¡Hola de nuevo aventureros! Prepárense para un capítulo lleno de emociones intensas y enfrentamientos entre nuestros personajes favoritos. Este capítulo está cargado de conflictos. ¡No se lo pierdan y cuéntenme qué esperan de esta historia!


Capítulo 12

Pov. Emma

El frío aire de la biblioteca me envuelve en cuanto cruzo la puerta. El olor a libros viejos y a madera oscura invade mis sentidos. Merlín se sienta frente a mí, su presencia es una amalgama de serenidad y poder que me pone nerviosa. Lo observo, preguntándome cómo alguien puede parecer tan en paz cuando yo apenas puedo respirar.

Mi mente no para de girar en torno a la espada, a la daga, a la oscuridad dentro de mí. Intento mantenerme firme, pero mis manos tiemblan bajo la mesa.

—Emma —empieza Merlín con su voz profunda— sé que estás decidida a detener a Killian, pero usar Excalibur sin control es extremadamente peligroso.

—Ya lo sé —mi voz suena más cortante de lo que pretendía. No quiero que ninguno de mis seres queridos se involucre y mucho menos quiero que Merlín vea lo asustada que estoy.

El me observa en silencio durante unos segundos que se sienten eternos. Sus ojos parecen leer más allá de lo que digo, hurgando en los rincones más oscuros de mi ser.

—¿De verdad lo sabes? Sabes lo que significa la espada?—pregunta finalmente—Sé que la oscuridad dentro de ti es poderosa, Emma.

Mis manos se cierran en puños a mis costados— Sé lo que significa. El conocimiento de todos los Oscuros está en mí. Un caos de voces que susurran constantemente. Sé exactamente lo que estoy enfrentando.

El mago me observa con atención— Con tanto conocimiento sobre la magia oscura y Excalibur en ti, me sorprende lo irresponsable que quieres ser.

Siento una oleada de rabia. ¿Irresponsable? No tiene ni idea de lo que estoy enfrentando.

—No estoy siendo irresponsable —respondo con dureza— Sé lo que hago.

Se inclina hacia adelante, su mirada se suaviza un poco, pero no deja de ser penetrante.

—Excalibur, es un catalizador que amplifica todo lo que hay dentro de ti.

—Ya lo sé— le espeto, pero algo en sus palabras hace que mi estómago se hunda. —Por eso quiero usarla. Sé que puedo hacer esto.

Merlín sacude la cabeza y su voz se vuelve más grave— No puedes manejar ese poder sola, Emma. Necesitas a Regina.

Mi cuerpo se tensa ante su mención— No. Esto es mi responsabilidad, no la de ella.

—Estás siendo imprudente—responde Merlín y su tono se endurece— Sabes mejor que nadie lo que está en juego aquí. Si intentas usar Excalibur sin control, no solo pondrás tu vida en peligro, sino también la de todos los que te rodean. ¿Por qué te niegas a aceptar ayuda?

—Porque no puedo— repito, mi voz quebrándose un poco— No voy a dejar que se ponga en peligro por mi culpa.

Merlín me observa con curiosidad y frustración— Es curioso… tienes tanto conocimiento sobre los límites y el poder de Excalibur, pero te niegas a admitir la verdad. Esa espada no es una herramienta que puedas controlar sola. Es un reflejo de lo que hay dentro de ti. Y ahora mismo, lo que veo es caos y miedo.

—¡No tengo miedo!— le grito, aunque sé que es una mentira. Claro que tengo miedo. Miedo de perderme en la oscuridad, miedo de no poder salvarlos, miedo de fallar a las personas que amo.

—Sí lo tienes— responde con una calma que me enfurece— Y ese miedo es lo que te está controlando. No estás preparada, Emma.

—¡Estoy más que preparada!— vuelvo a gritar, acercándome a él, desafiándolo a contradecirme— Dime cómo usar la espada. Por eso estás aquí, ¿no?

El me mira, hay compasión y desaprobación en sus ojos— Mi presencia no tiene nada que ver con eso y tampoco para ayudarte a hacer una locura.

