Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a fanficsR4nerds, yo solo la traduzco.


ALONG THE WAY

Capítulo nueve

20 de diciembre – Cuarto día en la carretera

Wichita, Kansas

Dormí profundamente.

La noche anterior había puesto una alarma y, si no hubiera sido porque me había entrenado los últimos años para despertarme con el primer sonido, seguramente me habría quedado dormido.

Ese día teníamos un camino más corto que cubrir, solo esperábamos unas siete horas y media para poco más de ochocientos kilómetros. Para haber pasado tan poco tiempo en un coche durante mi última década de vida, estaba empezando a acostumbrarme lentamente a conducir muchas horas cada día.

Me moví en la cama y estiré el brazo hacia mi teléfono para apagar la alarma. Bella se movió también y la miré mientras sus ojos se abrían con un revoloteo. Estaba acurrucada de lado, de frente a mí, con un brazo cruzado y colgando por el lado de la cama. Se había quedado dormida agarrándome y parecía que no se había movido en toda la noche.

Nuestras miradas se encontraron y sonreí un poco. Bella me devolvió la sonrisa y fue como ver el puto amanecer. Tenía una sonrisa que se extendía por toda su cara, y fue tan brillante y cálida que me dejó sin aliento un momento.

Joder, era tan... pura.

En cuanto el pensamiento cruzó mi mente, tragué con dificultad, pestañeando y tumbándome boca arriba. Ella ya lo sabía todo sobre mi matrimonio, le había confesado mis vergüenzas. ¿Cómo podía seguir mirándome igual?

Parte de mí se sentía aliviada de haberlo compartido, de habérmelo sacado de dentro, y otra parte se arrepentía profundamente de haberlo dicho en voz alta. ¿Cambiaría mi confesión las cosas entre nosotros? Me sorprendí al darme cuenta de que me sentía bastante cómodo con cómo había sido todo hasta el momento. No quería que cambiara nada.

Bella se movió en la cama y la miré. Ella se apartó las mantas y se sentó, echándome una pequeña sonrisa antes de levantarse e ir al baño. Solté un suspiro y levanté las manos para frotarme los ojos.

¿Qué coño estaba haciendo?

Me quedé tumbado, dándole vueltas a la cabeza con pensamientos de cómo Bella podría tratarme diferente y esperando que mi confesión cambiase algo entre nosotros. No tenía ni puta idea de lo que quería y eso me estaba estresando. Toda mi vida, había estado muy centrado y siempre había sabido lo que quería. Era raro verme indeciso.

La puerta del baño se abrió, y Bella salió y se sentó en el borde de su cama. La miré, pero ella no me estaba mirando. Fruncí el ceño y me moví para sentarme.

Los ojos de Bella fueron a mí e intenté descubrir qué pensaba según su expresión. No dejaba ver nada.

―¿Cómo has dormido? ―me preguntó suavemente. Yo pestañeé, frunciendo el ceño.

―Profundamente ―dije, frotándome un ojo―. ¿Y tú?

Bella asintió.

―Bien.

Yo asentí y me aparté las mantas, poniéndome de pie y estirándome. Pude sentir cómo mi camiseta se levantaba y Bella bajó la mirada a sus manos. Fui al baño para hacer pis y, con suerte, aclararme la cabeza; algo había cambiado con mi confesión de la noche anterior y no estaba del todo seguro de hasta dónde llegaba ese cambio.

Terminé en el baño después de lavarme las manos y echarme agua en la cara. Me miré en el espejo y me estremecí ante la imagen que devolvía. Unos días antes era elegante, poderoso y dominante. Ahora, mi pelo estaba hecho un desastre, tenía una ligera barba en la cara y llevaba pantalones de chándal. Tenía el mismo aspecto que en la universidad.

Sacudí la cabeza y dejé el baño, sin saber muy bien qué pensar sobre mi aspecto. Había poder en mi aspecto profesional de abogado, pero también conllevaba mucha presión. Y ahora, aunque parecía descuidado y poco profesional, me sentía un poco más anónimo.

