Capítulo 30: Hasta que no quede arena en el desierto
—General, su esposo ha acogido a una joven ladrona en sus aposentos.
—¿Es peligrosa?
No pregunta si Xiao Xingchen está bien, si come, si sale, si aun visita la biblioteca; no pregunta si alguien lee para él ahora que no puede observar los caracteres en los libros.
—No, General. Es inofensiva. Ciega. Acompaña al príncipe cuando sale.
Song Lan asiente. «Bien», quiere decir, pero no dice nada.
—Déjalos, entonces.
El soldado no nota que su mano tiembla, imperceptible. Sus ojos miran el papel en el que escribe cartas fútiles pidiendo ayuda contra el rey de reyes. «No somos traidores», suplica a los reyes del desierto. Pero no importa su historia, cuando la verdad la pertenece a Lianfang-zun. Ninguno responde porque a ninguno le interesa aquel pedazo de tierra llamado Yiling, ni los pueblos que allí vivieron y murieron. Song Lan está solo.
Xiao Xingchen ya no se arrodilla frente al salón de guerra buscando su perdón o su favor, su misericordia.
Song Lan apenas si lo ve, pues el príncipe permanece en sus aposentos. Sólo da largos paseos, siempre evitando los patios centrales de la fortaleza, cuando la pequeña ladrona que ha acogido con él le insiste. No parece tener el corazón de decirle que no, dicen los soldados que lo han visto.
«Ella lo lleva del brazo, general», le dicen.
Song Lan no los mira, no puede.
Él y Xiao Xingchen ya no se deben nada. Ni afecto.
Al principio, recibió reportes que indicaban que los soldados de Jin Guangyao estaban buscando una forma de romper la defensa de la fortaleza. Reforzó la guardia en los muros, ordenó que dispararan flechas si se acercaban tan solo un poco. «A matar», ordenó, y la orden supo amarga en su garganta. Mataban a los que antes habían sido sus aliados. Después dejaron de intentar destrozar las puertas o trepar por las paredes. Se abocaron a buscar túneles y pasadizos, sin encontrarlos. Los únicos pasadizos existentes conectaban la fortaleza norte con los viejos puestos de vigilancia de Ciudad sin Noche, ahora abandonados, y Song Lang ordenó tapiarlos. Ninguna ayuda podría llegar por allí.
«No podremos escapar por ahí», le dijo uno de sus capitanes, «si los llenamos de roca».
«No huiremos», repuso Song Lan.
¿A dónde? Si ya no quedaba nada en el mundo.
«Y aun queda la ruta de Yiling, por las fosas y los túmulos funerarios», dijo entonces, «de ser necesario, la usaremos». Todo estaba muerto en el norte. Muerto el Yiling Lazou, los reinos del desierto habían acabado con todo.
Cuando quedó claro que el rey de reyes no lograría irrumpir en su fortaleza, se rindió al largo asedio.
Entonces Song Lan suspiró en su sala de guerra y supo que Jin Guangayo los aplastaría como a bichos insignificantes si ellos no lograban liberarse primero.
—¿Cuánto grano queda en los corrales? —preguntó. Quizá los huertos de la fortaleza ayudarían, pero no serían suficientes. En los establos eventualmente se terminaría la carne.
Sus capitanes se miraron.
—Suficiente para dos estaciones, general —respondió uno de ellos.
Ocho lunas. Poco más. Estaban viviendo de tiempo prestado.
En el patio de Xiao Xingchen, la joven ladrona se sienta a su lado y lo escucha. Song Lan los mira desde donde no pueden notar su presencia.
—Hay una vieja historia —dice Xiao Xingchen— acerca de un pescador y un rey.
Song Lan la ha escuchado. Xiao Xingchen solía narrarla las noches tristes. Pero la joven ladrona no la conoce y espera, expectante. La voz de Xiao Xingchen es gentil y carga consigo un dejo de nostalgia que Song Lan puede escuchar porque la guarda en su corazón. Así, viéndolo a lo lejos, sabiendo que nadie lo observa, le tiemblan las rodillas. Desea arrodillarse frente a su marido, recargar su cabeza sobre su regazo y decirle: «nunca quise ser cruel, nunca quise que cargaras por mí la traición, ¿por qué te destrozaste en mi nombre?»
Y sin embargo.
Se queda de pie, escuchando, sin acercarse. Se ha convertido en un tirano: él mismo ordenó que arrastraran a Xiao Xingchen de vuelta a sus aposentos si hacia falta con la voz cruel y despojó a su voz del cariño y la familiaridad e ignoró a la figura suplicante, arrodillada, todas aquellas tardes.
Si la crueldad es el castigo que hemos de sufrir para que no cargues contigo la culpa o la responsabilidad, Xingchen, la pagaré gustoso.
—El pescador era un hombre hermoso —le cuenta Xiao Xingchen a la ladrona ciega—, con ojos de fénix y mirada clara como un pendiente de jade, piel del mismo color que la espuma del mar. La gente costera de Longyuan contaba que mantenía su cabello siempre anudado en lo alto de su cabeza para que no se enredara entre las redes cuando su mirada oteaba el horizonte buscando algo que nunca habría de encontrar.
»Cuentan que el rey era un hombre caprichoso, cuyo palacio estaba lleno de bellezas y tesoros. Cuando su caravana se detuvo en Longyuan tras un largo viaje y el rey bajó de su palanquín para sumergir sus pies en el mar, el pescador estaba en la arena, con sus redes, sus ropajes sencillos, su cabello anudado. El rey, al principio, no lo miró. Sumergió sus pies en el agua, dejó que las suaves olas de la mañana golpearan sus pies y detuvo sus ojos allí en donde el mar se juntaba con el cielo. «La vista es hermosa», se dijo, muy satisfecho; «he hecho muy bien en venir a Longyuan».
