Capítulo XIV:
-Candy –Interrumpió Terry –Ven a vivir conmigo.
Candy observó al joven frente a ella completamente pasmada, no acaba de procesar lo que sus oídos captaron precipitadamente. El silencio imperó entre ambos, fue así que un sinfín de posibilidades invadieron las ideas de Candy, es decir, ¿Terry quería que trabajara para ellos?, ¿Vivir como compañeros de "alquiler"?, ¿Qué clase propuesta era aquella?
-Yo no podría aspirar a tanto –fue lo único que atinó a decir la muchacha
-¿De qué hablas? –Replicó Terry tomándola por los hombros –No serás más una mucama. Quiero que vengas vivir conmigo, te juro que no te faltará nada. Quiero que estés a mi lado.
Terry soltó Candy abruptamente, estaba completamente sonrojado, sus palabras al final sonaron como una propuesta de noviazgo o algo más. El corazón de Candy se aceleró estrepitosamente, le faltaba la respiración y la ansiedad del momento no la dejaba moverse o responderle siquiera al joven.
-No quiero que te sientas presionada. Piénsalo detenidamente –Alcanzó a decir Terry –A Diana y a mí nos encantaría tenerte con nosotros.
-Tal vez –Musitó Candy –Si lo habló con la señora Lagan podría ir con ustedes
-¿Lo dices en serio? –Se alegró Terry con un brillo en la mirada.
Candy levantó la cabeza para mirar entre las ramas del árbol, pensó que desde hacía tanto que no subía hasta lo más alto de un árbol, aquello le ayudaba a liberar sus pesares, en esos momentos se sentía serena, pero de repente las tensiones y los pesares de todo lo que había vivido con los Lagan aparecían para hacerle decaer repentinamente. Sin decir nada, comenzó a trepar entre las ramas de los árboles, Terry no dijo nada, solo la miró trepar a gran velocidad entre las frondosas ramas; sonrió para sí y sin pensarlo más siguió a la muchacha en su travesía, quería alcanzarla, estar cerca de ella.
Ella no se percató de que el muchacho iba detrás, estaba ensimismada tratando alcanzar la luz del sol que asomaba resplandeciente. Esa calidez le recordaba a su infancia en el hogar de Pony, aquel instante era similar a algo que ya había compartido un sinfín de ocasiones con alguien más. Ese afán de llegar hasta la copa de los árboles siempre fue causa de regaños por parte de sus queridas maestras, en especial porque en varias ocasiones casi lastimaba a su mejor amiga, Annie. Las lágrimas inundaron sus ojos, estaban a punto de escaparse y rodar por sus mejillas, al recordar el rostro de su hermana de la infancia su corazón se partió en mil pedazos, ya habían pasado más de 7 años desde que se separó de Annie, ¿por qué no había pensado en aquello hasta ahora?
Los pensamientos de la rubia se vieron interrumpidos de golpe, cuando vio pasar frente a ella al joven, éste se giró un momento para dedicarles su mirada más hermosa:
-¿Qué ocurre, Candy? Pensé que eras buena trepando.
"Terry, eres verdaderamente deslumbrante", pensó Candy mientras contemplaba la figura del chico que se volvió una con la luz.
-Solo estaba un poco distraída –Replicó Candy – ¡Ahora verás lo que puedo hacer!
-Muy bien, estoy esperando, señorita pecosa – Respondió Terry sentándose en las ramas.
Sin más, la joven se sacó los zapatos y los dejó caer, entonces se dio mayor impulso cual si se tratase de un mono, la chica alcanzó rápidamente a Terry, quien estaba perplejo por la velocidad con la que Candy subía y subía encaramándose con tal agilidad.
-¿Qué ocurre, Terry? ¿Te quedaste sin aliento? – se burló la rubia rebasando a Terry
-No creo que esto sea solo por un par de zapatos –suspiró Terry sujetándose a la mano de Candy para subir.
-¿Quién sabe? – Le guiñó un ojo –Cuando estaba en el hogar de Pony yo era la campeona de esto. Por eso siempre terminaban por disciplinarme duro –suspiró agachando la cabeza.