—Voy a hacerlo. No necesito tu permiso.

—No está preparada para lo que trama.

Me ofusco y lo miro de mala manera.

—Estoy dispuesta a hacer lo que sea para detener a Killian—respondo con la voz cargada de determinación.

—A veces querer no es suficiente— dice el mago.

Contengo las ganas de patear la mesa maldiciendo por dentro.

Lo miro con furia, mis sus palabras salen entre dientes— ¿Qué mierda tengo que hacer para que dejen de verme como una inútil?

El me observa con calma, pero hay una dureza en su tono— Te voy a demostrar que no estás lista. Y que conste que te lo advertí.

Antes de que pueda responder, siento un cambio en el aire, como si la atmósfera misma estuviera cargada de energía. Merlín levanta una mano y de repente, el mundo a mi alrededor se desvanece. Todo se vuelve oscuro, frío, caótico.

Estoy en una bañera, el agua está helada, y mis músculos se tensan al instante. Trato de moverme, pero es como si el agua tuviera vida propia, como si me aprisionara con fuerza. Mi respiración se acelera y el pánico empieza a instalarse en mi pecho. Puedo ver a la oscuridad instalada en una esquina como un fantasma con ojos de fuego que me acecha. Ella viene por mí.

"Controla tu miedo," escucho la voz de Merlín resonar en mi mente, pero es difícil concentrarme cuando cada fibra de mi ser grita por escapar.

Intento mantener la calma, pero el agua sigue presionándome, robándome el aire. La oscuridad trepa por mis piernas. El miedo se apodera de mí y me siento impotente, atrapada en este caos sin salida. No puedo respirar, no puedo pensar. Todo lo que siento es terror puro.

Y luego, tan repentinamente como comenzó, todo termina. Caigo de rodillas en el suelo, jadeando, tratando de recuperar el aliento. Mis manos están temblando, y no puedo evitar sentirme débil. Derrotada.

Me observa desde su posición, sin moverse— Eso es lo que pasa cuando dejas que el miedo se apodere de ti, Emma. No puedes permitirte perder el control de esa manera.

—¿Qué me hiciste?— pregunto, mi voz todavía ahogada por la falta de aire.

—Te mostré lo que pasará si no enfrentas tus miedos— responde Merlín con calma. —No estás lista. Y lo sabes.

Me pongo de pie, tambaleándome un poco, pero me obligo a mantenerme firme. —Me da igual lo que digas. Voy a hacerlo, con o sin tu ayuda.

—Emma— dice el, su tono firme pero lleno de compasión— No puedes hacer esto sola. Necesitas a Regina. Si intentas manejar Excalibur sin alguien que te equilibre, te destruirás a ti misma. Y arriesgarás a todos los que amas.

—Enseñame a usarla.

—Dejá de jugar a la heroína y mejor piense con claridad— señala con voz firme. Una oleada de furia me calienta la sangre— al unir a excalibur y la daga se desatara el caos y la oscuridad que tanto teme avanzara hasta tomar por completo el lugar que le pertenece.

—No dejaré que me domine… Me niego a ser el maldito oscuro.

—La cuestión Emma, es que ya lo es— mis nervios zumban y siento que en cualquier momento puede explotar— Su nombre está en la daga y no hay vuelta atrás. Pero eso no significa que no puedas encontrar un equilibrio.

Cada palabra de Merlín resuena en mi interior y aunque quiero negarlo, sé que tiene razón. No puedo hacer esto sola. Pero la idea de involucrar a Regina, de arriesgarla… es algo que simplemente no puedo aceptar.

—Si eres el mago más poderoso, ¿por qué no usas la espada tú mismo? —Le espeto, mi voz cargada de frustración.

—¿Crees que no lo he considerado? —responde con calma— Si pudiera, lo haría. Pero hay leyes más antiguas que yo mismo, Emma. Al partir la espada, creé un equilibrio que no puedo deshacer.

