Era un gran día para cáncer. Oha Asa había predicho que estaría en segundo lugar, por debajo de los Virgos, pero siempre que tuviera su Lucky Item a la mano gozaría de la mejor suerte.
Una pequeña taza de expreso, eso era todo lo que necesitaba. ¿El problema? En su casa no había más que tazas comunes y por la hora, temprano en la mañana, las tiendas donde tendrían ese artículo aun no abrían.
Y estaba bien. Normalmente conseguía sus artículos a más tardar medio día. Otros días, cuando tenía más suerte de su lado, Takao llegaba a recogerlo con el ítem que Oha Asa había predicado.
Pero, jamás había odiado tanto estar en segundo lugar sin su artículo de la suerte como hoy, cuando al abrir la puerta de su casa tras el timbre se topó con el individuo al que menos ganas tenía de ver por la mañana.
—¡Buenos días, Midorimacchi! ~
Con sus brillos de príncipe alrededor y demasiado contento, como si el reloj del pasillo no marcara las nueve de la mañana.
—¿Qué demonios haces en mi casa, Kise?
La sonrisa del rubio pasó a ser un mohín berrinchudo. Midorima estaba contando los segundos para que su ex compañero de equipo soltara chillidos sobre lo amargado que era.
Sus ojos se desviaron al reloj por segunda vez en la mañana, 09:15 horas.
—Mo, eres cruel —empezaba el rubio —. Quise venir a visitarte, como los amigos que somos.
La estúpida sonrisa que puso Kise hizo que Midorima tuviera que masajear las arrugas recién formadas de su frente. Una visita tan innecesaria, innecesariamente temprano.
Tomó el pomo de la puerta e intentó cerrarla en la cara de Kise. No estaba de humor para soportarlo, no después de tenerlo que hacer todo el día anterior en la reunión. La personalidad de Kise era tan asfixiante a veces.
Sin embargo, Kise fue más rápido y antes de que pudiera apartarlo de la tranquilidad de su hogar, el rubio interpuso el brazo entre la cerradura.
Hasta ese entonces notó una blanca bolsa en sus manos.
—¡E-Espera! ¡Realmente necesito hablar contigo, Midorimacchi! —Kise se abrió paso por el pasillo, extendiendo la bolsa de plástico frente a él —Mira, vengo en son de paz.
Midorima tomó la bolsa y al abrirla se encontró con papel Kraft envolviendo en un objeto. Kise había sonreído triunfante cuando los verdes ojos de Midorima brillaron de emoción a través de las gafas y veían en su mano la taza de expreso que le había traído.
—Sería grosero no dejarte pasar.
Aunque Kise creyera que había ganado, lo único que le ofreció Midorima fue tomar asiento en su cocina mientras desayunaba.
Poco le importó si el otro había viajado desde su distrito hasta el suyo en ayunas, Midorima no sería tan cordial con nadie que interrumpiera la tranquilidad de su sábado.
Su venganza: verlo comer.
—Pero, te traje tu mini tacita —sollozó el rubio, acostado en la mesa, salivando poco a poco por el aroma delicioso que desprendía el desayuno de la mamá de Midorima —, ¿ni siquiera un poco de sopa de miso?
Midorima terminó de masticar el esponjoso y jugoso rollo de huevo antes de negar con la cabeza.
—Hasta Takao es prudente y viene a horas más decentes —respondió fríamente. Kise gimió, tomando su estómago que empezaba a pedir comida. Una actuación casi perfecta que tentó a Midorima de darle un poco de la dichosa sopa —. ¿Qué querías, Kise? No soy tan tonto para creerme el cuento de que solo querías convivir conmigo.
—¿No? —Kise puso sus mejores ojos de cachorro lastimado, pero estos no causaban efectos en él. Kise suspiró, dejándose caer por completo en la mesa antes de enderezarse y empezar a jugar con el papel Kraft que envolvió la taza de expreso —Tienes razón, no vine solo por eso, ¡pero que sepas que sí te considero un buen amigo!
—Solo cállate y dímelo —carraspeó Midorima.
