La guarida de Robbie estaba cálida, probablemente porque Sportacus estaba ahí con el. Sportacus se encontraba sentado en el sofá, hojeando un libro que Robbie había dejado por ahí, mientras este último trabajaba en uno de sus nuevos inventos en la mesa cercana.

Robbie lo miraba de reojo cada tanto, notando cómo su pareja parecía tan cómodo y relajado en su sillón ¡Se veía adorable usando sus cosas!. Sportacus tenía una habilidad particular para irradiar calidez incluso en el rincón más oscuro. Sin embargo, esa mañana, algo rondaba la mente de Robbie, un pensamiento que no lograba ignorar.

Finalmente, decidió romper el silencio.

—Oye, Sportacus... —dijo con su tono característico, uno que mezclaba curiosidad y una pizca de sarcasmo—. He estado pensando en algo.

El héroe levantó la vista del libro, arqueando una ceja con interés.

—¿En qué?

Robbie se giró para mirarlo directamente, apoyándose en la mesa con los codos.

—Tu nombre.

Sportacus parpadeó, un tanto desconcertado.

—¿Mi nombre?

—Sí, tu nombre verdadero. —Robbie lo señaló con el destornillador que sostenía—. Nunca me lo haz dicho.

Sportacus se rascó la nuca, incómodo. No era que ocultara su nombre, pero tampoco era algo que mencionara con frecuencia.

—Bueno, tú ya lo sabes, ¿no? —respondió, intentando restarle importancia al tema—. Lo leíste en las cartas.

Robbie se encogió de hombros, sin rastro de arrepentimiento.

—Claro que lo sé. Pero eso no es suficiente.

Sportacus lo miró con confusión, ladeando la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

Robbie suspiró teatralmente, como si estuviera hablando con un niño que no entendía algo obvio.

—Quiero oírlo de ti —dijo, cruzándose de brazos—. De tu linda boca.

Las palabras cayeron como una piedra en el pecho de Sportacus, que inmediatamente sintió el calor subiendo por su rostro.

—¿Qué?

—Vamos, héroe. —Robbie se acercó un poco más, disfrutando del leve nerviosismo que había provocado en él—. Quiero que tú me lo digas. Prácticamente nunca me lo dijiste así que haberlo leído no cuenta.

Sportacus bajó la mirada, luchando por encontrar las palabras correctas. Sabía que Robbie disfrutaba provocarlo, pero esto era distinto. Había algo en su tono, en su mirada, que lo hacía sentir expuesto de una manera que no estaba acostumbrado.

—No es tan importante, Robbie... —intentó excusarse, aunque su voz sonaba mucho menos segura de lo que pretendía. No es que no le gustara su nombre pero tenía muy malos recuerdos cuando alguien más lo decía.

—Claro que lo es. —Robbie sonrió con suavidad, apoyando las manos en los brazos del sillón e inclinándose hacia él—. Yo pienso que sí lo es.

El silencio entre ellos se hizo palpable, roto solo por el leve zumbido de los aparatos que rodeaban la guarida. Sportacus sintió su rostro arder bajo la intensa mirada de Robbie. Finalmente, suspiró, sabiendo que no tenía escapatoria.

—Está bien... —murmuró, levantando los ojos para mirarlo directamente—. Mi nombre es Alex.

La sonrisa de Robbie se ensanchó, pero no dijo nada al principio. En cambio, dejó que las palabras de Sportacus flotaran en el aire por un momento, como si estuviera saboreándolas.

—Alex... —repitió, como si estuviera probando el sonido. Luego asintió, satisfecho—. Me gusta. Es un buen nombre.

Sportacus no pudo evitar sonreír levemente, aunque todavía sentía sus mejillas calientes.

—¿Contento?

—Mucho. —Robbie besó esos suaves labios y regresó a su lugar en la mesa, pero no sin antes lanzarle una última mirada llena de complicidad—. Y para que lo sepas, suena aún mejor saliendo de ti, Alex.

El héroe negó con la cabeza, sintiendo como su cara se calentaba más. Robbie siempre lo sorprendía pero esta vez la había volado. No sabía que su nombre pudiera sonar tan bien viniendo de la boca de otra persona. Se sentía tan bien. Nada podía arruinar su día.

Bueno... Olvídenlo. Más tarde, cuando Sportacus regresó a su dirigible, el ambiente había cambiado. La calidez que sentía en la guarida de Robbie se había desvanecido, reemplazada por una inquietante sensación de vacío. Notó el sobre sobre la mesa, y de inmediato, su pecho se apretó.

No necesitaba leer el remitente para saber quién lo había enviado.

