Un día más se dio paso en la posada el dragón roncador, un día más sin contrato y sin que Jennyline, la posadera, dejara de reclamar por la deuda que incrementaba. Gwizdo, apretando la pluma con enojo, escribía un nuevo contrato mientras su amigo, Lian-Chu, tejía un suéter.

-¡Esto sí que es inaudito! -gritó el escuálido hombre- ¿Dónde quedaron los desesperados por ayuda?, ¿los dragones?, ¿La paga?

-Tranquilízate, Gwizdo. Tarde o temprano llegará alguien a pedirnos ayuda, pero por ahora disfrutamos este descanso -dijo el grandulón con serenidad.

-Sería más disfrutable si no fuera por cierta persona -Su mirada se dirigió a la cocina, Jennyline desempolvaba los muebles sin preocupación alguna. Cualquiera que la viera por primera vez pensaría que es una mujer gentil y dulce, pobre ingenuo.

El enano dejó caer su cabeza a la mesa con un quejido, por poco se dormía ante la monotonía del lugar; ni siquiera había comensales hambrientos para rellenar el silencio con sus pláticas triviales. Nadie había venido en días y pareciera que no lo harían en un buen rato. Sin previo aviso, el escandaloso sonar de una trompeta recorrió contra cada rincón de la posada, alertando a todos.

-¡Prestad atención! ¡Su alteza real, el príncipe Granion de Bismuth, ha llegado! -exclamó un heraldo que sostenía una trompeta entre sus manos. Se desplazó a un lado de la entrada para dar paso al famoso, y muy bien conocido por casi todas las islas del Norte, "Príncipe encantador".

Aquel hombre de armadura brillante se dejó ver, su característica sonrisa había sido reemplazada por una mirada preocupada y un labio inferior mordido. Jennyline, apenas lo vio, fue a recibirlo con gran ánimo antes de que llegara a la mesa donde estaban los cazadores.

-Alteza, es un gran honor volverlo a recibir en la posada, ¿en qué le puedo servir? -preguntó.

-Le agradezco su cálida bienvenida madame, estoy aquí para pedir ayuda a mi amigo, el joven Gwizdo -dijo el príncipe adentrándose más al lugar.

El mencionado arrugó la nariz y lo miró con cierto repudio, a pesar de ser un buen tipo, no dejaba de ser su competencia y una mancha en el mercado al matar dragones de forma gratuita. Ocultó una sonrisa burlona cuando vio que ahora él pedía su ayuda.

-Un gusto verlo de nuevo alteza, ¿Cómo podemos ayudarle? -inquirió Lian-Chu con agrado dejando su tejido a un lado.

-El placer es todo mío joven Lian-Chu, ha pasado un muy buen tiempo desde la última vez que nos vimos.

-Ojalá y se hubiera mantenido así -susurró Gwizdo entre dientes.

-Vine aquí a pedirles su ayuda, ustedes son grandes cazadores de dragones y seguro podrán contra este -continuó el príncipe-. Posee un tamaño descomunal, alas tan grandes como velas de un barco, garras y colmillos que toman todo lo que ve y...

-Si, si. Ya lo entendimos, su alteza, es un dragón de gran tamaño, sin embargo, con sólo decirnos eso no nos es suficiente, ¿no tiene algún rasgo distintivo como lo sería la forma de su cuerpo, sus cuernos? -interrumpió Gwizdo, quien escribía un contrato con interés.

-¡Oh, claro! ¿Cómo olvidarlo? Se trata de su fuego, es mucho más cálido que cualquier otro y posee un color azul brillante.

-Excelente -murmuró el enano con una sonrisa algo sarcástica-. ¿Qué tanto estás dispuesto a pagarnos por un dragón como ese? Se trata de un pez gordo, lo que implica ciertos detalles a aclarar; no vamos a arriesgar nuestro pellejo si no es por una buena suma de dinero.

El príncipe tomó una bolsa de tela de su cinturón y la dejó en la mesa, estaba repleta de monedas de Bismuth, se caracterizan por su brillo único en tonos azulados al estar compuestas de oro y zafiros. Bellezas con un gran valor en cualquier mercado.

-Sólo es un adelanto, lo demás se les será otorgado cuando maten a la bestia. -Su mirada se clavó en el pergamino, los nervios invadieron su cuerpo mientras esperaba una respuesta de los cazadores-. ¿Qué dice joven Gwizdo? ¿Acepta la oferta?

-Hasta la pregunta ofende su alteza, ¡Claro que sí! -Dio un brinco de alegría acercándose al hombre, mostrándole el pergamino-. Sólo debe firmar en los tres espacios y nuestro trato estará sellado.

Tal cual, el príncipe firmo lo indicado y se llevó a los cazadores al exterior de la posada. Al salir, se toparon la colosal imagen de un imponente galeón, una nave que muchos desearían manejar tan sólo una vez en su vida.

De uno de sus costados, se extendió una escalera dejando subir a los cazadores a la nave. Lucía pulcra, con una cubierta de madera bien encerada; se dividía en tres niveles distintos y en dos de ellos, estaba la base de un mástil. Hasta Lian-Chu se sintió diminuto en tremenda embarcación.

