Capítulo 32: Que se pierda mi alma en el olvido


La muerte viene va. En ella, nada importa. Su alma pagará por sus crímenes y, cuando pongan su corazón sobre la balanza, ninguna de sus justificaciones tendrá peso. Siempre hay una elección, dirán, incluso si la elección es la muerte. En la muerte, Xue Yang sabe que sus pecados lo bañaran y luego ya no quedará nada. Lo condenarán a pagar por todo aquello que ha hecho y él no podrá negarse, como no ha podido negarse nunca.

En la muerte, lo llama.

—Daozhang.

Xiao Xingchen hubiera elegido la muerte. Se hubiera arrodillado ante ella y la hubiera aceptado para salvarse de los grilletes. Si hubiera permitido que lo marcaran en Jinlintai con la peonia en el hombro, hubiera acabado eligiendo la muerte.

Xue Yang se la habría concedido.

—Daozhang.

A veces el viento responde mientras Xue Yang se arropa en el delirio.

—No me llames así.

Y entonces, con un suspiro, Xue Yang deja que las aguas del tiempo lo arrastren y calmen su dolor.


En sus sueños, Xiao Xingchen clava una espada en su pecho y lo mira con odio. Él intenta suplicar, pero el filo de la espada encuentra su camino entre sus costillas y destroza su corazón. En sus sueños, Xue Yang muere sin ser capaz de pronunciar una sola palabra.

De todos modos, cada que el sueño empieza, Xue Yang lo busca.

—¡Daozhang!

Camina entre los patios de una fortaleza del norte abandonada hasta encontrarlo, con la espada desenvainada en las manos, los ojos fríos, muertos, las mejillas llenas de lágrimas de sangre, los nudillos blancos. Siempre lo llama, extiende las manos hacia él como el niño que nunca fue y deseo ser.

—Daozhang.

No sabe si quiere pedirle perdón; no le salen las palabras adecuadas y sinceras, nadie le enseñó a decirlas. Nadie se disculpó al ponerle los grilletes o al golpearlo. Xue Yang nunca mereció el perdón, ¿por qué habría de ocultarlo?

La espada siempre se dirige hacia él y su hoja siempre se clava entre sus costillas, retorciéndose hasta encontrar su corazón.

En el último momento, no llora, no suplica. El sueño siempre acaba con el sabor de la sangre en sus labios.


Al despertar, siempre está a su lado.

—Daozhang.

Pero Xiao Xingchen no lo mira. No puede: una venda cubre sus ojos. Sus manos tampoco se acercan a su piel y su expresión se mantiene dura en indescifrable. Xue Yang, entre el dolor el delirio, no sabe si ha llorado o lo ha maldecido, no sabe si ha comido, si ha caminado, si ha sido querido.

Tan sólo siente las manos que cambian sus vendas y limpian su herida y se detienen nostálgicas, en su piel; en las uñas que se clavan sin querer demasiado cerca de sus heridas y el odio que destila por ellas.

—Daozhang —insiste.

Mírame una última vez.

Xiao Xingchen nunca busca con su rostro de donde viene la voz. Nunca voltea, nunca se mueve. Permanece sentado a su lado en las noches más cálidas y en las más frías, sin acercarse ni hablarle. En su voz no hay consuelo; en sus manos ya no queda cariño.

—No me llames así.

Y sin embargo.

—Daozhang.

Es un mantra, una súplica, un perdón, un ancla. Xue Yang nunca se detiene.


El primer día que puede levantarse Xiao Xingchen no está cerca. Se aventura hasta el patio y se deja caer a un lado de la fuerte para dejar que el sol lo toque allí, sentado en el piso, entre las flores. Aún cojea y se siente débil, pero se maravilla ante lo que significa poder moverse.

Al cabo de un rato, se acerca la chica.

Tiene los ojos blancos, probablemente ciega, aunque Xue Yang apostaría que tan sólo sabe fingir muy bien.

—Ven, niña ciega.

Ella voltea, buscando el sonido de su voz. Si finge, sabe hacerlo muy bien. No se acerca, optando por quedarse a una distancia segura. Xue Yang frunce en ceño, sin estar seguro de que sabe aquella joven sobre él.

—No soy una niña. Soy A-Qing.

—Ven —insiste Xue Yang—, sólo quiero saber dónde está Daozhang.

—Fue a conseguir medicina para ti. —La chica se acerca unos pasos—. A lo mejor podrías decir gracias, el príncipe ha tenido que suplicar a los soldados por ti.

—¿Suplicar?

Antes, cuando vivió en la fortaleza, siempre los observó tratar a Xiao Xingchen con trato deferencial. Aun cuando servían a su marido, lo llamaban «Su Alteza», escuchaban sus palabras y atendían a sus peticiones. Xiao Xingchen no tendría que suplicarles.

