~Homo Deus~

Disclaimer: No soy dueño del mundo del mundo de Harry Potter. Sus personajes e historias pertenecen a J.K. Rowling. No comulgo con los comportamientos, acciones u opiniones de los personajes de este relato. No defiendo ni comparto las tradiciones, pensamientos ni ideologías que se narran en la historia.

Advertencia: En esta historia se tratan temas adultos e historias que pueden herir la sensibilidad del lector. No recomiendo su lectura a aquellos que sean especialmente susceptibles al body horror, gore, tabús, abuso o traumas.

"Humans don't know what death is. And yet humans know about it, and because humans know about death, they learn to lose themselves in their happiness."


~Homo Deus~

Capítulo I: Noroihime

[CENSURADO]. Es lo que son. No hay otra explicación para las cosas que son capaces de hacer. ¿Provienen de un [CENSURADO] diferente? ¿Acaso somos nosotros los que nos quedamos atrás? La diferencia entre nuestras capacidades es tan grande que no puedo ni imaginar cuántas [CENSURADO] deberíamos retroceder para encontrar un punto en común. Ni siquiera sabíamos dónde empezar hasta hace poco. Tengo la sensación de que lo que no sabemos es un mundo en comparación con lo que siquiera imaginamos.

¿Qué es lo que nos hace tan diferentes? Es posible que llevemos poco tiempo tratando de averiguar cómo [CENSURADO], pero sé que muy pronto encontraremos una [CENSURADO]. Solo es cuestión de tiempo.

Al fin y al cabo, conseguimos [CENSURADO]. Esto debería ser fácil en comparación. Estamos muy emocionados por tener la oportunidad de ser parte de este proyecto, y llegaremos hasta donde haga falta para cumplir el objetivo final.

Todo por el bien de la humanidad.

Extracto del informe #13

Proyecto: [CENSURADO].

Investigador a cargo: [CENSURADO]

12 de mayo de 1973

~Homo Deus~


~Homo Deus~

31 de octubre de 1994, Hogwarts

Un latido.

Es todo lo que pudo escuchar en ese momento. Todo había estado yendo bien, o al menos todo lo bien que puede esperarse de una noche de Halloween en Hogwarts. Cierto era que en algunos de los años anteriores habían ocurrido una serie de desastres entre estas paredes, pero con la cantidad de preparación que había llevado a cabo junto al Ministerio para que este evento empezara y terminara sin incidentes, ciertamente no esperaba que todo se torciera el primer día, o, como mínimo, no de forma tan drástica como lo que estaba viendo.

Otro latido.

Mientras el inesperado cuarto papel se elevaba en el aire, Albus Dumbledore tragó saliva, intentando fortalecer su resolución para las dificultades que este desastre traería. El descomunal silencio del Gran Comedor pesaba en sus hombros casi tanto como la responsabilidad que iba a tener que asumir por lo que fuera que estuviera a punto de ocurrir. Al fin y al cabo, había tomado el papel de principal organizador, lo que significaba que las relaciones internacionales de Gran Bretaña bien podrían resquebrajarse bajo el peso de un trozo de pergamino.

Y el papel comenzó a caer… Como una guillotina sobre su cuello.

Un último latido.

Con un rápido movimiento, el director de la escuela de magia agarró el delicado material con dos de sus dedos bajo la atenta mirada de cientos de estudiantes de tres escuelas diferentes. Lentamente, casi temiendo que lo que ahí estuviera escrito pudiera maldecirlo, le dio la vuelta mientras acicalaba nerviosamente su larga y blanca barba, deseando que simplemente hubiera algún tipo de error en la configuración del Cáliz. Un desliz. Algo fácilmente corregible.

Como esperar un milagro.

Un milagro que no llegó, pues en ese papel, de aspecto amarillento y extremadamente quebradizo, escrito con tinta emborronada y letra desordenada, casi ilegible, estaba un nombre que hacía años que intentaba activamente sacar de su cabeza, como un mal recuerdo que le cazaba desde las sombras. Uno de sus mayores fracasos. Un muerto en el armario, podrías decir.

Pensaba que algún día sería capaz de dejarlo atrás.

Un suspiro. Una respiración lenta. Un pesado y expectante silencio en el espacio que era el Gran Comedor, y un huracán de emociones en su pecho ante el inofensivo trozo de papel que amenazaba con destartalar el trabajo de meses y la ya delicada situación política del país.

—Ariel Potter —anunció en voz alta, un tono siniestro deslizándose en su voz mientras apretaba la mandíbula.

Durante un segundo, no se oyó ni a una mosca en el comedor. Era de esperar. Al fin y al cabo, de todos los nombres que el Cáliz podía escupir —ya no solo en sus tres selecciones, sino en una cuarta e inesperada selección—, nadie podía imaginar que haría aparecer un trozo de pergamino con el nombre de una persona fallecida. Por supuesto, este equilibrio se rompió en el momento en el que la mayoría de estudiantes —especialmente los de Gryffindor—, empezaron a levantarse y a protestar ruidosamente ante la mirada incómoda de los magos visitantes en una explosión de indignación.

Y así empieza el caos.

Sin embargo, una voz destacó sobre las demás y, cuando se dio a oír, el resto de las protestas de la mesa de rojo y dorado disminuyeron considerablemente para que el resto del Gran Comedor pudiera escuchar las palabras de uno de los miembros más queridos y apoyados de su casa.

—¿¡Quién ha sido!? —vociferó Charlus Potter, levantándose de su asiento con el rostro retorcido en furia, sus gruesas gafas casi cayéndose por el repentino movimiento. Con un rápido gesto, su varita estaba en su mano y apuntaba específicamente hacia la mesa de Slytherin, qué compartían con Durmstrang—. ¿Creéis que es gracioso? De todas las cosas que podéis hacer, ¿tenéis que meteros con mi hermana pequeña muerta? ¡No tiene ninguna maldita gracia! ¡Estáis muy equivocados si pensáis que esto no va a tener represalias! ¡Os pienso poner a todos de rodillas frente al Wizengamot! —gritó el joven de cuarto año, su varita escupiendo chispas azules furiosamente mientras su cuerpo temblaba de rabia. Los rostros embravecidos de sus compañeros de Gryffindor eran suficiente para saber el inmenso apoyo que dicho movimiento recibiría, y el director no era lo suficientemente necio como para pensar que dicho embate permanecería fuera de los muros del castillo.

Dumbledore echó un vistazo rápido a la mesa en cuestión mientras los estudiantes seguían discutiendo. No podía permitirse echar un ojo a la mente de los adolescentes para averiguar qué era lo que había ocurrido con exactitud, pues sabía que muchos estudiantes pertenecientes a casas nobles —y Slytherin estaba lleno de ellos— recibían entrenamiento en oclumancia desde una corta edad. Además, la experiencia le decía al viejo mago que la cara que actualmente lucían los alumnos uniformados de verde no era exactamente una de culpabilidad, si no de confusión y, en algunos casos, de frustración.

¿Quizás porque deseaban haber pensado en hacerlo…?

—¡Señor Potter! —exclamó Minerva con indignación llenando su voz desde la mesa de profesores, levantándose y caminando rápidamente hacia el joven Gryffindor—. Baje la varita. Averiguaremos qué ha pasado, pero no permitiré que recurra a esto —le advirtió, dirigiendo una mirada severa al niño y apretando los labios con disgusto.

