Phoebe, que había decidido explorar más a fondo, se detuvo abruptamente entre los árboles, sus ojos brillando con asombro. Lo que tenía ante ella era algo que no esperaba. Un templo se alzaba a lo lejos, cubierto de musgo y raíces, pero tan imponente como si hubiera existido desde los albores del mundo. Las columnas eran robustas, talladas con una precisión imposible, pero lo que realmente la dejó sin aliento fue la sensación que emanaba de las piedras. Había algo inmensamente antiguo en ese lugar, algo que incluso hacía que el aire a su alrededor se sintiera denso, cargado de emociones que desconocía.
Los símbolos en las paredes del templo la hicieron fruncir el ceño. Eran formas que no había visto antes, espirales intrincadas que parecían moverse, casi respirar, a medida que sus ojos seguían los patrones. Parecían girar hacia dentro, como un remolino que absorbía todo a su alrededor. Se sintió atraída de inmediato, como si esos símbolos la llamaran a resolver algún enigma oculto en las piedras.
—¡Miren lo que encontré! —exclamó, su voz agitada por la emoción y la sorpresa.
Zoe y Naomi corrieron hacia ella, seguidas de Artemisa, cuyos ojos se estrecharon al ver lo que Phoebe había descubierto. La diosa avanzó con cautela, su expresión tensa y alerta, mientras sus cazadoras miraban el templo con mezcla de asombro y aprensión.
—¿Qué es este lugar? —murmuró Naomi, su mano rozando instintivamente su arco.
Zoe, siempre la más sensata de las cazadoras, observó los símbolos con desconfianza. Aunque no entendía su significado, podía sentir que aquellos grabados ocultaban algo peligroso. Algo que no debería estar allí.
—Esto no es obra de ningún dios que conozca —dijo Zoe en voz baja, mirando a Artemisa.
La diosa permaneció en silencio durante un largo momento, sus ojos recorriendo los símbolos con una intensidad casi impenetrable. Algo en ese lugar perturbaba incluso su sabiduría milenaria.
—Este templo... —susurró finalmente—. Es muy antiguo, no pertenece al tiempo que conocemos.
Artemisa dio un paso más hacia el interior del templo, su mirada fija en los símbolos que parecían pulsar con una energía viva. Incluso para ella, aquello no era algo que pudiera explicarse fácilmente. Con cada paso que daba, una presión invisible comenzaba a caer sobre ella, más opresiva y enojada, como si el templo no le permitiese entrar.
—Estos símbolos... —murmuró Phoebe, señalando las espirales—. Nunca he visto algo así.
—Es un símbolo perdido —dijo Artemisa con voz solemne—. No lo conozco, me atrevería a decir que ningún dios lo conoce. Y el poder que sentimos... es desconocido.
El pequeño zorro, que había estado observando a distancia, se acercó sigilosamente, sus ojos carmesí brillando con curiosidad. No emitió ningún sonido, pero en su mirar había una inteligencia que no fue ignorada. Sabía más de lo que dejaba ver, y su presencia inquietó aún más a las cazadoras. El zorro observaba el templo con familiaridad, como si perteneciera en aquella vieja construcción.
Zoe apretó la mandíbula, la mano firmemente sobre su arco.
—Este lugar me da mala espina. No deberíamos estar aquí —dijo en voz baja.
Artemisa no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en el templo, y por primera vez en mucho tiempo, una sombra de duda cruzó su rostro.
—Nos están observando —dijo apenas en un susurro—. Y no es una deidad. No logro identificarlo, se esconde de mis dominios, y este bosque tampoco está bajo mi poder. Es como si no existiera.
El grupo de cazadoras se mantuvo en silencio. Ahora, sus instintos les decían que algo las vigilaba, algo que observaba sus almas, como si juzgara sus pecados.
—Nos vamos —ordenó Artemisa. Sus palabras sonaron autoritarias, llenas de la divinidad con la que nació.
Las cazadoras no titubearon, controlando sus emociones. Naomi, quien tenía su mirada fija en los extraños símbolos grabados en el templo, asintió, mientras Phoebe, reacia, luchaba por apartar la vista de aquella estructura que parecía querer devorarla.
