CAPÍTULO 39
La ciudad costera de Ise, en la prefectura de Mie, era el lugar donde la familia Iori vivía actualmente. No estaba lejos de Kioto, pero de una forma u otra Utahime aplazaba sus visitas "para un mejor momento", el cual a veces nunca parecía llegar. Su madre la regañaba, sin embargo, entendía la demanda de trabajo como hechicera tanto como profesora de la preparatoria de hechicería.
Utahime era hija única, nieta de la antigua líder del clan y prima de la actual líder. Desde pequeña tuvo talento para el canto y las danzas, fueran o no espiritistas. Fue una niña alegre y animada, no era de las que peleaban en el colegio, pero si había una causa justa por la que luchar, ella era la primera en salir a defender a los otros.
El clan Iori se regía más por un matriarcado y dentro del mundo de la hechicería era complicado hacerse tomar en serio siendo mujer. Nunca tuvo la codicia de querer ser la líder del clan, simplemente deseaba hacerles saber al mundo allá afuera, que sus danzas espiritistas valían más de lo que los otros hechiceros reconocían. Estudió en Tokio, porque temía que, al estar cerca, en Kioto, fueran a convencerle de volver.
Cuando se marchó de la pequeña villa familiar hubo quienes se opusieron, pero sin importar lo que ellos dijeran, sentía que ese era su camino: ser hechicera. Kaori, quien en ese tiempo no era aún jefa del clan, la apoyó totalmente. Más tarde, luego de varias experiencias —en su mayoría malas—, decidió que la enseñanza era algo que le gustaba. Volvió a Kioto, más cerca de su hogar, de su familia, aunque no tuviera tiempo para una visita regular.
El santuario de la familia estaba a las afueras de la ciudad, cerca del gran Santuario Ise, que venerable a la Diosa Amaterasu. La villa se encontraba al lado contrario del complejo del santuario de Ise al otro lado del río Isuzu. No eran una familia de gran tamaño, así que podían vivir tranquilamente.
—Bienvenida, Utahime.
Kaori fue la primera en recibirla. Era cuatro años mayor que ella, cabellos negros y largos, ojos de zafiro profundo. Al verlas una al lado de la otra no había discusión del parentesco. Vestía igual que Utahime, solo que a diferencia de esta, el hakama era de un azul marino.
—Kaori–san —saludó Uta, inclinando su cuerpo y las manos juntas como muestra de respeto.
—Me alegra que estés aquí.
—A mí también —dijo ya más informal y relajada.
—Mentirosa, si no es porque te dije que vinieras, estarías en Kioto.
—No es fácil hacer tiempo, estuve viajando también.
—¡No me des excusas!
—¡Uta–chan!
Gritó una de las tres niñas, quienes llegaron corriendo, dándole un fuerte abrazo de donde pudieran prenderse. Tenían seis, diez y doce años respectivamente. Se veían contentas, al igual que Utahime. Las niñas eran sus sobrinas, las dos mayores; hijas de Kaori, la más pequeña de otra de sus primas. Si las cuentas le salían bien, debía haber dos niñas más rondando por la villa y otros dos varones mayores que ellas.
—Han crecido mucho, están enormes.
—¡Yo crecí como treinta centímetros desde mi cumpleaños el mes pasado! — dijo la más pequeña, Misao, alzando las manos para dar énfasis.
—Seguro que sí —le sonrió muy agradable la pelinegra, acariciando su cabeza.
—La tía ChuChu está cocinando un banquete —comentó la mayor, Sayu. ChuChu era más grande de las seis primas.
—Uta–chan ¿cuánto tiempo vas a quedarte? —preguntó Ayane, la hermana menor de Sayu.
—A ver, niñas, caminemos al recinto, por favor. No atosiguen a Utahime.
—Mamá, no siempre vemos a la tía Uta.
—Uta–chan, le dije a mi mamá que cuando crezca seré hechicera como tú.
—¿En serio? —dijo con voz temblorosa, no muy convencida. Miró de reojo a Kaori.
—Tú mala influencia —la jefa alzó los hombros con desdén ante el comentario de su hija.
—Aún falta tiempo para eso —Uta le acarició la cabeza— ¿Ya dominas tú ritual?
—No le salen los pasos y se equivoca en los cánticos —se burló Sayu.
—¡A ti tampoco te salen!
