Traigo un nuevo capítulo, por fin. Quiero disculparme, pues tuve algunos problemas de salud que no me posibilitaron actualizar semanalmente como pretendía, pero ya estoy de vuelta.
Espero les guste, gracias.
Capítulo XII
Era una fresca mañana mientras la muchacha cepillaba el pelo de César y Cleopatra como era costumbre, pero ese día era especial para ella, era miércoles, el tan ansiado miércoles donde finalmente se reencontraría con el joven Terry. No podía negar que se sentía un tanto preocupada y emocionada a la vez, sin duda sensaciones difíciles de explicar en palabras para ella, simplemente era una energía que le recorría como un palpitar infinito.
-¿Pueden creer que hoy veré a Terry? –Dijo Candy con un ligero rubor salmón en las mejillas –Sé que les he hablado mucho de él en estos días, pero en verdad me siento de lo más feliz.
Cleopatra relinchó en señal de alegría, como si comprendiera lo que la muchacha trataba de explicar, César solo observaba tranquilo mientras la chica hablaba.
-Pero, ¿debería arreglarme diferente hoy para verlo?... ¡No es que se trate de una especie de cita, definitivamente no! –Se apresuró la joven a aclarar –Es solo que de repente siento la necesidad de que Terry se lleve una buena impresión de mí… que me vea, no sé… ¿bonita?… ¡Ah! ¿No estaré siendo muy superficial?
Por la cabeza de Candy pasaron aquellas palabras que Terry le dedicó tras recitar juntos Romeo y Julieta: "Tú eres bonita".
En ese momento Cesar tiró levemente del cabello de Candy, acaso estaba tratando de indicarle que podría arreglar distinto el cabello, como sea la muchacha interpretó la acción de esa manera y sin decir más se aproximó al tocador y deshizo sus largas coletas rubias para atar su cabello en una mucho más abundante.
-¿Cómo me veo? –preguntó Candy entusiasmada
-Te queda bien –respondió una voz detrás de ella.
Candy dio la vuelta sobre sí para encontrase con Natasha y Christa, quienes acababan de entrar al establo con un poco de pan y melaza para el almuerzo.
-¿De verdad lo crees, Christa?
Candy estaba impresionada, pues no era común que aquella joven expresara su punto de vista tan directamente.
-Claro que sí –asintió la joven
-¿Y ese cambio de apariencia tan repentino? –Le cuestionó Natasha intrigada – ¿Tienes una cita con tu enamorado?
-¡No es una cita! –Exclamó Candy imperiosa –Solo saldré a caminar un poco, es todo.
-No te sale mentir –continuó Natasha -¿acaso vas a salir con el chico rubio con el que te vi el otro día?
-No, no se trata de él.
Candy comenzó a hacer memoria, justo en ese momento se acordó de Albert, el misterioso joven. Hacía unos cuanto días se había topado nuevamente con él cerca de la mansión Lagan, en aquella ocasión el chico se encontraba alimentando a una ardilla en el sendero que conectaba la propiedad de los Lagan con la de el clan Ardley. Al verlo conversar con aquel diminuto ser se sintió en mayor confianza, pues ella también consideraba que los animales de cierto modo podían conectar con los humanos de tal manera que ambos alcanzaban a entender sus emociones.
La chica lo observaba enternecida sin decir ninguna palabra, hasta que repentinamente Albert se giró y le dirigió una encantadora sonrisa, como si ya supiera que se trataba de ella.
-Pero si eres tú, Candy, ¿cómo estás?
-Tú, ¿me recuerdas?
-Por supuesto, ¿cómo olvidar a la chica con pecas que corre y salta entre los árboles del bosque cada mañana?
Candy observó pasmada al joven, por un instante se sintió avergonzada por su comportamiento tan poco femenino, pero luego de ver la sonrisa que éste le dedicaba, libre de prejuicio, se sintió mucho más confiada.
-Es así como empiezo cada día desde de que estoy aquí, las copas de los árboles no se tocan y es todo un reto para mi saltar de un árbol a otro.
-Me parece que tu rutina de ejercicios es formidable –Agregó el muchacho mientras le guiñaba un ojo a la ardilla que sostenía entre sus brazos.
-No puedo creer lo confiada que está contigo –Mencionó Candy con ojos brillantes –Cuando las ardillas me ven entre los árboles huyen de mí, debe ser porque no les gusta que invada su o algo.
-Descuida, Giro es amigo, no va a huir de ti –Dijo Albert acercando a la pequeña ardilla para que Candy la acariciara.
Candy estiró la mano un poco dudosa intentando tocar la cabeza de Giro, éste le saltó inmediatamente encima y corrió a través de su brazo para posarse sobre los hombros de la rubia, al principio ella estaba bastante sorprendida por la reacción de la ardilla, sin embargo de un momento a otro ya se encontraba riendo a carcajadas con el muchacho.
-Ni siquiera conmigo entró tan rápido en confianza –Le comentó Albert mientras continuaba acariciando al pequeño Giro –Le transmites una buena vibra a los animales.
