Esa noche, Cuando Robbie subió al dirigible, esperaba encontrar a Sportacus haciendo alguna rutina extraña o, como mínimo, ocupado en sus interminables ejercicios. En cambio, el silencio era abrumador. Caminó con cautela hacia la habitación de Sportacus y lo encontró durmiendo en su cama, completamente inmóvil. Sus ojos estaban ligeramente hinchados, como si hubiera estado llorando, y alrededor de la cama había cartas tiradas por todas partes.
Robbie se acercó con pasos cautelosos, sintiendo cómo una extraña presión se acumulaba en su pecho. Se inclinó hacia una de las cartas esparcidas por el suelo y la tomó. Al leer las primeras líneas, algo en su interior se rompió.
"Eres una carga."
"Nunca serás suficiente."
"No sé por qué sigues intentándolo; jamás serás un verdadero héroe."
Las palabras lo golpearon como un puñetazo. Eran crueles, despiadadas, cargadas de un veneno que parecía destinado a desmantelar todo lo que Sportacus representaba. Robbie sintió cómo su garganta se cerraba y un nudo pesado se formaba en su estómago. Nunca había imaginado que alguien pudiera escribir algo tan hiriente, y mucho menos dirigirlo a alguien como Sportacus. No iban dirigidas a el pero aún así le dolía.
Dejó caer la carta al suelo, pero sus ojos captaron algo más. Se detuvo en seco cuando vio que Sportacus le faltaban los brazaletes y notó las marcas en la parte interna de las muñecas de Sportacus. Pequeñas y gruesas líneas rojizas que cruzaban su piel, algunas recientes, otras apenas cicatrizadas y otras que se veían bastante años. La verdad lo golpeo con una claridad devastadora.
El mundo pareció detenerse. Robbie sintió cómo su respiración se volvía pesada, como si el aire hubiera sido drenado de la habitación. Su mente corría en círculos, buscando explicaciones que no llegaban, rechazando la posibilidad que ahora parecía innegable. Le dio una segunda mirada a los cortes.
—No puede ser... —murmuró para sí mismo, su voz quebrándose.
En ese momento, Sportacus se removió en la cama, abriendo los ojos lentamente. Su mirada estaba perdida, sus párpados hinchados y sus ojos rojos por el llanto. Cuando vio a Robbie, pareció confundido, como si no estuviera seguro de si era real o una alucinación. Se incorporó lentamente.
—¿Robbie? —su voz sonó áspera, rota, cargada de un cansancio que iba más allá del físico.
Robbie intentó recomponerse, cruzando los brazos para ocultar el temblor de sus manos.
—Han pasado cinco días. Los niños están preocupados. Pensaron que te había pasado algo... —se detuvo, tragándose las palabras. No quería decirlas en voz alta.
Sportacus apartó la mirada, avergonzado. Su cuerpo parecía encorvado, derrotado, tan opuesto a la imagen del héroe fuerte y perfecto que Robbie siempre había despreciado.
—Lo siento... no quería preocuparlos... —murmuró, pero su voz se quebró al final, y antes de que pudiera decir algo más, las lágrimas comenzaron a correr por su rostro de nuevo.
Robbie dio un paso hacia atrás, sintiéndose completamente fuera de lugar. No sabía qué hacer ni qué decir. Su rival, el hombre que siempre lo había sacado de quicio con su actividad y positivismo, ahora estaba frente a él, roto, vulnerable, y Robbie no podía soportarlo.
Se acercó lentamente y se debatió si debía tocarlo o no. Al final bajo el brazo hacia el hombro se Sportacus y lo frotó lentamente.
Sportacus bajó la mirada, evitando sus ojos, y se llevó las manos a la cara mientras su cuerpo temblaba con sollozos.
—Déjalo salir Sportakuk
—No soy suficiente... nunca lo he sido. Mi padre... siempre dijo que era un fracaso. Que nunca sería como mi hermano. Y... tal vez tenía razón. ¿Que clase de héroe no cumple con su deber?
Robbie sintió que el suelo se desmoronaba bajo él. Era como si cada palabra de Sportacus le clavara una aguja en el pecho. Siempre había asumido que el elfo saltarín era invulnerable, que nada podía afectarlo (ademas del azúcar, claro). Pero ahora veía a alguien que había cargado con más de lo que podía soportar, alguien que se había desgastado tratando de ser todo para todos, hasta que no quedó nada para sí mismo.
