¡Hola! Este capítulo será un descanso del drama, porque sé que les debo un respiro antes de lo que se viene. Pero no se confíen, porque después de este pequeño respiro, llega un Tsunami de emociones. Antes de que suelte un spoiler, mejor los dejo con el capítulo. ¡Disfruten!
Capítulo 20
Pov. Regina
Emma pasa las manos por su rostro, ignorando las lágrimas que aún se aferran a sus pestañas. La veo esforzarse por recobrar la compostura, pero antes de que pueda esconderse tras su máscara de fuerza, sus labios se posan sobre los míos. Es un roce tan suave que apenas lo siento, pero a la vez, es como una avalancha que despierta cada célula de mi cuerpo. Una simple caricia que desata un torrente de sensaciones que me atraviesan, recordándome cuánto la necesito.
—Gracias por confiar en mí —le susurro, mis palabras son apenas un murmullo, temiendo que cualquier sonido más fuerte podría romper la frágil intimidad que compartimos.
Ella no responde de inmediato. En lugar de eso, apoya su mejilla sobre el lado izquierdo de mi pecho, justo donde mi corazón late de manera constante, calmado por su proximidad. Cierro los ojos, permitiéndome disfrutar del momento, sintiendo su calor contra mí, la forma en que sus respiraciones se sincronizan con las mías.
Con cuidado, llevo mis manos a su cabello, desatando la coleta que mantiene su pelo plateado recogido en un peinado demasiado serio para ella. Me encanta cuando su cabello está suelto, rebelde, con mechones que caen en desorden sobre su frente. Cada hebra una manifestación de la esencia de Emma, salvaje y libre, incapaz de ser contenida.
—Te encanta mi nuevo color de cabello —susurra contra la tela de mi camisa, su aliento cálido contra mi piel mientras sus dedos trazan ligeros círculos en mi mandíbula, haciéndome sonreír.
—Admítelo, te pone caliente —agrega con una sonrisa pícara, como si desafiara mi autocontrol.
—Siempre tan vulgar —le respondo, rodando los ojos, aunque no puedo evitar reírme.
—No seas mala, vamos, dilo —insiste, su tono juguetón y sus ojos verdes brillando con una chispa de picardía.
Acaricio su rostro con delicadeza, mis dedos recorriendo la suave piel de sus mejillas y ella ronronea, acomodándose más contra mi regazo. Es en estos momentos, cuando estamos así, tan cerca, que me doy cuenta de lo profundamente conectadas que estamos, cómo cada gesto, cada palabra, tiene el poder de calmarnos, de hacernos sentir seguras.
—Gina... —murmura y ese apodo, tan íntimo, tan nuestro, hace que mi corazón dé un vuelco.
Sin pensarlo dos veces, me muevo rápidamente en la cama, sentándome a horcajadas sobre ella. Mis manos recorren su torso, sus hombros, antes de inclinarme sobre su oído, susurrando con voz grave.
—Admito que me pone caliente —le digo, mi aliento cálido contra su piel. Su respiración se acelera y puedo sentir la respuesta en su cuerpo, el leve estremecimiento que recorre su piel.
Sin darle tiempo a reaccionar, la beso, no hay nada en este mundo que me haga desaprovechar el momento de devorar su boca. Es un beso intenso, cargado de todo lo que hemos pasado, de todo lo que aún sentimos. Nuestras lenguas se encuentran y cuando la suya da ligeros toques sobre mis labios, no puedo contener un gemido que nace desde lo más profundo de mi ser. Es un sonido de rendición, de puro placer y siento cómo su cuerpo responde al mío, cómo se arquea hacia mí, buscando más.
Cuando finalmente nos separamos, ambas estamos respirando con dificultad, nuestros cuerpos entrelazados en un abrazo que ninguna de las dos parece dispuestas a romper.
Emma deja escapar una sonrisa pícara mientras me mira con esos ojos que parecen brillar aún más en la penumbra de la habitación. Se nota que disfruta del juego, de esa tensión entre lo prohibido y lo deseado.
—Tengo que admitir que este juego me excita, Majestad —dice, su voz ronca mientras sus manos se aferran a mis caderas, apretándome contra la dureza que esconde en su pantalón. La sensación de su caricia enciende algo dentro de mí y el placer que se refleja en sus ojos es casi palpable.
Hago el amago de besarla, inclinándome sobre su boca, pero deteniéndome justo antes de tocarla, disfrutando de la anticipación que sé que la está volviendo loca.
