Capítulo XIII

Para Diana el cielo se veía maravilloso, era un día soleado y despejado de nubarrones, tan perfecto para dar un paseo, pero no, tenía que estar presa de una aburrida lección de francés. No es que el estudiar le desagradara, al contrario, lo que le desagradaba era que su hermano pudiera salir por la tarde y ella no.

-Seguro me dijo que estudiara para que no tuviera la obligación de llevarme –Suspiró Diane intentando sumergir el rostro en el libro que repasaba.

Diana estaba segura de que su hermano iría a ver a Candy, desde hace días que le había visto sonrojarse cuando por casualidad hablaba de la pecosa, ¿acaso Candy se había convertido en su interés romántico? Podría existir esa posibilidad, pero ella jamás había visto a su hermano interesado en alguna muchacha con anterioridad.

-¿Candy y mi hermano podrían casarse? –Se cuestionó a sí misma –Eso sería hermoso… pero mi padre sería el primero en oponerse si no es noble. Diana deja de fantasear con bodas y mejor insiste en traer a Candy aquí.

En el fondo la joven pensaba que la única forma en la que libraría a Candy de la casa Lagan era trayéndola vivir con ella como compañera de juegos o dama de compañía, aunque claro, esto solo era una excusa, pues para ella Candy era una amiga a la cual le tenía mucho cariño. Diana admiraba la fortaleza de Candy, su capacidad para seguir sonriendo a pesar de los malos momentos pensaba que ambas serían muy felices viviendo juntas.

Los pensamientos de la chica se vieron interrumpidos abruptamente por un estrepitoso sonido en los árboles aledaños a la terraza. Inmediatamente se levantó y retrocedieron unos pasos para vislumbrar mejor el origen de aquel sonido. Desde la espesura de los árboles saltó una pequeña ardilla, ésta cayó dentro de la habitación del cuarto de estudio donde se encontraba la muchacha; la criatura solo miró a ésta de arriaba abajo, como si intentara reconocer en ella una figura familiar.

-¡Giro! –Gritó una voz masculina al fondo de los árboles -¡Ven aquí!

-¡Es Albert! –Exclamó Diana sorprendida

Nada más escuchar aquella y la ardilla regresó al árbol a toda prisa, el joven la acogió entre sus manos para darle unas cuantas caricias, luego bajó la cara para cruzar sus ojos con la sorprendida Diana, quien se encontraba completamente ruborizada por la alegría que le causaba volver a encontrase con él.

-Perdóname si te asusté, lo que pasa es que a este pequeño le gusta explorar –Se disculpó el de ojos azules.

-¡Mi héroe ha llegado! –Exclamó Diana con voz imperiosa

-¿Cómo que tu héroe? –preguntó él con extrañesa

-Sí, tú me vas a ayudar a salir de la torre, Sir Albert

-No me parece que estés prisionera, ¿tú qué piensas, Giro? –rio Albert mientra se dirigía a la pequeña criatura

-Pues claro que soy prisionera de los estudios en un día tan bonito –Respondió Diana señalando al cielo azul –Por ello apiádate de mí y ven conmigo a disfrutar de un día como este.

-Está bien –Aceptó Albert –Pero será solo un momento, no es correcto que descuides tus estudios.

El muchacho desendión un poco de las ramas con Giro sobre su hombro, cuando estuvo a una distancia prudente, extendió su mano hasta la joven, quien se aferró con todas su fuerzas logrando subir a la misma rama.

-Con cuidado, ¿sí? –Dijo Albert

-Es mi primera vez trepando un árbol como este –Dijo Diana con voz entrecortada

-Si te asusta podemos detenernos

-¡Ni hablar! –Gritó Diana frunciendo el ceño –Dios sabe cuánto tiempo tendrá que pasar para volver una oportunidad como esta.

El primero en bajar fue Giro a toda velocidad, enseguida, Albert ofreció su espalda a la joven, quien se aferró con fuerza y comenzaron a bajar. Diana cerró los ojos, en su cuerpo había una mezcla de excitación y temor bastante inusual en ella, no obstante, aquel palpitar de emociones cambió drásticamente cuando su nariz se impregno de un aroma tan dulce, era similar a la madera de los árboles y las rosas, ¿sería ese el perfume de los cabellos del chico?

-Abre los ojos –musitó Albert –Ya estás a salvo.

Abrió los ojos lentamente, en realidad se sentía avergonzada por haber olfateado el cabello del joven. Justo cuando se encontraba contemplando el rostro del joven, Giro intentó subir a los hombros de la chica, pero está se negó dando un pequeño salto hacia adelante, lejos de la ardilla.