—Eres un idiota, ¿sabes? —murmuró Robbie, su voz apenas un susurro. Sportacus levantó la mirada, sorprendido.
—¿Qué...?
Robbie le limpió las lágrimas con sus manos, su rostro una mezcla de frustración y algo más profundo, algo que ni él mismo podía entender.
—Eres un idiota por pensar que tienes que cargar con todo esto solo. Los niños no te necesitan perfecto, Sportacus. Solo te necesitan a ti. Y yo... —se detuvo, tragando saliva con dificultad— Yo también te necesito y no puedo soportar verte así.
Sportacus no respondió. Simplemente lo miró, sus lágrimas cayendo silenciosamente, mientras una pesada sensación de derrota llenaba el espacio entre ellos. El héroe lo abrazó débilmente. Por primera vez, Robbie no intentó escapar de lo que sentía. Se quedó allí, dejando que el peso de la verdad lo aplastara.
Sportacus se separó ligeramente, sintiendo la incomodidad de Robbie al estar tan cerca, pero también sabiendo que necesitaba espacio para respirar. Sportacus sintió cómo sus muñecas eran tomadas con cuidado, y la sensación de los pulgares de Robbie pasando por la piel intacta lo hizo sentirse extrañamente expuesto. Fue entonces cuando sus ojos se encontraron, y un escalofrío recorrió su cuerpo al darse cuenta de que Robbie lo sabía. Sabía lo que había hecho, no había esperado que Robbie subiera a su dirigible así que no había sentido la necesidad de esconderlas.
Un nudo se formó en su garganta, y su respiración comenzó a volverse errática. Sus manos temblaron ligeramente en las de Robbie, y el aire a su alrededor pareció volverse espeso.
Intento alejarse, pero estaba muy débil por la pérdida de sangre. Las palabras se trabaron en su garganta, y su mente comenzó a girar en círculos, atrapada en un torrente de pensamientos y emociones desbordadas.
De repente, el ataque de pánico lo golpeó con fuerza. Su respiración se aceleró, su visión se nubló y el mundo a su alrededor se deshizo en fragmentos. El toque de Robbie, tan lleno de comprensión, ahora lo ahogaba. Sportacus intentó apartarse, pero sus músculos no respondían como debía.
Robbie no era alguien acostumbrado a manejar crisis emocionales, y mucho menos algo tan abrumador como lo que estaba ocurriendo frente a él. Sportacus temblaba y su respiración se estaba volviendo rápida y superficial, el sudor comenzaba a brillar en su frente y sentía cómo se estaba volviendo frío.
—¡Hey, hey, respira! —dijo Robbie, su voz nerviosa pero firme. No tenía idea de lo que hacía.
Sportacus jadeó, intentando inhalar pero sin lograrlo completamente. Sus ojos, normalmente llenos de vida, estaban ahora nublados por el miedo. Robbie tragó saliva
—¡Escúchame, Sportacus! ¡Mírame! —exclamó, su voz más firme. Sportacus levantó la mirada, con lágrimas corriendo por su rostro. —Inahla, exhala, inhala, exhala... Lo estás haciendo bien, sigue así. Todo va a estar bien.
Robbie, movido por algo que ni él entendía, tiró de Sportacus hacia él, abrazándolo con fuerza.
—No sé qué hacer, pero... pero aquí estoy, ¿esta bien? —murmuró, apretando los labios mientras sentía cómo el pecho de Sportacus subía y bajaba descontroladamente. Trato de que Sportacus sintiera la respiración de su pecho.
El abrazo parecía estabilizarlo poco a poco. Sportacus se aferró a Robbie como si fuera un salvavidas, su respiración comenzando a regularse entre pequeños sollozos. Pero entonces Robbie sintió algo húmedo en su camisa.
—¿Qué demonios...? —susurró mientras se separaba un poco. Al coger de nuevo los brazos del elfo azul sintió húmeda la mano.
—¡Estás sangrando! —exclamó Robbie, alarmado.
—Estoy... bien —murmuró Sportacus mareado, pero su voz lo traicionaba. Estaba agotado. Robbie no perdió tiempo.
—¿Tienes un botiquín?- dijo mientras buscaba algo para limpiar el brazo de Sportacus.
—En el baño- dijo y le dijo cuál botón pisar para abrir la puerta. Robbie volvió con poco de papel mojado, un rollo entero de papel higiénico y el botiquín. -Lo siento por tu ropa Robbie- de disculpo débilmente
—No te preocupes, se sacar fácil la sangre- dicho esto Sportacus se estremeció visiblemente. —N-no pienses mucho en eso, a veces me lastimo un poco creando maquinas.
