—¿Estuvo bien hacer eso? —preguntó Grover, algo nervioso, mientras se alejaba junto al rubio.

—¿Hm? — Boruto tarareó, mirándolo de reojo, caminando con la calma de un soldado experimentado. Su armadura negra samurái daba pequeños rebotes con cada paso, absorbiendo la luz a su alrededor y emitiendo un leve murmullo metálico, como un eco lejano de antiguas batallas.

—La diplomacia no siempre funciona con ese tipo de personas —añadió con voz baja—. Y si es como me contaste, una hija de la guerra, de un dios deshonroso, entonces solo entenderá a través de la violencia. No porque deba ser así, sino porque es lo único que respeta.

El sátiro tragó saliva, manteniendo el silencio. El rubio parecía un guerrero experimentado, sino alguien que había visto más de lo que cualquier campista podría imaginar.

—Sin embargo, fui suave —continuó después de una breve pausa —. Ninguno de los campistas aquí ha visto los horrores de una verdadera guerra. Y ojalá siga así, porque cuando los conozcan, querrán huir de este mundo.

Grover lo observó con admiración y una pizca de temor. Había algo en su tono que transmitía una sabiduría y una tristeza que aún faltaba desvelar. A pesar de la calma con la que se movía, había una seriedad en sus palabras que no podía ser ignorada.

A lo lejos, desde una colina cercana, Quirón observaba la escena junto a un hombre con una lata de Coca-Cola en la mano, quien sonreía con una expresión de satisfacción.

—Me cae bien —comentó el hombre, tomando otro sorbo—. Sabe cómo imponer orden sin arruinar la diversión.

Quirón arqueó una ceja, una leve sonrisa juguetona en su rostro.

—¿Lo dices porque se enfrentó a una aspirante a héroe?

El otro soltó una risa suave, girando la lata antes de responder:

—Digamos que sabe poner a alguien en su lugar cuando lo merece. No todos pueden enfrentarse a alguien así y salir caminando tan tranquilo. Me recuerda a alguien de hace mucho tiempo.

El centauro asintió lentamente, pensativo.

—Ese chico lleva una carga que pocos en este campamento podrían comprender. No es solo un guerrero. Hay algo más en él, una especie de equilibrio entre luz y oscuridad. Solo espero que encuentre el camino hacia la paz, y no hacia la misma guerra de la que habla.

Su acompañante se encogió de hombros, con su habitual aire despreocupado.

—No es asunto nuestro lo que decida hacer. Mientras no me moleste, yo seguiré disfrutando de mi tranquilidad.

Ambos continuaron observando mientras el joven y Grover se alejaban, inmersos en su conversación. Aunque el campamento volvía poco a poco a su actividad normal, nadie ignoraba lo que acababa de suceder. Para algunos, el nuevo campista seguía siendo un misterio; para otros, una fuerza desconocida. Pero para todos, había quedado claro que no era alguien a quien subestimar.

—¿Sabes? No te lo dije porque fuera una emergencia —murmuró el hombre mientras daba otro sorbo a su lata—, pero hubo una reunión reciente. Padre mencionó que había llegado alguien capaz de usar los dominios de los dioses... sin sufrir ninguna consecuencia.

Quirón se detuvo, su semblante se endureció al procesar la noticia. Era raro ver a Dionisio, el siempre despreocupado dios del vino, abordando un tema con tanta seriedad.

—¿Cómo puede el señor Zeus estar tan seguro de eso? —preguntó el centauro, con un tono de preocupación en su voz.

—No lo está del todo —respondió Dionisio con una ligera sonrisa irónica—. Solo dijo que era posible. Que ese ser tenía un poder... similar al de la madre tierra.

El silencio cayó entre los dos, cargado de una tensión palpable. El viento soplaba suavemente entre los árboles, pero la calma del paisaje no hacía más que contrastar con el peso de lo que acababan de discutir.