—Quien sea que nos vigila no desea ser molestado —continuó Artemisa, sus ojos plateados centelleando con una intensidad peligrosa—. No podemos arriesgarnos a enfrentar lo desconocido, no esta vez.
Zoe fue la primera en retroceder, su ceño fruncido, con el instinto de supervivencia aflorando. Sabía que si Artemisa mostraba preocupación, el peligro era real y tangible, algo que podía superar incluso a los dioses.
—¿Y ahora qué haremos? —preguntó Zoe, sus ojos oscuros escrutando el entorno con desconfianza.
—El rastro que seguimos está en el Campamento Mestizo —respondió Artemisa con frialdad—. Y, lamentablemente, se trata de un hombre.
El desagrado inmediato cruzó el rostro de las cazadoras al oír esa palabra. Con su natural desconfianza hacia los hombres, se tensaron ante la mención de un ser desconocido que podría ser su presa.
—¿Un hombre? —repitió Phoebe, la incredulidad teñiendo su voz.
—Sí —confirmó la diosa, girando hacia la distancia donde apenas se vislumbraba el campamento—. Pero no es un hombre cualquiera. Parece estar relacionado con la tierra misma, un poder que no debería existir en un... ¿mortal? ¿Semidiós?
Phoebe y Zoe intercambiaron miradas. Sabían que no debían cuestionar el instinto de Artemisa. Si ella sospechaba que aquel hombre era un peligro, lo mejor sería estar preparadas para cualquier eventualidad.
El zorro, observando desde una distancia prudente, escuchó atentamente. Sus ojos carmesí se entrecerraron, meditando sobre las palabras de la diosa. Aunque no emitió sonido alguno, la mención de un hombre en el campamento despertó en él una chispa de reconocimiento. Un nombre cruzó su mente: Boruto. Había conocido a alguien con ese nombre, un encuentro lejano que ahora regresaba a su memoria, cargado de intriga y curiosidad.
Mientras las cazadoras se alejaban, el zorro las seguía, manteniéndose oculto entre las sombras del bosque, sus movimientos silenciosos y precisos. Estaba decidido a descubrir más, especialmente si ese hombre del que hablaban era quien él creía.
Poco después, Artemisa y su grupo desaparecieron en la espesura, pero el zorro, sintiendo que la distancia entre ellos crecía, se detuvo un momento para observar el templo. Un aire de familiaridad lo envolvía, y mientras se preparaba para seguirlas, algo en el ambiente cambió.
Las hojas crujieron suavemente a su alrededor, y del templo surgió una figura imponente, parecida a un felino, con dos colas ondulando en el aire. Sus ojos brillaban como llamas en la oscuridad, y su pelaje azul y negro resplandecía con un aura que parecía devorar todo a su paso.
El zorro, oculto entre los arbustos, sintió temor pero también reconocimiento. Había conocido a esa bestia antes.
El felino observó cómo las cazadoras se alejaban, sus colas moviéndose suavemente tras de él. Había estado vigilando no solo a las cazadoras, sino al bosque entero. Con un leve rugido, dejó escapar un mensaje al viento, uno que solo aquellos en sintonía con la naturaleza podían entender.
El zorro, con una última mirada al templo, decidió seguir a las cazadoras.
Las cazadoras continuaban su marcha en silencio, deslizándose entre los árboles como sombras, pero la tensión era palpable. El bosque, vigilante, parecía observar cada uno de sus movimientos, mientras el aire se volvía cada vez más denso y opresivo con cada paso. A pesar del silencio de sus compañeras, Naomi no podía deshacerse de la incomodidad que la invadía. El zorro, con sus ojos carmesí que brillaban con intensidad en la penumbra, las seguía a una distancia prudente, lo suficientemente cerca para inquietarla.
Finalmente, no pudo contener su ansiedad. Se acercó a la diosa, con el ceño fruncido y los dedos rozando con inquietud el arco que llevaba a la espalda. Con un susurro, preguntó:
—¿Estás segura de que podemos permitir que el zorro nos siga hasta el Campamento Mestizo?
Artemisa, sin detenerse ni voltear completamente, respondió con un tono bajo pero firme, como si la respuesta fuese tan clara para ella como la luz de la luna.