—¿Qué significa eso? —insisto, cruzando los brazos sobre el pecho— ¿Acaso no tienes el poder suficiente para arreglar lo que rompiste?

Merlín suspira y se levanta, acercándose a mí. Sus ojos, llenos de años de sabiduría y sufrimiento, me observan con una intensidad que me incomoda.

—No es solo una cuestión de poder, sino de lo que está en juego. La magia de Excalibur no es como cualquier otra magia. Al romperla, aseguré que nadie, ni siquiera yo, pudiera tener acceso a todo su poder. Si tratara de unirla de nuevo, estaría desafiando las propias leyes que impuse para proteger el equilibrio de los mundos. Eso desataría un caos más allá de lo que puedas imaginar.

Lo miro con escepticismo. No quiero creer que alguien tan poderoso como él no pueda arreglar esto. Pero algo en su voz, en la tristeza con la que habla, me hace dudar.

—Entonces, ¿por qué yo? —pregunto, más suave esta vez— ¿Qué tengo yo que no tengas tú?

Me mira como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras— Tú has caminado por ambos lados, la luz y la oscuridad. Has sido tentada por la maldad y aun así, has elegido la luz. Eso es algo que ningún Oscuro ha hecho antes. Eres diferente.

—Pero, ¿y si me equivoco? ¿Y si pierdo el control? —la pregunta sale de mis labios antes de que pueda detenerla. Es la primera vez que lo admito en voz alta. el miedo que he sentido todo este tiempo. El miedo a fallar. A no ser lo suficientemente fuerte.

—El poder de Excalibur no es solo una maldición, también es una oportunidad. Una oportunidad de redimir la historia del Oscuro, de cambiar el destino. No subestimes el poder que ya tienes dentro de ti. La clave no es controlar la magia, sino equilibrarla. Y, aunque te duela admitirlo, necesitarás la ayuda de otros, especialmente de Regina.

—No quiero que ella se arriesgue. —Mi voz se quiebra y siento la presión de las lágrimas detrás de mis ojos. No quiero llorar frente a él, pero el peso de todo esto me está aplastando.

—Lo sé —responde Merlín con suavidad— Pero la realidad es que ya todos están en riesgo y si no aprendes a equilibrar tu magia, será peor.

Cierro los ojos, pero al instante los abro de nuevo. No puedo soportar la oscuridad que veo cuando los cierro, esa sensación de ser consumida por completo. Cada vez que duermo, tengo pesadillas en las que me pierdo en la oscuridad y nunca vuelvo. Mis miedos me controlan, y lo odio. Odio sentirme tan vulnerable.

—Tienes miedo de la oscuridad, de aceptar lo que eres ahora —dice Merlín, como si leyera mis pensamientos— Pero también tienes miedo de fallar. Y ese miedo te está descontrolando. No puedes permitir que te gobierne.

Mis manos se aferran a los bordes de la silla. Sus palabras son como un eco de lo que he estado intentando ignorar todo este tiempo.

—No estoy preparada... —susurro, más para mí que para él.

—No… No lo estás —responde él, sin rastro de juicio en su voz— Y eso está bien. Lo importante es que lo reconozcas y trabajes en ello. La oscuridad siempre estará ahí, esperando el momento de devorarte. Pero también está la luz. Depende de ti encontrar el equilibrio.

—¿Y si no puedo? —pregunto, la voz rota por el miedo que he estado tratando de enterrar.

—No es una cuestión de si puedes o no. Es de permitirte intentarlo, de aceptar ayuda, de dejar que otros entren en la batalla contigo. Regina puede ser la clave para equilibrar tu poder — me mira directamente a los ojos— Ella es la única que entiende lo que es estar tan cerca de la oscuridad y aun así luchar por la redención. Juntas, podrían tener una oportunidad real de manejar el poder de Excalibur sin ser consumidas por él. Pero si lo haces sola... corres el riesgo de caer, como todos los Oscuros antes que tú. No te niegues a la única persona que puede ayudarte a salvarte de ti misma.

