Declaimer: InuYasha y sus personajes no son de mi autoría. Si fuera así, este chico tonto se hubiese decidido desde un primer momento.

Nota: La gran mayoría de los ocho relatos que conforman esta historia están desordenados. Por lo tanto: será el lector quien deberá ponerlos en orden si desea entender el desarrollo de los acontecimientos :D.

Palabras: 686.


Calendario Decembrino

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Yo también tengo de esos

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A Kagome no le gustaba InuYasha.

Era una sentencia fuerte. Tan fuerte como un viejo roble sobreviviendo eones o como el amor inconmensurable de los nuevos amantes.

El saber popular solía decir que se necesitaba de un tiempo prudencial para conocer a una persona. Tal vez días, meses o años; toda una sumatoria de momentos compartidos y vivencias.

Pero ella no había necesitado más que tres escasos segundos. Tres segundos que habían definido todo el futuro de su relación.

«—¿Es tan difícil ver por dónde caminas, tonta?», le había dicho él el primer día de universidad, luego de chocar contra ella.

A partir de allí, y ante la negativa por parte de InuYasha de disculparse, Kagome no había podido evitar observarlo con repelús siempre que tenían la fatalidad de encontrarse. Para su desgracia, aquello resultó ser algo frecuente. Era como si Kami se hubiese obsesionado con ellos a pasar del sentimiento repelente que compartían el uno por el otro.

Porque él sabía bien que ella lo odiaba. Y Kagome también sabía bien que el sentimiento era mutuo.

—Yo también tengo de esos.

Kagome casi soltó la pequeña bola de nieve decorativa que tenía en sus manos. Kami, nuevamente, había obrado de manera retorcida.

Lo miró —¡en serio lo miró!— preguntándose si se había vuelto loca. ¿Qué hacia él allí y por qué estaba hablándole?

»La realidad es que no, pero mi madre... —confesó él, incómodo y fuera de su elemento mientras se rascaba la nuca. La chica frente a él siguió mirándole a los ojos sin emitir sonido, logrando así que el momento se tornara en algo mucho peor—. Ella es fanática de las chucherías navideñas. Ama esta tienda departamental y m...

—¿Por qué me hablas? —lo cortó Kagome, tan fría y brusca como la nevada que había caído a primera hora de la mañana—. Me debes una disculpa hace meses, no nos dirigimos la palabra en la universidad y... ¿ahora quieres hablarme de una afición que ya conozco?

Porque sí, había un pequeñísimo detalle: ambos se habían conocido por primera vez siendo niños. Fueron casi amigos, algo así como confidentes, hasta que los padres de él decidieron emprender vuelo hacia otros rumbos y ella se vió obligada a verlo partir.

Todavía recordaba esas semanas turbulentas durante su adolescencia, al igual que el llanto y la complejidad de los sentimientos recién descubiertos. Por suerte, los tiernos brazos de su madre estuvieron allí para darle consuelo. La vida terminó por seguir su curso y perdieron el contacto hasta volverse desconocidos.

Ahora, aquella historia era agua pasada para Kagome. Sobre todo porque algo dentro de sí misma se rompió desde el incidente. Su recuerdo sobre él cambió. Su opinión. Todo.

»Tu madre sigue llamando a la mía —le recordó ella, dejando el ornamento navideño sobre el estante—. También me envió una postal la navidad pasada.

InuYasha enrojeció bajo el peso de su propia vergüenza y malas acciones. Era la frase más larga que había podido sonsacarle desde su reencuentro. Dudó por un segundo en ser honesto, pues el peso que sentía era grande. A principio de año, cuando habían tenido la desgracia de chocar, su día había estado lleno de hechos desastrosos. Sin haber podido reconocerla, Kagome había sido el catalizador de todo su malhumor acumulado. El fragor de la pelea lo había enceguecido y, para cuando llegó el reconocimiento, prefirió ser un patán antes que perder su orgullo.

Desde ese día cargó consigo una miserabilidad que le producía arcadas. La desilusión que había notado en su rostro fue más fuerte que cualquier puñetazo que hubiera recibido.

Ni siquiera había sido lo suficientemente hombre como para pedirle disculpas. Había optado por dejar que los días se acumularan como la nieve, recurriendo a la infantil decisión de cruzarse casualmente en la universidad u observarla de lejos.

«Estoy jodido», pensó él sin dejar de mirar sus ojos acusadores. El cariño con el que alguna vez ella supo mirarlo se había desvanecido.

Y descubrir éso dolió, porque estaba jodido en más de un sentido: estaba enamorado.


Kagome no necesita ver películas... ELLA LAS HACE xD. E InuYasha es un tonto cobarde (enamorado) que pide disculpas hablando de los gustos decorativos de la madre (? xD.

Muchísimas gracias por los reviews, favoritos y alertas :D. Gracias por leer esta locura :).

Nos leemos mañana, día 4 del calendario.

Cariño,

Lis