Bella estaba al otro lado de la habitación, mirando por la ventana. Me acerqué y fruncí el ceño al ver que había más brillo de lo que había esperado. Bella me miró sobre su hombro mientras yo me apoyaba contra la ventana. Estaba nevando; parecía que había empezado en algún momento de la noche anterior y en esos momentos la ciudad estaba cubierta por una fina capa de polvo blanco.

Miré a Bella, que volvía a mirar fuera.

―Va a ser difícil conducir si sigue nevando ―dijo suavemente. Yo fruncí el ceño.

―No tengo problema en conducir con nieve ―le dije. Sabía que ella tampoco, ya que lo había hecho cuando dejamos New York. Bella me miró y asintió.

―¿Deberíamos comer antes de ponernos en camino?

La miré fijamente. Quise preguntarla cómo estábamos, si mi confesión de la noche anterior había cambiado algo. Cuanto más me debatía, menos confiado me sentía y, al final, suspiré y me volví a la ventana, asintiendo.

―Sí, es buena idea.

* . *

Bella se lamió los labios mientras le ponían delante un enorme plato de tortitas. La miré sorprendido y ella me sonrió ampliamente, inclinándose hacia delante para aspirar el aroma.

Nuestra camarera me dejó mi tortilla delante, guiñándome el ojo mientras preguntaba si necesitábamos algo más. Los dos sacudimos la cabeza y la camarera se marchó.

―¿De verdad vas a comerte todo eso? ―le pregunté, mirando las enormes tortitas. Bella me miró sorprendida.

―Tú solo espera, Edward. Todavía no hemos desayunado como es debido, pero por las mañanas soy una fanática del azúcar. ―Cogió la pequeña taza de sirope y lo echó sobre las tortitas, que ya parecían lo suficientemente dulces―. Me llevó unos cinco años dejar el café azucarado. Todavía me apetece a veces, pero tuve que ponerme límites ―dijo, soltando una risita. Sus tortitas ya tenían una gran cantidad de fruta y nata montada, y ahora también llevaban sirope. Solo mirar el plato me revolvió el estómago.

―No puedo imaginar empezar el día con tanto azúcar ―gruñí. Bella me miró y sonrió.

―Mi padre comienza el día con proteína y café ―dijo, sacudiendo la cabeza―. Es lo único que necesita. Una gran taza de café, un par de huevos y un poco de bacon o salchichas, y está listo para arrancar.

Asentí con aprobación, pinchando mi tortilla.

―Buen hombre. Parece que nos llevaríamos bien.

Me quedé helado en cuanto las palabras salieron de mi boca. ¿Por qué coño hablaba sobre conocer a su padre? Ni siquiera íbamos a volver a vernos cuando llegáramos a Washington. Y, aunque mantuviéramos el contacto, tampoco era que fuéramos a pasar tiempo en familia juntos o alguna mierda así.

Bella sonrió un poco mientras se metía un trozo de tortita en la boca.

―Mi padre te daría una patada en el culo ―dijo con la tortita en la boca―. Pero, sí, seguramente acabaríais llevándoos bien.

Reí, sacudiendo la cabeza y tomando un bocado de mi comida. Era sorprendente lo mucho que me animaba la idea de llevarme bien con su padre. No había ninguna razón para que me importara algo así. A los padres de Rose les gustaba porque era constante, rico y procedía de una familia lo suficientemente buena como para no avergonzarles. Eso era lo único que le importaba a la familia de Rose y había sido sencillo ganármelos.

―¿Cómo está tu tortilla?

Miré a Bella y asentí.

―Bien. Densa ―dije tras pensarlo. Ella sonrió ampliamente―. ¿Qué hay de tus tortitas?