—¡Yo quiero cantar como mi mamá! —vociferó la más pequeña.
—Nao es una excelente cantante.
—Nao–chan dice que tú, eres la mejor.
—Incluso mejor que mamá —agregó la mayor.
—¡Yo bailo mejor que Utahime! —gritó Kaori a sus hijas.
—Eso es cierto —Utahime se rio con ganas.
La familia era como una bandita en lo maltratado que su corazón había estado últimamente. Sin Gojo cerca, sentía que todos habían tomado más la libertad de juzgar su relación. Hablaban a espaldas de ella, no era estúpida como para no darse cuenta.
Ir a Ise era lo mejor que le había pasado en el último mes. Extrañaba a Satoru, sin embargo, estar en casa era un momento de paz en el abrumador día a día.
—¿Y mis padres?
Preguntó Utahime, las niñas ya habían corrido de vuelta al recinto a dar aviso de la llegada de Utahime, dejando solas a las dos adultas.
—El tío está en el santuario de Sarutahiko, dijo que vendría al caer la noche.
—¿Y mamá?
—Acompañó a Nao a hacer plegarias. Está un poco molesta por… ya sabes. Nao pensó que eso la tranquilizaría.
—Lamento mucho haber causado molestias a la familia —dijo con pesar.
—Ya hablaremos de eso más tarde, por lo pronto disfruta tu estancia aquí.
—¿Puedo quedarme en mi antigua habitación?
—Claro que no. Con el embarazo de Nao, ahora Rei se mudó ahí.
—¿Y dónde voy a dormir?
—La habitación de huéspedes.
—La familia está creciendo mucho ¿no? —suspiró con añoranza. Antes era ella la niña que corría por los patios de esa casa que fue muy suya.
—Solo faltan los tuyos y los de Rei, pero ella aun es muy joven.
…
La villa del clan Iori estaba formada en su mayoría por mujeres. Era una familia no muy grande si se comparaba con otros clanes. Ahí vivían las tres tías de Utahime junto a sus esposos. Las cinco primas, de las cuales, Kaori era la jefa del clan. Cuatro de ellas casadas y con hijos: cinco niñas y dos niños. Entre todos repartían el trabajo en los santuarios familiares, que estaban uno al lado del otro, muy cercanos a la residencia familiar.
Chuchu se encontraba en la cocina en compañía de Natsume, ellas, junto a Kaori, eran las mayores. Utahime, Nao y Rei las menores.
—Hime–chan, feliz cumpleaños —dijo Natsume.
—Muchas gracias.
—Bienvenida. Estamos preparando tus platillos favoritos —habló Chuchu.
—También tenemos Sake Junmai Daiginjo —Natsume alzó la botella con gran alegría. Compartía con Utahime el gusto por la bebida.
—Que bendición estar en casa —dijo sospechosamente sonriente.
—Eres una cínica —la regañó Kaori.
—Oh, la tía Utahime ya llegó —comentó uno de los niños que recién entraba a la cocina.
—¡¿Akita!?, santo cielo, casi no te reconozco.
—Por eso debes venir más seguido —siguió con sus regaños, Kaori.
—¿Mamá vas a hacer ehomaki? —preguntó a Chuchu.
—Sí.
—¡Excelente! —gritó emocionado.
—Akita ¿no deberías estar en el templo de Sarutahiko? —le cuestionó Kaori.
—Shou se quedó, no hay problema. También está papá y el tío Ryusei —dijo para Utahime, en referencia a su padre.
—Debería estar aquí recibiendo a su hija —se quejó Utahime.
—Tú madre ha estado furiosa, yo creo que no quiere estar cuando tú y ella se encuentren —comentó con humor Natsume.
—Lo que menos necesito es discutir con ella.
—Debiste decirle desde un principio que salías con Gojo Satoru —dijo Chuchu.
—¿Entonces lo que dice mamá es verdad? ¿En serio eres novia de ese Gojo Satoru? —preguntó Aki, muy conmocionado. Se había robado una zanahoria del cuenco.
—No seas entrometido. Eso a ti no te importa —Chuchu lo golpeó con la cuchara en la cabeza—. Ahora vete de aquí y ponte a trabajar.
—Eres una mandona —se quejó antes de salir de la cocina—. Tía, feliz cumpleaños.
—Gracias.