Kise rio, viendo el leve sonrojo en los pómulos debajo de los lentes. Midorima seguía comiendo su desayuno, intentando disimular inútilmente su vergüenza.
—Es por Aominecchi —soltó Kise —, no puedo dejar de sentirme culpable por lo que pasó ayer.
Midorima se mantuvo en silencio, viendo que la mirada ámbar de Kise se perdía en algún punto de su cocina.
—No es tu culpa el que Aomine haya decidido callarlo —habló Midorima, sin llegar a mirarlo a los ojos mientras terminaba su desayuno —. Debes dejar que sentirte responsable por las consecuencias de sus acciones.
—Lo sé, pero… —Kise tomó algo de aire, sus ojos comenzaban a arder, así como su nariz —Ambos sabemos lo que pasó con el idiota de Aominecchi, Midorimacchi, y Sakuraicchi es un buen chico para él. No quiero que por malentendidos ellos…
La voz de Kise comenzó a quebrarse, haciendo sentir a Midorima un ardor en su garganta junto con la sopa de miso que bebía.
Ambos estaban de acuerdo en que Aomine era un completo idiota, sin embargo, Midorima consideraba que el cambiar no era algo sencillo y que si una persona tenía la intención y la fuerza para hacerlo tenía todo su derecho.
Aunque esa persona fuera Aomine Daiki.
Kise era un buen amigo, pero cuando el rubio comenzaba a sentirse culpable y su gran empatía empezaba a atribuirse deudas ajenas era insoportable tenerlo a su lado.
Midorima suspiró.
—No te corresponde, Kise —Midorima empezó a acomodar los platos en la bandeja de bambú, sintiendo la llorosa mirada del rubio sobre él —. Aclararle a Sakurai lo que pasó entre ustedes es trabajo solo de él.
Incluso la intromisión de Kise en sus problemas podría agraviarlos más, pensaba Midorima.
Kise permaneció en silencio mientras Midorima llevaba los platos al fregadero. Midorima solía ser la voz de la razón en asuntos así, buscarlo era su primera opción si Kasamatsu no estaba disponible.
Hubiera querido ir con él, pero debía dejarlo descansar y estudiar.
Las pocas lágrimas que salieron de sus ojos fueron limpiadas. Midorima tenía razón al decir que no debía entrometerse. Aomine tenía toda la responsabilidad de manejar el tema con su nueva pareja y si él llegaba a entrar en la ecuación podía desatar el malentendido que quería evitar.
—Creo… que tienes razón.
—Por supuesto que la tengo —dijo Midorima, con esos aires de prepotencia que solían acompañarlo, sacándole una sonrisa —. Cáncer está en segundo lugar, Géminis en séptimo, es mi deber aconsejar a los que está debajo.
—Sí, sí, gracias señor Cáncer.
La habitual sonrisa de Kise, cálida y reconfortante, volvió a aparecer en su rostro, dejando a Midorima tranquilo.
El humor de Kise era tan cambiante, pasaba de estar llorando a sonreírle contento. Pese que ahora Midorima estaba más tranquilo, sabía que el tema seguiría rondando por la rubia cabeza.
Tomó un tazón nuevo, sirvió en él lo que quedaba de la sopa de miso que preparó su madre y la dejó frente al rubio junto con una cuchara.
Kise volvió a sonreírle, entre coqueto y juguetón, ruborizándolo.
—¿Es deber de Cáncer también alimentar a los Géminis o simplemente eres demasiado tsundere para admitir que te di lástima?
—Veo que en realidad no tenías tanta hambre.
Kise gritó, más bien chilló, cuando Midorima intentó retirarle el plato. Lo vio abrazar la sopa, impidiendo que su zurda se acercara siquiera un poco, un nuevo puchero se alojó en los labios del rubio en un berrinche.
Escondió la curvatura de sus labios detrás de su mano al acomodar sus lentes mientras Kise reía en el fondo, tomaba la cuchara y bebía de la sopa.
No estaba sorprendido en absoluto cuando llegó al borde de la mesa de exhibición gracias a la multitud.
A veces le resultaba ofensivo que la gente no lo notara. No importaba cuánto tiempo pasara, esa sensación al ser ignorado siempre le molestaría. Pero había días en los que no podía quejarse, como ese.
