Capítulo 228. Santuario
Cuando Makoto despertó, acariciado por la luz del Sol, no pensaba en que se había dormido en el cumplimiento del deber. Tampoco se planteó levantarse, pues, tras horas dormido sobre el duro suelo del cementerio y el cabello azul aplastado contra una de las frías lápidas, el traje especial Hercules le pesaba una barbaridad. Tomó su cañón Eridanus clase Omega, que con acierto había dejado al alcance de la mano antes de darse una cabezadita, y lo colocó de tal forma que la luz no le llegara a los ojos.
Un hombre como él podía hacer ese tipo de cosas porque el mundo estaba en paz. En el siglo XX, los santos de Atenea, bajo el liderazgo de Atenea, detuvieron a Poseidón y Hades. A principios del siglo XXI, una alianza de guerreros sagrados sin precedente repelió a las huestes del reino de los muertos, que pretendían cobrar venganza por la caída del rey del inframundo. Después, todo no hizo sino mejorar. La organización terrorista conocida como Hybris pasó de ser enemiga, a aliada, y de aliada, a integrarse en las fuerzas regulares del Santuario, la Guardia de Acero, que en tiempos de paz pudo adoptar un rol de policía militar en un mundo convulso. Todas las guerras locales que los hombres quisieron iniciar fueron detenidas de inmediato, el crimen organizado era cosa del pasado e incluso los políticos del mundo entero sintieron la mano del Santuario, por mediación de la poderosa Ciudad Azul, cuya injerencia en Rusia no hacía sino acrecentarse. La alianza con los siete mares era aún más inquebrantable que la que unía al Santuario y a Bluegrad, de modo que el comercio, ora a través del océano, ora a través de los cielos que de estos dependían, también debía funcionar de forma legítima. Sin forma de beneficiarse mediante conflictos ilegales, los poderes económicos del mundo empezaron a ver que la mejor forma de sobrevivir era resolver los problemas que antes solo les traían beneficios. Hambre, pobreza extrema, desigualdades sociales… También la naturaleza se vio favorecida, otorgándosele por fin el respeto que merecía, para agrado del más poderoso de los aliados de la humanidad, Adrien Solo.
Algunos podrían decir que el Santuario había obligado a la humanidad a gobernarse como ellos querían. No obstante, los hechos hablaban por sí solos. El nivel de vida promedio había aumentado, siendo el único coste que nadie vivía como los ricos de antaño debido al trato que los nuevos modelos económicos conferían a ciertas formas de entretenimiento. Además, lejos de centralizar el poder, el Santuario fue volviendo al aislamiento, mientras que los países del mundo recuperaban el control pleno sobre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. La única queja a ese respecto que podía haber, si es que el comandante general, Brion Munro, no estaba ahí para corregirte como solo él sabía hacer, era que el mundo, lejos de unirse en una sola entidad como auguraba el globalismo del pasado, tendía más bien a dispersarse. Muchas regiones de muchos países se habían independizado a lo largo del tiempo, siendo la escisión del norte y el sur de los Estados Unidos la más sonada, que no la única. Incluso Rusia terminó fragmentándose cuando el Kremlin desafió a la Ciudad Azul: tras acusar al Señor del Invierno de ser un títere de la Suma Sacerdotisa, provocó la Declaración Unilateral de Independencia de Bluegrad, a la que se sumó toda Siberia Oriental. El Santuario veló porque el proceso ocurriera sin ningún altercado; la guerra seguía estando prohibida, no importaba la razón, de modo que tanto era imposible que una región se escindiera a través de la rebelión, cuanto que un país impidiera la escisión a través de las armas.
En opinión de Makoto, soldado por herencia familiar, historiador de corazón, ese era el tipo de disquisiciones éticas que solo interesarían a eruditos como Vito Cornelius, el actual bibliotecario de Bluegrad, oriundo de los Estados Unidos del Sur. A pesar de ser muy joven, ya había tenido sonadas discusiones filosóficas con la Suma Sacerdotisa, cuestionándole una visión que parecía perfecta, la de preservar la paz y la justicia, descartando todas las ambiciones mundanas. Vito Cornelius opinaba que la humanidad tenía más de una faceta, y que ignorar todas aquellas que no eran agradables no haría que desaparecieran, sino que anularía a los seres humanos como hombres.
—Un perro castrado sigue siendo un perro —replicó la Suma Sacerdotisa, a los ojos de toda la guardia. La líder del Santuario no tenía miedo de discutir en público.
—Vos lo habéis dicho. Un perro, no un hombre —dijo Vito Cornelius—. La dependencia de la humanidad del Santuario ya es mayor que nunca. Si eliminarais de raíz la maldad de los hombres, no podrán defenderse siquiera de sí mismos.
Para satisfacción del comandante Munro, ninguno de los que escuchó tal advertencia, fueran reclutas, instructores o veteranos, vio problema alguno en que la humanidad dependiera del Santuario. ¡Para eso estaban! Las personas vivían el día a día, persiguiendo sueños, sabiendo que siempre habría un ejército de soldados incorruptibles para velar por ellos, protegerlos de toda afrenta y vengarlos si ello no fuera posible. Era un paraíso, una utopía de la que nadie sensato se quejaría.
Vito Cornelius no era un hombre sensato, aunque, cosa extraña, era el único hombre en mucho tiempo con el que la Suma Sacerdotisa compartía una taza de té, en la cima del Santuario. Incluso el comandante Munro aceptaba que había respeto entre ambos.
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—De tal palo tal astilla —oyó Makoto antes de ser despertado de la peor manera posible. Un chorro de agua fría le golpeó desde los pies a la cabeza, helándolo a pesar del traje especial Hercules. No se dio cuenta de que no lo llevaba puesto hasta que se levantó de un salto, tembloroso y castañeando los dientes—. Tu tatarabuelo era igual, según decía Faetón. ¡Cuánto lamento todas las veces que le di un coscorrón, pensando que el único hombre que me superó a mí, Aqua, podría ser un vago!
Abrazándose para apartar el frío, Makoto tuvo que hacer memoria. Faetón fue el líder de los Observadores, la sección de la Guardia de Acero destinada a la vigilancia y prevención de delitos a nivel mundial, hasta mediados del siglo XXI, cuando murió de un deshonroso atragantamiento, según decían unos, o deteniendo él solo una invasión alienígena, según decían otros. Como sí que había habido contacto con vida extraterrestre, en 2017, Makoto no tenía ni idea de qué versión podía ser la verdadera. Sí que sabía, de buena tinta, que a Aqua de Cefeo, diosa autoproclamada, la habían superado muchos hombres, solo que ella tenía el tino de contar solo a los santos de plata. Ningún santo de plata podía ser tan poderoso, por mucho que ella dijese lo contrario. El tatarabuelo de Makoto sin duda había sido un santo de oro.