Esperaba un abrazo afectuoso y una grata felicitación, como en algún otro año, está vez, recibió un ceño fruncido y la risa indiscreta de sus primas. Utahime no lo sabía, pero su madre más que nadie abogó en defensa del honor de su hija y su clan. Kaori debía ser más política, en cambio, ella se permitió vilipendiar contra la gente sin escrúpulos que osaban hablar malintencionadamente de su hija.
Utahime sabía que había puesto en una posición peligrosa al clan, no es que lo hubiera hecho intencionalmente, jamás cruzó por su mente que la noticia alteraría a todo mundo, incluso, llegó a pensar que había específicamente alguien moviendo los hilos, pero ¿quién se beneficiaría de crear tanto caos entre los dos? Al menos de que tuvieran, por ahí, alguna pretendiente valiosa para Satoru.
Utahime tuvo que aguantar el sermón de su madre sin decir pío, se lo merecía de cierta manera, aunque tuviera ya sus treinta y cuatro años recién cumplidos. Un hijo no dejaba de ser hijo y una madre no dejaba de ser una madre sin importar la edad.
—Hubiera sido lindo que lo presentaras como era debido —refunfuñó su madre—. No te habías hecho de una buena pareja desde Hijikata–san.
—Gojo es una persona ocupada, no tiene mucho tiempo para estas cosas.
—¿Lo llamas por su apellido? —dijo Natsume entre risas—. Eres tan formal, Hime–chan.
—¿Tiene algo de malo?
Natsume se acercó a Utahime y le dijo algo al oído. La pelinegra se puso colorada al escuchar las palabras de su prima. Había adivinado que solo llamaba por su nombre en la intimidad.
—¿Sabes qué me molesta más? —habló todavía más ruidosa, la madre de Uta—. Que hayas ido primero a presentarte al clan Gojo.
—Mamá, no fue una visita agradable. No me lo recuerdes —Uta rodó los ojos. Chuchu le dio con la pala en la cabeza—. ¡Oye!
—¿Fueron groseros? —preguntó Nao. Tomó asiento al lado de Utahime. Su panza estaba enorme y pesaba ya bastante.
—Esperaban algo mejor.
—Pero… Gojo–san es el líder del clan. Deberían dejarlo elegir libremente.
—Las cosas no funcionan así para ellos, Nao.
—Los niños deben nacer por amor, no por obligación —respondió con un pensamiento bastante optimista. Acarició su vientre abultado, pensando en su hijo.
—No todos tienen la bendición de elegir —se opuso duramente Kaori. No negaba que fuera cierto, sin embargo, esas palabras sólo podrían aplicarse en una utopía.
—Dejemos de hablar de eso. Lo hecho, hecho está —intervino ChuChu—. Pensemos en la celebración de Utahime.
—Sí, deberíamos acomodar las mesas en el haiden.
—Yo lo hago —dijo Utahime.
—Sí Akita está por ahí dile que te ayude…
—Claro.
Una hora más tarde, la familia se reunió en el gran salón para comer. El banquete corría a lo largo de todas las mesas, sustancioso y variado. Quienes estaban más felices eran las niñas, no todo el tiempo podían disfrutar de los excelsos platillos de la tía ChuChu.
Utahime recibió unos cuantos regalos de sus familiares. Conversaron mucho, pero nadie volvió a tocar el tema de Satoru Gojo. Ella estaba agradecida de que fuera así.
Para el atardecer, luego de haber limpiado y acomodado todo, visitó los santuarios. Había cambios sutiles que probablemente nadie notaría, pero ella, que sabía de memoria cada rincón, podía reconocerlos. Tuvo mucha nostalgia de sus tiempos de más juventud. Como pasaba horas dedicadas al cuidado y mantenimiento del recinto. Otras largas horas perfeccionando sus bailes y cánticos.
Estar en casa era renovador.
…
La habitación de huéspedes era muy bonita, amplia, decorada con lo esencial para hacerla sentir acogedora. Claro que, no era su antigua habitación, más debía soportarlo ya que, al pasar de los años, se había convertido en una invitada en su propia casa.
Kaori hizo aparición cerca de las diez de la noche, después de que Utahime hubiera tomado el baño. Ambas se habían quitado ya el hakama y vestían únicamente un yukata en fino blanco. El cabello suelto, regado sobre la espalda, el de Kaori notoriamente más largo.
