Him, animados y acelerados, corrieron hacia el agua sin mirar atrás. Bibiana, siempre la más impetuosa, fue la primera en lanzarse al agua con una risa contagiosa. Bonaparte, por su parte, saltó sin pensarlo dos veces, mojando a todos a su alrededor, sin ningún pudor.

Buttercup, que los observaba desde una distancia prudente, se permitió un momento para estudiar el entorno. Había muchas personas, la mayoría de ellas familias de alto estatus que se dejaban ver por el resort, charlando animadamente y descansando bajo el sol. En una esquina de la piscina, una familia claramente proveniente de Hollywood destacaba entre la multitud. Se trataba de una familia ostentosa, con miembros vestidos con trajes de baño diseñados a medida, lentes de sol de marca y una actitud que exudaba sofisticación. Junto a ellos, un perro de raza, cuidadosamente peinado y con un collar de lujo, descansaba sobre lo que parecía un trono hecho al animal, observando con indiferencia el ajetreo que se generaba a su alrededor.

Buttercup levantó una ceja ante la escena, pero no dejó que su mirada se distrajera demasiado. Mientras tanto, los niños Him, ajenos a la ostentación de la familia rica, continuaban disfrutando del agua, ajenos también a lo que estaba por venir.

Los niños Him se divertían en el agua, con el sol brillando sobre la piscina y las risas de Boomer y Bubbles llenando el aire. Buttercup, aunque siempre más reservada, no pudo resistirse a unirse a la diversión y, con una sonrisa, saltó al agua. El agua fresca la envolvió con una sensación agradable, y se permitió disfrutar del momento, jugando con los niños mientras el calor del día era contrarrestado por el agua refrescante.

Bibiana, como siempre, se lanzaba al agua con una energía vibrante, chapoteando y riendo sin cesar. Boomer no se quedaba atrás, saltando de un lado a otro, sumergiéndose y saliendo a la superficie con la misma energía inagotable. Buttercup, riendo también, se sumergió y nadó hacia ellos, atrapándolos en un juego improvisado de salpicaduras y carreras por la piscina.

Sin embargo, en medio de la diversión, un descuido hizo que, al girar rápidamente para esquivar a Bonaparte, Buttercup golpeara accidentalmente a una niña cercana, que flotaba tranquilamente en el agua. La chica, de unos 15 años, con el pelo largo y perfectamente peinado, salió disparada de su flotador, soltando un gritito exagerado.

— ¡Ay! —exclamó, llevándose una mano a la cabeza mientras su rostro se contraía en una mueca de sorpresa, como si se hubiera llevado una herida grave.

Buttercup, algo sorprendida, se disculpó al instante, pero la niña no dejó de quejarse, llevándola al límite de su paciencia.

— ¡¿Sabes lo que estás haciendo?! —gritó Princesa, su tono de voz empalagado y cargado de una exageración insoportable—. ¡Esto es totalmente inaceptable! ¡Mi madre me va a matar cuando vea esto! ¿Sabías que esta piscina es de las más exclusivas? Y ahora, con todo el maquillaje arruinado… ¡esto es un desastre!

Buttercup, que había comenzado a sentir un atisbo de incomodidad, intentó mantener la calma, pero no pudo evitar rodar los ojos ante la actitud de la niña. Princesa se levantó del agua, ya con el rostro enrojecido no solo por el calor, sino también por el enfado. A pesar de la escena, continuó vociferando, como si su vida se hubiera derrumbado por un simple accidente en la piscina.

Buttercup la miró con una mezcla de desaprobación y molestia, intentando encontrar las palabras adecuadas para responder, pero lo único que surgió fue un suspiro cansado.

— Claro, perdona —dijo, con un tono cortante, mientras comenzaba a alejarse de Princesa—. ¿Lo sientes mucho, verdad? ¡Tienes toda la razón, qué desastre!

Princesa la fulminó con la mirada, pero Buttercup no le prestó más atención. Se dirigió hacia Bonaparte, que se zambullía de nuevo en el agua, y lo levantó de un movimiento rápido, como si nada hubiera pasado.

El ambiente en la piscina, sin embargo, había cambiado. La presencia de Princesa, con su actitud desmesurada y sus quejas innecesarias, había agregado un toque de tensión al lugar, pero no sería ella quien estropeara el momento de relajación que Buttercup había decidido disfrutar, aunque fuera en silencio. Mientras Princesa continuaba fustigando a su madre por el incidente, Buttercup se alejó con una calma renovada, ignorando a la niña y concentrándose en lo que realmente importaba en ese instante: la tranquilidad del agua, el sol sobre su piel y el bullicio lejano de los demás niños.

Butch llegó a la piscina con una energía desbordante, casi como si el sol y el ambiente relajado del lugar fueran lo que necesitaba para liberarse de todo. En la mano llevaba una bebida grande, claramente con algún tipo de licor, el hielo sonando con cada paso que daba mientras se acercaba a la barra. Había algo en su andar que dejaba claro que no pensaba perderse ni un segundo de la diversión, lejos de la rutina y las responsabilidades.

El resort era tan vasto que no necesitaba cruzarse con sus hermanos si no quería, y Butch, por supuesto, prefería tener algo de espacio para él solo. Se sentó en uno de los bancos junto a la barra, acomodándose en el asiento con una sonrisa relajada, disfrutando del ambiente festivo a su alrededor. Era un lugar grande, lleno de gente, pero él no necesitaba mucho para sentirse a gusto.

En el asiento de al lado, había un chico que no parecía tan diferente a él, con el pelo castaño y desordenado, pecoso, y unos dientes algo prominentes que se veían cuando sonreía. A pesar de la diferencia de edades, la química fue inmediata.

—¿Qué onda? —saludó Butch, levantando el vaso con la mano.

El chico, Mitch, respondió con una sonrisa y levantó su propio vaso.

— Pues aquí, sobreviviendo el clásico "reencuentro familiar" —dijo, dejando claro con su tono que no era lo mejor de su vida.

Butch arqueó una ceja, curioso pero sin presionar.

—¿Reencuentro? ¿Eso qué significa? —preguntó mientras se acomodaba mejor, dispuesto a escuchar.

Mitch soltó una risa nerviosa, con un toque de sarcasmo.

—Mis padres pensaron que este resort sería el plan perfecto para "sanar" el divorcio. Algo de terapia familiar, ¿sabes? En vez de quedarnos en casa rodeados de drama, nos traen a un hotel de lujo. Totalmente clásico, ¿verdad?

Butch asintió, entendiendo más de lo que parecía.

—Sí, eso tiene toda la pinta. Como si un viaje así hiciera todo mejor. Y mi papá, bueno, parece más metido en sus negocios que en pasarla bien con nosotros. Creo que inventó una "importante" reunión de hombres de negocios sólo para evitar venir en este viaje, haciendo que su asistente nos trajera en su lugar

Mitch rió, asintiendo, como si entendiera exactamente de lo que hablaba.

—¡Joder, qué divertido! Pensé que era el único con padres que prefieren su propio rollo —dijo, dándole un toque de humor al tema.

Butch sonrió con la misma ligereza, levantando su vaso hacia él.

—Al menos lo bueno es que estamos aquí, ¿no? Al menos hay licor.

—Lo único que importa —respondió Mitch, riendo de nuevo.

Butch soltó una risa, ya sintiendo que la tarde prometía. Sabía que, como siempre, lo mejor era pasarla bien sin complicarse mucho. Lo importante ahora era disfrutar de la compañía y, por supuesto, de la bebida.


Primer día de viaje, ¿Blossom está preparada para estos niños?