Capítulo XXII
Diana se quedó petrificada al contemplar a la mujer que yacía ante ella, los ojos de la mujer se clavaron sobre ella suplicantes y al borde del llanto. La joven reconocía a esa persona, era una actriz muy famosa en el teatro imperial de Londres, de vez en cuando su imagen aparecía en revistas o periódicos de la época, tales imágenes no le hacían justicia, pues en persona resultaba ser muchos más hermosa.
-¿En qué le puedo servir? -le preguntó Diana temerosa, aunque sentía que esa no era la pregunta correcta, quizá no era muy educado preguntarle "¿qué hace usted aquí?"
Eleanor Baker caminó y se puso cara a cara con la temerosa Diana, entonces un perfume a narcisos tan familiar empezó a invadir el ambiente, ella estaba segura que en lo más profundo de sus memorias aquel perfume la había envuelto cuando era pequeña.
-Diana, mi hermosa hija Diana -Murmuró la actriz mientras abrazaba a la muchacha
-No… usted debe estar confundiendo con alguien más -replicó Diana intentando sacarse de ese abrazo tan repentino -¡Señora Schffrin! ¡Venga pronto!
El ama de llaves acudió al llamado de Diana, pero al contemplar la escena no pudo evitar romper en llanto. La joven logró salir de aquello y corrió detrás de la anciana.
-Haga que esa señora salga de aquí, dice cosas disparatadas… dice que soy su hija, pero sabemos que mi mamá murió…
Diana se detuvo al ver los ojos de la señora Schffrin llenos de lágrimas.
-Señorita, ella es su madre, la señora Eleanor Baker es su madre.
-¡No puede ser! Esa mujer te ha sobornado para que sigas su juego, semejante locura no es posible… mi padre y mi hermano dijeron que mamá está muerta… porque si tú eres mi madre entonces me abandonaste vilmente todos estos años…
-Cariño, puedo explicarte lo que sucedió, yo no quise dejarlos…
Diana se dió media vuelta y salió huyendo hacía su habitación. Estaba en shock, le era imposible pensar, la cabeza le daba vueltas y sentían que le empezaba a faltar el aire, temía que un ataque comenzara en ese momento, de repente todo a su alrededor se puso negro.
En ese momento Terry arribaba a la casa, era más tarde de lo habitual, quizá no pasaban de las 8, sin embargo él no dejaba a su hermana cenando sola. En cuanto cruzó la oxidada reja de la casa pudo ver qué las luces de la casa se encontraban encendidas, al poco rato fue interceptado por el viejo señor Schffrin completamente acelerado.
-¿Qué sucede? -preguntó el muchacho alarmado
-Señor, la señorita Diana se ha puesto muy mal, mi mujer se encuentra arriba con ella. Le ha puesto el inhalador, pero la señorita aún está muy débil…
Terry no dejó terminar al hombre, sin pensarlo corrió hasta la habitación de su hermana, ella estaba recostada en la cama con el ama de llaves a su lado.
-¡Señor Schffrin! ¡Voy por el médico! -ordenó el muchacho mientras intentaba correr hacía abajo, no obstante, su carrera se vio interrumpida por cierta dama que él reconoció al instante.
-Ya he enviado a alguien por él.
-Fuiste tú… -concluyó Terry sin solicitar explicaciones -viniste a mortificarla con tu indeseable presencia, ¿por qué lo has hecho? ¿Qué ganabas haciendo esto?
-Hijo mío, estás equivocado, yo…
-¡No vuelvas a llamarme así! ¡Yo no tengo madre! -exclamó el joven intentando bajar la voz pues no quería perturbar a su hermana -Pensaba que tú también lo tenías claro después de aquella noche.
-Terry… escuchame…
-¿Ahora quieres que te escuche cuando tú no quisiste escucharme? no quisiste verme.
-Mamá… -llamó la débil voz de Diana desde la habitación -Mamá… no te vayas…
Eleanor y Terrence chocaron miradas, el muchacho no pudo hacer nada para impedir que la mujer corriera al lado de la cama de Diana, estaba lleno de dolor y frustración, pero no quería que su hermana sufriera más por esto.
-Perdón por todo, hija mía, no me iré nunca de tu lado, pase lo que pase.
La dama estrechó la mano de Diana entre las suyas y comenzó a consolarla, la joven parecía agotada, aún así fue capaz de usar sus últimas fuerzas para aferrarse al agarre de su madre. Diana se sentía abrumada, pero al mismo tiempo comenzó a recorrerla un sentimiento de alivio por haber visto a su madre, había llegado a pensar que la única forma de volver a ver aquellos ojos como zafiros sería si muriera. Quizá ese momento había llegado, pues ninguna crisis la había agotado tanto, era como si hubiera absorbido parte de su vida y por eso estaba tan cansada.
Terry se desvaneció en el pasillo, se lamentaba de no haber estado en casa, por no haber advertido lo que contenía la carta recibida por la mañana, si lo hubiera tomado en serio su hermana no estaría pasando por esa situación. Está vez no se sentía dispuesto a perdonar a su madre.
En ese instante una canción de cuna familiar y el intenso aroma a narcisos inundaron el ambiente, las lágrimas brotaron y recorrieron lentamente las mejillas de Terry. Recordó su infancia recostado sobre una enorme cama, su madre yacía al lado meciendo entre sus brazos a un bebé que lloraba sin parar, al contemplar a la mujer se dió cuenta de que ella también lloraba. Poco el bebé dejaba de llorar, logrando quedarse dormido, ella colocó al bebé a su lado, besó la frente de ambos y se despidió, esa sería la última vez que vería a su madre.
Continuará…
