Capítulo 3: Un pueblo en surgimiento y un héroe roto.

Luego de la batalla del rey de los koopas contra el noble Idol Rabier y sus caballeros, además del reencuentro de Mario con su viejo enemigo, los aldeanos de Lurolona y Eclair se encargaron de restringir la movilidad de los invasores con cabos y los juntaron en un rincón para proceder a la interrogación de los mismos.

Las muecas en las caras de los caballeros demostraban el sumo enojo y frustración que tenía gracias a los previos acontecimientos: Primero son vencidos y humillados por un asqueroso animal; y ahora se vienen a enterar de que la hija de ese malviviente amante de los semihumanos, Seaetto, sigue con vida. Y por su parte, Eclair no podría estar más contenta y aliviada de que los habitantes de Lurolona, o al menos los sobrevivientes de las olas, se encuentren en buena salud y a salvo.

La caballero se acerca hasta un atado Rabier con las manos en sus caderas y un semblante severo para iniciar con su interrogatorio:

—Así que, pretendían invadir el territorio de mi padre para capturar a sus habitantes y venderlos como esclavos, ¿uh? Estás desafiando órdenes directas de su majestad al ir en contra de sus objetivos de crear un ambiente libre y sano para los semihumanos.

—¡Cállate! —escupe Rabier—. Los únicos traidores aquí son ustedes, amantes de los semihumanos. ¿Qué no entiendes que a esos animales no se les debería conceder ni el derecho a vivir? Pero tú, y la reina no son conscientes de cuánto daño hacen esas bestias a éste país.

—¡La única bestia aquí eres tú, Rabier! —exclama Eclair—. ¿Crees que no sé acerca de tu asquerosa naturaleza? Eres un animal depravado que goza de torturar físicamente a los esclavos semihumanos que encarcelas en tu mansión, ya sean adultos o niños. Si no fuera por esa estúpida impunidad política que tienes al ser una gran pieza durante la Gran Guerra contra Siltvelt, su majestad te habría ejecutado por tus viles actos hace tiempo.

Idol deja salir una sonrisa perversa, dejando ver su verdadera naturaleza antes de responder:

—Esos sucios semihumanos deberían sentirse agradecidos de servirme con entretenimientos, en lugar de revolcarse en su inmundicia como los puercos que son.

Mario, que estaba apoyado contra un árbol cercano, niega lentamente con la cabeza, decepcionado y molesto de que exista tanta maldad dentro de una persona. En serio, se estaba empezando a plantear cuán malo es Bowser en realidad. Porque junto a estos tipos, parece un santo.

—Son un caso perdido, Eclair. No pierdas en tiempo con ellos.

—Sí, Seaetto, hazlo caso al enano de bigote ridículo —se burla Rabier.

Eclair no deja que los comentarios del sádico noble le afecten; ella es mejor que eso, y lo demuestra dándoles la espalda a los nobles y soldados capturados para caminar hasta Mario, quien al verla a acercarse recobra su postura para atenderla mejor.

—Tienes razón, es inútil tratar con esta basura —expresa Eclair, suspirando de cansancio.

—No pierdas los estribos, caballero. Lo importante es que toda la gente de este lugar está a salvo.

—Admiro tu actitud positiva, Mario-san, pero no creo que pueda sacar algo bueno de todo esto.

—¿Hm? ¿A qué te refieres? —el fontanero inclina la cabeza y levanta una ceja para demostrar sus dudas.

—Empecemos por el estado de la aldea: La mayoría de casas están destruidas, las que quedan son casi inhabitables, y no creo que las cabañas provisionales que construyeron los aldeanos sean suficientes para dar cobijo a todos —explica la caballero, enumerando con sus dedos—. Luego está el hecho de que, cuando el rey se percate de que su otra legión de soldado falló en su misión, enviará otra más grande, por lo que no sé si podamos defender la aldea y sus habitantes. Y por último está el gran semihumano que dice haber conquistado estas tierras.

—Eh, sí. Bowser puede ser poco ortodoxo algunas veces —expresa Mario, rascándose la nuca.

—No sé qué pensar, Mario-san. Es decir: Claro, él rescató a los semihumanos, pero éste territorio fue dado a mi padre por la Reina de Melromarc, así que no sé si aceptar ese hecho. Sin mencionar que no es legal adueñares de unas tierras así porque sí.

—Entiendo tu punto, pero créeme que ni siquiera la fuerza más grande en el mundo hará que Bowser cambie de idea, por lo que es mejor para todos que le sigamos el juego. Al menos los semihumanos están a salvo.

Eclair deja salir un suspiro de cansancio en rendición al argumento de Mairo, pues tenía razón: Ahora no era el momento de preocuparse por asuntos legales.

—Tienes razón, lo importante es que todos están bien —luego vuelve su atención a los soldados retenidos—. Ahora hay que pensar en qué hacer con ellos.

—Simple —dice una voz gruesa. Era Bowser, llegando desde detrás—. Los tendremos aquí.

—¿Perdón? —expresa Eclair confusa.

—Si dices que su rey envió a estos idiotas a asaltar mi nuevo territorio, entonces los retendremos para que no puedan ir a avisarle que fueron vencidos. Y si llegan a venir más soldados, usaremos a toda esta banda de escuálidos como rehenes —explica Bowser—. También podemos aprovechar y obligarlos a construir más casas y hasta una fortaleza.

—¿Hablas de… esclavizarlos? —expresa Eclair sosteniendo su barbilla—. Bueno, esclavizarlos y obligarlos a reconstruir el pueblo como castigo no me parece una mala idea, pero lamentablemente no poseemos los materiales para aplicar las runas de esclavo sobre ellos.

—¿Runas de esclavo? ¿Qué es eso? —pregunta Mario.

—Es un sello que otorga una maldición a un individuo, quitándole en su totalidad el libre albedrío al ser propiedad de aquel que realizó el ritual para empezar. Dicho sello castiga con dolor físico si el esclavo desobedece una orden del amo, además de que puede ser configurado con cualquier otra condición.

—¿Estás diciendo que, si le ponga una de esas cosas a Mario, se convertirá en mi leal súbdito y hará todo lo que le ordene, le guste o no? —pregunta Bowser, emocionado por la idea y fantaseando con miles de escenarios en donde el fontanero le trae a la Princesa Peach en bandeja de plata.

—Oye, sabes que estoy aquí, ¿verdad? —se queja el héroe con los ojos en blanco.

—Ignoraré el hecho de que abiertamente quisiste esclavizar a un Héroe Vasallo, además de informarte que los mismo son inmunes a las runas de esclavos —expresa Eclair.

—… ¡Cuernos! —escupe Bowser decepcionado, expresando después—. Como sea, de todos modos, no planeaba usar esas como se llama de esclavo para obligar a estos idiotas a trabajar para mí.

—¿Ah, no? ¿Entonces qué planeas hacer? —pregunta a Eclair.

Bowser no responde, sólo pone una sonrisa malévola mientras mira al tembloroso grupo de soldados que se preguntaban qué clase de destino les depararán.

Luego de varios días, en la aldea Lurolona, parecía que la paz había vuelto a abrazar la pequeña zona costera; pues el sol brillaba, las gaviotas graznaban, el viento soplaba, y los aldeanos colaboraban y atendían sus labores para poder llegar a recuperar el hogar que se les fue arrebatado por las Olas de Calamidad.

De entre ellos estaban también Mario y Eclair. Pero para ellos, la vista no se parecía en nada a una pacífica y agradable aldea playera:

—¡Muévete, vamos! —grita Bowser antes de pegarle un coscorrón a uno de los soldados para que continuara su trabajo, y quien también tenía, por alguna extraña razón, a una Raphtalia montada sobre su nuca, de igual forma a como cargaba a su hijo en su hogar natal.

El rey de los koopas estaba usando la fuerza bruta para obligar a los soldados a ayudar con las construcciones de las casas. Estos habían sido despojados de sus armas y armaduras, llevando consigo solamente un pedazo de tela amarrada a su cintura para ocultar sus miserias. También había varios aldeanos armados con las mismas armas que los soldados, vigilándolos para evitar que escapen.

En ese transcurso, Bowser usa su aliento de fuego sobre una especie de olla de arcilla, que tenía adentro varias armaduras y armas de metal, junto con otro tipo de rocas específicas; teniendo como resultado que todo se funda en una masa, para luego dejar enfriar y obtener material de cemento que, junto con madera y rocas que Mario y Eclair ayudaron a recolectar, los aldeanos y soldados "contratados" utilizaron para construir casas que ya tenían un aspecto más habitable y acogedor; incluso habían cimientos de una especie de torre.

—Debo concedérselo: Sus métodos son… efectivos —opina Eclair.