Estaba haciendo la fila educadamente, fue la misma multitud que lo empujó hasta el borde de la montaña de libros que lo obligó a ser de los primeros, aun sí nadie se enteraba.
El aroma de libro nuevo le cosquilleó la nariz. Montones y motones de libros de la nueva colección de ciencia ficción y fantasía estaban exhibidos en una mesa de mantel verde, con un cartón del autor promocionándolos.
El autor era uno de los favoritos de Furihata. El libro de color marrón rojizo, nuevo en la colección y el protagonista de aquella firma, estaba hasta enfrente de la torre de hojas que Kuroko tenía a centímetros de distancia.
—"Mundo Onírico".
Kuroko susurró el título para sí mismo al tomar uno de ellos, antes de sumergirse en el pequeño resumen bibliográfico del autor en la contra portada. La sensación de hojas recién sacadas de la imprenta le hizo sonrojar, un libro nuevo siempre era un deleite para él. Y sabía que a su amigo castaño también le fascinaría.
Aquel libro era especial, según le había contado Furihata en el transcurso de la semana. El autor llevaba años anunciando ese trabajo como una mezcla de hechos reales con conspiraciones de internet resultando en una historia de fantasía, y Furihata estaba ansioso por leerlo.
Recordó como le había rogado una y otra vez que fuera Kuroko quien acudiera a la firma en su lugar, argumentando que debido a la fecha del evento Akashi lo visitaría ese fin de semana y no podía ir. Kuroko habría dicho que sí en un principio, pero el castaño se sentía mal por pedirle otro favor luego de tener que llorarle por mantener su relación con el emperador en secreto que no pudo contenerse de negarse un par de veces.
Furihata era su amigo, solo se hizo del rogar un poco, pero al final del día haría todo por él.
Tomó otro libro igual, el resumen de la historia y la emoción del base le habían generado curiosidad.
Haciendo uso de su nula presencia llevó ambos libros hasta el filo de la mesa que estaba usando el autor, logrando su cometido de obtener la firma del mismo después de un rostro de confusión.
Contento y aprovechando la visita, vagó por el resto de la librería en búsqueda de algún otro título que llamara su atención. No era mucho de leer mangas, era el tipo de lector que prefería las novelas. Eso no evitó que se detuviera en la sección de mangas juveniles a curiosear un poco.
Debía hacer tiempo en lo que Kagami hablaba con Himuro.
Pasó de largo la sección de mangas shonen, los temas de violencia y peleas jamás habían sido de su agrado, mientras repasaba la situación de Murasakibara y Himuro.
Los sentimientos que el dúo de Yosen se tenían eran demasiado obvios. Bastaba con mirar la forma tan protectora que tenía Murasakibara con Himuro respecto a cualquiera que se le acercara, en especial si este era Kagami.
Demasiado celoso, posesivo, berrinchudo, así era Murasakibara Atsushi.
Pero Himuro estaba demasiado cegado por Akashi. Kuroko llegaba a pensar que más que celos, era un sentimiento de inferioridad alojado en el escolta debido a la Winter Cup, en aquella banca en su partido contra Seirin.
Himuro no sabía que Akashi tenía novio, uno que se sentía igual o más inferior que el mismo Tatsuya con respecto a su relación.
Llegó al estante de mangas de romance. Se dividía en dos, en la derecha portadas con chicas muy femeninas y adorables llenas de flores y lazos rosados, y en la izquierda una sección repleta de mangas con la etiqueta "BL".
Tomó partido de la segunda sección, desviando sus manos a la izquierda hasta un manga al azar. La portada era de dos hombres abrazados, cada uno sosteniendo un manga, en un fondo rosa. Leía y veía sin prestarle atención.
Si Himuro o Murasakibara no hacían avances, podían terminar mal. Tampoco podían revelar el secreto de Furihata para ayudarlos, pues significaría poner en riesgo la felicidad de sus amigos.
—Qué frustrante.
—¿Kuroko?