—¿Qué voy a hacer contigo, Emma? —susurro, en mi voz hay un toque de deseo y autoridad
—Podrías hacerme el amor —responde ella, apenas un murmullo que se mezcla con la suavidad de su aliento contra mi piel —Pero aún estás cabreada conmigo, así que estaré castigada un tiempo —añade, dejando un rastro de besos suaves a lo largo de mi cuello.
Siento el calor de su cuerpo, la tensión en el aire y por un momento considero ceder a lo que ambos queremos. Pero algo en mí se resiste. Hago el amago de levantarme, sus brazos se cierran con fuerza alrededor de mi cintura, manteniéndome pegada a ella. La respiración se le entrecorta antes de suspirar y aflojar su agarre, dejándome ir con cierta reticencia.
Se sienta a mi lado en la cama, cubriendo con una almohada la evidente erección que intenta disimular. Al instante las mejillas se le tiñen de un suave carmesí bajo mi mirada insistente y no puedo evitar soltar una carcajada.
—No me mires de esa forma mientras tengo una erección. Soy un desastre —su tono es de vergüenza y hay algo tan genuino en su vulnerabilidad que me derrite.
Tomo sus dedos entre los míos, sintiendo el calor de su piel bajo la mía. Beso sus nudillos con una ternura que no suelo mostrar, pero que con ella me sale natural. Sus ojos arden con una mezcla de deseo y algo más profundo, algo que reconozco como amor.
—Tranquila, siempre has sido un desastre; así te conocí —me burlo suavemente, una sonrisa juguetona curvando mis labios— Así… te quiero —susurro antes de inclinarme para apoderarme de su boca en un beso pausado, cargado de promesas no dichas.
Su cuerpo se relaja bajo mi toque, mientras nuestras lenguas se encuentran en una danza familiar y reconfortante. Pero a pesar de la pasión que arde entre nosotras, sé que debemos parar antes de que sea demasiado tarde.
—Ya… Emma —susurro contra sus labios, mordiéndolos suavemente antes de apartarme con esfuerzo— No sigamos por ahí.
Ella suelta una risa suave y el sonido me provoca un aleteo en el estómago, un recordatorio de lo fácil que es para ella desarmarme. Adoro su sonrisa, la manera en que sus ojos se iluminan cuando está feliz y cómo su mera presencia es capaz de calmarme y excitarme al mismo tiempo. Pero sé que no podemos dejarnos llevar… no todavía.
—No te metas en problemas —le advierto, aunque mi voz traiciona el cariño que siento por ella.
—No, mi reina —me responde con una mirada cargada de lujuria y por un momento, sé que no ha dejado de jugar.
—Esto no es un juego, Emma. No me obligues a usar la daga —le digo, mi tono ahora más firme, esperando que entienda la seriedad de la situación.
—Qué forma tan horrible de cortar el momento —maldice, incapaz de contener su frustración— Eres una bruja.
Sonrío ante su queja, pero no cedo.
—Una que no dudará en castigarte si sigues portándote mal.
Emma se inclina hacia adelante, su rostro perdiéndose en el hueco de mi cuello dejando que su aliento cálido roce mi piel. Deja escapar el aire lentamente, provocándome un leve escalofrío.
—Tu voz suena muy sexy cuando me amenazas —murmura antes de mordisquear el área donde mi cuello se encuentra con mi hombro y mi sangre se enciende ante su provocación.
Me aparto rápidamente antes de que las cosas se salgan de control, aunque mi cuerpo me grita lo contrario.
—Espero que lo recuerdes cuando te esté dando órdenes —le digo, mi tono suave pero con la firmeza necesaria para que sepa que hablo en serio.
—Será un placer seguir sus órdenes, Majestad —responde con una leve reverencia, su voz cargada de sumisión.
Si supiera que cada vez que me llama "Su reina" o se dirige a mí como "Majestad" una deliciosa necesidad se enciende entre mis piernas, una chispa que prende un fuego incontrolable. El deseo de sentirla entre mis muslos me atropella los sentidos y mi cuerpo reacciona de manera traicionera, ansiando su toque, necesitado de ella con una urgencia casi dolorosa. Mi sexo se exalta, empapado y ansioso, deseando más de lo que debería permitir en este momento.
