Capítulo II

Fue una bienvenida realmente frívola la que Candy recibió por parte de la familia Lagan, en primer lugar la señora Lagan no le permitió la entrada al sala de estar hasta que se cambiara de rompa, no quería que empapara su alfombra, por lo que fue necesario que subiera a secarse y a cambiar su ropa, el lado positivo era que por lo menos iba a tener su propia habitación en el ático de la mansión, pero era su propio cuarto.

Cuando terminó de cambiarse de ropa, bajó directo hasta donde la señora Lagan y sus hijos la esperaban, con su madre ahí los chicos lucían mucho más afables de lo que realmente se habían portado con Candy.

-Desde que nos mudamos a Escocia, mi pobre Eliza no ha tenido la oportunidad de convivir con chicas de su edad –Explicó la señora Lagan –Tú deber será acompañarla y conversar con ella

-Yo me encargaré de educarte –agregó Eliza con un tono de voz suave –empezaré por regalarte un vestido, no deberías andar en pijama todo el día, ¿qué va a decir la gente?

Nada más decir esto Neil se volteó intentado contener una carcajada, Candy se sintió realmente ofendida, ese vestido había sido elaborado con mucho esfuerzo por la hermana Lane.

-Mi niña, eres tan dulce –Dijo la señora estrechando la mano de su hija entre las suyas –Candy, ¿qué respondes?

-Muchas Gracias –respondió Candy mientras hacía una reverencia.

Sin dar importancia a la gratitud de la muchacha, los tres se retiraron, ni siquiera fueron capaces de dirigirle la mirada.

Candy subió a su habitación y se recostó en la cama, estaba relámete agotada por el viaje y sólo quería dormir un poco. Era la primera vez que no tendría que compartir su cama con nadie y eso se sentía verdaderamente extraño, como un vacío que le recorría el cuerpo, quizá se trataba de soledad. A partir de ahora tenía que empezar a valerse por sí misma, sus maestras se sentirían muy orgullosas de ella.

Al recordar su querido Hogar de Pony, abrió su maleta para sacar su cepillo para el cabello, regalo de los niños del hogar en su último un cumpleaños, justo debajo de ese utensilio se topó con el libro que recogió en la estación, ¿quién perdería algo tan costoso como una obra de Shakespeare encuadernada tan finamente? Candy en alguna ocasión habría leído Romeo y Julieta, de hecho la consideraba uno de los textos más románticos con los que se había cruzado.

La muchacha hojeaba el libro como si quisiera encontrar una pista del dueño, tal vez le perteneció a un famoso actor o actriz, pero entre más avanzaba en las páginas más subrayados encontraba, sin duda el lector estaba tratando de memorizar las línea y las notas a pie de página indicando tono de voz, expresiones faciales y posturas lo delataban más. Antes de cerrar el libro y prepararse para dormir en la primera página pudo notar unas iniciales.

-¿T. G? –Leyó en voz alta –Esta persona debe ser el dueño, pero ¿qué significará? Tessa Gardner, Turner Grimm, Tim Green. Bueno, quién quiera que seas has perdido un buen libro, pero yo lo cuidaré por ti.

Concluido su soliloquio, Candy guardó el libro en el cajón de su mesa de dormir y cerró los ojos para caer en los brazos del buen Morfeo.

A la mañana siguiente Candy inició con sus primeras tareas como dama de compañía de la señorita Eliza. Lo primero que hizo fue subirle el desayuno, el cual le hizo regresar dos veces porque sus huevos no estaban cocidos en el punto exacto o porque la leche estaba demasiado caliente; la siguiente tarea fue cepillarle el cabello.

-Escúchame bien, si me das un tirón te echaré a la calle, así que ten cuidado huérfana –le advirtió Eliza

-Me llamo Candy –protestó Candy

-¿Cómo has dicho?

-Me llamo Candy, no quiero que me digas que soy una huérfana…

-Pues acostúmbrate, porque eso es lo que eres. Tus padres te abandonaron, vienes de un sucio orfanato, eso te hace escoria y de ahora en adelante solo tienes que hacer lo que yo te diga, me perteneces –recalcó Eliza mientras se ponía de pie amenazadoramente frente a la pecosa

"Aguanta, Candy", se dijo a sí misma mientras intentaba no lanzarse sobre la chica para sacudirla, lo que había dicho era demasiado cruel, tan doloroso.

Y ese solo había sido el comienzo de un martirio para Candy, justo como le habían comentado los sirvientes de la casa, Neil y Eliza acostumbraban hacerle bromas pesadas con el objetivo de quebrantar su voluntad y hacerla irse de la casa. En una ocasión la bombardearon con lodo y pintura, lo cual termino por arruinar su única muda de ropa, naturalmente el vestido prometido por Eliza nunca llegó a manos de Candy.

A veces acompañaba a los hermanos a jugar croquet en los jardines de la mansión, era una experiencia que Candy podía comparar con el partido de Alicia contra la reina de corazones, si algo salía mal podría perder la cabeza, aunque solo fuera la receptora de ambos hermanos.

-¡Oye, Candy! ¡Qué lindo vestido! –Gritó Neil al ver el vestido colorido de la chica debido al ataque de pintura -¿Ahora también serás nuestro bufón?

-Creo que ese trabajo te quedaría mejor, serías más eficiente de ese modo –agregó Eliza con una sonrisa burlona

-Ustedes saben perfectamente que esto es obra suya –señaló Candy mientras recogía los mazos y bolas del campo –Pero no importa lo que hagan, yo no me iré pronto –les sonrió con picardía.