—Sí, hablando de justicia poética —expresa Mario, viendo cómo una pequeña niña azota a Rabier con su propio látigo para que siga trabajando.

—Pero hay algo que no deja de preocuparme —suspira la caballero.

—Oh, ¿y qué sería?

Cuando pasó a ver a Bowser, la expresión de Eclair cayó a una de severidad y preocupación, cerrando los ojos antes de preguntar:

—Dijiste que, en tu mundo, él es un rey, ¿verdad?

—Hmm, así es. ¿Qué con ello? —responde Mario sin captar el problema.

—Pues verás: Estoy preocupada de que éste sujeto, Bowser, decida comenzar una especie de guerra o conquista contra Melromarc. Digo, ya se adueñó de Lurolona; y aunque dijiste que su raza se llama "koopa", parece un semihumano, por lo que no será bien tratado aquí. Puede que él, con su fuerza y habilidades de liderazgo, logre juntar a tantos semihumanos como sea posible y comenzar un golpe de estado o algo así; y una guerra es lo último que necesitamos ahora.

Mario entendió las preocupaciones de Eclair. Era lógico que alguien saque esas conclusiones después de todas las acciones que hizo Bowser desde que pisó estas tierras. Pero aun así, Mario sabía cosas que la caballero ignoraba, lo que lo lleva a esbozar una sonrisa tranquila para inquietud de Eclair y responder:

—Tranquila, eso no pasará —responde tranquilamente.

—¿Cómo estás tan seguro? —interroga Eclair, pasando a ver al fontanero.

—Simple: Si este tonto hace algo que se pase de la raya, me encargaré personalmente de detenerlo. Es mi trabajo, después de todo —declara con seguridad, golpeándose el pecho.

—Hmm. Bueno, cuando peleaste contra él, demostraste poder dominarlo con facilidad, así que creo que puedo creer en tu declaración. Gracias —expresa Eclair, aliviada.

El fontanero después capta su atención en una niña de pelo rubio opaco, con orejas y cola, que estaba recogiendo unas flores cercanas mientras tarareaba de felicidad. Decidiéndose por satisfacer su curiosidad, Mario se acerca hasta la infante y se pone de cuclillas para preguntarle:

—Hola, pequeña. ¿Qué estás haciendo?

—¡Oh, martillo-niisan! —expresa Rifana al notar la presencia del fontanero.

—Vamos, sólo "Mario" está bien —responde de forma amigable.

—E-Está bien, Mario-niichan; estoy recogiendo flores para hacer un collar, y luego regalárselo al Héroe del Escudo —explica la niña mientras fantaseaba.

—¿El "Héroe del Escudo"? Son de esos "Héroes Cardenales" que mencionaste, ¿no? —le pregunta Mario a Eclair.

—Así es: El Héroe del Escudo en especial es admirado e idolatrado por los semihumanos —explica esta.

—Ooh, ya veo. Supongo que le espera una cálida bienvenida a ese tal Héroe del Escudo de tu parte, pequeña.

—¡Sí! Cuando lo vea, le propondré matrimonio —declara Rifana, haciendo que Mario casi caiga de cara por la descarada afirmación de la niña.

—¿N-No crees que es un poco pronto para eso, niña? —pregunta un nervioso fontanero.

—Oh, no tengo tiempo que perder. Esos soldados dijeron que el rey está invocando a los Cuatro Héroes aquí, por lo que el Héroe del Escudo vendrá tarde o temprano.

—¡¿QUÉ?! —reacciona Eclair con sorpresa y enojo.

La caballero corre rápidamente hasta uno de los soldados que estaba trabajando, agarrándolo por los hombros y preguntándole de forma histérica:

—¡¿Es verdad que el rey invocará a los cuatro héroes aquí en Melromarc?! ¡RESPONDE!

—¡S-SÍ! ¡S-Su majestad decidió invocar a los cuatro héroes aquí!

—¡Maldición!

Eclair tiró al soldado al piso y comenzó a correr desenfrenadamente hacia la salida del pueblo, siendo interceptada por Mario quien no comprendía el cambio de actitud de la caballero. ¿Tendría que ver acaso con el hecho de que invocaran a esos cuatro héroes? Pero no tienen sentido, ya que si supuestamente son los salvadores del mundo, ¿por qué sería algo malo traerlos?

—¿Qué sucede, Eclair? ¿Por qué reaccionas de esa forma?

—¡Esto es malo, Mario-san! ¡Tenemos que ir al castillo de inmediato! ¡Hay que detener al rey antes de que cometa una locura!

—¿Por qué? ¿Se trata de la invocación a esos héroes? ¿Por qué es algo malo que los invoquen si vienen a salvar el mundo?

—¡No lo entiendes, Mario-san! Se estaba planeando invocar a los héroes, sí. Pero para ello, hubo un acuerdo entre cuatro reinos: Melromarc, Zeltobe, Faubrey y Shiltvelt; para que cada reino invoque a un héroe en específico. Pero si el rey invoca a los cuatro aquí, ¡podría estallar una guerra!

Ahora esto era en serio. De verdad, ¿qué clase de rey era éste que ignora un tratado internacional y hace lo que le plaza? Ahora tenía sentido la reacción de la caballero: Nadie quiere una guerra, y menos mientras el Apocalipsis amenaza con llegar a tu mundo y destruirlo. Pero Mario lo pensó mejor por un momento, e intuyó que el plan de Eclair tal vez no sería la mejor de las ideas.

—Pero, ¿crees que te escuchará? ¿Cómo estamos seguros de que hará caso omiso a tus exigencias y te encarcele de nuevo, tal como hizo cuando intentaste detenerlo de saquear este pueblo?

—Yo… —Eclair flaqueó por un momento. Mario tenía razón: Era muy improbable que el rey la escuche, pero su convicción por sus deberes como caballero la obligaban a seguir adelante—. ¡Me da igual si me encarcela de nuevo! ¡Necesito al menos intentar detenerlo! Su majestad, la reina, está en un viaje diplomático en este momento y dejó a mi padre a cargo del reino mientras tanto, por lo que recae en mí cumplir con mi deber y cuidar de esta nación.

Por cada minuto que Mario pasaba con Eclair, más se impresionaba de la determinación de esta; comenzaba a recordarle a la Princesa Peach. Pero luego, unas ligeras semillas de duda se plantaron en la cabeza del fontanero sobre algunas cosas que su compañera había dicho: ¿La reina dejó a su padre a cargo del reino y no al rey mismo? ¿Por qué lo haría? Y luego de reflexionarlo un poco más, pensó que tal vez era porque el rey era muy incompetente en su labor; pero de ser así, ¿por qué estaba en ese cargo en primer lugar?

Mario estaba a punto de preguntar, pero fue interrumpido por un semihumano que gritaba a los cuatro vientos con emoción, haciendo que incluso a Eclair se le olvide todo el asunto de los héroes momentáneamente.

—¡Un bote, es un bote! ¡ella está de vuelta! —gritaba el aldeano que miraba por el acantilado que daba al mar.

Ante el aviso, todos los semihumanos inmediatamente detuvieron sus labores en lo que ponían caras de felicidad y emoción, para luego bajar las colinas del poblado, dirigiéndose al poblado hacia la costa y recibir al supuesto recién llegado que, teniendo en cuenta las reacciones de los pobladores, era alguien a quien le tenían mucho aprecio.

Tanto a Mario, Eclair y a Bowser con Raphtalia montada sobre él, les llamó la atención el por qué los aldeanos hacían tanta bulla por un supuesto bote que se acerca, así que también se propusieron a acompañarlos hasta la costa, no sin antes éste último dejar a los soldados amarrados y amordazados sobre una gran roca con una cuerda.

Cuando el cuarteto llegó hasta la costa, vieron acercarse a un pequeño bote pesquero que tenía como único tripulante a una mujer con cabello color azabache que cubría toda su espalda hasta juntarse en la cintura por un tocado plateado, siendo adornado sobre los laterales de su cabeza dos broches parejos de celeste y azul de forma triangular, soltando dos mechones que caían por los lados de su cara. Su piel era blanca, haciendo contraste con sus ojos azul cielo que, acompañado de sus rasgos finos, la hacían ver como una belleza deslumbrante.

Su vestimenta tampoco pasaba desapercibida, siendo esta lo que parecía un chaleco azul de tope verde y un top hecho de vendas blancas que dejaban a la vista la zona inferior de sus senos, sostenidas por dos telas azules que se cruzaban de forma lateral bajo sus brazos. Su tren inferior tampoco dejaba mucho a la imaginación, pues sólo se trataba de un taparrabo que se alargaba en la parte frontal y trasera, formando colas de tela en los respectivos lugares junto con un cinturón cuya hebilla era el símbolo de Omega al revés y algunos detalles marinos como conchas en ellas, acabando su atuendo con unas sandalias en los pies.