Quirón frunció el ceño, sus ojos clavados en el rubio que se alejaba con Grover. Había algo en ese chico que era diferente, algo que lo apartaba de los demás campistas, pero hasta ahora no había podido precisar qué era. Si lo que Dionisio decía era cierto, entonces las cosas podían volverse mucho más complicadas.

—Si de verdad puede usar los dominios de los dioses... —comenzó el centauro, su voz más baja—, eso no es algo que se pueda tomar a la ligera. Las consecuencias de que alguien con ese tipo de poder camine libre por este mundo... podrían ser devastadoras.

Dionisio simplemente se encogió de hombros, sin perder su aire despreocupado.

—Ya veremos, Quirón. Ya veremos. De momento, no parece que haya causado ningún desastre. Y mientras no interfiera con mi tranquilidad, no me preocupa demasiado.

El centauro lo miró con escepticismo, pero no dijo nada. Sabía que Dionisio rara vez se tomaba algo en serio hasta que era demasiado tarde. Pero Quirón no podía dejar de pensar en lo que se había dicho. Si realmente había alguien con poder similar al de Gaia, la misma madre tierra... entonces estaban ante algo que los dioses no habían visto en milenios.

—Espero que estés equivocado —dijo Quirón al fin, en voz baja—. Por el bien de todos.

Dionisio soltó una pequeña risa, levantando su lata como si brindara.

—Por el bien de todos —repitió, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Y con eso, los dos siguieron observando en silencio, mientras Boruto se alejaba, sin saber aún que las miradas de los dioses ya estaban sobre él.

En lo profundo de un bosque denso y antiguo, las hojas crujían bajo los pasos silenciosos de un grupo de jóvenes cazadoras. Al frente, Artemisa lideraba, la diosa con sus ojos plateados brillando como la luna en una noche despejada. Tras ella, su grupo de cazadoras seguía con un respeto solemne, cada una de ellas alerta y preparada, como siempre lo estaban cuando se trataba de una misión en la que su diosa encabezaba la marcha.

Zoe Nightshade, la lugarteniente de Artemisa, caminaba con el arco tensado, sus ojos oscuros escudriñando los alrededores, siempre enfocada en proteger a su diosa. Ella era una cazadora seria, de pocas palabras, que rara vez se permitía relajarse. Al frente, Artemisa se detuvo un momento, inclinándose para examinar el rastro que estaban siguiendo.

—Esto es extraño —murmuró la diosa, sus ojos lunares entrecerrándose mientras inspeccionaba los detalles invisibles que solo ella podía percibir—. Este rastro nos lleva hacia el campamento mestizo... pero no es completamente humano.

Zoe dio un paso adelante, su ceño fruncido, sin soltar su arco.

—¿Un semidiós, mi señora? —preguntó, sus palabras llenas de formalidad y devoción. Aunque a veces desafiaba a otros, nunca osaría hacerlo con Artemisa.

La diosa negó con la cabeza, con una seriedad inusual. Incluso para alguien tan enigmático como Artemisa, esto era desconcertante.

—No. No es un semidiós, ni una criatura que hayamos encontrado antes. Hay algo... familiar, pero erróneo —dijo, con el tono firme y autoritario que siempre mostraba frente a sus cazadoras, pero ahora mezclado con una pizca de curiosidad.

Phoebe, una de las cazadoras más jóvenes y siempre impaciente, interrumpió con entusiasmo, a pesar de la tensión en el aire.

—¿Podría ser algún monstruo raro? ¡Tal vez uno de los que no conocemos aún! —dijo, tratando de mostrar emoción, aunque sabía que su ligereza no siempre era bien recibida.

Zoe la fulminó con la mirada, un gesto que rápidamente hizo que Phoebe retrocediera y se callara, no queriendo enfrentar la reprimenda de su superior.

—Sea lo que sea, mantened la seriedad. Esto no es un juego, Phoebe —dijo Zoe con una severidad que no dejaba lugar a discusión.