-Supongo que lo que le atrae de mí es el aroma de César y Cleopatra
-¿César y Cleopatra? –Preguntó el rubio intrigado
-Ah pues, son los caballos de los Lagan, me encargo de cuidar de ellos y… espero que no te burles pero son los pocos amigos que tengo en la mansión.
"¿No eres muy pequeña para encargarte de los establos?", pensó Albert mientras su cara tornaba una expresión más seria, no obstante sus pensamientos fueron interrumpidos por una pregunta que ya veía venir:
-Por cierto Albert, ¿tú dónde vives? ¿Tú casa está cerca de aquí?
-Pues yo, se podría decir que vivo bastante cerca de aquí –Atinó a decir el rubio
-¿Dónde es exactamente? –Volvió a preguntar Candy llena de curiosidad.
Albert simplemente sonrió y dijo:
-Algún día te prometo invitarte a mi casa.
Y aquella fue la última vez que vio al chico, tan misterioso, pero con un aura tan cálida que le hacía confiar en él sin mayor problema. Había visto a Giro tantas veces, pero a Albert no.
Mientras tanto, en la villa de la familia Grandchester, el joven Terry se preparaba para acudir al encuentro de Candy en el jardín de los narcisos silvestres. En ese momento Diana entró a la habitación de su hermano abruptamente saltando y tarareando una melodía.
-¿Qué vamos a hacer hoy, hermano?
-Tú te quedarás a estudiar francés y yo regresaré más tarde –respondió Terry mientras se colocaba su capa
-¿A dónde piensas ir?
-Hoy estás muy inquisitiva, hermanita.
-¿Llevas perfume? –Le cuestionó Diana acercándose para olfatearlo, pero éste fingió ignorarla.
-Que estudies mucho –Concluyó Terry besando la frente de su hermana.
A toda prisa descendió las escaleras, ya casi era la hora del encuentro, estaba emocionado de poder ver a la pequeña chica con pecas. Durante días se lo había estadio preguntando, si se estaba enamorando de la chica o solo se trataba de una atracción o simpatía hacia ella; su pecho estaba lleno de una sensación calurosa y su estado de ánimo fluctuaba entre la alegría y la angustia, de repente se encontraba ausente, perdido en sus propios pensamientos, lo primero que le venía a la mente antes de dormir era Candy.
Finalmente cruzó el viejo jardín y abrió las rejas solo para desvanecer su sonrisa al toparse con Eliza Lagan descendiendo de un pequeño coche.
-¡Terry! ¿Me viste llegar desde la ventana?
-¿A qué has venido? –Le preguntó él con una voz seca
-No seas grosero, vine hasta aquí para verte
Eliza caminaba hacia él y extendía la mano con el propósito de que este se la besara a manera de saludo, pero éste la rechazó inmediatamente, dicho gesto no hacía más que evidenciar el desprecio de Terry, la sola presencia de la pelirroja lo enfurecía demasiado, el trato que le daban a Candy era imperdonable.
-No tengo tiempo para atenderte, será mejor que vuelvas a tu casa.
-¡Espera! ¡Terry! –Gritó Eliza -¿Por qué estabas con Candy?
En ese momento, Terry miró a Eliza con una mirada fulminante y dio media vuelta sin decir más, no tenía por qué darle explicaciones de absolutamente nada. La pelirroja seguía llamándolo desde su lugar, pero al no tener respuesta solo pudo contener las lágrimas producto de la frustración y la rabia que la invadía, definitivamente tenía que hacer algo para alejarlo de Candy.
Terry cruzó el sendero hacia el bosque hasta llegar al jardín de narcisos donde yacía Candy sentada en una de las ramas del gran árbol, en ese momento sus ojos se cruzaron tímidamente, mas Candy no intentó evadir la penetrante mirada de aquellos relucientes zafiros, lo único que atino a hacer fue regalarle su sonrisa más brillante para demostrar el júbilo que invadía todo su ser.
El muchacho empezó a trepar el árbol para sentarse al lado de Candy, quien lo seguía con la mirada admirando su agilidad para subir, pensaba que era un digno contrincante para una competencia; luego de pensar esto la propia joven se sintió un poco torpe al pensar en jugar en un momento como ese.
-Hola –Saludó Candy con timidez
-¡Qué puntual eres! Te felicito, pequeña pecosa
-¿Vas a burlarte de mis pecas de nuevo? –Protestó Candy haciendo un puchero
-No me estoy burlando, solo es un cumplido, te dije que me gustan tus pecas. Y ahora lo reafirmo, me gusta mucho.
Al caer en cuenta de lo que acaba de decir, Terry tosió un poco mientras giraba la vista al frente, Candy por su parte estaba tratando de descifrar un mensaje en doble sentido en aquellas palabras; cuando dijo "me gusta mucho", se refería a sus pecas, no tendría por qué dudarlo ¿o sí?
Continuará…