Pero lo más llamativo era que en ciertas zonas de sus brazos y mayoritariamente en sus piernas, su piel cambiaba de pigmentación y textura, mostrándose en su lugar una tez negra azulada y lisa que tenía cierto toque húmedo.

A primeras instancias, Mario se vio algo atraído por la belleza natural de la mujer, y su carencia casi total de ropa no ayudaba. Pero luego imaginó a la princesa Peach con una mueca de furia sosteniendo una sartén mientras todo a su alrededor ardía en llamas, y dichos pensamientos desaparecieron por completo.

—¡Sadina-neechan! —exclama Raphtalia eufórica, saltando de la espalda de Bowser y yendo corriendo para recibir a la recién llegada.

La mujer ahora conocida como Sadina encalla el bote en la arena y luego se baja de éste, sólo para ser casi tumbada por un abrazo de Raphtalia que se aferraba a ella como si fuera su madre.

—Vaya, vaya~. Pequeña Raphtalia, ¿tanto me extrañaste?

Pero Sadina paró con su actitud juguetona y tranquila cuando escuchó un par de olisqueos y sintió que el pequeño cuerpo Raphtalia estaba temblando. También pasó a ver al grupo de aldeanos reunidos, notando también un ambiente pesado y triste alrededor de todos ellos.

Tomando una actitud maternal, Sadina se agacha hasta la sollozante Raphtalia y la despega de su cuerpo, viendo en el acto sus cristalinos ojos y expresión amarga antes de preguntarle de forma seria pero suave al mismo tiempo:

—Pequeña Raphtalia, ¿qué sucedió?

Luego de intentar sin éxito componerse un par de veces, la chica mapache finalmente logra estabilizar su mandíbula para responder a la pregunta de la mujer cetáceo entre olisqueos de su nariz:

—E-Estaba… —relata con dificultad—. Estaba conversando con Rifana-chan, cuando de pronto el cielo se puso rojo y empezaron a llover muchos monstruos aterradores. Destruyeron nuestra casa, quemaron nuestros cultivos… M-Mamá, P-Papá…. ¡Wuaaaaaaaaah!

La niña no logra sopórtalo más, y al revivir todos esos traumatizantes y deprimentes recuerdos, finalmente cae de rodillas y rompe a llorar, provocando que la empatía golpee a los demás aldeanos reunidos y también a derramen unas cuantas lágrimas.

Sadina estaba ahí parada en estado de shock. ¿Una Ola? Era imposible para ella, lo hubiera notado; o tal vez estaba tan lejos en altamar que ni siquiera se percató de ello. Sintió como un nudo se formaba en su estómago al pensar en lo que tuvieron que pasar todos los aldeanos; algunos incluso perdiendo la vida, lo que llevó a intuir a la semihumana que los pobladores presentes, eran todos los sobrevivientes. Y a raíz de esa conclusión, y por la forma en la que Raphtalia había nombrado a su padre y a su madre, no tardó en intuir que habían pasado a mejor vida.

S-Su majestad —susurra Sanida para sí misma con frustración y tristeza, mordiéndose el labio para evitar colapsar igual que Raphtalia—. Fui una tonta, le fallé.

Luego, la mujer cetácea se traga todos esos pensamientos en un instante, pues no era hora de mostrar debilidad frente a una aldea que la necesitaba ahora más que nunca.

Lo primero que hizo fue abrazar aún más fuerte a Raphtalia, permitiendo que esta tenga un hombro en qué apoyarse mientras seguía dejando salir todos esos sentimientos que había estado guardando por hacerse la fuerte frente a sus amigos.

—Tranquila, pequeña Raphtalia, ya esto aquí —consuela Sadina.

Mientras aún abrazaba a la pequeña niña, Sadina gira su vista por todo el grupo, notando para su sorpresa a dos individuos desconocidos cuya presencia no había logrado captar, a pesar de lo distintivos que le parecieron estas personas a la semihumana: Un hombre bestia tortuga que extrañamente tenía cabello y púas, un hombre bajo que vestía unas ropas extrañas y una mujer que se le hacía conocida.

Por su parte, Mario y Bowser tenían curiosidad por la recién llegada: Tal parecía que era conocida y muy apreciada por todos los aldeanos debido a la forma en la que vinieron a recibirla. Bowser en especial estaba alerta por si acaso ésta mujer con cola resultaba ser el anterior gobernante del poblado e intentaría reclamarlo de nuevo, cosa que el koopa no dejaría pasar.

Cuando Raphtalia finalmente se calma, Sadina la mira para preguntarle quiénes eran esas personas, a lo que la chica reacciona entusiasmándose de nuevo y jalando a Sadina hasta estar frente a los dos hombres que se tensaron ante la presencia de la mujer.

—Sadina-neechan, estos son Bowser-sama y Martillo-niichan...

—Mamamía~ —suspira Mario para sí mismo, cansado de que le digan "martillo" en lugar de llamarlo por su nombre, además de esos extraños sufijos que le ponen tanto a Bowser como a él, que le recordaban al idioma japonés.

—Bowser-sama es muy fuerte —continúa—. Él detuvo a un grupo de soldados que trataron de esclavizarnos, y luego venció a otro grupo mucho más grande de soldados que tenían el mismo objetivo él solito.

—¡¿Qué?! ¡¿Cómo que trataron de esclavizarte?! —exclama Sadina conmocionada.

Ahora esto era preocupante: Primero, una Ola que destroza la aldea y mata a la mayoría de sus habitantes; ¿Y luego unos soldados que vienen a esclavizarnos? Ahora se sentía más enojada consigo misma por abandonar la aldea a su suerte pero, ¿qué no era este un terreno seguro para semihumanos? Tal vez algo le había pasado al gobernante de la misma y por eso quedó vulnerable. Pero Sadina sacudió esos pensamientos, porque al final, todos los sobrevivientes están aparentemente bien y a salvo, por lo que no tiene más sentido preocuparse por el pasado.

A la semihumana cetáceo de pronto le llamó la atención el hombre bestia tortuga que supuestamente logró derrotar a una legión de soldados él sólo, lo que la llevó a preguntarse en qué nivel estaría y de dónde había salido, pues su raza no se parecía en nada a las tortugas convencionales que conocía.

—Así que, usted salvo a todos estos aldeanos —se dirige Sadina a Bowser, inclinándose ligeramente en una reverencia—. Tiene mi más sincero agradecimiento, no sé qué habría pasado si no hubiera estado aquí.

Bowser se relajó un poco al ver que la mujer no buscaba pelea y en lugar de eso, le estaba agradeciendo. Usualmente, el koopa era más despreocupado y hasta arrogante, pero no podía evitar estar alerta junto a la mujer, pues presentía que ella ocultaba un gran poder detrás de esa sonrisa tranquila.

—Uh, sí como sea —expresa el koopa, retomando su actitud habitual—. Pero no te confundas, mujer con cola: Salvé a esos débiles semihumanos para reclamar este territorio en compensación por sus vidas, por lo qué, ésta aldea ahora es mía.

Por un momento, Sadina mostró una cara seria, lo que tensó al rey de los koopas y le hizo ponerse alerta al esperar el inicio de una batalla por estas tierras. Pero luego y para su sorpresa, la mujer mostró otra vez esa sonrisa tranquila, como si estuviera perfectamente bien con eso.

—Ya veo. Entonces no me queda más que pedir que cuide bien de nosotros, pequeño Bowser.

¿En serio esa mujer le había dicho "pequeño"? ¡¿Cómo se atrevía?! Quiso encararla por ello, pero una gran parte del koopa le seguía diciendo que no era buena idea, por lo que sólo resopló y giró la cabeza, resignado a quedarse con ese humillante prefijo.

—Por cierto, pequeño Bowser —expresa Sadina, provocando un tic en la ceja de Bowser y haciendo que Mario se burle—. Me intriga saber que usted derrotó a un grupo de soldados sin ayuda. Si no es mucho atrevimiento, ¿le importaría decirme qué nivel es usted?

—¿Ni… vel? —cita Bowser, ladeando la cabeza y arqueando una ceja—. No tengo idea de lo que hablas.

Ahora la confusa era Sadina: ¿En serio no sabía nada acerca de niveles?

—Sí, su nivel. ¿En serio no sabe qué es? —pregunta Sanida.

—¡¿Estás intentando tomarme por tonto, mujer?!

—Oh, no, no, no, pequeño Bowser; lo que pasa es que me extraña que no sepa educación tan básica, es todo.

—Eso se debe a que tanto él como Mario-san, son personas de otro mundo —interviene Eclair.

—¡¿De verdad?! Entonces, ¿son acaso los legendarios Héroes Cardenales? —pregunta Sadina, atónita.