—¡Pero, profesora…!

—¡Sin peros! Baje la varita ahora, señor Potter. No me obligue a hacer un espectáculo frente a nuestros invitados. Es mi última advertencia.

A pesar de las palabras de su directora adjunta, los estudiantes extranjeros no parecían estar disfrutando de esto. Al fin y al cabo, Ariel Potter había sido —y aún era— una conocida celebridad mágica que había sufrido un terrible destino. Toda Europa conocía su nombre y el horripilante fin que la niña había encontrado una noche de Halloween de 1987. La festividad casi parecía maldita.

Charlus se sentó de nuevo, manteniendo su gesto agresivo, pero el alumnado había vuelto a su miríada de protestas, quejas y susurros indignados, desbaratando por completo el orden de la sala. Tratando de aplacar su indignación interior, Dumbledore acalló las voces del Gran Comedor con un ruidoso disparo proveniente de su varita. Pronto, los cientos de miradas se dirigieron hacia él de nuevo, y el silencio volvió a reinar en la gran estancia mientras la expectación crecía.

Mesuradamente, el anciano caminó frente al cáliz tratando de ordenar sus pensamientos mientras se ajustaba sus gafas de media luna, su ceño fruncido contrastando con la usual amabilidad que lucía el rostro del director.

—No sé quién es el responsable de esta… burla —comenzó, intentando mantener su preocupación fuera de su discurso—. Pero ciertamente lo investigaremos, y el culpable recibirá un merecido castigo. Si confiesa ahora, me aseguraré de dejar la expulsión fuera de cuestión, pero no puedo prometer lo contrario si nos vemos obligados a llegar hasta el final —añadió, dejando unos segundos de cortesía para que el susodicho tuviera la oportunidad de corregir su error. Ante el pesado silencio que recibió, Dumbledore suspiró y reanudó su sermón—. Seas quien seas, déjame decirte que has cometido un terrible error. Los mecanismos mágicos del Cáliz de Fuego son increíblemente complejos, e incluyen aritmancia avanzada relacionada con contratos mágicos…

Contratos mágicos.

Dumbledore interrumpió su propio discurso ante el pensamiento. Lentamente, se dio la vuelta para enfrentarse de nuevo al Cáliz. Sus llamas seguían ardiendo, puede que incluso más fuerte que durante la selección. Los susurros inquietos comenzaron a llenar el Gran Comedor a su espalda una vez más. Era sumamente extraño, pues la copa debería haberse apagado en el momento en el que terminara la ceremonia.

Contratos mágicos. No era posible que se hubiera llevado uno a cabo. No con este nombre. ¿Por qué seguía ardiendo el Cáliz? Los esquemas aritmánticos no eran especialmente restrictivos, pero…

Su línea de pensamiento se vio cortada una vez más cuando las llamas comenzaron a crecer de nuevo. El ruido en la estancia empezó a aumentar de volumen, y pequeños gritos preocupados pudieron oírse aquí y allá. ¿Estaba la copa a punto de nominar un quinto Campeón? ¿Quizás había algo intrínsecamente mal en el funcionamiento de la selección? Él mismo había revisado los mecanismos. Era imposible.

Con cada segundo que pasaba, el fuego parecía autoalimentarse más y más, y en el momento en el que rebasó los límites del Cáliz, Dumbledore empezó a preocuparse de verdad. Chispas saltaban en todas direcciones, casi como si diversas reacciones mágicas entraran en conflicto, y los estudiantes ya se estaban levantando para alejarse todo lo posible del antiguo artefacto mágico. El director sacó la varita con precaución, y el resto del profesorado se movió para quedar a su espalda en caso de que fuera necesario proteger a los jóvenes.

La voz burlona de Karkarov puso a prueba su paciencia desde uno de sus flancos.

—Sabía que era mala idea dejar que los ingleses se encargaran de la configuración del Torneo, pero no esperaba que su ministerio se cargara un artefacto milenario, Dumbledore —espetó el mago búlgaro con acidez. Casi podía sentir la sonrisa burlona que de seguro le estaba enviando el hombre. Probablemente estaba disfrutando con este lío.

—Estoy seguro de que te hubiera encantado ponerle las manos encima, ¿verdad, mortífago? Hubieras hecho un trabajo fantástico —respondió Alastor Moody con su habitual tono mordaz. El auror retirado no había apartado la mirada de las crecientes llamas que continuaban bailando sobre el oro del antiguo artefacto mientras sujetaba su bastón con fuerza.

—No es el momento, Alastor… —interrumpió Dumbledore la discusión. Había cosas más importantes sucediendo, no tenía tiempo para las riñas infantiles de los hombres.

No sirvió de mucho, ya que su colega y el director de Durmstrang siguieron lanzándose improperios a su propio ritmo mientras el Cáliz continuaba enloqueciendo, aumentando sus llamas de tamaño y tirando chispas por todas partes, que ya habían comenzado a salir disparadas en direcciones aparentemente aleatorias. Muchos de los estudiantes ya sonaban evidentemente asustados, y algunos de ellos incluso habían cruzado las grandes puertas para buscar refugio en el antesala que daba al vestíbulo principal. Los profesores comenzaron a discutir entre ellos, y pudo escuchar pasos a su espalda y la susurrante voz de Severus en su dirección.

—Director, quizás sería buena idea evacuar a los estudiantes a sus respectivas…

Un latido.

Fue todo lo que tomó para que el milenario Cáliz de Fuego perdiera todo control y dirigiera todas sus llamas hacia el techo del Gran Comedor, haciendo que el encantamiento que mostraba los astros vibrara y fallara de forma siniestra. Todos los presentes se retiraron unos pasos, y Dumbledore no tardó en levantar el escudo de alta amplitud de mayor calibre que tenía en su arsenal para proteger a la mayor cantidad de personas posible. Sus colegas pronto se unieron, alzando sus varitas para alimentar el muro mágico mientras las chispas provenientes del fuego parecían multiplicarse en número por momentos. Era como un espectáculo de fuegos artificiales totalmente fuera de control.

—¡Atrás! —exclamó su profesor de Encantamientos mientras aportaba poder a la única barrera que los separaba del calor infernal.

—¡Fuera! ¡Fuera, todos! —gritó Minerva hacia su espalda, tratando de que los estudiantes salieran del Gran Comedor—. ¡Vamos, vamos!

Otro latido.

Una sombra comenzó a formarse entre las llamas, la cual no tardó en tomar forma humanoide. Pronto, todos fueron testigos de cómo entre los descontrolados fogonazos del Cáliz aparecía una persona envuelta en ropajes negros, aparentemente inmune al calor, levitando sobre la copa. Sus brazos estaban extendidos, casi como si la persona estuviera crucificada en el aire. Los adultos continuaban manteniendo la protección, y la mayoría de los estudiantes ya se resguardaban en la antesala del Gran Comedor, aunque casi todos habían decidido tratar de ser testigos de lo que estaba ocurriendo, asomando cabezas curiosas y cautas desde su posición segura.

Un último latido.

En un segundo, todo había acabado. El Cáliz se apagó tan repentinamente como había sido encendido, y la silueta sobre él levitó durante unos segundos antes de salir disparada a toda velocidad contra la mesa de los profesores, llevándose por delante platos, cubiertos e incluso algunas de las sillas, desapareciendo de la vista tras los tablones con un ruidoso golpe seco. Y el silencio reinó de nuevo.

