Capítulo III:

Candy no lo podía creer, nuevamente estaba cara a car con el muchacho de la estación, se trataba de una coincidencia asombrosa para ella, solo que ese no era un buen momento pues aparentemente había escuchado todo su discurso de caballero blanco. Ahí estaba ella, trepada a una pared con una rama en la mano y con el rostro ruborizado.

-Perdón –atinó a decir la chica –No quise interrumpir, es solo que tu casa es muy bonita y yo pensé…

-¿Quién es? –interrumpió una voz femenina

-Es solo una chica pecosa –suspiró el muchacho

-¡Oye! ¡Qué descortés eres! –replicó Candy molesta ante esa falta de respeto

-Cuando frunces la nariz se te mueven las pecas –se soltó a reír él

-Es cierto, es una chica con pecas –Afirmó una chica de cabellos castaños y ojos azules tan profundos como los del muchacho.

-¡No sean insolentes! –Reclamó Candy –Para que lo sepan mi nombre es Candice White y me gusta mucho más que me llamen Candy.

-Qué nombre tan dulce –alagó la chica de ojos azules –Mi nombre es Diana y él es mi hermano mayor Terrence, pero todos aquí le decimos Terry. Mucho gusto –concluyó la pequeña dama haciendo una reverencia ante Candy.

La muchacha cruzó su mirada brevemente con la de Terry, él tenía la misma aura triste que le envolvía desde la primera vez que lo vio en la estación, estaba segura que en algún punto se estaba secando una lagrima. La carta que leía debía contener una noticia desagradable para él, por supuesto Candy respetaba aquello y no se atrevió a hacerle ningún comentario al respecto, quizá algo que podría hacer sería disculparse por molestarlo en aquello momento, pero seguramente ni siquiera la recordaba.

-¿Quieres almorzar con nosotros? –preguntó Diana a la muchacha que estaba absorta en sus pensamientos.

-Diana –replicó Terrence –No deberías invitar extraños a la casa

Justo esas palabras bastaron para que Candy diera por hecho que Terry no la recordaba después de todo, aunque lo hiciera posiblemente sí seguiría siendo una extraña, después de todo se vieron una sola vez.

-No es extraña, ya sabemos cómo se llama. Candy, él es Terry y yo soy Diana. ¡Listo! ¡Haré que le abran la reja!

-Siempre haces eso, pareces no escuchar. Ni siquiera le has preguntado si acepta.

-¡Es verdad! –Admitió Diana con una risita –Candy, ¿guasta acompañarnos a almorzar?

-Claro –aceptó Candy tímidamente y de un salto llegó hasta la habitación dejando perplejos a ambos hermanos.

La habitación era justo como la imaginaba Candy, era muy elegante con cuadros en cada rincón, por fin pudo apreciar el piano de cola del cual emanaba la melodía que la hipnotizó y la hizo llegar hasta allí, más al fondo estaba un cello y sobre una silla lo que parecía ser un violín. Sin duda los hermanos se encontraban en una sesión de práctica, pero ¿quién sería el que tocaba aquel piano tan maravillosamente?

Los hermanos y Candy se sentaron a comer en una pequeña mesa cubierta con un mantel blanco, el lugar parecía un tanto lúgubre y descuidado, como si llevaran año sin vivir ahí, no obstante se sentía un ambiente muy cálido acompañado de una fuerte esencia a narcisos, algo que en la mansión de los Lagan no se respiraba. Algo que también llamó la atención de la muchacha, fue que los chicos se atendían solos, ellos acomodaron los platos y sirvieron su comida, de verdad no podía evitar la comparativa de éstos con Eliza y Neal, todavía recordaba el día que tuvo que cortar la carne de Eliza para que pudiera comerla.

-Su casa es muy agradable –dijo Candy con ojos brillantes

-Qué bueno que te gusta –sonrió Diana

–Y pensar que está llena de fantasmas –agregó Terry con seriedad

-¿Fantasmas? –Tragó saliva –Claro que no puede ser verdad, los fantasmas no existen.

-Dile eso al decapitado que ronda las escaleras cada mañana o la dama de negro que llora en el jardín –continuó Terry

-Hermano, no le digas eso. Aquí solo aparece la dama de negro, el decapitado es quien habita en la villa de Gales.

Como si empezara a ser víctima de la sugestión, la pecosa empezó a sentir como unos ojos se posaban en ella, los relatos de aquellos hermanos comenzaban a helarse la sangre, seguramente por eso no había casi gente trabajando en la casa, quizá huían después de escuchar a la dama de negro gemir en los jardines del lugar.

-Perdona, nosotros casi no tenemos sirvientes –mencionó Diana descifrando la extrañeza de Candy–Solo están los señores Schiffrin, ya son bastante mayores y solo vienen en la mañana y alrededor de las 3. Pero hoy solo vinieron temprano y eso es porque en la tarde tendremos un baile en nuestro honor –Concluyó mientras guiñaba el ojo.

Inmediatamente la muchacha pudo intuir que se trataba de la fiesta de cumpleaños de Eliza, quien por cierto dese muy temprano había estado probándose el vestido que la modista le había hecho especialmente para ocasión. Algo entendido era porque Diana aseguraba que esa fiesta era en su honor, así que se aventuró a preguntar, sobre esto Diana le comentó:

-Veras, nosotros somos hijos del duque de Grandchester y desde que llegamos aquí las familias enloquecieron. Todos los días nos llegan invitaciones, somos importantes.

Terry se levantó de golpe de su asiento, al parecer lo que su hermana dijo le ofendió. En el fondo él asistía a esas reuniones por ella, su hermana quería salir a convivir con las personas, no le gustaban los lugares cerrados ni demasiado tranquilos. Tal vez era algo común en una jovencita de su edad, pero él debía vigilarla ante la ausencia de sus padres.

Candy se levantó instintivamente y corrió detrás de él mientras Diana la miraba con los ojos bien abiertos.

-Terry –le llamó Candy -¿estás bien?

-¿Por qué no habría de estarlo? –se rio él

-Desde que te vi aquel día, me pareces tan triste. ¿Podría hacer algo por ti?

-No seas entrometida, pecosa –respondió Terry mirándola con ojos frívolos –Ese intento de bondad tuyo me molesta demasiado ¡detesto la lástima!

En ese momento la chica se quedó congelada de golpe, ¿cómo que lastima? Ella no sentía eso hacia él, de verdad le preocupaba lo que vio aquel día, desde la perspectiva de Candy su intención era buena, no obstante al reflexionarlo más entendió que seguramente si estaba siendo un tanto entrometida.

"No nos conocemos, es la segunda vez que nos vemos, somos extraños", pensó Candy mientras buscaba palabras para decirle sintiéndose cada vez más como una tonta.

-Terry, ya es más de medio día, debemos prepararnos para la fiesta de hoy –dijo Diana entrando por la puerta para romper el momento de tensión y para Candy esto fue verdaderamente oportuno.

-¡Dios mío! –Exclamó Candy –Yo debo irme también, con permiso. ¡Agradezco mucho su invitación!

Y fue así como Candy corrió y corrió hasta llegar a la mansión sin sacarse de la cabeza el rostro de Terry. Antes de llegar a la mansión de los Lagan se cruzó con un campo de narcisos silvestres, la chica aspiró con fuerza el aroma que desprendían los mismos para que su memoria configurará con mayor precisión lo que había vivido aquel día y en efecto, esto hizo que su corazón revoloteara como mariposa en su pecho.