Capítulo 216. Pactando con el diablo

Titania de Urano estaba al tanto de la habilidad de algunos santos de Atenea para manifestar el espíritu de su constelación guardiana en el mundo. No obstante, sintió curiosidad porque un maestro en el Séptimo Sentido y la Octava Consciencia gastara no solo fuerzas, sino la propia vida en ese método, más propio de los santos de plata. En la Cámara de las Paradojas, durante la lucha entre el grupo de Akasha de Virgo y Titán de Saturno, había quedado de manifiesto que el milagro de Elíseos podía replicarse, así fuera de forma temporal, a través de la sinergia de doce cosmos de oro. Si existía una tercera vía a ese poder comparable a los ángeles de la Primera Orden, necesitaba saberlo. Por eso siguió atacando a Escorpio con el Blazar, sabiendo que sería inútil.

De doce metros de altura y ochentaiocho de largo si se contaba la cola, Escorpio nació como una criatura de oscuridad, como los makhai, pero poco a poco el cuerpo fue adoptando un aire más cósmico, punteado de estrellas. La similitud con su túnica le hizo sonreír, sonrisa que mantuvo cuando, después de un nuevo intento por atravesarla con Las´ah, repelido mediante la vasta fuerza mental que poseía, el eidolon dio un salto hacia atrás y empezó a moverse por las mismas paredes dimensionales que ella había usado para vencer la formidable capacidad de desvío de Garreg Mach. El descaro fue mayúsculo: toda treta usada por Titania, el eidolon la replicó, saltando por encima del espacio tridimensional y arrojando sobre Titania una y otra vez el aguijón, Las´ah, como un símil de la Muerte de Deucalión, capaz de eliminar incluso ángeles de un solo golpe. Del otro lado, a ella le tocaba ponerse en el lugar del ángel del Agua, desviando los ataques no por una armadura mágica, sino por ser la señora del espacio. No tenía que levantarse del trono, ni hacer ningún gesto, su sola voluntad curvaba el espacio de modo que Las´ah nunca llegaba a alcanzarle siquiera de refilón. Pero Escorpio persistía.

En medio de esa batalla que apenas cubría una cuarta parte de su atención, siendo el resto dedicado a ver el estado de las batallas de los demás argonautas y la inofensiva alianza entre Deucalión y un par de ángeles, Tritos la contactó.

Hola, Titania —dijo el regente de Neptuno mediante la Lengua de Plata.

—Tritos —saludó la regente de Urano, sabiéndolo aún presente en el piso superior de la Torre de Babel, en la Esfera de Venus—. ¿Traes noticias?

He revisado con mis sentidos todos los pisos y no hay ni rastro de los santos de bronce. También mandé a Cratos a inspeccionar los cielos de la Esfera de Venus —añadió el regente de Neptuno, un tanto nervioso—. Le prometí que le ayudaría a rescatar a su hermana del Caos si hacía ese trabajo para nosotros.

—Somos los Astra Planeta —replicó la regente de Urano, viendo con aire aburrido cómo un sinfín de hilos de oro venidos de ninguna parte pasaban a los costados de ella sin poder alcanzarla—. Los ángeles son nuestros subordinados. No les pedimos favores, les damos órdenes —sentenció con dureza. Acto seguido, liberó el Blazar justo al punto en el espacio-tiempo donde estaba Escorpio. El eidolon devoró el rayo cósmico tras un breve momento de vacilación, era el duodécimo que consumía.

Sí, bueno, estoy estresado —dijo Tritos—. Mucho, tengo mi cabeza en muchas partes ahora mismo. El caso es que estoy esperando noticias y me apeteció saludarte. ¿Cómo va todo por ahí? ¿Qué haces luchando contra un Pokémon?

Para un mentalista de la talla de Tritos, el juego de Escorpio no era muy difícil de seguir, incluso cuando la distancia era bastante considerable.

Mientras desviaba un sinfín de aguijonazos, fruto de un único Las´ah que se proyectaba de forma simultánea en todo el espacio tridimensional mediante la manipulación espacial, la regente de Urano explicó al campeón de Poseidón la situación a detalle. El desvío del viaje de los santos de Atenea por el universo hacia el sello de Aquel que se desliza en la oscuridad, la lucha entre guerreros sagrados y un grupo de nueve ángeles, la ambición de uno de ellos por despertar a un Rey Durmiente… Lo explicó todo con la misma indiferencia que le provocaba, contrastando con la cara de espanto de su compañero, quien pasó de estar sentado en el suelo a levantarse como un resorte.

¡Hay que hacer algo! —dijo Tritos—. ¡Los Reyes Durmientes son mucho más peligrosos que los humanos! —aseguró, perlado el rostro de sudor.

—Los Reyes Durmientes son asunto de la Segunda Orden de Ángeles, que Dafne dirige —expuso Titania, masajeándose las sienes. Aunque en principio los ángeles eran los capitanes del ejército del Olimpo, bajo el mando de los Astra Planeta como generales, las tareas específicas de cada orden, tales como la defensa del cielo y la vigilancia de los sellos, estaban bajo la supervisión de los regentes de Marte, Gea y Venus—. Así debería ser, mas creo que nuestra generación se ha saltado todos los protocolos. —No existía un regente de Marte en la actualidad, y Narciso había admitido haber usurpado sus funciones, actuando como líder de los ángeles en el cielo y enviando a la mayoría de los héroes a diferentes rincones del universo. Al tiempo, ella había mandado sobre Cratos y Bía, que no por ser Campeones del Hades dejaban de ser, a la vez, miembros destacados de la Primera Orden—. Si la guerra nos sobreviene tal y como estamos ahora, toda la Creación ardería. —¿Era por eso que Dafne no había actuado aún? Como regente de la Esfera del Espacio y las Dimensiones, Titania estaba al tanto de los movimientos de la regente de Gea. Existían muchas razones por las que aquella podría visitar Palas Belda, la ciudad de los ángeles, sin embargo, solo una explicaba que lo hiciera en un momento tan precario. Mientras unos y otros astrales se ocupaban de sus asuntos, Dafne buscaba devolverle al ejército del Olimpo la armonía de tiempos mejores. La unidad necesaria para ganar la guerra, si es que ocurría—. Por fortuna, no habrá guerra. Tranquilízate, Tritos, en cuanto ese gusano nos libre de nuestro problema, lo aplastaré.

El universo es nuestra prioridad, Titania —dijo el regente de Neptuno, sentándose de nuevo y tratando de tranquilizarse—. Estamos con Caronte porque es nuestro amigo y porque el Hijo quiere que muera, mas no podemos descuidar nuestro trabajo.

—Este viaje no me gusta —admitió Titania, percibiendo que entre los ataques desviados, había algunos que no iban dirigidos a ella. Los hilos dorados nacidos de Graffias estaban redefiniendo el campo cuántico, aproximando infinitamente a cero la probabilidad de que los próximos ataques fuesen desviados. Envió dos Blazares más, llegando a ambos a los costados, que los consumieron—. Entre las hormigas que dirige Deucalión, están la dama Tetis y dos santos de oro que han despertado el milagro de Elíseos. —Del primero ya tenía noticias, Kanon de Géminis llevó el manto de oro a su máximo potencial para retener a Caronte el tiempo suficiente para que Akasha de Virgo pudiese sellarlo. La segunda era un caso más preocupante, porque la santa de Sagitario pasó de ser neutralizada por Sariel a regresar a la Senda de Oro con un manto celestial. ¡Y ella no pudo ver nada de lo que ocurrió entre uno y otro momento!—. Si llegan a destino sin perder a nadie, serán tres, tres guerreros a la altura de la Primera Orden.

