¡El momento que todos estábamos esperando ha llegado! Este capítulo viene cargado de intensidad y emociones a flor de piel. ¡Prepárense para sentir cada segundo de esta historia! …. ¿Listos para lo que está por venir?
¡Y así concluye nuestra maratón de capítulos! Espero que hayan disfrutado esta dosis extra de drama, acción y amor. ️ Gracias por ser parte de esta aventura conmigo y por toda la paciencia y el apoyo que me brindan. ¡Disfruten el capítulo!
Capítulo 14
Pov. Regina
Me quedo parada en la puerta, contemplándolo a medio vestir en mi habitación. Con su ancho torso desnudo, se vuelve para mirarme. Cierro bruscamente la puerta. Tenía su propia habitación, ¿Qué demonios hacía en la mía?
—¿Tienes problemas con tu baño?
Él se acerca, tocando con la punta de sus dedos mis mejillas. Su sola presencia me hace sentir rabiosa, ¿Qué puedo decir de su contacto?. Molesta, me aparto.
—Necesitamos pasar tiempo de calidad juntos —sus pupilas se fijan en mí de una forma tan intensa que me hace retroceder— Me quedaré hoy.
Después de soltar aquella estupidez, se acerca para abrazarme. Pongo una mano en su pecho para marcar distancia, tratando con todas mis fuerzas de no abofetearlo.
Había pasado lo que tenía que pasar entre los dos, sí. Solo una vez. Aquella en la que vi a Emma besar a la maravilla sin manos, en ese entonces no entendí mi reacción de salir a buscar a Robin y cometer la mayor estupidez. Hoy soy consciente del porqué. Fueron los celos, malditos celos que me hicieron meterlo en mi cama para luego arrepentirme. Tuve que buscar suficientes excusas para evitar que nuevamente ocurriera.
—Eso no pasará—mis palabras salen frías, cortantes.
El rostro de Robin se tensa y se ensombrece. Comienzo a alejarme de él; he soportado demasiado la carga de tener que aguantarlo. No puedo más.
—Regina. Dios, lo siento. Sé que estás molesta por lo sucedido —baja la mirada, sin embargo, algo en él no me parece realmente sincero.
Se acerca a grandes zancadas. Me rodea entre sus brazos y todo mi cuerpo se pone en tensión. Cuánto tiempo tuve que esperar para ver al verdadero hombre que tengo a mi lado. No quiero que pase un minuto más.
—Suéltame... por favor, solo apártate—susurro, tratando de mantener la calma.
Es insoportable mantener su contacto.
—Por favor, amor, no me alejes— sus brazos me envuelven en un abrazo incomodo.
Durante unos instantes me quedo quieta, únicamente analizando cómo fue que me pareció fácil sacrificar mi alma por un amor impuesto. "Llegaré a amarlo", me decía. "Es un hombre bueno". Me estremezco al ver que me equivoqué. Robin solo fue un hombre fabricado para mis ojos, para que viera en él lo que necesitaba. Y qué hay de mis anhelos, del suspiro que se desprende de mi interior cada vez que lo miro, y una vocecilla en mi cabeza susurra que necesitar y querer no es lo mismo. Entonces, experimento una profunda lástima por él. Sentimiento que se borra al recordar a Emma y el daño que le hice por defenderlo una vez más. Las entrañas se me revuelven al recordar lo asustada que estaba al verla sangrar.
—Te amo, Regina —me aprieta más entre sus brazos— Solo perdí la cabeza.
—Que me sueltes— dejo una pequeña descarga de magia contra su pecho. Inmediatamente retrocede un par de pasos.
Allí estaba esa mirada amenazadora.
—Oh, cielos, ¿estás así porque me defendí? ¿Qué esperabas, que me ofreciera en bandeja y dejara que me matara? —sus fosas nasales se agitan.
—¿Ella se lanzó a atacarte así, nada más? —él asiente, pero el repentino nerviosismo en sus ojos me hace sospechar— No estoy dispuesta a tolerar que me mientas.