—Vasallos, en realidad —explica la caballero—. Por alguna razón, fueron traídos aquí como el Héroe del Martillo y de la Garra respectivamente.

Luego de esa declaración, Sadina analiza tanto a Mario como a Bowser, notando las Armas Vasallas que estos portaban, las cuales no había llegado a notar con anterioridad.

—Vaya, ahora tiene un poco más de sentido que haya logrado vencer a tantos caballeros usted sólo. Verá: el nivel es una característica que indica el rango de poder en una persona, y este siempre va de acorde con sus estadísticas, las cuales —intuyendo que tampoco sabe muy bien cómo funcionan—, son los rasgos de combate que te definen —explica Sadina.

Antes su explicación, tanto Mario como Bowser abrieron sus paneles para datar sus niveles, descubriendo ambos que estaban en nivel 1.

—Yo soy nivel 1 —declara Bowser.

—Igual aquí, agrega Mario.

Eclair y Sadina quedaron estupefactas cuando el par de guerreros dijo sus niveles. No encontraban lógica en cómo uno simples "nivel 1" fueron capaces de vencer a un grupo de caballeros, los cuales fácilmente estaban rondando el nivel 20 en promedio.

—B-Bueno, eso sólo me demuestra la deficiente calidad en cuanto a soldados que tenemos —se queja Eclair.

—¿Y tú qué nivel eres, Eclair? —pregunta Mario, curioso.

—Solía ser nivel 45, pero cuando me encarcelaron, reiniciaron mi nivel de vuelta al 1 —expresa con pesar.

—Vaya, eso es una lástima.

—Sí, bueno, me lamentaré otro día. Por ahora, necesito ir al castillo para detener al rey. Mario-san, por favor, acompáñame; puede que con un Héroe Vasallo a mi lado tenga mayor influencia y…

—Eso no servirá, puesto que los cuatro héroes ya fueron invocados —declara una voz nueva que nadie reconoció.

Exaltados por la nueva voz que se presentó, el grupo voltea en dirección a la misma y encuentra a persona de complexión femenina, tapada totalmente por una túnica y capucha azul oscuro, acompañada de una máscara blanca con ojos negros delineados.

—¡Uh! ¿Y tú qué? ¿De dónde saliste? —pregunta Bowser con la guardia en alto, alterado de que la mujer haya salido de la aparente nada.

—U-Usted es… —murmura Eclair, antes de ser detenida por la mujer.

—No tienen que preocuparse por quién soy, por ahora. Lo importante es que necesitan dirigirse hacia el Reloj de Arena de los Dragones para enlazarlo con sus Armas Vasallas, héroes —ordena.

—Espere un momento, ¿qué quiere decir con eso de que los héroes ya fueron invocados? —pregunta Eclair, preocupada.

—Como lo escuchó, caballero Seatto: Los héroes fueron invocados hace un par de días…

Eclair deja salir un suspiro de preocupación por la noticia, además de que, secretamente escuchando, estaba la niña Rifana, con un atisbo de emoción e ilusión plantando en su corazón.

—Pero, lamentablemente y como se temía, el rey hizo todo lo posible para arruinarle la estadía al Héroe del Escudo: Despreciándolo, haciéndolo a un lado, faltándole el respeto y hasta confabuló junto con la primera princesa para acusarlo falsamente de violación. Por ende, los tres héroes restantes lo discriminan y todo el reino está en su contra.

Todos quedaron el shock por la declaración de la mujer encapuchada; bueno, todos excepto Bowser, a él no le importaba. Rifana, desde su oculta posición, puso una sombría mirada de tristeza en lo que llevaba la mano a su pecho; no era capaz de imaginarse por lo que estaba pasando su noble caballero.

—Oh, vaya. Pobre sujeto —opina Mario, quien luego de pensarlo por un momento, pregunta—. Espera, ¿cómo es que sabes que era una acusación falsa?

—Yo estuve vigilándolo y siguiéndole la pista prácticamente desde que llegó a éste mundo —declara como si nada.

—¡Entonces, ¿por qué no lo ayudas o simplemente le diste algo de apoyo?! Mama mía, ni siquiera puedo imaginar por lo que está pasando —exclama el fontanero.

—Lo lamento, Héroe del Martillo, pero si no son órdenes directas de su majestad, la reina, se me prohíbe actuar de una forma u otra —informa la encapuchada.

—Yo... entiendo —resopla Mario, con un suspiro de derrota, hasta que de pronto, se le ocurre una idea que lo motiva de golpe—. En ese caso, ¡iré a buscarlo para ayudarlo! De todas formas, necesito ir a ese tal Reloj de Arena de los Dragones, ¿no?

—Eso... de hecho suena como una buena idea, Mario-san. Si podemos encontrar al Héroe del escudo y ayudarlo, probablemente podamos evitar un futuro conflicto contra Siltvelt ya que, si se llegan a enterar de la forma en la que trata el reino a su dios, una guerra sería inevitable —expresa Eclair.

—¡Pues, andando! Bowser, supongo que también debes de venir con nosotros, ya que tienes un Arma Vasalla después de todo —sugiere Mario.

—¡Bah! El asunto de ese tal escudo no es problema mío, así que me quedo aquí —responde el koopa.

—Hmm~. Supongo que este viaje será demasiado para ti. No te preocupes, entiendo que tengas algo de miedo en explorar —expresa Mario en tono desafiante.

—¡¿QUÉ HAS DICHOOOO?! —grita Bowser, escupiendo fuego por la boca—. ¡Yo no soy ningún miedoso! ¡Haré que te tragues tus palabras, bigotudo! ¡Oye tú, mujer con cola!

—¿Sí, pequeño Bowser~? —responde Sadina ante el llamado.

—¡Quedas a cargo mientras no estoy! ¡Asegúrate de que todos trabajen, en especial los prisioneros! —ordena con severidad.

—¡Claro, con gusto lo haré~!

—¡Eso espero! ¡Ahora: Bigotón, mujer de pelo rosa; andando! —demanda Bowser, apuntando a Mario y Eclair y comenzando a caminar.

—Espere, Héroe Bowser-san. No podemos sólo ir caminando, tardaremos días —advierte Eclair.

—¿Qué sugieres, entonces? —interroga Bowser.

—Hmmm~ —expresa Mario pensativo, cuando de pronto se cruza en su mirada uno de los carruajes que trajeron los caballeros, en donde también estaban amarrados esos tipo lagarto gigante—. ¡Lo tengo~!

Y así, todos usaron ese carruaje para dirigirse hasta la capital. Desafortunadamente para Bowser, él no cabía dentro de la cabina, por lo que tenía que ir sentando en unos tablones que se encontraban en la parte de afuera.

Durante el viaje, Mario comenzó a contarle tranquilamente a Eclair sobre el mundo del que venía, tanto del Reino Champiñón como de su hogar en Brooklyn-New York, además de sus innumerables aventuras y batallas contra Bowser, y otros seres que amenazaban contra el Reino Champiñón.

—¡Wow! ¿En serio luchaste contra seres morados en forma champiñón que venían de otro mundo a invadir el reino? —expresa Eclair, impresionada.

—Sí, pero eso no es lo más impactante, sino que luché junto a ellos junto a mi hermano Luigi, además de nuestras versiones bebés.

—¿Huh? ¿Cómo es eso? —cuestiona Eclair, confusa.

—Pues verás: Resulta que esos seres invadieron el reino en el pasado, del tiempo en cuando éramos —mi hermano y yo—, bebés. Así que, un científico llamado "Profesor E. Gad", creó una máquina del tiempo en donde pudimos ir a ese tiempo y enfrentar a esos seres junto a nuestras versiones bebés.

—Yo... creo que lo entiendo; y eso solamente me intriga aún más. Creo que no exagero al decir que, eres una persona totalmente interesante, Mario-san. Ya me hago una idea del por qué el Martillo Vasallo te escogió.

—Jeje, bueno, no soy sólo yo. Tengo personas que me cuidan las espaldas y me ayudan a salir adelante: Como la princesa Peach, los toads y, sobre todo, mi hermano Luigi —expresa con cierto toque de nostalgia.

—Hablas mucho de él, debes de quererlo mucho.

—¡Pues claro! Más allá de ser mi hermano, somos compañeros, un equipo. Y a pesar de que a veces prefiera quedarse en casa en lugar de salir de aventura, siempre puedo contar con él para todo.

—Eso es... increíble, Mario-san. Yo podría decir lo mismo que mi padre, pero…

Eclair, aunque trató de esconderlo, puso una cara melancólica al recordar a su difunto padre. Mario logró llegar a notarlo, así que puso una mano sobre el hombro de la caballero para darle un poco de consuelo, diciendo empático:

—Hey, no te preocupes. Estoy seguro de que tu padre está orgulloso de ti, y está cuidándote desde donde sea que se encuentre.