Robbie hizo que Sportacus se sentara en el borde de la cama y tomó sus muñecas y las examinó con cuidado. Su tacto era firme pero delicado, limpiando la sangre pasando con suavidad, luego colocouna gasa limpia sobre las heridas mientras trabajaba en silencio. Cada movimiento era medido, como si temiera hacerle más daño. Al terminar de vendarlo, Robbie alzó la mirada. Ahora que lo podia examinar mejor de arriba abajo, noto que la ropa le quedaba un poco ma suelta de lo que recordaba.
— Sportacus, ¿cuándo fue la última vez que comiste algo?
Sportacus desvió la mirada de inmediato, su mandíbula tensándose.
— Yo... bueno, no es importante. Estoy bien. —Dijo rápidamente, como si eso pudiera cerrar la conversación.
Robbie frunció el ceño y depositó sus manos en la rodillas de Sportacus
— No me cambies el tema. —La firmeza en su voz era inusual, pero su preocupación la suavizaba.
Sportacus dejó escapar un suspiro pesado, sus dedos agarrando suavemente sus pantalones mientras evitaba los ojos de Robbie.
— Comí algo... hace poco. —Respondió vagamente, realmente no quería responder, iba a preocupar más al villano.
— ¿Hace cuánto es "poco"? —Robbie lo presionó, sin quitarle los ojos de encima.
Hubo un silencio incómodo. Sportacus abrió la boca para responder, pero las palabras no salieron. En su lugar, paso una mano por la sabana de su cama, tratando de alisarla.
— Antier... creo. —Murmuró finalmente, como si la confesión pesara tanto como el aire en el ambiente.
Robbie lo miró con incredulidad, su expresión una mezcla de preocupación y enfado.
— ¡Antier! —Exclamó, poniéndose de pie y dirigiéndose a la cocina sin esperar respuesta. Sabía que botón pulsar de la última vez que había estado en el dirigible.
Cuando regresó, llevaba una taza llena de frutas frescas... bueno la más fresco que podía estar. La colocó frente a Sportacus con determinación.
— Come. No voy a dejar que te sigas descuidando así.
Sportacus tomó la cuchara con lentitud y comenzó a comer, pero su ritmo se hacía cada vez más lento. Finalmente luego de haberse comido un poco menos de la mitad, dejó la cuchara en la mesa y bajó la cabeza.
—... No puedo más. —Su voz era apenas un susurro, cargado de culpa.
Robbie lo miró, la preocupación eclipsando cualquier enojo que pudiera haber sentido antes.
— ¿Por qué? ¿Te sientes mal? —Preguntó con suavidad, inclinándose hacia él.
Sportacus respiró hondo, pero no levantó la mirada.
— No lo sé... supongo. —Su respuesta era vaga, casi desesperada, y el silencio que siguió fue pesado, lleno de cosas no dichas.
Robbie notó cómo los hombros de Sportacus se tensaban aún más, y decidió no presionar.
— Está bien. No tienes que decirme más ahora. — Llevó la taza a la cocina, pero sus pensamientos seguían girando en torno a lo que acababa de presenciar.
Sportacus se quedó sentado, mirando al vacío, la culpa apretándole el pecho. Se preguntaba una y otra vez por qué Robbie hacía tanto por él, por qué se preocupaba tanto por alguien que no podía ni siquiera cuidarse a sí mismo.
Robbie se acomodó a su lado, sin decir una palabra. Dejo que su brazo se acercara poco a poco hasta que le dio un incómodo abrazo de lado. Sportacus se apoyó en su hombro y cerró los ojos.
En un momento de descuido, el gorro de Sportacus cayó al suelo. Robbie, que estaba sentado a su lado, bajó la mirada y se quedó helado ante algo que nunca había visto antes: ¡Sportacus era rubio! Bajo la luz tenue de la habitación, su cabello despeinado brillaba, suave y desordenado, como si nunca hubiera estado bajo aquel gorro azul. Pero lo que realmente captó la atención de Robbie fueron las orejas del héroe. Ligeramente puntiagudas, con un contorno suave y simétrico, parecían irreales.
—¿Qué...? —murmuró Robbie, sin darse cuenta de que su mano comenzaba a moverse hacia él.