—Esa mujer me falta al respeto cada vez que se le antoja, y no voy a tolerarlo más —me responde, como si sus palabras fueran lo más simple del mundo.
Cruzo las manos sobre mi pecho para contenerme y no lanzarlo por los aires. Saber que este es el hombre con el que tengo que compartir mis días me hace sentir tan enferma. Sigo sintiéndome como un papel sobre el que todos quieren plasmar sus ideas, menos yo. Me enfurezco y la rabia es un acorde sutil que resuena en cada espacio de mi interior. Tengo que despertar del sueño profundo que me he dejado imponer.
—Se equivocaron de mujer —susurro entre dientes.
Evidentemente, mis palabras lo toman por sorpresa. Tuerce el gesto.
—¿Qué tratas de decir?—me mira con un fuego ardiendo en sus ojos.
Se encuentra a unos pasos de mí, listo para avanzar; sin embargo, levanto mi mano advirtiéndole que, si lo hace, no voy a contenerme.
—Lo que escuchaste. Esto no tiene sentido. Necesitas a una mujercita que se deje mangonear. Alguien a quien puedas mostrarle tus ataques posesivos. Mi voz es cortante.
—Sabes que te amo, ¿verdad, Regina? —se muestra dolido— Pero a veces me sobrepasan las cosas que nos rodean. Tú prefieres mantenerme alejado y eso me lastima.
Se acerca a mí como un niño maltratado, pero esta vez no me ablanda.
—¿Te sobrepasan? —pregunto a la defensiva— Soy una maldita reina; no te necesito a mis espaldas dándome órdenes. Yo doy las órdenes— mi voz retumba como un eco en la habitación.
Me acerco a él, apretando con fuerza su chaqueta de cuero.
—Regina, perdóname.
Doy un paso atrás queriendo escapar de su contacto.
—Encuentra lo que quieres lejos de mí— mi rabia es tangible, por dentro siento una furia que apenas puedo controlar.
—Teniéndote conmigo, no quiero a nadie más —se queja con voz débil.
—Lo siento, Robin. Muchas veces he intentado que esto funcione, pero...
—En nuestra relación no hay peros, cariño; debe ser perfecta. Somos almas gemelas—dice, su tono de voz cambia a una calma peligrosa.
Vuelve a acercarse. Toma mis mejillas entre sus manos y su contacto se siente tan áspero. Intenta besarme y forcejeo para que no lo haga.
—No quiero hacerte daño, Robin, para —digo mientras lo empujo con todas mis fuerzas sin lograr apartarlo.
Intercambiando miradas, hay rencor en él. Rabia que no me había tomado el tiempo de ver, pero ahora puedo distinguirla por completo. Una corriente de calor zumba en mis dedos como señal de advertencia.
—¿Qué te cuesta quererme? —grita y mi corazón se agita alarmado— Nunca me diste el lugar que me corresponde.
—Vamos a hablar calmados— aunque estoy furiosa, hago el mayor esfuerzo para que las cosas no se descontrolen.
—Crees que soy un idiota, ¿verdad? —me sacude con violencia y hasta allí llega mi calma— ¿Qué te costaba quererme? —su voz surge como un gruñido desde lo más profundo de su garganta— Solo teníamos que ser felices, pero tú lo arruinaste todo.
Jadeo por el dolor que me producen sus dedos apretando mi antebrazo. Incómoda, logro mover la muñeca lo suficiente para que otra descarga lo haga volar contra la pared. Una lámpara y un par de libros caen al suelo. Tenso cada músculo del cuerpo conteniendo el fuego para no derramarlo sobre él.
—No entiendo por qué la gente insiste en decirme qué hacer o sentir —confieso a quemarropa.
Tan pronto como cae al suelo, se levanta con los ojos puestos en mí. Me doy cuenta, por la forma en que me mira, que guarda mucho rencor.