Su última frase resuena en mi mente. ¿Salvarme de mí misma? ¿Es eso lo que necesito hacer? Llevo tanto tiempo luchando contra lo que soy que no sé si alguna vez podré encontrar la paz. Mis miedos me persiguen, me acosan en cada rincón oscuro de mi mente y no sé si alguna vez podré escapar.

Merlín se levanta lentamente, dándome espacio para procesar sus palabras. Pero antes de irse, se vuelve hacia mí una vez más.

—Emma, no subestimes el poder del amor y la conexión que tienes con Regina. Es lo único que podría mantenerte en la luz cuando todo lo demás intente arrastrarte hacia la oscuridad.


El poder del amor y la conexión que tengo con Regina. Casi me río de esas palabras. ¿Dónde está ese amor? Porque, en realidad, la única conexión entre nosotras es Henry. Todo lo demás es una farsa.

Subo las escaleras con los hombros rígidos; lo último que quiero es sentarme nuevamente a la mesa y fingir que nos toleramos. La punta de mis dedos hormiguea con la ardiente promesa de romper algunas gargantas.

Doblo por el pasillo hacia mi habitación cuando un ruido al fondo del corredor, justo en dirección a la habitación de Regina, llama mi atención. La curiosidad me pasa factura. A unos diez metros, encuentro a Robin ajustándose los pantalones. "Jesucristo", estaba saliendo de la habitación de Regina, y la peor escena se forma en mi cabeza. La sonrisa de victoria que adorna su rostro me calienta la sangre, pero la ignoro y prosigo mi camino hacia el otro extremo.

Lo escucho moverse rápidamente tras de mí.

—¿Tienes un momento, Emma?

—¡No! —mi voz vibra de furia.

—¿Cuál es tu maldita molestia?

Hago caso omiso de su pregunta, pero él no se queda con mi indiferencia y corre para agarrarme por la muñeca. El contacto me provoca tanta furia que me sacudo de su agarre con violencia.

—Aléjate de mí —le advierto.

—Ella es mía, ¿lo tienes claro, verdad? —esta vez busca hacer contacto con mi hombro. Salto hacia atrás, repudiando que me toque.

—Si vuelves a tocarme, te romperé los huesos —murmuro, retorciendo los dedos para no golpearlo.

—Te duele y me satisface que sea así —suelta una sonrisa burlona— La forma en que la miras. Me diste tantas señales, pero me negaba a creerlo. Y luego vienes y te sacrificas por ella, ¿Qué pensabas que iba a ocurrir? ¿Qué Regina te elegiría por sobre su amor verdadero?

—Eres más imbécil de lo que esperaba —digo en voz baja— ¿Te das cuenta del peligro en que te pones al hacer que recuerde que existes? Te escucho hablar, y lo único en lo que pienso es en lo fácil que sería clavarte los dedos en la garganta hasta escucharla crujir.

—Definitivamente estás enferma.

—Deberías darme las gracias por ayudarte con tu final feliz —las puntas de mis dedos palpitan con fuerza por las ansias de hacerle daño.

—Acabo de disfrutar un hermoso final mientras ella gemía mi nombre.

Mi espalda se endereza como una barra de hierro. Quiero golpearlo hasta ver cómo se le resquebraja la máscara de niño bueno. Es un maldito farsante.

—Eres asqueroso —empujo la rabia nuevamente a su lugar para mantener las fronteras del control estables.

Él pone los ojos en blanco.

—Regina me pertenece, soy su final feliz. No olvides eso.

—Ella no es un objeto que lleva tus iniciales. Además, resultan patéticas tus provocaciones, hombrecito. Mejor ve a hacerle carantoñas a tu reina.

El fuerte golpe que lanza me toma por sorpresa y es imposible no trastabillar. Tan pronto como la sangre comienza a resbalar por el corte de mi labio, el dolor es reemplazado por la urgencia que tengo de golpearlo hasta matarlo.

—Vamos a hacer esto sin magia, perra.