Su sonrisa se amplió y cortó otro trozo de tortita, poniéndole fruta y nata encima. Empujó el plato hacia mí y me señaló que me comiera el bocado. Fruncí el ceño, pero ella volvió a gesticular y su sonrisa fue imposible de rechazar. A regañadientes, agarré su tenedor y me metí la tortita en la boca. Me estremecí. Estaba excesivamente dulce y pude sentirlo caer en mi estómago. Bella rio por mi expresión y yo me atraganté con una risa, cogiendo mi café.

―Joder ―dije, bebiéndome media taza―. Está demasiado dulce.

Bella soltó una risita y se metió otra pinchada en la boca.

―Mi tesis del máster salió gracias al café y las tortitas ―dijo entre bocados―. Hasta mencioné a la cafetería local en los agradecimientos.

Estallé en risas y Bella sonrió ampliamente.

―Espero que la cafetería te diera un desayuno gratis después.

Bella rio.

―Margie me ha dado desayunos gratis más veces de las que puedo recordar. La ayudé con un pequeño problema legal y desde entonces ha intentado alimentarme gratuitamente. Tengo que dejar dinero en el bote de las propinas para pagar mi comida.

Sonreí satisfecho. Yo no formaba ese tipo de relaciones con los tenderos locales en Nueva York. Lo había hecho cerca de Harvard, hasta cierto punto, pero no había sido nada constante desde mis primeros días en Duke. Había olvidado lo que era tener ese tipo de comunidad cerca.

―¿Se te va a hacer complicado dejar New Haven?

Bella me miró, frunciendo un poco el ceño.

―Sí y no. Llevo años allí y he hecho muchos amigos, pero parte de mí sabe que mi tiempo allí es limitado y, cuando el reloj marque la hora, estaré lista para seguir adelante. Parte de mí piensa que sería más fácil quedarme en New Haven y formar una vida allí, pero en el fondo tengo la sensación de que no es lo correcto para mí.

Fruncí el ceño. No terminaba de entender cómo podía tener esas sensaciones. Nunca había tomado decisiones basándome en mis sentimientos, siempre había tenido en cuenta lo práctico que era y la lógica. Rose y yo nos mudamos a Nueva York porque había conseguido un gran trabajo y podíamos vivir en el apartamento que sus padres tenían en Manhattan, reduciendo costes de vida mientras me establecía. Logísticamente, había sido un movimiento obvio.

Salí de mis pensamientos, volviendo a centrarme en mi desayuno, mientras Bella mordisqueaba sus tortitas.

―¿Alguna vez has visto las Rocosas?

Miré a Bella. Ella me miraba fijamente, con la taza a medio camino hacia su boca. Asentí.

―Sí. Bueno, tuvimos que cruzarlas al ir a Montana ―dije, tomando un trozo de mis hash browns. Bella asintió.

―Oh, claro. Por supuesto. ―Sacudió la cabeza―. Me había olvidado que las Rocosas cruzan parte de Montana.

Asentí.

―¿Tú las has visto?

Bella me miró.

―No. A mi padre no le gusta mucho viajar y, como solo éramos nosotros dos, nunca discutí mucho con él por ello. Acampábamos mucho por todo el Pacífico Noroeste, pero casi no hacíamos otra cosa. Cuando me fui a la universidad, fue la primera vez que me subí en un avión.

Pestañeé sorprendido.

―¿De verdad?

Bella asintió.

―Mi padre solo había volado una vez antes de que yo naciera. La verdad es que a los dos nos dio bastante ansiedad, pero él insistió en acompañarme para ayudar a instalarme.

Bella sonrió mirando a su plato y yo fruncí el ceño.

―Cuando me fui a la universidad, hice una maleta y llamé un taxi ―admití. Bella me miró sorprendida.

―¿En serio?

Me encogí de hombros.

―Bueno, cuando mis padres se enteraron de que había llamado un taxi, lo cancelaron e insistieron en llevarme por lo menos al aeropuerto. Yo estaba listo para alejarme y ser independiente. No podía esperar.