—Se la dan porque el príncipe les da pena. Se oye la pena en su voz. —La joven da otros cuantos pasos hacia él y al final, cuando siente sus piernas con sus pies, se sienta en el suelo, cerca—. Le dan más raciones de comida de las que deberían, también.

—¿Y el General? ¿Por qué no…?

—El general nunca viene —interrumpe A-Qing—, no lo he visto. Yo siempre acompaño a su alteza.

—Pero… el general…

Algo no está bien. Xue Yang tarda en notarlo, pero una vez que lo ve, la escena se clava en sus ojos, dolorosa, terrible. En aquel pequeño jardín las flores se marchitan sobre los cactus del desierto, en la fuente el agua se mantiene estancada, el polvo lo llena todo. Parece que, en la banca del quiosco del pabellón no se ha sentado nadie. La escena palidece contra lo que solía ser el pabellón del príncipe de la montaña.

—El general nunca viene.

—Es su marido.

—Los soldados hablan —dice la chica, abrazando sus piernas—. Unos dicen que el general ha repudiado a su esposa. Oyes la pena, en su voz. No se atreven a decirlo en voz muy alta. El general nunca viene.

—¿Y Daozhang, lo busca?

—No —responde ella—. Los soldados cuentan que, antes de rescatarme, el príncipe solía arrodillarse frente al pabellón del general, esperando. Hasta que el general se lo prohibió. —Suelta un suspiro—. Realmente lo odia. Cuando le pregunto por él, el príncipe suspira; se escucha el dolor dentro de él. Me pregunto qué ocurrió.

Xue Yang no se atreve a responder. Comprende que es su culpa, de alguna manera. Entiende aquel abandono. El polvo en los alfeizares de la ventana, la soledad, el silencio, la falta de libros en todo el pabellón, las flores que se marchitan. Se llena de rabia al comprobar que Song Zichen ha arrojado a Xiao Xingchen al olvido, después de jurarle a Xue Yang que cuidaría del corazón de su marido incluso al punto de destrozarlo si llegaba a hacerle daño. Maldito seas, Zichen.

Sus heridas vuelven a abrirse cuando se obliga a mirar al desprecio en el polvo que se acumula en los pisos y comprende que, en todo aquel tiempo, nadie ha amado a Xiao Xingchen. Nadie lo ha tomado entre sus brazos y le ha permitido que se recargue en su pecho. Todo aquel tiempo que Xiao Xingchen ha pasado a su lado, odiándolo, no había otros brazos que pudieran consolarlo.

Maldito seas, Zichen, que lo paguen todas tus vidas.


Xiao Xingchen lleva medicina en sus manos cuando vuelve; hace rato que A-Qing se ha marchado a las cocinas, alegando que debe buscar comida. Xue Yang lo espera sentado al borde de la cama.

—Daozhang —llama.

No hay respuesta. Xue Yang se deleita en observarlo. Ve los nudillos lastimados de sus manos, las yemas desgastadas de sus dedos, el cansancio en sus huesos. Su hanfu blanco, antes impoluto, ahora está lleno de polvo allí donde toca el suelo y tiene varios parches alrededor de las mangas, cosidos con algo de torpeza, puntadas de delatan unas manos inexpertas. Xiao Xingchen no lleva ninguna corona en el su cabello, atándolo simplemente con una cinta blanca y una horquilla desgastada. En todo aquel tiempo, nadie lo ha amado.

—No debías salvarme —dice Xue Yang—. ¿Por qué lo hiciste? Incluso entonces, al huir, no debías salvarme. Estoy acostumbrado a aferrarme a la vida. —Suelta una risa áspera y dura que en realidad no quiere proferir—. Me hubiera salvado sin tu ayuda. Sin tu juicio, sin tu odio sobre mí como una espada a punto de partirme en dos.

—Cállate.

Xiao Xingchen abre el vial de medicina y, en la mesilla al lado de la cama, busca a tientas un cuenco para servirla, pero las manos de Xue Yang lo detienen.

—Daozhang, no tenías por qué salvarlo. ¿Valió la pena? —Se alegra de que Xiao Xingchen no pueda ver la sonrisa torva; quizá, si la viera, se sacaría los ojos con el sólo propósito de no enfrentarse a aquella mueca demoniaca. Intenta soltarse, pero no lo consigue, Xue Yang no se lo permite—. ¿Valió la pena, Daozhang? ¡¿Valió la pena?!

Xiao Xingchen forcejea, intentando no derramar ni una gota de medicina y, aun así, Xue Yang no lo suelta. Se traga todo su dolor y clava sus uñas en las muñecas de Xiao Xingchen. Se traga todo su dolor y lo convierte en odio. Nadie ha amado a Xiao Xingchen en todo aquel tiempo. Lo han condenado a un olvido carente de perdón, una existencia inútil, patética. Apenas si reconoce a aquel ser que, con una venda en los ojos y labios fruncidos lo odia en silencio.

