~Homo Deus~
Disclaimer: No soy dueño del mundo del mundo de Harry Potter. Sus personajes e historias pertenecen a J.K. Rowling. No comulgo con los comportamientos, acciones u opiniones de los personajes de este relato. No defiendo ni comparto las tradiciones, pensamientos ni ideologías que se comparten en la historia.
Advertencia: En esta historia se tratan temas adultos e historias que pueden herir la sensibilidad del lector. No recomiendo su lectura a aquellos que sean especialmente susceptibles al body horror, gore, tabús, abuso o traumas.
"Time is a cruel thief to rob us of our former selves. We lose as much to life as we do to death..."
~Homo Deus~
Capítulo II: Akumu
—¡Hola!
—Ho-Hola… [-], ¿verdad?
—¡Sí! ¿Qué haces?
—Escribo en mi diario. Todos tenemos que hacerlo.
—¿Por qué?
—Pues… N-No lo sé.
—¿No lo sabes? ¿Y por qué lo haces entonces?
—Pues porque me lo han dicho.
—Oh. Bueno. No me gusta mucho que me digan qué tengo que hacer.
—Ya. A mí tampoco. Pero escribir sí me gusta.
—¿Por qué?
—Me ayuda a no olvidarme de las cosas.
—¿Y por qué no te acuerdas y ya?
—¡Haces muchas preguntas!
—¡Ya lo sé! Lo siento, lo siento…
—...
—Entonces… ¿Tú también puedes hacer volar las cosas?
—¿¡Lo ves!?
—¡Hehe! ¡Te pones muy graciosa cuando te enfadas, [-]!
Extracto de la grabación #3727
Sujetos: #AN74 & #PR27
Proyecto: [CENSURADO]
30 de abril de 1988
~Homo Deus~
~Homo Deus~
¿Cómo? ¿Cómo había ocurrido esto? ¿De verdad había sido tan descuidada? ¿Lo hizo todo tan mal que les había permitido atarla a esa cosa? Era un desastre. Un completo y absoluto desastre, y encima el maldito Dumbledore la estaba mirando con lástima desde la silla.
Ariel aplastó la furia que la condescendencia del director le provocaba y apretó los dientes. Lentamente, caminó hacia la cama de nuevo, donde se sentó con su grimorio sobre el regazo, su mirada aún afilada y su cuerpo tenso, lista para salir corriendo en cualquier momento. No podía evitar seguir frotándose el cuello, la soga que era el contrato mágico y la sensación de muerte inminente que le había provocado permaneciendo como un dolor fantasma. Odiaba esto. Lo odiaba, pero necesitaba información, y la única fuente actual de la misma era el anciano que estaba con ella en la habitación.
—No parece que tenga muchas opciones al respecto —gruñó Ariel, su voz rompiéndose ligeramente debido a los restos del ahorcamiento momentáneo.
Dumbledore pareció encontrar divertida la actitud brusca de la niña, porque sonrió suavemente mientras dirigía la mirada a la única ventana de la habitación, tras la cual se apreciaban gran parte de los terrenos de Hogwarts. Vaya, al viejo le gustaba el melodrama. Quién lo hubiera pensado.
—Siempre he dicho que nunca estamos sin opciones, señorita Potter. Como gesto de buena voluntad, déjame comenzar. Ahora que eres consciente de que estás atada a un contrato mágico, permíteme decirte que es uno de naturaleza tan poderosa como caprichosa. ¿Qué sabes del Torneo de los Tres Magos? —preguntó, mirando una vez más a la niña por encima de sus gafas. Había estado diez minutos con él y ya le repugnaba la forma en la que sus ojos brillaban.
Ariel le lanzó una mirada hosca mientras la información fluía libremente a través del conductor. Si el viejo quería jugar a las diez preguntas, lo entretendría por ahora.
—Sé que es una competición internacional entre escuelas de magia —respondió con voz tensa, algunas piezas del puzle cayendo en su lugar—. El último fue cancelado en 1880 en Italia cuando al inútil del organizador se le ocurrió que sería buena idea utilizar un nundu para la primera prueba. Asesinó a los Campeones, a los magizoólogos, a cuatro jueces y a cincuenta y seis invitados del evento, y sabiendo que actualmente eres el anfitrión del mismo, supongo que mi contrato es con el Cáliz de Fuego —terminó la niña, apretando los dientes mientras los engranajes de su cabeza giraban.
El director alzó ambas cejas en un gesto de sorpresa, inclinándose hacia adelante con interés. Sin embargo, el brillo afilado de sus ojos delataba pensamientos más profundos, y Ariel sintió las llamas de la ira encendiéndose una vez más. ¿Quién se creía que era para intentar analizarla?
—Vaya. Estoy impresionado, señorita Potter. No es el tipo de información que esperaría que una taumaturga registrara en su grimorio, especialmente teniendo en cuenta el… precio habitual —comentó casualmente el director mientras su mirada se desviaba momentáneamente al grueso libro negro sobre el regazo de Ariel—. Normalmente, sus páginas suelen limitarse a la aritmancia rúnica, si no me equivoco.
—No me importa escribir en él. Estoy acostumbrada —respondió ambiguamente mientras apretaba los dientes. No era asunto suyo para lo que usaba su grimorio, y no tenía derecho a preguntar por ello. El hombre siguió mirándola, frunciendo el ceño con desaprobación. Ugh—. Sí, a veces escribo historia en mi grimorio en mi tiempo libre. Es información pura, fácil de clasificar y con bajo riesgo de error si se tiene un poco de cabeza. ¿Qué? ¿Es un crimen? —espetó Ariel con acidez—. Entonces soy una Campeona del torneo, a pesar de no pertenecer a ninguna de las tres escuelas —afirmó con disgusto, reencauzando el tema de conversación. No tenía ningún tipo de interés en hablar con el director de su grimorio.
Dumbledore asintió con gesto solemne, pero, por el rostro tenso del hombre, la niña sabía que seguía dándole vueltas a lo anterior. Que le den. Como si tuviera idea de algo. No sabía nada.
—Poco antes de que despertaras, uno de mis profesores terminó de inspeccionar el Cáliz. Aparentemente, el sistema de selección fue manipulado para que la competición fuera entre cuatro escuelas y no tres, como se pretendía originalmente. Tu nombre era el único participante de la escuela extra, por lo que el resultado estaba asegurado. Aún estamos tratando de averiguar qué método se utilizó para lograr esta situación y, por supuesto, la persona responsable de hacerlo. Por desgracia, parece ser que de momento no ha sido encontrado ningún rastro mágico que podamos seguir.
—¿Y no había protecciones para evitar algo así? —preguntó Ariel en tono seco, sus manos acariciando el lomo de su grimorio distraídamente mientras miraba la sala en la que se encontraba. Parecía más una exposición de la Edad Media que una habitación de hospital—. ¿O vigilancia de algún tipo? Es bastante ridículo que no tengáis ni idea de quién ha hecho esto.
Sinceramente, no le interesaba este tema en lo más mínimo. Ya tenía una idea bastante general de lo que había ocurrido y de quién era el responsable, pero suponía que tenía que cumplir su papel.
—Oh, las había. Múltiples, de hecho. Protecciones, no vigilancia. Somos una escuela, no poseemos presupuesto ilimitado, y el Ministerio no ha sido especialmente… Cooperativo, a pesar de lo que diga El Profeta —respondió el hombre con una mueca de incomodidad—. Respecto a lo primero, viendo que las protecciones aún estaban en su lugar cuando el Cáliz fue inspeccionado anoche, la teoría actual es que fueron desmanteladas y luego reinstaladas para evitar sospechas —explicó el director mientras sacaba un caramelo de su bolsillo para desenvolverlo y lanzarlo a su boca rápidamente. Ja, no tenían ni idea. Panda de ignorantes.