—No. No confío en él. Pero su presencia aquí no es una coincidencia.
El ceño de Naomi se frunció aún más mientras la incomodidad crecía en su interior. El zorro, con una gracia casi sobrenatural, se deslizaba entre los arbustos sin producir un solo sonido. Algo en él irradiaba una amenaza latente, como si debajo de su apariencia inofensiva se ocultara un peligro mucho mayor.
—Mi señora —insistió Naomi—, si sentimos que su energía es maligna, ¿por qué permitir que nos siga? Podría ser una trampa o, peor aún, una criatura enviada por nuestros enemigos.
Artemisa se detuvo de repente, un gesto tan inesperado que todas las cazadoras frenaron en seco, alertas. Sus ojos plateados, resplandecientes como espejos de luna, se posaron en Naomi con una calma gélida.
—Porque, a pesar de lo que parece, el zorro no está aquí para hacernos daño —dijo la diosa, mirando de reojo al animal que continuaba moviéndose entre las sombras, como si estuviera escuchando cada palabra—. Su energía es oscura, sí, pero no está dirigida contra nosotras. No es nuestro enemigo... aún.
Naomi observó al zorro un momento más, tratando de discernir alguna pista sobre sus verdaderas intenciones en esos ojos carmesí. Pero el animal permanecía impasible, como si supiera que estaba siendo juzgado y no le importara en lo más mínimo.
—¿Y qué hacemos si decide atacarnos? —preguntó Naomi, con la voz más firme.
Artemisa sonrió, pero la sonrisa no alcanzó a sus ojos.
—Entonces —respondió—, lo trataremos como tratamos a cualquiera que osa enfrentarse a nosotras.
Naomi asintió, aunque la desconfianza no desapareció del todo. Algo en ese zorro seguía despertando en ella una inquietud profunda, como si presintiera que estaban al borde de algo mucho más grande de lo que podían comprender. Sin embargo, su diosa había hablado, y sus órdenes eran claras.
Zoe, que había estado caminando en silencio hasta ese momento, intervino con su voz firme pero respetuosa:
—Mi señora, ¿el rastro que seguimos tiene algo que ver con este zorro? ¿Podría ser que él sea más que un simple observador?
Artemisa guardó silencio por un instante, sus ojos entrecerrados como si estuviera sopesando las posibilidades. El bosque alrededor pareció contener el aliento.
—Es posible —dijo al fin—. Hay algo en él que está ligado al poder que buscamos. Lo que sea que es, está conectado con quien nos espera en el Campamento Mestizo. Ese rastro... esa energía... no es algo que podamos ignorar. Y el zorro...
Artemisa miró al animal, que continuaba siguiéndolas con pasos ligeros, sin mostrar señales de agresión o miedo.
—...también tiene el olor de la presa que rastreamos. Tal vez él sea nuestro señuelo.
Las cazadoras intercambiaron miradas, la incomodidad evidente en sus rostros, pero su lealtad hacia Artemisa era inquebrantable. Si la diosa creía que el zorro tenía un propósito, ellas lo seguirían tolerando, aunque no bajaran la guardia.
La brisa susurraba entre las ramas mientras el bosque parecía cobrar vida con cada paso que daban. Las cazadoras avanzaban con prisa, pero con la seguridad que les otorgaba la presencia de su líder. Naomi, aún sintiendo un nudo de inquietud en su pecho, echó un último vistazo por encima de su hombro, esperando ver la figura del zorro moviéndose como una sombra entre los arbustos. Pero esta vez, no había nada.
Naomi se detuvo en seco, su ceño fruncido al instante. La desconfianza que había latido en su pecho todo ese tiempo se avivó de golpe ante la ausencia de la criatura. Sus ojos recorrieron los alrededores, buscando los destellos carmesí que habían sido una constante ominosa durante su marcha. Pero el zorro había desaparecido.
—Mi señora... —murmuró Naomi, su voz apenas un susurro, cargada de cautela.
Artemisa ya lo había notado. Sin necesidad de una palabra, levantó una mano, y las cazadoras se detuvieron en el acto, sus miradas alertas, sus sentidos aguzados como los de los lobos en medio de la cacería. El silencio que cayó sobre el bosque fue ensordecedor. El aire, antes cargado de una tensión vibrante, ahora parecía congelado, como si incluso los árboles hubieran contenido la respiración.
