Capítulo XVII:

Candy estaba anonadada, estaba parada en medio de un campo de flores y frente a ella yacía el joven al que tanto anhelaba ver. Asimismo, sentía como los colores se le iban del rostro, le preocupaba un tanto que hubiese escuchado como dejaba escapar su nombre al viento; era una de esas ocasiones en las cuales no sabía si había dejado que sus pensamientos se les escaparan por la boca, ¿sólo había murmurado su nombre? O acaso, ¿dejó escapar algo más?

-Candy, ¿de verdad estás aquí? –Preguntó Terry, interrumpiendo así el silencio entre ambos

-Yo… -Respondió Candy tragando saliva con fuerza –No esperaba encontrarte en este lugar.

-Quería verte –Se apresuró a decir él acomodando un rizo travieso detrás de la oreja de la muchacha –Quiero decir, ahora me siento más tranquilo, me preocupaba no haber sabido de ti en días.

Los latidos de sus corazones eran ensordecedores y retumbaban en su cuerpo mientras se mezclaban con el soplo del viento que movía los pétalos de las flores hacía el cielo. Candy se aferraba a su falda con los puños, como si se resistiera a saltar y abrazar al muchacho.

-Yo también quería verte.

-Entonces, ¿por qué no fuiste? –Les cuestionó tomándola de la mano –He estado esperando…

- ¡Candy! –Gritó una voz aguda al fondo, se trataba de Diana, quien se acercaba a lo lejos portando un ramo de flores blancas entre sus manos, sin pensarlo mucho la chica le saltó encima a la rubia y la abrazó con todas sus fuerzas, la sensación era tan regocijante, que sin duda había logrado transmitir los sentimientos de Diana hacia Candy - ¡Te extrañé mucho, amiga mía!

- ¡Diana! –Candy se echó a llorar mientras correspondía al abrazo de su querida amiga.

Mientras la escena era contemplada con ternura por Terry, detrás de Candy apareció el joven Albert, por un instante, Terry le dirigió una mirada de desconfianza a pesar de que se trataba de un muchacho de no más de 16 años, su apariencia desalineada semejaba a la de un vagabundo, lo cual le hizo dudar en un principio de sus intenciones.

- ¡Albert! –Exclamó Diana entusiasmada y sin dudar también corrió a abrazar a aquel muchacho.

- ¡Oye! ¡Diana! –la detuvo Terry sosteniendo su brazo con fuerza - ¿Qué crees que estás haciendo?

- ¿Qué te parece? ¡Saludar a mi querido amigo! –Le desafío su hermana –Así que no seas maleducado y permíteme ser cortés con mi salvador.

- ¿Tú eres Albert? –Le cuestionó el castaño sorprendido al ver cara a cara al salvador de su hermana pequeña.

Albert ya era bien conocido por Terry por las anécdotas de Diana durante las pláticas en la sala de música o en los paseos al campo, incluso frente al calor de la chimenea antes de ir a dormir. Sobre esto Terry no era ingenuo, reconocía que Diana sentía una especie de atracción por aquella persona y como buen hermano mayor, le angustiaba que la delicada Diana comenzara a experimentar todo ese torrente de emociones que incluso a él mismo le costaba afrontar.

-Finalmente nos conocemos Terrence G. Grandchester –se aproximó Albert para darle la mano –Mi nombre es Albert, encantado.

Terry se quedó mirando la mano del joven por un largo rato, levanto sus ojos para cruzar miradas con Albert, quien parecía tan jovial, su mirada tenía un brillo similar al que emanaba la propia Candy. Quizá no debía dejarse llevar tan rápido por esa primera impresión, pues había hecho tanto por Diana, por ello le extendió la mano y con voz firme dijo:

-Gracias por ayudar a mi hermana.

Diana saltó de felicidad, su hermano había aceptado su amistad con Albert, así que tomó la mano de Candy y Albert para decir con una sonrisa de oreja a oreja lo siguiente:

-Al fin, tengo a mis amigos conmigo, me siento tan bendecida –entonces empezó a derramar lágrimas a través de sus ojos –Ya no quiero que estos encuentros sean fortuitos, ya no quiero esperar más para ver a mis amigos, quiero verlos más…

Candy ocultó el rostro de Diana en su pecho y se desplomaron juntas entre las flores, el ramo que Diana portaba cayó al suelo haciendo que las flores dispersaran sus pétalos.

-Perdóname, Diana –le susurró Candy al oído –Te prometo que nunca más te dejaré así.

Ambas se quedaron fusionadas en ese pequeño gesto de cariño, Candy y Diana se estimaban con todo su corazón, poco a poco se habían convertido en buenas amigas, pero no era el caso para los dos jóvenes quienes se miraban a través del rabillo del ojo cada tanto.

Albert se sentía un tanto incomodo porque la mirada del chico de cabellos castaños era inquisitiva, él entendía que esa mirada correspondía a la de un hermano mayor preocupado y de algún modo esta idea le tranquilizaba. Diana se incorporó del abrazo y al darse cuenta de la situación miró Candy, ambas dejaron escapar una risita burlona, ya que los muchachos eran incapaces de romper el hielo como ellas, suponía que entre varones una amistad era más difícil de entablar, aunque comprendía que su hermano podía ser muy serio cuando conocía a alguien, solo era cuestión de tiempo para que se mostrara más afable.

