Capítulo XVI:
Candy caminaba pensativa entre los senderos que conducían al jardín de narcisos, durante días se había estado reprimiendo para llegar directamente a este, pues algo en su pecho pesaba como una piedra, sin duda se trataba de sus sentimientos recién expuestos, en ese momento se sentía obligada a olvidarlos y sepultarlos en lo más profundo de su corazón.
-Terry, ¿estarás esperando como me dijiste? –se preguntaba a sí misma cada vez que contemplaba el camino al jardín.
Luego de unos minutos desistía y se daba la vuelta para regresar a la mansión de los Lagan. En medio de sus soliloquios se regañaba y seguía otros caminos sin darse cuenta, estaba absorta en su mente, pensando y sobrepensando, siempre era así. Tan perdida estaba la muchacha en sus pensamientos, que no dio cuenta que se alejó del camino que llegaba hasta su querido jardín, pronto el refrescante aroma de los narcisos fue reemplazado por un delicado aroma a rosas. Al darse cuenta de dónde se encontraba, Candy parpadeó perpleja, pues ahora se encontraba ante una antigua reja cubierta de rosas.
- ¿Dónde estoy? Nunca antes había visto este lugar.
La rubia se aproximó hasta la reja para rozar con sus dedos los precisos capullos que brotaban como enredaderas entre la oxidada reja. De pronto una mano se estiró para tocar su hombro y una voz familiar la interrumpió.
- ¿Qué haces aquí?
- ¡Albert! –Exclamó la chica sorprendida –Yo, creo que me he perdido.
- ¿Cómo pudo suceder algo así? –inquirió el muchacho extrañado por la respuesta –Es cierto que estás un poco lejos de la casa de los Lagan, pero no será difícil orientarte, si lo deseas yo te acompaño.
-Te lo agradecería mucho –dijo la muchacha con expresión de alivio –Albert, siempre estás cuando te necesito, eres como un ángel guardián.
- ¡Qué cosas dices, pequeña! –expresó Albert dejando salir una risita –Exageras un poco, solo ha sido casualidad encontrarnos por aquí.
-Aun así, aprecio tanto tu ayuda, al principio estaba perdida en mis pensamientos y ahora también me perdí en el mundo terrenal, debo ser un poco atolondrada.
- ¿A qué viene eso? – le cuestionó Albert al notar una ligera expresión desoladora cruzar por los ojos de Candy.
-Es que no sé cómo decirlo –musitó Candy con voz temblorosa –Creo que es algo sin importancia, no tendría por qué sufrir por algo que no tiene remedio… Quizá duele mucho porque no puedo hablarlo, no puedo sacarlo de mi pecho por miedo, pero no sé exactamente que es lo que me asusta.
El aguazul miró detenidamente a la pequeña pecosa, se notaba que estaba a punto de quebrarse y empezar a llorar, no sabía exactamente qué era lo que estaba pasando, no obstante, podía inquirir que se trataba de una melancolía que la joven llevaba arraigada. En ese momento el chico estiro su mano y con ternura acarició el cabello de Candy para después dirigirle unas cuantas palabras.
-En ocasiones nuestra mente se satura de tantas ideas y emociones, al grado que no podemos hilarlos para convertirlos en palabras.
-Albert… ¿por qué tiene que ser tan difícil? –suspiró Candy mientras sus ojos se desbordaban –Perdón por llorar, sé que no debo llorar.
- ¿De qué hablas? –interrumpió Albert –llora, llora todo lo que necesites, el llanto no es derrota… has sufrido demasiado desde que llegaste.
Lentamente las lágrimas rodaban sobre las mejillas de Candy, al cabo de un rato ya eran como cascadas de emociones contenidas, ya había tenido suficiente, ya había resistido demasiado. Se acumularon como espinas los maltratos de la familia Lagan, extrañar su querida infancia en el hogar de Pony y sus sentimientos por Terry, el corazón de Candy se sentía roto. Al poco tiempo Albert la abrazó con fuerza, como si intentará decirle "no estás sola", Candy empezó a tranquilizarse y a secar sus lágrimas.
-Perdón –musitó ella –No fue mi intención, lloré un montón.
-Está bien, no debes disculparte, de alguna manera debías sacar todo lo que cargabas en tu pecho.
-Ahora mismo quisiera ir a un lugar donde pudiera gritar muy fuerte, gritar hasta perder la voz.
-Si eso es lo que necesitas, conozco el lugar adecuado, ¡ven conmigo! –propuso Albert mientras tomaba la mano de la pecosa.