La diosa se giró lentamente, sus ojos plateados recorriendo el terreno detrás de ellas con una calma inquietante.
—Yo también lo siento —murmuró Artemisa, su tono apenas un murmullo, pero suficiente para que todas las cazadoras la oyeran. En su voz había una mezcla sutil de curiosidad y cautela.
—¿Dónde está? —preguntó Zoe en voz baja, sus ojos fijos en las sombras que habían ocultado a la criatura momentos antes.
—No lo sé —respondió Artemisa, entrecerrando los ojos. Sus dedos bajaron lentamente hasta rozar su arco, aunque no lo desenvainó del todo—. Se ha salido de mis dominios... estén atentas.
La inquietud se propagó entre las cazadoras como una onda en el agua. Ninguna temía una confrontación, pero la desaparición de un ser que había estado tan cerca y vigilante provocaba un desasosiego que ninguna podía ignorar. Un presagio, oscuro y silencioso, pendía sobre ellas.
—¿Crees que nos esté acechando? —preguntó Naomi, sus ojos clavados en los árboles que parecían cerrarse alrededor.
Artemisa no respondió de inmediato. Cerró los ojos un momento, inmóvil, como si estuviera intentando percibir algo más allá de lo que los ojos mortales podían captar. Algo más profundo que el viento que susurraba entre las hojas.
—Es posible —admitió al fin, aunque en su tono no había ni temor ni preocupación—. Sea lo que sea, nos está observando, esperando su momento. Pero no es algo que me preocupe.
—¿Por qué? —insistió Naomi, incapaz de contener la creciente inquietud que le recorría el cuerpo—. Si su energía es similar a la que buscamos...
—Porque —la interrumpió Artemisa, abriendo los ojos con una expresión serena pero calculada—, sea cual sea su propósito, no es nuestro enemigo... aún.
Las palabras de Artemisa, aunque firmes, no lograron disipar por completo la tensión que oprimía el aire alrededor de las cazadoras. Había algo innegable, un cambio sutil, como si el propio bosque hubiera cambiado de humor. El zorro, con sus ojos carmesí y su aura inquietante, podía haber desaparecido, pero su rastro seguía impregnado en el viento. Su esencia, acechante y vigilante, aún las rodeaba, oculta entre las sombras.
Artemisa volvió a centrar su atención en el camino por delante, alzó la mano una vez más.
—Seguiremos avanzando —ordenó, su tono inquebrantable, dejando claro que no había espacio para discusión. Su mirada, afilada y perspicaz, recorría los árboles y las distancias como si buscara alguna señal del animal o de algo más que las acechara. El bosque ya no parecía terreno propicio para ellas—. Este lugar no nos favorece. Quien nos vigila desea que nos marchemos... y lo siento. Lo que buscamos está en el Campamento Mestizo. —Una mueca de desagrado cruzó brevemente su rostro—. Ya hemos identificado nuestra presa.
Las cazadoras intercambiaron miradas, resignadas pero decididas. Sabían bien que el desprecio de Artemisa hacia los hombres no era ningún secreto, y la noticia de que su rastro las conducía hacia uno no les resultaba del todo grata.
Zoe, siempre alerta, echó un último vistazo al denso follaje antes de volverse hacia el frente, manteniendo el ritmo firme de su señora. Mientras se alejaban, la sensación de ser observadas permanecía latente, como si los ojos carmesí del zorro aún estuvieran fijos en ellas desde algún rincón oscuro del bosque.
Y entonces, mientras el viento comenzaba a soplar con suavidad a sus espaldas, el bosque, antes tan vivo y vibrante, cayó en un silencio aún más profundo, como si estuviera esperando el siguiente movimiento de un juego del que no eran completamente conscientes.
Las cazadoras, acostumbradas a la paz salvaje del bosque, sintieron cómo la naturaleza misma parecía contener la respiración. De entre los árboles, emergió una sombra oscura y gigantesca, materializándose con una lentitud que retumbaba en el suelo bajo sus pies. Las ramas crujían mientras la criatura se levantaba, imponente, revelando una forma titánica: un zorro monstruoso con nueve colas ondeando como serpientes en el aire. Su pelaje, negro como la noche sin luna, absorbía cualquier luz, como si la oscuridad misma brotara de su ser.
