Capítulo 33: Que perezcamos en nuestro pecado


En los primeros días de su matrimonio, Xiao Xingchen se mostró reservado. Esperó hasta que fue su marido quien acudió a sus aposentos y se sentó al borde de su cama, ofreciéndole su mano. Song Lan recuerda su sonrisa la primera vez que entrelazó, lentamente, sus dedos entre los suyos. «Zichen», dijo, entre una respiración y la que siguió, y sonrió. «Eres un buen hombre, Zichen».

No tardó en ser él quien acudió, noche tras noche, hasta los aposentos del general y se sentó a su lado. Le narró sus historias favoritas y lo escucho hablar de estrategia militar; dio sus propias opiniones, habló de sus sueños y escuchó aquellos que habían formado a Song Lan. Nunca hubo entre ellos un silencio incómodo, porque aprendieron a estar juntos lentamente, como las flores que pacientemente esperan la llegada de la primavera para florecer.

Xiao Xingchen fue el primero que lo miró a los ojos y le dijo «te deseo» y luego, con la mano en los cordones del cinturón de Song Lan, sin dejar de penetrarlo con la mirada, con una sonrisa entre traviesa y tímida, agregó: «quiero que tú me desees, Zichen».

Ahora, cada noche, tan sólo es la soledad quien lo espera.

Song Lan no se permite el duelo ni el dolor, no tiene derecho a él, si fue él quien relegó a Xiao Xingchen con tal de salvarlo de sí mismo, quien se horrorizó al ver la venda sobre sus ojos. No se permite regodearse en aquella soledad patética y lastimera. Qué tan fácil y sencillo sería caminar lentamente hasta los aposentos de su esposo y buscar su mano, arrodillarse ante él y pedir perdón. Tan sólo quiero protegerte, Xingchen, nunca quise que nos hiciéramos daño.

Antes, Xiao Xingchen siempre caminó a su lado cuando en largos paseos por los patios de la fortaleza. Song Lan lo llevó del brazo todas aquellas veces. Frente a sus ancestros, se prometieron amor, lealtad, fidelidad. En siete vidas se buscarían y en siete vidas se encontrarían.

Xiao Xingchen se sonrojó la primera vez que las manos de Song Lan se detuvieron en su cinturón de tela. Sus ojos, sin embargo, lo miraron seguro. «Hazlo, Zichen». Su mirada dijo lo que sus labios, entonces, aún dudaron: «Soy tuyo, general, desde hoy y hasta el día de mi muerte, te pertenezco y tú me perteneces a mí».

Que el viento no nos separe, que el fuego nos caliente en las noches frías, que compartamos el pan todos los días de nuestra vida. Que haya amor, que haya perdón, que haya ternura, que haya cuidado. Que nunca me hagas daño, Xingchen, que nunca te haga daño.

Tan lejos quedan aquellas promesas.


Jin Guangyao permanece al pie de la fortaleza, sin mover a su ejército ni un solo li. Song Lan puede ver el campamento desde las almenas desde las que sus soldados intentan romper el asedio. No tienen hombres suficientes.

Los soldados lo persiguen cuando lo ven acercarse. En sus ojos puede ver su lealtad, pero también sus dudas. Quizá muchos piensan que debieron marcharse antes de quedar atrapados en aquella pelea que no les concierne. Son hombres que se unieron a las filas del ejército para defender a los reinos del desierto de las amenazas del norte y ahora luchan con el mismo sur que les confió aquel territorio.

—¡General, necesitamos más medicina!

—¡General, las raciones no son suficientes!

—¡General…!

Se obliga a mirarlos a los ojos, porque eso es lo correcto. Escucha cada una de sus peticiones, aunque rara vez tiene una respuesta que los satisfaga. La guerra es desalmada y, con ella, arrastra a los generales. Song Lan suplica a los dioses mantener vivos a sus hombres, pero los dioses nunca responden.

Song Lan, Song Zichen, ni siquiera pudiste cuidar el corazón de tu marido.

—General —llama la voz de una muchacha—. Necesitamos más vendas. Hirieron a dos arqueros.

Song Lan la reconoce. Es una muchacha ciega a la que atraparon robando las pocas pertenencias valiosas en la tierra de nadie, al pie de la fortaleza, cuando fueron a recuperar los cuerpos de los muertos. Xiao Xingchen se hace cargo de ella, a cambio de que no robe nada, y ella ayuda a los enfermos como puede a cambio de que le regalen sobrantes de ungüentos y medicinas que, de otro modo, serían desperdiciadas. Los soldados no la aprecian, pero se han acostumbrado a su presencia.

—Ven —dice Song Lan, tomándola del brazo—. Ya no tenemos vendas, pero…

En los pabellones de la fortaleza en las que viven los soldados aún deben quedar uniformes que no volverán a usarse.

—¿Cómo te llamas?

En todo aquel tiempo, nunca lo preguntó. Nunca supo. Vio a aquella chica sentarse a los pies de Xiao Xingchen para escuchar sus historias y nunca prestó atención. Tan grande fue su crueldad que, hasta entonces, nunca se atrevió a mirarla a los ojos como en aquel momento.

—A-Qing, general.