Lanza dos golpes más y retrocedo esquivándolo. Lo exquisito de la situación es que ya no tengo que contenerme. Él atacó primero y me defenderé porque es mi justo derecho por aguantar sus constantes estupideces.

El primer golpe va directo a sus costillas, aúlla adolorido. Repito dos más y el tercero es bloqueado. Rápidamente, sus musculosos brazos se cierran como garras en mi cintura para luego suspenderme en el aire y golpearme con su frente de lleno en la nariz. Estrellas fugaces estallan tras mis párpados mientras el dolor se expande por todo mi rostro. La sangre comienza a brotar de mi nariz rota. Me cuesta respirar.

—Sin magia no eres nada —se regodea.

—No necesito magia para enfrentarte—no es la primera vez que alguien subestima mi capacidad física.

Esta vez es mi frente la que se estampa contra su nariz, lo que provoca que su agarre se afloje y sin vacilar me escapo, plantándome a unos pasos de él, esperando su ofensiva. Al ver que sangra, su ferocidad crece, de inmediato ataca con más fuerza. Esquivo y contragolpeo, recordando cómo de joven me defendía cuando el mundo parecía no ofrecerme nada más que violencia.

Ambos retrocedemos un par de pasos para tomar aire. Incluso ver a Henry salir de mi habitación y quedarse estático al toparse con la pelea no me apacigua. Parece que se debate entre gritar pidiendo ayuda o correr hasta la puerta de su madre. Me mira preocupado, luego a Robin y la furia enciende su joven mirada. Incluso puedo ver un asentimiento hacia mí, como si me alentara a seguir. Es entonces cuando reacciono y me doy cuenta de que no está bien que mi hijo sea testigo de un cruel asesinato. Robin puede esperar por mis torturas. Levanto las manos, abandonando mi pose de batalla.

—Es suficiente, Robin. No me interesa esta pelea absurda.

—No seas cobarde. Esto tiene que terminar hoy —se lanza contra mí para embestirme como un jugador de fútbol americano.

—¡Cuidado, Ma!— grita mi chico, pero no tengo tiempo de apartarme.

La arremetida me lanza pesadamente contra el suelo, vaciando mis pulmones; me toma un poco recuperarme, lo que aprovecha el maldito para arrodillarse y darme dos certeros y dolorosos golpes en el costado. Pero lo peor no es el golpe. Es el dolor que sigue inmediatamente después, un ardor punzante que se extiende por mi cuerpo. Mis ojos se empañan y cuando miro a Robin, veo la satisfacción en su rostro. Me doblo en el suelo, dejando escapar un gemido miserable.

Por el rabillo del ojo veo a Henry correr con urgencia por el pasillo, rehusando el agarre de Robin, quien intenta detenerlo.

—¡Mamá! —grita, pidiendo ayuda— ¡Mamá, ven rápido!

Mientras ruedo lejos de mi atacante, el dolor punzante me hace gemir nuevamente. Me encojo de rodillas en el suelo, intentando recuperar fuerzas. Mis ojos se nublan, y una parte de mí quiere quedarse en el frío suelo y descansar un par de horas. Pero me niego a desmayarme, escuchando su risa triunfante.

—Quizás solo sea la daga la que te mate—dice con una voz que parece no ser la suya —pero aún puedes sentir dolor, ¿Verdad? Y este dolor... tiene que ser insoportable.

Mi mirada se dirige a lo que sostiene entre sus dedos. El estómago se me retuerce cuando veo la punta cónica de una flecha sobresalir entre sus dedos corazón e índice. La flecha está impregnada de algo más oscuro que el simple acero

La realidad me golpea con la misma fuerza que la flecha en mi abdomen. No es solo una herida física; hay magia en esa flecha. ¡Veneno!.

Si alguien se ha ganado el derecho de poder matarlo, esa debo ser yo.

Mis piernas tiemblan mientras intento ponerme en pie. El dolor es intenso, como un fuego lento que me consume desde dentro. Siento que mi magia intenta luchar contra el veneno, pero está en desventaja. No es mortal, pero me está debilitando, drenando mis fuerzas.