¿Y qué? —dijo Tritos—. La batalla entre el comandante y el santo de Andrómeda demostró que se necesita más que poder bruto para derrotarnos. Hace falta conocimiento, del que solo esos santos de bronce han reunido aquí en el cielo y no se dignaron a compartir. Yo no me preocuparía. El Hijo no se habría tomado la molestia de despertar a cinco mortales si pudiera hacernos matar de otra forma.

Así había pensado Titania todo ese tiempo. Solo tenía que matar a cuatro humanos para derribar los planes de un dios. Parecía fácil, hasta que se daba cuenta de que estaban hablando del innominado, del que quiso emular las proezas de Crono y Zeus y que a punto estuvo de conseguirlo, del eslabón de poder entre el rey de los dioses y el resto de los olímpicos. Su padre, Ío, murió creyendo que el objetivo del Hijo era convertir a Shun de Andrómeda en el próximo regente de Júpiter, que no se animaría a sellarlo de nuevo, pero la realidad terminó siendo que el innominado sacrificó a uno de sus cinco peones para librarse de aquel problema. ¿Y si los otros cuatro no tenían más propósito que distraerla, mientras un grupo de inofensivas hormigas hacía el verdadero trabajo? No se le iba de la cabeza lo ocurrido en la Cámara de las Paradojas. ¿Por qué habían ocurrido aquellos milagros allí, sin la presencia de dios alguno? Aries, Virgo, Capricornio. Demasiados mantos celestiales. Si pasaba en el Jardín de las Hespérides todo podría ocurrir, sobre todo ahora que el alba de Plutón estaba sellada.

Consumida en esos temores y confiada en la protección pasiva que la rodeaba, Titania de Urano vio que al fin Escorpio lograba su cometido. Las´ah llegó hasta ella como la mordedura de una serpiente retorcida en un camino invisible, la distorsión espacial alterada por la manipulación de probabilidad. El ataque, empero, se detuvo en su frente, justo como aquella vez, contra la versión alternativa de Seiya de Pegaso.

—Tritos —dijo con tranquilidad la regente de Urano—. Cuando se trata del Hijo, debemos esperarlo todo. Avísame cuando Cratos te traiga noticias.

El regente de Neptuno soltó un suspiro de resignación, para luego decir, sonriente:

¿Necesitas ayuda? Veo que ese Skorupi te acaba de encajar un Picotazo Venenoso.

—Sabes que este eidolon no puede hacerme daño.

Pokémon.

—Tú y tus términos extraños.

La presencia de Tritos desapareció con una corta risa, lo que no tenía por qué significar que el astral dejaría de vigilarlos a ella y al Rey Durmiente. Titania no pensaba cerciorarse de si lo hacía o no. Por una vez, le daría a Escorpio lo que quería. Atención.

Sentía la presencia de Las´ah en su frente. Si bien el aguijón en sí era más grande y grueso que un hombre adulto, la punta era de una finura tal que solo el ojo experto podría distinguirla. De la potencia no le quedaba la menor duda: excedía incluso el poder de la flecha de Seiya de Sagitario. Después de alimentarse de catorce rayos cósmicos y de las fuerzas presentes en la Esfera de Urano, el lienzo llamado universo sobre el que las antiguas leyendas fueron inmortalizadas, había adquirido la potencia justa para que al menos pudiera sentir el picotazo. Podía rechazarlo, empero, pues ese eidolon no era todo el poder de la constelación de Escorpio, y aun si lo fuera, seguiría siendo inferior a ella. Le bastaba concentrar en él toda la fuerza de sus pensamientos para desmembrarlo como si no fuera más que un muñeco. Y a pesar de eso, ya por curiosidad, ya por aburrimiento, prefirió comprobar sus límites relajando los músculos.

Las´ah abrió un pequeño punto en la piel, moldeada a partir del oricalco. De él manó un diminuto hilo de sangre que se desvió en dos direcciones al llegar a la nariz.

—Decepcionante —susurró la astral, ladeando la cabeza.

Un nuevo rayo cósmico emergió desde la herida, de una potencia equivalente a la suma de los catorce Blazares con los que había alimentado al eidolon. Escorpio, como esperaba, devoró incluso ese ataque. Era la facultad de Antares: la manifestación incompleta de un micro-universo para encerrar a los enemigos y proteger a los aliados. Cualquier forma de energía era alimento para el arácnido. Nada más, nada menos.

La cuestión era que, si Escorpio estaba hecho de cosmos, el poder de un astral no era tal. Cosmos divino, dunamis dormido, nimbo.

Escorpio quiso volver a atacar, pero en el tiempo que Las´ah caía sobre ella, algo se manifestó entre ambos: un enorme arco de materia estelar compacta, nacido del sacrificio de un sinnúmero de lunas y recubierto por el poder de otra constelación. El aguijón logró abrir un agujero en el arma, pero acto seguido, el eidolon saltó hacia atrás, percibiendo que algo terrible estaba por suceder. Un gesto inútil.

—¿Conoces la leyenda de Escorpio y Orión, pastor? —cuestionó Titania, alzando la mano. Justo antes de que Escorpio volviese a la rutina de moverse por sobre el espacio tridimensional, algo empezó a desgarrarlo de adentro hacia afuera.

La cabeza, el abdomen, las patas traseras, la cola… Diversas secciones del eidolon estallaron mientras los Blazares que había devorado hasta ahora volvían a la fuente original. Uno tras otro, los quince rayos cósmicos se fundieron en una sola saeta, semejante en altura, grosor y potencia a un arma sagrada. Titania tomó con la mano aquella energía ultra-condensada, usándola como una vara para levantarse del asiento. La mera energía liberada por ese gesto mandó a volar a Escorpio, que apenas pudo zafarse de la tempestad cósmica atravesando un portal y adhiriendo las pocas patas que le quedaban a la cuarta dimensión. No sangraba, por supuesto, pero con todas las grietas que le provocó en el exoesqueleto punteado de estrellas, el cuerpo se estaba volviendo de un intenso color rojizo, como el animal herido que era.

—Es una historia fascinante —prosiguió Titania, uniendo los extremos del Arco Lunar con un hilo que era la propia fuerza gravitatoria que mantenía la existencia de las galaxias, los agujeros negros que originaban los blazares—. Orión se jactaba de poder vencer a cualquier bestia en el universo, era un cazador tan excepcional, que solo la mismísima Artemisa lo superaba, y ella se negó a la petición de la Madre Tierra de darle una lección. Unos dicen que lo quería como su primer y único amigo, otros juran que se enamoró. —Lo que fuera usado como una vara, el Último Blazar, lo colocó sobre el hilo del Arco Lunar. Sentía a esas alturas un cosquilleo en los dedos: aun su cuerpo de oricalco resentiría esa temperatura, capaz de aplastar los átomos y reducir las partículas subatómicas a los componentes de la sopa primordial que originó toda materia—. Apolo estaba disgustado, de todas maneras, así que él sí confabuló con Gea. La Madre Tierra llenó de bestias el último mundo que la diosa Talasa había adecuado para la vida humana, obligando a los que vivían en él a ocultarse en ciudades subterráneas y las más altas montañas. Orión, atraído por las historias que se contaban y las quejas enviadas por Talasa al monte Olimpo, fue a ese planeta como un meteorito y lo purgó de todo animal peligroso como si fuera un niño aplastando hormigueros.