La voz de otro chico le llamó a las espaldas, callando el suave suspiro de frustración que había soltado. Inmediatamente después de girarse se encontró con un sorprendido Ogiwara en la sección de shonen que ignoró al pasar.
Shigehiro soltó el manga en la pila, junto con los demás, a medida que su sonrisa se ensanchaba al reconocer a su antiguo amigo.
Kuroko también sonrió.
—¡Ah, tanto tiempo, Kuroko! —en cuestión de segundos ya tenía al castaño colgado de sus hombros, en un abrazo que le trajo demasiados recuerdos —¡Quién diría que te encontraría aquí! Bueno, es una librería después de todo…
—Verte en este lugar sí que es una sorpresa, Ogiwara-kun.
Shigehiro volvió a reír, demasiado fuerte para el lugar donde se encontraban. Pese a eso, su risa contagió a Kuroko, quien rio bajito.
El castaño fijó su mirada en el manga que sostenía Kuroko. Un pequeño rubor alcanzó sus mejillas y desviando la mirada a la firma de libros adyacente lo señaló.
—No sabía que te gustaba ese tipo de libros…
—Oh —Kuroko, restándole importancia al avergonzado estado ajeno, regresó el manga a la estantería —. No realmente. Estaba haciendo algo de tiempo en lo que iba a casa, vine a la firma de libros por un amigo.
Si no hubiera estado perdido en sus pensamientos podría haber juzgado el manga mejor y llevarlo a casa de ser de su agrado.
Kuroko volvió su atención a su amigo de la infancia. Ogiwara había crecido bastante a comparación de la última vez que se habían visto. En la final de la Winter Cup pasado no pudo notar la diferencia, pero teniéndolo a su lado le calcularía unos veinte centímetros más de estatura.
Sin embargo, la altura no había sido lo único que había cambiado. La masa muscular de Ogiwara aumentó, haciéndolo ver más robusto que antes. Y sus expresiones, más toscas, le hacían añorar los tiempos previos a secundaria, cuando jugaban juntos en su vecindario.
Definitivamente el tiempo había pasado.
—¿Tienes tiempo, Ogiwara-kun? —preguntó Kuroko, una vez se vio liberado del abrazo —Podríamos ir a beber algo, hay una cafetería que suelo frecuentar con un amigo cerca de aquí.
Notó como le brillaron los ojos al castaño. Ogiwara se giró a la fila, buscando a alguien, pero después regresó a Kuroko, asintiendo.
—¡Me encantaría!
En realidad, no estaba muy convencido de que Kagami creyera su anécdota.
No iba a ser duro con su hermano menor, él sabía que su relato podía ser todo menos real. Había despertado esa mañana sin siquiera recordarlo, pero en cuanto el rostro de Atsushi se asomó por su campo de visión los recuerdos llegaron a su mente de golpe.
Si se tomaba el tiempo podía sentir todavía su corazón acelerado y un invisible rubor alojarse en sus mejillas cada que recordaba al pequeño Atsushi igual de rojo.
Sabía que lo que vivió fue real, sabía que nadie le creería. Solo necesitaba que alguien le dijera lo contrario para no sentirse tan loco.
Soltó el aire de sus pulmones al ver la cara de confusión de Kagami, al menos lo había escuchado.
—Gracias, Taiga.
Kagami, algo desorientado, alborotó los cabellos de su nuca y soltó una leve afirmación que fue callada por el tono de su celular. Himuro lo sacó de su bolsillo, mostrando una triste sonrisa al notar el contacto.
—Es Atsushi.
Le dio un mirada rápida a su hermano. Kagami tenía ya un deje de preocupación en su rostro al oír el nombre del milagro. Tomó algo de aire y respondió la llamada, llevando el celular a su oído.
—Atsushi, ¿pasa algo? —Kagami no alcanzaba a distinguir lo dicho por Murasakibara del otro lado, pero su tono sin energías parecía estarle reclamando algo. Tatsuya se permitió ser lo suficientemente expresivo para darle entender que el otro estaba preocupado —Estoy con Taiga, en su departamento —aclaró —. Puedes irte sin mí, Atsushi, nos veremos en Ak-
El grito desesperado de Murasakibara interrumpió al azabache. Ambos se miraron sorprendidos, pero Tatsuya no tardó mucho en ponerse nervioso.
