¡Hola, mis increíbles lectores! Hoy les confieso algo: tengo una protagonista favorita… Les daré una pista: es la que más hago sufrir . ¿Ya saben quién es? ¡Espero sus respuestas!


Capítulo 13

Pov. Regina

Me acerco un par de pasos a Henry, pero él siente mi presencia y se aleja, molesto. Veo la ferocidad en sus ojos; la siento. Apenas puedo acercarme sin que la debilidad que me causa su rechazo me azote en el estómago y me deje los miembros pesados como plomo. Las cosas empeoran al saber que también he lastimado a Emma. Me entregué por completo a la rabia y la dañé.

A mis pies, un jadeo me hace bajar la mirada al suelo.

—¿Puedes ayudarme, por favor? —su petición me enfurece aún más.

—Estás empeñado en que ella te mate —lo miro con una expresión acusadora.

—Me atacó —se inclina hacia adelante, palmeando mis muslos. El rechazo trepa por mi estómago y me cierra la garganta. Doy un paso atrás y me aparto de sus dedos— Lo único que hice fue defenderme.

—¿Y cuál fue la razón para que ella te atacara? —levanto las cejas.

Mi mirada se dirige al pasillo por donde Emma ha desaparecido, encorvada. Sé que Snow y Rubí están con ella; he escuchado retazos de sus voces desde el otro lado. No sé qué sucede en su habitación, pero algo me dice que debo ir, aunque no me necesiten.

—Regina, mira cómo me ha dejado. Me rompió la nariz y creo que hasta una costilla —su rostro se contorsiona en una mueca de dolor, pero no le creo.

—¿Qué hiciste, Robin? Piensa bien tu respuesta antes de mentirme. Explícame por qué necesitabas hablar con Emma.

—Te preocupa que haya lastimado demasiado a tu salvadora —su voz destila desprecio.

Mi salvadora. A la que he acatado por él y pensarlo me envía una descarga de culpa. Nunca mis manos se habían elevado contra Emma; mi magia jamás la había tocado para hacerle daño. Puede que haya usado una tarta envenenada, pero no se compara. La miré a los ojos y le lancé un potente golpe alimentado por mis frustraciones, rabia y una mezcla de sentimientos que se precipitaron por mis dedos, listos para hacer daño. Logré mi cometido y me he condenado a mí misma al arrepentimiento. La garganta se me cierra con la imagen de Emma, lastimada y frágil. Me siento un monstruo.

—Cuando los demás sepan lo que hiciste, no serán tan benévolos como yo.

Debe ver la furia cruzar mi rostro porque, de inmediato, con las palmas de sus manos se impulsa para levantarse. No está tan mal como decía. Aún puede aguantar un par de golpes y me gustaría ser quien se los proporcione.

—¿No me crees? Debí suponer que sus palabras eran más valiosas que las mías.

—¿De veras crees que lo haría? Mi propio hijo te señala como un embustero.

No me quedo a escuchar su respuesta. Parece absurdo quedarme cuando realmente quiero estar en otro lado. Tan pronto como llego a la puerta entreabierta, discretamente miro hacia dentro. La rubia ocupa todo el largo de la cama mientras Rubí le quita la chaqueta, dejándola en un brasier negro de encaje. Emma emite leves gemidos con cada movimiento y el corazón se me aprieta ante la escena. Ni siquiera estoy segura de cómo resisto. Quizás inestable e indefensa se acerque un poco a describir mi estado actual.

—¿Qué pasa, Emma? —la urgencia en la voz de la loba es evidente— Por favor, háblame.

Rubí se aparta unos segundos, llamando a Blanca, lo que me permite contemplar con claridad el arsenal de moretones en su torso pálido. No presto atención a las amenazas que me lanza la loba ni a sus advertencias de que no puedo estar allí. Mi interés está en ver cómo Merlín se acerca y examina ambos costados de Emma, moviéndola con gentileza de un lado a otro, deteniéndose más tiempo en el izquierdo. Su mano se pierde por la espalda y cuando sus dedos vuelven a quedar a la vista, están teñidos de rojo.

La respiración se me atora en la garganta como una soga que me estrangula.

—¡Ma! —grita con urgencia Henry y el feroz deseo de socorrerlos me impulsa hacia adelante, pero un golpe de magia me lanza dos pasos atrás. Contengo el aliento al percatarme del hechizo que me mantiene fuera. El dolor en mi pecho no es solo por la barrera mágica, sino por la distancia emocional que ella misma ha impuesto.

—¿Qué está pasando? —dejo escapar un gruñido de disgusto mientras mi cuerpo zumba por la rabia.

