El dragón lanzó una potente llamarada de color azul al cazador quien la esquivó de un brinco. Gwizdo, con un grito de pánico, saltó al suelo esquivando también el fuego; apenas vio la oportunidad, comenzó a buscar algún escondite junto a Héctor como siempre.

El gran cazador siguió con su espada apuntado a la frente de la bestia. Esta volvió a escupir su fuego pero luego acercó su cabeza y abrió poco la boca para devorar a su oponente; Lian-Chu, aprovechó esto y le dio un corte por todo el hocico.

El animal se alzó de golpe con un ruidoso y doliente quejido, se movía de un lado a otro golpeando el suelo, levantando grandes cantidades de tierra y destruyendo las casas de la aldea con sus patas. Al ver esto, Lian-Chu empezó a retroceder evitando, con un brinco, que un enorme trozo de escombro lo aplastara. El dragón ardiendo en cólera, trató de tomar al hombre con sus colmillos mientras aún estaba en el aire pero falló. Lian-Chu dio otro golpe con su espada cerca de la barbilla de la criatura provocándole otra herida. De pronto, y para sorpresa de Lian-Chu, el dragón alzó una de sus patas y lo golpeó, mandándolo a volar varios metros de distancia. Terminó estrellándose contra una de las casas ya destruidas y acabó inconsciente.

La criatura se giró, sus ojos parecían dos enormes flamas azules que remarcaban su enorme mueca de furia. Se fue acercando al pobre humano que había tenido la valentía y la estupidez de enfrentarlo, gruñó y mostró sus grandes colmillos llenos de sangre fresca tanto suya como la de los bueyes que había devorado. Apenas distinguió la inerte figura de Lian-Chu, abrió sus alas y rugió preparándose para ir a devorarlo.

-¡Lian-Chu! ¡No! -Se escuchó. ¿Qué había sido ese chillido tan extraño?

Volteó poco a poco su cuello y vio a un escuálido hombrecillo junto a un extraño perro azul que se escondían entre los escombros. Se detuvo, cerró sus alas y caminó lentamente a aquellos pequeños individuos.

Gwizdo se tapó la boca con ambas manos; veía como esa cosa se acercaba más y más, clavando su mirada en ellos sin desviarla, seguro preparándose para comerlos. Sus piernas ya no respondían, parecían pegadas al suelo y temblaba como un pequeño perrito; ya no podía idear nada, ya no podía ver nada más a su alrededor, sólo en esa enorme bestia come hombres de ojos azul brillante.

Héctor pudo ver como su amigo se quedó paralizado e intentó hacerlo reaccionar pero fue en vano. Ante la desesperación, el pequeño dragón peludo pisó uno de los pies de su amigo logrando sacarlo del trance.

-¿Serás bestia, Héctor? ¡Eso duele! -Se quejó, pero se volvió a percatar del dragón-. ¡Salgamos de aquí!

Ambos cazadores comenzaron a correr tan rápido como sus piernas se los permitían, debían resguardarse cuanto antes o se convertirían en la cena. Sus pasos acelerados fueron notados por el dragón quien abrió sus alas y, con un fuerte aleteo, se elevó por el cielo levantando polvo y escombros.

Muchas personas, al verlo volar, entraron en pánico y comenzaron a esconderse de nuevo en sus casas abriendo paso a los cazadores. Gwizdo y Héctor ya podían ver la enorme muralla justo frente a ellos, sin embargo, una gran llamarada azul descendió del cielo y casi los achicharra. El dragón ahuyentó de un rugido a los guardias y se posó en la parte alta de la muralla volviendo a observar, en específico, al humano. Apenas volvieron a intentar esconderse, la bestia les escupió otro fogonazo. Con la misma lentitud de antes, el dragón descendió de la muralla y se fue acercando al timador. En un intento de defender a su colega, Héctor se puso frente a Gwizdo y comenzó a gruñir, cosa que fue inútil ya que el otro animal escamoso gruñó con fiereza y asustó al peludo, quien se escondió detrás de su amigo.

Estando cara a cara, el dragón se sentó frente a ellos y volvió a observarlos detenidamente. Después de unos instantes en los que ladeó su cabeza, la fue acercando mientras seguía viendo al cazador humano; sus pupilas se agrandaron a medida que se aproximaba, ladeó poco la cabeza y lo olfateó repetidas veces, como si estuviera analizándolo.

-Por favor no me comas, no tengo buen sabor. Cómete mejor al perro, está más fresco que yo. -Héctor gruñó ofendido.