—Mi teoría actual es que quien pusiera esas protecciones es un inútil —devolvió Ariel poniendo los ojos en blanco. Probablemente no fuese cierto, pero no sería ella quien le explicaría eso a Albus Dumbledore—. Gracias a este maravilloso experto, estoy en un contrato mágico en contra de mi voluntad. Una buena protección de multinivel puede tardar días de trabajo ininterrumpido en caer.
Dumbledore suspiró sonoramente, el arrepentimiento cubriendo sus facciones en una expresión practicada mientras se frotaba la frente. Ariel no pudo evitar sentir un poco de placer cuando fue capaz de sacudir emocionalmente al hombre.
—Lo sé, y tienes mis más sinceras disculpas por ello. Me aseguraré de que la persona encargada de la seguridad del Cáliz tome responsabilidad por esta negligencia.
—No la tomará, pero agradezco las palabras bonitas —respondió Ariel con voz aburrida—. Sería más útil si encontrarais a quien manipuló el Cáliz y lo mandaseis a Azkaban. He oído que es precioso en esta época del año.
Cómo si pudieran. Sea lo que sea que estuvieran haciendo, sabía que no encontrarían nada en el Cáliz. A Dumbledore no pareció hacerle gracia su chiste, porque la miró intensamente y en silencio durante algunos segundos. Ariel podía intuir un cambio de tema inminente, y no le gustaba.
—Señorita Potter, ¿eres consciente de que se te ha creído muerta durante los últimos siete años? —preguntó con suavidad el director, inclinándose hacia adelante.
¿Hay algo más lamentable que un peón que se cree un rey?
—Más o menos —fue la ambigua respuesta que viajó de vuelta mientras la niña se frotaba la sien distraídamente, suprimiendo la molesta voz.
Después de unos segundos de silencio en los que el anciano esperó por una aclaración, este suspiró al ver que no llegaba ninguna. ¿Qué esperaba? ¿Que le hiciese una exposición o algo así?
—Viendo que posees un bagaje mágico extenso, entiendo que no necesito explicarte tu importancia en nuestro mundo. Llevamos buscándote años, señorita Potter. Lo último que supimos de ti fue el incendio de la casa de tus tíos en Halloween de 1987. A la larga, tuvimos que darte por muerta en dicho evento.
Y dime, mi pequeña y dulce Ariel… ¿Quién vendrá por ti ahora?
Una chispa de furia y odio puro se encendió en su interior mientras su cabeza ardía, y, por la mirada astuta que recibió del hombre, supo que este se había dado cuenta. Se negaba a darle ningún tipo de información a Albus Dumbledore, pero había temas de conversación que le crispaban los nervios.
—Bueno, claramente no buscasteis bien a la 'Niña-Que-Sobrevivió', director. Visto lo visto, no me extraña que no estéis ni cerca de saber quién ha manipulado el Cáliz. Vuestras aptitudes detectivescas brillan por su ausencia —respondió ella entre dientes, provocando otra mueca en el hombre. Ariel no podía evitar preguntarse internamente cuántas veces había practicado el hombre dichas expresiones frente a un espejo.
—¿Dónde…?
—Aquí y allá. ¿Qué más da? —interrumpió Ariel mientras se levantaba bruscamente y caminaba hacia la ventana. Su grimorio se balanceaba adelante y atrás con cada paso mientras la niña sujetaba la cadena con la mano, como un péndulo siniestro que casi rozaba el suelo—. No es información vital para ti.
—No estoy de acuerdo, señorita Potter —discutió el hombre, levantándose del mismo modo para caminar hacia ella—. Hasta tus siete años, fui tu guardián mágico. El dónde estuviste…
—E hiciste un gran trabajo, director. Estoy segura de que las masas alabarán tus capacidades de crianza casi tanto como tus aptitudes educativas —susurró la pelirroja con sarcasmo mientras sus dedos jugueteaban con la cristalera de la ventana, interrumpiendo el discurso del anciano.
El director guardó silencio durante unos segundos con una expresión tensa. Ariel casi sintió una punzada de satisfacción. Ojalá le hubiera dolido. Sabía que en el incendio del que hablaba el hombre no habían quedado ni los huesos de sus antiguos familiares. No era descabellado que hubieran asumido que ella había estado presente tras buscarla y no encontrar nada, pero ese no era el tema. Recordaba vívidamente su estancia en ese lugar. Después de todo, grabado a fuego en su mente tenía el hecho de que el hombre frente a ella había sido el responsable de que estuviera en esa casa.
Su grimorio se aseguraba de ello.
—Tus padres se despertaron del coma seis meses después del accidente —dijo Dumbledore en vez de discutir su comentario. Parecía que echarle en cara su propia responsabilidad había sido el movimiento correcto.
—Lo sé —murmuró la pelirroja, su vista aún fija en el paisaje tras el vidrio.
Esta vez el hombre no pareció sorprendido, pero el temblor que vio de reojo en una de sus cejas delató su confusión. Vaya. Parecía que el director había venido con la presunción de que ella no sabía demasiado del contexto general de las cosas. Entre la pifia del proceso de selección y esto, Ariel estaba segura de que Dumbledore no estaba teniendo una buena semana.
—Están fuera. El único motivo por el que no estaban ya aquí cuando has despertado es porque les convencí de dejarme prepararte en el caso de que no supieras quién eres. Tu madre está… Increíblemente feliz, señorita Potter —dijo Dumbledore con suavidad.
Sus padres. Un conflicto que no estaba siquiera medio preparada para enfrentar. No ahora. No cuando había acabado con una hoja extremadamente afilada colgando sobre su cuello en forma de contrato mágico. Al menos el terrible dolor de cabeza había empezado a diluirse.
Adelante, grita. Grita con todas tus fuerzas.
—No quiero verlos. Por favor, diles de mi parte que aprecio su preocupación, pero no autorizo ninguna visita —respondió secamente la niña mientras clavaba las uñas temblorosamente en el cristal.
Dumbledore negó con la cabeza, y Ariel apretó los labios con disgusto ante su continua condescendencia.
—Me temo que eso no depende de ti, señorita Potter. Eres menor de edad, y hay decisiones que no puedes tomar por tu cuenta.
Tsk.
—Oh. Me temo que te equivocas. No soy menor de edad. Tampoco mayor. Después de todo, estoy muerta —replicó Ariel, girándose para levantar una ceja hacia el anciano—. No literalmente, claro. Pero estoy segura de que eso es lo que constará en los registros oficiales del Ministerio en estos momentos. Por ende, no tengo Guardián Mágico. Ni tutor, para el caso. Por lo tanto, debido a la cortesía profesional que se profiere a los enfermos, debes respetar, como mínimo, mi deseo de privacidad.
Un silencio pesado cayó en la habitación. Ariel volvió a observar el escenario tras la ventana, ordenando sus pensamientos mientras el director mostraba una mueca de frustración. Por supuesto, la niña sabía que tenía razón, al menos por ahora. Su estado legal de persona fallecida no era más que una protección endeble sostenida por la falta de un trámite burocrático, pero le daría algo de tiempo para asegurar una posición más defendible. Un recurso de usar y tirar, por así decirlo. Necesitaba tiempo para pensar.
—Son tus padres, señorita Potter… Tu madre, en concreto, ha…
Basta.
Había recibido severas advertencias acerca de la naturaleza manipuladora y secretista del hombre, pero Ariel tenía suficientes cosas en la cabeza como para aguantar un sermón acerca de un tema para el que no estaba lista ni de cerca. No es que les guardara rencor, de verdad que no, o al menos no tanto, pero…
Simplemente había cosas más importantes.
—¿Tendrías la amabilidad de informarme acerca de mis deberes como Campeona del Torneo, director? —interrumpió Ariel—. Como organizador principal del evento, estoy bastante segura de que es tu responsabilidad hacerlo.
Albus no contestó inmediatamente. Ariel no miraba en su dirección, pero casi podía escuchar los engranajes girar en la mente del hombre.
—Normalmente, habría tenido lugar una reunión con los Campeones tras la ceremonia de selección, pero fue cancelada dadas las circunstancias —comentó Dumbledore despacio—. El Torneo consistirá en cuatro tareas y dos ceremonias. El premio para el ganador son diez mil galeones, cortesía del Ministerio de Magia, y la gloria del vencedor, por supuesto.