Miró la lápida bajo la cual se había quedado dormido, impulsado por falsas ilusiones. La tumba de su antepasado estaba, por mediación divina, muy cerca de la de un amigo.
«Makoto de Mosca. Santo de plata.»
«Azrael de Capricornio. Santo de oro.»
Desde siempre, había tenido la teoría de que algún travieso había cambiado los nombres. Azrael, uno de los miembros fundadores de la Guardia de Acero, conocido por ir respaldado por un enjambre de moscas mecánicas, era el verdadero santo de Mosca. Makoto, en cambio, sería el santo de Capricornio. Nunca se había atrevido a decirla en público, por supuesto; que a la Suma Sacerdotisa le gustase debatir no quitaba que podía ser bastante dura con quienes blasfemaban contra la voluntad de Atenea.
—Les echo de menos. —Extendiendo el brazo derecho, enfundado en argénteo metal, Aqua hizo descender un chorro de agua fresca y pura sobre ambas lápidas—. Éramos un equipo, el mejor equipo. Los mortales no tendrían que durar tan poco.
—Vivieron cien años —replicó Makoto, todavía abrazándose—. Los dos. Murieron de vejez. No eran perros —se le ocurrió decir, pensando en Vito Cornelius—. Oye… —No habría querido decirlo en esas circunstancias, ver a una diosa orando por los muertos se sentía como el acto más solemne que un simple humano como él podía ver. Sin embargo, llevaba ya quién sabía cuánto en paños menores—. ¿Fuiste tú quien…? ¿Dónde está mi ropa? —Se arrepintió de preguntar tan pronto lo hizo.
La santa de Cefeo no necesitó más que mover el dedo para que el traje especial Hercules le cayese en la cara, con el exoesqueleto incluido.
—Ay, ay, ay —se quejaba Makoto, aguantando la risa.
Le había quedado un chichón en la cabeza tras la caída de la última pieza, el cañón Eridanus clase Omega. El metal de la Guardia de Acero era duro y él solo promediaba entre el ejército más poderoso del mundo, lo que ya parecía bastante bueno, en su opinión. No dijo nada más mientras se vestía, en parte por no atraer la ira de Aqua de Cefeo, en parte porque en esos momentos a la luz del día el cementerio no parecía tan aterrador. Seguía abundando la niebla de ese rincón del Santuario, dando un aire místico a las lápidas de la zona, que honraban a los muertos de la pasada generación de santos de Atenea, pero había luz y eso a él le bastaba para no tener miedo.
—¿A qué viene ese peinado, por cierto? —Aqua de Cefeo se giró en el preciso momento en que estuvo vestido. No pudo evitar avergonzarse: sin duda, ella había sido la responsable de dejarlo desnudo, mediante telequinesis, para darle un escarmiento.
—Mi peinado es el de siempre. —El mismo que su tatarabuelo, según le dijo una vez la Suma Sacerdotisa mientras él y otros once Guardianes la escoltaban a Bluegrad, para una audiencia con el bicentenario Señor del Invierno. Eran muy parecidos, quitando que él tenía la nariz roja de tanto constiparse—. ¿Dices el color? Es una moda. El mundo exterior cree que somos ángeles caídos del cielo, así que los aspirantes a santo de Atenea han cogido la costumbre de pintarse el pelo de colores extravagantes y usar lentillas a juego. Y a mí siempre me ha gustado mucho el color de tu pelo —reconoció, ruborizado. No era malo ser sincero, aunque costaba—, tatarabuela.
Se hizo el silencio. La máscara que toda mujer al servicio de Atenea debía portar encubrió de forma formidable la reacción de la santa de Cefeo.
El instinto de cinco generaciones de guerreros impulsó a Makoto a interponer los brazos frente al rostro, sin embargo, ya para ese momento Aqua le estaba tirando de la oreja y arrastrándolo lejos del cementerio que se suponía estaba vigilando la noche pasada.
—No estoy enfadada —aseguró Aqua, como respuesta a las reiteradas disculpas de Makoto—. Es solo que tu estirpe necesita un incentivo físico para trabajar.
—¡Mi estirpe viene de tu vientre! —se quejó Makoto.
Fue hasta que salieron del cementerio que dejó de gritar. Entonces, Aqua le soltó la oreja, grande y roja, diciéndole de forma amistosa:
—Vamos, nos esperan los extraterrestres y esta vez no está Faetón para detenerlos.
Mientras se dirigían a Rodorio, Makoto no dejó de preguntarse cómo podía haberse quedado tan dormido como para que le robaran la ropa y además una nave espacial aterrizara tan cerca. En comparación, el chiste sobre Faetón le pareció normal.
Si es que era un chiste.
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Los miedos de Makoto no eran del todo infundados. Si bien el cementerio estaba despejado, de modo que nadie pudo verlo y oírlo ser tratado como un niño pequeño, alguien estaba observando cada evento de lo que ahí ocurría desde la distancia.
El Viejo Juez lo percibía todo. Desde las acciones de los hombres, las bestias y los pájaros, hasta la actividad de los microorganismos a lo largo del Santuario. Lo hacía incluso desde su exilio en el monte Lu, sin descuidar por ello la vigilancia de la Torre de los Espectros, con más razón podía hacerlo desde la villa de Rodorio, en que se hospedaba como un simple y viejo mendigo harapiento en la posada más apartada de todas. Se decía a sí mismo que era su deber de guardador de la paz, así como un paso más en el entrenamiento que lo convertiría en el Demonio de LaPlace. En realidad solo era un hermano preocupado, ignorando los sentimientos de su hermana menor.
Desde la perspectiva del posadero, el anciano al que acogió pasaría toda esa mañana durmiendo. El Viejo Juez necesitaba vivir aislado del mundo para poder observarlo de forma pura, sin alterarlo de ninguna forma. Eso era diez veces más complicado de lo normal si él estaba presente en el campo de estudio, que era el Santuario y zonas aledañas. La forma que había escogido para resolver ese problema era viajar a través de las dimensiones de forma permanente, como cualquier otro parroquiano andaría por los caminos del mundo. No abría portales para entrar y salir del espacio tridimensional, existía de forma paralela a este, como un fantasma que no interactuaba con nada salvo la omnipresente fuerza de la gravedad. De esa forma salió de la villa, y aunque el tiempo era irrelevante para él, se permitió tardar los minutos exactos que le habría llevado llegar andando como hacía siglos atrás, reflexionando sobre las similitudes entre esa mañana de invierno de 2217 y aquella noche, tan lejana, de principios del siglo XX. En ambas ocasiones, un guardia de nombre Makoto era azuzado por una mujer.