Hasta que los susurros de los estudiantes volvieron a arruinarlo.

Lentamente, con su varita aún alzada, Dumbledore comenzó a caminar hacia la mesa de los profesores, dejando atrás el Cáliz y el ya caído escudo común. Solo Minerva y Severus siguieron sus pasos, actuando con tanta precaución como él.

¿Qué posibilidades había de que el Cáliz hubiese decidido traer a otra persona con el mismo nombre?

Pronto rodeó la mesa. La figura se había estrellado contra la silla de Minerva, y ahora se encontraba tirada entre cubiertos y platos rotos como un muñeco de trapo. Rápidamente se dio cuenta de que era una persona joven a juzgar por su tamaño, de pelo largo y rojizo, vestida con ropajes largos y ligeros de color negro. No podía verle la cara, ya que estaba de espaldas a él, pero Severus había decidido rodear la mesa por el lado contrario y la miraba como si hubiera visto un muerto levantarse, y el director conocía lo suficiente a su profesor de Pociones como para saber que no muchas cosas eran capaces de sacudir emocionalmente al hombre.

Cuando se agachó y, cuidadosamente, giró a la chica para que quedase boca arriba, Dumbledore estaba mirando indiscutiblemente la cara de la supuestamente fallecida Ariel Potter. Estaba claramente inconsciente, con el rostro muy pálido, pero la casi desvanecida cicatriz en su frente con forma de rayo que había viajado a través del mundo era un fuerte indicativo de su identidad, aparte de su obvio parecido a Lily Potter, por supuesto. Era casi como si hubiera retrocedido en el tiempo y estuviese mirando a la propia mujer, solo que con el flequillo recortado.

—Que todos los estudiantes vuelvan a sus Salas Comunes. Sin excepción. Y que alguien avise a los Campeones de lo que ha ocurrido. La charla introductoria del Torneo queda pospuesta —ordenó Dumbledore a la atónita profesora de Transformaciones, cuya mano que sujetaba la varita casi temblaba del shock que estaba sufriendo—. Ahora, Minerva.

—Santo Merlín… —susurró la mujer en cuestión, sacudiendo ligeramente la cabeza y dirigiéndose hacia la miríada de estudiantes, tratando de ocultar su estupefacción. Pronto se encontró dando instrucciones a los prefectos para que dirigieran a los niños a sus respectivos dormitorios. Flitwick parecía haber decidido seguir su ejemplo.

—Severus, llama a Poppy. Tenemos que trasladarla de forma segura a la enfermería. Necesito que hables con los alumnos de tu casa. Dudo de las palabras del señor Potter, pero…

—Veré qué puedo hacer —interrumpió el profesor de Pociones, que ahora evitaba activamente mirar a la chica, levantándose con rapidez y caminando a través de los estudiantes curiosos que intentaban evitar ser enviados a sus dormitorios con la esperanza de saber qué estaba ocurriendo.

Antes de salir del Gran Comedor, Snape susurró algo a Madame Pomfrey, que se dirigió rápidamente hacia la posición del director, seguida por Alastor Moody. Mientras tanto, el resto de adultos continuaban cuchicheando entre ellos, probablemente especulando acerca del incidente mágico del que habían sido testigos. A juzgar por las subidas de tono que podía captar de vez en cuando, la conversación se estaba caldeando.

Mientras Poppy sacaba su varita y comenzaba a murmurar sus hechizos de diagnóstico, Dumbledore aprovechó esos momentos para someter a la chica a un profundo escrutinio, ambos adultos situándose a cada lado de su cuerpo. Alastor, por su parte, optó por permanecer a su espalda, siempre vigilante. La niña ciertamente parecía joven, pero, a simple vista, el director dudaba de que tuviera catorce años, la edad que debería tener Ariel Potter. Sin embargo, sus facciones físicas claramente recordaban a una pequeña Lily, y la cicatriz que había acompañado al título de Niña-Que-Sobrevivió estaba casi desvanecida, pero Dumbledore recordaba vívidamente su posición y tamaño tras haberla visto en el momento en el que Ariel la recibió esa fatídica noche de Halloween de 1981.

Era bastante pequeña, tanto como para suponer que podría ser varios años más joven de lo que debiera. Con complexión delgada y piel pálida, era casi como si no estuviera siquiera acostumbrada a recibir luz solar sobre su piel. Parecía haberse golpeado la cabeza cuando se estrelló contra los muebles, porque había algo de sangre saliendo de la parte posterior de su pelo, lo cual era preocupante. Sus ropajes casi parecían túnicas de batalla mágica, de un color negro como la noche, y… ¿eran esas mallas de metal bajo la tela? La chica —no se atrevía a llamarla Ariel, al menos no aún— parecía estar armada hasta los dientes, pues podía divisar varios cuchillos y dagas enfundados en un grueso cinturón negro oculto bajo las túnicas.

Sin embargo, fue su última observación lo que hizo que los engranajes mentales de Dumbledore realmente comenzaran a girar. El anciano se reajustó las gafas para observar el grueso libro forrado en cuero negro tirado junto a la chica. Lucía considerablemente robusto, y parecía estar enganchado en uno de los extremos del lomo a través de una cadena negra que desaparecía en el interior de la manga derecha de la joven. Dicha cadena se veía desigual, retorciéndose en algunos puntos, y estaba siniestramente adornada con lo que parecían afiladas púas de un considerable grosor que se dirigían en direcciones aparentemente aleatorias. Además, la portada del mismo estaba decorada con un único triángulo blanco rodeado por un par de alas. No quería hacer demasiadas especulaciones, pero su lado académico rápidamente lo superó. Estaba casi seguro de lo que era ese libro, y las implicaciones le hacían tener mil preguntas al respecto.

Un grimorio.

—Director —llamó Poppy con voz temblorosa. Albus interrumpió sus cavilaciones mentales para mirar a la medibruja—. Mis hechizos no me dicen… nada. No lo entiendo. La única forma en la que esto podría pasar…

¿Acaso estaba insinuando…?

—¿Una chica muggle? —preguntó Dumbledore en voz baja, atónito.

El anciano miró en dirección al Cáliz. La mayoría de estudiantes ya habían abandonado el Gran Comedor, y los profesores se habían acercado lo suficiente a la mesa como para observar todo el intercambio, y, por desgracia, Dumbledore estaba bastante seguro de que habían estado escuchando la conversación. Era imposible. Los mecanismos mágicos y ecuaciones aritmánticas de la copa se encargaban de establecer un contrato mágico entre el propio dispositivo y los Campeones seleccionados para participar en el Torneo. No había posibilidad de que hubiera hecho algo así con un muggle, pues estos no tenían magia con la que alimentar la conexión. Simplemente no podía ser. Además, ¿qué hacía una chica muggle con un libro mágico…?

Sin embargo… El Cáliz era un artefacto milenario. Se remontaba a la época de los primeros faraones. La posibilidad de que hubiese recurrido a magia del alma si no podía establecer un contrato ordinario no era del todo improbable, y el resultado final no sería muy diferente al objetivo original, lo cual solo apoyaba la teoría, pues ese tipo de magia sí sería capaz de establecer un contrato de tal naturaleza con una persona sin magia.

—No puedo sanarla —se lamentó Poppy, su rostro lleno de angustia mientras seguía lanzando hechizo tras hechizo—. Al menos no con magia. Tenemos que trasladarla a la enfermería.