—¡No es necesario! Puedo pedirle a Taiga que me lleve a la estación de tren.
La conversación duró un poco más, con su hermano intentado que Murasakibara se fuera solo a Akita.
Himuro observó la pantalla de su celular cuando Murasakibara colgó.
—Viene para acá —murmuró Himuro —. Dice que puedo perderme otra vez, como en el cumpleaños de Kuroko, ¿puedes creerlo?
Kagami tuvo que ahogar un "Sí" en lo más profundo de su garganta.
Tenía las cejas fruncidas, los ojos algo acuosos, con unas inevitables ganas de llorar. Quería estar con él, pero al mismo tiempo lo último que necesitaba era recordar lo vivido en el sueño de anoche.
Sonaba como una tontería, pero todo estaba fresco.
Pensó por un momento en retirarse y perderse en el centro turístico de Tokio hasta que Atsushi desistiera en regresar con él. Podía aprovechar el tiempo, salir con Taiga o recorrerlo solo, pero conocía perfectamente a su gigante.
Atsushi lo buscaría hasta por debajo de las piedras, aplastaría a cualquiera. Él era así, después de todo, demasiado protector. Una de las cosas que lo habían enamorado.
—¿Estás seguro, Tatsuya?
La débil y melancólica pregunta de Taiga lo trajo a la realidad. El pelirrojo jugaba con el anillo colgando de su pecho, mirándolo con un semblante triste.
—¿De qué hablas?
—Ya sabes… —susurró Taiga, recomponiéndose nuevamente en un largo gruñido. Nigo azotó su cola en el suelo, al costado el contrario y Kagami palideció por un momento —Estás asumiendo los sentimientos de los demás, otra vez…
Taiga intentó decir algo más, pero calló al ponerse nervioso. Dejó su lugar en la mesa, rodeó a Nigo para no tocarlo y dejándolo pensativo en la sala de estar se adentró en la cocina.
Las palabras de Taiga quedaron revoloteando en su mente, con el sonido de las croquetas de Nigo siendo servidas.
Atsushi llegó al departamento de Taiga más rápido de lo que creyó. Unos treinta minutos y su hermano estaba abriéndole la puerta, dejando pasar al titán junto con sus dos maletas.
El puchero en los labios de Atsushi, mientras Taiga lo recibía indiferente, le pareció un alivio tierno en al ambiente que se formó después de su plática.
—Muro-chin tiene demasiadas cosas… —refunfuñó tiernamente Murasakibara, moviendo ligeramente la maleta del escolta.
Había huido tan rápido del hotel que se le olvidó guardar sus productos de belleza de regreso en la maleta. De hecho, si su propósito era irse a Akita sin su compañero, no habría podido sin sus cosas.
—Lo siento mucho, Atsushi, la próxima vez yo me encargaré.
Esperaba que la hubiera.
Se acercó al más alto para tomar su bolso, pero Murasakibara echó la correa de los dos bolsos a su hombros antes de si quiera pudiera tocar la tela. El mohín se intensificó y la mirada decidida del centro le indicó que no liberaría sus pertenencias.
—Puedo llevarlas —insistió Himuro, Murasakibara la desvió la mirada, mirando aburrido al pequeño Nigo que estaba cerca —. Atsushi…
—Muro-chin querrá irse otra vez si se las doy —refunfuñó —, no quiero.
La actitud infantil de aquel tipo de dos metros creó arcadas en Kagami, quien rodó los ojos fastidiado.
¿Cómo su hermano no lograba ver esas actitudes tan amorosas y posesivas del grandulón? Murasakibara no podía ser más obvio con ese sonrojo y puchero.
Himuro terminó aceptando el capricho de su compañero.
—Gracias por todo, Taiga —agradeció el azabache, volviéndose a su hermano. Nigo agitó la cola de placer cuando Himuro le rasco en la barbilla, despidiéndolo también —. Despídeme de Kuroko también.
Hasta la mención del chico fantasma, Murasakibara fue consciente de su ausencia. Rebuscó vagamente por el departamento.