Escorpio apareció de pronto, transformado. Las grietas se habían cerrado a costa de que el tamaño se redujese a la duodécima parte. Titania estaba preparada para ello como lo estaba para que atacase desde el espacio once-dimensional, aprovechando los conocimientos que Deucalión había vertido sobre el eidolon tras observarlas a ella y el ángel del Agua mientras él se limitaba a aferrarse a Niké y rezar por un milagro. No tuvo que hacer nada para protegerse, pues la mera creación del Arco Lunar originaba una distorsión en el espacio que ni aquella velocidad podría superar; la trayectoria de Escorpio se desvió mucho antes de que pudiera alcanzarla a ella o el arma.

—Entretanto —prosiguió Titania—, Apolo desafió a Artemisa a eliminar un pequeño objetivo en un planeta alejado desde el Jardín de las Hespérides, donde ambos se habían encontrado entonces. —Escorpio había empezado a correr en círculos, acelerando más y más hasta rodear todo el espacio con una telaraña de hilos rojizos que eran la estela que dejaba. No le importaba: si el eidolon pretendía confundirla por velocidad, estaba muy lejos de lograrlo; si, en cambio, buscaba acrecentar la potencia de su próximo ataque, convirtiéndose él mismo en un aguijón, tanto mejor para ella—. Artemisa es tan buena en la caza como Atenea y Hefesto lo son en la guerra y la forja, no podía descuidar ese reto y tampoco existía el riesgo de que le diera a un amigo, porque ella era una diosa y le era fácil sentir los diminutos cosmos de mortales y gigantes. —Tensar el Arco Lunar le sirvió para desentumecer los músculos, se podría decir que era el arco más pesado del universo; si bien no se comparaba a las armas de Apolo y Artemisa, más refinadas, le había obligado a levantarse y usar los brazos en combate por primera vez después de exterminar a las fuerzas del Hijo en las Otras Tierras. De un lado, era agradable, de otro, acostumbrada a actuar en fracciones de tiempo imperceptibles para los humanos cuando luchaba de verdad, los quince segundos que le estaba llevando preparar ese tiro le causaron cierta irritación, incluso si apreciaba la ironía—. El problema era que el cosmos de Orión había sido neutralizado por la última de las bestias, un enorme escorpión que era para el gigante, capaz de atravesar a pie los océanos, menos de lo que sería una hormiga para un hombre. Catorce veces clavó sobre él el aguijón, en catorce puntos que sin duda conoces muy bien, pastor. Cuando Artemisa disparó, los cinco sentidos de Orión habían sido anulados y él flotaba, desangrado, sobre los mares de la Tierra. —La flecha terminó de tensarse, Escorpio había alcanzado una velocidad tremenda, la propia de quienes despertaban un manto celestial, donde el yoctosegundo pasaba a ser la unidad básica de tiempo. Todo el espacio se había vuelto rojo, como prueba del acelerado viaje del eidolon—. Artemisa disparó una flecha a través de todo el universo, apuntando a un monstruo que estaba sobre el hombre al que más había apreciado. Y acertó. Eliminó al escorpión sin causar daño alguno a su querido Orión. El problema —dijo a modo de conclusión, las venas resaltándose en su cuerpo modelado—, fue que el monstruo era obra de Gea, y mientras que el poder de una diosa puede cruzar la más grande distancia en la más pequeña unidad de tiempo, sigue tardando lo bastante como para que un escorpión clave un último aguijón, el quince, dando muerte al mayor cazador entre los hombres mortales.

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Algún tiempo antes, sabiendo ya a Cichol de camino a la defensa del Argo Navis Negro, Gestahl Noah empezó a hacer cábalas. Si Niké no le había ayudado a manifestar todo el poder de Escorpio aun sacrificando la mitad de su vida, era poco probable que alguien como Titania de Urano quedara impresionada por lo que la diosa de la victoria podía aportar. ¿A qué recurso podía recurrir, entonces? ¿El inconsciente colectivo de la humanidad? Si quemaba ese as en la manga ahora, no le quedaría ninguna carta que jugar contra Caronte. De por sí habría preferido pensar en la idea de invocar el poder de Escorpio mientras luchaba con el regente de Plutón, no en ese momento. ¡Si ese maldito desvío no lo hubiese arruinado todo!

Pero así había ocurrido, y un Rey Durmiente desatado era aún más peligroso que un astral, en tanto Caronte por lo menos era un perro leal que se quedaría en el Jardín de las Hespérides hasta que el Olimpo le permitiese salir a pasear. El enemigo con el que ahora lidiaban no obedecía a nadie. Sus amos seguían encerrados por la eternidad en los Jardines de Azathoth. Llevaría al universo al caos, y aunque los Astra Planeta lo detendrían, no tenían por qué hacerlo de inmediato.

Podía ver a Titania repantingada en el trono mientras hablaba de forma casual con otro astral, pues Escorpio y él estaban conectados, como era natural. Así pudo hacerse a la idea de que la mera sospecha que le vino a la cabeza era una realidad bastante probable: la regente de Urano detendría al Rey Durmiente después de que todos los que iban a matar a su hermano muriesen. Si ello no le afectara, Gestahl Noah entendería esa fría lógica. Los Astra Planeta eran los generales del ejército de los cielos, habían nacido como armas de destrucción masiva; no estaban para resolver cada problema que ocurriese, habiendo ángeles y guerreros sagrados. Podían permitirse que un problema grande aplastase a los problemas pequeños antes de detenerlo. Sin embargo, dado que Gestahl Noah estaba en medio de todo ese asunto, y que necesitaba hasta el último de los hombres en el barco para ejecutar sus planes, se veía impulsado a despreciar esa arrogancia, así como la indolencia de los dioses, por dejar como guardianes del universo a unos seres tan indiferentes a la vida como lo era el propio universo.

—El universo no es indiferente —replicó Cethleann.

—¿Estaba hablando en voz alta? —preguntó Gestahl Noah, abriendo mucho los ojos. El ángel asintió—. ¡Dioses! Me estoy volviendo senil de verdad.

—Qué raros sois los humanos. Despreciáis a los dioses que os dieron todo y luego los invocáis como si tal cosa. —El intento del Sumo Sacerdote por replicar fue detenido por un mero gesto de Cethleann. Ella alzó el dedo con aire didáctico—. El universo es el primer regalo que nos hicieron los dioses. En él existimos con libertad, sin el yugo de Urano y Crono. Podemos tomar un sinnúmero de decisiones, y de estas decisiones nacen la miríada de realidades que componen el universo, ¿no es algo maravilloso? ¿Cómo podríamos maldecir a quienes crearon algo así?

—¿Eso es lo que crees, o lo que te ha enseñado tu padre? —cuestionó Gestahl Noah con dureza—. Los dioses del Olimpo son crueles.

El ángel del Agua, que había bajado la cabeza, la alzó con violencia.

—Salvo Atenea, ¿verdad?

—Así es. Atenea es la única que nos ha cuidado, la única que merece nuestra fe.

