Capítulo V:

Ya habían pasado una semana desde la fiesta de cumpleaños de Eliza, pero para Candy parecía una eternidad, durante ese tiempo se planteó el ir a visitar a los hermanos Grandchester que se portaron tan amables con ella, el problema era que Eliza no había terminado de descargar su coraje por el rechazo de Terry, por lo que le había estado asignando exceso de trabajo a la muchacha.

Eliza culpaba a Candy por la actitud de Terry hacia ella, claro que no iba a asumir tan fácilmente que todo aquello se debía a la burla que su hermano intentó propiciar en contra de la chica. La rubia no se atrevía a protestar, no era tan malo porque al menos todas esas ocupaciones como lavar y planchar ropa la mantenían lejos de los hermanos, incluso se atrevía a tararear una canción de felicidad mientras hacía sus tareas.

-Es una sin vergüenza –dijo Neal mientras la observaba a Candy desde la ventana -¡Qué coraje! Nos deja en ridículo con los aristócratas y no recibe ningún escarmiento.

-Hablé con mi madre acerca de echarla de aquí, pero al parecer eso comprometería más el honor de nuestra familia porque "es una obra de caridad".

-Pues yo no puedo perdonar que haya arruinado tu futuro, hermanita. Estoy seguro de que serías una gran duquesa –Aseguró Neal acariciando el cabello de su hermana –Se me ocurre que la solución a nuestros problemas es que Candy decida irse.

-¡Eso es imposible! –Replicó Eliza –Ya hice todo lo que podía, cada día le doy más y más trabajo, a pesar de eso no se va. ¡No sabes cuánto me irrita!

-Entonces tendremos que ejercer presión de otra forma –sonrió Neal con malicia.

A la mañana siguiente Candy salió a la ciudad para hacer algunos encargos de Eliza, debía recoger unos vestidos con la modista que la chica mandó a hacer hace algunos meses para una reunión familiar en la villa del clan Ardlay, quienes eran parientes de los Lagan. Para esto, la muchacha sería escoltada por el cochero de la casa, para poder cargar con toda la lista de Eliza, quien gracias a esta fiesta había mejorado un poco su humor.

En el trayecto, Candy conversó con el hombre que la acompañaba, era bastante serio y apenas hacía mueca, aun así él escuchada a la chica, estaba atento y daba respuesta a sus temas de conversación, como el clima y los paisajes repletos de flores silvestres. En verdad estaba feliz por aquel lugar al que había llegado a vivir hacía poco, no importaba que la trataran tan fríamente los hermanos Lagan, ella tenía a personas que compensaban aquello, sus compañeros de trabajo eran joviales con ella.

Luego de una hora de camino, el carro se internó en la ciudad, era la primera vez que Candy veía una ciudad. De pronto la joven se vio rodeada por altos edificios que asemejaban pequeños castillos con sus torres y tejados, se trataba de una ciudad de cuentos de hadas. Tenía tanto por ver y recorrer.

La casa de modas estaba en una de las avenidas más transitadas, seguramente estaría saturado de personas. Sin dudarlo se dispuso a ingresar al lugar, tal como predijo, el interior estaba lleno de elegantes damas que admiraban primorosos vestidos con holanes y encaje. No faltaron las que alzaron la ceja en señal de desprecio ante la presencia de la chica por su vestimenta, la cual no concordaba con la de las clientas del lugar.

-Disculpe –llamó Candy a una de las empleadas, pero esta no volteó, pretendió no escucharla –Perdone, señorita –volvió a insistir.

-¿Qué quieres? –Respondió exaltada –Aquí no tenemos nada para ti, ni siquiera damos limosna.

-¿Disculpe? –Se quedó pasmada por lo que acababa de oír –No tiene que ser tan grosera, solo vengo a recoger un encargo de la Señorita Eliza Lagan. Ya está todo pagado.

-¿Tienes algún comprobante?

-¿Un comprobante? No, no me dieron nada –respondió Candy

-Lo que pensé, seguramente pretendías robarte el encargo de alguna clienta.

-¡Claro que no! –Replicó Candy -¿Por qué me trata así sin motivo?

-¡Largo de aquí! –Exigió la mujer tomándola por el brazo para llevarla hasta la puerta del establecimiento.

En ese momento un sentimiento de impotencia comenzó a invadir a Candy, ella no había hecho nada malo, con solo verla la habían tachado de ladrona. Por los prejuicios de aquella mujer ahora no podría cumplir con su trabajo satisfactoriamente, ya no tenía intensión de intentarlo por el escándalo que se había armado allí adentro. Lo único que podría hacer es regresar hasta la mansión y pedir a Eliza el comprobante para que le entregaran sus trajes, la pelirroja encolerizaría, pero no existía mejor opción en un momento así.