—¿Kuro-chin no está? —Himuro negó, suavemente —¿Ya se hartó de ti, Kagami?
El tono de voz con el que Murasakibara pronunció su nombre le hizo enfadar, pero se contuvo.
—Sobre Kuroko… —dijo Kagami, ignorando al de cabellos lilas y dirigiendo su atención al azabache, quien restó importancia al asunto.
—Lo sé, hablaremos de eso después.
Kagami se encogió de hombros. No había tenido oportunidad de abarcar el tema de Kuroko y confesarle a su hermano que había revelado su secreto a su pareja.
Y Tatsuya parecía sospecharlo.
Kagami les abrió la puerta de su hogar, algo rígido. No sabría cuál regaño le aterraba más, si el de su hermano o el de Kuroko. Probablemente el de Kuroko.
Tatsuya salió primero, seguido muy de cerca de Murasakibara.
Este último se detuvo al ras del umbral de la puerta y se giró hacia Kagami, con su estúpido rostro aburrido de siempre.
—Me llevo a Muro-chin.
Kagami frunció el entrecejo, sintiendo los tonos celosos de la grave voz de Atsushi golpear sus oídos.
Sin querer pelear, le cerró la puerta en la cara.
—¿Y a mí qué me importa?
Apoyó la frente en la puerta, algo mareado por todo el asunto. El anillo en su cuello se tambaleó debajo de él, brillando tenue.
Sí le importaba y quería que las cosas salieran bien esa vez.
Mientras esperaban que su pedido llegara, Ogiwara se tomó un par de segundos para mandar un rápido mensaje en su celular.
Kuroko lo veía desde el otro lado de la pequeña mesa en aquel local. El aroma a café y azucares los acompañaba, le hacía recordar a todas las tardes que pasaba junto con Furihata cuando salían temprano el comité de literatura o no les tocaba cuidar la biblioteca.
Sí, esa cafetería se la recomendó el castaño una vez después de coincidir en la biblioteca de antes. Después se volvió costumbre salir solos algunos días luego de la escuela.
Era un ambiente acogedor y cómodo, perfecto para ponerse al día con un viejo amigo.
—¡Listo! —exclamó Ogiwara, bloqueando y guardando el celular en el bolso de su pantalón —Disculpa eso, Kuroko.
Kuroko le sonrió suavemente cuando sus miradas se cruzaron. El castaño tenía las mejillas ruborizadas, pero no dejaba de sonreír tan abiertamente.
Igual que el día en que lo conoció.
—No te preocupes, fui yo quien te pidió venir. No consideré el hecho de que estabas acompañado.
—Está bien —comentó Ogiwara, soltando algo de aire, más tranquilo —. Probablemente siga haciendo fila en la firma de libros, cuando llegamos ya había demasiada gente. Creo que tardará un poco.
Había visto en Ogiwara una mirada de duda cuando le pidió ir a tomar algo para ponerse al día, incluso en el camino al local tuvo al castaño revisando constantemente su teléfono o volteando en dirección a la liberaría.
No fue hasta que tomaron una mesa que él confesó estar con alguien más en ese lugar y pidió un momento para avisarle de su ubicación a su acompañante que Kuroko se sintió mal por no haber pensado en esa posibilidad, su amigo no era alguien que acudiera a una biblioteca por voluntad propia.
Sin embargo, el otro parecía estar más relajado después de notificar su nueva ubicación.
La mesera llegó con sus pedidos en ese momento. Dejó frente a Kuroko un batido de vainilla junto con un juego de tres macarrones, mientras que a Ogiwara le entregó un enorme pedazo de pastel de chocolate y un latte frío.
—¿Y cómo has estado, Kuroko? ¡No te he visto desde la Winter Cup! —Ogiwara entabló una nueva conversación, cortando un trozo del bizcocho de chocolate y llevándoselo a la boca —Creo que hasta has crecido más.
—Sigo midiendo lo mismo, Ogiwara-kun —respondió en un tono que hizo al mencionado atragantarse. Sorbió su batido de vainilla, encontrándola más deliciosa que el postre chocolatoso de en frente —Y ya que tocas el tema, me hubiera encantado hablar contigo ese día. ¿Por qué no te quedaste?