―A mí me preocupaba dejar a mi padre ―dijo Bella un minuto después―. Llevaba cuidando de él casi toda mi vida. A ver, sabía que era adulto, pero me preocupaba igualmente. Me costó quitarme el hábito de cuidarle. ―Bella soltó una risita, sacudiendo la cabeza―. Hasta intenté enviarle la cena una vez. Preparé un recipiente enorme de comida y se lo envié por correo, pero el hielo que le había puesto se derritió muy rápido y yo estaba demasiado pelada como para pagar otra cosa que no fuera el correo regular. Así que, cuando la comida le llegó, se había puesto mala. ―Se echó a reír―. Me llamó y me dijo que no intentase mandarle nada más. Me pilló literalmente preparándole una caja de galletas que le había hecho. Terminé teniendo que repartirlas por la residencia.

Sonreí mientras ella se metía otro trozo de tortita en la boca, sonriendo por sus recuerdos. Mi familia era cariñosa, pero no me imaginaba a Alice o a mí intentando hacer algo así por nadie, sobre todo por nuestros padres.

Terminamos de desayunar, manteniendo una conversación ligera. Fuera todavía se podía ver la nieve caer y estaba empezando a ponerme un poco ansioso. Estaba seguro de que podríamos conducir con ello, pero me preocupaba que fuera a retrasarnos o algo.

Bella pagó el desayuno mientras yo iba al baño. Cuando los dos estuvimos listos, salimos al coche y miré a Bella.

―¿Te importa que conduzca yo?

Ella me miró con el ceño fruncido.

―¿No confías en mí en la nieve? ―No parecía ofendida, más bien divertida. Yo sacudí la cabeza.

―No, no es eso ―protesté. Ella soltó una risita y me dejó las llaves en la palma de la mano.

―Está bien, Edward. Adelante. De todas formas, yo estoy un poco en un coma inducido por la comida ―dijo, frotándose la tripa y bostezando.

Sonreí satisfecho mientras íbamos a nuestro coche de alquiler. Eché el asiento atrás todo lo que pude mientras Bella se subía en el asiento del copiloto. Me subí al coche y lo arranqué mientras seguía ajustando el asiento y los espejos. El calor salió por los ventiladores de inmediato y empezó a derretir la capa de nieve que había en la luna delantera. Bella se desabrochó el abrigo y yo hice lo mismo. Los echamos al asiento de atrás antes de volverme de nuevo al volante. Bella colocó uno de los ventiladores y suspiró.

―Vale, estoy lista ―dijo, frotándose las manos.

Yo asentí mientras ella sacaba su teléfono y abría el navegador. Lo enchufó al coche y, en un momento, empezó a sonar una suave música. Habíamos escuchado mi música sobre todo y, en cuanto ella enchufó su teléfono, me di cuenta de que no sabía qué tipo de música escuchaba ella más allá de Elvis y los Beatles.

Fruncí el ceño y subí el volumen mientras Bella ponía la dirección en el navegador.

―¿Qué es esto? ―pregunté. Bella pestañeó y sonrió.

―Oh, es, uh... Es Amazing de Foxes ―dijo, sonrojándose un poco. La miré.

―No estoy seguro de qué significa eso ―dije un momento después.

Bella rio.

―Foxes es la cantante. Amazing es el nombre de la canción ―explicó. Yo asentí, escuchando el ritmo. Era pegadizo, aunque no era el tipo de música que solía escuchar―. Lo cambiaré ―dijo, volviendo a coger su teléfono. Yo estiré la mano para detenerla, cogiendo la suya.

―No, déjalo. La verdad es que la canción es bastante buena ―dije suavemente.

Bella pareció sorprendida, luego complacida y asintió, volviendo a acomodarse en su asiento. Le solté la mano, sintiendo un extraño cosquilleo en mis dedos. Miré el teléfono para ver qué dirección debía tomar y asentí, metiendo con cuidado la marcha atrás. La canción siguió sonando en el coche y sentí como lo alegre que era me quitaba un peso de encima. Por primera vez en lo que podía recordar, me sentía bastante feliz.