Pero debo mantenerme firme, no puedo caer tan fácilmente en sus redes. Pongo un poco de distancia entre nosotras, el espacio necesario para recuperar mi autocontrol. "Vamos, Regina, no puedes perdonarla tan rápido", me repito mentalmente, aunque mi cuerpo sigue gritando lo contrario.
Una sonrisa se forma en sus labios, esa sonrisa que conozco tan bien, la que delata que ha notado mi turbación, que sabe lo que me provoca. Sé que siente mi deseo, tanto como yo percibo el suyo y casi sin quererlo, le devuelvo la sonrisa mientras me esfuerzo por recomponerme de los estragos que ha dejado en mi cuerpo.
Pero me resisto a caer en su juego, aunque parte de mí anhela dejarse llevar. No, no tan pronto. "Primero, trabajemos en su magia" me digo,
—Crees que podamos trabajar en tu magia —le digo, mi voz deliberadamente neutra— Y puede que tal vez, sólo tal vez, te de una recompensa.
Ella sonríe, esa sonrisa que me derriba y que me ha ganado tantas veces antes.
—¿Me sobornas, Majestad? —pregunta y aunque quiere disimular, el deseo se asoma en su voz ronca.
¿Ella cree que puede jugar conmigo?. Con un movimiento deliberadamente lento, meto la mano bajo mi falda, inclinándome un poco hacia adelante sin apartar los ojos de ella. La veo tragar saliva, su mirada fija en mí, ansiosa, expectante. Su respiración se acelera al ver lo que hago y disfruto cada segundo de su reacción. Con un gesto provocador, bajo mi ropa interior, deslizando la tela oscura con suavidad, asegurándome de que cada segundo sea una tortura deliciosa para ella. Para mi.
Luego, sin romper el contacto visual, le lanzo la prenda y ella se apresura a atraparla, sus dedos cerrándose alrededor de la prenda como si fuera un tesoro.
—Eso es un soborno, querida —le digo con una sonrisa maliciosa, sabiendo que he ganado esta pequeña batalla, al menos por ahora.
Emma sujeta la prenda con firmeza, su mirada ardiendo de deseo. Sé que ha caído en mi trampa y eso me da una satisfacción que no puedo describir.
Ahora que he ganado, ahora que sé que la tengo a mi merced, la miro con la misma intensidad que siento pulsar en mi interior. El ambiente entre nosotras está cargado de algo más profundo que el simple deseo, algo que va más allá de la atracción física. Necesito sentir su magia, no solo su piel.
—Se buena chica y complace a tu reina. Déjame sentir tu magia —mi voz se escucha con una autoridad que no admite una negación, casi un susurro que se desliza entre nosotras.
Ella me mira fijamente y en sus ojos veo la entrega que tanto anhelaba. No hay vacilación, no hay miedo.
—Te dejaría sentir todo lo que quieras, Regina. Confío en ti.
Me siento satisfecha al ver cómo su lujuria se transforma en respeto. Este tira y afloja entre nosotras es parte de lo que somos, de lo que nos mantiene unidas, y aunque a veces es agotador, no lo cambiaría por nada. Porque en esos momentos de tensión y pasión, recuerdo por qué me enamoré de Emma en primer lugar y por qué, a pesar de todo, seguimos luchando por lo que tenemos.
—Ven y demuéstralo.
Sin dudarlo, camina hacia mi. Toma mi mano y la coloca sobre su pecho. En cuanto la piel de mis dedos roza la suavidad de la suya, siento el torrente de magia que pulsa bajo la superficie, como un río desbordado que busca desesperadamente una salida. Es una energía salvaje, intensa, que parece querer escapar, pero que ella contiene con esfuerzo. Su poder es impresionante, pero también caótico, como un animal enjaulado que podría romper sus cadenas en cualquier momento.
—Estoy bien, lo prometo—su voz es un susurro tranquilizador.
Pero igualmente mi corazón late con fuerza al sentir esa energía descontrolada y me doy cuenta de cuánto trabajo queda por hacer. Acaricio su piel con delicadeza, tratando de calmar la tormenta que ruge en su interior, susurrando palabras cariñosas que parecen encontrar su camino hacia ella.
—Siente cómo fluye —le digo, tratando de mantener mi voz tranquila— Tienes que encontrar el equilibrio, Emma. La oscuridad en ti no tiene por qué ser destructiva. No todo lo oscuro es malvado.
Ella cierra los ojos, concentrándose, mientras yo continúo guiándola.
