Hola, ¿Cómo se encuentran el día de hoy? Espero hayan tenido un día agradable.

Les presento un nuevo capítulo de mi Fic, ojalá sea de su agrado, una vez más, agradezco su lectura.

Capítulo 7

Candy y Terry permanecieron en silencio por largo rato, después de que el joven emitiera aquellas palabras ninguno de los dos era capaz de mirarse a la cara. Candy sentía el cuerpo paralizado, quería agradecer aquel cumplido, pero se sentía tan apenada, no sabía ni qué decir, además su corazón latía tan estrepitosamente que se preguntaba si el chico al lado suyo era capaz de oír semejante repique en su pecho.

Terry observaba a Candy de reojo, aún se encontraba incrédulo por lo que le había dicho, no es que esperase escuchar una respuesta por parte de ella, entendía que seguramente la había ofendido por lo que dijo, ciertamente fue un tanto impulsivo decir algo así, no obstante, era lo que pensaba de ella, así que no pensaba disculparse por alagarla de esa manera.

De pronto bajó la mirada hacía las manos de la chica que se aferraban con fuerza a un libro, él libro que él mismo había dejado botado en la estación de tren. Ver aquel viejo libro le causó un ligero sobresalto, él lo asociaba con una experiencia no tan grata y que deseaba borrar de su cabeza, pero al notar que Candy lo conservaba y lo leía, de alguna forma lo hacía sentirse un poco feliz.

-Oye, Terry –Dijo Candy con voz vacilante –Este libro es tuyo, ¿verdad?

-No sé de qué hablas –respondió Terry

-Estoy segura de que lo es –replicó Candy mientras abría el libro para mostrarle las iniciales "T.G."

-Qué lista eres pequeña pecosa, lo reconozco –dijo él con cierta ironía -Sin embargo ya te dije que no quiero que te metas en algo que no te incumbe.

-Creo que eso queda perfectamente claro, no sé qué puede representar este libro para ti –explicó ella mirando al frente como si buscara las palabras correctas –si no lo quieres de vuelta yo no insistiré en devolverlo, pero si alguna vez deseas tenerlo entre tus manos recuerda que está conmigo y hasta entonces lo cuidaré muy bien –concluyó mientras le guiñaba un ojo.

-Está bien –susurró Terry –Puedes quedarte con él, tú cuidarás de él mejor que yo.

Después de aquella breve charla Terry comenzó a bajar del árbol, Candy lo siguió con ojos tristes, le hubiera gustado que ese chico abriera su corazón y despejara sus pensamientos como su hermana menor, estaba claro que ambos eran muy diferentes entre sí, a diferencia de Neal y Eliza, ellos sé que eran maldad pura por igual.

-¿No vas a bajar? –Preguntó Terry

-¡Ya voy! –Asintió Candy comenzando a descender de su improvisado balcón.

Desde abajo, el chico admiró la agilidad que Candy tenía para bajar los árboles, cual si fuera un acróbata o quizá un simio, sin duda un talento muy peculiar para alguien. En la última rama que quedaba por bajar, Candy dio un saltito cayendo de pie para el asombro de Terry, éste no sospechaba que aquello era una casualidad, ya que en varias ocasiones la chica había caído sobre su trasero al intentar aterrizar de esa manera.

-¡Me dejas pasmado, señorita! –Aplaudió Terry riendo –Los monos también te envidian.

-¡No te burles o te golpearé! –Gritó Candy levantando su puño y corriendo tras el chico que emprendía su carrera en dirección al bosque.

Ambos corrieron hasta perder el aliento, hacía tanto que no se divertían ni reían así. Sin darse cuenta ambos caminaban a través del sendero que conectaba rumbo a la mansión de la familia Lagan, de hecho fue el mismo Terry quien se ofreció a acompañar a la rubia hasta el lugar, iba solo, así que no tendría por qué llamar la atención de los hermanos Lagan con su presencia.

Al caminar por el sendero comenzaron a bajar la velocidad de su paso, no era que simplemente estuvieran cansados, más bien no querían despedirse, se sentían bien en compañía del otro y pretendían prologar la despedida, seguían conversando juntos, Candy le contaba del hogar de Pony y él preguntaba interesado. Ciertamente el saber que Candy era huérfana le causaba pena, pero al ver como ella no mostraba dolor y que al contrario, se sentía agradecida con el orfanato e incluso con los Lagan por permitirle trabajar, le hizo admirarla por su fortaleza.

-Bueno, aquí me despido –Dijo Candy –Ha sido un placer saludarte

-No olvides que Diana te espera el miércoles para tomar el té, señorita pecas –Le recordó Terry.

-Haré todo lo posible por cumplir mi promesa.

-¿Sabes? –Musitó Terry volteando hacia otro lado –Tal vez vaya más seguido al campo de narcisos… Es un buen lugar para relajarse.

-Es posible que yo vaya a leer cuando tenga un momento libre.

Finalmente ambos se despidieron, Candy no se atrevía a mirar hacia atrás, se sentía llena de júbilo en ese momento, quería gritar de alegría, sentía que Terry y ella ya eran buenos amigos.