—Si amas a Atenea, amas a todos los dioses —replicó Cethleann—. Porque ella es igual que el resto de los olímpicos, si no es que la peor de todos.

—¿Y tú? —cuestionó Gestahl Noah, sin impresionarse en lo más mínimo: su fe era suya y de nadie más, no iba a discutirla con un espíritu—. ¿Amas a los dioses que os abandonaron a ti y a tu familia a languidecer en una galaxia abandonada?

Antes de responder, Cethleann formó un espejo mágico de aspecto acuoso, en el que quedaba reflejada la imagen a cuerpo completo del avejentado Sumo Sacerdote.

—Los dioses nos crearon a los espíritus para que mediáramos entre los inmortales y los mortales. Sois bebés perdidos en este universo infinito y hostil, por eso nos necesitabais para que os cogiéramos de la mano en el camino de la vida. Mas no podéis ser bebés por siempre, un día tenéis que aprender a caminar vosotros solos, crecer. Es por eso que Atenea ha abogado tantos milenios porque los asuntos del cielo y los de la tierra se resuelvan de forma separada. Es por eso que tu diosa, a la que tanto amas, te ha abandonado a ti y a los tuyos. Porque es tan cruel como lo era su padre, el creador de este universo en el que la sempiterna tranquilidad de Crono no es el derecho de todos los seres que existen, sino una recompensa que hay que lograr con esfuerzo.

—Creía que era una buena cosa estar libre del yugo de Urano y Crono.

Una vez más, Cethleann bajó la mirada.

—Existen opiniones contradictorias, mas los espíritus y los humanos somos distintos.

Gestahl Noah sonrió.

—Yo creo que somos iguales. Abandonados por los dioses. Puestos a prueba para su divertimento. Atenea nunca ha aceptado el sistema de recompensa y castigo de Hades, por eso guerreó con el dios del inframundo tantas veces. Y guerrearía con su propio padre por la misma razón, porque nos ama a nosotros, sus hijos, los seres humanos.

Sin alzar los ojos, Cethleann replicó:

—La vida después de la muerte es el dominio de Hades. Ni Atenea, ni Zeus, estaban interesados en ese sistema de control. La prueba que ellos dispusieron para los hombres mortales es este universo, esta vida imperfecta e incompleta.

—¿Estás hablando del mito de Pandora? Otra razón más para que Zeus caiga.

—El mal existe porque los dioses quieren que exista —dijo Cethleann, ganando fuerzas—. Porque desean ver si los humanos pueden alcanzar por sí solos la virtud.

—¿Dices que Atenea está de acuerdo con eso?

—Digo que todos los dioses son crueles, sin excepción. Y debemos aceptarlos así, porque nos dieron el mayor regalo que nadie podría dar: la vida.

Cethleann estaba convencida de ello, sin duda, así lo demostraban los ojos, llenos de una intensidad que pocas veces había visto el Sumo Sacerdote. Sin embargo, el ángel no podía saber por qué Atenea obraba del modo en que obraba, y en cuanto a los planes de Zeus, desconocidos hasta por los dioses del Olimpo, lo más probable era que solo estuviese especulando basándose en las quejas de su padre, Cichol, una de las marionetas del último tirano de los cielos. En cualquier caso, era una forma bonita de entender las imperfecciones del universo; Gestahl Noah carecía de razones para hacer que aquella criatura cambiara de parecer.

Tampoco tenía tiempo para proseguir el discurso. Después de una intensa batalla, Escorpio pudo al fin encajar Las´ah sobre el rostro de la confiada Titania.

—Ha sangrado —celebró Gestahl Noah—. ¡Ha sangrado!

Estaba tan entusiasmado por la idea, que no vio venir cuando el ángel del Agua tomó su rostro lleno de felicidad y le plantó un dulce beso.

Hacía muchísimo tiempo que no sentía el incomparable tacto de los labios de una ninfa. Ninguna mujer mortal, por apasionada que fuera, podría besar de ese modo. Sintió que una fuerza mágica e invisible lo revitalizaba, encendiendo una llama en su pecho que no esperaba volver a percibir en aquella cruzada de locos que dirigía. Los sentidos se le adormecieron, dejó de prestar atención a la batalla entre Escorpio y Titania. A decir verdad, se habría entregado a aquella criatura sin importarle nada más de haber seguido. Tal era el poder de los espíritus femeninos sobre los hombres mortales.

—Lo siento —dijo Cethleann, separándose de él—. No me pude resistir.

—¿Estaba intentando seducirte? —preguntó Gestahl Noah, recuperándose de la impresión. El beso de una ninfa podía ser tan intenso como una noche de amor con una mortal—. Sé que bromeé con eso de que quiero conocerte, pero…

El ángel del Agua lo interrumpió con una acelerada enumeración, que remarcaba alzando un dedo por cada hazaña a resaltar:

—Lideras a un ejército de héroes hasta los confines del universo, salvaste a mi padre del ataque de una diosa y has vencido a un astral. ¿Cuántas veces crees que he conocido a un hombre así en mis cinco mil años de vida? ¡Mi corazón empezó a latir muy deprisa!

Sorprendido, Gestahl Noah solo pudo decir lo primero que se le ocurrió:

—¿Y vamos a seguir?

—¡Tu rostro! —gritó Cethleann, boquiabierta.

—¿Te disgustan los hombres maduros, ninfa inmortal? —preguntó Gestahl Noah, un poco decepcionado, hasta que vio de reojo que la cara estaba rejuveneciéndose—. Me has devuelto la vida. De forma literal. —Vio las manos, con la piel de nuevo firme y robusta, lista para la batalla. Solo el pelo seguía siendo gris—. ¿Todas las ninfas hacen esto? —preguntó, mientras en su fuero interno se preguntaba cuánto mejoraría su salud sacrificada si yacía con esa criatura, al parecer enamorada de él.

—En primer lugar, no soy una ninfa, soy mitad humana y mitad espíritu. En segundo lugar, he sanado tu cuerpo como he podido con mi Vara del Génesis, no tiene nada que ver con el beso. Y en tercer lugar, tu nuevo aspecto me parece…

—¿Conoces la leyenda de Escorpio y Orión, pastor? —preguntó la ominosa voz de Titania, llenando la totalidad del Arca de Cloto.

—¡Mira que llegas a ser in…! —En el horizonte de aquel mundo vacío que les servía de refugio, una línea se abrió de par en par, como un ojo que usaba el tejido espacial como párpados. El iris ambarino de Titania se fijó en ambos, paralizándolos de inmediato—. ¿Qué…? ¿Qué estás…? —En un abrir y cerrar de ojos, Escorpio fue herido de gravedad. Los rayos cósmicos que de forma despreocupada la astral había arrojado sobre el eidolon, como alimento gratis, obedecieron el comando de Titania y regresaron, desgarrándolo desde el interior—. ¡Detrás de mí, Cethleann!

La necia ángel, tras un momento de sorpresa, hizo todo lo contrario. Rodeándose con las cuatro alas, avanzó como pudo hasta estar entre el Sumo Sacerdote y el ojo de Titania. Después, las desplegó de golpe, interponiendo la sagrada protección de Garreg Mach, que todo lo desviaba, incluso la presión telequinética localizada, al parecer.