—La oscuridad es parte de ti, pero no es todo lo que eres. Debes aprender a dirigirla, a usarla para algo más que el mal. No se trata de reprimirla, sino de canalizarla. Dirige esa energía hacia algo constructivo, algo que sea verdaderamente tuyo. Algo que ames y quieres proteger.
La siento relajarse bajo mi toque, su respiración volviéndose más pausada, mientras su magia se va suavizando, encontrando un ritmo más constante, más en armonía. Es un proceso lento, pero necesario. Mis palabras se entrelazan con mi magia, ayudándola a equilibrar lo que tanto la ha atormentado.
—Así, Emma. Mantente tranquila. Encuentra ese punto donde la oscuridad se convierte en fuerza, donde no es un peso, un tormento sino un recurso. No tienes que temerle. Aleja las voces, ellas te quieren distraer pero tú tienes el control. Ese es tu sitio, tu lugar seguro y nadie que no desees puede estar ahí.
La tormenta en su interior comienza a ceder y su magia, aunque todavía poderosa, se vuelve más controlada, más enfocada. Siento una profunda satisfacción al verla alcanzar este equilibrio, aunque sea solo temporal. Pero sé que este es el comienzo, que hay mucho más por hacer.
Cuando Emma finalmente abre los ojos. Su mano se mueve para apartar la mía de su pecho, pero no antes de que sienta la calma que ha logrado encontrar.
Me mira con una mezcla de curiosidad y preocupación en sus ojos. Puedo ver que está buscando respuestas, que su mente está trabajando frenéticamente, tratando de encontrar un camino en medio de toda esta oscuridad.
—¿Sabes algo sobre la magia combinada? —me pregunta, con una voz cargada de expectativas.
—Sí, Emma, lo sé —le respondo, dejando que mi tono se suavice un poco—Nosotras ya lo hemos hecho antes, tu magia de luz y mi oscuridad han trabajado juntas en varias ocasiones. Pero con tu situación es diferente. Ambas magias habitan en un solo recipiente. Eso es más peligroso de lo que te imaginas.
Frunce el ceño, no tanto por incomprensión, sino porque está considerando mis palabras, tratando de entender la magnitud de lo que le estoy diciendo.
—¿Por qué sería diferente en mí? —pregunta con voz inquieta.
Tomo aire, sabiendo que lo que estoy a punto de decir podría ser difícil de aceptar.
—Porque no es solo que la luz y la oscuridad están en conflicto —explico— En ti, ambas magias existen en un solo cuerpo, un solo ser. Si no sabes cómo controlarlas, incluso una pequeña desviación podría hacerte un daño irreparable. Antes de intentar combinar tu propia magia, necesitas equilibrar la oscuridad. No es solo cuestión de fuerza, Emma, sino de control y equilibrio. Sin ellos, la magia podría destruirte desde adentro.
Se muerde el labio, su mente trabajando frenéticamente. Puedo ver la batalla interna que se está librando en ella, la lucha entre el impulso de actuar y el temor a lo que eso podría conllevar.
—No hay tiempo para esperar —dice finalmente, con un tono de urgencia que me golpea como un puñetazo— Nimue y Killian están al acecho y atacarán en cualquier momento. Debo estar preparada, Regina. Ya he perdido demasiado tiempo huyendo de mi responsabilidad. No puedo seguir esperando.
Lo que dice me golpea con una dura realidad. Tiene razón, el tiempo no está de nuestro lado. Pero eso no hace que el miedo que siento por ella desaparezca. Me esfuerzo por mantener la calma, pero sé que mi preocupación se refleja en mis ojos.
—Entiendo, Emma —digo, mi voz baja, cargada de un temor que no puedo ocultar del todo— Sé que no tenemos tiempo y que tienes que estar preparada. Pero eso no significa que deje de preocuparme por lo que podría pasar. Merlín tiene un mayor conocimiento sobre la magia combinada. El puede ayudarte a entender mejor cómo equilibrarlas sin que te hagan daño.
Emma asiente, con la determinación llenando su rostro. Ya ha tomado su decisión y no hay vuelta atrás. Acepto su decisión, aunque el temor sigue clavado en mi pecho como un aguijón.
—Está bien —concedo, sabiendo que no puedo detenerla— Iremos con Merlín. Pero por favor, ten cuidado. No te apresures más de lo necesario.