Ogiwara le observó con una mirada triste, viéndose atrapado. Terminó de comer el trozo de pastel, buscando en él las palabras adecuadas para explicarse.
—Bueno, ir a apoyarte a la final fue lo primero que pensé cuando oí de Rei que estabas jugando —confesó —. No creí que querías verme, en realidad…
Kuroko endureció su mirada, ofendido. ¿Por qué Ogiwara pensaría que no quería verlo?
Todavía recordaba ese momento como si hubiera sido ayer. El sonido de los zapatos chillando en la cancha y la tensión del momento habían desaparecido cuando vio a Ogiwara gritándole a lo lejos. Él logró que sus ánimos volvieran a subir y, si se atrevería a decirlo, fue parte fundamental de la victoria de Seirin contra Rakuzan.
—Por supuesto quería verte, te he extrañado todo este tiempo.
Las mejillas de Ogiwara se encendieron. Kuroko lo veía algo molesto, pero pronto su mirada se suavizó y una sonrisa entristecida se coló en sus labios.
—Cuando Mochida-kun me dijo que habías abandonado el baloncesto pensé que había sido mi culpa. La Generación de los Milagros te hicieron tanto daño y yo no hice nada para evitarlo.
—¡N-No es así, Kuroko! —el grito de Ogiwara llamó la atención de la cafetería, haciéndole titubear —Sí, dejé el baloncesto un tiempo, pero no fue tu culpa —Ogiwara desvió la mirada, jugando con la crema de chocolate de su pastel —. Al contrario, regresé a jugar por ti.
Kuroko estaba afligido, con un semblante triste que hizo a Ogiwara fruncir el ceño.
Su amigo siempre había sido su motivación para seguir adelante, para afrontar cualquier cosa que se le pusiera en frente. Desde mudarse de distrito hasta seguir con su deporte favorito tras una experiencia tan humillante como la de secundaria.
—Siempre ha sido por ti, Kuroko.
El susurró alcanzó los oídos el sexto jugador, dibujando una sonrisa que cautivó al castaño. Ambos rieron suavemente, incluso Tetsuya estaba algo sonrojado mientras bebía, ya más calmado, su batido de vainilla.
—Por cierto, ¿quién es "Rei"?
Nuevamente, Ogiwara se atragantó con un trozo de pastel que bajaba su garganta. Esta vez su sonrojo fue más grande y, en ojos de Kuroko, más sospechoso. Ogiwara tosía, exagerando la situación con una intención que él ya había visto antes.
Kuroko afiló la mirada, reconociendo por un instante a su atigrado novio cuando quería evitar hablar de algo.
—¿Ogiwara-kun?
—¡Agrádesele a tu madre de mi parte, Midorimacchi!
Solo debía aguantar la chillona voz de Kise unos segundos más, los suficientes para sacarlo de su casa y librarse de él.
Después de comer el desayuno el rubio había insistido en quedarse unas horas más y seguir charlando. Ya no habían tocado el tema de Aomine, por su suerte, pero tuvo que soportar al rubio presumir una y otra vez a su novio.
Y Kise, presumiendo algo, era de lo peor. ¿Cómo le haría para borrar de su mente todas las fotografías que tenía en su teléfono? Kise había abierto una carpeta especial en su galería con el nombre del ex capitán, donde guardaría todas las fotos que le tomaba.
Ya sea durmiendo o comiendo, Kise tenía fotos de Kasamatsu en cualquier momento del día.
Midorima juraría que soñaría con ese entrecejo fruncido esa noche.
Dejando eso a un lado, la plática había resultado bien, dentro de lo que cabe.
—Prefiero omitir el hecho de que estuviste en mi casa.
Kise, obviamente, alzó su mirada por encima de su hombro y le mostró un puchero. Si su madre o, peor, su hermana, sabían que el rubio había estado ahí y no lo vieron se armaría un escándalo.
Tuvo que aguantar un suspiro cuando Kise le sacó, intanfilmente, la lengua antes de levantarse luego de atar sus zapatos y tomar su saco.