-Se nota que eras una niñita traviesa –Aseveró Terry soltando una carcajada –Mira, Candy, desde aquí se ve el lago.
-¡Qué belleza! –Exclamó Candy poniéndose se pie para ver mejor el horizonte -¡Es maravilloso! Te imaginas poder hacer un picnic a la orilla del lago y luego remar en él. Cuando era pequeña solía celebrar mi cumpleaños con un picnic, justo al lado de un enorme lago–Suspiró Candy.
Terry contemplo a Candy extasiado, le encantaba escuchar aquella voz llena de entusiasmo, esa sonrisa enorme de oreja a oreja. Fue entonces que una idea invadió su mente y no dudo en enunciarla:
-Candy, ¿cuándo es tu cumpleaños?
-¿Mi cumpleaños? Pues, no tengo idea –Rio Candy mientras se sentaba de nuevo al lado del chico.
-¿A qué te refieres? Acabas de decir que…
Él reaccionó inmediatamente y comprendió lo que pasaba.
-Perdón, Candy, yo…
-Está bien, estuve en el hogar de Pony desde que era un bebé, así que no sé cuándo nací, sin embargo solía celebrarlo simbólicamente la fecha en la que me encontraron a las puertas del hogar de Pony: El 7 de mayo.
-Espera, eso es la semana entrante
-Así es –Asintió Candy –No te lo he contado, pero curiosamente ese día me encontraron con otro bebé, su nombre era Annie, éramos como mellizas, siempre juntas, era mi mejor amiga –Candy hizo una breve pausa para tragar saliva y continuar –De hecho yo no he celebrado mi cumpleaños desde que se fue del hogar de Pony.
-Entiendo –dijo Terry con semblante serio –hagamos ese picnic y celebremos tu cumpleaños. Hagamos esa promesa.
-Terry.
El muchacho extendió su meñique hacía Candy y está correspondió entrelazando el suyo.
En ese momento, el cielo que hasta entonces se encontraba despejado, comenzó a cubrirse de espesos nubarrones grises, muy pronto se desataría una tormenta y lo mejor era irse antes de que las primeras gotas cayeran. No obstante, Candy no quería volver a casa, las horas que habían pasado juntos se sentían tan solo como unos cuantos minutos.
-Es mejor volver antes de que la lluvia nos sorprenda –dijo Terry
En ese momento, la rubia agachó la mirada, todo había sido como un sueño maravilloso, pero no todo estaba perdido, aún tenía la propuesta que Terry le había hecho hace un momento. Quizá si lo hablaba con la señora Lagan, ésta lo entendería y podría ir a vivir con sus amigos.
Terry se dio cuenta de que Candy se mantenía absorta en sus pensamientos, entonces la tomo de una mano y le dijo con suave voz:
-Te acompañaré hasta la casa de los Lagan.
-Gracias –aceptó Candy con un ligero rubor en sus pálidas mejillas.
Al mismo tiempo, en otro paraje del bosque, Diana vivía su propia aventura, casi saltaba ante la felicidad que representaba poder ir hasta el lago por primera vez; desde su llegada había querido ir a visitar aquel lugar, no obstante, los problemas de salud que había padecido desde entonces no se lo habían permitido. Era curioso cómo hasta hace poco le permitían ir hasta la ciudad, pero ir al lago era impensable, probablemente porque se pondría a correr nada más llegar o se atrevería a intentar cruza el lago remando, lo cual era peligroso debido a que ni siquiera sabía nadar. En especial su hermano comprendía lo intrépida que podía llegar a ser su hermana menor.
Durante todo el trayecto, Albert escuchó atento todas las anécdotas que Diana tenía para contar, él estaba fascinado ante el entusiasmo de ésta y cada vez que sus ademanes y onomatopeyas adornaban su narrativa soltaba una carcajada por el ingenio de la castaña. Diana siempre tuvo la compañía de su hermano, pero nunca había tenido una amigo de verdad, ella estaba tan agradecida por estar en Escocia, ya que pudo conocer a Candy y ahora también Albert estaba compartiendo su tiempo con ella.