—Sí, Zoe —respondió la joven, algo avergonzada pero aún curiosa.

Artemisa, que parecía ignorar el intercambio entre sus cazadoras, caminaba lentamente, analizando el aire. El rastro seguía difuminado, pero lo suficientemente claro para ella.

—Es parecido a mí... y a mi hermano gemelo —dijo Artemisa, en voz baja, lo suficiente para que Zoe y las demás la oyeran.

Las cazadoras intercambiaron miradas. La mención de Apolo hizo que la atmósfera se volviera aún más tensa. Cualquier cosa que pudiera asemejarse a los dioses gemelos sin ser uno de ellos era motivo de preocupación. Después de todo, los dominios del sol y la luna no eran cosas con las que jugar.

Zoe, que siempre había sido la más prudente, dio un paso adelante, sus ojos oscuros buscando la aprobación de su diosa.

—Mi señora, si esto está vinculado con los dominios de su familia... tal vez deberíamos enviar una advertencia al campamento. Si hay peligro, estarán desprevenidos —sugirió, con la firmeza de quien conocía los riesgos.

Artemisa asintió, pero no del todo convencida.

—Podría ser, pero primero debemos entender qué es lo que estamos enfrentando. Sea lo que sea, su presencia no es natural. Y lo sabremos pronto, pues está más cerca de lo que parece —respondió, volviendo a liderar la marcha.

Las cazadoras ajustaron sus armas, más concentradas que antes. Sabían que no debían subestimar lo que estaba por venir. Y si el rastro se dirigía al campamento mestizo, entonces quizá algo más grande de lo que imaginaban estaba en marcha.

—Ahora que lo recuerdo —añadió Artemisa, deteniéndose un momento para contemplar el rastro—, padre mencionó que alguien había caído cerca de aquí. Alguien capaz de usar los dominios de los dioses sin consecuencias. Quizás se trate de ese individuo.

Las cazadoras, que rara vez mostraban miedo ante una amenaza, intercambiaron miradas de preocupación. La posibilidad de que alguien pudiera manejar los poderes divinos sin pagar un precio era inquietante, incluso para ellas.

Zoe frunció el ceño, aún manteniendo su arco preparado.

—¿Alguien capaz de usar los poderes de los dioses...? Eso suena imposible, mi señora —dijo suavemente, pero la duda se reflejaba en su rostro.

—Nada es imposible cuando se trata de los dioses, Zoe —replicó Artemisa, con un tono tranquilo—. Especialmente si es algo que tiene la bendición o la ira de la madre tierra. Ese poder no es uno con el que jugar.

Phoebe, siempre curiosa, intentó interrumpir de nuevo, aunque esta vez con más cautela.

—¿Podría ser un aliado? ¿O algo... peor? —preguntó, intentando sonar más prudente, pero no pudo esconder el nerviosismo en su voz.

Artemisa no respondió de inmediato, como si sopesara las posibilidades. Aunque su expresión seguía siendo serena, era claro que estaba preocupada por lo que podrían encontrarse.

—Sea lo que sea —respondió finalmente—, debemos estar preparadas para cualquier eventualidad. Si es el individuo del que habló mi padre, entonces puede ser mucho más peligroso de lo que creemos. Y si está cerca del campamento mestizo, debemos asegurarnos de que no cause ningún daño.

Zoe asintió, su rostro endurecido por la responsabilidad. A su señal, las cazadoras se prepararon en completo silencio, ajustando sus arcos y afilando sus flechas, listas para enfrentar lo que fuera necesario.

—Avancemos —ordenó Artemisa—. Manténganse alerta. Esto no será un simple rastreo.

Con la luna brillando a lo lejos y el rastro cada vez más claro, el grupo se adentró aún más en el corazón del bosque.