-¿Te asusta? –Le preguntó Albert preocupado

-No es eso, perdónenme, pero no puedo estar muy cerca de los animales.

-Es verdad –Dijo Albert dedicándole una mirada de comprensión –Giro, nuestra amiga no puede estar contigo mucho tiempo, por supuesto que no le desagradas.

Diana se armó de valor y con uno de sus dedos aceración un poco la cabeza de Giro, luego de esto la criatura echo a correr por el sendero del bosque a toda velocidad, lo que hizo que Diana bajase la cabeza sintiéndose culpable, pues creía que había terminado por alejarlo. Albert, quien parecía haber comprendido la reacción de su acompañante le dijo:

-Está bien, a veces él se va así, tal vez tenía ganas de ver a su familia.

-¿De verdad?

-¡Claro que sí! –Rio Albert acariciando la cabellera castaña de la chica con gentileza –Y dime, ¿a dónde te gustaría ir?

-Llévame al lago.

Y fue así que Diana y Albert comenzaron su pequeño paseo, no se había visto desde su primer encuentro en el bosque.

Al mismo tiempo, en el hermoso jardín de los narcisos silvestres, Candy y Terry se encontraban riendo y disfrutando por primera vez de una charla prolongada, tenían tanto de que hablar, aunque los temas de conversación no faltaban, lo cierto es que había algo que eran incapaces de decir y eso tal vez se debía a que no tenían palabras para describir lo que pasaba en lo más profundo de su corazones o simplemente era temor.

Candy no podía evitar sentirse atraída por Terry, pensaba en ello constantemente, porque era la primera vez que sentía algo así, no entendía cómo es que ese chico la hacía sentirse tan cómoda y en total confianza; era un sentimiento hermoso y más cuando lo tenía frente a ella observándola profundamente con esos hermosos zafiros, aunque claro, de vez en cuando éste desviaba la mirada discretamente, como si le asustara que sus ojos revelaran su enamoramiento.

Candy le contó sobre el orfanato en el que se había criado, de cómo aún intercambiaba cartas con la hermana Lane y Miss Pony, sin embargo, no era capaz de decir todo lo que le pasaba para no preocuparlas, esa falta de honestidad le abrumaba cada noche.

-Candy, renuncia a esa casa –Le dijo él con un tono de voz que más bien parecía suplica

-¿Por qué lo dices tan repentinamente?

-¡No finjas! –Exigió Terry –Cada día te vez más pálida y agotada, además no creas que no he notado esto.

Terry tomó una de las manos de la chica completamente lastimada, tenía ampollas y pequeños cortes. Inmediatamente, Candy arrebató su mano y la oprimió contra su pecho, ella realmente no esperaba que lo notase.

-Mis manos no son nada lindas…

-Tus manos son lindas –interrumpió Terry –Por eso no quiero que se lastimen más trabajando para esa gente

El silencio entre ambos, solo se podía escuchar el silbar del viento en ese momento. Entonces Terry se atrevió a decir:

-Ya deja de sacrificarte así, no tienes que hacerlo

Poco a poco los ojos de Candy comenzaron a llenarse de lágrimas.

-Agradezco tanto tu preocupación, pero no tengo a donde ir…

-Candy –Interrumpió Terry una vez más –Ven a vivir conmigo…

Mientras tanto, Eliza llegaba a su casa rompiendo en llanto y encerrándose en su recamara, su hermano no tardé en hacer presencia en las habitaciones de su hermana para escuchar el desaire que el hijo del duque de Grandchester le había hecho. Aquello fue una ofensa muy grande, no solo para su hermana, sino también para su familia, ¿quién se creía aquel aristócrata al depreciar a los Lagan?

La pelirroja se incorporó en el diván donde había derramado lágrimas de ira y vergüenza para golpear con fuerza en el mismo:

-¡Hay que echar a esa maldita huérfana de aquí! –Gritó a todo pulmón –Es por ella, Terry me desprecia por esa maldita mugrosa, lo vi con mis propios ojos, se encontraron en el bosque esta tarde.

-Justo como Louise nos contó –murmuró Neal –Hermanita, ¿cómo puedes siquiera pensar que él toma en serio a una criada? ¿Acaso no sabes que a los aristócratas les gusta divertirse con la servidumbre?

-Pero debiste ver como la miraba, esa mirada hace que se me retuerzan las entrañas –concluyó la pelirroja arrojándose de nuevo contra el diván para llorar.

Neal se quedó pensativo mientras observaba por la ventana, estaba tratando de pensar en un nuevo plan para que Candy se fuera de la mansión Lagan para siempre, aunque lo que él realmente deseaba no era eso, sino que su hermana dejara de atormentarse por aquel muchacho.

Continuará…