—En vista de que ya no me quieres aquí, me iré.
—El hombre propone, Dios dispone.
—¡Midorimacchi, eres malo! —chilló Kise, entendiendo por completo la intención de su comentario —No sé cómo Takaocchi te soporta.
Midorima, en cambio, ajustó sus gafas por encima del puente de su nariz y con una sonrisa llena de sorna le respondió.
—De la misma manera en que Kasamatsu-san te soporta.
Los ojos de Kise se encendieron llenos de diversión, como si hubiera encontrado oro entre el barro.
Empezó a jugar con las llaves de su departamento, girando el aro de las mismas en la circunferencia de su dedo índice, mientras una sonrisa traviesa confundía al dueño de la casa.
—Yukiocchi me ama mucho —dijo —. ¿Estás diciendo que tú amas mucho a Takaocchi?
El rostro de Midorima se puso rojo, incluyendo sus orejas. Kise río, orgulloso de la reacción de su compañero.
—Muere.
Aun entre risas, Kise se adelantó a la puerta.
Midorima se perdió un momento en la espalda del rubio. Sentía sus mejillas arder, pero su mente divagó una vez más en el tema de su moreno amigo. Una presión aplastó su pecho, recordando la expresión de tristeza de Kise.
Él había jurado no volver a verla, no por Aomine.
Antes de que pudiera tomar el pomo de la puerta, colocó su zurda sobre la puerta y le impidió al rubio abrirla. Kise sintió su presencia a centímetros de su espalda, incluso su susurro pegar en su oreja, haciéndole voltear.
—Virgo está en primer lugar el día de hoy —Kise ladeó el rostro sin comprender del todo qué quería decir. Midorima rozaba su espalda, con la mirada perdida en la esquina de su recibidor, ligeramente avergonzado —. No es que me importe del todo lo que pase con el idiota de Aomine, pero si te hace sentir mejor puedes enviarle un mensaje para hacerlo entrar en razón. La suerte está de su lado…
Midorima le evitaba la mirada, pero Kise pudo notar una genuina preocupación en los ojos del otro milagro.
No pudo contener su emoción, sus ojos de humedecieron y la nariz le cosquilleó cuando, en un arrebato por el silencio ajeno, los ojos esmeralda le buscaron.
Lucía igual de triste, igual de preocupado que él horas antes.
—Midorimacchi…
—No me veas así, idiota —un rubor tiño las orejas de Midorima —, solo me da asco verte llorar.
Kise no lo soportó más y se lanzó en los brazos de Midorima. Fue un silencio breve, lo suficiente para que Midorima se ablandara y le correspondiera el gesto, colocando suavemente su diestra sobre la cintura ajena.
Algunos sollozos leves de parte del rubio le hicieron reposar su cabeza sobre los cabellos rubios, en un afán de tranquilizarlo.
—Sabía que me querías, Midorimacchi —murmuró Kise sobre su hombro —, solo eres un gran tsundere.
Shintarō apretó los labios, sus mejillas ardían suavemente y la zurda se había enfocado en encontrar el pomo de la puerta. Entre las ganas de no verle sufrir más y las de aventarlo fuera de su casa, las segundas estaban ganando.
—De verdad qué eres insoportable, Kise.
El rubio se apartó un poco, aun aferrado del cuello del escolta. Contempló su rostro, enrojecido por la vergüenza. Momentos tan íntimos con alguien a quien consideraba casi un hermano eran poco, debía disfrutarlos.
Una pequeña risita salió de los labios de Kise.
—Takaocchi tuvo demasiada suerte contigo, no lo vayas a arruinar con estupideces —soltó entre risas, sacando en Midorima un chasqueó de lengua —. Mo ~
La zurda de Midorima giró el pomo de la puerta y la abrió. Kise estaba a punto de apartarse del cuerpo ajeno cuando una tercera voz, desde el pasillo de la casa de Midorima, resonó en el recibidor.
Sintió la diestra de Shintarō apretar, inconscientemente, su cadera al mismo tiempo que se cuerpo se tensó.
—¡Shin-ch…! ¿Ki-chan?