Candy y Albert empezaron a caminar a través del espeso bosque, el bosque olía a tierra moda y se sentía la frescura de la primavera mientras pequeñas gotas de rocío salpicaban en el rostro de Candy limpiando así los restos de lágrimas que quedaban en sus mejillas, un torrente de felicidad estaba empezando a recorrer su cuerpo mientras comenzaba a correr. Así continuaron hasta que la luz del sol se hizo más y más intensa, al final del bosque se encontraron con un campo lleno de flores silvestres de distintos colores, fue ahí donde pudieron vislumbrar un hermoso lago.
Sin pensarlo mucho, Candy echó a correr entre las flores hasta llegar al lago, corrió tan rápido que terminó por derrumbarse sobre las flores, una vez recuperado el aliento, se incorporó lentamente y grito con todas sus fuerzas:
- ¡Terry!
Repentinamente el perfume de los narcisos se hizo presente, inmediatamente Candy pudo reconocer ese aroma y al volver el rostro hacia atrás se encontró con esa persona.
-Candy… -Dijo Terry con una mirada perpleja, finalmente se habían reencontrado.
Era un día particularmente cálido, los jardines de la villa Ardlay estaban cubiertos de pétalos de rosas, las cuales comenzaron a florecer anunciando la llegada de mayo. Durante las últimas dos semanas se había estado preparando el lugar para recibir a la tía abuela de la familia, quien había decidido convertir aquella vieja y solitaria villa en su nuevo hogar. Durante ese periodo, la anciana iba y venía constantemente, ya que su residencia oficial se encontraba asentada en Edimburgo.
Ahora que la casa estaba lista, la tía Elroy se encontraba en los preparativos de una gran velada para celebrar su llegada a la antigua villa de los Ardlay, todos sus parientes estaban invitados a la celebración, por supuesto que la familia Lagan estaba incluida, pese a que su parentesco tendía a ser cuestionado, ya que la señora Sara Lagan era la hijastra de la tía abuela y no poseía sangre legitima de los Ardlay. La señora Elroy poco a poco había acallado esas voces de rechazo hacía Sara, no obstante, seguían existiendo aquellos que no la veían con buenos ojos.
Seguramente Eliza y Neal jamás habían escuchado aquellas murmuraciones, pues siempre se pavoneaban en la sociedad escocesa y se presentaban como miembros de la familia Ardlay, evidentemente, nunca se enfrentaron al rechazo en su vida. En esta ocasión no era la excepción, Eliza estaba tan eufórica porque podría usar un precioso vestido de seda, digno de una princesa para bailar un hermoso vals en el salón principal de la villa Ardlay.
Eliza y Neal habían acudida a visitar a la señora Elroy, esta última apreciaba mucho a la pelirroja, le parecía una joven sumamente encantadora, cabe añadir que en los últimos meses había estado intercambiando cartas con Sara para acordar la búsqueda de un buen partido con el cual Eliza pudiera casarse, por supuesto que la muchacha estaba al tanto y aprovechando la llegada de la tía abuela, se atrevería a proponer a su futuro marido.
- ¿Terrence Grandchester? ¿El hijo del duque de Grandchester? -preguntó la tía sorprendida por la elección de la pelirroja.
- ¿No le parece que el hijo de un aristócrata sería un buen esposo para mí?
-Estoy de acuerdo, sin embargo, desconozco lo que el duque de Grandchester opine, los acuerdos matrimoniales en la nobleza suelen ser más conservadores.
-Estoy segura que no necesito un título nobiliario si formo parte de una de las familias más influyentes de toda Escocia –Replicó Eliza –Permítame invitar a la familia Grandchester a la mascarada, seguramente quedaran encantados.
La anciana mujer accedió a la petición de la pelirroja, a partir de aquí comenzaba el plan de Eliza para lograr acercarse a Terry, sentía que solo debía esforzarse más para poder tenerlo, ahora contaba con el apoyo de la tía Elroy.
De camino a la mansión Lagan, ambos hermanos conversaban de los deseos de la pelirroja.
-Pareces muy segura de que lograras atrapar al hijo del duque –murmuró Neal
-Por supuesto que sí, solo es cuestión de tiempo para que él se fije en mí, al final del día soy encantadora y de buena familia.
-Pero, no te estás olvidando que está encaprichado con la huérfana que cuida los caballos
De pronto soltó una cachetada en el rostro de su hermano.
- ¡¿Qué demonios te pasa?! ¡¿Te has vuelto loca?!
-El único loco aquí eres tú –Replicó Eliza con ira - ¿Cómo te atreves a poner a esa mugrosa a mi nivel? Yo soy Eliza Lagan, hija de una familia poderosa y muy rica, Candy no es nadie y nunca será nadie, está destinada a lavar mi piso y besar mis pies por siempre.
- ¿No me digas? –se rio él –Te doy un consejo, si quieres que el aristócrata se olvide de ella échala a la calle lo más pronto posible.
Continuara…