Se encontraban una frente a la otra. Utahime aún no había extendido el futón en el piso para dormir. Estaba esperando a que Kaori fuera a buscarla, como lo advirtió cuando llegó esa mañana.
—¿Y bien? ¿Desde cuándo Gojo–san y tú son así de cercanos? Nunca mencionaste que tuvieras interés romántico con él.
—¿Desde cuándo? —dijo sorprendida—. Tal vez desde la preparatoria —confesó con su mirada llena de añoranza y un atisbo de pena.
—Quiero golpearte, en serio…
—Es complicado. Pasaron tantas cosas desde entonces y… no lo sé, fue hasta hace poco que nos vimos obligados a darle una conclusión a nuestros sentimientos.
—Se habla mucho de él, más como un imposible, que como alguien terrenal. Cuando vinieron a cuestionarme duramente sobre las intenciones del clan, antes de enojarme —ella se rio ante sus recuerdos—, pensé: "claro que Utahime es lo suficientemente interesante como para atraer a alguien como Gojo–san".
—No han dejado de mirarme sobre el hombro desde que se enteraron. Me siento furiosa, pero trato de que no me afecte.
—Actúan como si fueran superiores, pero nosotras hacemos nuestro trabajo igual de bien que ellos. Hemos estado ayudándoles y es así como lo agradecen. Ojalá hubiera algo detrás de su unión, eso les callaría la boca.
—Los grandes clanes son… Ellos juegan en un nivel diferente.
—¿Fueron duros contigo?
Estaba abrumada por todo. Nunca hubiera pensado que sería tan difícil ostentar el título de "la mujer de Satoru Gojo". Nadie, incluido el mismo Gojo, hacía la tarea más fácil.
Utahime era una mujer dura en cuanto a ella misma se refería, tal vez precavida de más y eso no les gustaba a muchos. Expresarse con amabilidad frente a los alumnos era sencillo, porque los quería y se preocupaba por ellos, por otro lado, había aprendido a imponerse con fiereza ante otros hechiceros con un semblante confiado cuando a veces su interior decía otra cosa. No solía romperse con cualquiera, prefería mantener el temple —o al menos aparentarlo—, porque manifestar debilidad sentimental en ambiente como lo era la hechicería era mal visto, mucho más siendo mujer. No obstante, había pocas personas con las que podía expresarse en total libertad, sin aparentar ser fuerte.
—Kaori… —los ojos de Utahime se llenaron de agua. Miró a su prima sintiéndose destrozada—, si Satoru quisiera…, yo tendría felizmente a sus hijos, pero… Tampoco quiero tenerlos bajo estas condiciones.
—Utahime —Kaori le tomó las manos—. Eres la más valiente de todas nosotras. Desde pequeña demostraste que podías encarar cosas aterradoras, aunque tuvieras miedo. Lo recuerdas ¿verdad? La ceremonia del décimo cumpleaños.
—Claro que sí.
—Fuiste además la única que se atrevió a salir de casa y dijo muy segura que se convertiría en hechicera, que demostrarías cuánto valías tú y nuestro ritual.
—A muchos no les gustó la idea… —recordó, con humor entre lágrimas, esos años cuando estaba en la secundaria.
—Y yo fui una de las que te apoyó.
—No quería quedarme aquí cuando podía hacer mucho más por proteger a otros. Quería que vieran que podía convertirme en alguien fuerte.
—¿Cómo acabaste siendo profesora?
—Al borde de la muerte, sentí que tenía más por ofrecer que solo cumplir con misiones. Quería enseñarles a las nuevas generaciones a tomar buenas decisiones que pudieran ayudarlos a ellos y a los demás.
—Cuando la abuela decidió que yo sería la nueva jefa del clan, me sorprendió, siempre creí que te elegirían a ti. Eres la más talentosa de todas. No comprendía por qué esa decisión, pero ahora entiendo que ella nunca quiso obligarte a volver aun si no estaba de acuerdo.
—Nunca he tenido la codicia de querer ser la cabeza de los Iori. Estoy bien solo siendo parte de la familia.
—Eres una testaruda.
—Eso es cierto —suspiró con un poco de resignación.
—Estamos bien, disfruta tu vida, se lo merecen después de luchar tanto —la animó con una sonrisa cálida—. Me hubiera gustado que nos lo hubieras dicho antes de enterarnos por fuera, pero tampoco es que esperábamos una reacción así de parte de todo mundo.