Gestahl Noah aprovechó la ayuda, en cualquier caso. Sostuvo Niké con ambas manos y clavó el dorado báculo en el suelo, implorando a su constelación guardiana que lo bendijese con el auténtico poder que poseía, el de todos los santos de Escorpio que alguna vez existieron. El Arca de Cloto, hasta ahora un mundo oscuro punteado en el firmamento por las estrellas de Escorpio, se llenó del brillo rojizo que caracterizaba a la Aguja Escarlata. El mismo destello que hacía palidecer al planeta Marte.

Se mantuvo en esa posición todo el tiempo. Mientras Titania proseguía con la cháchara y Cethleann resistía la presión como podía, mientras las alas de un ángel de la Segunda Orden se iban torciendo de forma lenta, pero inexorable, él elevó su cosmos tanto como le era posible. La mayor parte de la experiencia combativa de Gestahl Noah no le pertenecía a él, sino a sus vidas pasadas, que recordaba gracias al Hijo. Como quien había vivido y muerto una y otra vez por el bien de su bien amada hermana, recibió ese regalo del dios innominado y había hecho buen uso de él. Pero ahora iría un paso más allá, recurriendo a cuanto le quedaba de un obsequio más íntimo y querido. Séptimo Sentido, Octavo Sentido, paroxismo. El símbolo de Escorpio apareció en su frente, dorado en contraste con su cosmos tan oscuro como una noche sin estrellas; al poco tiempo, en sintonía con las tonalidades del Arca de Cloto, el aura que lo rodeaba adquirió el rojo de Antares, celestial rival del dios de la guerra romano según los hombres. Esa idea le animó bastante, habida cuenta de lo que intuía tras el discurso de la regente de Urano. Hizo que Escorpio acelerara más y más, hasta aproximarse a la velocidad sin parangón que los primeros santos de oro, y acaso cinco valerosos jóvenes, alcanzaron al luchar contra los dioses, una velocidad que sus reflejos no podían seguir.

Tras quince segundos de esfuerzos, llegó el choque final. Gestahl Noah, aferrado a Niké, oró en silencio a la única diosa en la que creía, a sabiendas que no vendría, que una vez acabada la Guerra Santa la hija de Zeus dejaba que los humanos se cuidaran solos. Tantos recuerdos de duros períodos de entreguerras le hicieron reflexionar, en ese instante clave, que quizá las especulaciones de Cethleann estaban cerca de ser verdad.

A un mismo tiempo, el eidolon se abalanzó sobre la astral y esta disparó la flecha de energía cósmica, impulsándola mediante una fuerza gravitatoria descomunal. Escorpio, aunque excediendo la velocidad de la luz por órdenes de magnitud, no pudo alcanzar el objetivo antes de que el disparo lo barriera. Si Gestahl Noah lo pudo ver, fue debido al insignificante lapso de tiempo que tardó aquel tiro, un haz de poder puro comparable en esencia y superior en potencia al Dunamis Pneuma de Tetis, en vencer la resistencia de Escorpio, aniquilando a la vez el mesosoma, cefalotórax y el metasoma. Por ese instante, creyó que tenía alguna posibilidad. El Arca de Cloto no permanecería frente a semejante poder, pero ofrecería más resistencia que el resto del cuerpo. Un poco más.

—Me habría gustado continuar —reconoció Cethleann con un hilo de voz—. Eres tan apuesto como odioso, héroe terrestre.

El ojo de Titania y el rojo del Arca de Cloto fueron consumidos sin remedio por el blanco omnipresente del dunamis disparado por la astral. Garreg Mach, que todo lo desviaba, cedió ante aquel poder divino de forma irremediable. Las alas ya torcidas se extinguieron, la gloria entera fue incinerada e incluso el ángel habría desaparecido si Gestahl Noah no hubiese dedicado ese tiempo terrible a tomar el rol que le correspondía, como quien había arrastrado a una guerrera celestial a una batalla ajena. Confiando en Niké y la bendición de los dioses de los que renegaba, el Sumo Sacerdote del Santuario avanzó mientras todo el mundo se extinguía, viendo las prendas sacerdotales ser desintegradas. Así llegó a interponer a la diosa de la victoria junto al divino disparo, lo que les dio a él y a su indefensa protegida unos segundos más de vida. Después de todo, Niké no pudo lograr que Escorpio venciese a la regente de Urano, ¿por qué iba a poder protegerlo?

—Ten fe —se dijo a sí mismo Gestahl Noah—. ¡Ten fe, eres el Sumo Sacerdote de Atenea! Si tú no tienes fe, ¿quién la va a tener?

Él era el primer santo de Escorpio, la primera Antares, la estrella que se atrevía a rivalizar con los dioses. Incluso si solo era un delirio de los humanos, él mismo también era un hombre y estaba dispuesto a fantasear por una vez. En su cosmos rojizo surgieron manchas de oscuridad, los pecados de un hombre otrora puro. De esas tinieblas nacieron los dorados hilos del destino, envolviendo a Cethleann. Si él acababa muriendo, se aseguraría de salvar a esa criatura tal y como salvó a Cichol.

—Puedes hacerlo —aseguró Cethleann, abrazándole con aquel cuerpo desprovisto de gloria alguna, solo cubierto por un sencillo vestido dorado hecho de la voluntad del Sumo Sacerdote por protegerla—. Puedes hacerlo, sé que puedes.

Los delicados brazos del ángel lo rodeaban, transmitiéndole calidez y ánimo. No obstante, era el caduceo lo que lo mantenía vivo en esos momentos, pues hacía rato que estaba usando su propia fuerza vital como ofrenda a la diosa de la victoria. El beso y la sanación no tenían que ver, a pesar de lo cual, Gestahl Noah habría dado la vuelta encantado para disfrutar de un último placer. La besaría, usando su cuerpo para protegerla de lo que sin dudas era la muerte para ambos de otro modo. Sería una buena forma de despedirse de esa vida que al fin y al cabo era una más entre tantas otras.

Pero él quería un futuro. No un placer fugaz, sino uno eterno, el de dar por fin cierre a su mayor pecado. El de matar al peor de sus hijos. Para eso, tenía que vivir.

Tenía que alcanzar la victoria en esa batalla, al costo que fuese.

Guiado por una demencial idea, volvió a invocar el Arca de Cloto.

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Brillante como la estrella homónima, Antares, la máxima técnica de Deucalión de Escorpio renombrada a través de los milenios como Nacimiento y Arca de Cloto, descendió de los cielos desgarrados hasta el suelo, mezcla del rojo de la sangre y el negro de la muerte. Allí se abrió cual capullo en flor, revelando al único hombre de la vieja humanidad que Poseidón consideró digno, sin una sola herida en el pecho descubierto, agitado por una respiración acelerada. Quien ahora respondía al nombre de Gestahl Noah asía Niké con tanta fuerza que las manos, inundadas de sudor, blanqueaban. Era como el náufrago aferrado a una tabla de madera en medio del océano, confiando que esta le permitiese sobrevivir a la tempestad.