»Al mar le gustó aquel halago y decidió hacerle un regalo al rey. Sus olas entonces soltaron el cabello del pescador y el viento ondeó y el rey vio, por primera vez, a la persona más hermosa sobre la faz de la tierra. Los ojos de fénix muy abiertos, sorprendidos, gentiles. La piel alabastrada, clara como la espuma de las olas y el lujoso mármol del oeste. El cabello oscuro como ala de cuervo, bailando al son del viento y la brisa del mar.
»El rey sonrió y el pescador le regresó aquella sonrisa. El rey lo vistió de rojo y oro y cubrió su cabello con un velo, como una doncella. Mandó a buscarlo como se busca a las novias, con un palanquín recubierto de oro, y lo llevó a su palacio. «Serás la belleza del imperio», le dijo al pescador y, el hombre, que se había enamorado de la sonrisa del rey, se arrodilló ante él y besó su mano. No pidió nada a cambio. Se entregó como se entrega la belleza: sin reparos y sin expectativas.
—¿Vivieron felices para siempre?
Xiao Xingchen calla. Alza su cabeza, buscando el cielo que ya no puede ver, mientras la joven ciega espera el final de la historia.
Song Lan no puede escuchar más, porque ya conoce el final.
El joven emperador, en sus caprichos, le concedió tierras al hermoso pescador, lo volvió un señor en todo su derecho. Lo amó, perdido en su belleza. Y sin embargo, por las noches, el pescador siempre le contaba la misma historia.
«Hoy atrapé a un pez tan hermoso que me hizo desear devolver a todos los peces que había atrapado hasta entonces al agua. De repente, ya ninguno tenía valor para mí, puesto que tan sólo deseaba aquel pez. Y entonces, temí, amado mío, que alguna vez volvieras al mar y encontraras una belleza ante las olas contra la cual yo no pudiera competir. Que desearas descartarme de la misma manera que yo desee descartar aquellos peces. Temí tanto, amado mío».
Xiao Xingchen la contaba entre las sabanas de los aposentos de Song Lan, abrazado a él, piel contra piel. Tantas lunas atrás, antes de los odios y las traiciones.
Cuentan los poetas que él rey envolvió entre sus brazos a su amado y respondió: «Te amaré hasta que el sol salga por el oeste y se ponga por el este, hasta que exploten todas las estrellas del cielo, hasta que el firmamento se quede vacío. Si alguien menciona algo más bello en mi presencia, le cortaré la lengua. Si alguien osa señalar algo hermoso en mi presencia, le sacaré los ojos. ¿Crees en mi devoción, amado mío?»
Al terminar, Xiao Xingchen alzaba la vista, buscando sus ojos:
«¿Me amarás para siempre, Zichen?»
Él no era un rey y Xingchen no era una belleza de la que se hubiese enamorado al azar. El suyo había sido el amor de la convivencia, de aquellos que, sabiéndose comprometidos, habían extendido sus manos y habían asido al otro con fuerza. Era el amor que había llegado con entereza, la pasión que se había iluminado con la cotidianidad. Y sin embargo, Song Lan, hasta entonces, siempre había respondido:
«Te amaré hasta que no quede arena en el desierto».
El general observa desde lo alto de las almenas. A sus pies, el campamento del ejército del rey de reyes le devuelve la mirada. La fortaleza asediada es superada en número y en armas, en poderío. Jin Guangyao tiene el favor de los dioses del desierto y del destino, rey de reyes, hijo del desierto.
No existe una salida.
—¿General?
Uno de sus capitanes lo acompaña.
Así, Song Lan toma una decisión.
Que nos ayuden los dioses, Xingchen. Si no puedo proteger nada, que al menos pueda protegerte a ti.
—Hay una ruta de escape si siguen el camino de Yiling que llega a las montañas —dice Song Lan—. Es posible hacer el camino con provisiones limitadas, puesto que en las montañas abundan las presas de caza y allí nace el cauce del río de Yunmeng. Todo aquel que desee marcharse puede hacerlo.
—¿… General?
—No castigaré a los desertores; no puedo obligarlos a morir asediados por ciega lealtad.
—Ya nos superan en número, si deja que…
—No importa cuántos seamos —interrumpe Song Lan—. Seamos mil, seamos cien. Lianfang-zun nos superará en número. No romperemos el asedio sin el apoyo de alguno de los reyes del desierto. No puedo, con la conciencia limpia, permitir que mis soldados mueran de hambre por la traición que el rey de reyes clama que cometí.
—¿Qué hará, general, si se queda sólo?
Song Lan no contesta.
—¿General?
Abajo, el campamento le devuelve la vista. ¿Estará allí abajo Jin Guangyao, buscándolo con la mirada?
—¿Se rendirá, general?
—No —repone Song Lan—. Si la fortaleza del norte ha de caer, la protegeré hasta mi último aliento.
Xiao Xingchen no se irá. Incluso si el general ordena que se lo lleven arrastrando, incluso si ordena que lo amarren como a un prisionero, Xiao Xingchen volverá. Song Lan no es tan terco como para ignorar el amor que aún le tiene su esposo, a pesar de la crueldad, ni tan ciego como para no ver la culpa en los gestos de Xiao Xingchen.
Si he de morir, Xiao Xingchen, que muera protegiéndote.
Notas de este capítulo:
1) Bueno mi estimación es que capaz para el 40 o antes ya logré terminar. Gracias por quedarse hasta acá y aguantar las constantes pausas de los últimos meses.
2) La historia que Xiao Xingchen cuenta está ligeramente basada en La pasión de Longyuan, que sí es una historia gay en la antigua china.
Andrea Poulain