—Serás mi esposa, así tiene que ser. Aunque seas una perra y te revuelques con ella— un escalofrío me recorre la espalda al escuchar sus palabras —Llegué antes que los demás, Henry ni me notó, pero yo sí te escuché. Fui a buscarte a tu habitación, pero estabas en la de ella, gimiendo como una maldita ramera pidiendo más— sus ojos reflejan una furia que me es tan desconocida.
Me quedo paralizada y él lo aprovecha. Me enviste como una fiera con demasiada violencia, haciéndome caer de espaldas contra el suelo.
—No…— las palabras salen pesadas de mi boca. Intento empujarlo, pero el golpe me ha dejado mareada y sin fuerzas.
La furia hierve en mi interior, mezclada con las ganas que tengo de matarlo.
—Pero soy bueno y te perdono—utiliza toda su fuerza para inmovilizar mis manos, impidiendo que utilice mi poder— Serás mi esposa y no habrá más magia.
Sacude mi cuerpo con agresividad y de volandas me pone en pie.
—Tú no me das órdenes —lo miro sin ningún temor— Nunca. Escúchame bien, jamás me voy a casar contigo.
—Eres mía —sentencia con rabia, pegándome a su boca con violencia. Mis dientes se clavan en sus labios, haciéndolo gritar de dolor— ¿No ves lo que hago por ti? Hasta te robé un estúpido hechizo para que mi flecha pudiera causarle suficiente dolor a la maldita. Romper su carne y hacerla sangrar fue una recompensa grandiosa.
La miro, desconcertada, mi mente buscando sentido a sus palabras.
—¡Tu!…—Inhalo aire con violencia. La sangre empieza a arder en mis venas. ¡Las heridas que sangraban las causó él! El poder de la magia se arremolina dentro de mí como una bestia. Me sacudo hasta que mis muñecas se quejan por el dolor intenso de su agarre —Fuiste un cobarde y yo te defendí —digo en voz ahogada— Voy a hacer que el recuerdo de este momento te acompañe hasta el final de tus días.
— Necesitas mucha disciplina —ríe entre dientes.
En respuesta, elevo la rodilla y se la clavo en la entrepierna con todas mis fuerzas. Robin se dobla y en cuanto sus rodillas tocan el suelo, mis muñecas se liberan. Mientras él se queja y despotrica contra mí, espero con paciencia a que me mire. Quiero que me vea directo a los ojos y sea consciente del fuego de mi odio. Con un ligero movimiento, mi magia se desata contra él. Lo observo mientras se lleva las manos a la garganta y me inclino para que vea la satisfacción en mi rostro. Una sonrisa malévola decora mis labios.
— Oh, qué fácil sería hacerte desaparecer —murmuro, disfrutando de su agonía.
— Me pregunto qué cosas pasaron por tu cabeza al querer enfrentarme de esta manera. Acepté todo, me doblegué para tolerar lo que querían —podría golpearle el rostro, hacer que su insolencia ardiera en llamas, incluso arrancarle el corazón y convertirlo en cenizas. Podría... pero hay otra culpable. Yo. Una parte de mí experimenta una furia visceral contra mí misma por haber permanecido obediente, como un rebaño que se mueve de un lugar a otro. Me aferré a una esperanza absurda. Él era mi alma gemela y mi obligación era amarlo.
Otro error para mi colección.
—Tuve la absurda idea de que tarde o temprano tenía que amarte. Era lo que tenía que pasar porque estábamos destinados, ¿verdad? –gemidos y lloriqueos son la única respuesta que el me da.
Es sorprendente cómo su bravuconería se ha roto. Ante mí, de rodillas, está el hombre falso que nunca pude ver. Qué frágil se ve, como un cristal que puedo romper cuando me plazca
— Pero tú querías más de lo que podía entregar. Ahora, tengo que darte las gracias por mostrarme lo equivocada que estaba y lo estúpida que he sido.