Mientras caminaba, la muchacha iba pensando en el mal rato que pasó, sin embargo se le olvidó al darse cuenta que el carro en el que vino ya no estaba donde se había estacionado, tampoco pudo ver al cochero por ninguna parte, imposible creer que éste se fue sin ella. Candy decidió recorrer las atiborradas calles de la ciudad con el propósito de encontrar a su acompañante, por más que buscaba aquí y allá, no aparecía.

Candy decidió sentarse en la banca de un parque tratando de formular una solución al problema que enfrentaba, no llevaba dinero con ella y volver caminando tal vez no era una opción muy sensata considerando el largo camino hasta la mansión Lagan, pero qué otra opción tenía, entonces dio cuenta como unos hombres la observaban a lo lejos, eso la aterro demasiado y decidió salir huyendo del lugar para perder entre la multitud.

"Será mejor empezar a caminar, con un poco de suerte llegaré antes del anochecer", pensó Candy mientras respiraba profundo para intentar calmarse.

Decidió empezar su caminata y pasó por una calle llena de pastelerías con aromas exquisitos, naturalmente esto estaba comenzando a despertarle el apetito y más con esos colores tan llamativos, ciertamente aquello llamaba la atención de sus estomago como nunca.

"¿Candy va mejor con Cake o con Cookie?", se preguntó así misma mientras veía todo aquel dulzor por la mirilla del ojo.

-¡Espera! –Llamó una voz detrás de ella -¿Eres Candy?

Petrificada, la rubia giró su cuerpo para toparse con la joven Diana.

-¡Señorita Diana!

-¿Señorita? –se rio la castaña -¿A qué viene tanta formalidad? Soy Diana… Pero a todo esto, ¿qué haces aquí?

Candy no pudo explicar, inmediatamente se quebró a llorar en frente de la muchacha, era la primera vez en mucho tiempo que la frustración salía de esa manera. Para ella el llanto no era válido, lo concebía como una derrota, no de algo que permitiría afrontar y resolver la situación. Diana se acercó a la rubia y la abrazó de tal manera que cubrió su rostro, tal vez eso le ayudaría un poco a sobrellevar su malestar. Al cabo de un rato Candy se tranquilizó un poco y Diana decidió invitarla a tomar el té con ella en un salón cercano.

-Es terrible lo que te han hecho –recalcó Diana mientras acercaba la taza de té a sus labios –Justo como creí, ese par son unas personas Terribles.

-Está bien, no sabemos si ellos planearon esto o solo es un descuido, obra de la causalidad.

-¡No seas ingenua! –le recamó Diana.

-¡Estoy bien! Si esto no hubiera pasado, no te nos habríamos encontrado.

-¿Sabes? He querido escribirte para que vengas a visitarme a mi Villa –mencionó Diana – Pero me preocupaba que no te lo permitieran. Después de todo eras dama de Eliza.

-No te preocupes, prometo ir a verte pronto, ya encontraré la forma –sonrió Candy -Si es que esto no significa que estoy despedida –murmuró mientras se llevaba un bísquet a la boca.

-Mi hermano y yo coincidimos que fue muy descortés de tu parte no decirnos que vivías con los Lagan.

La pecosa tragó con fuerza su bocado recordando a Terry Grandchester, desde que había descifrado que el libro que tenía en su poder le pertenecía había estado ensayando la mejor forma de devolverlo.

-Oye, Diana –musitó Candy -¿Por qué vinieron ustedes solos a Escocia? –finalmente lo había preguntado.

-Pues –comenzó Diana desviando la mirada a la calle –La única que tenía que venir hacía aquí era yo, desde que nací soy muy enfermiza y Escocia es un lugar que me puede hacer mucho bien o al menos eso piensa el médico de la familia. Como ya sabrás, nosotros somos de Londres, el aire de esa ciudad no es sano para mis pulmones. Mi hermano decidió acompañarme porque mi querida madrastra se negó a hacerlo…

-¿Madrastra?

-Así es… Yo no tengo madre, al parecer murió cuando yo era pequeña… Al menos si me muero la conoceré –agregó Diana intentando retener con fuerza las lágrimas en sus ojos.

-¿Cómo puedes decir eso? –Replicó Candy –Tú eres muy fuerte, ¡estás aquí para sanar y yo te ayudaré! ¡te apoyaré siempre!

Diana se puso de pie y abrazó a Candy con fuerzas, después de tanto al fin había encontrado a una amiga de verdad. Ninguna de las dos se dio cuenta que una mesas más adelante Terry las observaba conmovido ante la escena, sin duda, aquella chica con pecas estaba llenando de luz sus vidas poco a poco. Qué curioso es el destino que les había permitido encontrarse.