Sus ojos, dos orbes de carmesí demoníaco, se clavaron en el grupo de cazadoras con una ira primigenia. El aire a su alrededor se cargaba con una energía tan intensa que incluso las hojas a sus pies temblaban de miedo. Cada una de las cazadoras, incluidas las más veteranas como Zoe y Phoebe, sintió cómo un escalofrío recorría su espalda. Era una furia tan palpable que parecía que la tierra misma se tensaba, como si temiera provocar la ira de aquel ser colosal.
El zorro, de casi diez metros de altura, las miraba con una mezcla de desdén y hostilidad. Su sola presencia emanaba una fuerza primitiva, algo que nunca habían visto antes, ni siquiera en las criaturas más feroces a las que se habían enfrentado.
Sin embargo, Artemisa, en medio de aquella escena aterradora, permaneció imperturbable. La diosa mantenía la compostura, su mirada fija en el ser frente a ellas. No empuñaba su arco ni mostraba intención de atacar. Su serenidad, frente a tal manifestación de poder, transmitía una calma que las cazadoras, aún con el corazón acelerado, intentaban emular.
El zorro dejó escapar un gruñido bajo, profundo, como el rugido distante de una tormenta acercándose. Las cazadoras se tensaron, esperando algún movimiento hostil, pero entonces su voz resonó, grave y llena de desprecio.
—Al que buscan... no está aquí. —Su tono era frío, gélido, con un filo de advertencia. Las palabras se hundieron en el aire, pesadas, y la tensión aumentó—. Largaos de esta tierra, indignos humanos.
Las cazadoras intercambiaron miradas nerviosas, sus manos y nudillos tensos alrededor de las armas, pero no se movieron. Artemisa, sin embargo, no apartó la vista del zorro, captando algo en sus palabras que aún no revelaba. La diosa no necesitaba explicar su presencia; su autoridad aquí era innata, pero algo en este zorro la desconcertaba. Esa energía... esa antigua ira... no era natural ni provenía del linaje habitual de criaturas que conocía.
El monstruo inclinó ligeramente su cabeza, su mirada fija ahora en Artemisa. Los ojos carmesíes la escrutaban, evaluando cada uno de sus movimientos con curiosidad, como si reconociera algo en ella.
—Tú... a quien buscas... —continuó el zorro, su tono se suavizó apenas, aunque no perdía su amenaza—. Oh, hija de Letos.
Artemisa levantó una ceja, apenas una ligera muestra de interés cruzando su rostro. Era raro que una criatura, especialmente una tan desbordante de furia y poder demoníaco, la reconociera de esa forma. No era por su título de diosa de la caza ni por sus proezas, sino por su linaje. El nombre de su madre resonaba en las palabras del zorro, lo cual solo profundizaba su desconcierto.
—¿Cómo sabes de mí? —respondió Artemisa, su voz calmada, aunque había un leve matiz de curiosidad que ninguna de sus cazadoras pudo percibir.
El zorro no respondió de inmediato. Sus colas se movían lentamente, casi como si estuvieran pensativas, mientras sus ojos brillaban con una intensidad que parecía perforar el alma de cualquiera que se atreviera a enfrentarlo.
—Tu sangre... —gruñó el zorro—, es la misma que aquella que busca... pero también la que debe temer. Te lo advierto una vez más, hija de Letos: este no es tu dominio, ni el de los dioses que conoces. Aquí gobiernan fuerzas que ningún olímpico ha comprendido. Lárgate, mientras aún puedes hacerlo.
Las cazadoras, que hasta entonces se habían mantenido en silencio, intercambiaron miradas nerviosas. La fuerza de aquel ser era evidente, pero las palabras que había pronunciado llenaban el aire con una oscura advertencia. Había algo mucho más grande de lo que entendían en juego, algo que incluso Artemisa, por más poderosa que fuera, estaba sopesando con cautela.
