INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ
.
.
.
ADORABLE CONFUSIÓN
.
.
.
DEDICADO A BENANI0125
.
.
.
CAPITULO 14
.
.
.
Naraku observaba los documentos que Tsubaki le había traído.
Los estudiaba con detenimiento mientras la mujer aburrida se limitaba a mirarlo y beber del carísimo vino que ordenaron.
Llevaban semanas en aquella asociación ilícita y siempre en el mismo restaurante para que pareciera un elegante almuerzo de trabajo. Tampoco importaba si los veían porque no era extraño que la vicepresidenta financiera de un banco se viera con el encargado de negocios de la filial local.
Naraku puso los documentos a un lado.
―Esto no es suficiente, son simples movimientos de inversión privada ¿crees que sólo con esto podré hacer algo para poder tumbar sus acciones?
―Es información confidencial y me costó conseguirla, ya que él no tiene casi nada en la oficina.
Naraku bufó.
―O quizá debería cuestionarme tu ayuda ¿realmente estás en esto? Necesito más datos financieros y en particular de sus acciones de voto preferente ―Naraku le señaló los papeles―. Esto no me sirve ni para limpiarme el trasero.
― ¡Por supuesto que estoy en esto! Yo más que nadie quiero que volvamos a Londres, lejos de esta podredumbre de ciudad ―Tsubaki cruzó sus brazos―. Tiene una fijación extraña por una sirvienta de su casa y ya no soporto esa idea.
Naraku pestañeó confuso y luego se echó a reír sin que pudiera evitarlo.
― ¿Qué…que? ¿mi estúpido sobrino anda tras una sirvienta?
―Ríete lo que quieras, no es gracioso para mí. Conozco muy bien a Bankotsu y nunca lo vi tan preocupado por alguien, si hubieras visto como la cargó en el club frente a todo el mundo y despidió a Brett porque fue grosero con ella.
―Con razón ya no había visto a ese tonto…
―Así que no cuestiones mi lealtad en estos planes, soy la primera interesada en regresar de donde nunca debimos haber salido. Odio este lugar y a sus mujeres.
A Naraku le costaba relacionar aquella particular imagen de su sobrino persiguiendo a alguien del servicio, pero, aunque no le servía, decidió tener en cuenta esa información.
Aun así, la documentación que le trajo Tsubaki no le servía.
―Inuyasha Spencer volverá a Manhattan ―comentó Tsubaki mientras cortaba el filete.
Naraku levantó la cabeza. Eso sí era interesante. No esperaba la llegada de ese idiota tan pronto, pero eso era bueno, porque podía ir trabajando en su sobrino mientras Tsubaki traía información más factible de utilizar en contra de Bankotsu.
―Entonces puede que los planes se adelanten un poco y deja de pensar con la vagina antes que el cerebro, porque ambos sabemos que Bankotsu tiene esos datos que preciso para poder joderle la existencia. Así que ingéniate para conseguirlo, porque si no eres capaz, entonces que no te extrañe que mi sobrino elija a una sirvienta antes que a ti ―le conminó él.
.
.
.
Kagome había zafado por poco de las preguntas de Shippo el día anterior. Se hizo nota mental de que debía ser más cuidadosa al hablar.
También tenía la mente confusa.
Esa semana fue difícil con la pelea con su madre y todo lo que pasaba con Bankotsu.
Él estaba muy ocupado y parecía no tener tiempo para incordiarla, porque iba temprano a la oficina y regresaba cuando ella ya se iba. No había vuelto a llevarla a ningún club.
Es por eso que Kagome no estaba segura de seguir con la idea de renunciar, porque el panorama cambió un poco desde que Shippo le contara esa faceta de Bankotsu que desconocía.
Kagome pensaba eso mientras vigilaba la tetera. Aunque Bankotsu no estuviera, ella debía tener té caliente en todos los horarios, justamente era una de sus principales funciones.
Lo estaba haciendo en la cocina de la segunda planta cuando escuchó el sonido del ascensor privado proveniente del subsuelo.
Tenía que ser Bankotsu.
La puerta se abrió y reveló a dos hombres que llevaban a uno en el medio.
Eran Henry el chofer y Hiten el secretario trayendo a Bankotsu.
― ¡Oh por dios! ―Kagome se asustó
―No es nada, ya se le ha inyectado medicamentos. Necesita descansar ¿su habitación está lista? ―preguntó Hiten
―Si…si…pero ―Kagome estaba confundida.
Hiten y Henry pasaron rápidamente a llevarse a un Bankotsu algo desvanecido. Kagome los siguió pese a que nunca entró a esa habitación. Le daba cierta vergüenza y permaneció en la puerta mientras los hombres lo acomodaban en la cama.
Henry fue el primero en salir, pero Hiten al hacerlo se quedó junto a ella.
―Tiene fiebre, así que te pediría que le tengas té listo junto a su cama ―Hiten miró su smartwatch―. Supongo que enseguida le baja la fiebre, es culpa de la presión arterial baja.
Al escuchar eso, Kagome tuvo un automático dejavú cuando en una de sus salidas, en aquel verano de hace casi dos años, cuando Bankotsu poco acostumbrado al excesivo calor neoyorkino tuvo que parar a buscarse una limonada con azúcar para mejorar su tensión arterial.
