El día comenzaba en LazyTown. Eran las 8:08 cuando Sportacus abrió los ojos lentamente, su cuerpo todavía pesaba por el cansancio, y los vendajes que cubrían sus heridas le recordaban los eventos recientes. Se sentía extraño, no del todo bien, pero tampoco completamente mal. Se sentía mejor que en los últimos días.
Se sentó en la cama con movimientos torpes, y sus dedos rozaron inconscientemente los vendajes. Recordó las manos de Robbie sobre su piel, moviéndose con delicadeza mientras vendaba sus muñecas. Nunca había experimentado algo así con él. Robbie siempre había sido brusco, sarcástico y a veces cruel, pero lo que había sucedido la noche anterior era completamente diferente. Robbie había sido... amable.
"¿Por qué me ayudó?" Pensó, su mirada perdida. No era secreto de nadie de que el intentara ser amigo del hombre, tenía la esperanza que su relación cambiara, ¡y había cambiado para mejor en los últimos meses! El desprecio, la furia que solía lanzar hacia él, parecía haber disminuido.
—¡Que vergüenza!- Chillo Sportacus al recordar a Robbie acariciandolo ¡Y el se había dejado!
Paso sus manos por sus sensibles orejas y se sonrojó. Al menos no había dicho que le gustaba Robbie por accidente.
Mientras sus pensamientos divagaban como colegiala, notó que algo faltaba. Las cartas. No hay forma de que Robbie no las notara, estaban por todo el suelo, o al menos había estado. Su corazón dio un vuelco.
"¿Robbie las tomó?" La idea le heló la sangre. Intentó convencerse de que no era posible, pero su instinto le decía lo contrario. Trato de convencerse de que no las había sacado para leerlas y volverse a sentir miserable. Se levantó rápidamente ignorando el mareo que estaba teniendo y vio que no había ninguna carta en el suelo ni es su compartimentó secreto.
Robbie solo estaba esperando el momento adecuado para destrozarlo nuevamente. Eso pensaba. "Tal vez solo lo está haciendo por lástima, solo para dejarme con la esperanza de que las cosas han cambiado."
No quería volver a cómo eran antes, en donde Robbie lo despreciaba abiertamente, en donde lo lastimaba al llevar a cabo sus planes y a cada rato le daba comas de azúcar.
Pero su tren de pensamientos se detuvo bruscamente cuando, de repente, el cristal en el pecho de Sportacus comenzó a parpadear. Este no era un momento para tener un atraque de pánico, necesitaba salvar a alguien
Mientras tanto en Lazy Town, los niños, siempre inquietos y llenos de energía, habían encontrado una nueva manera de meterse en problemas. Estaban jugando tranquilamente a las casitas. Stephanie era la mamá, Stingy en papá ( a palabras de él el papá siempre era dueño de todo) Trixie la hija, Ziggy el hijo y Pixel el tío cool tecnológico, no se dieron cuenta del peligro hasta que ya estaban demasiado cerca.
No resulto muy buena idea jugar en alturas si estaban tratando de no meterse en problemas. Stephanie se tropezó con uno de los juguetes esparcidos por el suelo y se topó con la baranda. Haciendo que la inercia la tirara de la casa del árbol.
Stephanie cerró los ojos y esperó el golpe, pero nunca tocó el suelo ya que unos brazos fuertes y seguros la rodearon.
—¡Sportacus! —gritó Stephanie, agitándose en el abrazo de Sportacus
—¿Están todos bien? —preguntó, con una mezcla de alivio y preocupación mientras examinaba a Stephanie, que lo abrazaba de vuelta.
—¡Sí! —respondieron al unísono, con los ojos llenos de gratitud.
Los niños bajaron de la casa del árbol y se arremolinaron alrededor de Sportacus abrazándolo. Stephanie saltó de los brazos de su héroe y le dio una mirada preocupada.
—Sportacus. ¿Estás bien?
Sportacus tomó aire antes de responder, queriendo ser sincero con ellos. —Estoy bien ahora, pero sí, sigo un poco cansado. Lo siento por preocuparlos
Los niños lo miraron con comprensión. Stephanie sonrió suavemente y dijo: —Entendemos. Gracias por ayudarnos. Intentaremos ser más cuidadosos.
—Eso es todo lo que les pido. —Sportacus les devolvió la sonrisa, sintiendo que, aunque estaba agotado, había hecho lo correcto.
—Estábamos jugando juntos Sportacus ¿Te quieres unir?—pregunto Trixie esperanzada.
—Seguro ¿que le estaban dando?
Pasaron el resto del día jugando cerca, esta vez bajo la atenta supervisión del héroe, quien se unió a ellos en algunos juegos tranquilos, aunque con menos energía de lo habitual.