Había, en cualquier caso, demasiadas cosas interesantes en qué pensar cómo para distraerse sobre la tendencia cíclica del mundo. Una colosal nave espacial había aterrizado a las afueras de Rodorio, tal y como ocurrió dos siglos atrás. Por la forma, semejante a una colmena e intrincada en cada uno de los numerosos detalles, bien podría ser la misma. Menos probable era que los doce mondoshawan que habían salido a tierra, con gruesos trajes mecánicos y cabezas de insecto, fueran los mismos de 2017. No porque tuvieran vidas breves, ya que los mondoshawan bien podrían ser espíritus mágicos como los nabateos, empíreos, malakhim y otros pueblos del lado oscuro del universo, sino por todo lo que fue mal en ese encuentro anterior.
El recibimiento que la Tierra dedicó a esa visita de más allá de las estrellas era la prueba más clara que se podía pedir de lo mal que fueron las cosas en el pasado. Setentaicuatro escuadrones de diez cazas Pegasus no tripulados vigilaban cada una de las regiones de Grecia, con los cañones listos para disparar en cualquier momento. Todos habían sido construidos de forma expresa para recibir a la embajada mondoshawan y al Viejo Juez le constaba que cada uno podría desintegrar un meteorito de un solo tiro. Por si eso fuera poco, cincuenta batallones de mil hombres de la Guardia de Acero formaban un perímetro en torno a la nave mondoshawan bajo la dirección de Brion Munro, actual comandante general. Cuatro quintas partes representaban lo mejor de lo mejor entre las tropas de tierra, no solo por una capacidad combativa sin igual con todo tipo de armas y en toda clase de escenarios, considerándose clima, presión psicológica y estado de salud, sino porque la compasión característica de un miembro de la Guardia de Acero llevaba a la élite a acarrear con los más rezagados, ayudándoles a sobrevivir y crecer hasta volverse al menos decentes. Ser decente en el ejército más poderoso del mundo era mucho decir, por supuesto. Con uno de los actualizados trajes especiales Hercules que Jean Baptiste Emmanuel Seisser, presidente de la Fundación Graad, había ordenado producir por si acaso, hasta un aspirante fracasado como Makoto podía ser terrible.
La sensación que había tenido al observar los eventos en el cementerio volvió. A fin de no ahogarse en dilemas más profundos, decidió poner más atención en la embajada terrestre. La encabezaba, por supuesto, la Suma Sacerdotisa, quien andaba con un engañoso cuerpo bajo y enclenque, con el yelmo dorado sobre los cabellos blancos, que todavía poseían las leves ondulaciones en las puntas que arrastraba desde la niñez. A su diestra, donde hacía solo diez años solía estar el cada vez más encorvado y hosco Kiki de Jamir, que hoy pasaba sus últimos días de vida rodeado de cien hijos de diversas edades, estaba Zalera, un niño muy correcto, de alborotado pelo castaño y brillantes ojos grises, que juraba ser el asistente de la Suma Sacerdotisa a todo aquel que le dijera que no debía estar en uno u otro sitio. Detrás, como un semicírculo de perfectos extraños, estaban el comandante Munro por la Guardia de Acero, el bibliotecario Vito Cornelius por Bluegrad, el tercer príncipe de Nueva Atlántida, Ruby Rhod, el presidente de la Organización de Naciones Unidas Tommy Lindberg, el profesor Pacoli por el Centro de Investigación Asamori y la reina de las ninfas de Dodona, Diva Plavalaguna. Esta última haría las veces de mediadora si las cosas se torcían como la otra vez.
Los santos de Flecha, Cruz del Sur, Lira, Orión y Escudo permanecían cerca de la embajada de siete miembros, siempre a la expectativa. O al menos era así hasta que Maya de Flecha vio de reojo que Makoto se incorporaba a las filas. De los diez hijos que el finado Emil de Flecha tuvo con Tetis, solo una permaneció en el Santuario, Maya. Algo tuvo que ver que esta heredara el manto de plata de su padre cuando ya no podía siquiera levantarse del sillón en que pasó lo que le restaba de vida, como un abuelo común y corriente. La actual Maya de Flecha era nieta de aquella, tataranieta, por tanto, de Nereo y Doris, lo que explicaba tanto su cosmos notable como su tendencia a distraerse con los asuntos del corazón. Para el Viejo Juez, que todo lo observaba, las máscaras de los santos femeninos de Atenea bien podrían ser transparentes, como lo era la expresiva cara del guardián Makoto.
—¿Representáis los siete a la totalidad de la Tierra y los seres vivos que la habitan? —cuestionó uno de los mondoshawan. Nunca hablaban de hombres, sino seres vivos. Por lo que a ellos respectaba, quizá las bestias, las aves y los insectos debían ser oídos.
—Yo lo hago —respondió con sequedad la Suma Sacerdotisa. Que tres de los embajadores fueran, en esencia, subordinados del Santuario, incluyendo al profesor Pacoli, dejaba eso bastante claro—. Ellos serán testigos de nuestro acuerdo.
El Viejo Juez sería, entonces, el séptimo testigo. Cosa curiosa, el mondoshawan que cuestionó la legitimidad de esa embajada calló acto seguido, quedando en manos de un segundo, situado en el centro de su grupo, el entablar conversaciones.
Todo remitía al contacto de 2017, cuando los mondoshawan viajaron a la Tierra para avisar que el mal supremo había sido liberado en la galaxia de los nabateos. Aquel que se desliza en la oscuridad acabó con sus carceleros, las potencias del Fuego, el Aire, la Tierra y el Agua, así como los ángeles que les acompañaban, para después despertar a los horrores que le servían a través de un millón de millones de mundos, empezando por la tierra madre de los nabateos, Zanado. Ya para aquella primera reunión, el billón de planetas infectados viajaba a través del espacio, lo que era inconcebible tanto para la Suma Sacerdotisa cuanto para el Viejo Juez, entonces mano derecha de esta. En esas circunstancias, los planetas serían castigados por las inclemencias del espacio exterior, lo que como poco enfriaría toda la superficie hasta un punto en que la vida compleja sería inviable. Ahí fue que los mondoshawan se extendieron en que la vida humana y animal no tenía nada de compleja, era bastante simple, en realidad, porque tenía sentido. Los horrores no lo tenían. Vivían la muerte.