Lo elevo y Robin se encoge en el aire. Por extraño que parezca, siento lástima por él.
— No es tu culpa. Es mía por no haberle puesto fin desde un principio. Sin embargo, has olvidado con quién tratas. Tú mismo piensas que soy un monstruo. Entonces no lo olvides. Le pediré a Merlín que te envíe a Storybrooke.
— Por… —empieza, pero aprieto con mayor fuerza su garganta para hacerlo callar.
—Tomarás a tu hijo y desaparecerás de mi pueblo. Porque si a mi regreso te encuentro allí, no sobrevivirás. Y nunca olvides que tu hijo te ha salvado la vida. Pero antes de que te marches…—engancho mis dedos en su costado, aumentando la temperatura hasta que su carne resulta fría al tacto— Espero que tu fanfarronada te dé la fuerza suficiente para mantenerte calladito. Si gritas o te quejas, te castraré. Juro que te haré comer tus propias bolas.
La temperatura de mis dedos aumenta hasta que el olor a carne quemada inunda mis fosas nasales. Robin se tambalea hacia atrás y suelta un gruñido estrangulado.
—Lo… siento —dice entre dientes, apretados por el dolor.
—Shhh… dije callado —anclo mis uñas en sus costillas con tanta fuerza que estoy segura de que le he roto la piel. Retuerzo los músculos hasta que sus lágrimas brotan sin control— Recuerda este dolor e imagina cómo sería si mis dedos hicieran el recorrido hasta tu corazón. Una tortura exquisita para un cabrón como tú.
Mi mano izquierda se mueve y mágicamente la puerta se abre y de una forma brutal lo lanzo por el pasillo. Es abrasador, casi placentero tener la oportunidad de poder sacarlo de una patada de mi vida. Se levanta y abre la boca para decir algo, pero rápidamente se arrepiente.
—Dale mis saludos a Roland —le espeto.
Debo confesar que me hubiera gustado ir tras él y darle caza para luego terminar con su vida de la manera que me plazca. Una simple quemadura en su costado es un precio muy bajo por su libertad. Debí matarlo solo por atreverse a tocarla a Emma. Cierro los ojos y aprieto la frente contra la puerta, intentando tranquilizarme, aunque no puedo aguantar las lágrimas.
Sin pensarlo demasiado y aunque mi alma teme mis planes, ya no me resisto. El altibajo de emociones al aparecer en la habitación de Emma me hace dudar. Mis ojos la contemplan parada junto a la ventana, en un conjunto de ropa interior de color negro y el cabello suelto en una maraña de rizos salvajes. Se gira y de inmediato, su mirada me afecta. Da unos cuantos pasos hacia mí y luego se contiene, resoplando como un animal furioso. Aprieta los puños en clara señal de que se está conteniendo.
El miedo puro me cierra la garganta. Quiero decirle tantas cosas, principalmente que la necesito, pero las palabras no fluyen como me gustaría.
— Sentí tu magia –espera un momento, como para ordenar sus ideas– Sé que puedes cuidarte sola, pero me preocupo.
El placer que siento al saber que le importo, luego de estar tan rabiosa conmigo, es casi absurdo. El impulso por correr y lanzarme a sus brazos me aprieta el bajo vientre.
— Emma… Emma — su nombre emerge de mis labios de la nada.
Su presencia ha sido constante durante todo el día, tanto que permanecer separadas duele demasiado. Inquieta, miro hacia todas partes en busca de una calma inexistente— Te aseguro que estoy bien —me debato entre acercarme a tocarla o quedarme quieta.
Se me eriza la piel y el rostro se tensa al contemplar su torso desnudo. Justamente allí, dos marcas enrojecidas no han sanado por completo. El disgusto arde en mis entrañas y nuevamente siento ganas de ir por Robin.
— No me mientas, por favor —su voz se suaviza y mi corazón late desacompasado, con ráfagas que golpean mi pecho sin compasión— ¿Gina, estás bien? Si se atrevió a...