—Un total de seis eventos, entonces —confirmó Ariel, poniendo los ojos en blanco ante el añadido final—. ¿La naturaleza de cada evento es información abierta?
—Solo parte de ella, me temo —fue la respuesta de Dumbledore mientras se ajustaba sus gastadas gafas de media luna— La primera ceremonia será el 14 de noviembre. Oficialmente es un pasaje de varitas, pero creo que ahora habrá que buscarle otro nombre.
Ariel envió una mirada mordaz hacia Dumbledore, apretando los dientes. ¿Tenía que hacer referencia a su foco mágico constantemente? ¿No había captado todavía que no quería hablar del tema con él? Además, ¿cómo que un pasaje? ¿Estaba acaso insinuando que parte de la ceremonia consistía en inspeccionar su tomo?
—No dejaré que nadie vea el contenido de mi grimorio ni mi secuenciación mágica. Sería como exponer mi alma —gruñó, temiendo las posibles consecuencias de su afirmación.
Durante unos segundos, ambos cayeron en un pesado silencio. Ariel apenas pudo contener un suspiro de alivio cuando no sintió ninguna soga quemando su cuello. Bien, un pequeño consuelo.
—Parece que el Cáliz está de acuerdo. Creo que una sencilla inspección externa servirá —respondió el hombre—. La primera tarea se llama el Valor de Gryffindor, y se llevará a cabo el 24 de noviembre. Además de eso, hay un baile de Navidad, pero los detalles se darán más adelante. Creo que encontrarás útil informarte sobre las casas de Hogwarts como primer paso en tu recorrido.
Ariel asintió, sus manos acariciando distraídamente el encuadernado de su grimorio mientras lo abrazaba contra su pecho. Mientras tanto, su mano libre comenzó a vagar sobre el vidrio de la ventana de la enfermería, su dedo dibujando patrones invisibles. No pensaba esperar a que la tomaran por sorpresa, así que… Había que empezar a moverse.
—Así que estoy atrapada, entonces… —musitó la niña— Hasta que acabe el torneo de los Tres Magos. Bueno, más bien cuatro —se corrigió con tono irónico—. Y no puedo abandonar los terrenos hasta que finalice, o el contrato mágico se cobrará mi vida, o algo peor.
Suspiró, apoyando la frente contra el frío cristal, la temperatura del material ayudando a calmar el palpitante dolor de cabeza. A pesar de su intento de tranquilizarse, el terror y la ansiedad amenazaban con comérsela desde dentro. Esto era una maldita pesadilla. No solo la habían descubierto, si no que se las habían apañado para quitarla de en medio. Tanto trabajo para nada… Necesitaba estar sola y sacar la angustia de su pecho trazando algún tipo de plan.
El silencio reinó durante largos segundos en la habitación, hasta que fue roto por el director.
—Señorita Potter, tengo… Cientos de preguntas, si soy completamente honesto —dijo Dumbledore con suavidad—. Tantas que ni siquiera sé por dónde empezar. Sin embargo, debo priorizar. He encargado a la profesora McGonagall, nuestra profesora de Transformaciones, que te asigne una habitación individual en el segundo piso, cerca de la entrada a la biblioteca. Estoy seguro de que necesitas descansar, pero me temo que todo el revuelo que ha causado tu llegada no nos permitirá eso a ninguno de los dos, y ya estoy retrasando demasiado el control de daños que necesito hacer. Además, necesitamos hablar de lo que harás durante tu estancia aquí —comentó, levantándose de su asiento para dirigirse hacia la entrada de la sala. Ariel, por su parte, se dedicó a observar cada movimiento con cautela—. Oficialmente, no eres una Campeona de Hogwarts ni de ninguna escuela, pero, al igual que los otros Campeones invitados, tienes derecho al pleno uso de las instalaciones del castillo y a sus clases. Tenemos muchos temas que tratar, pero, por desgracia, mis responsabilidades me llaman y tú necesitas descansar.
—Supondré entonces que no hemos terminado —comentó la niña en tono seco, sin moverse de su posición junto a la ventana.
Nunca termina.
—Ni de cerca. Pronto será la hora de cenar, por lo que enseguida te traerán algo de comer. Tus túnicas están bajo la almohada. Hasta pronto, señorita Potter —se despidió Dumbledore, dándole una última sonrisa suave antes de abandonar la habitación.
~Homo Deus~
~Homo Deus~
Dumbledore salió del ala de aislamiento con el cerebro funcionando a máxima capacidad. Maldecía internamente el poco tiempo que tuvo para hablar con la chica. Había recibido la notificación de Pomfrey de que Ariel despertaría pronto, y apenas pudo hacer un hueco de media hora para intentar obtener toda la información posible antes de tener que volver a cargar con el peso de la burocracia. Había muchos incendios que apagar y muy poco tiempo para hacerlo y, sinceramente, dudaba que pudiese salir ileso del embrollo mediático que probablemente ya se estaba gestando.
Sin embargo, a pesar de la escasa actitud comunicativa de Ariel Potter, había podido obtener ciertas pizcas de información que, en su conjunto, posiblemente ayudarían a formar una imagen más completa. En primer lugar, había podido confirmar lo que quizás era uno de las cosas más obvias. Ariel era, de hecho, consciente de su bagaje mágico, y, por algún motivo, no había salido a la luz desde el incidente hacía ya varios años. Conocía su posición en el mundo mágico, su famoso —o infame— título, e incluso sabía que sus padres habían despertado del coma mágico que el ataque de Tom les había provocado hacía ya trece años.
Estaba claro que poseía, hasta cierto punto, estudios mágicos. No todos los alumnos de Hogwarts conocían siquiera el término 'secuenciación mágica'. Esto abría un amplio abanico de posibilidades. ¿Había asistido a otra escuela? Improbable. ¿Había recibido tutoría privada? Si era así, ¿esa persona era consciente de a quién había estado enseñando? ¿Con qué fin lo había hecho? ¿Y cómo había logrado mantener a Ariel Potter oculta? Las posibilidades de que alguien encontrara a una niña con sus características físicas sin tutores y no llegase a identificarla —especialmente debido a su famosa cicatriz— era muy improbable, especialmente si esa persona era de Gran Bretaña.
Por otro lado, estaba el tema de su foco mágico. Había tenido pocas dudas al respecto, pero al menos ahora tenía la confirmación de que era, de hecho, un grimorio. Una elección completamente inusual, pues un grimorio no daba ninguna ventaja sobre el uso de la varita. De hecho, lo hacía todo extremadamente complicado. Un simple uso de Wingardium Leviosa requeriría meses y meses de estudio de aritmancia para entender cómo empezar siquiera a escribir la cascada aritmántica del hechizo, por lo que cayeron en un desuso completo. Sin embargo, la chica parecía bastante segura acerca de su utilización, a pesar de estar, aparentemente, en el primer nivel. La rigidez con la que había sostenido el tomo mientras intentaba amenazarlo delataba su incapacidad de usarlo en movimiento. Aún así, era demasiado extraño. Elegir voluntariamente el uso de un grimorio implicaba que la chica tardaría mucho en estar al mismo nivel que el resto de personas de su edad, pues el control de dicho foco mágico requería de años y años de intensa práctica para un taumaturgo.
Sin embargo, había una posible explicación que incluso podría relacionarse con el hecho de que la magia medicinal no funcionase con ella… Pero necesitaba hacer ciertas comprobaciones antes de sacar conclusiones.