Aquel que se desliza en la oscuridad, como todos los Reyes Durmientes, no actuaba por afán de dominación. La forma más sencilla de entender por qué actuaba como actuaba, sería pensar que los desastres naturales eran conscientes de toda la destrucción que causaban. Eso era, un cataclismo extendiéndose a través del universo, apenas considerando la diferencia entre un hombre y un insecto porque tenía una mente que habitar. Por lo demás, todas las criaturas vivas servían para lo mismo: divertimento, un divertimento efímero, porque Aquel que se desliza en la oscuridad no dejaba de avanzar. Los mondoshawan habían hecho una lista exhaustiva de las fuerzas de la Segunda Orden de Ángeles, compuesta por espíritus mágicos con miles de millones de años de vida, para calmar a la Suma Sacerdotisa y el Viejo Juez, así como a quienes en aquel entonces, doscientos años atrás, los acompañaban: la reencarnación de Poseidón, Adrien Solo; el Señor del Invierno, Alexer; Ícaro Noah, comandante general de la Guardia de Acero; el profesor Kiki Asamori, director del Centro de Investigación Asamori y esposo de la nieta del finado genio; y por supuesto Azrael, quien había delegado su título a favor del hijo de Gestahl Noah, en teoría para facilitar el ingreso de las fuerzas de la desmantelada Hybris en las tropas regulares del Santuario, y en realidad para seguir dedicándose en cuerpo y alma en asistir a la Suma Sacerdotisa. El Viejo Juez no habría sabido decir cuál mostró mayor sorpresa porque hubiese tanta vida más allá de las estrellas. Cada uno, desde luego, hizo cábalas, asumiendo con acierto que todas esas tribus espirituales no solo eran muy superiores a los espíritus del cielo, el mar y la tierra, sino que también excedían la fuerza de la élite del Santuario, Nueva Atlántida e incluso el Hades, si solo se tenían encuentra a los espectros. Poseidón dormía en el corazón de Adrien Solo, decidido a dar a la humanidad la oportunidad de salvarse que concediera a Atenea 25 años atrás, por lo que el actual líder de las Empresas Solo y Nueva Atlántida, el reino bajo el mar, participó de la sorpresa y el alivio. Solo la Suma Sacerdotisa insistió en que, pese a todo, debían prepararse.
—Por lo que nos habéis dicho, por cada galaxia hay un Gran Espíritu, al que sirve una corte de Espíritus Superiores, para velar por un sello. El ejército que protege nuestro universo no puede enfrentar, en conjunto, a un solo Rey Durmiente.
Los mondoshawan, que por motivos solo conocidos por ellos mantuvieron siempre una actitud recelosa respecto a la líder del Santuario, concordaron con ella. Existía un plan de contingencia, ideado por los Grandes Espíritus Etro, Lindzei y Paals, bajo la supervisión del Espíritu Divino Bhunivelze, para reclamar una potencia por cada galaxia en que los sellos estuviesen intactos. Los mondoshawan estaban en contra de ese plan, creían que Aquel que se desliza en la oscuridad estaba ocupando un rol similar al que tuvo Quien roe las entrañas del mundo en la Guerra Primigenia. Por esa razón habían ido a pedir ayuda a los dioses que habitaban la Tierra.
—Poseidón y Atenea —declararon los mondoshawan.
—Me temo que no puedo ayudaros —dijo Adrien Solo—. El destino de Poseidón se halla unido a la Tierra de forma inexorable.
No podía decirles que el día que Poseidón despertase, la humanidad sería juzgada.
—Comprendo —dijo Akasha—, ya que los Reyes Durmientes no pueden morir, la única forma de vencerle es sellándolo. Si tan solo Atenea estuviera aquí.
—Atenea está aquí —decían los mondoshawan, uno tras otro.
No supieron decirles dónde, lo que llevó a una infructuosa búsqueda por todo el globo que duró décadas, siglos incluso. Porque tras saber que no podrían contar con la ayuda de los dioses, los mondoshawan hicieron una petición descabellada.
—¿Niké…? —dijo la Suma Sacerdotisa, con la voz quebrada.
Otros participaron de su espanto. Todos, incluido Adrien Solo.
—Ni siquiera hemos podido recuperar el resto de tesoros sagrados de Atenea —acusó Kiki—. ¡Hija…! Quiero decir, Suma Sacerdotisa, no accedáis a esto.
La guardia de la embajada terrestre era entonces de oro, no de plata, si bien Makoto de Mosca estaba más allá de las normas y se hallaba en medio del semicírculo que formaban Tauro, Cáncer, Leo, Sagitario y Piscis. La Bruja empezó a tararear.
—Renunciar a Niké es renunciar a la Victoria —dijo Alexer, liberando un aura gélida.
—Niké le pertenece a Atenea. Solo ella puede decidir sobre su destino. —Adrien Solo no necesitó hacer ninguna exhibición de fuerza para que los mondoshawan quedaran a la expectativa. En él, un Solo, lo regio y lo solemne eran lo natural.
La tensión crecía por momentos, hasta que Makoto gritó:
—¡Azrael, no saques la pistola!
—¿Tengo una pistola?
Que Azrael estuviera palpando el traje especial Perseus, solo hizo que todo se sintiera aún más absurdo. Pocos rieron, por cómo era, pero incluso la Suma Sacerdotisa sonrió.
—Yo creo que es lo correcto —dijo Ícaro Noah, aprovechando el momento.
No le costó mucho explicarse, aunque decía mucho del hijo del desaparecido Gestahl Noah que pudiese soportar el escrutinio de los hombres más poderosos del mundo. Con una franqueza que entusiasmó incluso a los mondoshawan, el comandante general Ícaro les recordó que por mucho que los guerreros sagrados tuvieran el poder del universo en su interior, la Tierra estaba llena de gente normal y corriente. Si la batalla podía definirse lejos del planeta, ¿por qué no dar a los defensores del universo el arma adecuada? Sin duda se la regresarían cuando todo estuviese arreglado, de todos modos.
Uno tras otro, los miembros de la embajada terrestre fueron concordando, siendo el último Kiki, mientras rumiaba los nombres de sus hijos. No obstante, como Adrien Solo había dicho, solo a Atenea correspondía decidir por Niké, y a falta de la diosa de la guerra y la sabiduría, había que acudir a su representante en la Tierra.
—Está bien —dijo la Suma Sacerdotisa, manifestando en la mano el deslumbrante báculo de la Victoria, Niké—. Por el bien de la Tierra, te haremos este préstamo.
—¿Préstamo? —preguntaron los mondoshawan, extrañados de esa actitud codiciosa.