Mientras se iban abriendo paso hacía un sendero, Albert detuvo la marcha, el aire se había vuelto especialmente frío; levantó la mirada para tratar de ver las nubes entre la espesura de los árboles, lo cual resultaba casi imposible.
-¿Qué ocurre? –preguntó Diana un poco preocupada ante el cambio de expresión en su acompañante.
-Debemos volver, en cualquier momento empezará a llover.
-¿Qué? ¡Pero si el día estaba precioso hace rato! –exclamó Diana con un puchero
-Es posible que no lleguemos a tu casa antes de que la lluvia –Agregó él con una visible preocupación –Hay una cabaña que queda más cerca de aquí. Si te parece podemos ir.
La chica aceptó sin pensarlo mucho, sabía que era muy impulsivo de su parte aceptar sin más, pero tampoco quería contraer un resfriado por el frío y la lluvia, algo así la dejaría postrada en cama por días, no quería repetir el incidente de hacía unos meses.
Fue así como ambos apresuraron el paso hacía la cabaña y entrar en calor. Jsto cuando las primeras gostas tocaron la tierra, cruzarón la puerta de una vieja cabaña, la cula estaba oculta en medio del bosque. Nada más entrar, Albert le ofreción aseinto en una pequeña silla de madera, mientras el encendía el fuego de la chimenea.
Diana observo cada rincón del lugar llena de curiidas, era la primera vez que estaba en un lugar así, tan cálido y hogareño.
-¿Tú vives aquí? –preguntó Diana intrigada
-Digamos que solo es mi refugio –Respondió con una sonrisa
-¿Y tus padres? ¿Dónde está tu familia?
-Pues mi familia vive al otro lado del bosque –aclaró Albert –Pero si lo que deseas saber es si soy una persona de confianza, te aseguro que no tienes nada de qué preocuparte, nunca te haría daño.
-¡Qué va! Yo no temo algo así –Contesto Diana mientras se enderezaba altiva sobre la silla –Es más probable que yo te haga algo a ti –Le guiñó un ojo.
Albert tragó saliva observando a la chica completamente sorprendido.
-¡Es una broma! –se apresuró a aclarar Diana
-Lo sé –se rio Albert –Imagino que tienes hambre, te prepararé un poco de sopa.
Diana se quedó sin palabras, era la primera vez que sentía algo así, acaso ese sentimiento tan extraño era lo que tantas veces los libros de ficción describían como "amor", sí, debía ser o tal vez se estaba precipitando a idealizar a esa persona simplemente porque estaba siendo amable con ella.
Una abundante lluvia comenzó a caer, Candy y Terry no corrieron la misma suerte de alcanzar a refugiarse, ellos corrían y corrían debajo de las gotas que en cuestión de segundos los habían empapado de pies a cabeza. Lograron ponerse debajo de un árbol, lo cual evidentemente no era una buena idea. Casi no percibían bien lo que estaba pasando, pese a que la luz del día seguía iluminando.
Candy empezó a temblar y cruzó los brazos para tratar de aminorar el frío que le calaba, Terry la estaba tratando de cubrir de las gotas de lluvia con la capa que llevaba, aunque ya no parecía ser algo tan oportuno en ese momento, al menos impediría que la joven siguiera mojándose más.
-Gracias, pero tú te sigues mojando –dijo Candy alzando la voz para que él la escuchará
-Perdón, no puedo oírte –respondió Terry acercando su oreja a los labios de la joven.
-T-t-te estás mojando aún… -tartamudeo la chica, aunque no sabía si era por el frío o por el hecho de tener el aroma de Terry tan cerca de ella.
-Estoy bien –Replicó Terry tajante mientras volteaba evitando ver directamente a la cara de ella, el sentir su voz tan cerca le había emocionado bastante.
Candy lo entendía, ella estaba enamorada de Terry, no lo podía evitar, aunque quizá todo aquello fuese algo imposible y aunque él no correspondiera, sus sentimientos no le permitían aceptarlo. Ahí estaba, al lado de su primer amor y estaba a punto de estallar ante tal emoción, solo inhalo un poco de aire y sin pensarlo más pronunció las palabras que su mente le dictaba:
-Terry, te quiero.
Continuará…