Lo cierto era que había sido una conversación intensa. La chica parecía fiera y segura de sí misma, y era algo que ciertamente no podía criticar. Le vendría bien para sobrevivir al torneo, y él se aseguraría de que ese fuera el caso, incluso si tenía que recurrir a tácticas poco deportivas. Si por él fuera, ni siquiera participaría en el evento, pues no podía arriesgarse a poner en juego la vida de Ariel Potter. Era demasiado importante, no solo por su fama en la sociedad mágica y su simbolismo contra las fuerzas del Señor Oscuro, si no por la profecía que colgaba sobre sus hombros. Puede que si la chica hacía migas con algún allegado —quizás Hagrid o alguien de la familia Weasley—, este podría hacerle llegar algo de información de forma no oficial. La niña parecía tener algo en su contra, por lo que sería ventajoso que pudiera hacer algunas amistades convenientes.
Hablando de eso, Dumbledore había sido consciente de la tercera presencia oculta en la habitación, pero, dada la identidad de la intrusa, decidió dejarlo pasar. Incluso pensó que podría ser algo bueno y que ayudaría con esta última cuestión.
Tantas cosas en el aire… No había podido resolver ni una ínfima parte de sus dudas. Ya no era solo dónde estuvo, qué le ocurrió, o por qué permaneció escondida. ¿Qué había de las dagas? ¿Los vendajes imposibles? ¿Su exagerada juventud? ¿El uso del grimorio? ¿El hecho de que la magia medicinal no funcionaba en ella, lo que había provocado que la confundieran con una muggle? ¿El accidente de hacía siete años? ¿Había tenido ella alguna participación, consciente o no, en su selección en el torneo?
No se había atrevido a utilizar Legeremancia con ella. Si tuviera un mínimo de defensas mentales, destruiría por completo cualquier tipo de posibilidad de llegar a la chica.
Albus suspiró mentalmente. Se aseguraría de citarla cuando las aguas estuvieran más calmadas, y debería meditar acerca de si convendría más una reunión a solas o con la familia de la niña presente, aunque dudaba que lo primero fuera siquiera posible, y lo segundo parecía complicado. ¿Sentía la niña rencor infantil hacia sus padres por no haber estado con ella durante su infancia? Si era así, ¿corría tan profundo como para no haber aparecido después de enterarse de que habían despertado del coma?
¿Y si Tom había tenido algo que ver con su ausencia…?
Necesitaba respuestas, especialmente si su antiguo alumno estaba involucrado. No podía arriesgarse a más variables, se estaban jugando demasiado. Quizás solo había que aplicar un poco de presión, pulsar los botones correctos… Vio muy claramente cómo Ariel se quedaba en las nubes cada vez que utilizaba palabras concretas. ¿Hasta qué punto había escrito…?
—¡Albus! —sonó desde el final del pasillo, desde el cual venía corriendo Lily Potter con expresión ansiosa, seguida por James y Charlus Potter—. ¿Está despierta? ¿Podemos verla ya? ¿Cómo está? —preguntó la mujer frenéticamente con manos temblorosas, apartándose el pelo de la cara. Tanto su marido como su hijo tenían expresiones similares.
El director no respondió al momento, lo que solo pareció acrecentar la ansiedad de la familia Potter.
—Está despierta, y está bien, sí, pero… —respondió el hombre, tratando de buscar las palabras adecuadas. Tras unos segundos, no pudo evitar un suspiro de cansancio—. Rechaza las visitas, me temo. Ha dado un argumento muy inteligente acerca de su estado legal para hacerlo, y lamento deciros que, al menos hasta que podamos ponerle solución, sería prudente respetar sus deseos.
Un silencio pesado cayó entre las cuatro personas presentes, y la cara de la mujer lucía como si su corazón acabara de romperse en mil pedazos.
—¿Qué quieres decir, Albus? —preguntó James con rostro tenso—. Es nuestra hija. Tenemos derecho a verla.
—Quizás solo está confundida, papá… —murmuró Charlie con tono débil—. A lo mejor ni siquiera sabe quién es…
Dumbledore negó con la cabeza. Puede que las cosas fueran mucho más sencillas si lo que decía el niño fuera cierto. Por desgracia, parecía que el destino quería ponerle todo lo más difícil posible.
—Mucho me temo que es perfectamente consciente tanto de su nombre como de su posición en el mundo mágico. Me ha pedido que os transmita que agradece vuestra preocupación. También sabe de la condición que sufristeis y de vuestra recuperación —explicó el director, masajeáandose las sienes—. Mientras arreglamos el problema burocrático, debemos pensar en una forma de abordar todo esto. No es una cuestión de confusión, simplemente parece no tener una actitud colaborativa. Ni siquiera ha querido responder a muchas de mis preguntas.
James parecía completamente perdido, como si lo que estaba diciendo no tuviera ningún sentido, mientras que Lily solo mantenía una mirada en blanco, gruesas lágrimas comenzando a caer por sus mejillas.
—Entonces… ¿lo sabe todo? ¿Quién es, quiénes son papá y mamá y lo que les pasó? ¿Y aun así no quiere verlos? —preguntó Charlus, bajando la mirada. Su voz parecía comenzar a fallarle.
—Así es.
—Si sabe quién es, ¡déjanos entrar para que podamos explicarnos! Tiene que saber que sentimos profundamente no haber es- ¡Lily! —se interrumpió el hombre cuando la mujer pelirroja empujó a ambos hombres y comenzó a correr hacia la puerta de la habitación de Ariel.
Los tres trataron de seguirle el ritmo rápidamente, dando voces mientras la perseguían.
—¡Lily, no!
—¡Por favor, mamá! ¡Espera!
La mujer no escuchó. En meros segundos, había doblado la esquina, alcanzando la puerta. La abrió de par en par, entrando rápidamente a la habitación. Albus, James y Charlus la siguieron, sólo para encontrar a Lily buscando por todo el espacio en estado de frenesí.
Porque Ariel Potter no estaba ahí.
El único resto de su presencia eran las sábanas desordenadas y un vendaje tirado en el suelo, probablemente el que había cubierto su herida en la cabeza. Además, la intrusa invisible también se había ido. Dumbledore parpadeó, confundido, mientras James y Charlus imitaban el comportamiento de la mujer. Sin embargo, no había mucho donde buscar en una habitación de hospital.
—¡¿Dónde está?! —gritó la mujer, esta vez mirando a Albus, su pena convertida en ira—. ¡Dumbledore! ¿Dónde está mi hija? —preguntó de nuevo. Tras unos segundos, se giró hacia James para abrazarlo—. ¡James! Mi hija, ¿dónde está mi hija, James? —sollozó mientras escondía la cara en el pecho del hombre, que parecía perdido.
El director no dijo nada mientras miraba alrededor de la habitación. Estaba claro que Ariel no estaba bajo un hechizo de desilusión, pues sus gafas encantadas hubieran visto rápidamente a través de él. Sin embargo, no tardó en notar un no tan pequeño detalle. La ventana que previamente había estado sellada con una vidriera ahora carecía completamente de esta. Lentamente, caminó hacia el hueco en la pared y miró a la oscuridad de la noche.
—Parece que nuestra invitada no aprecia demasiado la comodidad de una enfermería —comentó el director—. No puede abandonar los terrenos, y lo sabe. Acabaremos encontrándola. Avisaré a mis profesores y a Argus para que la busquen.
Lily seguía llorando mientras James mandaba una mirada mordaz hacia Dumbledore, aún abrazando a su esposa.
—Ha sido un error no dejarnos entrar de primeras, Albus.
—Te aseguro que solo pretendía ayudar, James. Me disculpo por haber retrasado vuestra reunión con Ariel —respondió el hombre con tono arrepentido. Sin embargo, internamente, sabía que no cambiaría su decisión aunque tuviera la oportunidad. Se estaban jugando demasiado, y la poca información que había conseguido era muy valiosa.
Charlus se acercó a la ventana e inspeccionó el marco. Algo pareció captar su curiosidad, porque sacó la mano a través del hueco para recoger un fragmento de cristal que había quedado en el alféizar de la misma.
—¿Qué es esto, director? —preguntó el chico, llamando la atención de todos los adultos.
Incluso Lily, a pesar de su gran pena, se acercó, hambrienta por cualquier tipo de información que involucrara a su hija. Dumbledore tomó el fragmento entre sus dedos y lo inspeccionó de cerca. Pronto se dio cuenta del patrón incrustado en el trozo de vidriera. No estaba completa, pero podía distinguir la runa de 'silencio' engastada en el material.