Pasaron solo unos minutos antes de que las cazadoras se detuvieran de nuevo. Una de las jóvenes, con su agudo sentido del olfato, percibió el rastro que buscaban. Zoe se adelantó y notó algo peculiar en un árbol cercano. Este no solo era más grande que los demás a su alrededor, sino que parecía... vivo, más de lo que debería estar.

La corteza del árbol vibraba de manera casi imperceptible, como si algo dentro de él respirara junto con la tierra. Su tamaño no era lo único que lo diferenciaba. La luz de la luna que caía sobre el árbol no lo iluminaba igual que a los demás, sino que parecía absorberla, como si la luna misma lo reconociera.

Zoe frunció el ceño, sintiendo un escalofrío recorrer su columna. Sus instintos, pulidos por siglos de cacería, le advertían que ese lugar no era normal.

Miró de reojo a su señora, quien ya había notado la anomalía. Artemisa observaba el árbol con una expresión pensativa. No había sorpresa en su rostro, solo una calma calculada, el reflejo de una diosa milenaria que había visto todo tipo de maravillas y horrores.

—Aquí es donde comienza su rastro —murmuró la deidad, sus ojos plateados fijos en la corteza del árbol.

Las cazadoras formaron un semicírculo alrededor del lugar, sin atreverse a bajar la guardia. Phoebe, siempre curiosa, dio un paso adelante, pero Zoe la detuvo con un gesto severo.

—Espera —dijo Zoe en un susurro—. Algo no está bien aquí.

Artemisa se acercó lentamente, tocando suavemente la corteza del árbol. El simple contacto de su mano hizo que el tronco vibrara de manera más evidente, como si el árbol reaccionara a la presencia de la diosa. Algo antiguo, algo poderoso, estaba aquí.

—Este ser... —murmuró Artemisa, cerrando los ojos por un instante—. Es antiguo, más allá de la comprensión mortal. Este árbol es un guardián.

Zoe entrecerró los ojos, entendiendo de inmediato lo que implicaba. Si el árbol era un guardián, entonces lo que estaban buscando podía ser más peligroso de lo que habían pensado.

—Mi señora, ¿podría ser este individuo del que habló tu padre? —preguntó Zoe, sus ojos nunca abandonando el árbol.

Artemisa asintió lentamente.

—Es probable —respondió en voz baja—. Si este ser es capaz de usar los dominios de los dioses, su rastro no solo es físico. Está vinculado a la tierra, a la naturaleza misma.

El viento sopló suavemente entre las hojas, y las cazadoras sintieron cómo el aire se volvía más denso, como si el bosque entero estuviera al tanto de su presencia. Artemisa retiró su mano del árbol, y el temblor se detuvo, pero la sensación de vida persistió en el ambiente.

—Sigamos —dijo Artemisa finalmente—. Estamos cerca, pero debemos estar preparadas. Esto no es algo que se deba tomar a la ligera.

Las cazadoras asintieron en silencio, con los arcos listos y las miradas enfocadas. El bosque parecía volverse más oscuro a medida que avanzaban, pero ninguna de ellas mostró miedo. Estaban cazando, y el peligro que enfrentaban no era más que otro obstáculo en su camino. Pero en el fondo, todas sabían que esto era distinto.

Cerca del grupo, entre los matorrales, un pequeño zorro se ocultaba, observando con atención a las cazadoras. Su pelaje oscuro apenas se distinguía entre las sombras, pero sus ojos, de un rojo carmesí intenso, brillaban con una curiosidad inquietante, casi demoníaca. Inmóvil, mantenía su mirada fija en ellas, como si estuviera estudiando cada uno de sus movimientos.

Las cazadoras, lideradas por Artemisa, avanzaban con cautela. Zoe, siempre alerta, fue la primera en notar que algo no estaba bien. Su mirada se clavó en un arbusto cercano, sus sentidos agudizados por siglos de experiencia.

—Mi señora —susurró, su mano posándose sobre el arco—, algo nos está vigilando.