—Hablan a nuestras espaldas porque saben que si Satoru se entera… Probablemente las cosas acaben mal.
—Te voy a contar un poco de la historia del clan. La parte que ocultamos porque no nos enorgullecemos de ello.
—Te escucho.
—El clan Iori nació de una rama del clan Sarume, eso lo sabes. El clan Sarume se especializaba en las danzas rituales, sanación y posesión; junto a los Nakatomi, antepasados de los Fujiwara, especialistas en oraciones; los Inbe, encargados de gestionar los tributos para los rituales y; el clan Urabe encargado de la adivinación. Todos ellos ofrecían sus rituales al gobierno japonés en el Jingikan
—No fue un clan que se comparara en poder con los Nakatomi, pero tenían cierto poder —comentó Uta de lo que ella sabía de sus orígenes.
—Con el tiempo los Nakatomi desaparecieron dando paso al clan Fujiwara, quienes fueron muy ambiciosos al grado de casar a sus hijas con los futuros emperadores para así asegurar poder político como regentes.
Ya había escuchado eso de Kamo, aunque era algo públicamente conocido.
—Las mujeres del Clan Sarume se aliaron en nupcias con muchos hombres del Clan Wani. Tiempo después, el clan Wani se apoderó del Clan Sarume y sometieron a sus mujeres a ser ofrecidas a altos políticos a cambio de estatus para los jefes del clan.
—Eso es horrible.
—Esto sucedió por muchos años hasta que nuestros antepasados más directos consideraron humillante que se les vendiera a cambio de bienes. Los Iori se revelaron al clan Sarume quien nunca hizo nada por emanciparse de los Wani. Decidieron fundar su propia casa lejos de lo denigrante que resultaba vender su cuerpo en lugar de sus habilidades.
—No tenía idea de que ese fuera el motivo, siempre se nos dijo que fue por diferencias de ideologías, pero esto…
—Ellas sufrieron mucho hasta poder demostrar que valían tanto como otros hechiceros debido a la naturaleza de nuestro ritual.
—No es qué haya cambiado mucho…
—Tiempo más tarde, los Fujiwara sintiéndose amenazados de que pudieran quitarles su posición de regentes, pusieron a raya al clan Sarume y Wani.
—Con su poder político y poderosa hechicería no les debió ser muy difícil.
—Eventualmente, el clan Sarume se dividió en otros tres clanes más que no tienen importancia hoy en día. El clan Iori por otro lado llegó a un acuerdo con ellos donde no nos meteríamos en arreglos de ese tipo, tampoco es que quisiéramos. Se nos permitió seguir trabajando como sacerdotisas del pueblo y continuamos ofreciendo nuestro ritual cuando era solicitado a otros clanes.
—Es una historia bastante amarga…
—Lo que quiero que entiendas es que nuestra familia nunca ha buscado reconocimiento fuera de las habilidades como hechiceras. Hemos aprendido a que nos subestimen, aun así, míranos… Al final de cuentas seguimos aquí.
—Danzando, pero para quienes nosotras elegimos.
—Exacto. No dejes que malos comentarios nublen lo que has logrado, lo que tus antepasados pelearon por proteger. A la mierda el clan Gojo y los demás grandes clanes. Ellos son los que vienen a pedir nuestro apoyo, no somos nosotras.
—Estaba tan abrumada que yo misma llegué a pensar cosas estúpidas.
—Utahime… ¿A caso Gojo–san te ha menospreciado desde que estás con él?
—Nunca haría algo así.
Recordaba que en la villa del clan Gojo, desde que pusieron un pie ahí le dijo "camina a mi lado" y también "siéntate junto a mí". Satoru la había tratado como su igual y quería hacérselo saber a su familia. Utahime no lo pensó en ese momento, pero ahora… Tenía mucho sentido. Le estaba mostrando a ella y a todos, que la veía como un igual.
Sus labios se arrugaron en un puchero al recordar a su amado, en lo que había demostrado sin necesidad de decirlo. Quería verlo, con tantas ansias, quería abrazarlo y no soltarlo jamás. Su enfado se disipó solo con pensar en él, en su amor manifestado de manera tan sutil e indirecto.