—Gracias, Mario-san. Tus palabras de apoyo son un gran consuelo —expresa, con una sonrisa sincera.

—No hay de qué, estoy aquí para ayudar.

—Y bueno. Háblame de esa tal Princesa Peach.

—Oh, ella. Pues, ¿qué puedo decir? Es una líder nada: diligente, compasiva y gentil; delicada, fina y cortés. Pero también puede llegar a ser muy ruda y determinada cuando la situación lo amerita.

—Vaya, hablas muy bien de ella. Disculparás mi atrevimiento, pero… ¿es tu pareja acaso?

Ante la pregunta, Mario procede a rascarse la nuca mientras desviaba la mirada de dejaba salir un sonido de incomodidad.

—Bueno… seeh, pero no. O sea… es complicado

—Jé, ya veo —expresa Eclair entre risas.

De un momento a otro, la carroza hace un movimiento brusco y el par que estaba dentro de la cabina se extraña al escuchar un agudo quejido de dolor proveniente desde detrás de unas cajas.

Mario y Eclair se miran entre sí, compartiendo el sentimiento de duda, para luego levantarse y mover las cajas, sólo para encontrar a aquella niña demihumana rubia escondida de cuclillas entre las cajas.

—Ho-Hola —saluda la niña, nerviosa por haber sido descubierta

—Parece que tenemos un polizón —opina Mario con una sonrisa.

—Pequeña, ¿qué haces aquí? ¡Esto no es ningún juego, nos dirigimos a un lugar peligroso! —regaña Eclair.

—Oye, yo te recuerdo —declara Mario de repente—: Eres la niña que hacía la corona de flores. Sí, esa que dijo que quería casar… ¡Ay, no!

Mario se palmea la cara, y Eclair arruga más el ceño al oír y adivinar a lo que Mario se refería.

—Niña, entiendo que tal vez estés emocionada por conocer al Héroe del Escudo, ya que es un dios para tu pueblo después de todo. Pero a donde vamos es un lugar hostil donde fácilmente te puede capturar y vender como esclava, y no puedo permitir que te pongas en riesgo por una fantasía infantil.

—¡No estoy aquí por ninguna fantasía infantil! —salta Rifana de repente, sorprendiendo a Mario y Eclair, y haciendo que Bowser mire de reojo desde atrás por curiosidad—. ¡El Héroe del Escudo fue incriminado y despreciado por todos! ¡Debe de sentirse sólo y triste! Yo… quiero ayudarlo. ¡No puedo permitir que pase por tan terribles cosas!

—B-Bueno, está bien, eso creo —expresa Mario, anonadado por las palabras de la niña.

Eclair por su parte deja salir un suspiro de exasperación antes de decir:

—Qué más da. Ya vamos a más de mitad de camino de todas formas, y sería un desperdicio de tiempo regresar sólo para dejarte —y pone una cara más severa y una voz firme—. Escúchame bien: No te vas a separar de nosotros, vas a hacer lo que te digamos sin desobedecer, ¿entendido?

—¡S-Sí! —responde Rifana determinada.

Caminando entre las ajetreadas calles de la capital de Melromarc, y siendo víctima de miles de miradas de disgusto y desprecio, un joven se abría paso entre todos los comerciantes y transeúntes: Su capa verde ondeaba con el viento, a la par que ocultaba la mayor parte de su ser. Su cabello, negro y corto, lograba cubrir sus ojos, no dejando ver nada más que una ensombrecida zona que hacía contraste con su blanca piel.

A paso rápido, el joven parecía estarse dirigiendo hacia la salida del poblando, mientras decía para sí mismo en sus pensamientos:

—(¡Maldición! ¡¿Con qué cara ese sujeto intentó estafarme?! Bueno, al menos logré que me vendiera esas pieles de globo a precio normal. Lo siguiente será ir a recolectar plantas y así usar mi Escudo Hoja para mejorar su calidad y vendérselas al herborista).

Mientras pensaba, el joven se choca de repente contra una persona, la cual no pudo deslumbrar de buenas a primeras, ya que tuvo que bajar la vista para poder ver contra quién tropezó: Era un hombre bajito, de piel blanca y bigote que, para extrañeza y sorpresa de él, vestía un overol, camisa y botas. Pero no le dio muchas vueltas al asunto y sólo se limitó a decir:

—Fíjate.

Con voz molesta y apagada.

Mario estaba a punto de disculparse con el extraño, pero al ver que éste simplemente siguió su camino como si nada, decidió mejor pasar de ello.

—¡Mario-san! —se escuchó la voz de Eclair provenir de entre el gentío.

La caballero caminaba sostenida de la mano con Rifana y usando una capa con capucha marrón para no ser reconocida, junto con Bowser que no hacía más de llamar la atención y atraer miradas de desprecio, que eran repelidas cuando el koopa les regresaba un semblante intimidante.

—Oh, lo siento, me perdí entre la multitud —se disculpa Mario—. ¿Y dónde está ese reloj de arena?

—Está en la Iglesia de los Tres Héroes. Vengan, síganme —indica Eclair, comenzando a caminar con los héroes siguiendo su paso.

—¿Iglesia de los Tres Héroes? Ese sin duda es un nombre extraño. ¿A qué se debe? —cuestiona Mario.

—Bueno, aquí en Melromarc, los héroes de la lanza, arco y espada son vistos como dioses, en especial el de la lanza; por ende, la iglesia recibe ese nombre: Porque los idolatra a los tres.

—E intuyo, por descarte, que el escudo es el antagonista de esta religión —supone Mario, ganándose un asentimiento de cabeza de Eclair y provocando que Rifana deje salir un bufido de enojo.

Llegados hasta la iglesia, Eclair les da indicaciones a Mario y Bowser de lo que deben de hacer, decidiendo ella por quedarse afuera con Rifana para evitar llamar la atención.

Mientras Mario entra a la iglesia, es recibido por dos monjas que le dan la bienvenida y lo dejan pasar, pero luego al ver que Bowser se acerca, se ponen en medio para impedirle el paso.

—Los semihumanos no-

Pero son interrumpidas ya que el koopa sólo pasó de largo, empujándolas y provocando que caigan al piso inevitablemente por su tamaño y fuerza.

El dúo caminaba por la iglesia, volteando de un lado a otro para observar la arquitectura de la misma, hasta que llegan a un gran salón en donde estaba un gran reloj de arena con muchos ornamentos y decoraciones que se movían y giraban. Y cuando se acercaron al mismo, dos rayos de luz salieron disparado desde el reloj hacia las gemas en las armas del dúo, para que luego aparezca en su visión una leyenda junto con un temporizador:

«Tiempo restante hasta la siguiente Ola:

MES; DIA; HOR; MIN; SEG

01; 03; 19; 22; 30».

—Hmm. Así que tenemos un poco más de un mes para prepararnos para esa "Ola" —opina Mario, pensativo.

—¡Bah! No entiendo para qué tanto tiempo. Es mejor que esa Ola venga de una vez, para así poder derrotarla y poder ir a casa —se queja Bowser.

—No creo que sea buena idea subestimar esa Ola, grandulón. Por cómo todo el mundo habla de ella, y el hecho de que nos den tanto tiempo de preparación, debe de significar que es algo grande —advierte Mario.

—¡Pff, como sea!

Antes de que el par pudiera seguir hablando, apareció de repente otra leyenda en sus campos de visión:

«Viaje rápido del Reloj de Arena de los Dragones: Desbloqueado. Ahora se puede regresar de forma instantánea desde cualquier lugar hasta este punto. Cantidad máxima de tres veces al día, con hasta dos acompañantes»

—¿Eso significa que podremos teletransportarnos aquí desde cualquier lugar, y podremos traer a gente con nosotros? ¡Eso es genial! Pero es una lástima que no funcione a la inversa, así podríamos regresar a Lurolona de inmediato.

Luego de aquello, Mario y Bowser regresaron con Eclair y Rifana, preguntando la caballero si habían logrado su cometido, y recibiendo una respuesta positiva en el acto.

—Bien, supongo que ahora toca buscar al héroe del escudo. Pero, ¿por dónde empezar? Ni siquiera sabemos cómo se ve; debimos pedirle a esa Sombra una descripción —expresa Eclair.

—Hmm, esperen un momento —dice Mario, con una idea en mente.

El fontanero se separa del grupo, acercándose hasta un comerciante cualquiera y preguntado:

—Disculpe, buen hombre; lamento molestarlo pero, ¿de casualidad ha visto a usted al Héroe del Escudo?