En este caso, la tempestad era el tiempo mismo. A través del Arca de Cloto, Gestahl Noah había viajado al futuro para sobrevivir a un disparo que solo un dios habría podido detener. Detrás, aferrada a él con un fuerte abrazo, estaba la temblorosa Cethleann, cuya máxima referencia era el Gran Espíritu Seiros. Ahora había atestiguado cuantos peldaños de la infinita escalera del poder verdadero la separaba de los Astra Planeta. Ahora entendía lo absurdo que había sido tratar de desafiarla. Y aun así, cuando la miraba a ella y sus dedos ensangrentados, tendidos junto a los costados tapizados por el universo mismo, denotaba más compasión que miedo. Sí, había comprendido bien por qué nueve advenedizos regían los ejércitos del cielo desde la caída de Troya, pero también comprendía que incluso ellos, el eslabón perdido entre los dioses y los hombres, seguían estando por debajo de los olímpicos. Titania de Urano había empleado el poder de una diosa por puro capricho y pagó el precio. No solo vio a su presa escapar, sino que su propio cuerpo resintió la blasfemia cometida desde el momento del disparo, que desintegró hasta el último protón del Arco Lunar y el trono.

—¿Qué ha sido eso? —dijo Gestahl Noah, avanzando solo un paso antes de caer de rodillas. Los rescoldos de Escorpio lo cubrieron de cintura para abajo a modo de túnica, ocultando las piernas y los pies bajo un remolino con todas las tonalidades del rojo.

—Gea y Artemisa se dirigieron a Zeus con la misma petición. El mayor cazador que jamás hubo existido. El monstruo que dio muerte a ese cazador. Uno de ellos debía ascender al cielo, mientras que el otro languidecería en el Hades. Entonces no existía la Tercera Orden: no solo la leyenda era inmortalizada, sino que el alma del muerto acababa por siempre en los cielos —advirtió Titania, evitando observar las manos heridas—. El rey de los dioses tomó una decisión salomónica: elevó a ambos a las alturas, por considerarlos dignos de ser recordados por siempre. Cuenta la leyenda que desde entonces Escorpio persigue incansable a Orión, sin alcanzarlo nunca, porque Artemisa vela por él en la muerte como no pudo velar en vida.

—Es como me temía. —Cethleann se había limitado a ayudar al hombre conocido como Gestahl Noah a levantarse, pero ahora la miraba de frente, acaso asumiendo que eran iguales solo porque ambas podían sangrar y morir—. Has cometido el peor de los crímenes. Has usado el poder de un dios en tu provecho.

—Soy Titania de Urano —replicó la astral—. Rijo la Esfera del Espacio y las Dimensiones en nombre de Atenea, quien como hija de Zeus rige sobre las constelaciones que él creó a través de los eones. No he cometido ningún crimen.

—Tus heridas…

—¿Piensas que esto es una herida para una astral?

La regente de Urano alzó la mano ensangrentada, cerrándola como un puño. Gestahl Noah, que se iba recuperando poco a poco, notó que más allá de donde estaba la astral, se había abierto una grieta en el espacio con la misma forma que la herida.

«Eso no ocurrió cuando Las´ah le hirió en la frente —reflexionó Gestahl Noah—. ¿Es distinto? Herir el cuerpo de un astral y dañarlo de verdad.»

—Puedes engañarte a ti misma —dijo Cethleann—, mas no a los dioses.

—Los dioses nos crearon para que usáramos el poder que nos dieron —sentenció Titania—. Más allá del cosmos y la magia, dunamis dormido que despierta en el momento adecuado. Nimbo. El cuerpo que creé no pudo soportar la presión. Eso es todo lo que has visto, niña, la dificultad de manejar una esquirla de la divinidad. —Con solo tensar el cuerpo, todas las heridas causadas hasta ahora se cerraron, quedando no obstante cicatrices. Y sin que las grietas en el espacio se cerraran. Si la astral estaba al tanto de eso, no lo demostraba en lo más mínimo—. ¿Qué harás ahora, pastor? Si vuelves a invocar a Escorpio, lo aplastaré de nuevo. Si invocas a toda la Eclíptica, yo haré caer el Escudo de Bronce y la Lanza de Plata sobre la Corona del Zodiaco.

«Si hicieras eso, te destruirías a ti misma —reflexionó Gestahl Noah, paladeando la utilidad que ello representaba—. Estás perdiendo la razón, como tu madre. O tal vez tengas algún as bajo la manga. —Existía un poder más allá del de los Astra Planeta: el arma secreta de los regentes de Júpiter. Si Titania tenía acceso a ello, estaban acabados—. ¿Serías capaz de robar las memorias de tu padre por poder?»

Decidió que lo había hecho, incluso si no fue por poder. La veía muy capaz.

—Lo hemos visto todo —dijo Cethleann—. Desde nuestro refugio. Mis amigos, Sariel y Timotheos, han muerto, mi familia se debate entre la muerte y la locura, mientras tú te quedas mirándolos desde arriba, borracha de poder. Mi tío Macuil tiene esa espada tan aterradora, que todo lo destruye, hasta a quien la porta.

Gestahl Noah miró hacia abajo. Era cierto que llegaron a ver el fin de las batallas de Kanon, Triela y Tetis, así como la liberación del Argo Navis Negro y el comienzo de la vía diplomática entre Indech y Ofión de Aries. No obstante, después de eso, todas las imágenes se vieron opacadas por el omnipresente negro rodeado de rayos rojizos que caracterizaba al Sable Ragna. Era aterrador: un poder tan grande que con solo verlo ya se era consciente del daño irreparable que podía causarte. Destruir el cielo, la tierra y el mar era una forma florida de referir el fin del universo, la antítesis del Big Bang.

—¿Aterradora, dices? Los arcanos mayores son conocidos como las más grandes armas creadas por Hefesto, mas al final, muchas de ellas se basan en la misma cualidad: lo cortan todo, excepto aquello que no se puede cortar. —Sonriendo de una forma característica, Titania extendió la mano. Su vestido se oscureció, ensombreciendo las estrellas a la vez que llenaba todo con un destello cegador. Tanto el ángel como el Sumo Sacerdote debieron apartar la vista, y aun después de un tiempo, ver a la astral fue en verdad doloroso: lo que los dedos restaurados de Titania sostenían no podía describirse de ningún modo, porque más que algo, era la nada. Un hueco en el universo que dejaba entrever el Caos al que Garland de Tauro mandaba la materia para aniquilarla por completo—. Las armas de los Astra Planeta no se limitan a cortar. La materia ni se crea, ni se destruye, solo se transforma. ¿Habéis oído esa máxima alguna vez? Permitid que Oblivion os demuestre cuán equivocados pueden estar los seres humanos.

Titania no fue a por ellos corriendo como una amazona. Se limitó a andar, terrible como una encarnación de la muerte. El mero poder que desplegaba ya era suficiente para mantener al ángel y el Sumo Sacerdote paralizados, bajo la clase de presión de la cual no era posible escapar ni siquiera mediante la teletransportación, al funcionar en todas las dimensiones de forma simultánea. Sin embargo, Gestahl Noah aprovechó esos valiosos segundos que la arrogancia de la astral le concedieron para reunir las fuerzas necesarias y actuar en el momento justo, cuando Titania alzó Oblivion sobre ellos. La nada chocó contra el todo que representaba la única diosa con la que podían contar por ahora, Niké, causando tal incremento en la presión que Gestahl Noah cayó de rodillas.

—Creía que los terrestres eran monstruos por desafiaros —dijo Cethleann, con cuatro alas de verdosa luz naciéndole de la espalda—, mas me equivocaba. ¡Si todos los Astra Planeta son tan egoístas y mezquinos como tú, tal vez haya una razón para que los terrestres quieran eliminar a Caronte de Plutón!