Snow viene hacia mí con Henry refugiado entre sus brazos y mi respiración se vuelve cada vez más agitada. No puedo tranquilizarme.

—Es mejor que te quedes con Regina —él me mira y se va lejos, para sentarse en el suelo.

—Henry —lo miro con tristeza.

—No me hables, todo es tu culpa —su voz suena quebrada. La bilis me sube por la garganta, especialmente porque me hace sentir como una traidora.

Blanca me coloca una mano en el hombro. Me preparo para algún reclamo de su parte, pero encuentro en sus ojos un calor abrasador que me calma.

—Por favor, no hagamos que las cosas se pongan peor —me obsequia una sonrisa triste.

—Debo entrar a esa habitación —la urgencia en mi voz es evidente.

—No lo harás —ruge la loba, llegando al lado de Blanca— Deberías marcharte.

Se inclina hacia adelante, con la mirada chisporroteando odio. Me froto las manos para calmar la oleada de calor que se acumula en mis dedos.

—Ru, por favor —Blanca usa su tono más conciliador— lleva a Henry a su cuarto y espérenme allí tranquilos.

—Pero, Snow —refuta la loba.

—Ella está bien, Merlín se encargará y tú debes procurar que Mérida y Mulán no se enteren de lo ocurrido. No quiero otra batalla en este castillo —dice con un tono cargado de preocupación— Pensé que el enemigo estaba allá fuera.

El resoplido de Rubí sale con furia contenida. Clava sus ojos oscurecidos en mí y yo le lanzo una mirada fría.

—Si fuera tú, metería a tu noviecito en una urna de cristal —enseña los afilados dientes mientras habla— si las chicas se enteran de lo que hizo, irán por su cabeza, y no voy a detenerlas.

Los dedos de Snow presionan mi muñeca para apartarme. Cuando me resisto, ella tira más fuerte, alejándome de la repentina atracción de despellejar a una loba.

—Regina — Sus ojos se fijan en los míos con una petición silenciosa de calma.

—Lo siento, Blanca —murmuro con voz rota— Debes saber que yo nunca hubiera querido hacerle daño.

Estoy en un callejón estrecho entre romper a llorar delante de mi antigua enemiga o ponerme a suplicar que me perdone. Snow me mira fijamente, frunciendo los labios en una expresión de sorpresa.

—Querida, lo sé —responde con firmeza y su comprensión me hace sentir toneladas de culpa— No te culpo por defenderlo, pero no es tan inocente como dice. Yo misma quiero ir y clavarle una flecha entre las cejas.

El aliento se me queda atorado en la garganta, y me tambaleo hacia atrás. ¿Qué está tratando de decirme?

—Blanca, ¿Qué fue lo que hizo Robin?

—Lo que sea que tengamos que hablar sobre él será en otro momento —dice rápidamente— Por ahora debes mantener la calma porque no podrás entrar a esa habitación.

Mis ojos la miran ansiosos y llenos de dolor. Aprieto el rostro contra las palmas de mis manos, buscando la forma de volver a respirar.

Snow me lanza una mirada compasiva.

—No me pidas eso —el corazón me palpita intranquilo.

—Estoy de tu lado, Regina —me dice suavemente— Pero Emma no te quiere allí; está claro que deben calmarse para poder hablar.

Un gemido bajo brota de mi garganta al escuchar su nombre. Emma no me quiere allí y la revelación me azota como cadenas de fuego que cortan mi carne.

—Al menos puedo quedarme aquí —la súplica brota de mi garganta sin poder retenerla. Estoy demasiado débil para protegerme con mis barreras y máscaras habituales.

—Claro, querida.

Estoy completamente segura de que mi imagen encorvada en un rincón no es la más elegante. La media hora que espero no afloja la línea tensa de mis hombros. Muchas cosas pasan por mi cabeza; una de ellas es ir por Robin y exigirle una explicación, pero eso lo dejaré para más tarde. Tamborileo los dedos en la pared para calmarme, miro mi reloj de pulsera; veinte minutos más se agregan a la espera, y mis ojos continúan taladrando la puerta por donde mi antigua némesis desapareció.

Cuando la puerta se abre, salto en busca del mago con desesperación. Snow viene tras él, pasa a mi lado haciendo una leve inclinación de cabeza y sigue su camino.

—Todo está bien, majestad —se apresura a responder.

—¡Ella está bien! —Mi estómago se sacude como un mar revuelto.

—Lo estará si descansa —su sonrisa no me tranquiliza. Estamos hablando de Swan; ella no sabe lo que es permanecer quieta y no sé si alguna vez ha tenido cuidado con su propia seguridad.