* . *

Bella tenía un gusto en música muy ecléctico. Un minuto era algo alternativo y moderno que nunca había escuchado, y la siguiente canción podía ser rock clásico o Beethoven. Hasta sonó una canción de heavy metal, aunque Bella la había pasado y se había negado a explicar la canción. A mí no me importó. Escuchar la música de Bella era un poco como conocerla ―impredecible, pero en general estaba bien.

Desafortunadamente, su música fue casi lo único bueno del día. La nevada que habíamos visto en Wichita solo empeoró y mis esperanzas de poder cruzar las Rocosas en ese pequeño coche disminuían rápidamente. Tuve a Bella mirando el tiempo en Denver y, por el momento, se suponía que nos debía ir bien, pero la nieve me estaba poniendo muy nervioso.

Y también nos había retrasado considerablemente.

―¿Alguna noticia? ―le pregunté a Bella por lo menos por décima vez en una hora. Ella cogió su teléfono y, con paciencia, abrió la aplicación del tiempo. Me mordí el interior de la mejilla mientras esperaba su respuesta.

―Dice que la carretera que atraviesa las Rocosas está limpia ―dijo un minuto después. Yo solté el aire con dificultad.

―Bien, bien. ―Bella dejó su teléfono y pude sentir sus ojos en mí. La eché una mirada―. ¿Qué?

―Estás un poco tenso.

Resoplé, devolviendo mi atención a la carretera.

―Sí, no me digas.

Bella soltó una risita y tuve que esforzarme por esconder mi sonrisa.

Entre nosotros, mi teléfono sonó y lo miré.

―¿Te importaría ver qué ha sido eso? ―pregunté, mirando a Bella. Ella me miró sorprendida―. Puede que sea un mensaje del trabajo ―aclaré.

Bella sonrió satisfecha y rodó los ojos mientras estiraba el brazo para coger mi teléfono. La eché una mirada cuando se quedó en silencio. Tenía el ceño ligeramente fruncido.

―Es... uh... es un mensaje. De Rose ―dijo suavemente. Yo solté un brusco suspiro y volví a concentrarme en la carretera. Joder.

―Vale ―dije con voz tensa. Bella dejó el teléfono entre nosotros―. ¿Has visto lo que decía? ―Tenía el teléfono configurado para avisarme cuando recibiera un mensaje, pero no lo tenía para que me mostrara una vista previa. Aun así, necesitaba saberlo. Bella me miró y sacudió la cabeza. Yo asentí, volviendo a morderme el interior de la mejilla. No podía ignorar eternamente a Rose, lo sabía. Pero, joder, solo quería que me dejara un poco de espacio para aclararme la cabeza.

Por supuesto, pasar ese tiempo y espacio con Bella no estaba ayudando. Bella se estaba convirtiendo en... una distracción.

Era casi tan molesto como intrigante.

―¿Cuánto tiempo lleváis juntos Rose y tú?

Miré a Bella sorprendido. ¿De verdad quería hablar de mi matrimonio? Me miró y frunció un poco el ceño.

―Siento haber preguntado, te había dicho que no iba a indagar. Por supuesto, no tienes porqué hablar de nada de esto conmigo ―dijo, sacudiendo la cabeza. Yo me aclaré la garganta y volví a mirar la carretera.

―Nos conocimos el primer año de universidad ―dije un momento después. Bella me miró―. Teníamos algunas clases juntos y su compañera de cuarto salía con uno de mis compañeros de cuarto, así que acabamos formando un grupo de amigos. ―Miré a Bella para ver si me miraba y todo su cuerpo se giró hacia mí.