— Podemos hablar de otra cosa que no sea Robin, por favor —la corto bruscamente.
—Tienes razón, lo siento. No debo meterme en tus asuntos —sus pasos se alejan, y lo único que quiero es encontrar el valor para decirle que odio la distancia entre nosotras.
— ¿Tú estás bien? —ella guarda silencio y casi puedo ver cómo recula y adopta la actitud de hace unas horas, lo que no quiero. Tener a una Emma odiándome es demasiado para mi resistencia— Emma, necesito que me digas la verdad.
Me mira y sus ojos están llenos de amor y comprensión que no merezco.
—No hay por qué preocuparse— dice con suavidad, aunque sus palabras no logran ocultar la verdad que se esconde detrás de su tono. Puedo ver a través de su intento de disfrazar lo que siente— Estoy mejor después de que me obligaste a descansar. Ya ni siquiera tengo moretones. Ambas estamos bien y eso es lo único que importa.
Pero sé que no es lo único que importa. Es desolador luchar contra las ganas de gritarle que, gracias a ella, soy más fuerte, más humana. ¿Cómo es posible que esta emoción tan profunda sea tan difícil de soportar? No estoy lista para pronunciar la palabra que lo define. Emma vuelve al lugar donde la encontré y me quedo inmóvil, atrapada en mi silencio. No estoy preparada para hablar de lo que siento, pero tampoco quiero que nos convirtamos en extrañas. No puedo aceptar eso. Aparto la mirada de su cuerpo, sintiendo la vergüenza de las palabras que se atascan en mi garganta.
—Escapé de tu habitación, lo admito —susurro débilmente. Emma se vuelve abruptamente, sorprendida por mi confesión— Al igual que puedo decirte que tengo miedo. Miedo de despertar y descubrir que todo esto —señalo a ambas con un gesto— Es una mentira.
Paso las manos por mi rostro, mostrando lo agobiada que estoy .Una sensación de vacío se abre en mi pecho, como si mi cuerpo dejara de pertenecerme, como si comenzara a desmoronarse desde adentro por tantas emociones acumuladas. —Quiero tu compañía, tu sonrisa. Despertar con tu olor en mi cama, tus abrazos. Quiero todo eso y al mismo tiempo, tengo pavor de que mi anhelo más grande seas tú. — tomo aire, intentando calmarme —El miedo de no ser suficiente para ti me abruma. Sé que fallé al huir.
Puedo sentir el repentino cambio que provoca su magia en el ambiente; es una caricia fría, un corrientazo que me deja un hormigueo por todo el cuerpo. Parpadeo, y allí está ella, con el dolor reflejado en sus pupilas.
—También tengo miedo— dice con una expresión cansada que me llena de culpa —Te amo, y aunque te lo diga y demuestre cientos de veces, parece que no es suficiente para ti.
—Eres suficiente— respondo con el corazón acelerado mientras me acerco a ella y acaricio la mejilla —Juro que lo eres.
Emma me regala una sonrisa apagada y me duele profundamente. ¿Esto es lo que le he estado haciendo? Golpeando y maltratando su corazón una y otra vez y aun así, ella no deja de sonreír, aunque esté rota. Reconocer que soy la causante de su tristeza, de todas esas veces que vi sus ojos enrojecidos por las lágrimas, me hace sentir miserable y malvada.
—Te creo —susurra suavemente—¿Por qué no me crees tú?.
Se inclina hacia adelante y la brisa fresca de su aliento acaricia mis labios. Es suficiente para que los últimos cimientos de mis barreras se desmoronen. Extiendo los brazos, anclándome a su nuca mientras devoro su boca. Ella me envuelve la cintura con fuerza, pegándome por completo a su cuerpo. Las sensaciones y emociones se disparan y multiplican. Siento que pierdo peso, que me he vuelto ingrávida y es Emma quien me ata al suelo. ¿Es esto lo que se siente al estar enamorado?