Artemisa no necesitó más que un breve vistazo. Su conexión con la naturaleza era tan profunda que podía sentir hasta el más leve cambio en el aire. Sus ojos plateados, tan fríos y brillantes como la luna, se posaron sobre el arbusto.

—Sal —dijo con una voz suave pero imponente. No era una orden cargada de amenaza, pero tampoco dejaba lugar a la desobediencia.

Por un momento, todo quedó en silencio. Luego, de entre las hojas, emergió el zorro. Su pelaje relucía a la luz de la luna, y sus ojos, rojos como la sangre, brillaban con una inteligencia que no pertenecía a una simple criatura del bosque. Caminó con la calma y el descaro de alguien que sabía que no corría peligro. Se sentó frente a ellas, la cola enroscada a su alrededor, observando a Artemisa con la misma intensidad con la que ella lo miraba.

Zoe, con el ceño fruncido, tensó los dedos en el arco, lista para actuar en cualquier momento.

—¿Es solo un zorro? —murmuró Phoebe, quien observaba al animal con una mezcla de escepticismo y precaución.

El silencio de Artemisa ante la pregunta fue respuesta suficiente. Sus ojos seguían fijos en el zorro, analizando cada uno de sus movimientos, cada uno de sus gestos. La diosa no necesitaba palabras para entender que lo que tenían frente a ellas no era una criatura cualquiera. El leve destello en sus ojos delataba algo más antiguo, algo mucho más oscuro.

—Nos sigue —dijo Artemisa finalmente, rompiendo el silencio con una voz tranquila. Sus palabras no eran una simple observación; eran una certeza, como si ya supiera lo que iba a ocurrir.

El zorro inclinó ligeramente la cabeza, como si la entendiera. Sus ojos demoníacos, en lugar de estar llenos de miedo o agresión, destellaban con algo parecido a la diversión. Sin moverse, parecía aceptar el papel que le habían asignado.

Zoe, con una ligera mueca de desconfianza, entrecerró los ojos mientras observaba al animal.

—¿Qué hacemos con él, mi señora?

Artemisa no respondió de inmediato. Sus ojos plateados, siempre observadores, se suavizaron por un breve instante mientras su mirada se posaba una vez más en el zorro. Luego, con un leve gesto de su mano, señaló hacia el sendero.

—Nos seguirá —dijo finalmente, sin dar más explicaciones.

El zorro no necesitó más indicaciones. Sin un solo sonido, se levantó y comenzó a caminar detrás del grupo, manteniendo una distancia prudente. A pesar de su aparente calma, había algo en la forma en que se movía, en cómo sus ojos seguían brillando en la oscuridad, que indicaba que no era simplemente un espectador.

El bosque parecía contener el aliento. El rastro que habían seguido hasta ahora se volvía más incierto con cada paso, y la presencia del zorro solo añadía una capa más de intriga a su misión. Las cazadoras, aunque tensas, no perdieron el ritmo, avanzando con la certeza de que lo que les esperaba más adelante no era un encuentro ordinario.

Mientras caminaban, la luz de la luna proyectaba sombras extrañas entre los árboles, y el zorro, siempre unos pasos detrás de ellas, se movía como si formara parte de la misma oscuridad que las rodeaba.

Naomi, una de las cazadoras, apretó el arco contra su pecho, sus ojos centelleando con duda mientras mantenía la vista fija en el zorro que los seguía. Su respiración era apenas audible, pero su desconfianza se sentía en el aire.

—¿Por qué lo deja que nos siga, mi señora? —murmuró, incapaz de contener más la inquietud—. Su aura... es malvada, despreciable... Tan parecida a la de los demonios.

Artemisa no apartó la mirada del camino frente a ellas, pero sus labios se curvaron en una leve sonrisa. La joven cazadora tenía un buen instinto. Era natural, dado el poder de la criatura que las seguía en silencio, pero también había algo más.