Porque Akasha, que dedicaba cada minuto de vigilia e incluso de sueño a proteger a los siete mil millones de habitantes de la Tierra, era mortal. No podía pensar en cuidar también del universo, tan vasto, así que desde su perspectiva actuaba bien al otorgarle Niké a los mondoshawan solo por el bien del planeta que guardaba en nombre de Atenea. Los mondoshawan, más desprendidos, arguyeron que era el deber de los seres vivos proteger la vida por encima de todas las cosas, doquiera que estuviese. Ese choque cultural les llevó a responder, con la misma franqueza que Ícaro Noah demostrara antes, por qué poseyendo Niké podrían ellos derrotar a Aquel que se desliza en la oscuridad.
—Vuestro mundo ya tiene un dios que lo guarda y protege, no necesita dos.
—¿Es por eso que Atenea permanece oculta?
—Yo pienso que es porque rechaza este mundo.
—No es propio de los espíritus que sirven a los dioses cuestionarles.
—Atenea reencarnará allá donde esté Niké. Con ella, la victoria será posible.
La discusión entre los mondoshawan era al tiempo una explicación para la embajada terrestre. No se reservaron nada, ni siquiera el hecho de que de verdad consideraban a la Suma Sacerdotisa tan peligrosa como los Reyes Durmientes. No para el universo, pues no dudaban de sus buenas intenciones, pero sí para ellos. Muchos testigos pasarían el tiempo que les restaba de vida en definir si fue eso lo que provocó la ira de la Suma Sacerdotisa, o si fue el hecho de querer robarles a su diosa, que por miles de años les había defendido tan bien de todo mal. Solo el Viejo Juez, que conocía a la Suma Sacerdotisa como nadie, comprendió el punto de quiebre de su querida hermanita. Habían dicho que el mundo que había logrado era algo despreciable para Atenea.
Once de los doce mondoshawan murieron sin defenderse, aplastados por la cólera de la Suma Sacerdotisa, tan terrible y caprichosa que aun el bravo Alexer retrocedió con espanto. Cuando la Suma Sacerdotisa estaba por eliminar al duodécimo, quieto en medio de once cráteres, pues nada había quedado de sus compañeros, el único que permanecía cerca de ella era Adrien Solo, pero fue Azrael quien la contuvo. Se arrojó hacia su señora sin temer el aura dorada que la cubría, abrazándola, calmándola.
—Lo siento —se disculpó el único mondoshawan. Sin ira, sin rencor. Era una criatura de paz, capaz de amar incluso a aquellos que destruían todo por lo que luchaban.
La Suma Sacerdotisa se calmó, pero no obtuvo paz en su corazón.
—Atenea es de la Tierra —dijo con un tono gélido, tendiendo Niké con ambas manos, en gesto solemne—. Nunca renacerá entre vosotros.
—¿Préstamo? —dijo el mondoshawan, a la vez que manos invisibles tomaban el báculo. Tal y como habían supuesto, el pueblo de los mondoshawan era espiritual, los cuerpos tan aparatosos con los que andaban por los mundos eran algo temporal.
El Viejo Juez recordaba la tensión de ese momento. Tenía, además, perspectiva para saber que en cien años nadie se atrevió a contrariar a la Suma Sacerdotisa. Nadie, por supuesto, exceptuando a Adrien Solo, que se complacía de invitarla cada año a una comida que él mismo no podría atestiguar con todos sus medios. Resultaba irónico pensar en eso, no solo por la actitud mansa que el viejo cascarrabias de Kiki adoptó, sino porque, habiendo sido el responsable del mayor dolor que hubo sentido la Suma Sacerdotisa en todo ese tiempo de aislamiento emocional, incluso el Viejo Juez temió contrariarla. El poder que había desatado, asiendo Niké, no era de ese mundo.
Como diría Azrael más adelante, para quitarle hierro al asunto, la mejor forma de que dos pueblos se conocieran era el comercio. Los mondoshawan habían venido a pedir ayuda divina, y la obtuvieron, lo que en principio debió haber sido todo. La palabra préstamo, empero, les hizo pensar en la situación como una transacción. Quizá temían que la Suma Sacerdotisa destruyera la nave —cualquier santo de oro habría podido hacerlo—, quizá sentían que habían cometido un agravio grave para la cultura terrestre, aunque eran ellos y solo ellos los que habían sido atacados. Fuera como fuese, a cambio de Niké, les ofrendaron un bien valiosísimo, el de los Cuatro Elementos.
—Lo que faltaba, fantasmas —se quejó Makoto, viendo que de la nave espacial bajaban cuatro ataúdes de cristal, exquisitamente labrados con dibujos que recordaban al fuego, el aire, la tierra y el agua. A buen seguro, los mondoshawan que los transportaban eran los mismos que salieron de los cuerpos destruidos por la Suma Sacerdotisa.
—Espíritus —dijo Azrael, demasiado cerca de la líder del Santuario como para que lo oyeran. Él y Adrien Solo formaban, junto a la Suma Sacerdotisa, una curiosa trinidad.
—Ahora duermen —dijo el mondoshawan que aún poseía cuerpo. Se dirigía a la Suma Sacerdotisa con el mismo recelo del principio. Ni más, ni menos—. Son Macuil, Cichol, Indech y Cethleann. Con ellos viajan tres de las cinco armas sagradas originales. Conservación, Ruina y Creación. Cuidadlos hasta que crezcan e instruidlos, os serán de gran ayuda, si todo sale mal —dijo el mondoshawan, antes de dar la vuelta.
Once veces, el viento agitó las sagradas ropas de la Suma Sacerdotisa, que nada dijo. Once disculpas. Los mondoshawan eran, en verdad, un pueblo especial. El Viejo Juez lo pensó entonces, y aún más importante, lo oyó de los labios de su hermanita justo el día en que decidió convertirse en verdugo, antes de ser repudiado y exiliado.
La embajada terrestre vio en silencio cómo la nave ascendía a los cielos. Cada cual se fue a sus asuntos, imaginando la agitada época que les esperaba.
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—Tal y como imaginábamos, Atenea ha reencarnado entre nosotros —dijo el mondoshawan, destruyendo cualquier expectativa de que ese contacto fuera mejor que el anterior. Plavalaguna, quizá la que mejor conocía por boca de Kiki los eventos de entonces, se aprestó a cantar para calmar el corazón de la Suma Sacerdotisa.
—No es necesario —dijo la líder del Santuario, alzando la mano—. Estoy bien.
El Viejo Juez no pensaba lo mismo. A diferencia de hacía doscientos años, Poseidón no estaba presente, y aun así ella había dicho representar a la Tierra. Toda la Tierra.
«Tal vez juzgué mal —reflexionó el Viejo Juez—. Tal vez la Bruja no tuvo que ver en lo de aquel entonces. —Había empezado a cantar antes del arranque de ira. La Suma Sacerdotisa no desconocía lo que era el rencor, incluso hubo rumores de que era la responsable de la desaparición de Gestahl Noah, aunque ningún ex-oficial de Hybris hizo eco de tales habladurías siglos atrás, mucho menos el comandante general Ícaro Noah. Con todo, destruir a once embajadores en un visto y no visto parecía demasiado—. Deja de engañarte, ella ha preparado un ejército para recibir a una embajada de paz. —Los mondoshawan eran seres de luz, ese trato era ilógico.»