—Eres suficiente para mí —susurro mientras las lágrimas ruedan por mis mejillas. Me separo para mirarla a los ojos, buscando una respuesta en su mirada.
—Tienes la última palabra, eres quien decide. Sé que quiero estar contigo. ¿Qué es lo que quieres tú, Gina?
La manera en que pronuncia mi nombre provoca un cosquilleo en mis partes más íntimas. Trago saliva, deseando desesperadamente distancia. Camino por la habitación, frotándome la frente, tratando de aclarar mi mente. Pero mis ganas de ella se abren camino con más fuerza en cada esquina de mi ser. Mis ojos la esquivan, dejando que el silencio calme mi corazón. Demasiada tempestad se desata con su cercanía.
—Necesitamos hablar —digo finalmente.
—¿Hablar? —ronronea deliberadamente, enviando una oleada de excitación por todo mi cuerpo.
Emma se mueve con lentitud, como una cazadora femenina y poderosa, aproximándose para atraparme nuevamente entre sus brazos. El roce de sus labios en mi barbilla hace que me tiemblen las piernas.
—Sí, hablar —respondo, intentando mantener la compostura.
—Mentirosa —mi primera reacción fue apartarme, pero ella me atrajo más cerca de su cuerpo —Confiesa que quieres follarme.
Un estremecimiento recorre mi estómago por sus violentas palabras.
—Qué románticas palabras —murmuro, sintiendo sus manos recorrer mi espalda mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro. Estoy tan perdida en su tacto que, sin proponérselo, podría entregarle todo lo que me pidiera.
Le pertenecía de una manera que nunca había pertenecido a nadie más. Sujeta mi rostro, acariciando mis mejillas con los pulgares.
—No mereces que sea suave contigo —y al instante, su boca encontró la mía en un beso violento que me hizo gemir. Dios, definitivamente Emma Swan es mi debilidad y perdición —Estuve a punto de explotar de lo cabreada que estaba y eso lo tendrás que pagar. Mordió mi labio inferior —Me atacaste, y te lo cobraré en carne cada vez que lo recuerde.
—Lo siento— logré articular, aunque a duras penas. Es imposible pensar cuando mi cuerpo hervía de deseo y mis pezones se endurecen hasta doler. No pongo resistencia cuando me lleva a trompicones por la habitación. Me dejo llevar por las emociones.
—Eso no basta. Créeme, te haré pagarlo —me empuja de lleno sobre su lecho, mis piernas completamente abiertas. La falda gris queda arrugada en mi cintura. Quise cerrarlas, pero sus manos no me lo permiten —Se me hace la boca agua simplemente con mirarte.
Mi temperatura corporal aumentó, los latidos de mi corazón se aceleraron.
Levanto la cabeza y mis ojos se fijan en ella, siguiendo el ritmo acelerado de su respiración, observando cómo su pecho sube y baja con cada inhalación profunda. Me gusta imaginar que al igual que yo, está consumida por una necesidad insaciable de sentir nuestra piel encontrándose, de saciar el hambre que hemos dejado crecer entre nosotras.
Su mano, suave pero decidida, se posa en mi rodilla, trazando círculos lentos y deliciosos sobre mi piel antes de deslizarse hacia abajo, recorriendo con una caricia el contorno de mi muslo hasta llegar a mis caderas. Siento un cosquilleo de anticipación cuando sus dedos se mueven más cerca, rozando el borde de mi ropa interior con una delicadeza que apenas puedo soportar.
Mis caderas reaccionan por sí solas, moviéndose con urgencia hacia su mano, que finalmente se adentra con una lentitud agonizante dentro de mis bragas. Su mirada no se aparta de la mía, intensa y desafiante, mientras sus dedos comienzan a acariciar y apretar mi sexo, explorando con una habilidad que hace que mi cuerpo arda. Cada roce y cada presión envían una oleada de placer a través de mi ser, volviéndome loca, haciéndome jadear entrecortadamente.