"Alex, he decidido que, a falta de respuestas, te visitaré. Prepárate ya que me quedaré un tiempo ahí. Necesito ver su estas haciendo bien las cosas."

Las palabras en la carta eran como cuchillas que se hundían una y otra vez en el pecho de Sportacus. Sus manos temblaban tanto que apenas pudo sostener el papel mientras leía. La voz de su padre, fría, implacable, resonaba en su mente con cada palabra que sus ojos recorrían.

No había recibido noticias de él en meses y ahora, de repente, él quería visitarlo, después de todo lo que había hecho. Después de los años de maltrato físico y emocional, ¿ahora quería aparecer y actuar como si nada hubiera pasado?
Una pequeña parte había esperado, en lo más profundo de su ser, algo diferente. Quizá una disculpa, quizá una señal de que algo había cambiado. Pero no. Esta carta no era una reconciliación; era una amenaza.

El aire se sentía pesado. Su pecho se oprimía, su respiración era corta y superficial. Un calor incómodo subía por su cuello, mientras una mezcla de pánico y desesperación lo paralizaba.

"Prepárate..."

Sportacus dejó caer la carta sobre la mesa y enterró el rostro en sus manos, tratando de calmarse, pero no pudo evitar que los recuerdos lo invadieran. Su padre gritando, señalándolo con desprecio, abusando su confianza y poniéndole las manos encima. Su respiración se aceleró, su pecho se oprimió, y no pudo evitar temblar.

A lo largo del día, Sportacus intentó mostrarse bien como de costumbre.
Los niños, como siempre, corrían y jugaban por LazyTown, pero incluso ellos notaron que algo no estaba bien. Stephanie fue la primera en acercarse, sus ojos llenos de preocupación.

—Sportacus, ¿estás bien? —preguntó con voz suave.

—Estoy... estoy bien, Stephanie. Solo un poco cansado.

Pero no podía engañarlos, no a ellos. Las palabras de Robbie resonaron en su mente: "No les mientas. Los niños son inteligentes, y si te ven ocultando tus emociones, aprenderán a hacer lo mismo, mejor dales el ejemplo"

Sportacus dejó escapar un suspiro tembloroso y se cruzó de brazos, tratando de parecer casual.

—Mi... mi padre va a venir a visitarme

Stephanie lo miró con confusión

—¿Eso es algo malo? —Pregunto Ziggy

—Bueno, no somos muy cercanos... Y la última vez no nos separamos en muy buenos términos que digamos.

Los niños se miraron entre sí, sus rostros reflejando una comprensión que era inusual para su edad. Stephanie dio un paso hacia él y lo abrazó con fuerza.

—Cualquier cosa puedes contar con nosotros Sportacus.

—Gracias chicos, lo tendré en cuenta

Aunque las palabras le dieron un pequeño consuelo, no podían borrar el miedo que sentía.

Más tarde, cuando el sol ya estaba bajando, Sportacus decidió que necesitaba hablar con su novio.

Al llegar, Robbie lo estaba esperando. Era como si supiera que Sportacus acudiría a él. Sin decir una palabra, el héroe lo abrazó con fuerza, como si temiera que Robbie desapareciera si lo soltaba.

—¿Qué pasa, Alex? —preguntó Robbie con suavidad, usando su nombre verdadero con ternura.

Sportacus levantó la cabeza, sus ojos vidriosos

—Es mi padre... viene a LazyTown. Dice que quiere verme.

Robbie frunció el ceño.

—¿Después de todo lo que te hizo? —su tono era bajo, pero no podía ocultar la rabia que crecía en él—. ¿Cómo se atreve?

Sportacus cerró los ojos y apoyó su cabeza en el hombro de Robbie, su cuerpo temblando ligeramente.

—No sé si puedo hacerlo, Robbie. No sé si puedo verlo de nuevo. La última vez que lo vi tuvimos una pelea horrible y termine con la muñeca rota.

Con ambas manos, sostuvo el rostro de Sportacus, obligándolo a mirarlo directamente a los ojos.

—Escucha. No tienes que enfrentarlo solo. No dejaré que te haga daño otra vez, ¿me oyes? Estoy aquí, Alex. Siempre lo estaré.

Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Sportacus mientras asentía lentamente. Robbie lo abrazó nuevamente, acariciando su espalda con ternura tratando de consolarlo.

—Te prometo que no dejaré que te lastime. No esta vez.

Sportacus, se derrito con las caricias de Robbie y por fin pudo calmarse un poco. Sin embargo, en la mente de Robbie, un pensamiento oscuro comenzaba a formarse.