Los brazos de Kaori consolaron a una descompuesta Utahime. Ella podía ser la estricta profesora, una mentora recta y algo irascible, pero también era amable, educada y sensible, sin embargo, en ese momento volvió a ser la niña con muchas inquietudes y locos sueños. Su prima, que por mucho tiempo fue su ejemplo a seguir, le acarició la cabeza, tratando de calmar los sentimientos de Utahime.
—Yo creo que, sin importar quien fuera la persona al lado de Gojo–san, lo estaría pasando mal. Así que no te sientas culpable de sentirte así. Supéralo y sigue adelante. Nunca has dejado que nadie dicte tus valores. Si se aman de verdad esto solo será una anécdota que recordar.
—Lo amo —susurró con la voz quebrada sobre el pecho de Kaori.
—Puedo notarlo…
…
Las niñas eran muy impetuosas, desde temprano en la mañana habían ido a despertar a Utahime. Brincaron encima de ella entre risas para apurarla a empezar el día. Uta se quejó por madrugar, pero terminó levantándose de todos modos.
Ayudó a su madre y una de sus tías a preparar el desayuno para todas. Su madre renegó de ella diciendo que debía a estas alturas tener más habilidades culinarias, Utahime la escuchó con prudencia, aunque terminaron peleando al final.
Luego del desayuno, aprovechando la estancia de la talentosa tía Iori Utahime, las niñas le pidieron que les ayudara a corregir sus pasos de baile. La pelinegra se sintió dichosa de enseñarles sobre el ritual hereditario. Las llevó a la explanada del Kaguraden para observarlas.
—Sayu, levanta más tu brazo y no flexiones tanto el codo —dictó Utahime. Su semblante era serio y analizaba cada movimiento de las cinco niñas con firme escrutinio.
—Me confundo en lo que sigue —se quejó Ayane.
Uta subió a la explanada y danzó para ellas la parte más difícil. Miraron atentas y con admiración. Bailaba con fuerza, pero sin perder su gracia y belleza. Era tan bonito que estaban hipnotizadas en el ritual, encima la voz de Utahime no vaciló ni un segundo mientras ejecutaba los pasos del ritual a la perfección. Al terminar, ellas aplaudieron ante la magnificencia de la demostración.
—Háganlo una vez más. Visualicen los pasos en su cabeza y transmitan esa imagen a su cuerpo —Utahime aplaudió para dar la señal de inicio.
Siguió observándolas para analizar su desempeño. Volvió a corregir sus posturas. Trató de darles consejos que pudieran ayudarles a mejorar. Cantó para ellas para que siguieran el ritmo correcto.
—Misao cuida tus pasos, estás usando mal la planta de tu pie.
—Sí, tía Uta.
—Ayane, tienes que recordar la postura de los dedos de la mano izquierda.
—Lo lamento, Uta–chan.
—Noi, pareces un fideo, esto no es baile contemporáneo.
—¿Un fideo? —preguntó asustada.
—Yashiro, vas muy rápido, tienes que seguir el ritmo.
—Ellas son las lentas… —se quejó de mala gana.
—Tomen sus posiciones, vamos a repetirlo —les ordenó Utahime, muy autoritaria.
—Profesora Utahime, tan estricta como siempre…
Su corazón se detuvo, un escalofrío le recorrió desde la nuca hasta la espalda baja. Estaba loca. Alucinando. Porque, era imposible ¿verdad? Bueno, para él no existía esa palabra.
Cuando esos hermosos ojos azules y esa sonrisa cínica se posaron en ella, todo lo que quería en esos momentos era correr y abrazarlo con fuerza descomunal. Una parte de ella sentía que era una ilusión que su mente había creado debido a lo mucho que lo extrañaba.
—¿Gojo? —preguntó, por si las dudas.
—En persona.
—P–pero creí que estabas en Corea…
—Sí, hace como 4 horas.
Se había quedado muda ante su presencia. Estaba ahí, en vivo y a todo color, a unos pasos de sentirlo de nuevo luego de tanta ausencia.
—Tía, ¿quién es él? —preguntó Yashiro, poniendo mala cara por la interrupción.
—¿Cómo no vas a saber? Dijo que era el señor Gojo —Sayu, que era la mayor de todas, trató de hacerlo obvio.
—Oh, el que confecciona cosplays, ¿no? —infirió Noi bien segura.