Oh. Parecía que Ariel no había estado solo jugando con la ventana durante su conversación con él.
~Homo Deus~
~Homo Deus~
Ariel se sentó con un suspiro de cansancio contra la barandilla de la torre más alta de Hogwarts. Distraídamente, se frotó la nuca mientras miraba a su alrededor. Había telescopios por todas partes, por lo que suponía que este lugar debía pertenecer al departamento de astronomía. Pensaba que la magia ritualista estaba prohibida en Gran Bretaña, así que no terminaba de entender qué estudiaban aquí los niños, pero bueno.
Ugh, su cabeza aún dolía, y bastante. Admitía que haberse quitado el vendaje antes de escapar había sido un acto un tanto infantil, pero no podía fiarse de ningún objeto que no hubiera creado ella misma, mágico o no. Especialmente del segundo tipo. Aún así, tendría que darse primeros auxilios si no mejoraba pronto. Estaba hinchado, pero al menos no sangraba.
Ya había estado en este lugar por unos veinte minutos. Lo cierto era que había huido sin tener un objetivo claro en mente bajo la presunción de que sus padres intentarían verla a pesar de su endeble excusa, aunque esta le había comprado el tiempo suficiente como para huir por la ventana. Casi quería besar el fragmento de diamante que utilizaba para engastar runas. Escribirlas a escondidas no había sido fácil, pero había valido la pena. Se preguntaba si ya se habrían dado cuenta de su escape. Lástima que sus dagas se hubiesen quedado atrás, estuvieran donde estuvieran.
Ariel abrazó su grimorio contra su pecho, el usual pinchazo de las púas de su cadena contra su piel trayendo la familiar y reconfortante sensación del dolor. Al menos no hacía mucho frío.
—¿Qué hacer ahora…? —murmuró la niña, apartándose el pelo de la cara y doblando el cuello para ver el paisaje. La luz de la luna dejaba a su paso una vista preciosa alrededor del castillo, dándole un aspecto casi de cuento de hadas.
Era precioso, tenía que admitirlo. Sin embargo, a pesar de las buenas vistas, no quería estar aquí. No podía estar aquí. Estaba perdiendo el tiempo, y mucho más que iba a perder, aparentemente. ¿Se suponía que debía estar aquí hasta junio? El mero concepto era ridículo. Tanto tiempo perdido… Y todo por un contrato mágico obligado. No solo eso, si no que tenía que participar en un torneo con una alta tasa de mortalidad. Casi sentía ganas de escupir en el suelo al recordar el maldito papelito. Lo había reconocido, claro. Era como solía escribir cuando era una niña pequeña.
Ariel suspiró. Solo pensar en que se tomarían tantas molestias para venir de nuevo a por ella era repulsivo, pero no es como si quisiera anunciarlo a los cuatro vientos, claro. Menudo desastre… No podía poner en marcha ninguno de sus planes. Este movimiento la había dejado efectivamente inutilizada por casi un año, y se negaba en rotundo a pedir ayuda a cualquiera de los ignorantes de este castillo, especialmente a Albus Dumbledore.
La adolescente apretó los puños, sintiendo la impotencia caer sobre ella como una losa. ¿Quizás debería escribir al Maestro…? No serviría de mucho, pero al menos lo mantendría informado. Estaba tan frustrada que podía sentir las lágrimas naciendo en sus ojos, y no pasó mucho tiempo antes de que comenzarán a correr sobre sus mejillas en un lloro silencioso. Lo odiaba. Odiaba profundamente la sensación de derrota. ¿Qué se suponía que debía hacer?
Atascada en un torneo mortal. Su tapadera, destruida. Sus dagas, perdidas. El mundo descubriendo que estaba viva. Encerrada en Hogwarts hasta junio. Sus planes, desmoronados. Todo, absolutamente todo era una maldita pesadilla.
Al menos tenía algo de entretenimiento para evitar valorar arrojarse desde la torre para acabar con sus problemas.
—Si vas a espiar a alguien, intenta respirar un poco más suave. Parece que estás intentando tragarte la habitación —espetó la niña, limpiándose las lágrimas con un gesto brusco—. Sal antes de que me ponga violenta.
Durante unos segundos, la respiración que había estado molestándola durante los últimos tres minutos se paró completamente. Ariel frunció el ceño y se puso de pie rápidamente con gesto hostil, su pelo llameando bajo la luz de la luna mientras agarraba el grimorio con fuerza, preparada para abrirlo y utilizarlo si era necesario.
—¡Espera, espera! —medio chilló una voz nerviosa. De repente, una silueta apareció en el otro lado de la habitación mientras se quitaba lo que parecía ser una capa de invisibilidad—. ¡L-Lo siento! ¡No quería asustarte!
La dueña de dicha voz se acercó con pasos tímidos. Era una chica solo un poco más alta que Ariel, lo cual significaba que probablemente era más joven que ella. Tenía el pelo negro, largo y ondulado, y unos ojos esmeralda que casi brillaban en la oscuridad. Vestía con lo que Ariel pensaba que eran las túnicas de Hogwarts, decoradas con bandas rojas y una insignia de un león en su pecho. Estaba sonrojada y se frotaba el brazo con gesto tímido, probablemente avergonzada por haber sido descubierta.
Ariel la reconoció al instante.
—No estoy asustada, pero nunca había tenido una acosadora —espetó la pelirroja con acidez, ladeando la cabeza—. ¿Se puede saber qué quieres? Estoy aquí porque quiero un poco de tranquilidad.
La otra chica dio un pequeño bote ante su tono brusco. Parecía extremadamente asustada de enfadarla, por lo que Ariel se permitió relajar un poco su postura mientras seguía mirándola con cautela.
—¡L-Lo siento, de verdad! —balbuceó—. Yo… Eh… ¡M-Mi nombre es Violet! ¡Estoy en segundo año! —se presentó, tropezando con las palabras y sonrojándose de nuevo. No parecía poder dejar de temblar.
—Violet —repitió Ariel, suspirando con cansancio—. Encantada —añadió con tono aburrido—. ¿Algún motivo por el que estés espiándome a estas horas de la noche?
Era una pregunta estúpida, lo sabía, pero su dolor de cabeza estaba haciendo todo esto demasiado difícil, y si estaba aquí era precisamente porque había estado huyendo de algo así. La otra niña pareció triste ante su pregunta, y Ariel casi quiso poner los ojos en blanco. No estaba de humor para esto. Quizás podría salir corriendo otra vez si alcanzaba la puerta.
—Yo… Eh… —dudó Violet, frotándose el brazo. Abría y cerraba la boca constantemente, como si estuviera cambiando de opinión una y otra vez acerca de lo que quería decir—. ¿C-Cómo te llamas…?
Hola… ¿C-Cuál es tu nombre…?
—No deberías hacer preguntas cuya respuesta ya conoces, Violet —respondió la pelirroja mordazmente mientras se clavaba las uñas en las palmas de las manos en un vano intento de librarse de sus recuerdos. Después, suspiró una vez más, intentando relajarse—. Mira, la verdad es que no estoy de humor para esto, ¿sabes? Entiendo por qué estás aquí, pero tengo demasiadas cosas en la cabeza ahora mismo.
Para su sorpresa, Violet asintió con un gesto tímido mientras la miraba con aprensión. La niña dio un par de pasos hacia adelante antes de hablar de nuevo, sus pequeñas manos temblando mientras las mantenía frente a ella y bajaba la cabeza.