—Ya que hablas de monstruos —dijo Titania, sin siquiera mirarla. Tenía los ojos fijos en el sudoroso rostro del Sumo Sacerdote, hinchado y rojo por el esfuerzo—, recuerda que fueron los tuyos los que pusieron el universo en peligro en primer lugar.

—¡Mi padre ha servido a los dioses desde los albores del tiempo!

—Toda guardia llega a su fin.

Entre la inmisericordia de Titania y la bondad de Cethleann, Gestahl Noah sacó fuerzas de la flaqueza para alzarse, haciendo retroceder esa horrible ausencia que la astral esgrimía. Niké no era algo que un ser humano pudiera destruir, así fuese uno de los nueve seres más poderosos del universo. Sin embargo, eso significaba poco cuando era un hombre más débil quien usaba como un arma a la diosa de la victoria. Si no fuese por el apoyo constante del ángel y su caduceo, ya habría caído hacía mucho. Nada podía matarlo si no lo querían los dioses, pero sí que podía agotarse como cualquier mortal.

—La mía apenas ha empezado —replicó Cethleann, a destiempo.

A Gestahl Noah le pareció un disparate hasta que vio el mismo fenómeno que en la batalla de Sariel y Kanon. Las alas, nimbo puro, llovieron sobre Titania desgarrándole la piel de los brazos en diversos cortes, si bien poco profundos.

El espacio siguió agrietándose a la vez. Le estaban hiriendo de verdad. Niké estaba otorgándoles el milagro. ¡La diosa de la victoria les sonreía!

—Suficiente —dijo Titania.

Deslizando el arma a través de Niké, dio una estocada al ala superior derecha de Cethleann. Tan solo la había rozado cuando esta desapareció por completo.

Los gritos que el ángel mutilado soltó hicieron añicos la prudencia que Gestahl Noah había procurado mantener. Concentrando hasta la última chispa de cosmos en el báculo dorado, se decidió a hacer probar a la astral la Sentencia de Átropos, pero ella ya no estaba enfrente de él. Seguía cortando, una tras otra, las alas de la guerrera celestial, que se retorcía en el suelo con el rostro empañado de lágrimas y sangre, gritando hasta que se quedó sin voz. Cuando hubo terminado la mutilación, Titania hizo desaparecer Oblivion y giró hacia el enfurecido Sumo Sacerdote. Sonriendo, claro.

—¿Qué tan despreciable puedes ser? —cuestionó Gestahl Noah, colérico. Su voz, elevada como pocas veces en su vida, era ahogada por los gritos del ángel.

—Tanto como mi madre. Si no más —replicó Titania—. Bueno, ¿hacemos un trato?

Mientras decía eso, bebiendo con su sonrisa la sangre que le bajaba por la nariz, algo, sin duda la propia astral, golpeó el estómago de Cethleann para callar sus sollozos.

—¿Trato? —dijo Gestahl Noah, guardándose de ir a socorrerla.

—Toda esta batalla ha sido solo para que viera lo peligrosa que es Niké para nosotros, ¿yerro? —dijo Titania—. Saga de Géminis estaba convencido de poder vencer a Poseidón, Hades y Zeus con las armas de Atenea. Una locura propia de un loco, mas ni los Astra Planeta somos dioses, ni tú, pastor, eres ese niño que apenas vislumbraba los secretos del cosmos. Eres un peligro, me has convencido de ello.

El Sumo Sacerdote no sabía qué decir. ¿Tan fácil le resultaba a la astral leer sus planes? Además, incluso si previó que Cethleann, o Cichol, murieran en el proceso, aquellos gritos le habían helado la sangre. Sentía que era algo peor que la muerte.

—Quiero que salves a los míos —dijo Gestahl Noah—. A todos ellos. Quiero que derribes a Aquel que se desliza en la oscuridad, ¡que lo destruyas!

—Estaré encantada de hacerlo, si me das lo que quiero yo —dijo Titania, tendiendo la mano. Ahora no tenía solo los dedos sangrantes, sino todo el brazo, cosa que no parecía importarle en lo más mínimo—. Hazlo y te concederé tu deseo.

Un último vistazo a Cethleann bastó para que Gestahl Noah dudase. ¿Qué estaba haciendo? Para salvar a los suyos, a ese rebaño que arrastraba por el universo como un sacrificio a su deseo de venganza y búsqueda de redención, ¿pactaría con el mismo diablo? Titania no exageraba al sugerir que podía ser incluso peor que Pirra. Ella no era un ídolo adecuado a las inseguridades de un grupo de necios inmortales. Lo que hacía, lo hacía por sí misma. Nadie la había obligado de ninguna forma.

«Me entregué al Hijo por amor a Atenea —reflexionó Gestahl Noah—. Para liberarla del tormento que supone renacer y morir por una especie como la nuestra.»

Ese trato no sería el primer pacto con el diablo que haría.

—Yo, Sumo Sacerdote de Atenea, te hago entrega de Niké, la diosa de la victoria, para que hagas con ella tu voluntad siempre y cuando no sea levantada contra Nuestra Señora, la hija de Zeus —recitó Gestahl Noah. Tal conjuro solo lo había hecho una vez, cuando delegó en Pirra de Virgo su cargo como Sumo Sacerdote, antes de marcharse.

La nostalgia lo embargó como un tonto, mientras Titania tomaba el báculo dorado con la solemnidad que exigía el acto. No estaba ansiosa, ni desesperada. Poseía el aura de dignidad de una reina, o más bien, la disciplina del guerrero que fue su padre.

—Con esto, lo imposible se hace posible —susurró Titania, satisfecha—. Matar a esos cuatro santos de bronce no entrañaría ningún riesgo para mí y mi familia.

—Tu familia morirá —advirtió Gestahl Noah, derramando entre los dientes apretados la ira contenida—. Tu padre ha muerto. Tu hermano, mi hijo, morirá bajo mis manos. —Como para dar prueba de ello, hizo crujir los puños—. Y en cuanto a los demás, ni siquiera Niké podrá protegeros cuando el Hijo sea liberado.

—Oh, ¿así que lo sabes, eh? —preguntó Titania, descolocándolo—. Sí, Niké no me serviría para vencer a un dios, así que es inútil para los Astra Planeta, que estamos por encima de todos los hombres y espíritus de este universo.

A Gestahl Noah ni le dio tiempo a preguntar por qué querría entonces tener Niké. El poder de Titania, una vez más, creció de forma repentina, ensombreciéndose las estrellas de su manto estrellado bajo una oscuridad que precedía la más terrible de las armas. Por un momento, el Sumo Sacerdote vio la mano con la que la astral sostenía a Niké, comprendiendo lo que aquella hija de su madre estaba a punto de hacer. Un auténtico crimen, que excedía por mucho hacer uso del poder de los dioses sin su consentimiento. La idea le hizo pensar en Cetheann, y pensar en ella lo impulsó a sumar una locura más a ese viaje demencial, saltando hacia el ángel para protegerla.

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Cuando abrió los ojos, el mundo ya no era un vacío interestelar, ni un remolino de poder rojo y negro. Era del mismo blanco que una hoja de papel, exceptuando dos ojos ambarinos que lo observaban a él y la inconsciente Cethleann, en cuya espalda desnuda ardían cuatro heridas ennegrecidas. Gestahl Noah acarició el rostro del espíritu antes de alzarse y desafiar, una vez más, a la astral. ¿Cumpliría su palabra, incluso después de haber fallado en el demencial intento de destruir a una diosa?