Dumbledore asintió, levantándose de su posición para darle espacio a Pomfrey mientras los engranajes de su cabeza seguían girando a toda velocidad. Todo era muy extraño, y el frenesí del momento no le permitía llegar a ninguna conclusión, lo cual era extremadamente frustrante. No estaba acostumbrado a no tener las respuestas.

—Entiendo. Te la encargo, Poppy. Gracias por tu trabajo. Por favor, asegúrate de que ese libro… —indicó, señalando el objeto conectado a la siniestra cadena con un gesto de su mano— … no sea inspeccionado o manipulado sin supervisión, por favor. Gracias de nuevo.

—De acuerdo. Haré lo que pueda por ella, director —aseguró la medibruja, lanzando una mirada cautelosa al tomo antes de devolver su atención a la chica—. FasciaMobilicorpus… —susurró con suavidad, agitando elegantemente su varita. Un vendaje se enrolló con cuidado alrededor de la cabeza de la joven, tapando parte de sus rasgos, incluyendo su cicatriz, y conteniendo el sangrado occipital. Su cuerpo comenzó a levitar en el aire en la misma posición en la que había caído, el gran libro negro colgando de la cadena que desaparecía en su manga como un siniestro péndulo—. Pomona, es posible que necesite ayuda…

Poppy, escoltada por la jefa de la Casa Hufflepuff, comenzó a moverse a través del Gran Comedor manteniendo su atención en el cuerpo levitando frente a ella mientras Alastor se acercaba al director.

—Albus…

No se necesitaron palabras.

—Lo sé. Te dejo a ti la parte de la investigación del Cáliz. Independientemente de si esa chica es o no Ariel Potter, está claro que ha sido traída por la copa en contra de su voluntad. Debemos averiguar quién ha alterado los mecanismos lo suficiente como para traerla a Hogwarts —contestó Dumbledore distraídamente mientras observaba la forma de su enfermera local salir del Gran Comedor.

Hacía décadas que no se registraba la entrada de un muggle a Hogwarts. El mismo Dumbledore había sido conocido del último, aunque todavía estaba por ver si la teoría de Pomfrey era correcta. Si las nuevas cascadas de acción no funcionaban por la ausencia de un contratista, ¿era posible que se desencadenara un desvío para la activación de un mecanismo anterior? Pero… ¿Cuánto tendría que retroceder el Cáliz para utilizar magia del alma…? Si era cierto que la niña era una muggle, se atrevía a suponer que esa sería la única forma en la que la reacción podría funcionar. Los antiguos faraones eran expertos en el tema, quizás si rebuscase entre los remanentes de los registros de Alejandría…

Por desgracia, su línea de pensamiento académico fue interrumpida una vez más por la burocracia.

—No crea que no comparto parte de la opinión de Karkarov, director Dumbly-door —balbuceó la directora de Beauxbatons, su fuerte acento francés haciéndola tropezar con el idioma—. Es posible que no tenga una perspectiva tan… grosera, pero es cierto que algo extraño ha ocurrido, y su ministerio era el responsable de la configuración del Cáliz de Fuego —espetó la semigigante, levantando la nariz con disgusto mientras se ajustaba su estrafalaria bufanda.

—¡La preparación fue adecuada! El Cáliz ha seleccionado un cuarto Campeón, ¡y no es nada menos que la Niña-Que-Sobrevivió! ¡Este torneo será el más impresionante de la historia de la competición de los Tres Magos! ¡Simplemente maravilloso! —exclamó Bagman, mostrando una sonrisa emocionada mientras se posicionaba junto a Crouch, que lucía una expresión incómoda.

Dumbledore se masajeó las sienes ante el creciente dolor de cabeza. Habían sido testigos de un fenómeno sin precedentes, pero claramente les preocupaba más las implicaciones políticas. Era insoportable.

—Ariel Potter está muerta. Su nombre está tachado en el Libro de Nombres, y su bóveda de confianza en Gringotts se cerró hace años. No sé qué pretende esta impostora, pero sois unos necios si os tragáis todo lo que veis sin pensar en ello —espetó Moody mientras golpeaba el suelo con su bastón. Su ojo mágico seguía moviéndose de un lado para otro, aún buscando amenazas.

—No es como si el libro no fuera del todo inmune a la manipulación… —murmuró la profesora Vector, maestra de aritmancia, cambiando su peso de un pie a otro en un gesto incómodo—. Podría haber explicaciones…

—Es una muggle —respondió Crouch, con la mirada fija en el suelo mientras se mordía el labio inferior, un gesto casi tímido bastante impropio del hombre.

—¿Y en qué se basa para decir eso? —cuestionó Vector, alzando una ceja de forma desafiante mientras cruzaba los brazos.

—Seamos serios, profesora. Está insinuando algún tipo de conspiración que implica colarse en uno de los sitios más protegidos del mundo —devolvió el hombre con acidez, ganándose una mirada de desprecio por parte de la joven maestra de Aritmancia.

—Es idéntica a Lily… —añadió Minerva, que no parecía haberse recuperado del shock, y lucía una expresión perdida muy poco habitual en la normalmente estricta mujer.

Bagman no parecía querer perder la oportunidad de volver a expresarse, notó Dumbledore con gesto cansado mientras observaba el debate que comenzaba a crecer entre los adultos de la sala.

—¡Es la Niña-Qué-Sobrevivió! ¡Y es la cuarta campeona del Torneo de los Tres Magos! ¡Insinuar que es una simple muggle es una sandez, por Merlín! —medio chilló Ludo, ajustándose el bombín mientras miraba a cada uno de los profesores, buscando apoyo con la mirada.

—Me baso en las pruebas, Bagman —espetó Moody—. Podría enumerar treinta y siete formas de hacerse pasar por otra persona de forma factible. Las posibilidades de que sea una impostora son inmensamente superiores a lo que tu pequeño cerebro es capaz de procesar.

Sin embargo, otra parte de los presentes parecía querer desviar el tema por otro camino, casi llevando a cabo una conversación paralela mientras Ludo chillaba con indignación ante las palabras del ex-auror.

—¿Esto significa que Hogwarts tendrá dos Campeones? —cuestionó Karkarov con un gruñido, mostrando claramente cuáles eran sus prioridades.

—¡Por supuesto que no! La chica ni siquiera es estudiante de esta escuela.

—Pero es británica.

El director suspiró sonoramente mientras dos claros bandos se formaban entre los adultos en la habitación; aquellos que creían en la supuesta identidad de la repentina visitante, y aquellos que o no creían en ella o no les interesaba hacerlo. Y eso que aún no habían hablado con la chica. Esto iba a ser un verdadero desastre. Decidió intervenir antes de que el ambiente se caldeara lo suficiente como para que las varitas empezaran a desenfundarse y se desencadenara un incidente internacional. Suficientes problemas tenía ya.

—Mucho me temo que en este momento nuestra principal prioridad es que la joven se encuentre bien, sea o no la supuestamente fallecida Ariel Potter. Voy a dirigirme a la enfermería para recibir un informe adecuado de Poppy, y comunicaré lo que averigüe a todas las partes para mantener justa la competencia. En cualquier caso, la chica no es una Campeona de Hogwarts, y no será tratada como tal. Pido que les comuniquen a sus respectivos Campeones acerca de la ceremonia de pasaje de varitas el 14 de noviembre, y la fecha de la primera prueba, el 24 del mismo mes. Filius, me temo que debo dejarte la tarea de informar al señor Diggory —instruyó Dumbledore, frotándose los ojos con cansancio.