Durante treinta minutos, se produjo un intercambio ameno y tranquilo, en el que el profesor Pocoli y el bibliotecario Vito Cornelius, por su interés en el universo desde el campo científico y filosófico, fueron los principales protagonistas. La batalla entre los mil ángeles de Bhunivelze y los horrores de Aquel que se desliza en la oscuridad no parecía tener fin, en tanto era imposible siquiera localizar a aquel enemigo habituado a deslizarse entre los pensamientos de los hombres mortales. Quienes quisieron intentarlo, infiltrándose en la galaxia viviente que usaba a modo de nave para salir del lado oscuro del universo, se corrompían. Muchos guerreros celestiales reclutados de la Tercera Orden se habían transformado en ángeles caídos, cediendo a los más bajos instintos. Alimento, reproducción y una primitiva forma de relacionarse basada en la ley del más fuerte. Ningún otro deseo quedaba en quienes se hallaban bajo el servicio de Aquel que se desliza en la oscuridad, no porque esa entidad les hubiese vuelto malvados, sino porque era un mecanismo de defensa para poder lidiar con lo que tal ser representaba. Las bestias no tenían que comprender nada, mucho menos lo incomprensible.
Existía, entre los Grandes Espíritus, una sospecha. Que la búsqueda de una pareja para los ángeles caídos se debía a la idea, presente en todos estos y en quien se erigía como rey de los condenados, de que la unión entre un ángel y una mortal daría a luz a una nueva raza, más poderosa que ninguna otra que hubiese poblado este universo. Que la actividad de Aquel que se desliza en la oscuridad se incrementara desde el nacimiento de Atenea en Palas Belda, la ciudad de los ángeles que los mondoshawan custodiaban, daba fuerza a esa hipótesis y tuvo como consecuencia el traslado inmediato de la diosa. Venían, de hecho, a la Tierra por orden suya, habiendo preparado quinientas cámaras de estasis para el viaje que les esperaba, de alrededor de cincuenta ciclos terrestres.
—Atenea quiere verte —añadió el mondoshawan—. Te espera en la Cuna, el planeta del Espíritu Divino Bhunivelze, rodeada por máquinas serviles.
—Ojalá pudiera —replicó Akasha—. Mi destino, como el de Poseidón, está atado al de este planeta. —El Viejo Juez sintió un estremecimiento, y no fue el único, atendiendo a los gestos de varios miembros de la embajada. Otro de los rumores en torno a la Suma Sacerdotisa, mucho más reciente que la acusación de asesinato, era que se veía a sí misma como la propia Atenea reencarnada, después de serle imposible encontrarla en toda la Tierra—. La humanidad enviará un grupo de quinientos hombres para traerla de vuelta a casa. Es aquí donde pertenece, esta es la tierra que eligió para reencarnar, a través de los siglos. —En eso, al menos, todos concordaban, si bien Ruby Rhod lanzaba miradas inquietas al bibliotecario Vito Cornelis y el presidente Lindberg. Ese nuevo mundo en que la humanidad participaba en los asuntos divinos le inquietaba.
El mondoshawan guardó silencio por largo rato. Cinco minutos de reloj, según constató el Viejo Juez, en los que la tensión no paraba de aumentar. Si estuviera Kiki presente, acaso habría aclarado si estaban en medio de una comunicación telepática. A él no le gustaba inmiscuirse en los pensamientos y emociones humanos, no era la Bruja.
—Lo siento —dijo al fin el mondoshawan—, sin Atenea, la batalla estaría perdida. La vida en el universo debe preservarse y ello no será posible si enviamos aquí a la diosa.
—¿Batalla? —respondió la Suma Sacerdotisa, ladeando la cabeza—. Es evidente que me refiero a que la traerán a casa después de derrotar a esa serpiente.
Puede que fuera el modo en que restaba solemnidad al epíteto del enemigo, puede que les llenara el orgullo de saber que ellos, los defensores de la Tierra, podrían triunfar allá donde no lo habían hecho un millar de ángeles, e incluso podía ser la mera seguridad de la Suma Sacerdotisa en la victoria, como si Niké le hubiese sonreído siempre, desde la distancia. En todo caso, la mirada de quienes la respaldaban se llenó de un nuevo brillo; en especial, la de Zalera era de adoración. Los santos de plata se irguieron, la Guardia de Acero coreó el nombre de la Suma Sacerdotisa de Atenea, reverberando las voces hasta la villa Rodorio y tal vez la misma ciudad de Atenas, que permanecía a la expectativa. Hasta el Viejo Juez sintió que el corazón, detenido en el tiempo por una antigua técnica, le latía, frenético, como presagio de la batalla que estaba por venir.
—Has cambiado —observó el mondoshawan, también impresionado.
—Las emociones se calman después de doscientos años —dijo la Suma Sacerdotisa. Mirando después al comandante general Munro, añadió—: ¿Verdad, Cethleann?
El comandante general de la Guardia de Acero, para sorpresa de Makoto, que veía todo boquiabierto desde lejos, se transformó en una doncella cubierta por un sencillo vestido verde a juego con el cabello y el color de los ojos. Mientras inclinaba la cabeza a modo de confirmación, Vito Cornelius sonrió, satisfecho, antes de susurrarle una explicación al sorprendido Tommy Lindberg. El Viejo Juez, atento a todo lo que ocurría, y aun así sorprendido porque el ángel del Agua hubiese rehuido su capacidad para observar hasta el más insignificante fenómeno en un área delimitada, oyó con atención, aunque era una información que ya intuía. Al dejar participar de la embajada a uno de los Cuatro Elementos entregados por los mondoshawan, la Suma Sacerdotisa demostraba que apreciaba la ofrenda que estos le habían hecho y que no existía animadversión hacia el pueblo mondoshawan. Rudy Rhod, de un oído excelente, chocó palmas y empezó a gritar que el papel de la Guardia de Acero era el mismo: no estaban como amenaza hacia la tropa de máquinas orondas, sino para exponer que la Tierra podría defenderse. No solo los guerreros sagrados, también la humanidad misma.
«Eso es un engaño —pensó el Viejo Juez—. Sin el Santuario, la humanidad perecerá.»