—Quiero saber qué fue lo que pasó. Yo... ¿fui quien la lastimó? —sé que él puede sentir el miedo que bulle bajo mi piel.

El mago suspira profundamente antes de hablar —Emma está lidiando con algo más grande que una simple batalla física, Regina. Su magia está... desestabilizada. No puede sanar como debería.

Trago con fuerza, acomodando la angustia que tengo en el pecho.

—¿No está sanando? Ella es el Oscuro, tiene aún más poder para curarse —digo, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—El problema es precisamente ese. Dentro de ella, la luz y la oscuridad están en guerra. Sus heridas no sanan porque su magia no sabe cuál debe actuar. Es un conflicto interno que no puede resolver sola. Físicamente, puedo decirte que está cansada, magullada y sintiendo mucho dolor, pero insiste en aparentar que las cosas están bien. Pensé que ya lo sabías, que lo habías notado —añadió, casi como una disculpa.

El impacto de sus palabras me dejó helada. Sabía que Emma estaba luchando, pero no tenía idea de que la batalla era tan profunda. Los moretones en su piel, los pequeños cortes que no desaparecían... todo empezaba a tener sentido.

—¿Está sintiendo mucho dolor?

—Ser el Oscuro no la exime de sentir. Tiene golpes de hace varios días atrás y dos heridas de...

—¿Heridas? —un escalofrío me recorre por dentro— ¿Aún tiene heridas de la batalla con el manco?

—Lo siento —dijo conteniendo una amable sonrisa— se supone que no debemos tocar el tema. Será mejor que sea ella quien te informe lo sucedido.

—¿Qué tema?—insisto molesta.

—Lo siento, Regina.

Arranco con furia hacia la puerta, pero los dedos del mago se cierran en mi antebrazo para detener mi arrebato. La gente se está tomando muchas atribuciones conmigo, me tocan constantemente y al parecer han olvidado quién soy. Lo observo ofreciendo una mirada amenazante. Hay dudas en sus ojos, pero no me suelta.

—No puedes detenerme—mi voz es un latigazo lleno de furia.

—Ella no va a morir, Regina —su sinceridad no me calma. Nada puede mitigar la preocupación casi dolorosa que se aplasta en mi pecho.

—Pero siente dolor —susurro y su mirada se suaviza— Y me gustaría saber qué está pasando con ella y quedarme aquí no me dará respuestas. ¿Entonces qué hago? Ella no puede esperar que su pobre hechizo vaya a detenerme aquí para siempre.

Merlín da un paso hacia adelante, su expresión compasiva —Emma tiene miedo, Regina. Miedo de lo que significa ser el Oscuro, de que te pongas en peligro por ella. Piensa que si te mantiene alejada, te está protegiendo. Pero en realidad, se está castigando a sí misma.

Si espera que sus palabras me tranquilicen, pues el efecto fue todo lo contrario. La preocupación me pellizca por dentro y me doy cuenta de que quiero correr hacia Emma.

—Debo entrar a esa habitación —mi voz tiembla, azotada por la impotencia —Tú mismo dijiste que podría ayudarla a equilibrar su magia. ¿Por qué me impides que la vea?

Reprimió un estremecimiento. Una poderosa corriente de calor brota por mis fosas nasales. Lo observo fijamente, preguntándome cuánto puedo tardar en derribarlo. Reconozco que puede costarme.

—No le estoy impidiendo nada, solo le informo que Emma no acepta tu presencia. Incluso cuando yo mismo le dije que necesitábamos tu ayuda, ha preferido llevar a solas el dolor —se pasa la mano por los cabellos morenos, luciendo agotado— Si puedes ser su equilibrio, ¿Pero cómo, si solo huyes? Me cuesta ver cómo luchan por esconderse la una de la otra, conteniendo los sentimientos para luego transformarlos en ira. Te veo, Regina, y me entristece que necesites la aprobación de los demás para ser feliz.

—No me escondo de nadie y si debo ejercer el poder que tengo para poder ser feliz, lo haré.

—Me pregunto si tener que ejercer su poder es lo que la mantiene lejos de lo que realmente quiere. Acepte por una vez que tienes miedo de perder el control y volver a ser la villana a la que todos señalan.

—¿Acaso he dejado de serlo para ellos?—la voz me tiembla por el peso de las palabras.