—¡Ese es otro Gojo, tonta! —respondió Sayu, dándole, además, un golpe en la cabeza.
—Uta–chan…
Las chicas dejaron de hacer lo que estaban haciendo para rodear a su tía y ponerse a la defensiva contra el recién aparecido.
—Soy el muy apuesto novio de Utahime —dijo él, como sin nada, de forma muy natural, lleno de confianza.
—¡Gojo! —le gritó apenada.
—¡Tía ¿Tienes novio?! —gritaron las cuatro menores.
—¡Les estoy diciendo que es Gojo Satoru! —volvió a decir Sayu.
—Entonces ¿tú no haces cosplays? —Noi levantó una ceja, Gojo negó con la cabeza.
—¿Eres un kyojin? —le preguntó la pequeña Misao. La diferencia de estatura era bastante considerable entre los dos.
—Lo soy —afirmó Satoru con su tono maquiavélico. Misao corrió detrás de Utahime y se escondió entre su hakama.
—Niñas, niñas. Basta —intentó calmarlas—. Tú también, Gojo, no asustes a Misao.
Las sobrinas de Utahime se reunieron formando un pequeño circulo para discutir entre ellas. La pelinegra tuvo que cargar a Misao, que parecía temerosa de que lo dicho por el albino fuera cierto. Cuando acabaron de hablar, las tres más chicas gritaron conmocionadas.
—Es "ese" Gojo —dijo Yashiro como si le acabaran de revelar algo super inaudito.
—Ustedes no saben nada, tontas.
—Gojo–sama, bienvenido a la villa del clan Iori —Ayane le ofreció una reverencia. De todas, ella era la más educada.
—Bienvenido —las otras tres hicieron lo mismo.
Satoru hizo una mueca, no le gustaban los protocolos, pero las niñas eran lindas y divertidas, así que no se quejó a voces.
—¿Pueden avisarle a Kaori que estoy aquí? —pidió él, solo como excusa para que lo dejaran a solas con Utahime.
—Sí —asistieron todas al unísono.
—Tú también —señaló a Misao—, o si no tendré que devorarte.
La pequeña brincó del susto, Uta la vio correr a tropezones detrás de sus primas, quienes ya iban a la carrera en busca de la jefa.
—Gojo… —refunfuñó—, no hagas e….
¿Cuándo iba a aprender que al lado de Gojo nada saldría a su manera?
La había callado plantándole un gran beso en los labios. Rodeó el cuerpo de Utahime entre sus brazos y la apretó hacía él, para sentir su calor y el aroma de su piel. Aunque ella hubiera querido forcejear para escapar no hubiera podido, estaba totalmente prisionera bajo el dominio de Satoru.
Le daba vergüenza que alguien pudiera verlos, sin embargo, había deseado besarlo con más ganas que nunca los últimos días, así que, aun contra su vergüenza, correspondió a los labios de quien llegaba presumiendo ser su novio.
—¿Qué haces aquí? —susurró Utahime. Su pregunta reflejaba más bien un "gracias por volver".
—No mencionaste que visitarías a tu familia.
Gojo le mordió la mejilla, como un discreto reclamó. No tenía que dar santo y seña de sus movimientos, pero él le había dicho ¿no? Qué iría a verla en cuanto terminara su trabajo.
—Porque no estabas, ¿qué importaba decírtelo?
—¿No querías presentarme a tus padres?
—Mis padres ya te conocen.
—Pero no como tu pareja —siguió alegando su punto.
—¡Oh!, pero que tenemos aquí…
La risa traviesa de Nao puso de todos colores a Utahime. Siempre terminaba siendo atrapada en esas situaciones con Gojo, ya debería haber aprendido o acostumbrado. Las manos del peliblanco estaban sobre su cintura y después de ser descubiertos él no pretendió hacerse a un lado, solo sonrió para Nao, muy simpático.
—Bienvenido, Gojo–san.
—Nao, no sabía que estabas encinta.
—En un mes más nacerá —respondió sonriente, acariciando su gran barriga.
—¿Es tu primer hijo? —preguntó curioso.
—Es el segundo, de hecho.
—¿En serio? ¿No eres más joven que yo? —alzó las cejas, asombrado.
—Creo que sí —sonrió divertida, ladeando la cabeza.
—Gojo… ¿Podrías soltarme? —dijo totalmente malhumorada, Utahime.