-Mira que son descarados los huérfanos –replicó Neal arrojando su mazo ante los pies de Candy

Sin más la joven solo se limitó a realizar su trabajo y guardar los mazos y bolas en la bodega. Cada vez que ese par de chiquillos malcriados la insultaban la sangre le hervía, sin embargo no debía decir nada, si los desafiaba seguramente perdería el empleo y si eso ocurría no tendría a donde ir, naturalmente que en el hogar de pony no le negaría cobijo, pero para ella ese sitio era el último recurso, ya no tenía cabida en ese lugar, los gastos de una chica de casi 14 años eran demasiado.

Al paso del tiempo Candy se sentía menos dispuesta a trabajar, levantarse cada mañana le pesaba más, solo de pensar que tenía que soportar a aquellas personas tan arrogantes y malcriadas le abrumaba. Solo llevaba un mes en el sitio, si podía evitar estar con Eliza y Neil mucho mejor. No obstante, aquella mañana era diferente, todos tendrían que colaborar, pues aquella tarde se celebraría un baile en honor al cumpleaños de Eliza, todo debía salir perfecto.

Candy tarareaba feliz una canción para amenizar la decoración del gran salón con ramos de flores recién cortadas, en eso pudo escuchar una conversación de algunas de las mucamas al fondo.

-¿Sabes si vendrá lady Ardlay?

-¿La tía abuela? Naturalmente, no se perdería el cumpleaños de su querida sobrina y menos ahora que está tan cerca.

-Yo escuché que esta fiesta es para llamar la atención del hijo del duque de Grandchester

-Eso debe ser, después de todo es noble, muy rico y sin compromiso. Justo lo que los señores buscan para su hija.

La pecosa no acababa de digerir la idea, Eliza le parecía muy joven para casarse, ¿cuál era la prisa? Su reflexión fue interrumpida súbitamente por la Señorita Mary, el ama de llaves.

-¿Qué tanto sueñas, Candy?

-No, sólo pensaba en el significado de casarse –le contestó Candy –Yo nunca me casaré, quiero decir, no soy nada bonita, mis pecas sorprenden a los muchachos, pero no en el buen sentido de la palabra –en ese momento Candy cerró los ojos para recordar al muchacho que había conocido en la estación.

-Es mejor que dejes de pensar en esas cosas, aún eres joven para anticiparte al futuro –le regañó Mary mientras sacaba de su bolsillo una carta –sé que no es el momento, sin embargo pienso que esto te alegrará

-¿Carta del hogar de Pony?

-Exactamente –confirmó la mujer colocando la carta en manos de Candy –Tomate un descaso y léela, pero no vayas a tardar que aún nos queda mucho trabajo por hacer antes de las 3.

-Se lo agradezco tanto

Candy salió corriendo de la mansión, su anhelada carta acababa de llegar, por fin. La pecosa corrió hasta un paraje cercano al lago para leer.

Querida Candy:

Espero estés aprendiendo mucho en tu nuevo trabajo. La hermana Lane y yo no hemos dejado de orar por tu felicidad, sabemos que eres una gran chica: afable, responsable y muy alegre. Esas virtudes te ayudarán a realizar tu mejor labor en Escocia.

Tenemos dos nuevas criaturas en el hogar, Mildred ha decidió ocupar tu lugar como la más mayor y se ha encargado de ayudarles a adaptarse al hogar, en verdad nos sorprende la inspiración que resultaste ser para la pequeña.

Espero te estés alimentando bien, necesitas ser muy fuerte. Sinceramente te echamos de menos y es a través de estás caratas que podremos tener te de vuelta en el hogar aunque sea un momento, realmente leer tus cartas es un alivio muy grande para todos nosotros. Aunque algunos de los niños se portan incrédulos, estamos seguros de que te convertirás en una dama bajo la enseñanza de la familia Lagan.

Con cariño, Miss Pony.

Concluida la carta Candy comenzó a llorar para desahogar toda la impotencia que sentía, ciertamente no se había sentido del todo contenta en la mansión Lagan, ahora menos que nunca podría retractarse y huir de aquella mansión, todos tenía expectativas en torno a la oportunidad que los Lagan le habían ofrecido. Deseaba volver al hogar de Pony más que nunca, extrañaba demasiado su vida de antes.

De pronto, una melodía empezó a inundar el ambiente, la muchacha levantó la mirada como si pudiera percibir las notas que viajaban en el aire; era un sonido dulce y a juzgar por el volumen de la misma, quizá no provenía de un lugar muy lejano. Candy se puso en pie dispuesta a rastrear el origen de aquello, como un roedor impulsada por el hechizo del flautista de Hamelin.

Llegó directo a una pared cubierta por espesas enredaderas, como si llevara mucho tiempo sin ser podada, la música salía del otro lado de aquellos muros:

-Acaso se trata de una princesa que se encuentra prisionera detrás de esos muros –pensó Candy embobada por la inmensidad de la pared –estas enredaderas deben ser un hechizo puesto por su captor, ¿quién será el caballero que osará rescatarla?

En ese momento Candy levantó una vara del suelo y cual caballero de brillante armadura se dispuso a trepar el muro a través de las enredaderas, justo cuando estaba sobre la pared vio una de las ventanas de la gran casa abiertas y dejándose llevar por su imaginación prosiguió mientras levantaba la vara sobre su cabeza cual espada:

-¡No temáis, princesa, yo, lady Candice White la salvaré del malvado hechicero que la ha hecho prisionera!

Justo cuando terminó de enunciar su discurso la melodía de aquel solitario piano se pausó abruptamente, entre las cortinas rojas de la sala apareció un muchacho de ojos azules con una mirada realmente desconcertada:

-¿Puedo saber a qué estás jugando, niña?

-¿Qué? –Candy se puso completamente roja, estaba ante aquel muchacho que días antes se había topado en la estación de tren.