Gracias a quienes aún leen mi fanfic y a quienes se interesan en éste, en esta ocasión prometo esforzarme por ir actualizando una vez por semana hasta finalizarlo.
Capitulo XX
Candy se encontraba confinada en el establo, mientras la luz de la luna y una dimituna vela alumbraban la oscuridad del establo, la señora Lagan había dado la orden de que permaneciera ahí y que no se le diera alimento hasta que ella lo ordenara. De alguna manera para la mujer esto era una forma de mantener intacta la imagen de su hijo, por otro lado, no iba a permitir que tal incidente manchara la reputación del clan Ardlay.
Por supuesto, Candy era consciente de todo ello, su mente no dejaba de repasar una y otra vez las escenas de aquel incidente, no podía perdonar lo que aquellos endemoniados hermanos habían hecho, esta vez se habían pasado de la raya y estuvo a punto de perder a su preciada amiga, a su hermana del hogar de Pony, cuando era pequeña Annie era todo para ella, incluso ahora había un sentimiento de unión hacía ella.
Mientras la muchacha se encontraba absorta en sus pensamientos una lagrima rodo por sus mejillas, dicho flujo se vio interrumpido abruptamente por una voz familiar que la llamaba en la oscuridad. De inmediato tomo la vela y cubrió con una de sus manos para evitar que la gélida brisa nocturna extinguiera la flama, abrió la puerta con euforia y al ver de pie ahí a su querida Annie no pudo evitar sonreír.
-Mi querida Annie –suspiró conteniendo las lágrimas de felicidad.
-Candy, quería verte, quería decirte que lo lamento, yo… -la muchacha cortó la voz y puso sus brazos alrededor del cuello de Candy mientras lloraba conmovida, esta solo abrazó despacio su cintura intentado tranquilizarla un poco –Lo siento mucho, Candy, soy una cobarde, tengo tanto miedo de que esas personas me exilien de su grupo, por eso, si decía algo… si te defendía ellos se darían cuenta de mi origen.
Tras escuchar aquellas palabras Candy palideció abruptamente, era tan triste, pero ciertamente personas como Eliza, Neal o Louise jamás aceptarían a Annie y se encargarían de humillarla como habían hecho con ella desde que llegó a su casa. No entendía por qué para esas personas estaba mal haber crecido en un orfanato.
Al poco rato, Annie deshizo el abrazo y miró alrededor, el olor era insoportable, había lodo por todas partes, Candy notó la cara de desagrado de su visitante e inmediatamente la guió fuera del establo.
-Esto es inhumano –dijo Annie - ¿Por qué tienes que vivir en los establos?
-Es mi trabajo –fue todo lo que Candy pudo decir –pero estoy bien, los caballos y yo nos llevamos muy bien, sin ellos no tendría con quien hablar y estoy segura de que me volvería loca.
-No digas semejantes cosas.
-Al menos una de nosotras tuvo suerte, mírate, cómo has crecido, pareces una princesa, las hermanas estarían muy contentas al saber de ti, ¿sabes? Yo trato de escribirles a menudo, cuando les cuente que nos hemos reencontrado no me lo van a creer…
-¡No hables del hogar de Pony! –gritó Annie con fastidio –Sinceramente no estoy aquí para recordar esos días… lo siento Candy… no sabes cómo lamento todo lo que te he hecho pasar, pero quiero que continúes manteniendo el secreto, no quiero que mi amigos sepan que estuve en un orfanato.
-¿Amigos? Tú y yo sabemos que Neal Lagan fue quien lastimó al caballo, ¿en verdad consideras a esas personas como tus amigos?
-Al menos son mejores que un par de caballos.
Candy enmudeció y bajó la cabeza tratando de evitar la mirada de Annie.
-Perdón, Candy, yo no quise…
-No te preocupes, entiendo que tú y yo ahora pertenecemos a mundos muy distintos –tragó saliva y siguió –Cuentas con mi silencio permanente, no te preocupes Annie… Estoy muy contenta de haberte visto –Candy dio media vuelta dispuesta a retirarse, pero fue detenida por la mano de Annie.
-Candy, toma esto –dijo Annie atando en la muñeca de su amiga una cinta de seda –Gracias por todo… ¡Adiós!
Annie salió corriendo del lugar y se perdió entre la oscuridad de la noche que ya comenzaba a hacerse cada vez más densa, Candy comenzó a llorar, su corazón dolía como si lo apretaran con fuerza, sentía como se partía, no quería despedirse nunca más de esa manera. Dentro del establo tomó la cinta y la dobló dispuesta a guardarla en el fondo de un cajón, no obstante, al abrir este s encontró con su preciado libro.
-Terry –suspiró abrazándose al libro–Te extraño…
Al poco rato Cesar y Cleopatra comenzaron a mostrarse inquietos, la joven regresó el libro al cajón y lo colocó al lado de la cinta de Annie. Fue así como salió a ver qué era lo que estaba inquietando a los caballos y ahí estaba, de pie a las afueras del establo, aquel joven evocado con amor, Terry Grandchester. Sin decir una sola palabra, caminó directo hasta Candy y la abrazó con fuerza, como se abraza a quien llevas tanto tiempo anhelando. Aquella noche, Candy había recibido dos abrazos, uno que la destrozo y este, que estaba volviendo a unir los fragmentos de su corazón. Ahora solo quedaba corresponder a esa calidez y sin dudarlo lo abrazo, uniendo sus cuerpos en un solo afecto.
Ambos se separaron lentamente y se miraron completamente sonrojados, sin embargo, ninguno de los dos pudo ver el rubor en las mejillas del otro debido a la oscuridad. Candy comenzó a temblar, pero no sabía si era por el viento cada vez más helado o si era la ansiedad que le causaba estar cerca de Terry. Al notar esto, el muchacho se quitó la capa y la colocó sobre los hombros de la rubia.
-Terry, ¿por qué estás aquí?
-Porque quería verte, pequeña pecosa, como siempre, solo pienso en ti y quiero verte.
Lo que sus oídos alcanzaron a escuchar paralizaron su cuerpo, ¿qué quería decir con eso? no lo comprendía y sin duda estaba siendo demasiado ingenua como para no entender que Terry había puesto su corazón en aquellas palabras.
-Terry –musitó Candy intentado hablar - ¿estabas preocupado por mí?
-Siempre estoy preocupado por ti y ahora más que nunca debo hacer todo lo posible por sacarte de este horrible lugar, no quiero que nadie se atreva a ponerte un dedo encima, ese maldito de Neal Lagan me las pagará…
-No digas eso, yo estoy contenta de haber podido salvar la señorita Annie, eso era lo único que me importaba.
-Candy, ¿por qué tienes que ser tan buena? –le cuestionó Terry mientras recargaba la frente en la cabeza de Candy.
El aroma a narcisos impregnó el ambiente y el corazón de ambos se aceleró.
-Candy, estoy enamorado de ti…
Continuará…
