Capítulo 29: La elección del silencio
El esclavo de negro al lado de Jin Guangyao ha dado mucho de qué hablar a lo largo de los años. Lo han visto comandar ejércitos para entregarle a su amo los despojos de la guerra y lo han visto encadenado con la espalda sangrando. Han visto la peonia en uno de sus hombros y el sol destrozado en el otro; aquellos que entienden la imagen debajo de las cicatrices saben que salió de Ciudad sin Noche y que conoce las malas artes. A veces, cuando Jin Guangyao habla, llamándolo «Chengmei», quizá algunos jurarían que se dirige a un igual privilegiado, pero Xue Yang sabe la verdad. Las cadenas que lo sujetan son invisibles, pero siempre han estado allí.
«Chengmei», llama Jin Guangyao. Es una orden, nunca tiene elección.
Recuerda haberlo visto mientras estaba cubierto de sangre con la espalda destrozada, Jin Guangyao ya Lianfang-zun, inclinándose ante él. Xue Yang recuerda esta arrodillado. Si llegó a pensar que todo sería más fácil con Jin Guangshan muerto, lo desechó en aquel momento.
«¿Acaso necesitas la sangre, Chengmei?»
Dos dedos en su barbilla obligándolo a alzar la vista.
«Te la daré, si ansías derramarla».
El esclavo vestido de negro a un lado de Jin Guangyao se convirtió en su asesino. Enterró su sable entre las costillas de todos aquellos que se atrevieron a desafiarlo. Mató esclavos y hombres libres, se bañó en las entrañas de otros. Levantó la cabeza de aquellos que terminaron muertos en la oscuridad de la noche, oyó el llanto de las viudas y se tomó sus lágrimas.
El deseo nunca se detuvo. Siempre ansío la sangre, el rojo vivo en sus manos. Siempre imaginó que el bermellón que corría por su ropa, sus manos, su cabello era la sangre de sus esclavistas.
Jin Guangyao lo obliga a caminar hasta la fortaleza del norte de nuevo. Lleva la espalda destrozada y se mantiene en pie sólo por la terquedad de su orgullo. No pide ayuda, no la recibe.
Ahora, observando el inclemente camino que lo espera por tercera vez, aprecia el carro en el que Xiao Xingchen ordenó que lo llevaran la primera vez, convaleciente. Entiende la piedad que tanto despreció, el cariño detrás de los gestos de Xiao Xingchen, el amor al mundo detrás de sus ojos. Ah, Daozhang, ¿pasarás tus manos por mi espalda de nuevo?
Pero Xue Yang camina allí donde Jin Guangyao nunca puede perderlo de vista.
Se extienden las noticias por todo el desierto, todos los reyes esperan. El General del Norte ha vuelto a su fortaleza, cantan los trovadores. Nadie se atreve a mencionar si con él iba su marido, pero todos asumen que la esposa del general del norte continúa a su lado. El rey de reyes marcha al norte y lleva un ejército. Esta vez, no dejará a los traidores con vida, cantan los trovadores.
Xue Yang camina hasta que asientan el campamento cerca de la fortaleza norte y alguien lo llama, diciéndole que el Rey de Reyes desea verlo.
—Chengmei.
Está sentado a la cabeza de los Señores de la Guerra de Jinlintai. Los hombres a los que les fue encomendada la paz del desierto ahora se inclinan sobre un mapa del terreno que controla toda la fortaleza del norte. Todo el territorio donde Song Zichen es el único soberano, todo el mundo en el que Xue Yang una vez fue libre.
—Lianfang-zun.
—Eres el único que conoce la fortaleza del norte. —Jin Guangyao sonríe, conciliador, indicándole que se siente entre los Señores de la Guerra. No es la primera vez que Xue Yang se sienta ante aquella mesa. Ya ha comandado a los hombres de Jin Guangyao, aunque desprecia el trabajo, es mucho menos limpio que enterrar la espalda en la oscuridad de la noche, mucho menos aterrador que el asesino solitario. No es el único esclavo que lo ha hecho, pero aquella vez sospecha—. Song Zichen es un traidor, Chengmei, lo haremos arrodillarse.
»Habla. Nos interesa todo lo que puedas contar sobre la fortaleza del norte. —Jin Guangyao señala el mapa—. Has pasado aquí más tiempo. ¿Cómo la asediarías?
El castigo no es la espalda destrozada, no es el látigo ni es la sangre. Ni siquiera es la furia de Jin Guangyao al saber a sus prisioneros perdidos.