Candy cruzó el pórtico de la mansión aún con una enorme sonrisa, cuando de pronto se topó con la señora Lagan y la señorita Mary visiblemente molestas, al parecer Candy se había ausentado de sus labores más de 2 horas y aquella no era la primera vez, verdaderamente inconcebible. Detrás de la señora Lagan yacían Eliza y Neal con una sonrisa burlona de oreja a oreja, por lo que no tardó mucho en deducir que ellos fueron los delatores. Ella comprendía la gravedad de lo que había hecho y también entendía que no sería disculpada.

-Veo que el estatus de dama de compañía se te ha subido a la cabeza –Sentenció la señora Lagan –haces lo quieres en vez de estar aquí para acompañar a mi pequeña.

-Yo no…

-¡Cállate! –Le gritó la señora –Me has traído problemas desde que llegaste; primero avergüenzas a mi hija en su cumpleaños, te escapas para ir a pasear por la ciudad e incumples con tus labores.

-Te lo dije mamá, es evidente que ella no desea ser mi dama de compañía –recalcó Eliza fingiéndose devastada por el supuesto rechazo de Candy hacia su persona.

-No te sientas mal, mi niña. Tú necesitas a alguien que esté a tu altura, no a una huérfana –Agregó la señora Lagan mientras abrazaba a la chica –Candy, a partir de ahora serás una sirvienta más de esta casa. Mary te asignará tus nuevas tareas.

Una vez más ambos hermanos sonrieron, no habían logrado echarla de su casa, pero al menos ya no tendría que soportar su presencia cerca de ellos. Candy los vio alejarse a la distancia, parecía que por cada cosa buena que le sucedía tenía que pagar con una mala experiencia.

-Señorita Mary –Consiguió decir Candy

-Candy, te has portado muy irresponsable

-No fue mi intención…

-Trabajo es trabajo, no puedes fallar así. Tienes suerte de que no te hayan echado.

-Disculpe, señorita –Dijo Candy bajando la cabeza intentado contener las lagrimas

-Ve por tus cosas –Ordenó Mary con frialdad –Te mudarás con la servidumbre. Ya no puedes ocupar el cuarto de la dama de compañía.

Uno de esos tantos días, Candy se levantó muy temprano para comenzar a limpiar la casa, sería la encargada de limpiar el vestíbulo en compañía de Christa, quien era solo 2 años mayor que Candy. Ella había llegado desde Alemania con su familia para trabajar, al principio lo había hecho en Londres, al poco tiempo su madre decidió enviarla a Escocia trabajar con el clan Ardlay, pero la tía abuela Elroy decidió enviarla junto a otras 5 personas, para ponerse al servicio de la familia Lagan, quienes acababan de mudarse a la región y no contaban con suficiente servidumbre.

Christa era una chica aparentemente tímida, con ojos como pedazos de cielo que siempre se encontraban ausentes y absortos en su trabajo, aun así Candy lograba conversar con ésta, pese a que Christa no hablaba mucho, al menos escuchaba atenta a su emisora sin mayor problema.

En ocasiones se unía a ellas la joven Natasha, una chica de 17 años, ella era hija de Sophie, otra de las mucamas de la mansión. De las tres jóvenes, sin duda Natasha era la más parlanchina. A Candy le gustaba estar con ellas, ya que el tiempo se pasaba rápido a su lado, disfrutaba más ese trabajo que ser la dama de compañía de Eliza, cosa que la pelirroja notaba y eso le hacía rabiar mucho más, no obstante, estaba decidida a hacer que echaran a Candy de su casa, aquello solo era una pausa momentánea, pues ya se encontraba planeado el siguiente golpe.

-Candy, ¿podrías ir a traer más agua del pozo? –le pidió Christa

-Claro, iré enseguida –asintió Candy

-Pero no olvides vaciar esta primero –agregó mientras le entregaba un balde con agua sucia.

Candy cruzó el jardín para ir directo al pozo, entre los rosales alcanzó a ver a la señora Lagan recibiendo a la tía abuela Elroy, por la mañana escuchó que ésta asistiría para tomar el té con la señora Lagan y sus hijos.

Aquello le recordó que no había podido asistir a tomar el té con Diana debido a todo el trabajo que tenía, ni siquiera había tenido la oportunidad de ir a disculparse, seguramente estaba muy molesta con ella, no le extrañaría que no volviera hablarle por aquel desaire. Sin embargo, estaba decidida a escaparse en cuanto tuviese la oportunidad para ir a verla.

Antes de llegar al pozo para sacar agua Candy arrojó el agua sobre la abundante maleza detrás de la mansión, justo al caer el agua alcanzó a escuchar un grito de queja entre la misma. En efecto, Candy acababa de empapar a alguien con el agua que había usado para fregar el suelo.

-No es posible –suspiró Candy lamentando su mala suerte, no cabía duda que el destino se había ensañado con ella -¿Estás bien? –preguntó temerosa.

-No te preocupes, la culpa es mía por pensar que este era un buen lugar para tomar una siesta –Dijo el dueño de aquella voz.

Un chico de cabello rubio y ojos azules se puso de pie intentando sacudir su ropa, la cual lucía bastante desgastada; Candy se detuvo para admirar su rostro tenía una apariencia delicada, su piel parecía muy tersa a pesar de su bronceado.

-Y tú… ¿quién eres tú? –preguntó Candy intrigada.