—¡Hijo de puta! —mi mano se sacude en el aire y su cuerpo sale volando como un insignificante muñeco de paja hacia la pared— Voy a matarte.

El trato de no usar magia quedó cancelado en el momento en que me atacó a traición. Mis dedos se cierran en el aire, formando un puño que aprieta su garganta y lo eleva; él gimotea un par de veces. Lo lanzo nuevamente, esta vez con mayor fuerza; su cuerpo se desliza blando por el suelo. Vuelvo a la carga, tan concentrada que no noto la magia hasta que la ráfaga de humo púrpura aparece a los pies del bastardo.

—Hoy no lo vas a salvar de mí —le digo a Regina cuando noto su presencia. Ella me lanza una mirada que advierte que me detenga.

—Cálmate —pide con suavidad.

Oigo el zumbido de su magia. No tiene ni idea de hasta qué punto su aparición atiza mi ira. Odio la forma en que lo defiende, especialmente como su mirada cae en mí, es aplastante la acusación que hay en sus ojos.

—No —siseo, llena de rabia.

Robin ha preparado esto. Ha usado algún hechizo o una poción de los libros de Regina. ¿Cuánto tiempo ha pasado planeándolo? ¿Desde cuándo ha estado dispuesto a herirme de esta manera? Si ella cree que voy a detenerme esta muy equivocada

—Quédate quieta. Si te acercas, no respondo —la punta de sus dedos está de un color rojo vivo.

—Regina, ella me atacó primero —resuella el maldito mientras me señala como un niño indefenso.

Estoy tan desesperada por acabarlo que me olvido de Regina. Me lanzo hacia adelante, pero a pesar de mi esfuerzo frenético por llegar a él, no lo consigo.

—Dije que te detengas —una oleada de calor me atraviesa como un relámpago.

Su magia me golpea de lleno en el pecho, dejándome tendida e indefensa en el suelo. El lejano gemido que emite mi garganta me arrastra nuevamente a la realidad. "Regina me ha golpeado". "Usó su magia contra mí". Mis ojos clavados en lo más alto del techo insisten en contener el dolor que trepa por mi garganta y forma un remolino de lágrimas en mis párpados. Hacerme daño para ella debe ser tan natural como respirar. Mi rabia hacia ella me da la suficiente fuerza para que mi cuerpo se deslice por el suelo y me ponga en pie. Aprieto los dientes para no permitirme ningún gesto de dolor, pero me siento mal; tal vez el golpe de Regina me ha vaciado por completo las energías, o puede que su indiferencia haya surtido internamente un efecto catastrófico, como una maldición que se entierra profundamente bajo capas y capas de dolor constante.

—¡La atacaste! —la acusa Henry mientras viene junto a mí.

—Estoy bien, chico —a pesar de mis esfuerzos, no puedo mantenerme erguida. "¿Qué demonios me hizo ese maldito rufián?"

—No sabes lo que sucedió. Él merece todas las patadas que Emma le dio en el culo por mentiroso. Si no la hubiera atacado a traición, ella no habría usado su magia.

—Henry Mills —le lanza una mirada firme— Cuida tu vocabulario.

—¡Ella fue la que me atacó a traición! —acusa él con voz indignada— Le pedí una charla pacífica y se volvió loca, vino contra mí.

Desearía tener las fuerzas suficientes para encadenar a la bruja en una torre y despellejar a mi antojo al maldito embustero. Voy a arrepentirme el resto de mis días por no haber actuado antes y por todas esas veces que me contuve y no le corté la lengua.

—¿Cómo puedes mentir de esa forma? Eres un embustero —mi chico da unos pasos como si quisiera irse contra Robin, pero lo agarro con mis últimas fuerzas del cuello de su abrigo.

—Jovencito, ya basta —ruge Regina y todo el cuerpo de mi chico se sacude— Esta no es una conversación en la que debas intervenir.

—Ella es mi madre, ese hombre la hirió y tú lo defiendes —le reclama molesto— Ni siquiera mereces que te explique lo sucedido.

