Los días en LazyTown parecían haberse detenido en un ciclo de tranquilidad que, aunque bienvenido, tenía algo diferente. Desde que Sportacus y Robbie empezaron a pasar más tiempo juntos por decisión propia, la dinámica entre ellos había cambiado. No fue un cambio repentino ni evidente para todos al principio, pero poco a poco comenzaron a construir una relación más cercana, una que sorprendió incluso a los más pequeños.
Todo comenzó cuando Sportacus, aún en proceso de recuperación, pasó más tiempo fuera de su dirigible y más tiempo del búnker de Robbie. Aunque Robbie seguía quejándose al principio, no tardó en acostumbrarse a las visitas del héroe, e incluso a esperarlas, aunque jamás lo admitiría.
—¿Otra vez tú? —le gruñía Robbie, cada vez que Sportacus llamaba a su puerta.
—No es mi culpa que el té que haces es el mejor —respondía Sportacus con una sonrisa.
—Pues claro que lo es. Solo los genios pueden preparar bebidas como yo.
Esa rutina se volvió parte de su día a día. Robbie pasaba las tardes trabajando en sus inventos mientras Sportacus se sentaba en su sofá naranja, a veces observándolo en silencio, otras veces practicando. No hablaban demasiado al principio, pero la compañía era suficiente para ambos.
Con el tiempo, sin embargo, las conversaciones comenzaron a fluir. Sportacus hablaba de su infancia (las partes buenas), de sus entrenamientos y de los niños, mientras que Robbie compartía, de manera más renuente, pequeñas anécdotas de su vida.
—¿De verdad nunca hiciste deporte antes de que yo llegara? —preguntó Sportacus un día, mientras Robbie lo observaba desde su silla.
Robbie bufó. —¿Yo? ¡Por favor! ¿Por qué alguien querría sudar y cansarse por diversión?
Sportacus rió. —Tal vez te sorprenderías si lo intentaras.
—Lo dudo mucho, Elfo Azul. Pero si quieres que te acompañe, supongo que puedo hacer una excepción... solo por esta vez.
Y así, Robbie comenzó a acompañar a Sportacus en sus paseos y actividades, aunque siempre mantuvo su posición firme de que "él no hacía ejercicio".
—Caminar no cuenta como ejercicio, ¿verdad? —preguntó un día, mientras daban un paseo por los límites del pueblo.
—No, Robbie, claro que no —respondió Sportacus con una sonrisa, aunque sabía que sí lo era.
Con el tiempo, esas caminatas se volvieron habituales. Sportacus seguía siendo paciente con Robbie, nunca presionándolo para que hiciera algo que no quisiera, y Robbie, aunque se quejaba constantemente, parecía disfrutar de su compañía más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Mientras tanto, los niños de LazyTown comenzaron a notar la diferencia en ambos.
—¿No crees que están actuando raro? —preguntó Trixie un día, mientras jugaban a la cuerda.
—¿A qué te refieres? —dijo Stephanie, deteniéndose para mirarla.
Trixie rodó los ojos. —¡Vamos, Steph! Robbie y Sportacus pasan más tiempo juntos que contigo y conmigo. ¡Es súper obvio que se gustan!
Pixel, que estaba cerca arreglando uno de sus gadgets, levantó la mirada con curiosidad. —¿Gustarse? ¿En serio crees eso?
—¡Claro que sí! —exclamó Trixie, cruzando los brazos. —¿No los has visto? Sportacus esta diferente, y Robbie... bueno, sigue siendo raro, pero de una forma más... feliz.
—Tienen razón —dijo Ziggy, que hasta ahora había estado comiendo un caramelo en silencio—. ¡Son súper obvios!
Stingy se llevó una mano al mentón, pensativo. —Bueno, tal vez sí hay algo. Pero si lo hay, ¿por qué no lo dicen?
—Porque son adultos —respondió Trixie, como si fuera obvio—. Y los adultos siempre complican todo.