—¿El Héroe del Escudo? No entiendo por qué querrían ver a ese criminal abusador, pero si lo buscan, creo que lo vi entrar a esa tienda de allá —indica el comerciante, señalando una tienda que tenía un letrero con una espada y un escudo.

—¡Muchas gracias! —dice Mario, dedicándole un gesto con su gorra el hombre y volviendo con el grupo.

—¿Te dijo algo? —pregunta Eclair.

—Sí, dijo que lo vio entrar en esa tienda de allá. Vamos, puede que lo encontremos.

—No entiendo por qué estamos siguiéndole la pista a ese tonto —suspira Bowser, agotado.

—¡No es un tonto! —salta Rifana, haciendo un puchero.

Una vez en la tienda, Eclair la reconoce como una herrería, detalle que tanto Mario como Bowser no pudieron destacar al desconocer la gramática de esta tierra.

El grupo entra a la tienda con Bowser al final, quien a primeras no cabía por la puerta, pero lo solucionó de inmediato empujándose hacia dentro y llevándose buena parte de la entrada consigo.

—Ugh, sabía que debí haber hecho una entrada más grande —se queja el encargado, expresando después—. ¡Bienvenidos a mi tienda, La Herrería de Erhard! ¿Cómo puedo servirles?

El encargado era un hombre alto, de apariencia mayor con piel morena claro, ojos grises, barba pronunciada que compensaba la total falta de cabello en su cabeza. También tenía cicatrices como de cortes en algunas partes de su cuerpo, y vestía camisa y pantalón y un delantal.

—Esto... lo lamento, pero no venimos a comprar —declara Eclair, un poco apenada por ese hecho, y también porque Bowser destruyó la entrada—. Sólo queremos saber si está aquí el Héroe del Escudo.

—¿El Héroe del Escudo? ¿Y para qué? —cuestiona Erhard.

—Nosotros, uugh… —balbucea Mario, siendo ayudado por Rifana.

—¡Queremos unirnos a su equipo! —exclama determinada—. Nosotros no creemos los terribles rumores que hay sobre él, y debe de estar sólo y triste. ¡Queremos ayudarlo!

Erhard vio a través de las palabras de la niña, y descubrió que no mentía. También vio a través de los sujetos que la acompañaban y, bajo su experiencia, descubrió que eran buenas personas; bueno, el grandulón tal vez no tanto.

—Hmm, bueno: Estuvo aquí, sí, pero ya no está —responde el herrero.

—¿Mencionó a dónde iba? —pregunta Mario.

—Tal vez, tal vez no. Si me compran algo, podría decírselos —expresa Erhard con una sonrisa juguetona.

El grupo se miró entre sí, encogiéndose de hombros y resignándose a que tendrán que comprarle algo a este herrero si es que querían información del Héroe del Escudo.

Mario, Eclair y Rifana se pusieron a curiosear por la tienda para ver si encontraban algo de su agrado, y Bowser simplemente se arrecostó contra un mostrados, totalmente desinteresado por cualquier artículo que vendan aquí. Y por lo mismo, el herrero se acerca hasta él.

—¿Nada que le llame la atención, tortuga-san?

—¡Bah! Yo uso los puños para pelear, y tampoco uso armadura; no me interesa nada de esta basura.

—Hmm. Bueno, si no le interesa nada de lo que se muestra aquí, ¿tal vez le interese algún pedido personalizado? Soy bastante competente como herrero así que, sea lo que pida, le aseguro que obtendrá un resultado mejor de lo que espera.

Eso de inmediato captó la intención de Bowser, quien rápidamente levantó las manos y le mostró sus brazaletes de púas, preguntando:

—¿Puedes hacer cosas así?

—¡Por supuesto! Incluso, aparte de subir estadísticas, puedo hacer que tengan algún efecto mágico. Le saldrá en 100 monedas de plata un set completo.

Bowser busca desde algún lugar detrás de su caparazón y saca una moneda de oro, luciendo decepcionado.

—¡Cuernos! Sólo tengo una moneda —se queja el koopa, pero el herrero no parecía para nada molesto.

—¡Oh! ¿Pagará con oro? ¡Muy bien! Aunque esta moneda es más grande de lo usual, además de que los sellos no se me hacen conocidos. ¿De qué reino es? —pregunta, curioso.

—Uuuh. De por ahí —responde Bowser, evitándose así tener que dar una larga explicación.

—No queriendo revelar información, ¿eh? Está bien, lo tendré listo en dos días —expresa Erhard, aceptando la moneda y pasando a ver al resto—. ¿Y qué hay de ustedes?

—Llevaré esto —declara Mario, portando una capa amarilla que le quedaba, convenientemente, a la perfección.

El fontanero había avistado varios martillos con los que pudo hacerse con la habilidad de copiado del arma, pero declinó esa idea al pensar que eso podría afectar el negocio de este buen hombre.

—¡Buena elección! Esa capa es ligera y aumenta mucho la defensa y agilidad. Serán 50 monedas de plata —avisa Erhard.

Eclair por su parte escogió una nueva espada y Rifana, sorpresivamente, estaba haciendo esfuerzos garrafales por intentar levantar un hacha de combate.

—¡Wow, wow, pequeña! —exclama Erhard, quitándole el hacha y poniéndola en el mostrador—. Esto es muy grande y pesado para ti, ¿qué tal si en su lugar comienzas con esto…?

Y le da un par de hachas tomahawk duales, las cuales recibe con alegría.

—¡Espera, espera, espera! —salta Mario de inmediato—. ¿De verdad vamos a darle un arma a una niña?

—Bueno, para ser franco, mi primera espada la obtuve a su edad, más o menos —declara Eclair.

—¡¿De verdad?! —exclama Mario, incrédulo.

—Sí, no es nada raro que uno empiece su entrenamiento desde niño —expresa la caballero.

—Y-Ya veo. ¿Y tú, Rifana, estás bien con esto? —le pregunta Mario a la semihumana.

—¡S-Sí! SI voy a ser útil para el Héroe del Escudo, debo aprender a pelear —declara la niña, decidida.

—Ugh, mamamía~ —suspira Mario en derrota.

—Serán 160 monedas de plata por todos, señor —le dice Erhard a Mario.

Ya con más conocimiento acerca del sistema monetario de este reino gracias a Eclair, Mario busca de entre sus ropas y saca dos monedas de oro, que luego se las tiende al herrero.

—Guarde el cambio —avisa el fontanero.

—¡Wow! Ustedes sí que traen oro, ¿son nobles acaso? —pregunta el herrero impresionado.

—Nada de eso, sólo gente trabajadora —explica Mario—. Pero bueno, paisano, ¿no tienes algo qué decirnos?

—¡Oh, claro! Pues la ubicación exacta de dónde podría estar, no la sé; ya que tiende a vagar de aquí para allá. Pero puedo decirles que frecuenta un restaurante y una posada a unas cuadras de aquí. Tal vez lo encuentren ahí.

Con un agradecimiento —por parte de todos menos Bowser, el grupo sale de la tienda, siguiendo las indicaciones del herrero y dirigiéndose hacia la posada, teniendo nula suerte al no haber encontrado al Héroe del Escudo ahí.

—Hmm, rayos. Supongo que ahora toca buscar en aquel restaurante —dice Mario, quien luego nota la opaca oscuridad que se hizo presente en el ambiente—. O tal vez sería mejor quedarnos aquí hasta el amanecer, ya que se está haciendo muy tarde.

—¡Ni hablar! Mientras más rápido encontremos a ese sujeto, más rápido podré volver a mi aldea. ¡Andando! —ordena Bowser, siendo seguido por el grupo.

—Así que, si quieres que nos unamos a tu equipo, deberás de pagarnos una cuota, además de todo lo que obtengamos de los trabajas, ¿qué dices? —le sugiere un hombre de apariencia hostil junto a otros dos, al joven de capa verde y cabello negro.

—Yo digo que puedes irte al carajo —escupe el joven, levantándose de la mesa en donde estaba sentando y saliendo del local.

Lamentablemente, el trío de sujetos era insistente, por lo que siguieron al joven hasta atraparlo sólo en un callejón oscuro.

—Ya les dije que no me interesa que se unan a mi grupo —dice el joven.

—Oh, vamos. ¿No crees que te vendrían bien unos compañeros, eh? —expresa otro de ellos.

El joven suelta un suspiro de exasperación antes de voltearse y decirle a los sujetos con vos firme.

—Está bien, pero las ganancias se repartirán en base a la contribución al equipo, además de que yo me llevaré una tajada mayor a ustedes

—¡Ja, ja! ¿Qué? Creo que no estás entendiendo el mensaje, chico —expresa burlón el hombre, antes de sacar una navaja y apuntarla amenazadoramente al muchacho—. Danos todo lo que tienes.

—No estoy de humor para sus tonterías, ¡váyanse! —ordena el joven.