Mientras los niños reían y corrían, Sportacus no pudo evitar que su mente volviera al recuerdo de Robbie. A pesar de estar rodeado de la alegría de los niños, había algo que lo inquietaba, una pregunta sin respuesta que seguía pesando en su corazón.
Cuando la mañana se convirtió en noche y la noche en la mañana y así pasaron varios días, realmente no quería ir a confrontar a Robbie or miedo de lo que podía decir. No creía que tuviese el valor de ir a verlo y se dio cuenta de que Robbie tampoco. No había visto al villano desde aquella noche en su dirigible.
Sportacus decidió que no podía ignorar más esa sensación. Luego de que los niños se fueron a su casa, se dirigió hacia el búnker de Robbie. Tenía que enfrentarlo, hablar con él, aunque no supiera exactamente qué decir.
Con pasos decididos pero el corazón latiendo con fuerza, llegó a ese ridículo cartel que Robbie había puesto para esconder su guarida. Llego hacia la escotilla, tocó suavemente y esperó, casi esperando que Robbie no escuchara. Pero el sonido de alguien subiendo le dejó claro que la oportunidad de escapar ya no existía.
La puerta se abrió, y ahí estaba Robbie, con su usual bata y el cabello ligeramente despeinado. Sin embargo, su expresión era diferente. No había burla, ni exasperación; en cambio, había algo que Sportacus no lograba descifrar.
—¿Sportacus? —preguntó Robbie, su voz cargada de incredulidad—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Sportacus tragó saliva, pasándose una mano por el brazo en un gesto inseguro. — Bueno, tú me dijiste que si necesitaba algo podía acudirá y yo... yo necesito hablar de algo.
Robbie se quedó unos minutos viéndolo pero al final le dio campo para que entrara. —Adelante. Solamente cuidado con la caída.
Dentro, el búnker era un caos de hojas, planes inacabados y restos de inventos maliciosos. Sportacus apenas se fijó en el desorden; su mirada se detuvo en la mesa junto a la silla naranja. Allí, reconoció al instante sus cartas. El pecho se le contrajo al instante, como si la habitación se cerrara sobre él.
Robbie lo siguió con la mirada y, al notar hacia dónde veía, dejó escapar un suspiro. —Sí... las tomé.
El silencio que siguió fue pesado, pero Sportacus finalmente habló, su voz apenas un susurro. —¿Por qué?
Robbie se cruzó de brazos, desviando la mirada como si las palabras que estaba por decir fueran más de lo que podía soportar. Bueno, Sportacus no es tonto.
—Sí... las tomé. No debería haberlo hecho, pero... no pude evitarlo.
—¿Por qué...?
Robbie lo miró, y por un momento pareció que estaba debatiendo si decirle la verdad. Finalmente, habló, su voz baja, como si cada palabra le costara.
—Porque eres increíble, Sportacus. Eres amable, valiente, y haces más por las personas de lo que cualquiera podría siquiera soñar. No podía soportar la idea de que alguien, y menos tu propio padre, te escribiera cosas tan crueles. No te las mereces. Nadie tiene derecho a tratarte así.
Robbie hizo una pausa, su mirada fija en las cartas sobre la mesa. Sus dedos se crisparon ligeramente antes de continuar, su voz baja pero cargada de emoción.
—Tomé esas cartas porque vi lo que te hacían. Vi cómo te dolía cada palabra. Quería protegerte de ellas, aunque fuera solo un poco. Y... aunque no lo creas, me preocupo por ti.
Sportacus no supo qué responder. Las palabras de Robbie habían tocado algo profundamente doloroso en él.
Sportacus bajó la mirada, incapaz de sostener la intensidad de los ojos de Robbie. Su mandíbula se tensó mientras apretaba las manos en un intento de contener la mezcla de emociones que lo atravesaban.
—No sé si puedo creer eso... —murmuró, su voz apenas un susurro.
Robbie frunció el ceño, dando un paso más cerca de él. —¿Por qué no?
Sportacus respiró hondo, pero las palabras le pesaban en la garganta. Finalmente, dejó salir lo que sentía.
—Porque... no creo que sea cierto. Todo lo que hago, todo lo que intento, siempre parece insuficiente. Si fuera tan bueno como dices... —Se interrumpió, su voz quebrándose ligeramente. Cerró los ojos con fuerza, como si al hacerlo pudiera bloquear las dudas que lo consumían—. Mi propio padre piensa que soy un desastre, Robbie. ¿Cómo puedes esperar que crea algo diferente?
Robbie se quedó en silencio un momento, observándolo con una mezcla de compasión y frustración. Cuando finalmente habló, lo hizo con un tono más firme, aunque no agresivo.
—Tu padre está equivocado, Sportacus. Él no te ve por lo que realmente eres. Pero yo sí.
Sportacus negó con la cabeza, dando un paso atrás. —No lo entiendes. Tal vez tiene razón. Tal vez soy solo...