—Yo… ¿P-Puedo quedarme contigo un rato? Prometo no molestarte ni… Hacer preguntas —pidió Violet en voz baja, desviando la mirada. Entonces, pareció rebuscar en su bolsillo durante unos segundos antes de sacar un par de sándwiches envueltos—. He t-traído esto…
Ariel la miró por unos segundos. El miedo al rechazo salía de ella en oleadas, y negar su petición casi se sentiría como patear a un cachorro. Y tenía hambre. Con gesto cansado, la pelirroja asintió tras sopesar los pros y los contras, dirigiéndose al lugar donde previamente había estado sentada. Ante esto, Violet pareció iluminarse con la fuerza de mil soles, y le dirigió una sonrisa que podría derretir el hielo. Con paso ligero, la chica más joven se acercó a ella y se sentó a su lado, dejando un metro de distancia entre ambas mientras le pasaba uno de los sándwiches y abría el suyo propio.
—Te vi salir por la ventana y pensé que necesitabas tiempo para ti. A-A veces me pasa lo mismo cuando estoy triste o estresada —explicó Violet, una vez más buscando algo en sus bolsillos. Tras unos segundos, sacó un pergamino de aspecto viejo y se lo mostró a Ariel—. No podrán encontrarte hasta que devuelva esto. Mi hermano lo dejó en la Sala Común hace un rato. S-Supuse que no te gustaría que te localizaran tan pronto… —añadió con gesto tímido antes de empezar a comer.
¿La había visto? Ariel alzó una ceja en su dirección mientras la imitaba, deleitándose con el sabor tras un día sin comer. Prácticamente lo devoró, disfrutando del sándwich vegetal como si fuera un manjar. No tardó en responder, arrugando el plástico que había envuelto la comida y guardándoselo en el bolsillo de la túnica.
—Espía y ladrona. No tienes el aspecto de una criminal, Violet —respondió la pelirroja con tono neutro. Después, suspiró y apoyó la cabeza contra los barrotes de la valla que las separaba del vacío, haciendo una mueca ante la punzada de dolor—. Si me viste, entiendo que estabas en la habitación con Dumbledore. Dudo que él no lo supiera. Es un viejo astuto.
Violet se sonrojó de nuevo, ignorando el comentario grosero acerca del director, y comenzó a jugar con sus manos tras guardar de nuevo el viejo pergamino y terminarse el tentempié. Parecía muy avergonzada, pero el arrepentimiento parecía provenir más por haber sido descubierta que por haber llevado a cabo el acto en sí.
—L-Lo siento… —repitió por tercera vez—. Yo… quería verte. Lo que ha ocurrido ha sido… un shock para muchas personas y… No sé, no me pareció bien tener que esperar —explicó, tratando de encontrar palabras que no terminaban de salir. Ante el gesto de dolor de Ariel, la niña frunció el ceño con preocupación—. ¿Aún te duele? Fue un golpe bastante fuerte. Creo que rompiste la silla de McGonagall.
La pelirroja negó con la cabeza.
—Se curará. Ahora que estoy consciente, estaré como nueva en una hora o algo así. Me curo muy muy rápido —respondió. Ante el gesto confuso de la otra chica, se encogió de hombros—. Larga historia, detalles aburridos… ¿Qué más da? Estoy bien, no te preocupes.
Violet asintió sin perder su expresión aprensiva y sin insistir en el tema. Entonces, un incómodo silencio cayó entre las niñas. Por un lado, Ariel disfrutaba de la brisa nocturna, mientras que Violet seguía jugueteando con sus manos, a veces abriendo la boca como si fuera a hablar solo para cerrarla de nuevo, cambiando de opinión. Ariel no pudo evitar sonreír ligeramente ante los intentos desesperados de la niña de entablar una conversación con ella. Su actitud casi la hacía sumergirse en el pasado. Eran tan parecidas… De repente, la pelinegra sonrió ampliamente y se giró hacia ella de nuevo, pareciendo haberse decidido. Violet era como un libro abierto. Acababa de conocerla y ya podía decir que prácticamente podías adivinar lo que estaba pensando con solo mirar su cara.
—¡F-Fue increíble cómo saliste por la ventana! Parecía algo sacado de una película. Los cristales n-no hicieron ningún ruido y… ¡Y no sabía que los libros podían hacer eso! —exclamó con voz temblorosa y expectativas en la mirada, hablando a toda velocidad, alabándola en un intento de continuar la conversación—. Me llevé un susto de muerte, por un momento pensé que te estrellarías contra el suelo…
Ariel no pudo evitar reír ligeramente ante el entusiasmo de la chica. Esto pareció alegrar a Violet, aunque algo de incertidumbre se filtró en su rostro.
—No es un libro, Violet. Es un grimorio —explicó Ariel con tono suave. Ante la mirada confusa de la otra niña, añadió más detalles—. Como los de las familias antiguas, solo que el mío es personal. Es mi foco mágico.
—¿Como una varita? —preguntó la chica. Entonces, se sonrojó de nuevo y movió la mano en un gesto nervioso, abriendo exageradamente los ojos—. ¡L-Lo siento! ¡Olvidé que no podía hacer preguntas!
¡Haces muchas preguntas!
La chica parecía tan arrepentida como si hubiera cometido el mayor error de su vida. No pudo evitar encontrarlo algo entrañable a pesar de lo forzado de la situación, pero tampoco necesitaba que se disculpase todo el rato.
—No te preocupes. Es normal que no lo conozcas. Dejaron de usarse hace medio milenio porque las varitas son infinitamente más fáciles de usar —dijo, encogiéndose de hombros tras masajearse la sien por un par de segundos—. Ni siquiera quedan muchos, su uso hoy en día se limita a la magia familiar. Estoy segura de que tienes uno en algún lugar de tu casa.
Violet asintió, mirando con atención el triángulo con alas grabado en blanco sobre la superficie negruzca del cuero del grimorio, iluminado por la luz de la luna y de las pocas antorchas que ardían en la torre de astronomía. Estaba claro que trataba de no hacer la pregunta de por qué no usaba una varita entonces, y Ariel agradecía el gesto. Entonces, la mirada curiosa de la niña se dirigió a la siniestra cadena negra con púas que nacía del extremo del lomo del tomo y desaparecía en la manga de las túnicas de Ariel.
—Es el conductor —explicó la pelirroja antes de que llegara la pregunta—. Obtiene la magia directamente de mi núcleo mágico y la transmite al grimorio. No elegí el aspecto, por cierto. Creo que varía según la persona, al igual que la portada —explicó Ariel, inventándose una excusa mientras sus dedos trazaban el recorrido de una de las púas, provocando un suave tintineo de la cadena.
Violet pareció alarmada ante la nueva información, porque sus ojos se abrieron como platos.
—¿Esa cosa va dentro de ti? —medio chilló la niña, mirando la cadena como si fuera el objeto destinado a acabar con toda la magia.
Esta vez, Ariel rio libremente, y la otra chica parecía feliz por ello, delantándola un suave brillo en sus ojos esmeralda, a pesar de su su rostro aún espantado.
—No es tan malo, de verdad. Las heridas se curaron hace años. Ni siquiera la noto —desestimó Ariel, levantando su manga derecha para revelar su brazo completamente cubierto en vendas bajo las cuales desaparecía la cadena, algunas de las púas atravesando la tela en direcciones aleatorias—. ¿Ves? No pasa nada. Simplemente se enrolla alrededor de mi brazo. No entraré en más detalles, pero no es algo por lo que debas preocuparte.
Violet no parecía convencida en lo más mínimo, y, lo que parecía peor, se había vuelto a quedar sin tema de conversación. Ariel se compadeció. Sabía lo que la niña estaba intentando, y se había portado lo suficientemente bien con ella como para echarle un cable.
Y el sándwich prácticamente le había salvado la vida.
—Entonces… Segundo año, ¿eh? —preguntó Ariel con tono neutro, mirando los múltiples telescopios de la estancia mientras volvía a echar suavemente la cabeza hacia atrás. Por suerte, el dolor de cabeza estaba de camino de desaparecer, y la distracción que la otra chica le estaba proporcionando ayudaba a no pensar demasiado en el desastre de su situación.