La deseaba con todo mi cuerpo.
—Déjame tocarte— le suplico.
Con un movimiento ágil, me arrastra hasta el borde de la cama, obligándome a sentarme.
—Tócame —me ordena, su tono dominante haciendo que mi resistencia se desmorone en un instante.
Se coloca entre mis piernas y yo, sin perder tiempo, acerco mis labios a la erección tensa que sobresale contra su ropa interior. Le doy un mordisco suave, apenas una provocación, pero el efecto es inmediato. Me excita aún más ver cómo cierra los ojos, dejándose llevar, entregándose a mis manos.
—No tienes idea de cuánto necesitaba esto... tocarte y saber que de verdad estás bien —susurro con la voz entrecortada, mi respiración se acelera y mi cuerpo tiembla de anticipación y deseo mientras mis manos exploran su piel.
—¡Joder! —gruñe, sus músculos tensándose bajo mis dedos, mi mano sube lentamente por su abdomen, buscando el broche de su sujetador. Un clic rápido, y el sujetador cae al suelo, olvidado como mi falda, perdida en algún rincón de la habitación.
La acerco hacia mí, mis labios buscando con ansia el pezón ahora expuesto. Lo atrapo entre mis dientes, mordiendo suavemente, chupando, deleitándome en su respuesta. Siento cómo su cuerpo se calienta, su piel arde al contacto de mi boca. Sus gemidos y gruñidos son la mejor alabanza, alentando cada movimiento de mis labios y lengua, cada caricia que nos acerca más a ese borde que ambas anhelamos.
Ella me desea y yo estoy dispuesta a darle todo.
Clava sus ojos en los míos y algo en su mirada hace que me detenga. Hay demasiada oscuridad en ellos.
—¿Estás bien?— me preocupo por la oscuridad que revolotea en sus pupilas. —Cariño, mírame.
—Lo hago.
—Quiero que me veas tú, mi Emma. Que me toques y me tomes. Necesito que regreses a mí.
Emma respira profundamente y luego vuelve a mirarme. Entonces veo amor, fuego y deseo. La oscuridad ha desaparecido.
—Te amo, Gina— susurra, mi cuerpo olvidando la tensión de hace unos segundos y la excitación vuelve a tomar el control —Voy a follarte como he venido anhelando todas estas noches— me tambaleé hacia atrás por la brusquedad de sus palabras, pero no me molestan, todo lo contrario. Escucharla hablar así azota mis sentidos de una manera descabellada. Acaricia mi mejilla, inclinándose para relamer mis labios en un beso suave —Luego haremos el amor.
Sus manos van hasta la cinturilla de su ropa interior, bajándola de un tirón. El bulto que esconde en su ropa es liberado. Su mirada fija en mí es suficiente para hacer que mi cuerpo tiemble de anticipación. Sin dudarlo, me empuja hacia abajo, hasta dejarme nuevamente tumbada y completamente expuesta, vulnerable a sus caricias.. Besa mi vientre con delicadeza y devoción, descendiendo por mis muslos hasta la parte interna, donde el cosquilleo se incrementa. Entonces, su boca se adueñó de mi sexo.
—¡Maldita sea! —jadeo con voz ronca, mis ojos fijos en sus cabello plateado, su cabeza perdida entre mis piernas, una visión deliciosa que casi no puedo soportar. Su lengua va y viene, serpenteando, saboreando y yo estoy a merced de su ritmo implacable —Emma…
Mis manos se aferran a sus cabellos, tirando con fuerza, tratando de anclarme a la realidad, mientras su boca continúa atacándome con hambre. Estoy atrapada, presa entre sus brazos y las embestidas de su lengua que me empujan más allá de cualquier límite que pensaba tener. Y justo cuando creo que he llegado al final, sus dedos me invaden, dos de ellos, entrando con la maestría de quien conoce cada rincón de mi ser.