Primero tocó el cabello, sorprendiéndose por lo increíblemente suave que era. Sportacus se tensó antes las caricias pero se relajó poco a poco poco bajo el toque. Animado por la reacción, Robbie dejó que sus dedos siguieran hasta las orejas. Apenas las rozó cuando Sportacus se estremeció, dejando escapar un pequeño jadeo que hizo que Robbie retirara la mano de golpe.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Sportacus, su voz un susurro que no ocultaba su sorpresa. Sus mejillas estaban encendidas cuando alzó la vista hacia Robbie.
—Solo... solo quería ver. No sabía que eras tan... —Robbie se interrumpió, sintiéndose torpe al intentar explicarse.
—¿Tan qué? —Sportacus lo miró con una mezcla de curiosidad y vergüenza.
Robbie tragó saliva, desviando la mirada por un momento antes de murmurar:
—Tan... fascinante
El silencio que siguió fue denso, pero Robbie, casi sin darse cuenta, volvió a pasar los dedos por el cabello de Sportacus, bajándolos hasta rozar nuevamente sus orejas.
Sportacus cerró los ojos lentamente, como si el toque, por extraño que le pareciera al principio, comenzara a calmarlo. Sus hombros, tensos desde que habían empezado a hablar, se relajaron por completo. Robbie notó cómo el héroe soltaba un suspiro largo y suave, casi inaudible.
Al ver que Sportacus no se apartaba, Robbie dejó su mano sobre su cabello y continuó moviéndola con suavidad. Sportacus, sin abrir los ojos, alzó los brazos y poco a poco lo rodeó en un abrazo completo, apretándose contra él.
Robbie se quedó congelado por un momento. Sus dedos continuaron acariciando el cabello y las orejas de Sportacus, mientras el héroe apoyaba la cabeza contra su cuello, completamente relajado.
—¿Te molesta que te toquen? —preguntó Robbie, rompiendo el silencio con un tono más suave de lo habitual.
Sportacus negó lentamente, su voz apenas un susurro:
—No... no es eso. Es solo que... no estoy acostumbrado a este tipo de toques.
Sportacus recordaba los días de entrenamiento lleno de exigencias y fracasos. Todo había comenzado cuando era apenas un niño, apenas capaz de sostener su peso. El le había dicho a su padre que quería ser un héroe numerado como el y como Iprott. Su padre se había emocionado al principio pero al pasar de las prácticas se veía que estaba cada vez más decepcionado de Sportacus.
El sol se escondía tras las montañas, y el aire era frío en el campo de entrenamiento. Sportacus, jadeante, intentaba completar una rutina de saltos y maniobras que su padre había diseñado para él. Una cuerda colgaba de una rama alta, y su meta era alcanzarla en un solo impulso. Lo había intentado una docena de veces, pero siempre fallaba.
—Otra vez —gruñó su padre desde las sombras.
—Estoy cansado... —murmuró Sportacus, con las piernas temblando mientras se levantaba.
Su padre no respondió. En lugar de eso, dio un paso hacia él y lo agarró del brazo con tanta fuerza que el niño soltó un gemido ahogado.
—No tienes tiempo para estar cansado. Si no puedes hacer esto, ¿cómo esperas ser un héroe? —le espetó, acercando su rostro con una intensidad que lo hacía temblar más que el frío de la noche.
—Estoy intentando... —susurró Sportacus, con lágrimas amenazando con salir.
—¡No me respondas Alex! —gritó su padre, dándole un revez tan fuerte que cayó al piso. El impacto fue duro, y Sportacus tuvo que morderse el labio para no llorar—. Levántate. Hazlo otra vez.
Sportacus obedeció, su cuerpo ardiendo de dolor, pero más que nada, le dolía el corazón. Se aferró a la cuerda de nuevo, pero sus dedos resbalaban, y cayó una vez más. Esta vez, su padre no esperó. Lo levantó de un brazo, y con una mirada furiosa, lo sacudió como si intentara eliminar físicamente su debilidad.
—Eres patético. Íþróttaálfurinn nunca falló . Él no se quejaba. Por eso él tiene un futuro, y tú... tú no eres más que un error.
Las palabras eran como golpes adicionales, más profundas que las físicas.
Lo peor era que Íþróttaálfurinn nunca lo veía. Era como si ignorara los moteros sopechosos que no deberían estar ahí. Cuando estaban juntos, su hermano mayor siempre le sonreía, le daba consejos sobre las maniobras y lo animaba a seguir.