—¡Sí! —respondió ella con entusiasmo y un gesto aliviado—. Nací en octubre. Soy de las mayores de mi año. Yo, eh… M-Mi clase favorita es Transformaciones. McGonagall dice que tengo el talento de papá… —explicó, lanzando una mirada insegura en dirección a Ariel. Cuando esta no reaccionó, Violet dejó escapar el aliento que había estado conteniendo—. Encantamientos se me da bien. También Pociones, pero soy un desastre en Defensa… Y el profesor Moody me da miedo —terminó, frunciendo el ceño y haciendo un pequeño puchero en un gesto algo infantil.
Ariel, por su parte, asintió sin comprometerse. La charla académica era algo que podía seguir sin problemas y de las pocas interacciones que no le producían ansiedad.
—Nunca le he visto en persona, pero Alastor Moody tiene el récord de arrestos sin bajas del DMLE. Debe ser un tipo duro —comentó con tono conversacional mientras seguía observando los múltiples objetos de la habitación—. Si estás a mitad de segundo año, debes haber estado practicando la transformación de materia inorgánica a materia inorgánica en contextos de sensibilidad mágica, ¿cierto? —preguntó, continuando la conversación. Ante la mirada perdida de la niña, puso los ojos en blanco y buscó a su alrededor con la mirada. En una esquina cercana había unas barras de metal apiladas, quizás repuestos para los trípodes. Independientemente de lo que fueran, servirían. Los señaló con un movimiento de cabeza—. Deberías poder transformar el metal en cristal, ¿no? Muéstrame.
Violet de repente parecía muy nerviosa, como si estuviera siendo sometida a algún tipo de examen. Definitivamente era un libro abierto. Tras unos segundos de respiraciones profundas, la chica sacó temblorosamente su varita y apuntó a la pila de barras de metal.
—Wingardium Leviosa… —murmuró con un movimiento de su mano, levantando la barra ubicada en la parte superior, que levitó suavemente sobre el suelo hasta que aterrizó sin hacer ruido frente a ellas tras unos segundos de movimiento lento—. Verto… —continuó, reduciendo la longitud de la barra a la mitad con un movimiento diferente—. Vitrum muto —terminó, esta vez sin movimiento de varita.
En un instante, en lugar de una barra metálica, sobre el suelo reposaba un cilindro de cristal no del todo transparente. Se podía observar turbidez especialmente en los extremos, resultado de la transformación del material y de la utilización de una técnica imperfecta. Este no parecía ser el resultado que buscaba la chica, a juzgar por la mirada de decepción que inundó su rostro mientras bajaba la varita, apoyando los brazos sobre sus rodillas.
—No está mal —comentó Ariel suavemente, observando el resultado—. Reducir la longitud indica que has tenido en cuenta la fragilidad del nuevo material respecto al anterior, aunque el proceso de transformación no ha sido del todo estable, por eso no es un cristal puro —explicó—. La verdad, dudo que muchos compañeros de tu clase hubieran podido hacer esto en lo que llevan de curso. El cristal es especialmente sensible a la magia y puede ser muy volátil, no es sencillo transformarlo a partir de un sustrato.
Violet negó con la cabeza mientras mantenía el ceño fruncido, rechazando el comedido cumplido.
—L-Lo siento, estaba muy nerviosa… —murmuró mientras se mordía el labio inferior. Estaba claro que la chica había estado buscando impresionarla—. Finite incantatem… —dijo en voz baja con la varita apuntando de nuevo a la barra cristalina, devolviendo el objeto a su aspecto original. Entonces, Violet se giró hacia ella con gesto tímido y voz temblorosa—. ¿Me… enseñarías cómo lo haces tú?
¡Enséñame, Ariel!
Ariel ladeó la cabeza con una mueca mientras observaba a la niña con gesto pensativo. No es que le gustara especialmente hacer exposiciones —excepto las que exigía su Maestro—, pero la chica parecía genuinamente curiosa… Bueno, ¿por qué no? No es como si tuviera algo mejor que hacer. Asintió, abriendo el tomo directamente en la página adecuada.
Violet pareció iluminarse, y dirigió una mirada intensa hacia el grimorio. Ariel dudaba seriamente de que la chica entendiera algo de lo que estaba escrito, así que no le dijo nada al respecto. Sabía que la magia que ella practicaba no era algo común entre los magos y brujas de hoy día, por lo que una adolescente echando un ojo rápido a su secuenciación no debería hacer ningún mal mientras no la dejara ver demasiado. Dirigió su atención al papel, donde largas cadenas de símbolos rúnicos dibujaban patrones de diversas formas, doblándose, retorciéndose, separándose y fusionándose unas con otras, formando un gran diagrama compuesto de pequeños símbolos entrelazados, como una pequeña obra de arte escrita en tinta que componía la sección de hechizos básicos y genéricos de transfiguración.
—Una sola página puede contener múltiples hechizos —explicó Ariel ante la mirada curiosa pero cohibida de Violet—. ¿Sabes algo de lenguaje rúnico o de las cascadas aritmánticas?
La pelinegra se sonrojó, desviando la mirada momentáneamente con vergüenza en su rostro. Suponía que eso era un no.
—Aritmancia y Runas Antiguas son optativas de tercer año —se excusó Violet con voz tímida, como si esperara que la regañara por eso—. Sé algunas cosas básicas que he aprendido estudiando por mi cuenta para hacer algunos proyectos, pero… —se interrumpió, mirando las largas cadenas trazadas en su grimorio que parecían dividirse como las raíces de un árbol—. …definitivamente nada como eso. Parece un proyecto de EXTASIS de Runas Antiguas…
No podía culparla. No solo por no haber tenido aún la oportunidad de cursar las clases optativas, si no porque era más o menos consciente de la forma en la que Hogwarts enseñaba sus materias, y estaba segura de que en ninguna de ellas se mencionaba la terminología por la que le había preguntado.
—Las cascadas aritmánticas son secuencias de cadenas rúnicas que llevan a un resultado. Una cadena rúnica es un conjunto de runas que, al completo, tienen un resultado sumatorio mayor o diferente a cada una de sus partes. Piénsalo como una relación de causa-efecto —explicó, señalando el principio de la cadena—. Causa… —dijo, para después mover su dedo hasta el final de una de las múltiples ramas del gran árbol—. …y efecto. La aritmancia rúnica no es un arte fijo, depende del taumaturgo, no como los diseños prefabricados de las Runas Antiguas. En mi caso, mis cascadas suelen empezar con la runa de 'contacto', de forma que el efecto dominó comienza cuando toco la primera runa. A partir de ahí… —explicó, señalando las diversas divisiones de la cadena—. …dependiendo del resultado que quieras obtener, llevas la magia por un camino u otro, llegando a resultados diferentes. De esta forma, una única cadena puede llevar a cabo tantos hechizos como ramificaciones puedas imaginar. Las runas son el lenguaje, y la aritmancia funciona como el conjunto de reglas que se deben seguir para conseguir la consecuencia deseada.
Violet parecía extremadamente interesada, porque miraba las secuencias que señalaba con su dedo como si fuera lo más interesante del mundo. Ariel no pudo evitar que una sensación de orgullo creciera dentro de ella al mantener el interés de la niña. Se sentía casi como…
¡Enséñame, enséñame! ¡Porfa!
La niña mayor sacudió la cabeza ligeramente, aprovechando que Violet no la estaba mirando, librándose de los recuerdos que taladraban su mente.
—Creo… que lo entiendo. Cuando dices efecto dominó, te refieres a cuando una ficha empuja a otra, ¿cierto? —preguntó, subiendo la cabeza para mirarla con sus grandes ojos verdes iluminados por la luz de la luna. Ojos verdes idénticos a los suyos.
Ariel asintió, dirigiendo de nuevo la mirada a su grimorio.