—¡Pff! ¿Y qué harás? Después de todo, no puedes atacar.

Uno de los ladrones se lanza contra el joven con cuchillo en mano, quien esquiva el ataque haciéndose a un lado, para luego sacar algo desde detrás de su capa y arrojárselo a su atacante.

—¡¿Qué dem-?! ¡Aaaaargh! —agoniza el ladrón cuando vio que, en su pierda derecha, había una especie de globo naranja con mirada enojada y dientes puntiagudos, mordiendo su extremidad con ferocidad.

Los otros dos asaltantes dieron un paso atrás, temerosos e intrigados por lo que su víctima había hecho.

—¡Maldición! ¿Trae globos consigo? Psicópata —opina otro de ellos, antes de sacar otra navaja y correr hacia él.

El joven levanta su brazo para, de alguna forma, defenderse de ese ataque, cuando de pronto siente que es tomado por los brazos desde atrás.

Se trataba del sujeto al que le lanzó el globo, quien había logrado liberarse de alguna forma y ahora estaba sosteniendo al joven con una llave, quien luchaba y se retorcía para liberarse.

—¡Bien hecho! Ahora, sujétalo mientras lo registro —celebra el otro ladrón, mientras comenzaba a buscar entre los ropajes del joven, quien se quejaba y gruñía de frustración y enojo.

Afortunadamente para él, una firme y autoritaria voz femenina se hace presente:

—¡¿Qué crees que están haciendo?! ¡Dejen a ese joven en paz, bandidos!

Sorprendidos por la reciente intervención, tanto los ladrones como el joven giran la vista y logran deslumbrar, de entre la oscuridad, a una mujer de cabello rosa que portaba armadura y usa espada. Y los ladrones, tragaron saliva y dieron temerosos un paso hacia atrás al reconocerla de inmediato.

—¡Maldición, es Seaetto! —expresa uno de los ladrones.

—¿Qué no estaba en prisión? —cuestiona el otro.

—¿Eso qué importa? ¡Hay que salir de aquí! —avisa el primero.

—¿Bromeas? Esta tipa es buscada por la ley; si la llevamos, tal vez nos den una jugosa recompensa —sugiere el tercero.

—P-Pero es Seaetto; barrerá el piso con nosotros —objeta nervioso.

—No seas tonto, a los prisioneros se le restaura al nivel 1. Ahora mismo, es una debilucha, ¡y te lo demostraré!

El ladrón toma carrera con arma en mano hasta Eclair, quien nunca abandona su postura y con porte y elegancia, desenvaina su espada y rechaza el ataque de su contrincante con suma facilidad.

El ladrón tropieza y cae al suelo de trasero, sin procesar muy bien lo que acaba de pasar.

—Puede que mi nivel ahora sea el más bajo, pero mi habilidad sigue siendo incomparable —resalta la caballero, orgullosa.

El ladrón que tenía agarrado al joven de pronto lo suelta, y junto con su compañero, cargan contra la caballero, quien no se inmutó ni un poco por el devenir de los criminales.

Con una muestra muy impactante de habilidad, Eclair controla muy fácilmente a los dos ladrones; no tuvo problemas con mantenerlos a raya, incluso cuando el tercero se había incorporado y se había unido a sus ataques.

La caballero intercepta un tajo de la navaja del primer ladrón, empujándolo con éxito justo a tiempo para esquivar otro ataque del segundo, usando después una patada para marcar distancia entre él y ella, y finalmente interceptando un tajo del último y comenzando un forcejeo.

Pero en un acto de juego sucio —y con una puntería increíble—, el ladrón echa un escupitajo justo en el ojo de la caballero, quien flaquea hacia atrás con un quejo mientras intentaba desesperadamente limpiar la suciedad de su ojo, y dejando un enorme espacio abierto para que el ladrón pueda atacar.

Antes de que pudiera hacerle cualquier cosa, el ladrón de pronto siente cómo algo metálico se chocha ferozmente contra su costado, sacando en el acto todo el aire de su cuerpo y convirtiendo cuatro de sus costillas en ocho.

El ladrón cruza el callejón de un lado al otro, chocando contra la pared y quedando noqueado. Sus compañeros miran con incredulidad cómo un hombrecito bigotón con un pequeño martillo metálico apareció aparentemente de la nada y dejó fuera de combate a su compañero.

—Tal parece que la de jugar limpio no se la saben, ¿eh? —expresa el fontanero.

Los dos ladrones restantes estaban a punto de lanzarse al ataque, pero luego se les quitaron las ganas cuando, junto con fuertes pisadas, ven salir también de las sombras a un enorme semihumano tortuga con cuernos y melena, y a una niña que se escondía detrás de él.

La tortuga les dedica una mirada asesina a los ladrones quienes, muertos de miedo, toman a su compañero noqueado y salen huyendo del lugar con torpes pasos.

—¿Estás bien? —le pregunta Mario a Eclair, quien ya parecía haber terminado de limpiar su ojo.

—S-Sí. No debí confiarme y bajar, me tomaron por sorpresa —expresa con un cierto tono de decepción.

Mario escucha un pequeño gruñido, lo que lo hace girar la vista y observar al chico que estaba siendo asaltado tirado en el suelo.

El fontanero se hacer hasta él y le tiende la mano, sólo para ser rechazada de un manotazo por parte de joven.

—No necesitaba su ayuda —escupe el joven despectivamente.

Pero en lo que intentaba levantarse, su capa se aparte un poco gracias al movimiento, en donde Mario puedo notar un pequeño escudo metálico en el brazo derecho del joven, que tenía una distintiva gema color verde incrustada.

Juntando dos y dos, el fontanero levanta las cejas por las sorpresas y dice la voz alta:

—¿Acaso eres… el Héroe del Escudo?

Ante la pregunta del hombre, el Héroe chista la lengua y responde con amargura:

—¿Y qué con ello? ¿Van a intentar robarme y estafarme también?

—No, para nada. Escucha, nosotros-

—¡No me interesa nada de lo que tengan que decir! —interrumpe el joven a Mario.

El joven comenzó a caminar lejos del grupo, y Mario, Eclair y Rifana estaban a punto de seguirle l pista, pero se detuvieron en seco cuando Bowser habló.

—¡Bah, menudo perdedor!

El comentario de Bowser dejó a los otros sin palabras e hizo que la sangre del malhumorado héroe comenzara a hervir.

—¿Qué? —interroga el joven, mirando a Bowser de reojo.

—Eso que está ahí no es un héroe, sólo es un llorón patético que no es capaz de superar los obstáculos que tiene en frente.

—¡Tsk! ¡¿Y tú qué sabes?! —exclama el joven, volteando hacia Bowser—. ¡No me conoces! ¡No tienes ni idea de lo que he pasado ni lo que he hecho para superarlo! ¡Así que mejor cierra tu maldita boca y métete en tus propios asuntos!

—¿Uh? ¡¿Quién te crees para hablarme así, pequeñín?! Sólo digo lo que veo: En mi reino, hasta el goomba más débil y patético tiene más coraje que tú, niño. Vine a esta tonta cuidad a buscan a un supuesto héroe legendario, y sólo encuentro a un mocoso que vive lamentándose por lo que le pasó.

El joven tenía suficiente, no iba a dejar que este hombre tortuga siga menospreciándolo.

Llevando su mano a su capa, el joven saca más de esos globos con dientes y se los avienta a Bowser, quien usa sus garras para reventarlos fácilmente. Luego, los ojos tanto de él como los del joven se encuentran, cada uno mirándose con fuego en los ojos; cuando de pronto, Bowser aspira profundamente y deja salir una potente llamarada hacia el joven con la potencia de un enorme soplete. El joven abre los ojos con sorpresa justo antes de poner su escudo en frente y recibir la llamarada.

Luego de un rato, Bowser pierde el aliento y sus llamas se apagan, sólo para ver al joven con su escudo en frente e ileso de quemaduras.

Bowser no pudo evitar quedar sorprendido por este suceso, al igual que Mario; pues éste último conocía de primera mano las llamas de su rival, y sabía que no eran broma.

—¡Tks! ¿Eso es todo lo que tienes? Tal parece que no soy el único patético aquí —se burla Naofumi, dando media vuelta y comenzando a irse de nuevo. Cuando de pronto, siente que su capa es jalada, observando al bajar la vista a una niña rubia con oreja y cola de animal, que lo miraba compasivamente—. ¿Y tú qué, niña?

—Yo… ¡Quiero unirme a tu grupo! —declara la niña.

El joven quedó viendo a la infante por un segundo, para luego chistar la lengua de coraje y jalar su capa para que así, la niña la suelte y pueda continuar son su caminar.