—Por eso quiero asegurarme de que lo tengas claro. Para muchos, seguirás siendo mala, sacrificarse para encajar nunca será suficiente. ¿Entonces por qué continúas sumida en el dolor?— hay un rastro de tristeza en su voz— Estás sufriendo, pero no haces nada para cambiarlo. Tienes derecho a ser feliz, pero no estás ni cerca de lograrlo si continúas por el camino que los demás han elegido para ti. Majestad, estás tan hambrienta de aceptación que te olvidaste de ti misma.

Mi corazón palpita a un ritmo ansioso y adolorido. ¿Cómo logra ver tan profundamente, dejándome desarmada y expuesta?

—¿Por qué me dices todo esto?—susurro, sintiendo la angustia apoderarse de mi cuerpo.

—Puede que solo te esté ofreciendo un poco de apoyo para que luches por tu corazón.

—No puedo— digo con la garganta apretada.

—¿Por qué no?

—¿Estás seguro de que recuerdas con quién estás hablando? —le pregunto en tono de burla, y él suelta una sonrisa fresca y verdadera.

—Con una mujer tonta y enamorada— dice, su mirada fija en la mía, llena de comprensión.

Miro la puerta cerrada, deseando poder atravesarla y quitarle el dolor a Emma. Pero sabía que Merlín tenía razón. Esto no se trataba solo de magia, sino de confianza, de miedo, de amor. De encontrar la manera de llegar a Emma sin empujarla más lejos.


Ha sido una larga hora de espera en un día difícil, lo aseguro y se pone mucho peor cuando me detengo en el umbral de la puerta y nuestros ojos se topan. Hay una dureza y frialdad que me sorprenden y me hacen dudar si es una buena idea entrar en la habitación. Dentro de los bolsillos de mi chaqueta, mis manos tiemblan. Podría presumir de fuerte y despiadada, pero con Emma me estoy quedando sin barreras.

—No te atrevas —advierte al verme avanzar.

Ignoro la rabia en su tono y con un movimiento de muñecas barro su hechizo. La cólera resplandece en sus ojos como lenguas de fuego que quieren aniquilar. Parece como si me odiara y es algo que no puedo sobrellevar; puedo con nuestras peleas y su indiferencia, pero no logro dominar lo desamparada que me deja su rabia. Se incorpora despacio para levantarse, pero la mueca en sus labios y sus puños apretando las sábanas me dicen que moverse le causa mucho dolor.

—Lo siento —susurro mientras cierro la puerta y mantengo la distancia.

—No hay por qué disculparse —la oleada de resentimiento en su voz me sacude.

—Mi intención no fue lastimarte —mi corazón late fuerte.

—He pasado por cosas peores, un par de moretones no son nada —comienza a sentarse en la cama.

Quizás sea mejor retroceder y marcharme. Emma no es una chica frágil, tampoco necesita de mí. De alguna manera, yo sí necesito estar cerca, tocarla y estar segura de que realmente está bien.

—Emma, yo…

—Déjalo ya, Regina —contesta con voz afilada, mirando hacia la ventana, evitando cualquier contacto visual.

—¿Tanto te desagrada mi presencia? —susurro, dolida. Quiero pedirle que me perdone, que marcharme no era mi intención, pero el miedo me hace retroceder. Las voces de los que me señalan ladran en mi cabeza dando órdenes. Merlín tiene razón, soy una tonta— Necesitamos hablar, por favor —mi voz tiembla, azotada por la impotencia.

—Ya nos hemos dicho demasiado. Me diste tu respuesta. Tomaste tu elección, no sigamos perdiendo el tiempo.

Nos miramos durante un largo y tenso segundo. Es Emma quien rompe el contacto, gira su rostro nuevamente hacia la ventana, puedo ver una chispa de pena que se asoma en su mirada. Por más que lo intento, me es imposible mantener la calma cuando ella parece tan distante, tan quebrada. ¿He causado todo esto? ¿Qué hice mal? ¿Cómo llegamos a este punto?

Y es en ese instante cuando me doy cuenta. La distancia no es física; es emocional. Emma se ha alejado para protegerme, para protegernos. Pero al hacerlo, ha creado un muro que nos separa y me duele más de lo que puedo soportar.

—Al menos déjame curarte —le pido amablemente antes de que las verdaderas palabras salgan de mi boca, "Necesito tocarte". Me muerdo los labios por miedo de que mi súplica brote sin control.

—No soy tu proyecto de caridad. Ya vete—dice y su voz herida me desgarra.

Entorno los ojos, sorprendida por su respuesta —Deja de ser testaruda, no puedes curarte sola —digo lanzando un suspiro— Debiste decirme por lo que estabas pasando, te hubiera ayudado.