Artemisa lo entendió también. No era miedo lo que la retenía, sino sabiduría. Este ser, más allá de su aspecto y su poder, no parecía ser un enemigo en el sentido tradicional. Sabía más de lo que estaba dispuesto a revelar, y enfrentarlo aquí, en un dominio que claramente no era suyo, sería una insensatez. La diosa tomó aire, su determinación intacta, pero consciente de que debía proceder con cuidado.
—Nos retiramos, —dijo finalmente, girándose con gracia para dirigirse a sus cazadoras. Sin perder la compostura ni mostrar signo alguno de derrota, su tono seguía lleno de autoridad—. El rastro nos lleva al Campamento Mestizo. No es aquí donde debemos buscar.
Las cazadoras asintieron, aún tensas, pero listas para seguir a su diosa. El zorro los observó mientras se alejaban, sus colas ondeando en el aire, y su mirada carmesí ardiendo en la oscuridad del bosque, como una sombra que aún no había revelado todas sus cartas.
Antes de que Artemisa pudiera dar el primer paso para guiar a sus cazadoras fuera del claro, la profunda y gélida voz del zorro resonó una vez más en el aire, cargada con un peso aún mayor que antes.
—Oh, hija de Letos. —El tono era lento, casi arrastrado, como si las palabras tuvieran un significado aún más oscuro—. Ten cuidado. Al que buscas... no debe ser provocado.
Artemisa se detuvo en seco, su espalda aún hacia la criatura, pero su postura se endureció levemente. Las cazadoras que la rodeaban se quedaron en silencio, esperando su reacción. Ninguna se atrevía a pronunciar palabra; el ambiente estaba cargado de una gravedad que no entendían por completo, pero que percibían en cada palabra del zorro.
La diosa no giró para mirarlo. Su mirada se mantuvo fija hacia adelante, pero su silencio era elocuente. Sabía que aquel zorro no hablaba por advertir sin razón. Lo que había dicho era más que una simple amenaza: era una advertencia velada, un presagio que solo alguien con la experiencia de Artemisa podía comprender en toda su magnitud.
Finalmente, sin girarse hacia el monstruo, Artemisa pronunció una respuesta, su voz tranquila, pero con un eco firme que mostraba su naturaleza divina:
—Eso ya lo veremos.
Con un movimiento decidido, continuó caminando, seguida de sus cazadoras. Pero incluso mientras se alejaban del claro, el eco de las palabras del zorro resonaba en la mente de la diosa. Sabía que aquel ser oscuro hablaba de algo mucho más peligroso de lo que cualquiera de sus cazadoras podía imaginar.
El zorro observó en silencio mientras las figuras de las cazadoras se desvanecían entre los árboles. Sus colas ondulaban, y sus ojos demoníacos se entrecerraron con una mezcla de advertencia y curiosidad. No las siguió, pero su presencia se quedó en el aire, como una sombra oscura que había dejado su marca en aquel encuentro.
A lo lejos, las hojas del bosque seguían susurrando al viento, pero había un nuevo silencio entre los árboles, como si el mismo bosque hubiese escuchado y entendido la advertencia.
Artemisa, en lo profundo de su ser, sabía que el zorro tenía razón.
Ella caminaba con la misma firmeza de siempre, su figura alta y majestuosa, bajo la atenta mirada de sus cazadoras. A su alrededor, las jóvenes se movían en silencio, algunas intercambiando miradas de incertidumbre, pero ninguna atreviéndose a expresar el miedo que poco a poco crecía en sus corazones. Sin embargo, sabían que si alguien podía protegerlas, era ella.
—No teman, hijas mías —dijo con suavidad, pero con una fuerza imponente, deteniéndose un momento para mirarlas de reojo—. No permitiré que nadie las lastime. Yo seré su protectora contra todo mal, como siempre ha sido y siempre será.
Sus palabras, llenas de una tranquilidad divina, parecían envolverlas, disipando el temor que las había invadido tras el encuentro con la imponente criatura. Las cazadoras respiraron con más calma, confiando ciegamente en su líder, quien las había guiado a lo largo de incontables desafíos. Sabían que, bajo su protección, ningún peligro del mundo, ni siquiera aquel ser demoníaco, podría dañarlas.
El viento sopló suavemente entre los árboles, como si el bosque mismo respondiera a las palabras de la diosa, reconociendo su promesa.