De nueva cuenta el clima neoyorkino y las presiones le estaban pasando factura.
Hiten se retiró y ella quedó mirando al hombre convaleciente sobre la cama.
No se atrevía a entrar completamente. No tenía autorización para eso.
En eso una idea hizo mella en ella, así que bajó rápidamente los escalones para salir de la casa y correr unas cuadras de la casa a buscar limones de una verdulería.
Al regresar a la casa, se puso a exprimirlos para tener listo una limonada nueva y recién hecha, mucho mejores de lo que podía comprarse de las mejores tiendas.
Desechó el té anterior y volvió a preparar otro desde cero.
Quería alistar una bandeja bien completa y colocarla junto a su cama.
Té y limonada.
Añadió unas galletas, aunque no estaba segura de que los comiera porque a él no le gustaban las cosas dulces.
Portando la fuente bien arreglada entró a la habitación, que era grande y al poner un pie dentro era posible aspirar un delicioso y nostálgico aroma amaderado.
El olor de Bankotsu estaba impregnado en el ambiente como un recordatorio melancólico para Kagome de que él significó para ella una vez.
Y lo que aún seguía significando, aunque hiciera lo posible para negárselo.
Él hizo un movimiento y la manta verde cayó al suelo.
Ella se acercó, lo cogió y cuando deslizaba la manta para volver a cubrirlo, una mano cogió su brazo, asustándola.
Era Bankotsu, quien seguía con los ojos cerrados y parecía estar delirando en sueños como había oído que pasaba con las personas en estado febril.
―Me gustabas tanto…pero tenías que romperme el corazón. Estoy aquí, aunque pudiera estar a un millón de millas de distancia…―murmuró él con unas palabras apenas audibles, pero ella los entendió claramente.
Kagome se sobresaltó y se desasió del agarre con cierto cuidado de no despertarlo o algo.
Su corazón y sus piernas temblaban como si fueran un solo.
¿Qué podría estar delirando Bankotsu…?
Para una mujer con los sentimientos tan alterados como los de ella, lo único que sobraba era huir a toda prisa.
Bajó los escalones a toda prisa sin siquiera responder el saludo de despedida de Shippo, que se quedó más aturdido que ella.
Tenía que recurrir a su método más confiable en ese momento, que era huir.
No es que quería ser grosera, pero en ese momento, cualquiera que la viera seria fácilmente capaz de deducir que estaba enamorada de Bankotsu Spencer y le costaba resistirse a él como un borracho de una cuba de caña.
.
.
.
Koga arrojó el cigarrillo a un lado, molesto consigo mismo.
No en balde, Jakotsu siempre le decía que la gente era estúpida pero que Koga abusaba del privilegio. Pero desde que supo que Kagome trabajaba de sirvienta en la casa de unos ricos, tuvo clara que vendría a acecharla y controlar que no tuviera novios escondidos en el camino. Tanto que se fingía santa y se convirtió en madre soltera.
Koga no podía superarla por eso.
De boca para afuera, se pasaba gritando improperios e insultándola, pero por dentro moría de ganas de volver a su lado, incluso sería capaz de aceptar al bastardo con tal de volver a tenerla.
Siempre la vigilaba, abrumado por los celos y la melancolía, y hubiere sido siempre lo mismo, salvo aquella vez que él salió para reclamarle como siempre a la salida del trabajo y de la nada, ese ingles de nariz estirada que se la robó en el pasado salió a defenderla.
En ese momento, Jakotsu y los demás lo quitaron de allí, además que los celos le nublaron el juicio, pero con el transcurrir de los días y ayudado por internet, acabó dándose cuenta que el maldito chofer no era simplemente eso.
Que ese desgraciado resultaba todo el maldito dueño de esa mansión y era dueño de un banco según Google.
Sus fotos en los buscadores confirmaron que se encontraba ante un potentado, con él que nunca podría enfrentarse de ninguna forma.
Pero también pudo tener más tiempo para razonar sobre aquella pelea, donde él defendió a Kagome.
¿Él snob sabía que Kagome tenía a su bastardo?
Si era sí ¿Por qué trabajaba de sirvienta? Se suponía que tuvieron una historia de amor intensa, de la que él fue testigo en primera fila.
No tenía sentido.
Pero todo su resentimiento le daba lugar a nuevas ideas a las que quizá podría quitarle algún provecho.
Que un millonario embarazara a su sirvienta podría ser material para esas revistas de jet set que tanto se compraban en Manhattan.
Quizá no era mala idea monetizar el dolor de su ruptura con Kagome.
CONTINUARÁ
Hermanitas, ven que ando de juiciosa para darle tinte a nuestra pequeña historia.
Quiero enviar un abrazo a PAULITA, VALENTINE HIGURASHI, LUCYP0411, NEFFER, BENANI0125, CONEJA, RUEDA9363, LILIANA NAJERA, TERECHAN19, ANNIE PEREZ, NICKY, TAISHOKAGOME787, IMAG04, MOON-FAIRYY, MACLOWD, muchas gracias por está ahí y vamos cocinando el 15.
Paola.