Ella suelta una risa ronca y mis entrañas se estrujan tan fuerte que me deja una sensación desagradable en la boca. Una mueca de desprecio le tuerce los labios, y sus dedos se aferran a las sábanas, más furiosas que antes. La visión que me muestra de ella es tan distinta a la que conozco.

—Y, por supuesto, tú sí puedes hacer lo que Merlín no —dice con tono de burla.

Elevo la mirada, tomando aire profundamente. Después de permanecer en silencio, mis ojos la buscan nuevamente.

—Tu magia y la mía han trabajado juntas, quizás...

—No quiero que me toques… No quiero nada de ti —escupe con rabia, sus ojos fijos en los míos, desafiándome.

—Yo quiero hacerlo —mi voz se quiebra, dolida por su rechazo. Me resulta extraño aceptar que las emociones hacia Emma me vuelven una extraña bajo mi propia piel. El terror de que todas las palabras que aprisiono en mis labios se desboquen es infinito.

—¿Tienes idea de lo mucho que te amo y lo que me duele? —me mira dolida mientras habla y las rodillas se me aflojan. Escondo el rostro entre las manos porque quiero gritar— Pero no puedo pasarme la vida esperando por ti.

—Quiero quedarme a tu lado —digo sin poder callarme— déjame curarte y hablemos.

—¿Qué juego estás tramando? —capto el tono ansioso de su voz.

Hay una fuerza que me empuja hacia ella al ver cómo se está rompiendo por mi culpa.

—No hay ningún juego, quiero estar aquí— las palabras apenas salen.

—Por favor, no te acerques —su espalda se aprieta contra el respaldo de la cama— Respeté tu decisión. ¿Por qué haces esto? ¿Qué demonios quieres de mí?

Me gustaría poder gritarle que lo quiero todo con ella, aunque sea unas migajas de felicidad, no me importaría.

—Emma, escúchame, por favor —le suplico con labios temblorosos.

—Tú y yo. Es una combinación escalofriante para tus oídos, ¿Verdad? Sin embargo, te gusta venir y ver cómo caigo por ti, hacerme gemir tu nombre, prenderme fuego por el deseo. Incluso ahora, cuando ya tomaste tu decisión, no puedes evitar buscarme y arrojarme a las llamas. Ya no puedo confiar en ti cuando eres la persona que más daño me hace.

No entiendo cómo alguien tan poderoso como yo no puede pronunciar unas simples palabras. Dejo de pensar y me acerco rápidamente a su cama. Sus ojos se abren de golpe, como si yo fuera la mayor amenaza de su vida.

Emma me maldice una y otra vez y no me importa. Se retuerce débilmente cada vez que hago el amago de tocarla. Nuestra batalla es constante hasta que capturo una de sus muñecas para inmovilizarla y con su mano libre me abofetea el rostro con las pocas fuerzas que tiene. Ella ha quedado más conmocionada que yo por el golpe. Vacila y fácilmente atrapo su muñeca contra la cama.

—Ya basta, te harás daño —le suplico con la voz quebrada. Da unas últimas sacudidas hasta que se queda quieta.

—Dé-ja-me —tartamudea— como lo haces siempre.

—Cariño, nunca he querido estar lejos de ti —puedo ver cómo sus ojos se van llenando de lágrimas. Apoyo la frente contra la suya, dejando brotar mi propio dolor.

Nos quedamos muy quietas, con mis manos aún aprisionando sus muñecas. Con la nariz, le rozo la piel del cuello y ella jadea bajito.

—Sé lo que haces, me distraes para curarme con tu magia —su voz tiene un tono cansado y adormecido— Estás haciendo que me duerma… No quiero.

Mi mano derecha sube hasta enredar los dedos en los rizos de su nuca. La acaricio constantemente mientras envío otra corriente suave de calor a través de mis manos.

—Cariño, solo estoy cuidando de ti.

Ella gruñe y su parpadeo constante me dice que se resiste, pero sus respiraciones tranquilas y pausadas anuncian que no tardará en quedarse dormida.

—No... no soy tu cariño. Te odio —utilizo la mano izquierda para acariciarle la espalda— y tú… tú me odias, ¿Por qué cuidarías de mí?

Finalmente, su cabeza cae sobre mi hombro. Es obvio que ha quedado vencida.

—Duerme, dejaré de ser una cobarde, lo prometo.

Continuará...


¡Qué capítulo tan intenso! Muchas emociones encontradas, pero al final tuvimos un momento tierno entre nuestras protagonistas. ¿Qué les pareció esta montaña rusa de sentimientos? ¡Cuéntenme todo en los comentarios!

Pueden encontrarme en Instagram. _~

Imágenes y música creadas especialmente para el Fic

Hevy_lara