Los niños siguieron discutiendo el tema, mientras observaban cómo Robbie y Sportacus caminaban juntos por el parque, Robbie quejándose de algo mientras Sportacus simplemente sonreía.
Con el paso de los meses, la relación entre Sportacus y Robbie continuó fortaleciéndose. Ahora, no solo caminaban juntos, sino que también compartían más momentos en el búnker. Robbie incluso comenzó a interesarse un poco en las actividades de Sportacus, aunque siempre a su manera.
—¿Qué haces con eso? —preguntó un día, señalando un aro de gimnasia.
—Lo mantengo en equilibrio —respondió Sportacus, girándolo con facilidad.
Robbie lo miró con escepticismo antes de intentarlo. Por supuesto, no lo logró, pero la risa de Sportacus fue suficiente para que no se sintiera tan mal.
Por su parte, Sportacus empezó a entender más a Robbie. Se dio cuenta de que, aunque a menudo decía cosas hirientes o se mostraba distante, en el fondo era una persona amable y generosa, alguien que simplemente no sabía cómo mostrarlo.
Una tarde, mientras estaban sentados en el búnker, Sportacus decidió abrirse más con Robbie.
—¿Alguna vez sentiste que no encajabas? —preguntó, su voz suave.
Robbie levantó la vista de su taza de café, sorprendido por la pregunta. —Todo el tiempo. ¿Por qué lo preguntas?
Sportacus bajó la mirada. —Porque a veces siento que, aunque hago todo lo que puedo por los demás, todavía... no es suficiente.
Robbie frunció el ceño. —Eso es una tontería. Eres más que suficiente, Sportacus.
En esos momentos sentían que su vínculo se fortalecía.
Y para los niños, esos momentos, al menos los públicos, hacían que sigueran hablado. Seguía siendo el tema de conversación favorito.
—¡Ya es ridículo! —exclamó Trixie un día—. Si no se dan cuenta de que están enamorados, voy a volverme loca.
—Yo creo que es lindo —dijo Ziggy, sonriendo—. Ellos solo necesitan un empujoncito.
Stephanie asintió. —Tal vez deberíamos ayudar.
Y así, mientras Sportacus y Robbie seguían construyendo su amistad a su propio ritmo, los niños de LazyTown empezaron a trazar un plan
A pesar de las discusiones de los niños y sus ganas de intervenir y crear un para asegurarse de que esos dos "amigos" finalmente se dieran cuenta de lo mucho que se querían, decidieron esperar un poco más. Quizá, pensaron, Sportacus y Robbie solo necesitaban tiempo. Ambos parecían avanzar en su relación poco a poco, así que no haría daño esperar unos días.
Mientras tanto, en el búnker, Sportacus y Robbie continuaban compartiendo sus días como de costumbre. Solo que ese día en especial tenía en la mente un tema que había estado pesando en el corazón de Sportacus durante días. Robbie quería saber más de él y de su vida; las cosas buenas y las cosas malas. Robbie está sentado pero Sportacus estaba de pie, necesitaba moverse para calmar su ansiedad.
—Mi familia... —comenzó Sportacus, buscando las palabras—. Tengo un hermano, es un héroe numerado igual que yo... y mi padre. —Hizo una pausa, su voz temblaba ligeramente—. Mi madre... murió cuando nací. Mi padre nunca me perdonó por eso. Siempre me culpó por su muerte. Me lo decía una y otra vez en sus cartas... Él nunca quiso que existiera. Nunca le agrade.
Robbie lo miró en silencio, procesando las palabras de Sportacus. Por un momento, no supo qué decir. Solo podía observar cómo el héroe jugueteaba nerviosamente con sus manos, tratando de mantener la compostura. Finalmente, Robbie suspiró, sus ojos se suavizaron, pero su mandíbula se tensó.
—No puedo imaginar lo que debió ser crecer así... —dijo, con una voz que intentaba ser calmada, aunque contenía una nota de rabia contenida—. No merecías eso.