No obstante, era una mentira piadosa. La realidad era que el hombre no tenía ninguna oportunidad contra los Reyes Durmientes. En eso, dependían del Santuario por necesidad. Más acuciante era el trato que el príncipe atlante de voz cantarina estaba recibiendo. El reino bajo el mar era de una extensión semejante a la de todas las naciones humanas, no era como las ninfas de Dodona y la Ciudad Azul, la Suma Sacerdotisa no podía, ni debía, actuar como si estuviese bajo su mando.
«Tengo que volver a tu lado, hermanita —entendió el Viejo Juez—. Incluso si jamás me perdonas, necesitas mi consejo. —Se vio las manos, ajadas por una vejez ilusoria. Estaban manchadas de sangre, como también de un símbolo dorado, el de Niké.»
—¿A quiénes enviarás para ayudarnos? —preguntó el mondoshawan—. No es prudente reunir a los Cuatro Elementos con Atenea. Son demasiado jóvenes. Cederán al mal.
—Trescientos setenta y dos hombres presentes en este país han sido seleccionados por azar para ese fin —respondió la Suma Sacerdotisa—. A ellos delego el deber de derrotar a esa serpiente insidiosa y devolvernos a la diosa de nuestra devoción.
—¿Trescientos setenta y dos? —dijo Ruby Rhod—. ¡Si dijo…! Un momento, ¿qué tengo en la mano…? ¡Nunca dañaría mi fina piel con un tatuaje!
El símbolo en la mano del cantante era del azul del mar y representaba un tridente.
—Espero que cuides de nuestros hombres, Ruby Rhod —dijo la Suma Sacerdotisa, girando hacia él la cabeza—. Tercer príncipe de Nueva Atlántida. General marino del Atlántico Sur, Rhod de Sirena. Que tu música proteja las almas de los míos.
—Toda mi vida preguntándome por qué un simple artista como yo sería nombrado general marino —dijo Ruby Rhod, nervioso—. Ahora lo sé.
Hubo conversaciones de sorpresa por todo el lugar. La providencia quiso que Maya y Makoto estuvieran entre los escogidos, si bien no el resto de santos de plata presentes en la reunión, incluyendo a la propia Aqua, quien deseó buena suerte a su tataranieto. Tommy Lindberg se miraba la mano, satisfecho de ver solo el habitual tono oscuro y no el símbolo dorado. En contraste, Vito Cornelius fue corriendo de aquí y allá, buscando a los elegidos a ver si alguno quería renunciar a la elección, por tener la familia y amigos de los que él, un astrólogo consumado, carecía. No encontró más que a ciento setenta y cuatro candidatos, en tanto los demás estaban dispersos por Grecia, incluida la santa de Escorpio, Shaula, que desde la frontera con Bulgaria habría podido derribar la nave mondoshawan si resultaban haber cambiado debido a la guerra. De esos ciento setenta y cuatro encuentros, solo uno mereció la atención del Viejo Juez, pues mientras que el profesor Pacoli trataba de convencer a la Suma Sacerdotisa de que él tenía que viajar sí o sí, por tener más conocimientos que cualquier militar cabeza hueca, en el otro extremo del perímetro su chófer, un ex-miembro de la Guardia de Acero de nombre Korben Dallas, miraba ceñudo el símbolo dorado. La combinación de militarismo y pacifismo del Santuario siempre le pareció demasiado contradictoria, así que dejó que Brion Munro ascendiera a comandante general y decidió buscarse la vida en la Fundación Graad; un mundo en paz no necesitaba soldados, y él era soldado de corazón, así que era mejor distanciarse del ejército. Vito Cornelius, empero, no pudo convencerlo de renunciar, menos cuando el propio Brion Munro, camuflado como un oficial de la Guardia de Acero, de los que llevaban el yelmo puesto en lugar de exhibir una cabellera pintarrajeada en mor de una moda extraña, le animó a encontrar su lugar en el mundo en ese viaje. La discusión fue airada: el bibliotecario persiguió a Dallas, hasta donde los quinientos seleccionados se iban reuniendo, frente a la nave mondoshawan.
—Estoy muy decepcionado —oía el profesor Pacoli, a través de un sistema de comunicación conectado directamente al huesecillo de la oreja. Nadie tendría que haberlo escuchado, no obstante, el Viejo Juez lo hacía—. Y si hay algo que no…
En un mismo segundo, el Viejo Juez tocó el hombro del presidente de la Fundación Graad, que se hallaba en la sala de espera de la Casa Blanca, y se manifestó acto seguido entre los elegidos. Desde el punto de vista de Seisser, debió parecer que la diosa Atenea le indicaba que no debía tomar represalias contra el profesor Pacoli por perder un juego de azar; era un belicista consumado, fiel defensor de que la falta de conflictos estaba anquilosando a la humanidad, sin embargo, lo era porque creía en Atenea como la diosa de la sabiduría en la guerra. Bastaba esa clase de aviso para que se quedara quieto, fuera lo que fuese lo que esperaba de ese encuentro. Jean Baptiste Emmanuel Seisser desapareció de la mente del Viejo Juez muy pronto, pues mientras percibía a aquel hombre paralizado sobre el sillón, ignorando el llamado de nadie menos que el presidente de Estados Unidos, hermano de Tommy Lindberg, vio a la Suma Sacerdotisa. Para él, el yelmo papal no era barrera, podía ver la expresión sorprendida de su hermanita, ajada como él por los mismos motivos. ¿De verdad lo había escogido por azar, aun estando fuera del espacio tridimensional?
—Así que te sumas, ¿eh? —dijo Shaula, acercándosele. Oyéndola, uno no pensaría que tenía más de doscientos años—. Contigo, esta misión será pan comido.
Él asintió, pensando con honestidad que ambos eran por sí mismos una potencia formidable. Mayor de lo que se podía decir del resto: cuatro santos de plata, dieciséis santos de bronce, doscientos cincuenta y seis miembros de la Guardia de Acero. Un general marino, tres guerreros azules que estaban de incógnito en tres regiones distantes de Grecia, nueve ninfas contando a Diva Plavalaguna y ochenta y un civiles entre asalariados de la Fundación Graad no demasiado afines a Seisser, y empleados del gobierno griego y Naciones Unidas. La relación entre los números y los grupos a los que pertenecían parecía demasiado significativa para ser producto del azar.
Tiempo después de que todos estuvieran reunidos, empezaron a aparecer sirenas, cíclopes, marinos y otros habitantes destacados de Nueva Atlántida, hasta formar un grupo de ciento veintisiete, todos con la marca del tridente en la mano, que representarían a Poseidón más allá de las estrellas. La inquietud del Viejo Juez remitió. Los príncipes atlantes no tenían por qué ver esto como un insulto, sino como la prueba más pura de confianza. El Santuario mandaba a la mayor parte de sus fuerzas al espacio, de modo que la protección de la Tierra dependería en buena medida de Nueva Atlántida. Después de todo, había otros seis generales marinos bajo las aguas.