―Rose y yo nos llevamos bien porque somos muy parecidos en muchas cosas. Cuando empezamos a salir fue como si hubiéramos llegado a donde nos dirigíamos. ―Sacudí la cabeza―. Simplemente fue... sencillo. Para entonces nos conocíamos bastante bien, sabíamos lo que el otro quería y fue simple. Había química entre nosotros, pero más que eso, había comprensión. Rose sabía lo que esperaba de mi carrera y yo sabía que ella quería estar con alguien que pudiera ofrecerle la oportunidad de seguir conectada a la élite de Nueva York en la que se había criado. Yo era capaz de seguirle el ritmo y, además, estar con ella me daba las conexiones que necesitaba. ―Fruncí el ceño, odiando el hecho de que mi matrimonio pareciera un negocio de bolsa. ¿A eso se había reducido nuestra relación?

―Parece que estabais hechos el uno para el otro ―dijo Bella pensativa. La miré, pero tuve que volver a mirar la carretera antes de poder descubrir qué estaba pensando.

―Cuando nos casamos, pasé más tiempo firmando contratos legales con su padre que preparando la boda. ―Sacudí la cabeza―. Fueron cientos de personas. Yo solo conocía a unos pocos, pero pasé casi toda la noche conociendo a los contactos del padre de Rose. Esa noche le dio un buen empujón a mi carrera.

―¿Eso molestó a Rose?

Miré a Bella y la vi con el ceño fruncido. Sacudí la cabeza.

―Rose estaba ahí conmigo, cautivando a cada viejo que sacudía mi mano. Sabía que tenía un papel y siempre lo interpretó bien.

―Parece agotador ―dijo Bella un momento después―. Tener que estar siempre interpretando un papel y no poder simplemente... ser tú misma.

Fruncí el ceño, dándole golpecitos con el pulgar al volante mientras lo pensaba. Nunca lo había visto así. Así era nuestra vida y jamás me lo había cuestionado.

―¿Qué hay de ti? ―pregunté con la intención de cambiar de tema. Bella me miró―. Has dicho que no estás casada. ¿Lo has estado alguna vez? ¿O has estado cerca?

Bella sacudió la cabeza y yo me quedé mirando cómo su pulgar se metía bajo sus dedos para jueguetear con el anillo que llevaba en el dedo anular.

―No. He tenido un par de relaciones largas, pero la mayoría se disolvieron con el tiempo o dejaron de gustarme.

Fruncí el ceño.

―¿Qué significa eso?

Bella se pasó la lengua por los labios.

―Bueno, salí con un chico en Harvard, pero solo pasé allí dos años y rompimos cuando me mudé a New Haven. Era el momento y ayudó con mi mudanza. ―Se encogió de hombros―. Luego, en New Haven, estuve con un chico durante mi segundo año, pero solo duramos ocho meses antes de darnos cuenta de que ya no teníamos nada en común. Los dos crecimos y cambiamos tanto que al final dejamos de gustarnos.

Fruncí el ceño mientras lo pensaba. ¿Eso nos había pasado a Rose y a mí? ¿Habíamos cambiado sin darnos cuenta? Yo sentía que era el mismo tío de siempre, pero ¿y Rose? Me gustaría pensar que ella habría hablado conmigo si hubiera pensado que estaba abandonando nuestra relación, pero estaba claro que no lo había hecho.

La amargura que sentía por Rose era abrumadora. Todavía estaba enfadado, pero, más que eso, estaba herido y odiaba lo vulnerable que me hacía sentir. Se suponía que Rose debía ser mi compañera, mi mejor amiga, y había cogido todo lo que había entre nosotros y lo había destrozado.

Me sobrevino una ola de ira y tuve que respirar profundamente para evitar que saliera. No tenía más válvula de escape que Bella y me negaba a seguir pagando mi enfado con ella. Merecía algo mejor que eso.

Devolví mi atención a la carretera, agarrando el volante un poco más fuerte de lo necesario mientras nos adentrábamos cada vez más en la tormenta.


Espero que os haya gustado.

La próxima actualización será el domingo y mañana pondré un adelanto en Facebook. Mientras, contadme qué os ha parecido este capítulo.

Gracias por leer y comentar!

-Bells