Sportacus lo sabía pero aún así le costaba admitirlo. No era fácil
—Aprendí a lidiar con ello. —Su voz era tranquila, aunque sus ojos reflejaban un dolor que nunca había compartido completamente con nadie—. Mi madre me dejó una carta antes de morir. Nunca pude leerla hasta hace unos años ya que mi padre la había escondido. No se porque me la dio pero supuse que estaba empezando a cambiar.
Robbie frunció el ceño, cruzándose de brazos mientras trataba de contener las palabras que se agolpaban en su mente. Finalmente, habló, con un tono más serio.
—¿Y tú crees que cambió? —preguntó, con una mezcla de incredulidad y enfado—. Sportacus, te culpó por algo que nunca estuvo en tus manos. Eso no es amor, eso es crueldad.
—Es mi padre, Robbie. —Sportacus intentó mantener la calma, aunque su voz temblaba ligeramente—. Sé que cometió errores, pero...
—¡No son errores! —Robbie lo interrumpió, su voz comenzaba a endurecerse—. Decirle a un niño que es responsable de la muerte de su madre no es un error. Es... imperdonable.
Sportacus apartó la mirada, sintiéndose expuesto. Sabía que había verdad en las palabras de Robbie, pero también era un dolor que no estaba preparado para enfrentar completamente. Robbie se paró junto a él
—Robbie, no es tan simple. Él sigue siendo mi padre, y yo... lo amo, a pesar de todo.
—¿Amarlo? —Robbie dejó escapar una risa amarga—. ¿Cómo puedes amar a alguien que te trató así? ¿Que te dejó lidiar solo con un dolor tan grande? —Hizo una pausa, y su frustración comenzó a escalar—. ¡Sportacus, eso no es familia! Eso es abuso. No tienes que justificarlo.
Sportacus intentó replicar, pero Robbie siguió hablando, su voz cada vez más cargada de emociones.
—Ese hombre te falló. No fue un padre. Un padre de verdad te habría apoyado, te habría querido incondicionalmente. Pero él... él te culpó. ¿Y aún así lo sigues defendiendo?
—¡Porque es mi familia! —replicó Sportacus, su voz subiendo de tono, más que nunca—. No tienes idea de lo que significa eso para mí, Robbie. No importa lo que haya hecho, sigue siendo mi padre.
Robbie dio un paso hacia adelante, alzando la voz con frustración. —¡Eso no justifica lo que te hizo! ¡Te trató como si no valieras nada! ¡Y tú sigues cargando con sus palabras como si fueran verdad! Es un monstruo!
—¡Basta! —gritó Sportacus, levantándose abruptamente. Respiró hondo, intentando contener sus emociones—. Sé que no fue un buen padre, pero no lo llames un monstruo. No lo entiendes, Robbie.
—¿No lo entiendo? —respondió Robbie, con una risa amarga—. ¡Yo entiendo perfectamente que él no merece ni una pizca de tu respeto!
—¡No hables de él así! ¡No tienes el derecho!—Sportacus lo interrumpió, su voz resonó en el búnker, temblando de emoción—. No quiero escucharte hablar de él nunca más.
Robbie apretó los labios, pero en su frustración dejó escapar lo que no debía.
—¡Tal vez tienes razón! ¡Tal vez no debería hablar de él, porque claramente eres demasiado débil para enfrentarlo!
El silencio que siguió fue ensordecedor. Robbie retrocedió, dándose cuenta de que había cruzado un límite. Sportacus lo miró, herido como nunca antes. Tragó saliva, sus ojos traicionaban el dolor que intentaba esconder.
—¿Eso piensas de mí? —preguntó en voz baja, con una intensidad que hizo que Robbie sintiera un nudo en el estómago—. ¿Que soy débil?
—No... Sportacus, yo... —intentó disculparse, pero el héroe levantó una mano, deteniéndolo.
—No importa. No quiero escuchar más.
Sin decir otra palabra, Sportacus salió del búnker, dejando a Robbie solo con el peso de su arrepentimiento.