No estoy segura de poder resistir. Me acerco más a Henry, apoyando parcialmente el peso en él. Una mezcla de dolor y agotamiento aminora mis fuerzas. Vagamente escucho las palabras; se han convertido en ecos lejanos, difíciles de interpretar. Sacudo la cabeza para escaparme del adormecimiento.

—Ve a tu habitación, por favor —pide Regina con voz más calmada, acercándose lo suficiente para querer tocarlo, pero se aleja con recelo, arrastrándome con él. Se me forma un nudo en la garganta ante su inesperada cercanía. Nunca en toda mi vida me había sentido con ganas de hacerle daño, pero darle una fuerte cachetada es un ansia tan feroz que me causa miedo.

—Mírala, no está bien —puedo sentir el momento exacto en que sus ojos se posan en mí. Son dos llamas que lamen mi cuerpo. Me retuerzo débilmente ante cualquier cosa que tenga que ver con ella.

—¿Emma, la lastimé? —la preocupación repentina en su voz me causa náuseas.

Prefiero apuñalarme con la daga antes de admitir que no me siento nada bien.

—Muy bien —mi voz es tan ronca y seca que yo misma la desconozco. Sus ojos oscuros se estrechan mientras examina mi rostro. Mi apariencia debe ser tan deprimente. Lo sé porque siento la nariz como una bola de billar, tan dura y gorda que casi es imposible respirar.

—No estoy bromeando —su voz es profunda y dura.

—Yo tampoco —dejo escapar una sonrisa burlona que me cuesta horrores. Mi costado silba por el movimiento repentino y aprieto los dientes.

—Claro que lo hiciste —revienta nuestro hijo, sin importarle mucho la mirada de advertencia que le lanza la bruja de su madre— ¿Por qué siempre tienes que ser tan mala con Emma?

Los ojos de Regina parpadean con sorpresa. Echa un vistazo hacia mí y me muestro más inexpresiva que nunca. Por alguna razón, el ataque verbal de Henry la ha afectado.

—Déjalo ya, chico —suelto una exhalación larga buscando fuerzas— No le hables así a tu madre.

Aunque respiro con dificultad y permanezco completamente empapada del dolor que estoy sintiendo, no voy a quebrarme.

—Cuida tu tono conmigo, querido —apostaría cada uno de mis dedos a que se siente furiosa por la actitud desafiante de su príncipe. Pero sabe cómo aguantar; después de todo, siempre se ha mostrado orgullosa de no exhibir las emociones.

Observo cómo ambos se muestran disgustados mientras intercambian miradas. Es digno hijo de su madre. De eso no me queda duda.

—Henry, ya basta —siseo entre dientes apretados.

—Solo estoy diciendo la verdad —su labio inferior tiembla y rápidamente se cobija contra mi cuerpo, rodeándome con el brazo. La presión en el torso es demasiado para no causar un fuerte tirón— Creo que me equivoqué con ustedes. Pero ya no tienen que fingir que se agradan por mí. Hay personas que no están hechas para convivir y ustedes son una de esas.

La mirada de Regina se suaviza para él. Nuevamente busca contacto, pero el siguiente rechazo por parte de mi chico llega con más ferocidad que la vez anterior.

—Puedo hacerme cargo de mi madre, no te necesitamos —su voz suena quebrada por el enojo.

Regina se queda rígida, mirándolo fijamente con un toque de dolor. Se acaricia la punta de los dedos unos con otros. Luego me mira y mis mejillas florecen con un ardor adolescente.

—Tienes razón, no me necesitan.

Continuará…


¡Vaya! Este capítulo fue un huracán de emociones y conflictos. Estoy segura de que sientes lo mismo que yo al escribirlo. ¿Qué crees que sucederá ahora entre nuestras protagonistas? ¡Déjame tus teorías en los comentarios!

Pueden encontrarme en Instagram. _~

Imágenes y música creadas especialmente para el Fic

Hevy_lara