Nunca prestó atención al tono de su voz, ni a sus facciones. No le agradeció que ayudara a soldados que la miraban con desagrado sin que ella lo supiera tan sólo porque Xiao Xingchen se lo pedía. Nunca le dio las gracias.

—A-Qing… —repitió él—. Sé que acompañas al príncipe.

No lo reconoce como su marido. Xiao Xingchen y él ya no se deben nada y el general destrozó el sacramento de su matrimonio

—¿Quiere saber cómo está, general?

—No.

Tan sólo quiero darte las gracias, piensa. No lo dice. Nunca ha sido más difícil hablar que entonces; Song Lan agradece que ella permanezca en silencio hasta que llegan al pabellón de los soldados y el general pide uniformes viejos, que no vayan a ser usados. No quiere las armaduras, indica, basta con las túnicas de los hanfus.

Se los pone en los brazos, sin más ceremonia.

—No son vendas, pero no importa. Córtenlos como necesiten.

—Gracias, general. —La ve dudar un momento, titubear entre un paso y el siguiente—. General…, su marido lo extraña. Puedo oírlo en su voz, general. El príncipe me cuenta historias, general, pero creo que añora contárselas a alguien más. Me ha contado todas las historias de amor de los viejos héroes. ¿Algún día lo perdonará, general?

»No sé la afrenta que su marido cometió, general. Pero usted es cruel. Un hombre cruel. He oído a los soldados. ¡Dicen que el príncipe se arrodilló ante ellos y suplicó que lo ayudaran a salvarlo! General, espero que, en otra vida, no vuelva a encontrar a Xiao Xingchen. Él ha cuidado de mí, me ha permitido quedarme a su lado. Ojalá, general, pudiera olvidarlo.

—No sabes…

—No sé qué ocurrió. No importa. No puede castigarme porque no soy uno de sus soldados, general, y usted es un hombre cruel.

Ella se da la vuelta y se marcha y él se queda allí, en el pabellón de los soldados, sin poder responder. Se queda solo, sin nadie que lo mire y extienda su mano hacia él o le ofrezca una sonrisa. No hay nadie que pueda observar cómo se rompe, poco a poco; nadie que descubra en su semblante los rastros de una tristeza profunda, un dolor muy hondo. En el asolador sol del desierto, no queda nadie.

«Eres un hombre cruel, Zichen, me has abandonado».

Nunca quise que nos hiciéramos daño.


Xiao Xingchen no sabe que alguien lo mira al amanecer. Probablemente A-Qing todavía esté durmiendo y el otro hombre al que Xiao Xingchen salvó, y del que Song Lan tan sólo fue informado, siga convaleciente. Song Lan lo mira desde la distancia y observa cómo se acerca al sol, sin detenerse hasta sentirlo sobre su piel. Entonces, Xiao Xingchen alza su rostro, cómo si lo buscara con los ojos que entregó. Los rayos golpean su rostro y nunca ha sido tan hermoso como en ese momento.

Su piel delicada brilla con la luz del amanecer y su expresión tranquila lo vuelve la persona más hermosa a la que Song Lan ha mirado nunca. No ha existido criatura más hermosa capaz de cautivarlo. La primera vez que lo besó, Xiao Xingchen le sonrió y después se derritió entre sus brazos.

Eran muy jóvenes en aquel entonces.

Aprendieron a amar después de casarse. Fueron tan ingenuos, tan crédulos. No volveré a casarme contigo, Xingchen, tan sólo para que, en la siguiente vida, el mundo no sea cruel contigo. Para que yo no pueda ser cruel contigo. Para que nadie rompa tu corazón.

Xiao Xingchen se queda bajo el sol, sin parar de buscarlos los rayos con la mirada que ya no tiene.

Nunca quise ser cruel contigo. Nunca quise que fueras cruel conmigo. No quise que te destrozaras por aquellos que amas.

Song Lan observa a su marido arrodillarse en el patio que, en otros tiempos, fue el templo de su enamoramiento. Lo observa poner la cabeza sobre la hierba y observa cómo, al levantarse, en sus mejillas corre una lágrima de sangre.

A-Qing no mintió al decírselo.

«Es un hombre cruel, general».

Lo fue él, lo fue Xue Yang. No hay perdón en el mundo que ninguno de ellos alcance a merecer. Que perezcan en su pecado, condenados a la soledad, sin posibilidad de repetirlo. Que Xiao Xingchen beba la sopa del olvido a los pies del río Mo y no pueda recordarlos jamás. Nunca más podremos hacerte daño, amado mío.

Aquella mañana, una lágrima que nadie ve baja por la mejilla del general y él se da la vuelta, incapaz de ver al hombre que ama, incapaz de arrodillarse y suplicar su perdón, y se marcha solo, sin nadie que tome su brazo y, sin nadie que lo vea, se enfrenta a su fortaleza asediada.

Para él, tan solo queda la muerte, el asedio y la guerra.


Notas de este capítulo:

1) Este es el último capítulo de este arco de angst sin sexyness y es todo lo que puedo decir por el momento. Hagamos apuestas si logro terminar en 40 capitulos (lo dudo).

2) Iba actualizar antes pero me rompí el codo izquierdo y ahora solo puedo teclear con una mano. Lloremos.


Nea Poulain