—Su Santidad —insistía el profesor Pacoli, nervioso—. ¿De verdad no hay una forma de que me incluya en este viaje?
—Si hubiera un asiento libre no sería para un científico —dijo Vito Cornelius, siendo Zalera el único que separaba a los dos sujetos de la impertérrita líder del Santuario—. La ciencia humana no tiene nada que aportar a la de los que viajan en el espacio.
—La Tierra manda a quinientos hombres, ni uno más —respondió la Suma Sacerdotisa.
Tanto el profesor Pacoli como Vito Cornelius callaron, abatidos.
—Podríamos acoger a otro —dijo el líder mondoshawan, devolviéndoles la ilusión—. Si alguno de los escogidos acepta ir en la nave con nosotros.
Shaula, inmortal por ascendencia, levantó la mano.
—Tengo que ser yo —dijo el profesor Pacoli, con los ojos brillantes de ilusión.
No le movían las amenazas de Seisser, sino una pasión genuina.
—Es imperativo que vaya yo —insistió Vito Cornelius, desviando la mirada hacia la Suma Sacerdotisa. Cosa extraña: ella se había distanciado de los mondoshawan, detrás del grupo de quinientos escogidos al igual que lo que quedaba de la embajada.
—Estamos en la Tierra. —El mondoshawan ladeó la cabeza—. ¿Duelo a muerte?
—¿Eh? —dijo Pacoli, ajustándose las gafas—. ¡No somos unos salvajes…!
A media frase, Vito Cornelius lo derribó de un golpe de codo en la cara.
—Lo siento, es por una buena causa —dijo el bibliotecario al inconsciente profesor.
Con eso quedaba todo dicho. Los mondoshawan, uno tras otro, anduvieron hacia un círculo de tierra bajo la nave con forma de colmena. Este estaba alumbrado por una columna de luz que los iba transportando al interior según llegaban.
—Me da miedo —admitió Makoto, viendo que Maya y los otros santos de plata les seguían. Verla desaparecer le provocó dolor en el estómago—. ¿Algún consejo?
Saltándose todos los protocolos, Aqua de Cefeo estaba su lado, palmeándole la espalda.
—Sí, que uses condón. No hay nada peor que quedar preñada en medio de una guerra.
Con un golpe amistoso, hizo que Makoto rodara en el suelo hasta adelantarse a los santos de bronce, quienes debían ser los siguientes. Por eso, y porque Makoto fue incapaz de decir nada, los miembros de la Guardia de Acero tomaron la delantera.
—Esperad —decía Makoto, sin que nadie le hiciera caso. Soldados de la Guardia de Acero iban desapareciendo ante sus ojos. Del otro lado, Aqua le despedía con la mano—. No somos quinientos, faltan…
Al lado del guardia de pelo pintado estaba el asistente de la Suma Sacerdotisa.
—Hola, soy Zalera, mucho gusto —dijo el niño, extendiéndole la mano.
—Pues yo soy Makoto —respondió el guardia, estrechándosela—. Mucho gusto.
—Seré el tripulante número quinientos, la señorita me dio autorización.
—¿La señorita…? Mejor no te separes de mí.
Sosteniéndole la mano a aquel niño, se dirigió hacia la abducción tan manso como el resto del rebaño. Ya no era solo su tatarabuela Aqua quien lo despedía, orgullosa, sino también el propio Brion Munro. El comandante general de la Guardia de Acero tenía una memoria prodigiosa. Conocía todos los rostros y nombres del ejército.
—No es Dallas, pero es un buen soldado —dijo el comandante Munro.
—Es mi muchacho —replicó Aqua—. Ahora es bueno, cuando regrese será el mejor.
Nada de eso pudo oír Makoto. Quizá le habría venido bien, pues bajo la luz que la nave vertía a modo de medio de teletransporte, temblaba como un pez fuera del agua.
—Oye, ¿te puedo hacer sugerencias durante el viaje? He estudiado mucho…
El Viejo Juez, de nuevo agitado por esa sensación de haber visto algo por segunda vez, no escuchó esa conversación. A decir verdad, se daba cuenta de que no percibía nada de lo que ocurría en la nave, aunque era de esperar que una raza capaz de oponerse a los Reyes Durmientes tuviese medidas de defensa para alguien como él.
Después de que los santos de bronce siguieran a sus hermanos de acero, vinieron los demás escogidos por la Suma Sacerdotisa, siguiendo a Diva Plavalaguna, así como Vito Cornelius, quien lucía un poco arrepentido de ese derribo, solo un poco. El general marino Rhod de Sirena dirigió, algo abochornado, a los ciento veintisiete escogidos del mar. Al final, solo quedaron el Viejo Juez y Shaula de Escorpio entre la embajada terrestre y la impresionante nave mondoshawan, residencia de sus compañeros y ellos mismos por los próximos cincuenta años. Otros se amedrantarían frente a esa perspectiva. Ellos se limitaron a avanzar, acostumbrados a las grandes empresas.
—Nunca me canso de la nueva Aqua, tan maternal, hace que lamente no haber tenido hijos. —Shaula de Escorpio llevó las manos al vientre—. ¿Crees que se volverán a ver?
El Viejo Juez observaba el mundo por muchas razones. Una de ellas era tan mundana como el afecto que sentía por la Suma Sacerdotisa, el único hilo que lo unía, perdidos su familia y amigos, a la humanidad de aquel niño inglés de la inundada Londres. Otra era el conocimiento exacto del presente, cimiento del futuro. A través de la observación de los átomos de todo ese rincón del mundo, de esa tierra sagrada, podía intuir el porvenir de todos los allí reunidos. Los que se marchaban lejos y los que se quedaban.
—No —respondió el Viejo Juez.
El silencio fue la única respuesta de Shaula de Escorpio.
Antes de que ambos desaparecieran, justo cuando fueron bañados por la luz derramada por la nave, el Viejo Juez dirigió una última mirada hacia la Suma Sacerdotisa. Cethleann estaba a su lado, sustituyendo a la mano amiga que él había cortado.
Rezó porque su hermana pudiera soportar, sin él, los pesares que le esperaban.
xxx
Notas del autor:
Si bien no suelo explicar a qué refiere cada nombre que uso en esta historia, para evitar pasarme de denso y lioso, aquí hago una excepción. La trama de este capítulo adapta la de una de mis películas favoritas, El quinto elemento, de Luc Besson.
Shadir. Muchas calmas, más tempestades.
Como diría Deucalión, alias Gestahl Noah: ¡Eso también le viene de antiguo!