El castigo es aquel. Xue Yang, ¿cómo asediarías la fortaleza del norte?
Xue Yang habla. Nunca ha habido otra elección. Desea seguir viendo el amanecer y el atardecer, que la luz del crepúsculo siga golpeando sus facciones, que la arena se meta en sus botas y permanezca entre sus dedos.
No se justificará más tarde. La única libertad que le queda es tomar aquella decisión, y no duda. Los esclavistas pusieron los grilletes en sus muñecas de niño y desde entonces es aquel su rumbo.
Daozhang, si tengo que elegir entre mi vida y la fortaleza del norte, elijo vivir.
Los grilletes de cierran en sus manos y las cadenas se conectan al collar en su cuello.
—Una precaución necesaria, Chengmei —dice Jin Guangyao—, espero que lo entiendas. Ahora que sé lo que sabes sobre nuestros enemigos, debo asegurarme de que no saldrás corriendo a buscar su asilo.
Ni siquiera se le habría ocurrido, pero Jin Guangyao no sabe aquello. Xue Yan está convencido de que, p0r haber puesto en peligro a Xiao Xingchen, Song Zichen demandará su cabeza.
Está bien el mundo si Xiao Xingchen está vivo, sin Song Zichen está a su lado. Xue Yang reconoce que el general sabe de lo que habla cuando habla de ternura. Podrá curar a su esposo, y Xue Yang tan solo puede pensar en que, si las manos del general recorren la piel de su marido con la delicadeza que recorrió la suya, Xiao Xingchen estará bien. Aunque no sean las mías, Daozhang, que sólo han servido para herirte.
No le responde a Jin Guangyao, no tiene caso. No importa.
Será estratega en su guerra, no tiene otra opción. No tiene caso buscar una justificación o un perdón, nunca lo ha habido. No puede esconder el placer que le causa la sangre corriendo en sus manos, la crueldad contra los poderosos, incluso si la inflige de aquella manera. No pediré perdón por mis pecados, Daozhang.
Los haré míos.
Xue Yang se encuentra constantemente vigilado; saberse seguido le resulta extraño, porque antes Jin Guangyao lo dejó tener el control de sus movimientos. Confió en él tanto como se puede confiar en un hombre que pertenece a otro. Le entregó ejércitos de los que después lo despojó, porque Xue Yang nunca tuvo alma de general, le entregó armas con las que Xue Yang derramó sangre sobre la arena del desierto. Ahora apenas si lo deja conservar su espada.
Entender que Jin Guangyao confió en él lo confunde. Ha pasado tanto tiempo odiándolo, creyendo que lo entiende, que nunca se le ocurrió que quizá el rey de reyes tenía capas a las que Xue Yang aún no se había asomado.
Confío realmente, de manera sincera, tanto como se confía en algo que posees. Ahora no. Xue Yang se sabe vigilado y lo acepta como ha aceptado toda la humillación, todo el dolor: a cambio de las migajas de una dignidad que no le pertenece.
Los soldados de la fortaleza intentan acabar con el campamento del rey de reyes varias veces, pero cada vez deben retirarse. Entre los dos bandos se erige una zona de nadie tan sólo gobernada por el desierto; el lugar al que van a morir los desertores, enterrados en la arena, en el sol pleno del desierto. El lugar al que Jin Guangyao arroja los cadáveres de los traidores, sin temor a mostrarle a la fortaleza lo que hace con sus propios hombres, especialmente con aquellos que le pertenecen.
Muchos son hombres de Lanling por convicción y otros lo son porque deben asegurar una manera de poner comida sobre las mesas de sus hogares; pero no son los únicos. Hay otros que, vestidos de soldados, esconden en sus hombros la marca de la peonia a fuego, igual que Xue Yang. Aquellos que derraman sangre sin convicción, de enemigos que no les importan y que sólo han cometido el error de ponerse en el camino de su espada.
En la tierra de nadie van a perderse también los ladrones que han seguido al campamento del rey de reyes, cuando no les queda más remedio. Se pierden también las viudas de los soldados, las amantes que los siguieron hasta el campo de batalla, las cortesanas a las que los hombres arrastraron hasta la guerra y que ahora han perdido el amor. Xue Yang las observa entregarse a la arena sin lástima porque no las entiende; él se aferra a su existencia con uñas y dientes, aunque Song Zichen declare que lo odie y Xiao Xingchen no confíe en él.
—Chengmei —llama Jin Guangyao—, perdimos más hombres.
Xue Yang aprieta los dientes, eso no son buenas noticias. Han pasado los meses y lo único que se acumula a los pies del rey de reyes son cadáveres.
