Gracias por leer este fanfic, espero sea de su agrado, estoy tardado en actualizar porque escribo sobre la marcha y a veces mi trabajo no me deja actualizar tan seguido, al menos quiero tratar de escribir un capítulo cada semana.

Con cariño, Arlaed.

Capítulo VI

Terminada la hora del té, ambas muchachas decidieron acudir a comprar unas deliciosas galletas para disfrutarlas en el camino a casa, Diana le comentó a Candy que su hermano mayor había quedado de verla en la fuente de la plaza principal. Si bien es cierto que el muchacho se encontraba en la misma cafetería, no se había atrevido acercarse a ambas.

En las pocas salidas que los hermanos llegaban a tener, Diana siempre salía a pasear con la señora Schiffrin, ama de llaves de la villa, pero en esta ocasión la mujer no había podido asistir debido a que ella misma no se encontraba muy bien de salud. Diana se empeñó en salir de paseo e ir ella sola a comprar pasteles, aun así, Terry se las ingenió para seguirla a escondidas.

Candy y Diana Caminaron hasta el lugar pactado y no faltó mucho para que Terry apareciera en escena para recoger a su hermana.

-¡Hola, Hermano! –Saludó Diana agitando la mano con entusiasmo -¡Mira a quien me encontré!

-¡Vaya! Pero si es la señorita, pecas –le saludó Terry con una breve reverencia

-¡Ya te dije que mi nombre es Candy! –le reclamó Candy levantando uno de sus puños con enojo

-No te enojes, las pecas se te ponen rojas –Se carcajeo Terry y Diana Terminó por hacer lo mismo.

-Oye, Terry –interrumpió Diana –llevemos a Candy a su casa.

Terry se sorprendió, ¿acaso Candy había venido sola hasta una ciudad tan grande? Por su mente pasó lo descuidadas que eran ambas chicas, una por venir sola y la otra por no darse cuenta de su presencia en ningún momento. Un extraño la podría estar vigilando y eso hubiera acabado en algo terrible. Sin decir más, el joven accedió y los tres se dispusieron a abordar el coche que los había traído hasta la ciudad.

A lo largo del Camino las chicas conversaban y comían las deliciosas galletas que compraron, Candy que llevaba la bolsa con las mismas intentó ofrecer una al chico, el cual la rechazó con amabilidad.

-Discúlpalo, mi hermano no disfruta mucho de las cosas dulces –explicó Diana –Tal vez tú eres la primera cosa dulce que le agrada –musitó intentado hacer una referencia al nombre de la pecosa.

Inmediatamente los rostros de Candy y Terry se pusieron de mil colores, sin decir nada y sin protestar Terry tomó una de las galletas de la bolsa, creyó que el comentario de Diana era una especie de presión para obligarlo a ingerir aquellos dulces.

-Como pensé, no son tan ricas –sentenció Terry mientras miraba por la ventana el reflejo de Candy, quien masticaba con mayor timidez su bocado de galleta.

Finalmente se detuvieron cerca de la mansión Lagan, donde Candy solo tendría que cruzar un sendero para llegar, ya que el carruaje no podría adentrarse en la propiedad de la familia.

-¡Muchas Gracias por sus atenciones! –agradeció Candy a los jóvenes con una reverencia

-Ven a visitarnos a la villa –Pidió Diana -¡Ya sé! Te espero el miércoles para tomar un delicioso té de jazmín en mi terraza.

-Yo…

-Sí, ven a visitarnos –agregó Terry sorprendido por sus palabras

-Está bien, el miércoles estaré ahí a lo hora del Té –asintió Candy con júbilo.

Mientras corría a través del sendero tenía las mejillas rosadas, después de todo le habían ocurrido cosas buenas aquel día, entendía que no tenía que precipitarse, aún le faltaba el recibimiento de los hermanos Lagan en la mansión. Pronto cruzó el pórtico de la mansión y caminó directo a la cocina donde yacían varias empleadas preocupadas.

-¡Candy! –Gritó Natasha saltando directamente sobre ella para abrazarla –Estábamos muy preocupado por ti, ¿qué Pasó?

-Sebastián nos dijo que te había perdido en la ciudad –Agregó Sophie mientras levantaba el rostro de la chica para asegurarse que no tuviera ningún rasguño.

-¡Eso es! –Dijo Candy aliviada –Me descuidé por un momento y perdí de vista a Sebastián. Perdónenme, no volverá pasar.

-Gracias a Dios no te pasó nada –Suspiró Sophie –Alguien vaya a avisar a la señorita Mary, la pobre estaba echa un manojo de nervios por esto.

No todos estaban muy contentos con la llegada de Candy, los señoritos Lagan se sentían furiosos ya que su plan había fracasado, no podían creer la suerte que tenía aquella chiquilla.

-¡Seguro el inútil de Sebastian la dejó demasiado cerca de la mansión! –Exclamó la pelirroja arrojando un jarrón con rosas al suelo

-Eso no es posible, le dije específicamente que la llevara hasta la ciudad y la dejará ahí como un perro –explicó Neal intentando relajarse para pensar su nueva estrategia

-Al parecer incluso para eso es un inútil… ¿y ahora que vamos a hacer si nos delata con mamá?