—Por supuesto, Albus —respondió el profesor de Encantamientos, asintiendo con entendimiento, aunque su expresión mostraba que sus pensamientos estaban en otro lugar.

El resto de adultos asintió, algunos más conformes que otros. Dumbledore agradeció su comprensión y comenzó a dirigirse hacia la enfermería, seguido de cerca por Minerva, dejando atrás al grupo de personas que comenzó a discutir de nuevo tan pronto como se alejaron.

Las implicaciones de todo esto… Ni siquiera podía comenzar a imaginarlas. Sentía cierta pena por la chica, pues fuera o no LA Ariel Potter, iba a sufrir las consecuencias de todo esto. ¿Una muggle? ¿En Hogwarts? ¿Era siquiera una muggle? Ese libro era claramente un grimorio, y aunque no lo fuese, como mínimo era de naturaleza mágica.

En ese momento, una voz no del todo inesperada lo festivo en su camino hacia la enfermería.

—¡Profesor!

Junto a una de las paredes del pasillo del primer piso, una cabeza asomaba por debajo de una capa de invisibilidad muy conocida para el director. Charlus Potter claramente se había quedado atrás para obtener información. Ni siquiera necesitó preguntar, su expresión revelaba lo suficiente. Después de todo, el alumnado al completo había sido testigo de lo que había ocurrido en el Gran Comedor, y no hacía falta ser un experto en magia arcana para especular que el Cáliz había invocado al Campeón nombrado que no estaba presente.

—¡Señor Potter! —siseó la profesora McGonagall, su habitual expresión severa volviendo a su rostro—. Di el claro aviso de que todos los estudiantes debían volver a sus dormitorios. No te transformé en un mapa en tu primer año, pero estoy muy tentada a hacerlo en este momento, porque no estás ni cerca de donde deberías estar.

Pero el joven Gryffindor no respondió al sermón. Seguía mirando directamente al anciano director con una expresión suplicante, una tormenta de emociones brillando en sus ojos.

—Ella… ¿Es ella…?

—No lo sabemos, Charlus —respondió Dumbledore serenamente, tratando de manejar la angustia del chico, mirándolo por encima de sus gafas.

—¿Puedo…?

—Me temo que no —lo cortó el director antes de que el joven Potter le solicitara ver a la chica—. No hemos podido confirmar su identidad aún. Sin embargo, déjame decirte que ciertamente serás informado cuando tengamos certeza al respecto.

Charlus bajó la cabeza en un gesto abatido, mordiéndose el labio inferior mientras destapaba el resto de su cuerpo, plegando y guardando la capa de invisibilidad en uno de sus bolsillos. Parecía completamente perdido.

—Yo… T-Tengo que hablar con mamá y papá… Violet también… Estaba llorando en la sala común… —murmuró el chico, jugando con sus manos sin levantar la mirada—. Yo… No sé qué hacer…

Minerva pareció suavizarse ante el inusual gesto tímido de Charlus, pero Dumbledore se vio obligado a sopesar los pros y los contras de informar a la familia Potter de lo que acababa de ocurrir en el Gran Comedor. Podría ser muy contraproducente, pero dudaba seriamente de que James y Lily no se enteraran de los hechos de aquí a unas horas de todas formas, especialmente teniendo en cuenta que James trabajaba para el Ministerio. Además, medio Hogwarts debía estar escribiendo cartas a sus padres en estos mismos momentos. El único consuelo que le quedaba era que los periodistas no habían sido admitidos para el evento de selección.

Dumbledore suspiró por enésima vez esaa noche. Era obvio que iba a haber fugas de información por todas partes de aquí en adelante. Era imposible de controlar.

—Por supuesto, Charlus. La profesora McGonagall os acompañará a ti y a Violet para que podáis ir a la Mansión Potter a hablar con James y Lily —cedió el director.

Charlus levantó la mirada repentinamente. Lucía una sonrisa feliz, no la habitual expresión traviesa que solía mostrar el niño en público, y Albus se alegró de, al menos, haber podido animarlo. Minerva asintió y se acercó al joven Gryffindor, poniendo una mano en su espalda para instarlo a caminar.

—Vamos, señor Potter. Pasaremos por la sala común para recoger a la señorita Potter y usaremos la chimenea de mi despacho.

—Gracias, profesora… —murmuró Charlus con la cabeza baja.

—Y diez puntos menos para Gryffindor por desobedecer una orden directa de un profesor.

—Sí, profesora.

Dumbledore se permitió una pequeña sonrisa, sacando un caramelo de limón de su bolsillo y metiéndolo en su boca tras desenvolverlo antes de reanudar su camino hacia la enfermería.

~Homo Deus~


~Homo Deus~

Cuando el director entró en la enfermería, Madame Pomfrey estaba ocupada bombeando aire a través de un tubo de goma que conectaba a un aparato envuelto alrededor del brazo de la supuesta Ariel Potter. Sus túnicas negras habían sido retiradas, dejándola con su impresionante y ceñida armadura de mallas y revelando múltiples vendajes que cubrían la mayoría de su cuerpo. Sus diversas armas también habían sido apartadas y estaban siendo examinadas con cuidado por Pomona, que levitaba una con su varita para observarla frente a su rostro sin necesidad de contacto físico.

Sin querer interrumpir la actividad médica de Poppy, Dumbledore se acercó en silencio a la cama donde ahora reposaba la chica, descansando sus viejos huesos sobre una silla rápidamente conjurada con un leve movimiento de varita. El grimorio se encontraba en el suelo, aún conectado a través de la retorcida cadena negra. Por suerte, Poppy y Pomona habían seguido sus instrucciones, y habían decidido no manipularlo. Sería muy incauto intentar examinar un grimorio sin realizar múltiples análisis antes, porque es lo que debía ser, ¿no?

Un punto focal de emisión mágica desactualizado.

Dumbledore concentró su mirada en la chica. El cuerpo de la pelirroja parecía completamente envuelto en vendas. Empezaban en su cuello y desaparecían bajo la cota, pero volvían a ser visibles a la altura de los hombros y bajaban hasta sus manos para anudarse en sus muñecas, casi sin dejar nada de piel a la vista. La venda que ahora envolvía su cabeza casi parecía un añadido a la colección. Éstas incluso envolvían sus tobillos —donde, por cierto, también había fundas para cuchillos— y subían, escondiéndose bajo los pantalones largos que llevaba.

Había un pequeño detalle del que solo era consciente ahora que habían retirado sus túnicas. La cadena que sujetaba el grimorio también se ocultaba debajo de las longitudes de tela que ocultaban su miembro derecho. Esto incluía las agujas, que sobresalían en algunos puntos entre los límites del vendaje, revelando que ésta subía hasta el hombro dando varias vueltas alrededor del brazo.

Pero eso significaba…

Que las púas estaban clavadas en su carne.

Dumbledore se estremeció ante el pensamiento. Había leído historias acerca de las cadenas conductoras de los grimorios y de sus aspectos peculiares, ¿pero esto…?

Pronto, la medibruja había terminado la prueba, fuera lo que fuera, y miró al director con duda en sus ojos.