—No tenías que ir, Daozhang. No tenías que salvarlo. ¿Valió la pena, Daozhang? ¡¿Valió perderlo todo por un general traicionero?! ¡¿Dónde está, Daozhang?! —Xue Yang escucha a Xiao Xingchen contener un chillido de impotencia en su garganta y, con las entrañas llenas de crueldad, se deleita también en aquel sonido. Mira lo que has hecho, Daozhang, quiere decir, mira cómo nos hemos destrozado todos—. ¡¿Dónde está el hombre por el que querías entregar tu libertad y tu dignidad?! ¡¿Crees que vale la pena?! ¡¿Crees que hay una manera en la que vale la pena perderlo todo, Daozhang?!

—¡No me llames así!

Xiao Xingchen forcejea y, con el grito, toma por sorpresa a Xue Yang. Logra soltarse, pero el vial cae al suelo y, aunque no se rompe, la medicina se derrama. El príncipe se arrodilla desesperadamente, tentando el suelo con las manos, buscando el lugar donde cayó, guiándose con el oído. Xue Yang se arrodilla a su lado y vuelve a detenerlo a la fuerza.

—¡¿Dónde está el hombre que te ama, Daozhang?! ¡¿Dónde está el hombre por el que te sacrificaste ahora, Daozhang?!

Su furia también es dolor. Su amor fue tan grande que logró arruinar tres vidas. Su amor fue tan grande que su voz estuvo a punto de temblar cuando Jin Guangyao lo obligó a elegir. Su amor fue tan grande que no fue capaz de soportar la idea de arruinar al único héroe que había conocido.

—¡¿Dónde está Song Zichen, Daozhang?!

Xiao Xingchen forcejea, en sus brazos.

—No me llames así.

Por sus mejillas caen lágrimas de sangre.

—Dime a dónde fue, Daozhang. Dime a dónde fue. —El tono de Xue Yang baja de volumen y eso sólo hace que su furia sea más fría y se escuche más peligrosa—. Lo traicionaría en esta y en todas mis vidas, Daozhang, si supiera que él tiene permitido no amarte. Lo entregaría a los lobos, una y otra vez, porque él tiene permitido arrancarte toda dignidad y salir invicto. Ódiame, Daozhang, no importa. ¿Valió la pena?

Xiao Xingchen logra soltarse entonces y, en vez de volver a buscar la medicina, abofetea a Xue Yang con el dorso de su mano.

—¡Cállate!

Sus manos tiemblan.

—Qué sabes de amor, Xue Yang, cómo te atreves. Qué sabes de amar a alguien.

—¿Valió la pena? —pregunta, obstinado.

Xiao Xingchen vuelve a golpearlo. Por primera vez, a aquel hombre noble no le importa que el afecto de su odio aun esté recuperándose de sus heridas. Xue Yang observa como lo consumen la furia y la desesperación, como su pecho sube y baja intentando calmar su ira.

—Cállate. No sabes nada. Elegiste traicionarnos, Xue Yang.

Xue Yang vuelve a reírse, un reflejo inútil ante la desesperación.

—¿Alguien te ha tocado, Daozhang? —murmura—, ¿han tenido piedad de ti? ¿Alguien te ha amado?

—¡Tú te lo llevaste todo!

La voz de Xiao Xingchen se rompe en sollozos desesperados. Sus manos aferran el cuello del hanfu de Xue Yang y su frente se recarga en su pecho.

—Nos arrancaste el amor, la dignidad, la libertad. Tú te lo llevaste todo.

A pesar de todo, Xue Yang lo envuelve en sus brazos como puede, aun herido. A pesar de todo, Xiao Xingchen se deshace contra su pecho porque aquel gesto de consuelo es el único que le han ofrecido desde la noche que Xue Yang se despidió de él.

—Cómo te atreves a hablar de amor, Xue Yang, qué sabes tú. Lo destrozaste todo y, aun así, eres todo lo que me queda. Podría matarte y reclamar venganza, pero no puedo, Xue Yang, aunque me esfuerce en odiarte. Ojalá nunca nos hubiéramos conocido y nuestros caminos jamás se hubieran cruzado; hubiera deseado no amarte nunca.

Xue Yang lo aprieta contra su pecho, y allí, en el suelo, a un lado del lecho, se quedan los dos, ahogados entra traiciones y abandonos.

—Ojalá nunca hubieras existido, Xue Yang.

Ah, Daozhang, ojalá pudiera concederte tal deseo.


Notas de este capítulo:

1) ¿Han escuchado la canción Ojalá de Silvio Rodríguez? Bueno, creo que eso puede explicar lo que siente Xiao Xingchen hacia Xue Yang en este momento.

2) Este capítulo es un punto de inflexión. Las cosas ciertamente no pueden ponerse peor. O sí, quien sabe.


Andrea Poulain