—Es por su rastro —respondió la diosa en un susurro que se mezcló con el viento entre los árboles—. Huele similar que nuestro objetivo.

Naomi frunció el ceño, sus ojos claros como el agua de un río buscando la respuesta en el rostro de Artemisa, pero la deidad se limitó a mirar de reojo a su joven cazadora, con la expresión tranquila y misteriosa que solía tener cuando ya sabía mucho más de lo que revelaba.

—¿Similar? —preguntó la joven, un leve escalofrío recorriéndole la espalda al mirar de nuevo al zorro, que los seguía de cerca pero sin acercarse demasiado.

—No solo similar —corrigió Artemisa, sus ojos de luna brillando en la penumbra—. Él lleva una energía muy parecida a la madre tierra. A Gaia.

El silencio que siguió fue denso, casi sofocante. Naomi tragó saliva, las palabras de su señora cayendo sobre ella como un peso que no esperaba cargar. Zoe, más experimentada y siempre cautelosa, observaba a la diosa con un entendimiento silencioso.

El zorro, aún con sus ojos demoníacos fijos en ellas, parecía completamente ajeno a la conversación. Pero había algo en su quietud, en la forma en que su cola oscilaba lentamente, que sugería lo contrario.

—Entonces... —murmuró Naomi, la voz temblando solo un poco—, ¿él es parte de esto?

Artemisa no respondió de inmediato, pero sus ojos brillaron, y en ellos se reflejaba la luna con una intensidad casi etérea.

—No lo sabemos aún —dijo, su voz era un eco suave, casi como si hablara con el bosque mismo—. Pero sí sé que nuestro camino y el suyo están entrelazados, de una forma que aún no entendemos.

Artemisa se detuvo de pronto, sus ojos plateados escudriñando el entorno. El viento susurraba entre las ramas de los árboles, pero el silencio que siguió a sus palabras hizo que todo pareciera contener la respiración. Las hojas crujían levemente bajo sus pies, pero el suelo se sentía distinto, como si algo en su esencia estuviera oculto, esperando ser desvelado.

—Este bosque... —murmuró la diosa, más para sí misma que para sus cazadoras—. Pertenece a una energía antigua, tan antigua que incluso mi dominio siente su presencia, como un eco lejano.

Naomi y Zoe intercambiaron miradas rápidas. No se atrevían a interrumpir, pero sus cuerpos tensos revelaban la creciente inquietud que sentían ante la declaración de su señora.

—No fue creado por madre tierra —continuó Artemisa, su voz flotando en el aire como una brisa fría—. Es algo distinto. Más antiguo de lo que parece. No obedece a las reglas naturales de este mundo.

La diosa dejó que sus dedos rozaran el tronco de uno de los árboles, su corteza tan áspera y vieja que parecía llevar siglos guardando secretos inconfesables. Pero había algo más que simple antigüedad. Un poder antiguo dormía bajo la superficie, un poder que escapaba incluso a su comprensión total.

—Me pregunto quién lo hizo —musitó con una mezcla de curiosidad y cautela, sus ojos resplandeciendo bajo la luz de la luna.

Naomi, aún desconfiada del pequeño zorro de ojos carmesí que seguía a su grupo, no pudo evitar observarlo de nuevo. Había algo en la manera en que se movía, en la quietud depredadora que lo rodeaba, que parecía encajar de manera extraña con el aire del bosque.

—¿Crees que tiene que ver con él? —susurró Zoe, apenas moviendo los labios, sin apartar los ojos del animal.

Artemisa no respondió de inmediato. Su mirada seguía recorriendo el bosque, como si buscara desentrañar un enigma oculto.

—Quizá —dijo al final, su tono enigmático—. Este lugar... no es solo antiguo. Está vinculado a fuerzas que ni siquiera los dioses conocen por completo.

Recomiendo comentar, así estoy al tanto de lo que piensan, buenas noches.