—Podemos mantener nuestra posición, pero claramente la fortaleza tiene ventaja sobre nosotros.
—No haga nada, Lianfang-zun —responde Xue Yang, acercándose a la mesa en la que los generales han dispuesto toda su estrategia—. Espere.
—¿Esa es tu respuesta, Chengmei? —La voz de Jin Guangyao es calmada, tranquila; aquel que no lo conozca será capaz de obviar el peligro—. De todas tus estrategias, ¿lo único que se te ocurre es la inacción?
—La fortaleza del norte será más fuerte mientras pueda mantener el asedio —responde— y el General ha construido una ciudad tras sus muros. Su esperanza, Lianfang-zun, es controlar las rutas de abastecimiento y esperar a que la fortalezca languidezca.
—¿Cuánto aguantará? —pregunta uno de los generales.
—Una estación completa.
Jin Guangyao une sus labios en una fina línea. Su rabia casi siempre es calmada; no contiene puños estrellados en los muebles ni gritos de rabia. Xue Yang sólo lo ha visto perder los estribos un par de veces. Ha aprendido a reconocer sus gestos. Los labios que se fruncen, los ojos que se quedan demasiado tiempo mirando un punto fijo, la voz gentil.
—¿Hay alguna ruta de asalto? ¿Túneles?
—No lo sé, Lianfang-zun.
—¿Entonces para qué espiaste tanto tiempo? —pregunta, mirándolo fijamente y Xue Yang tan sólo se la mantiene, tan impasible como puede mantenerse—. Te metiste entre sus sábanas, Chengmei, y ninguno de ellos te contó los secretos de la fortaleza.
—No, Lianfang-zun. Se me encargó buscar pruebas de que el general era un traidor —reta; más tarde podrá arrepentirse por eso—; no buscar rutas de asalto.
Jin Guangyao frunce los labios. Xue Yang pagará caro aquel desplante: en sus ojos puede ver que el rey de reyes lo considera un mentiroso.
Te metiste entre sus sábanas, Xue Yang. ¿Debí haberte vendido cómo su esclavo de placer? ¿Qué emblema marcarías en tu piel, si te lo permitieran?
El rey de reyes sólo lo escucha contar hasta diez, arrodillado en la arena. Los golpes apenas se marcan en su espalda llena de cicatrices.
Jing Guangyao pone una rodilla en el suelo para verlo a los ojos.
—Entiendes por qué eres demasiado peligroso, Chengmei, ¿verdad?
Xue Yang deja que el silencio responda. Al final, no importa el entendimiento entre él y el rey de reyes. Ha intentado ser su dios, su amo, su amigo, su general y Xue Yang ha permanecido siendo para él un enigma.
—Incluso tu conocimiento sobre la fortaleza norte no suple tus carencias, o la manera en la que miras al general y su esposa. Tsk.
¿Cómo los miro, Jin Guangyao?, ¿me lo dirás?
Xue Yang no escucha al verdugo que se pone detrás de él.
—No sabes lo suficiente como para que justifique mantenerte encadenado a mis pies, Chengmei.
Nunca Xue Yang, nunca el nombre por el que su madre llamó al ovillo hecho niño al que abrazó furiosamente sin saber en que se convertiría en aquella bestia que clamaba por la sangre de quienes lo habían hecho sufrir. Siempre Chengmei, aquel nombre cortés, nombre de esclavo.
—Quizá, si hubieras hecho bien tu trabajo, no estaríamos aquí. Lamentaré la perdida, por supuesto. Uno siempre extraña a las mascotas que le han sido útiles. Sin embargo…
No termina. Xue Yang está demasiado concentrado en la voz del rey de reyes para prevenir el mazo que se azota en su pierna y parte uno de sus huesos en dos. El dolor lo ciega, casi como la vez que extendieron su mano sobre las piedras y destrozaron uno de sus dedos hasta que sólo quedó sangre y sólo hubo gritos.
—Que te pierdas en la arena del desierto, Chengmei, y descanses en ella.
El verdugo lo saca arrastrando.
La muerte lo encontrará en la arena. Nadie lo recordará, porque los esclavos no tienen nombre; nadie hará altares en su honor y los hombres que ama lo odian. Nadie lo extrañará , y está bien. Xue Yang elige el silencio.
Notas de este capítulo:
1) Creo que me vi muy optimista al decir que en 35 capítulos zanjo esto, seguiremos viendo a ver como va la cosa.
2) Xue Yang estará bien. Creo.