—No quiero —respondió rápidamente. Contrariamente, al sujetó con mayor empeño.
—¡Deja de jugar conmigo!
—Vi que remodelaron un poco el templo de Ame no Uzume —siguió su plática, ignorando los alaridos de su novia, que estaba ya apretada contra su pecho producto de una llave al cuello.
—¿Pudiste notarlo? —Nao también ignoró a Utahime, quien forcejeaba con Gojo—. La mayoría de la gente no se da cuenta. Ya necesitaba un poco de mantenimiento.
—Es muy sutil, pero todavía lo recuerdo.
NOTAS:
¡llegamos a las 10mil lecturas! Wow! estoy muy agradecida por todo su apoyo al fic. Probablemente estemos ya entrando en la recta final, quedarán entre 10 o 15 capítulos más. Ojalá que disfruten lo que se viene.
Clases de historia parte 4 (¿)
¡Hablemos de clan Sarume!
Les contaré la historia del clan Sarume y cuando lean vana entender el motivo por el cual elegí a este clan como los antepasados de los Iori. Obviamente he modificado unas cositas a mi conveniencia, pero aquí va la realidad:
El clan Sarume proviene de la Diosa de las artes y la danza: Ame no Uzume, quien después ganó el título como la Diosa del amanecer (dado que regresó la luz de Amaterasu al mundo). Ella, junto a otros dioses lograron sacar a Amaterasu de su encierro (hablamos de eso cuando tocamos el tema del Clan Gojo). Se dice que Ame no Uzume realizó una danza que atrajo la atención de Amaterasu, pues escuchaba que afuera de la cueva los otros dioses se divertían mucho. Esta danza es la que actualmente se conoce como la ¡Danza Kagura!
Ahora bien, Ame no Uzume se casó con Sarutahiko, el guardián del paso hacia el mundo humano, Dios de los Kami de la tierra, venerado como el Dios del Sol en Ise. Ellos se conocieron debido a que Uzume estaba escoltando al hijo de Amaterasu a la tierra (quien sería el primer emperador de japón). Se dice que Uzume fue la única capaz de encarar a Sarutahiko para permitirle el paso al hijo de Amaterasu. Debido a esta interacción Sarutahiko y Ame no Uzume terminaron casándose y formando el Clan Sarume.
El mayor asentamiento de santuarios para Sarutahiko se encuentran en la prefectura de Mie.
El Clan Sarume era políticamente débil, aunque era uno de los principales participantes del Jingikan (que es el departamento que se encarga de asuntos referentes a la religión, ritos, santuarios, etc). El más fuerte de todos ya dijimos que eran los Nakatomi, seguidos de los Inbe y Urabe.
El Clan Sarume era el encargado de realizar las danzas en el Chinkonsai. Las mujeres jóvenes realizaban danzas con implementos rituales para afectar la salud espiritual y el bienestar del emperador y el reino. El proceso ritual se llamaba Tama-furi cuando su objetivo era curar a un gobernante enfermo o infundir a la tierra prosperidad y vitalidad. Tama-shizume (pacificación o sofocación de espíritus) era un rito similar pero opuesto; su objetivo era someter los espíritus violentos y prevenir desastres y desgracias. Estos rituales se conocían colectivamente como chinkon y se realizaban principalmente en el Chinkon-sai, una ceremonia cortesana/religiosa anual que se celebraba alrededor del solsticio de invierno.
También actuaban como heraldos en el Daijosai (celebración por la ascensión del nuevo emperador).
Muchas mujeres del Clan Sarume se casaron miembros del clan Wani (quienes eran parientes cercanos al emperador), tiempo después el clan Wani se dividió en otras ramas, donde nacieron los Ono y los Wanibe, quienes se apoderaron del clan Sarume y sometieron a sus mujeres a la corte. El Clan Sarume también se dividió en otras familias de las cuales se destaca los Hieda.
En la Era Tokugawa y la militarización de Japón e influencia extranjera, el departamento de Jingikan desapareció.
En la historia real el clan Iori no tiene nada que ver con los Sarume. Yo quise aventurarme a incluir este Clan como su origen, ya que comparte muchas similitudes con el ritual de Utahime y que además está bastante relacionado con los antepasados del clan Gojo (que recordemos proviene del segundo hijo de Amaterasu).