Pero la joven era terca, no se rindió en su sometido y tomó la capa del joven de nuevo, quien ya harto de la insistencia de la chica, tiró con más fuerza, provocando que caiga de espalda con un quejido de dolor.

—No necesito compañeros, ¡piérdete! ¡Todos ustedes! —ordena el joven.

Determinada, Rifana se levanta de nuevo y sujeta otra vez al joven, ésta vez aferrándose a su pierna como un koala a las ramas de un árbol.

—¡Suéltame, niña! ¡Ya te dije que no necesito compañeros! —exclama el héroe, sacudiendo su pierna para hacer que la niña se suelte.

Mario y Eclair estaban a punto de intervenir para apartar a Rifana del sujeto, pues se veía que realmente no estaba interesado en obtener ayuda. Cuando de pronto, Rifana habló:

—¡Yo sé que eres inocente, sé que los rumores sobre ti son falsos! —declara, haciendo que Naofumi quede sin palabras y detenga su forcejeo—. Yo… estuve a punto de ser vendida como esclava; estaba asustada, desesperada y preocupada. Si Bowser-sama no nos hubiera salvado, no sé qué hubiera sido de mí. Pero ahora tuve la oportunidad de conocerte: El Héroe del Escudo; el que vela por los semihumanos. Yo… quiero evitar que te sientas sólo; acompañarte y serte de ayuda. Así sea sólo para cargar tu equipaje, pero, ¡déjame ir contigo!

El joven se quedó mirando a la pequeña chica semihumano por un momento, analizando sus palabras y su tono para encontrar segundas intenciones. No permitiría que alguien lo apuñale por la espalda, no de nuevo. Él sabía que darle su confianza a alguien podría salirle caro, y no estaba dispuesto a sufrir una traición otra vez.

—Yo… no puedo confiar en nadie —murmura, girando la vista.

—Entonces… ¡hazme tu esclava! —declara, sorprendiendo a Mario, Eclair y hasta a Bowser.

—R-Rifana-san, eso… —balbucea Eclair, aún es shock por lo que acaba de decir la niña.

—¿Qué? ¿De qué hablas, niña? —cuestiona el joven.

—L-Los esclavos tienen una maldición que les impide desobedecer a su amo, siendo castigados con dolor físico o hasta la muestre —explica Eclair—. ¡Pero no puedo permitir que-!

—De acuerdo —dice Naofumi, interrumpiendo a Eclair y sorprendiendo a los demás—. Pero déjame decirte que no voy a velar por ti de ningún modo. Pero más vale que me seas útil, sino, no dudaré en desecharte.

Ante lo dicho, Rinafa responde con un asentimiento de cabeza y un ceño determinado. Por su parte, Mario pone una cara seria al escuchar la declaración del joven, debido a que no pudo evitar preocuparse por la pequeña niña.

—¿Y en dónde obtengo esa maldición de esclavo? —pregunta el joven en voz alta.

—¡Jo, jo! Tal vez yo pueda ayudar con eso, sí señor —habla una voz nueva que sonaba nasal y maliciosa.

Todo el grupo gira su vistan en dirección de la voz, de done ven surgir de entre las sombras a un hombrecillo un poco más bajo que Mario, vistiendo un traje elegante morado con sombrero de copa y lentes redondos.

—Puedo proporcionarle una marca de esclavo a esa muchachita por un pequeño precio, sí señor.

Eclair arruga ligeramente la vista al identificar al hombre, demostrando que, de una u otra forma, lo conocía.

—Bien, ¡andando! —ordena el héroe, comenzando a caminar hacia el hombre con Rifana siguiéndole la pista.

—¡Más vale que sepas lo que estás haciendo, chico! —advierte Mario, severamente.

Conociendo a su rival, Bowser sabía que el fontanero hablaba con un tonto totalmente serio aquí, por lo que será mejor para el chico que cumpla con su orden.

El chico sólo se detuvo por un momento y miró de reojo a Mario, para luego continuar su camino como si nada.

—Umm, esto… ¿C-Cuál es su nombre, héroe? —pregunta Rifana de forma tímida.

—… Iwatani Naofumi —responde.

El grupo sigue al hombrecillo en silencio, llegando hasta una carpa de circo apartada de la ciudad, siendo recibidos al entrar por un olor desagradable y luego, por un paisaje deprimente y desconcertante, oponiéndose a todo concepto de lo que llamarías "humano": Jaulas, muchas de ellas albergando distintos tipos de seres, algunos con forma humanoide incluída.

Mario no podía creer lo que estaba viendo: Jamás había sido testigo de tanta maldad junta en un solo lugar; y Bowser, aunque no lo demostrara, por dentro se sentía más o menos igual.

Eclair por su parte sólo frunció el ceño aún más cuando el hombrecillo se presentó como un traficante de esclavos, confirmando sus sospechas.

—Por aquí, señorita —indica el esclavista a Rifana, para que se siente en un taburete mientras él se retira a algún lugar.

—Rifana, aún puedes retractarte de esto —dice Mario, intentando convencer a la niña.

—Si ella quiere volverse mi esclava, entonces es cosa suya —expresa Naofumi, ganándose una mirada desaprobatoria por parte de Mario.

—¡Ugh! Así que aquí se escondía este tipo —opina Eclair de la nada.

—¿Lo conoces? —pregunta Mario.

—Sí: Beloukas, un traficante de esclavos y vendedor de monstruos —explica la caballero.

—Yo… la verdad no sé qué pensar —expresa Mario—. Tengo ganas de romper todas estas jaulas y liberar a todas estas personas.

—Si haces eso, es muy probable que tú termines encarcelado. Como ya se dijo: La esclavitud aquí es legal, y ante los ojos de la ley, estarás destruyendo un negocio legítimo.

Mario resopló, enojado, sintiéndose una vez más impotente por no poder ayudar a estas personas. Cuando al levantar la vista, se fija en una caja llena de lo que parecían ser huevos de ave, sino la presencia de uno en específico.

Lo reconocería donde fuera: Grande, blanco y con lunares azules esparcidos por todo el cascarón. No tenía ni idea de cómo había llegado hasta aquí, pero ciertamente parece ser que esa extraña luz que los transportó hasta este mundo tuvo que ver. Frente a él, destacando entre los otros huevos de ave en esa caja, se encontraba un huevo de Yoshi.

Un segundo después, Beloukas regresó cargando una bandeja con varios elementos en sí, que luego posa sobre una mesa y comienza con el ritual de esclavitud, diciéndole a Naofumi que vierta sangre en un líquido, para luego pintar una especie de marca en el pecho de Rifana, quien había desabotonado su vestido lo suficiente como para que un poco de su pecho sea visible.

El líquido se fundió en la carne de la niña, provocando que gima de intenso dolor para que luego una especie de marca adornara el pecho de la semihumana, como un tatuaje.

—Bien, ya está, sí señor —informa Beloukas—. Serán 6 monedas de plata, sí señor.

Naofumi saca una bolsa de donde deja caer varias monedas y se las tiende al esclavista, dando por finalizado el ritual de esclavitud.

—¿Cuánto por esto? —pregunta Mario de repente, sosteniendo el huevo de lunares en sus manos.

—¡Jo, jo! Ese es un huevo que encontré mientras buscaba huevos de filolials, ya que una extraña luz apareció, y cuando busqué el origen de la misma, encontré ese huevo, sí señor...

Eso confirma las sospechas de Mario: El huevo había sido traído aquí de la misma forma que él y Bowser.

—…Y viendo que parece estar muy interesado en él —continúa Beloukas—. Se lo dejaré en diez monedas de oro.

Eclair casi salta por el exorbitante precio por un solo huevo, pero paró en seco cuando vio a Mario sacar diez monedas y pagar como si nada.

—(Maldición, sólo me quedan unas veinte monedas más) —se queja Mario en su mente.

—¡Jo,jo! ¡Excelente, sí señor! Entonces, procederé a ponerle una marca de esclavo, sí señor.

—No será necesario —expresa Mario—. Me lo llevo así como así.

—Bueno, en tal caso, ¡un placer hacer negocios como usted, sí señor!

—¿Por qué compraste ese huevo? —le pregunta Eclair, acercándose a Mario.

—Ya lo verás —responde con una sonrisa.

Bowser miró a su rival, descubriendo al huevo de yoshi que tenía en sus manos y dejando salir un fuerte gruñido.

—(Genial, ahora también tengo que soportar a otro de esas apestosas lagartijas) —se queja en su mente.

Con los negocios terminados, todos salen de la tienda de Beloukas, en donde Rifana de despide rápidamente de los héroes y, a pesar de su inconformidad con este asunto, le sigue la pista al héroe del escudo, desapareciendo entre el bosque, y dejando a nuestros héroes expectantes del futuro que le depare a la niña.

Fin del capítulo.