-No seas ingenua, hermanita –Sonrió con audacia –Ése nunca va a delatarnos, no le conviene, mi madre no le creerá, lo echarían a la calle sin dudarlo.

-Pues más vale que pienses algo pronto. Algo que podamos hacer nosotros mismos –exigió Eliza –Si quieres que las cosas se hagan bien, es mejor hacerlas uno mismo.

Pasaron dos días desde aquel penoso incidente, Candy se sentía más tranquila desde que aclaró que todo fue un mal entendido y ella fue quien se perdió en la ciudad por "descuidada", aún tenía su trabajo en la mansión de los Lagan.

Aquella tarde Candy había podido salir a recorrer un momento el bosque detrás de la mansión de los Lagan, mientras caminaba disfrutando de los amenos sonidos de la naturaleza, el aire puro del bosque despejaba sus pensamientos llenos de tensión. En sus brazos llevaba el libro de Terry, el cual quería aprovechar para leer en ese rato libre y perderse brevemente en su investigación, nada como un buen libro para escapar de su agobiante realidad.

Se adentró lo más que pudo en el bosque y justo ahí se encontró con un jardín lleno de flores silvestres de diversos los colores, siendo las más destacadas los narcisos. Candy miró maravillada aquel sitió, seguramente acaba de descubrir su lugar favorito, su jardín secreto. Lo primero que hizo fue tumbarse en el suelo para disfrutar el aroma de las flores que la rodeaban, ese aroma le recordaba su lugar favorito en el orfanato, el cual llamaba la colina de Pony, los recuerdo más entrañables su infancia se había construido ahí, lástima que no pudo echar aquel lugar en la maleta para escapar a este cada vez que los hermanos Lagan la trataban fríamente.

Se giró sobre su cuerpo para poder abrir el libro que llevaba consigo y comenzar a leerlo, desde la noche anterior había comenzado a desvelarse para leer la obra de Romeo y Julieta, los amantes más famosos de la literatura. Cada dialogo que leía intentaba representarlo con ademanes y con el tono de voz requerido por la obra, pero estaba segura que no era la mejor actriz, además, en ninguna parte decía que Julieta era pecosa, tal vez oscilaban la misma edad, pero la misma belleza definitivamente no.

-Sigue la escena del balcón –murmuró emocionada.

Cuando llegó el turno de Julieta, Candy se puso en pie y comenzó a recitar los diálogos en voz alta, de repente volteó el rostro para toparse con un gran árbol con ramas fuertes.

"Es el balcón perfecto", pensó.

Candy comenzó a trepar el árbol y una vez que estuvo bien arriba comenzó a leer una vez más su libreto interactuando con un romeo imaginario que leía sus líneas en la mente de la chica, pues solo los diálogos de Julieta era expresados por ella en voz alta.

-¡Ah, ROMEO, ROMEO! ¿Por qué eres ROMEO? Niega a tu padre y rechaza tu nombre, o, si no, júrame tu amor y ya nunca seré una Capuleto.

Por un momento Candy se imaginó portando un vestido renacentista parecido al de Julieta y dejándose llevar por su imaginación habló más fuerte mirando hacia el cielo.

-Mi único enemigo es tu nombre. Tú eres tú, aunque seas un Montesco. ¿Qué es "Montesco"? Ni mano, ni pie, ni brazo, ni cara, ni parte del cuerpo. ¡Ah, ponte otro nombre! ¿Qué tiene un nombre? Lo que llamamos rosa sería tan fragante con cualquier otro nombre. Si Romeo no se llamase Romeo, conservaría su propia perfección sin ese nombre. ROMEO, quítate el nombre y, a cambio de él, que es parte de ti, ¡tómame entera!

-Te tomo la palabra. –Irrumpió una voz masculina debajo del árbol -Llámame "amor" y volveré a bautizarme: desde hoy nunca más seré Romeo.

Candy bajó la mirada, a los pies del árbol se encontraba el mismísimo Terry inclinado mientras interpretaba el rol de Romeo para seguir la corriente a Candy.

-¿Qué haces allá abajo? –preguntó Candy cerrando el libro apresuradamente, su corazón se estremecía, aunque no sabía si era por la sorpresa o por ver al muchacho como todo un Romeo.

Terry se puso en pie y empezó a trepar el árbol donde yacía Candy, mientras éste subía el corazón se aceleraba más y más, una sensación cálida le recorría el cuerpo, no sabía explicar lo que era. Finalmente, el chico se sentó en una rama cerca de Candy.

-Pensé que necesitabas a un compañero para practicar tus diálogos, lady pecosa.

-Deja de burlarte de mis pecas –dijo Candy molesta –Yo sé que las pecas me hace fea, no me lo tienes que recordar.

-Jamás dije una cosa así –replicó Terry mirando fijamente a la chica –Tus pecas son bonitas, tu eres bonita.