Capítulo XV:
-Terry, te quiero…
En ese momento, Terry volteó para encarar a la joven, él la miró fijamente intentado descifrar lo que había dicho, pero la lluvia no le dejó escuchar, entonces se inclinó sobre el oído de la muchacha para poder susurrarle las siguientes palabras:
- ¿Te gustaría ir a mi casa a resguardarte?
Candy cambió la expresión de su rostro, estaba desconcertada por lo que acaba de decir, por otro lado, le aliviaba el hecho de que Terry no escuchara lo que acaba de decir o por lo menos eso le daba a entender al darle una respuesta "fuera de contexto".
-En realidad es mejor que vuelva a la mansión de los Lagan, pronto se hará tarde.
-Entiendo –Asintió Terry al tiempo que la lluvia empezaba a cesar.
Mientras iban caminado por los senderos cercanos a la mansión de los Lagan la lluvia se trasformó en llovizna, aun así, Terry no dejaba de cubrir a Candy con su capa, estaban tan cerca el uno del otro que sentían el calor de cada uno, a penas y recordaban la sensación húmeda que la lluvia había dejado en sus ropas.
Al llegar al camino que conducía a la mansión de los Lagan se posicionaron uno en frente del otro, era evidente que no estaban listos para separarse.
-Debo irme –Dijo Candy con una pequeña sonrisa.
- ¿Cuándo volveré a verte? -Le cuestionó Terry clavando sus brillantes ojos sobre ella
-No lo sé, tendré mucho trabajo y no creo…
-Entonces iré al jardín de narcisos cada día.
Ante aquellas palabras, la joven no hizo más que enmudecer, su corazón iba a explotar. Ella simplemente asintió y se separó sin mirar atrás, si lo hacía él terminaría por ver lo roja que se encontraba su cara, además, sentía que el muchacho la estaba mirando marchar, cruzarse con sus hermosos ojos le haría volver hasta donde éste estaba.
Aquella noche Candy no dejaba de dar vueltas en la cama, sus pensamientos no le permitían mantenerse quieta, había tenido una tarde maravillosa al lado de Terry y ahora su corazón no paraba de acelerarse cada vez que lo recordaba. Para Candy, estar enamorada era una sensación tan cálida, un sentimiento nuevo y maravilloso que le hacía dejar escapara suspiros al aire, no obstante, era incapaz de expresarlos, esto último le formaba un nudo en la garganta que no le dejaba respirara y se clavaba en su pecho como una fuerte punzada.
Es cierto que ante el sonido ensordecedor de la lluvia había tenido el valor de dejar salir un pequeño murmullo para decir lo que sentía, pero al final no tuvo más opción que acobardarse, no fue capaz de sostener lo que dijo frente al muchacho o quizá la escuchó, pero simplemente decidió ignóralo.
A la mañana siguiente, Candy se sentía agotada, no sabía si era por la falta de sueño de anoche o bien porque estaba empezando a resentir los síntomas de un resfriado por el frío de la lluvia, a pesar de esto, se puso a trabajar desde que los primeros rayos del sol entraron en los establos. Toda la mañana estuvo conversando con Cesar y Cleopatra sobre lo sucedido el día anterior, se le veía tan adorable y llena jubilo.
Mientras Candy tarareaba una melodía, Natasha se acercó a ella con una mirada intuitiva, asimismo, se notaba cierta molestia en la expresión de su rostro:
-Tú siempre tan alegre, Candy. Me sorprende para alguien que limpia los desechos de los caballos.
-Buenos días, Natasha –Saludó Candy con cortesía a pesar de aquel comentario hostil
- ¿Te la pasaste bien ayer con el noble? –Replicó Natasha con un tono más imperante
- ¿Te refieres a Terry? –Musitó Candy tragando saliva, no alcanzaba a discernir el porqué de la actitud de Natasha.
-Candy, recuerda que la cenicienta es solo un cuento de hadas. Si quieres sobrevivir en este mundo, no despegues los pies del suelo.
-No te comprendo…
-Un noble como él jamás tomaría en serio a una huérfana como tú. Eres lo más bajo que hay en esta casa, yo friego sus pisos y pulo su plata, pero recuerda que tú limpias el excremento de sus caballos.
Concluidas sus palabras, Natasha se dispuso a abandonar la escena, mientras tanto una pequeña lagrima rodó por la mejilla de Candy, no entendía como alguien que creyó su amiga le recitaba aquellas palabras tan devastadoras, ¿qué ganaba al decir todo eso? Recordó a Eliza y a Neil, como ellos también le decían ese tipo de cosas por su origen, pero con ellos podía defenderse, podía protestar, ¿por qué a Natasha no le pudo decir nada?
- ¿Será acaso que lo que siento ahora me está volviendo cada vez más débil? –Le preguntó Candy a Cleopatra –Es doloroso, pero tiene razón, nuestros mundos son muy distintos, es como querer tocar el cielo como las puntas de los dedos.
Mientras tanto en la villa de la familia Grandchester Diana subía con una bandeja con tostadas y jalea hasta la habitación de su hermano, como de costumbre irrumpió en la habitación de este sin tocar.
-Buenos días, Terry –Saludó con voz cantarina –Espero que hayas dormido bien, yo dormí de maravilla porque justo ayer...
El discurso de Diana se vio interrumpido por una queja que venía desde las sabanas del muchacho.
-Es mejor que salgas de aquí –Respondió le joven –Creo que me he resfriado.
- ¡No me extraña! –Exclamó Diana haciendo un puchero –La señora Schiffrin me contó que llegaste a casa todo empapado, ¿al menos valió la pena?
Terry se incorporó sobre la cama y sonrió ligeramente.
-¡No me digas! ¿Por fin te has confesado?
-¿Confesar qué?
-No te hagas el loco, es muy obvio que te has enamorado de nuestra Candy.
- ¿Cómo se te ocurre? –Gritó Terry mientras lanzaba un cojín a su hermana, el cual fue esquivado con facilidad.
- ¡Te enojaste y eso es sospechoso! Además, tienes hasta las orejas rojas y no creo que sea por fiebre –Rio Diana.
- ¿Y qué si así fuera?
-Me harías muy feliz, claro que apruebo a Candy como tu esposa.
- ¡Estás diciendo niñerías! –Replicó Terry intentado ocultar el rostro –No he dicho nada a Candy, no quiero abrumarla, si lo supiera no querría venir a vivir con nosotros.
-Es increíble que sean tan distraídos, por eso no avanzan nada –suspiró Diana –Terry, pase lo que pase no repitas el error de nuestro padre, tú no eres como él.
Continuará…