—Exacto. Entonces, esta secuencia… —continuó, señalando una de las múltiples y diminutas ramas escritas en el grimorio, que se retorcía en un patrón poliédrico—. …es la que nos interesa. El contacto físico activará la primera cadena, y esta llevará a la siguiente, que elegirá el objetivo de mi magia. Luego, la dirigirá, determinará el material, su forma y, a partir de ahí… —explicó Ariel, llegando a un cruce— …podemos empezar a elegir el resultado deseado a través de la ramificación. Además, es posible detenernos en cualquier punto para conseguir resultados intermedios. Por último, acompañamos este proceso con un apoyo de armonización mágica —terminó, volviendo a recibir una mirada perdida de Violet—. Todo proceso de transferencia de magia fuera del cuerpo conlleva picos que pueden estropear el flujo mágico. Los antiguos taumaturgos utilizaban la voz para ello. Por eso, podemos ver múltiples runas para 'voz' como ramas entrantes en la cadena. A mayor complejidad, mayor armonización se necesita, aunque no es algo del todo obligatorio, al igual que con el uso de una varita. Probablemente hayas visto a alguno de tus profesores utilizar magia en silencio, ¿cierto? —preguntó, recibiendo un asentimiento—. Pero cuando se requiere perfecta precisión, hasta el mejor de los hechiceros susurra las palabras de un conjuro.
La pelirroja casi rio ante la expresión de completa fascinación en el rostro de Violet. A continuación, Ariel dirigió su dedo al comienzo de la página, y suavemente tocó la primera runa, la cual era considerablemente más grande que el resto. Un suave brillo nació del material, tan leve que no sería visible a plena luz del día. Entonces, comenzó a arrastrar el dedo a través de la página a toda velocidad, desviándose a través de cruces, ramas, y en ocasiones incluso volviendo hacia atrás para tomar un camino nuevo, formando bucles y trazados irregulares.
'Muta'
Todo el proceso no pudo haber durado más de unos segundos, y el suave brillo que había acompañado el movimiento del dedo de Ariel desapareció tan rápido como había venido. Violet observó en shock cómo la barra de metal cambió instantáneamente y en silencio a una hecha de un cristal puro y completamente transparente, de exactamente la misma forma y longitud. La chica más joven se levantó emocionada para recoger el resultado, y lo observó de cerca con atención.
—Es perfecta… —murmuró Violet con fascinación, levantando la barra para ver la Luna a través de ella—. Esto es… Es una transfiguración perfecta…
Ariel se levantó también, cerrando su grimorio y colgándolo de su cinturón. Entonces, se acercó a la niña para observar el resultado de su magia con una sonrisa suave.
—Es gracias a mi grimorio sacando mi magia directamente de mi núcleo, que reduce la fluctuación, y al proceso de armonización. Sin esos dos apoyos, dudo que el resultado final hubiera sido algo tan exacto como eso.
—¿Es siempre tan compleja? La forma en la que haces tu magia, quiero decir —preguntó tímidamente Violet, la admiración llenando su mirada—. ¡N-No tiene nada de malo, por supuesto! —chilló de repente, sonrojándose.
Ariel respondió encogiéndose de hombros, tomando suavemente la barra de cristal de las manos de Violet y dejándola en su lugar original. La magia desaparecería con el tiempo, y cualquiera podría revertirla con un Finite Incantatem, de todas formas.
—Depende del hechizo. La transformación tiene muchas variables, por lo que la ramificación es más compleja. Los hechizos con objetivos muy concretos tienen muchas menos. No es algo tan difícil como lo estás pintando, de verdad…
—¡Pero es increíble, Ariel! ¡Es alucinante que puedas hacer esto sin haber venido a Hogwarts! —exclamó la niña con entusiasmo. Entonces, se dio cuenta de sus palabras, y miró a la niña mayor con arrepentimiento grabado en su cara—. Y-Yo… Quiero decir…
¡Eres increíble, Ariel!
Ariel negó con la cabeza, desestimando el error con un movimiento de la mano y cerrando los ojos para intentar librarse de sus recuerdos. Entonces, forzó una sonrisa suave, tratando de tranquilizar a la niña.
—No te preocupes —la interrumpió. Se giró, evitando mirarla a la cara, y miró a través del balcón de la torre de astronomía, observando el paisaje y el bosque que rodeaba Hogwarts—. Realmente no importa.
Y no lo hacía. Por motivos que escapaban a su comprensión, en algún momento se había convertido en el juguete de alguna entidad que parecía disfrutar haciéndola sufrir. Con tantos problemas en el horizonte y una miríada de desdichas en el pasado, lo que menos le preocupaba era que la niña la ofendiera por accidente.
Un silencio cayó entre ambas mientras Violet jugueteaba con sus manos, manteniendo la cabeza gacha. Le tomó varios segundos reunir el valor suficiente como para acercarse hacia Ariel con ojos llorosos.
—Las c-cosas… Creo que van a ser d-difíciles en los próximos días —dijo Violet en tono bajo, tratando de que su voz no se quebrara—. Sé que… Que no quieres hablar acerca de… Muchas cosas… —murmuró, moviéndose nerviosamente, como si quisiera acercarse más a ella pero no se atreviera. Ariel no dijo nada, limitándose a morderse el labio inferior—. ¡Y-Y eso está bien, de verdad! —añadió, medio chillando—. Yo… Eh… ¿Crees que… podríamos hacer esto de vez en cuando…? —pidió finalmente la niña sin mirarla.
Ariel suspiró, dando un paso atrás instintivamente. Había sido buena con ella, pero había unos límites que tenía que autoimponerse si quería mantener la cordura.
—Mira, Violet…
—¡Por favor, Ariel! —exclamó la otra niña, una lágrima finalmente cayendo por su mejilla—. Yo… Yo solo quiero… Por favor… —insistió, su voz finalmente rompiéndose entre sollozos.
Volvió a mirarla, sintiendo su corazón dudar. Ariel sabía que no debía acercarse a Violet. Era peligroso. Demasiado. Para las dos. Pero… ¿cómo podría negarle esa petición a una chica que lloraba mientras suplicaba tener la oportunidad de conocer a su hermana mayor…?
Y, sin embargo, ceder solo lo haría todo muchísimo más complicado. De entre todos los planes que había hecho, en ninguno había incluido o siquiera contemplado la posibilidad de reconectar con personas de su pasado, familia o no, y, la verdad… No sabía si se sentía preparada como para cargar con una responsabilidad así. No después de todo lo que había pasado. Lo único que le esperaba en el horizonte era peligro, por no hablar de que se había visto envuelta a la fuerza en un maldito torneo interescolar. Todas las fuerzas del universo parecían haberse reunido para colocar guillotina tras guillotina sobre su cuello, y sabía que, si alguna de ellas caía, no sería su cabeza la única que rodaría por el fango.
Y, aún así…
No llores, Ariel…
—Está bien —cedió finalmente con un suspiro, con la premonición del arrepentimiento pesando en todos los músculos de su cuerpo. Violet por fin la miró, con sorpresa primero y con infinita alegría después, y la chica mayor pudo relajarse un poco. Ariel se permitió una última mirada al paisaje bajo Hogwarts—. Es tarde, y debería buscar un lugar donde dormir. No pienso usar una habitación preparada por Albus Dumbledore.
Una expresión agridulce apareció en la cara de Violet ante el desprecio tácito hacia el director, pero la niña no parecía querer insistir en el tema. Entonces, frunció el ceño en concentración para repentinamente sonreír como si una bombilla se hubiera iluminado sobre su cabeza.
—¡La Sala de los Menesteres! —exclamó con entusiasmo. Ariel alzó una ceja en su dirección. La chica parecía un cachorro a punto de recibir un premio, porque la miraba con ojos llenos de ilusión infantil—. Es una habitación especial del séptimo piso, en frente del tapiz de Barnabás el Chiflado. Papá me la enseñó el año pasado cuando estuvo de patrulla aquí. ¡Ven, es justo lo que necesitas!
Ariel no tuvo tiempo de responder antes de que la chica la tomara de la mano y tirara de ella para guiarla, casi como una niña buscando enseñarle a sus padres los resultados de un arduo trabajo.
—¡W-woah! ¡Violet, espera!
Siempre estaremos juntas…
~Homo Deus~
~Homo Deus~
Próximo capítulo: Shiten