Robbie frunció el ceño y, antes de que pudiera detenerse, tomó suavemente el brazo de Sportacus. —Escucha, puede que no sea el mejor juez de nada, pero hasta yo sé que estás equivocado. No eres perfecto, Sportacus, pero ¿quién lo es? Eso no te hace menos increíble.
Sportacus abrió la boca para responder, pero las palabras no llegaron. Robbie lo miró con una intensidad que lo hizo estremecer.
—Eres el motivo por el que este lugar no se desmorona. ¿Sabes cuántas veces he visto a esos niños correr hacia ti con una sonrisa porque confían en ti más que en nadie? ¿Sabes cuántas veces he visto a esta ciudad sentirse más viva solo porque tú estás aquí?
Robbie soltó un suspiro y añadió con un tono más suave:
—Y no solo ellos, Sportacus. Yo también. Tú... eres mucho más importante de lo que crees.
Sportacus tragó saliva, sintiendo cómo sus defensas se desmoronaban poco a poco, pero las palabras seguían siendo difíciles de aceptar
—Mira, no te voy a obligar a creerme, pero sí quiero que sepas esto: incluso cuando soy un desastre, tú nunca te rindes conmigo. No puedo dejar que te rindas contigo mismo.
—Robbie... no sé qué decir. —Se pasó una mano por el brazo, tratando de procesar lo que acababa de escuchar.
—No digas nada. —Robbie dio un paso hacia él, su tono más suave de lo habitual. —No necesitas decir nada. Yo solo... —Se interrumpió, como si las palabras fueran demasiado difíciles de pronunciar.
Ambos se quedaron en silencio, tan cerca que podían sentir la respiración del otro. Sportacus sentía que su corazón iba a estallar. Había algo en el aire, algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar, pero que ambos sabían que estaba ahí.
Finalmente, Robbie rompió el silencio. —No tienes que cargar con todo tú solo, Sportacus.
Antes de que Sportacus pudiera responder, Robbie lo tomo suavemente y le dio un abrazo. Esa semana se habían abrazado más que dentro de 3 años. No es que Sportacus se quejara.
—Gracias, Robbie. —Sportacus finalmente encontró su voz.
Robbie le dedicó una sonrisa pequeña, pero genuina. —No me agradezcas. Solo... prométeme que no te guardarás todo para ti la próxima vez.
Sportacus asintió, sus ojos encontrándose con los de Robbie. Ninguno de los dos dijo nada más, pero en ese momento, las palabras eran innecesarias. Había algo en la forma en que se miraban, algo que ambos entendían, aunque todavía no estuvieran listos para admitirlo.
Se separaron y la mirada volvió al suelo, donde se veían algunos planos esparcidos, como si Robbie hubiera estado trabajando en algo. Sportacus los observó por un momento, con curiosidad.
—¿Qué es esto? —preguntó, señalando los papeles arrugados.
Robbie se giró rápidamente, algo incómodo por la pregunta. —Ah, eso... no es nada importante. —contestó de manera evasiva, pero Sportacus no lo creyó.
—¿No? —replicó Sportacus con una ligera ceja levantada, aunque no insistió más en el tema.
Robbie se acercó al único sillón de la habitación, uno de color naranja que parecía un poco fuera de lugar en medio del caos. Con un gesto amable, le indicó a Sportacus que se sentara.
—Siéntate, ¿quieres? —le dijo, y mientras Sportacus se acomodaba, Robbie se movió hacia la pequeña cocina improvisada para preparar algo de té.
Cuando regresó, llevaba una taza humeante que le ofreció. El silencio entre ellos continuó, pero esta vez no era incómodo. Era un silencio de comprensión.
Sportacus miró la taza que le ofrecía Robbie, luego se la tomó en las manos, apreciando el calor.
—¿Por qué haces todo esto por mí? —preguntó, de repente sintiéndose más valiente. — Estoy seguro de que me odiabas... pero ahora... ahora eres tan diferente.
Robbie dejó escapar un suspiro, como si sus pensamientos se hubieran acumulado durante mucho tiempo. Se sentó frente a él, en el suelo, y lo miró directamente a los ojos.
—Nunca te odié, Sportacus. Al principio... sí, me caías mal. Pero solo porque estaba acostumbrado a la paz y tranquilidad de LazyTown antes de que llegaras. Mi vida era más simple de esa forma, pero... luego empecé a ver lo mucho que te preocupabas por todos. Por mí, por los niños. Todo lo que hacías, lo hacías con el corazón, y eso me hizo ver que... que realmente importas.
Sportacus lo miró en silencio, sintiendo el peso de esas palabras. Algo dentro de él parecía cambiar, y aunque no comprendía todo lo que pasaba, sabía que no estaba solo.
Y por primera vez, se permitió descansar.