Me siento al borde de la cama, mirando a Emma mientras habla. Hay algo que empieza a rondar mi cabeza, una pregunta que no me dejan en paz. Siento un nudo en la garganta que se aprieta más con cada segundo que pasa. Emma parece tan concentrada en sus palabras, pero yo apenas puedo escucharla; hay algo que necesito saber. Algo que no puedo ignorar más.
—Emma —la interrumpo suavemente, intentando no sonar tan urgente como me siento— Antes de que vayamos con Merlín… hay algo de lo que necesito hablar contigo.
Frunce el ceño, sus hombros se tensan ligeramente.
—¿Qué es? —pregunta, su tono con un toque de precaución.
Me muerdo el labio, buscando la forma de abordar el tema sin incomodarla, pero la duda me consume. "¿Por qué Zelena te hizo esto? ¿Por qué te lanzó ese hechizo...?" Mis pensamientos se atropellan unos a otros, tratando de encontrar las palabras adecuadas.
—Es sobre lo que Zelena… lo que te hizo —mi voz tiembla un poco y siento un calor incómodo en mis mejillas— Sé que no quieres hablar de ello, pero necesito saberlo, Emma. Necesito entender qué pasó ese día en la cabaña.
Emma cierra los ojos por un momento, como si estuviera tratando de calmar una tormenta interna. Su respiración se vuelve más profunda, más pesada. Puedo sentir su tensión desde donde estoy sentada.
—Regina… —empieza, pero su voz se quiebra. Se pasa una mano por el cabello y cuando vuelve a mirarme, hay una sombra en sus ojos que me estremece— Zelena… ella… intentó… —hace una pausa, como si las palabras fueran veneno en su lengua— Quería abusar de mí.
El mundo se detiene un momento. Siento cómo la ira me golpea el pecho como una ola violenta, mi corazón se acelera, mis manos se crispan sobre mis rodillas. Ver el dolor reflejado en los ojos de Emma, esa vulnerabilidad que nunca muestra, me hace desear que Zelena esté viva solo para matarla yo misma.
—¿Pero por qué te dio un… ? —trato de seguir, pero me detengo, consciente de que mi voz suena demasiado aguda, demasiado ansiosa.
Emma me corta, su mirada se endurece.
—Porque quería un hijo —Su voz es baja, pero cada palabra está cargada de resentimiento y entiendo en ese momento cuánto la atormenta el recuerdo de ese día.
Me levanto de un salto, incapaz de contener la furia que hierve dentro de mí.
—¡Esa maldita…! —maldigo, caminando de un lado a otro de la habitación— No puedo creer hasta dónde llegó… no puedo… —mis manos tiemblan de rabia y decepción. La maldad de Zelena empujó a Emma a perder el control y lo único que logró fue causar su propio y patético final.
Respiro hondo, tratando de calmar el temblor en mis manos, de poner a mis demonios de vuelta en su jaula. Miro a Emma, veo la tensión en sus hombros, la forma en que se abraza a sí misma, como si intentara protegerse de algo invisible. Me acerco a ella, despacio, cada paso una batalla contra la ira que aún se agita en mi pecho. Cuando estoy lo suficientemente cerca, la envuelvo en un abrazo fuerte, como si pudiera con mis brazos ahuyentar todo el dolor que guarda.
—Lo siento tanto, Emma —susurro contra su pecho, sintiendo mi voz quebrarse un poco— Debería haber estado allí para ti… debería haberte protegido de ella…
Emma no dice nada por un momento. Solo se queda quieta, su respiración aún irregular contra mi pecho. Siento cómo se relaja poco a poco en mi abrazo y mi corazón se encoge al pensar en todo lo que ha pasado sola, todo lo que ha soportado por sí misma.
—No tienes que disculparte, Regina —responde finalmente, su voz un susurro apenas audible— Pero gracias… por estar aquí ahora.
Mis ojos se llenan de lágrimas, pero las contengo, presionándola un poco más contra mí, queriendo transmitirle con mi abrazo todo lo que no puedo expresar con palabras. Quiero que sienta que nunca más tendrá que enfrentar nada sola, que siempre estaré aquí… para protegerla, para amarla.
Continuará…
¡Y así terminamos este capítulo lleno de puro, puro love! Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo. Gracias de corazón por sus comentarios, siempre me llenan de energía para seguir escribiendo. ¡Pero recuerden! Prepárense para lo que viene... soy tan dramática.
Pueden encontrarme en Instagram.
Hevy_lara