—Papá es duro contigo porque sabe que tienes potencial, ¿sabes? —le decía Iprott, revolviéndole el cabello después de un día de entrenamiento. Sportacus se encogía ligeramente al contacto, porque su cuero cabelludo aún dolía de las veces que su padre lo había jalado.
—Sí... debe ser eso —respondía con una sonrisa débil, tragándose las ganas de contarle todo. Iprott parecía tan seguro, tan convencido de que las cosas eran como debían ser, que Sportacus no quería decepcionarlo tampoco. Al menos tenerlo con el era un consuelo, aunque no supiera lo que su papá le hacía.
Pero Íþróttaálfurinn se había ido
—...necesito hacerlo sin tener que cuidar de nadie, ni que nadie me esté frenando
Y con esas palabras, lo dejó. Nunca había sabido toda la verdad. Nunca se dio cuenta de que la fuerza que veía en su hermano menor era solo una máscara, nunca había notados sus escalofríos cuando lo tocaba o los moretones que pintaban su cuerpo.
Robbie lo miró con una mezcla de confusión y ternura, notando cómo el héroe parecía hundirse en el momento. Por primera vez, Robbie no sintió la necesidad de apartarse ni de hacer un comentario sarcástico para romper la tensión. Simplemente dejó que Sportacus permaneciera abrazado a él, mientras sus propios movimientos se volvían más suaves, casi instintivos
Nunca lo había visto así: tan vulnerable, tan humano. Técnicamente siempre lo fue pero a veces parecía que era de otro planeta.
—... deberías dejar de fingir tanto con los niños —dijo Robbie de repente, sin pensar demasiado en las palabras antes de que salieran de su boca—. No tienes que ser el tipo alegre y perfecto todo el tiempo. Es... está bien si te muestras triste a veces.
Sintió que el ceño de Sportacus se frunció ligeramente, incluso mientras se deslizaba hacia el sueño.
—Ellos se preocupan por ti. Y... bueno, yo también —añadió Robbie en un murmullo, sintiéndose extrañamente incómodo al admitirlo, incluso para sí mismo.
Sportacus dejó escapar un suspiro cansado.
Robbie lo observó por un momento, indeciso. Finalmente, lo acomodó con cuidado sobre la cama. Pero antes de apartarse, no pudo evitar quedarse allí, mirándolo fijamente.
Sportacus parecía completamente diferente al hombre que saltaba por la ciudad con una sonrisa inquebrantable. Ahora, acostado con las mejillas ligeramente hundidas, su cabello rubio despeinado, y las orejas asomando tímidamente, se veía... hermoso. Robbie sintió una extraña punzada en el pecho, algo entre confusión y atracción.
"Eres un idiota. Un idiota saltarín y perfecto" pensó, sintiéndose atrapado entre su orgullo y lo que claramente empezaba a ser un sentimiento mucho más complicado.
Antes de irse, Robbie se inclinó hacia él, indeciso.
—Mira, Sortakuk, si alguna vez necesitas algo... puedes venir a mi búnker. Ya sabes, si necesitas hablar o, no sé, tomar un té o lo que sea. Solo... no te guardes todo tú solo. —dijo, aunque su tono no era tan brusco como de costumbre.
Sportacus, soñoliento, asintió ligeramente.
—Gracias, Robbie...eres un gran amigo —susurró, antes de quedar profundamente dormido.
Robbie se levantó, observándolo una vez más. Lo admiró más de lo que quería admitir: la forma en que su pecho subía y bajaba con cada respiración, cómo sus orejas se inclinaban levemente, como si incluso en sueños estuvieran escuchando. Se llevó una mano a la frente, frustrado consigo mismo.
"¿Qué me pasa? Es Sportacus. Es un maldito héroe y yo soy un villano. No... esto no puede ser real."
Miró alrededor de la cama y notó las cartas esparcidas. Con un suspiro, comenzó a recogerlas. Vio que habían más en un cajón cercano. Se detuvo, leyó unas pocas líneas, y su estómago se revolvió con ira y tristeza.
"No necesitas esto en tu vida", murmuró, llevándose todas las cartas en una bolsa que encontró por la nave.
Con un último vistazo, salió del dirigible, cerrando la puerta con cuidado. Mientras regresaba a su búnker, no pudo dejar de pensar en Sportacus, en todo lo que había visto, y en lo mucho que deseaba volver a verlo sonreír.