—Me avergüenza decir que mi conocimiento de medicina muggle no es ni de cerca tan extenso como el de medicina mágica, pero creo que debería estar bien. Sin duda, está inconsciente por el golpe en la cabeza, y los pocos hechizos que puedo utilizar que no se basan en su propia magia parecen dar valores adecuados. El sangrado se ha detenido, y no he localizado ningún otro daño visible —explicó la mujer, retirando y guardando el aparato.

Sin magia en el huésped, aunque sea una gota, no habría reacción por parte de los tejidos ante la magia medicinal. Dumbledore asintió, entendiendo la situación.

—Perdona mi ignorancia Poppy, pero, ¿hay algún motivo por el que no hayas retirado los vendajes? —preguntó solemnemente el director mientras observaba el pacífico rostro de la chica. Bien sabía el hombre que su empleada inspeccionaría cada centímetro de piel de la adolescente para asegurarse de que estaba en buenas condiciones en circunstancias normales, aunque la medibruja pareció dudar por un momento.

—Yo… N-No puedo, director… —admitió la mujer, casi con vergüenza—. Están… Pegados. Ahora iba a intentar retirar la armadura que lleva, aunque me temo que no servirá de mucho. Las vendas parecen envolver todo su cuerpo de cuello para abajo.

—Ni métodos muggles ni mágicos. Son imposibles de quitar. ¡Todo un misterio! —añadió Sprout, que había dejado de examinar las dagas para situarse tras el director—. Ahora que no se requiere mi asistencia, iré a visitar a mis Puffs para tratar de calmar la situación.

—Gracias por la ayuda, Pomona —agradeció Pomfrey, dirigiéndole una sonrisa a la profesora de Herbología, que fue devuelta con un asentimiento.

Pronto, la jefa de la casa Hufflepuff había abandonado la enfermería, y Dumbledore se encontraba examinando de cerca los vendajes que cubrían el cuerpo de la inesperada invitada con interés mientras jugueteaba con su varita. Así que no podían ser retirados, ¿uh? Las posibilidades de que la chica fuera una muggle disminuían por momentos, aunque no es como si esa teoría hubiese tenido algo de credibilidad en algún momento, la verdad.

—No dudo de vuestro criterio, Poppy, pero, ¿te importa si echo un vistazo?

—Adelante, director. Sería de gran ayuda si pudiera quitarlos… —respondió la mujer mientras apoyaba un pergamino en la mesita auxiliar de la camilla y tomaba notas.

Dumbledore asintió. Se reajustó ligeramente sus gafas de media luna, y movió su varita elegantemente sobre los vendajes del brazo, probando algunos de los hechizos de detección poco comunes que se le vinieron a la mente. Pronto se dio cuenta de que ninguno de ellos arrojó ningún resultado, por lo que probó un pequeño hechizo de corte suave sobre el material, solo para que desapareciera instantáneamente al entrar en contacto con el mismo. Cualquier cosa más potente podría dañar a la niña, por lo que el director se limitó a probar hechizos de detección y análisis cada vez más exóticos.

Tras un par de minutos… Absolutamente nada. Completamente inertes. Algo emocionante se movió en el interior del viejo director.

—Estos vendajes son obviamente mágicos —dijo Dumbledore, sus ojos brillando con interés—. Y, sin embargo, no tengo ninguna evidencia que lo respalde además de que no pueden ser retirados. Muy interesante…

—Muy frustrante —le corrigió Poppy—. Por desgracia, lo mejor que podemos hacer ahora mismo es esperar. Dudo bastante que incluso en San Mungo puedan hacer mucho por ella, pero repito que, en principio, todo debería estar bien. Si algo va mal, director, creo que sería prudente la decisión de consultar con un médico muggle o directamente trasladarla a otro lugar.

El director ladeó la cabeza con un gesto pensativo, pero no dio una respuesta a la sugerencia de su empleada. El último comentario de la medibruja no era… producente. Después de años de creerla muerta, el que probablemente era el icono más famoso del mundo mágico británico había regresado de entre los muertos. Permitir que escapara de su alcance sería extremadamente imprudente.

—Luce… Pequeña, para tener catorce años —comentó el hombre, desviando el tema de conversación.

—No sabemos qué edad tiene —le regañó Pomfrey, mirándole con frustración—. Podremos preocuparnos por eso cuando confirmemos su identidad —añadió, ganándose un asentimiento del anciano. Tras varios segundos de silencio, la enfermera frunció el ceño—. Pero… Si tuviera que apostar, mis galeones estarían en, como mínimo, dos o tres años menos, y probablemente me estaría quedando corta.

La conversación murió en ese punto. Durante varios minutos, Dumbledore continuó probando hechizo tras hechizo sobre el material que recubría el cuerpo de la pelirroja mientras Poppy se movía de un lado para otro, y cuantos más negativos obtenía, más se elevaba el espíritu competitivo del viejo director. Pronto, casi se había convertido en un juego en el que tenía que averiguar cuál sería el que le daría la respuesta al enigma que había caído en sus manos.

Sin embargo, este breve entretenimiento pronto llegó a su fin cuando la puerta de la enfermería se abrió para revelar al profesor de Pociones, que caminó hasta la camilla con su usual paso ligero, su capa negra ondeando tras él.

—Nada de momento —murmuró Severus, cruzando los brazos—. No puedo confirmar ni desmentir nada. Si es obra de alguien de mi casa, ha ocultado muy bien sus pasos o no tiene contacto con ninguno de los míos…

—No del todo inesperado —respondió Dumbledore, guardando la varita y dándose por vencido en este desafío. De momento—. Poppy, mucho me temo que Lord y Lady Potter estarán al tanto de lo ocurrido pronto. ¿Tendrías la amabilidad de mover a nuestra invitada al ala de aislamiento?

—Por supuesto, director.

Por su parte, Severus se movió hacia la mesa donde ahora reposaban siete dagas de aspecto extremadamente afilado. Todas tenían engastados rúnicos a lo largo del mango y de la hoja, dándoles un aspecto casi ritual, y esto pareció captar rápidamente la atención del profesor de Pociones.

—¿La chica llevaba… todo esto? —preguntó el hombre, sus ojos negros moviéndose cuidadosamente sobre cada detalle y runa grabada en la estructura de las dagas. Al director le encantaría estudiarlas, pero con todo el caos que generaría lo ocurrido no sería prudente. Además, no se le ocurriría tocar armas engastadas con las manos desnudas sin tomar ciertas precauciones.

—Aparentemente. No es un pequeño arsenal, en mi humilde opinión —respondió Dumbledore, observando cómo Pomfrey movía la varita, haciendo que la camilla que sostenía a la supuesta Ariel Potter se moviera hacia una de las puertas laterales de la enfermería, el grueso tomo negro siendo arrastrado tras la camilla, dejando tras de sí un siniestro tintineo.

—Cinco dagas de acero, una de plata, y... ¿es eso oricalco? —murmuró el hombre, sonando extremadamente interesado y mirando el material de color turquesa mientras alzaba una ceja—. Y por si no fuera poco, un libro que se asemeja sospechosamente a un grimorio. Es… preocupante —añadió, cruzándose de brazos.

—Especialmente porque la posición actual de Poppy es que nuestra invitada es una muggle —respondió el director, sacando otro caramelo de limón de su bolsillo mientras su cerebro empezaba a trabajar. ¿De dónde demonios había sacado la chica oricalco?

Severus dejó salir un jadeo burlesco ante su declaración.