Entonces vio que no había fallado, que lo que veían los ojos eran los fragmentos dorados de lo que solo podía ser Niké, pues nada más habría sobrevivido a una explosión capaz de consumir el mismo espacio-tiempo sin dejar nada.

—Tranquilo —dijo una voz tras su espalda—, solo la ha liberado de sus obligaciones. Estamos reuniendo a la familia y nos pareció bonito que estuviesen todos.

Por segunda vez, Gestahl Noah se atrevió a dar la espalda a Titania.

—¿Quién eres…? —Calló al no ver a nadie.

—Tritos de Neptuno —se presentó la voz—. ¿Esta burbuja que te protege de ser borrado por la nada? Soy yo. De nada. Cállate —ordenó el astral, cerrando de hecho la boca que el Sumo Sacerdote abría—. Tengo algo importante que decirle a mi hermana. —Aspiró aire con tanta sonoridad, que Gestahl Noah decidió que era bueno taparse los oídos, cosa que no sirvió de nada—: ¿¡Cómo se te ocurre usar Oblivion dentro de la Esfera de Urano!? No eres una recién nacida. Tu técnica magna ha madurado. ¡Pudiste haber muerto! ¿Y qué habríamos hecho Caronte y yo, eh? ¡Se supone que somos un equipo! ¡Se supone que…! ¿Me estás escuchando?

—He cometido un error —dijo Titania con una voz estridente, nacida de todas direcciones—. No importa, crearé otro cuerpo. Un cuerpo mejor.

—¡Titania de Urano! —gritó Tritos, una vocecilla en comparación.

—Te doy las gracias, Tritos —replicó Titania—. Por salvar a esos dos. He de cumplir mi palabra, reconciliarme con los dioses. Tienes que…

—Sí, sí, sí —repitió Tritos—. Oí todo. Estuve ahí y vi como usaste el poder de Niké de lograr la victoria en cualquier empresa para destruir el envoltorio de la diosa de la victoria. El Hijo estará rabiando, allá en el Tártaro. Se ha de haber enorgullecido mucho de atar a tan distinguida miembro de la vanguardia de Zeus a uno de los suyos. Fue toda una proeza, eres tan lista como tu madre e igual de cabeza hueca, si eso tiene sentido.

—Lo tiene —reconoció Titania, cerrando los ojos—. Aun así, era necesario. Sin Niké, puedo dejar que ese barco llegue al Jardín de las Hespérides. Ayúdales en eso, tal y como he prometido, sálvales del Rey Durmiente para que mueran a manos de mi hermano, como tanto desean. Yo he de recuperarme.

La presencia de Titania se fue desvaneciendo. A la vez, una figura traslúcida se manifestaba en el interior de la burbuja en que estaban Gestahl y Cethleann.

—Ah, se me olvidaba, Cratos… —empezó a decir Tritos.

—No ha visto nada en el cielo —dijo Titania, oyéndose su voz lejana como un mero rumor—, mas eso carece de importancia. Ya sé cómo alejó Narciso a los santos de bronce de nuestros sentidos, Tritos. El pastor me dio la clave. Por eso pacté con él.

La ira agitó el cansado cuerpo de Gestahl Noah. ¿Titania consideró útil pactar desde entonces? El choque con Oblivion y la mutilación de Cethleann… ¿Habían sido solo un juego? Una vez más, el Sumo Sacerdote vio las heridas en la espalda del ángel, recordando los gritos y el dolor. Y sintió por Titania un odio irracional.

—Si crees que voy a permitir que hagas eso en estas circunstancias, es que no conoces al tercer hijo de Poseidón y Clito —advirtió Tritos, cruzado de brazos.

Gestahl Noah lo miró de frente, desafiante.

—Si estuviste aquí, viste lo que hizo tu hermana.

—Sí. Le cortó las alas, ya no es más un miembro de la Segunda Orden de Ángeles. Debería estar convirtiéndose en un demonio, mas imagino que no pasará, porque tiene sangre humana también. Una lección dura.

—¿Lección? ¿De qué?

—El mito de Aracne.

—Los Astra Planeta no sois dioses —dijo Gestahl Noah.

—Mas los guerreros sagrados y los ángeles seguís siendo hombres —dijo Tritos—. Os puede el orgullo. ¿Qué esperabas que hiciera Titania después de ver a un Espíritu Superior osando confrontar a una general de los cielos? Destruir su fuente de orgullo.

—Haremos lo mismo nosotros, entonces —auguró Gestahl Noah—. Os destruiremos.

—Lo vais a intentar —rio Tritos—, mas primero, ¿qué tal si os ponéis algo de ropa?

Tan pronto lo dijo, un sinfín de camisas, chaquetas, cinturones, pantalones y zapatos aparecieron por toda la burbuja, mientras que el ángel del Agua, aún inconsciente, pasó a estar vestida, sin más. Todo un gesto de caballerosidad para quien decía sin empacho que era el querido hermano de monstruos de la talla de Caronte y Titania.

—Os destruiremos —juró Gestahl Noah, sin dejar de mirarle—. Tú mismo lo has dicho.

—¿Qué cosa? Ah, sí, que somos inmortales. Puede que lo haya dicho, más no lo recuerdo. —Trito se encogió de hombros.

En realidad, había sido Caronte el que lo dijo, en la Noche de la Podredumbre. Pero Gestahl Noah no se refería a eso, ni creyó necesario que el regente de Neptuno entendiese en qué estaba pensando. Tal vez no se había dado cuenta, como Titania evitó prestar atención al daño que se estaba haciendo a sí misma al invocar el poder de la constelación de Orión para aplastar a la constelación de Escorpio. Sí, por diferentes que fueran los poderes de unos y otros, los guerreros sagrados y los ángeles seguían siendo distintas formas de humanidad, al igual que los Astra Planeta. Podían cometer los más tontos errores, como reconocer un punto débil movidos por la preocupación.

—¿A qué se refería Titania con que yo le di la clave de dónde están los santos de bronce?—preguntó Gestahl Noah mientras se vestía, tratando de distraer al enemigo.

—Y yo qué sé —dijo Tritos, dando después palmadas—. ¡Vamos, deprisa! Tenemos que ir a pescar a un Rey Durmiente. ¡Vamos!

El Sumo Sacerdote obedeció, dócil, mientras meditaba, seguro bajo la protección del inconsciente colectivo de la humanidad, las implicaciones de lo que Tritos había dicho cuando llegó. Que Titania pudo haber muerto por usar su técnica magna en la Esfera de Urano. Que en ese lugar, donde los Astra Planeta podían hacer uso de todo su poder, estaba también su mayor debilidad. Que, contrario a las expectativas que tenían él y las fuerzas del Hijo, no era necesario el respaldo de un dios para matar a un astral.

Con la esperanza naciendo en su pecho entregado a la desesperación, Gestahl Noah terminó de vestirse y confió en llegar a tiempo para salvar a todos.

Porque ahora, más que en ningún otro momento, la posibilidad de matar a Caronte de Plutón se estaba volviendo una realidad. Tuvo tiempo de darle algunas vueltas a ello, y así comprendió, que él era tan despreciable como Pirra y Titania.

«La manzana nunca cae muy lejos del árbol —reflexionó, lúgubre, el Sumo Sacerdote.»