Mis labios se separan en un intento de soltar algún sonido, pero mi garganta se cierra, el aire se me escapa y me ahogo en la intensidad del momento. Cuando finalmente logro respirar, lo único que sale de mi boca es una exclamación quebrada.
—Santo Dios… —jadeo, temblando, perdida en un mar de placer. Ella me tiene, me controla y no quiero que se detenga jamás.
Levanta la cabeza y me mira con las pupilas más oscuras que nunca antes había visto.
—No voy a ser suave contigo— sus palabras suenan como una promesa exquisita.
—Demuéstralo— susurro, abriendo más las piernas, exhibiendo lo empapada y lista que estoy para ella.
Mi cuerpo se sacude bajo el control de Emma cuando sus dedos se adentran en mí, penetrándome con movimientos lentos pero intensos, cada embestida más fuerte que la anterior. Arqueo la espalda, incapaz de contener la respuesta física que ella provoca, el placer pulsando en cada rincón de mi ser. Pero no se detiene ahí, su lengua se une a la danza, lamiendo, chupando, combinando los movimientos de sus dedos con el ritmo incesante de su boca.
Mis manos, temblorosas, apartan sus cabellos, revelando su rostro. Quiero verla. Necesito verla mientras me devora. Y esa imagen, ella concentrada, implacable, trabajando en mí, es suficiente para hacer que el cosquilleo en mi bajo vientre crezca hasta convertirse en un fuego que amenaza con consumirlo todo.
Mi respiración se acelera, cada vez más difícil de controlar, mientras mis piernas tiemblan y se tensan alrededor de su cuerpo. Muerdo mis labios con fuerza, tratando de ahogar el grito que se forma en mi garganta, luchando contra la necesidad de dejarme llevar por completo. Pero es inútil; es como si Emma supiera exactamente cómo llevarme al borde, cómo hacerme perder el control.
—Emma… —susurro entre dientes, mi voz rota por el placer —¿Qué estás haciendo conmigo? —jadeo ruidosamente —Me estás volviendo loca.
—Em… Emma…— tartamudeo mientras siento su cuerpo acomodándose a mi espalda. Sus dedos me toman de la cintura, firmes y en un movimiento suave, me gira para ponerme de costado. No he terminado de procesar el cambio de posición cuando su dura erección se hunde dentro de mí , arrancándome un gemido involuntario. La penetración es una mezcla de dolor y placer y mi cuerpo reacciona antes de que mi mente pueda ponerse al día.
El calor de su piel, su respiración agitada en mi oído… es todo lo que necesito para perder el control. Mi cuerpo exige más de ella, más contacto. Instintivamente, elevo una pierna, envolviéndola sobre su cadera, empujándome contra su sexos que encuentran su lugar entre mis piernas. Me colma, llenándome con una intensidad que me hace chillar. A cada embestida, mi cadera se mueve para recibirla, ansiosa por más, por todo de ella.
—Córrete— ordena, y su voz cae sobre mi sexo como una palmada ardiente y fulminante que no logro resistir —Córrete para mí, Gina. Luego lo haré yo dentro de ti.
Me devora la boca en un beso posesivo y hambriento mientras me abandono a su pedido, quedando a merced del placer que me provoca e irrevocablemente acepto que soy toda suya.
Continuará…
Al fin hemos llegado a este momento tan íntimo y cargado de emociones entre nuestras protagonistas... ¡Qué calor! ¿Qué les ha parecido este encuentro tan esperado? ¡Estoy ansiosa por leer sus reacciones en los comentarios!
Quiero agradecerles de corazón por seguir esta historia tan de cerca y por todos los comentarios que dejan en cada capítulo. Sus palabras me motivan a seguir escribiendo y me llenan de alegría. ¡Gracias por ser parte de esta aventura! Espero que sigan acompañándome en los próximos capítulos, porque lo que viene está aún más intenso y dramático.