La pecosa hizo una seña a Diana para que volteara a ver un enorme árbol a la orilla del lago, las muchachas se dedicaron una mirada de complicidad y entonces hablaron en coro:

- ¡Vamos hasta ese árbol!

Entonces Diana se adelantó y tomo la mano del rubio, quien fue tomado por sorpresa ante el agarre de la chica, aun así, fue capaz de seguirle el paso, pues en parte comprendía que Diana quería que su hermano se quedara a solas con Candy, no obstante, esto solo era parte de las intenciones de la ojiazul.

Los que se quedaron atrás se vieron por un momento a los ojos y esquivaron la mirada, se notaba cierta torpeza al no saber cómo comenzar a caminar juntos, es decir, ¿debían tomarse de las manos? o bien ¿caminar hombro con hombro?

-Tú primero… -Alcanzó a decir Terry

- ¡Ah! ¡Sí! ¡G-gracias! –Asintió Candy con voz autómata

-Esos dos se notan tan conservadores, me están sacando de mis casillas –Juzgó Diana - ¡Esto no es Londres! ¡No están con la Reina! –Les gritó mientras agitaba el puño con vehemencia

Ante aquellas palabras, Candy sintió como la sangre se le subía a la cabeza y pigmentaba toda su cara hasta las orejas.

-Tiene razón –Aceptó Terry y entrelazó sus dedos a los de Candy - ¡Alcancemos a ese par!

Candy y Terry corrieron de la mano entre las flores, las cuales se transformaron en nubes blancas y esponjosas desde la perspectiva de ambos, así es como se sentía estrechar la mano de la persona que te gustaba.

Finalmente, los cuatro jóvenes llegaron debajo del gran árbol y se sentaron a conversar, se dieron cuenta de que tenían mucho en común, como las flores, los postres, el amor por la naturaleza, etc. Por primera vez en mucho tiempo se sentían en un ambiente armonioso, se sentían aceptados, incluso Terry y Albert se notaban más cómodos en la charla, era la primera vez que interactuaban juntos.

- Debemos reunirnos de nuevo –Propuso Diana –Pero esta vez podemos hacer un picnic.

- ¡Qué maravillosa idea! –Le apoyó Candy –Podemos traer muchos dulces y jugar.

- Podemos contar historias –Agregó Diana entusiasmada

Las muchachas se estrecharon de las manos mientras daban pequeños saltitos de felicidad ante las risas alegres de los muchachos, las cuales era de aprobación, sin duda.

- ¿Cuándo deberíamos reunirnos? –Preguntó Candy entusiasmada

-El próximo viernes como a las 2 –Propuso Diana

-Espero que el clima esté perfecto –Suspiró Candy –Podríamos hacer tantas cosas juntos…

"Como trepar árboles y remar por el lago", pensó Candy mientras clavaba sus esmeraldas en el cielo.

-Entonces, es un trato, nos veremos el viernes –Dijo Albert estirando la mano al frente para que todos, incluso Terry juntaran sus manos como señal de cerrar un trato –Hoy nace nuestro grupo de amigos.

Eliza recorrió con impaciencia los pasillos de la casa Lagan hasta llegó a la habitación de su madre, quien descansaba debido a una fulminante jaqueca que no la dejaba desde medio día. Pese a las negativas de las doncellas que intentaron mantener fuera de la recamara a la pelirroja, no sirvió de nada, Eliza abrió de par en par las puertas del dormitorio y comenzó su queja, intentado poner la cara más inocente y dolorida que tenía.

- ¡Mamita! ¡Mamita!

-Eliza… -murmuró la dama con cierto tono de queja - ¿No ves acaso que estoy enferma? ¿Por qué vienes a aquejar a tu pobre madre?

-Es que ya no puedo más, ¡Tienes que echar a Candy de aquí! –lloriqueó Eliza –está manchando la reputación de nuestra familia y se burla de ti como autoridad.

-Ya te dije, no podemos echarla así como así, por el honor de la familia, hicimos una promesa a las monjas de ese horfanato… Además, ya te dije que no hay ninguna prueba de eso que dices, Mary asegura que cumple con sus obligaciones y es eficiente y necesitamos de alguien fuerte que cuide de los establos…

-Pero Louise me dijo algo terrible e indignante que mancha nuestra reputación

- ¡Rumores, Eliza!

Lo cierto era que la Señora Lagan no tenía cabeza para pensar y menos para analizar todo lo que su hija pretendía decirle en ese momento, así que para dar respuesta recurrió a un viejo sermón que ya había dado a su hija.

-Tu amiga solo te mete ideas absurdas en la cabeza, ya te lo he dicho, esa jovencita no me agrada en absoluto, es de esas amistades que...

-Es que vio a Candy con…

La señora había perdido la paciencia entre el dolor y los lloriqueos de su hija.

- ¡Sal de aquí! –exigió la dama volviendo a recostarse en su diván - ¡Apiádate de tu pobre madre y sal de aquí!

Eliza apretó los dientes con fuerza, casi hace sangrar sus encías, jamás se habían sentido tan furiosa con su madre por haberla ignorado de esa manera. Se abrió pasó empujando a la servidumbre y al llegar a su propia recamara arrojó un jarrón con rosas rojas al suelo y las pisoteó mientras gritaba llena de rabia.

- ¡Candy! ¡Estúpida huérfana! ¡Te sacaré de aquí lo juro!

Continuara…