—Las probabilidades de que sea muggle son casi tan altas como las que tiene Potter de sacar un Sobresaliente en mi asignatura, director —espetó el hombre, su voz goteando sarcasmo.

Dumbledore reprimió el impulso de reprender el comportamiento parcial de su profesor de Pociones por enésima vez, suspirando mientras se masajeaba la sien.

—Aunque me gustaría poder defender el desempeño del señor Potter en tu clase, Severus, ciertamente las probabilidades nos dicen que muy posiblemente haya algo que no estamos viendo. Es muy improbable que el Cáliz, aunque algo se haya torcido en el proceso, haya traído a una chica muggle como Campeona, y por mucho que la evidencia nos los diga, no me encuentro dispuesto a creer que una persona que no supiese nada de magia portaría tales artefactos —dijo el director, levantándose de su asiento para acercarse a la ventana de la enfermería.

—Algo está pasando, Albus —indicó sombríamente Snape, arrastrando la voz.

—Eso me temo… Solo espero que podamos hacer lo mejor cuando llegue el momento de tomar decisiones…

El sombrío profesor de Pociones se cruzó de brazos mientras seguía observando el arsenal de dagas que le habían sido sustraídas a la chica. Durante unos minutos, un cómodo silencio reinó en la enfermería mientras Dumbledore observaba el paisaje a través de la ventana con gesto pensativo. Pomfrey debía estar configurando la habitación de la niña, pues aún no había vuelto a la estancia principal. Pronto, empezó a escucharse barullo al otro lado de la puerta, y Dumbledore preparó su corazón para la conversación que seguiría.

Las puertas de la enfermería se abrieron de golpe, y una mujer pelirroja muy conocida por ambos hombres avanzó a toda velocidad a través de la habitación con su varita aún en la mano. Lily Potter tenía la cara completamente roja, y parecía al límite de un ataque de histeria mientras gruesas lágrimas caían por sus mejillas desde sus ojos hinchados.

—Quiero verla —fue lo único que dijo.

Severus inmediatamente apartó la mirada. A pesar de que la relación entre ambos no era mala hoy en día, el sombrío profesor parecía muy incómodo con toda la situación. Comprensible, teniendo en cuenta su historia pasada.

—No sabemos si es ella —contestó Dumbledore solemnemente.

—¡No me importa! ¡Quiero verla AHORA! —gritó la mujer, su varita echando chispas en todas direcciones mientras su voz se quebraba.

—Lily…

—¡No, Severus! ¡Llevo seis años buscándola! ¡SEIS! ¡Ninguno me creísteis cuando os dije que no estaba muerta! —lloró la mujer. Sus manos comenzaron a temblar, y su voz parecía acumular rabia con cada segundo que pasaba.

Sus palabras eran ciertas. Desde el momento en el que le comunicaron a Lily el terrible destino que había caído sobre Ariel, la mujer había movido cielo y tierra para encontrarla. Durante meses había insistido una y otra vez que no debían rendirse, que aún podría estar viva, y fueron ellos los que acabaron convenciéndola de lo contrario. A pesar de todo, el director sabía que ella nunca había dejado ir a Ariel del todo. Dumbledore se acercó a ella con las manos levantadas en un gesto conciliador.

—Lily, entiendo cómo te sientes, pero…

—¿Que me entiendes? ¿TÚ? —gritó Lily. A pesar de la furia de la mujer, el temblor de sus piernas indicaba que estaba empezando a derrumbarse—. Mi niña… Tiene que ser ella…

Unos pasos apresurados se acercaron a través del pasillo.

—¡Lily! Lily, por favor, tienes que tranquilizarte…

James Potter, aún vestido con sus túnicas de auror, entró en la habitación e inmediatamente abrazó a la mujer, que pareció fundirse en sus brazos mientras rompía a llorar, años de sentimientos reprimidos explotando en ese momento.

—¡James! ¿Dónde está? Necesito verla, James, necesito verla… Por favor, déjame verla… Tiene que ser ella…

La mujer seguía llorando desconsoladamente en sus brazos. Sus nervios eran tales que había dejado caer la varita al suelo, y el hombre que abrazaba parecía totalmente perdido. Snape, por su parte, se había apartado del escenario en el momento en el que su antiguo némesis había entrado en la habitación, decidiendo no interferir. James miró al director con desesperación en sus ojos mientras abrazaba a su mujer.

—Albus…

—Solo puedo repetir lo mismo que le he dicho a tu esposa, James. No hemos podido hablar con ella, por lo que aún no tenemos la confirmación de su identidad —respondió el director con gesto cansado mientras negaba con la cabeza.

—¿Cómo es? —preguntó el hombre mientras se mordía el labio inferior con angustia. Su voz también parecía al borde del quiebre.

—Eso no es…

—Dime la verdad, Albus. No te vas a escapar con palabras suaves. No de esto. Dime cómo es —interrumpió James con voz mordaz.

Dumbledore suspiró sonoramente. No era tan sencillo. Estaba claro que había infinidad de indicios para pensar que la chica era, de hecho, la Ariel Potter que habían creído muerta durante los últimos siete años. Ya no era solo la cicatriz, sino que la niña era prácticamente una fotocopia de Lily. Sin embargo, había cosas que no cuadraban, y no sabía cómo comunicárselas al hombre sin crear un conflicto.

De repente, una nueva persona anunció su presencia en la habitación.

—Papá.

Charlus Potter estaba en las puertas de la enfermería con gruesas lágrimas cayendo de sus ojos.

—Charlie, no es el momento…

—Papá, mira —interrumpió el niño, acercándose a su padre y levantando un pergamino entre sus manos donde un mapa era claramente visible. El joven Gryffindor señalaba a un punto en concreto marcado con una etiqueta.

Ariel L. Potter

~Homo Deus~


~Homo Deus~

Oscuridad.

¿Dónde estaba? Lo último que recordaba es haber estado preparando la cascada aritmántica de Helios Primum… Intentaba empezar una de las primeras ramificaciones de la secuenciación, ¿no…?

No, no era eso.

¿Había estado en el callejón Knockturn? Realmente necesitaba ese baúl… Si no conseguía pronto un lugar para guardar sus materiales, se iban a echar a perder… Los hechizos de estasis no duraban para siempre, y no podía permitirse perder otro lote…

¡No, no, no! Piensa… Piensa… ¿Por qué estaba todo tan oscuro? Y esa horrible sensación… Casi se sentía como una soga acariciando su cuello… Ugh, la cabeza la estaba matando… Algo del tamaño de una losa pesaba sobre su pecho, y fuera lo que fuera, irradiaba una sensación de…

¿Deber?

¿Qué? Ella no le debía nada a nadie. Las únicas personas que tenían derecho a reclamar algo de ella ya no estaban en este mundo. ¿Por qué era tan difícil respirar? ¡Que alguien encienda la maldita luz de una vez!

¿Desde dónde colgaba esa soga? ¿Qué era esa sombra que parecía pesar toneladas y la asfixiaba?

Sí. Ahí estaba. Un peso sobre su pecho. Una marca en su alma. Un deber. Una responsabilidad. Un acuerdo.

Un contrato mágico.

El pánico y el terror inundaron su cuerpo en segundos, y Ariel abrió de golpe los ojos con un jadeo. Lo que la recibió fue un ambiente completamente desconocido. Techos de piedra, sábanas que no le pertenecían, y un viejo vestido de verde chillón sentado a uno de los lados de la cama donde había estado durmiendo.