-¡A sus puestos, señores! ¡Volvemos a Bismuth! -ordenó el príncipe mientras avanzaba hacia el timón-. Sean bienvenidos a mi nave, amigos míos. Pónganse cómodos.

Los cazadores fueron a una de las orillas del barco para ver el paisaje. Héctor, el pequeño dragón azul y peludo del equipo suspiró aliviado al saber que no tendría que pedalear para poder ir a su destino como en otras ocasiones. Su nave no aguantaría por mucho más tiempo, ya lo había notado. Las alas se desgastaban cada vez más, los pedales rechinaban, el molino ya estaba fallando; al menos se ahorrarían esas molestias con el galeón del príncipe.

Cada quien pensaba en lo suyo, incluso el príncipe; algo lo preocupaba, desde hace tiempo que su madre recibió una carta que la dejó riéndose, pero, también mostraba temor. Había pedido explicaciones y ella no se las quiso dar con la excusa de "son asuntos entre naciones, no lo comprenderías" como si él no hubiera recibido la mejor educación y entrenamiento de su reino. Que injusto.

Cuando llegaron, un cielo de tonos rosas y naranjas los recibió junto con las vistas de una isla boscosa y un reino amurallado de calles solitarias dando un sentimiento frívolo de abandono. Aterrizaron y bajaron del galeón; el ruido de la nave alertó al pueblo haciéndolos salir de sus casas a recibir a su alteza con ánimos y alegría.

Algunos de los hombres del príncipe bajaron para actuar como su escolta y la de los cazadores. Veían las caras de las personas; algunas, llenas de esperanza y euforia; otras, juzgonas e incrédulas. Para Gwizdo, eso era lo de menos, sólo podía pensar en llegar al palacio, presentarse ante los reyes, que Lian-Chu mate al dragón y cobrar la recompensa; era el plan perfecto.

Entraron a otra muralla y pasaron por un pequeño jardín con pocos árboles acomodados en hilera hasta llegar a las puertas del castillo. Fueron abiertas con un potente rechinido y desde su interior resonaron numerosas trompetas para recibir con respeto a su alteza. La reina se levantó de su trono y fue a recibir a su hijo con un cálido abrazo.

-Estoy tan feliz de tenerte de vuelta mi hijo mío, sano y salvo -dijo la reina sin despegarse.

Esas palabras formaron algo en el pecho de Gwizdo, un peso; algo lo estaba apretando con tal de dejarlo sin aire. A diferencia de su amigo, jamás pudo conocer a sus padres y sentir el cariño que estos pudieran darle, sentir esas caricias, esos abrazos, sentirse seguro por lo menos durante su infancia a diferencia de cómo se la pasó en la granja-orfanato. No logró enterrar bien ese sentimiento.

Su pensar fue abruptamente cortado por la reina.

-Con que ustedes son los mejores cazadores que mi hijo pudo encontrar. -Su mirada mostraba cierto desprecio; aún recordaba las caras de quienes tuvieron a su precioso niño como un simple sirviente.

-Así es, madre, han salvado mi vida anteriormente. Ellos sabrán que hacer -afirmó el príncipe.

-Bueno, el adelanto ya se les habrá sido otorgado muchachos. Vayan, acaben con esa cosa y la recompensa será suya. No fallen.

-Somos profesionales majestad -dijo Gwizdo con soberbia-. Obvio que vamos a triunfar.

Las tres lunas se posaron en el cielo, tan brillantes como las perlas. Ya se podían oír los gritos de terror de las personas y los lamentos del ganado a la distancia acompañados de un feroz rugido; era el momento.

Tan rápido como pudieron, fueron al área de donde provenían los gritos, veían a la gente que corría despavorida chocando entre todos; iban en todas direcciones. Dirigieron sus vistas al centro de la multitud y entre ellos estaba la criatura destrozando un granero para devorar a los bueyes.

Tal y como lo había descrito el príncipe; el dragón era de un tamaño inmenso, siendo tan grande como un barco de comercio. Su cuerpo estaba cubierto por brillantes del mismo color del óxido que puedes hallar en las espadas de hierro, al menos sus alas, cabeza y lomo. Su cabeza, por otro lado, era adornada por dos grandes cuernos dorados que se asemejaban a la corona de un rey, mismo color que presentaban su barbilla, cuello y vientre. Tampoco podía ignorar el pequeño cuerno que sobresalía de su nariz,

-Muy bien grandulón, haz lo tuyo. -El enano mantenía una gran sonrisa en su rostro, de sólo pensar en la fortuna que recibirían lo hacía chillar de la emoción.

Héctor le pasó su espada a Lian-Chu y este se fue acercando con lentitud a la bestia. La cuchilla brillo en los del dragón y llamó su atención; gruño como advertencia, pero el cazador no desistió y aceleró el pasó con un grito de coraje. La bestia dejó de lado el granero y preparó una llamarada en su boca con tal de achicharrarlo. La pelea había dado comienzo.