En un segundo, con un ligero movimiento, el conductor chilló y el grimorio estaba en su mano derecha. Un salto, y estaba de pie al otro lado de la cama, con su mano izquierda sobre una de las fundas de sus dagas de la cintura, desgraciadamente vacía. Ariel lanzó una mirada agresiva al anciano que la había estado observando, que solo sonreía pacíficamente. No parecía sentirse amenazado por su presencia. Con otro vistazo alrededor y al hombre y un poco de razonamiento, Ariel supo casi instantáneamente quién era, y su humor se agrió incluso más.

—Me alegra ver que estás en buena forma —dijo, apoyando las manos sobre su regazo y mirándola por encima de sus gafas de media luna—. Aunque me temo que eso no será necesario. Solo quiero hablar. Has estado inconsciente por casi un día completo. Me temo que ambos hemos tenido unas horas complicadas —añadió, sirviendo agua en un vaso apoyado en la mesita auxiliar y ofreciéndoselo.

Ariel no movió ni un músculo, y el director volvió a dejar el vaso sobre la mesita ante el rechazo tácito. Joder, su cabeza dolía. ¿Por eso llevaba una venda? Era como si le estuvieran taladrando el cráneo desde atrás. ¿Qué diablos le había pasado?

—Tú y yo no tenemos nada de lo que hablar, Albus Dumbledore —espetó la niña en voz baja, apretando el agarre en su grimorio. Distraídamente notó que no llevaba sus túnicas puestas, quedando expuestos los vendajes de sus brazos y su cota.

Los ojos del hombre parecieron brillar con intensidad durante un segundo a pesar de la obvia ausencia de respeto en el discurso de Ariel. Claramente, su respuesta lo había complacido de algún modo. Maldita sea, dolía demasiado como para meterse en jueguitos mentales con el director de Hogwarts.

—Me halaga que conozcas mi nombre, señorita Potter. He de decir que teníamos algunas dudas de tu… implicación con el mundo mágico, por así decirlo —contestó suavemente el hombre—. Tu llegada ha causado un gran revuelo, y me temo que te diste un golpe bastante fuerte en tu viaje. ¿Cómo te sientes?

Cautelosamente, Ariel dio un par de pasos hacia atrás mientras revisaba el resto de fundas con su mano libre. Todas vacías. Le habían quitado sus armas, y no parecían estar a la vista. ¿Quiénes se creían que eran? Casi podía sentir su sangre arder. Si se pensaban que la habían dejado con las manos vacías, habían cometido un error.

—Mi implicación con las cosas es algo que no te concierne, director, y me encuentro de maravilla. Me siento tan bien que podría llegar a agradecerte si me indicaras amablemente la salida —respondió la pelirroja, deliberadamente tuteando al hombre mientras ignoraba sus indirectas. No era el momento de discutir con el viejo entrometido. Tenía cosas muy importantes que hacer, y el tiempo era crucial.

Por desgracia, la única puerta visible estaba detrás de Dumbledore, por lo que Ariel comenzó a caminar hacia el lateral de la habitación con cautela sin apartar la mirada del hombre, su mano sujetando su grimorio con fuerza.

—Oh, me llena de alegría saber que te encuentras bien. Bueno, la salida sería la puerta a la que intentas acercarte, por supuesto. Sin embargo, si me permites el consejo, recomendaría encarecidamente no abandonar la escuela, como parece que pretendes hacer —comentó casualmente Dumbledore desde su silla. La condescendencia con la que hablaba le estaba haciendo perder los nervios.

Ariel apretó los dientes y, en un segundo, su grimorio estaba abierto en su mano, el conductor que lo sujetaba tintineando con el movimiento. La mirada del director pareció afilarse ante el gesto, aunque no abandonó su postura relajada.

—Puede que no tenga mis dagas, pero no estoy indefensa. Si crees que puedes retenerme aquí, estás muy equivocado, Albus Dumbledore —gruñó Ariel con tono agresivo, su mano izquierda acariciando suavemente las innumerables matrices escritas en las páginas de su tomo. No tenía tiempo para esto. Si tenía que pelear para intentar salir de aquí, lo haría.

—No lo dudo. Aunque la sociedad mágica se haya olvidado de ellos, soy muy consciente de lo que un grimorio puede hacer, señorita Potter —contestó el hombre con tranquilidad—. Aunque, si me permites la soberbia de la edad, no me siento inclinado a preocuparme si aún estás en el primer nivel… —añadió, ladeando ligeramente la cabeza. Ariel lo miró con los ojos entrecerrados, sin contestar, aunque esto no pareció desanimar a Dumbledore de seguir hablando—. Aunque, por muy fascinante que me parezca la taumaturgia, no puedo evitar mi curiosidad y preguntarte por qué no elegirías la practicidad de una varita sobre la de un antiguo, aunque respetable, foco mágico.

Ariel…

—Eso no es asunto tuyo —espetó la niña con rabia tras sacudir suavemente la cabeza, acallando sus pensamientos. Luego, apretó los dientes en un gesto frustrado—. Tengo sitios en los que estar, así que, si no te importa, voy a irme de tu maldita escuela ahor- ¡ACK!

En un segundo, Ariel estaba de rodillas en el suelo, jadeando. En el momento en el que expresó su intención de irse, algo le había apretado la garganta con tanta fuerza que ardía. La niña respiró un par de veces y, sin levantarse, miró con furia a la única otra persona en la habitación, que estaba levantando las manos en gesto de paz. ¿Qué diablos acababa de hacerle? ¡El maldito viejo ni siquiera se había movido!

—Te puedo asegurar que eso no ha sido obra mía. Tengo la sensación de que lo sabes. Has firmado un contrato mágico, y este te castigará si intentas abandonar Hogwarts o sus terrenos hasta que haya finalizado —explicó el anciano con suavidad, algo del brillo de sus ojos desapareciendo con cada palabra que decía—. Es por eso por lo que estás aquí. La conexión del contrato te ha traído para que cumplas tu parte.

Mi pequeña Ariel…

—¡Yo no he firmado NADA! —gritó Ariel con voz rota, poniéndose de pie y agarrando su grimorio de nuevo, dando rápidamente varios pasos hacia atrás, su espalda casi chocando contra los muros de piedra mientras se masajeaba el cuello con su mano libre. Dios, dolía muchísimo, y su cabeza seguía sintiéndose como si la estuvieran golpeando contra un yunque.

El director frunció el ceño mientras la observaba mover la mano de su cuello a su cabeza, sujetándola con un gesto de dolor, y pareció buscar algo en los bolsillos de su túnica. Tras unos segundos, sacó un pequeño trozo de papel de aspecto antiguo y, sin palabra alguna, este comenzó a levitar hasta que estuvo frente a la cara de Ariel, donde permaneció flotando inocentemente, mostrándole el contenido.

Casi pudo sentir su alma cayendo a sus pies cuando finalmente lo leyó.

Pero no podía ser.

Porque en ese papel de color amarillento que levitaba junto a su cara…

Estaba escrito su nombre de su puño y letra.

—E-Es imposible…

—Parece que reconoces la firma. Ahora, ¿qué dirías a un pequeño intercambio de información? —preguntó el director con una sonrisa solemne.

No... No, no, no, no…

La habían descubierto…

¿Me echabas de menos…?

~Homo Deus~


~Homo Deus~

Próximo capítulo: Akumu