El dragón volvió a mirar a Gwizdo a los ojos; sus oscuras pupilas se habían expandido tanto que parecían recubrir sus ojos por completo, las comisuras de su hocico se elevaron formando una extraña sonrisa que revelaba sus enormes dientes y, sin aviso previo, lamió la cara del hombrecillo dejándola llena de olorosa baba. Héctor se echó a reír y cayó al suelo, agitaba sus patas como un maniaco.

Gwizdo volvió a quedarse estático, sólo que esta vez, con una mueca de asco y furia contenida. El gran dragón lo ignoró y frotó su cabeza con el cuerpecito del cazador, emitiendo sonidos comparables al ronronear de los gatos; siguió así por al menos unos minutos, como si de un enorme gato se tratase.

De pronto, una roca fue lanzada y le dio justo al enorme dragón en el ojo, enfureciéndolo.

-¡Aléjate de ellos, bestia! -exclamó una voz valiente.

-¡Chu, despierto! -Héctor agitó los brazos de la emoción.

Lian-Chu se posicionó para atacar, mientras su escamoso oponente le siseaba y gruñía, también preparándose para atacar; Gwizdo y Héctor trataron de alejarse pero, el dragón acercó al pequeño humano hacia él y lo cubrió con su pata. Héctor siguió alejándose y se ocultó detrás una casa cercana. Lian-Chu se alertó más, no podía atacar al dragón si su amigo estaba entre sus garras. ¿Qué haría?

-¡Más te vale soltarlo, esta pelea es entre tú y yo! -gritó, mirándolo a los ojos. Obviamente no obtuvo respuesta-. Bien, si así lo quieres... ¡Gwizdo, agáchate!

El grandulón salió disparado hacia ellos, alistó su espada para dar otro gran golpe. La enorme bestia abrió la boca, elevó su cuello y cabeza, aspiró aire y disparó otra extensa llama azul. Lian-Chu la esquivó, se comenzaba a preguntar si ese dragón no sabía algún otro ataque. Unos segundos después de pensar aquello, su adversario trató de alcanzarlo con sus colmillos. El cazador brincó y apuntó su espada al suelo siendo notado por la criatura, quien movió su cabeza y golpeó a Lian-Chu en su costado derecho; por un instante, el cazador sintió sus huesos crujir. Cayó al suelo y de inmediato se repuso para seguir con la lucha pero, notó algo peculiar con el comportamiento del dragón.

Este se había recostado, rodeaba a Gwizdo con sus brazos y frotaba su hocico contra su cabeza, sólo se veía ese tipo de actitud en varios dragones cuando cuidaban... a sus crías.

-¡Gwizdo! -gritó Lian-Chu- ¡No te alarmes pero, creo que el dragón piensa que eres su cría!

-¡¿Qué dices?! -El pobre chaparro miró al animal, por poco y sus ojos salían de sus cuencas por la impresión. Ese dragón debía de padecer una ceguera abismal como para confundirlo con un bebé.

A pesar de ello, no negaría que le agradaba recibir los mimos de la criatura, pero no había tiempo de para ser tratado con cariño, debía liberarse para acabar con el trabajo y recibir la paga. Con lentitud, escaló uno de los brazos para salir del nidito que el dragón formó.

De repente, la gente volvió a gritar con horror y a salir de sus casas yendo al otro extremo de la aldea. Algo estaba pasando.

-¡Nos atacan! ¡Sálvese quien pueda! -gritó uno de los aldeanos.

El narizón había logrado zafarse del dragón para ir con su amigo, ambos notaron como a lo lejos emergía humo y fuego en el área central de la aldea, eso no pintaba para nada bien.

-Bueno, como dijo el señor, sálvese quien pueda. Acaba con el dragón y vámonos de aquí, amigo mío -dijo Gwizdo con una sonrisa ya triunfal señalando al confundido animal.

-No podemos, Gwizdo. Recuerda que fue el príncipe Granion el que nos trajo -mencionó, pudo ver como la sonrisa de su amigo se borró-, además, el dragón parece estar muy apegado a defenderte.

-¿Y eso qué? ¿No haría las cosas más fáciles? Digo, lo distraigo sin riesgo de que me mate y tú lo acabas por la espalda, así de sencillo.

-Gwizdo, cuando los dragones están con a sus crías, prefieren huir y ponerlas a salvo que enfrentarse a cualquier peligro. El dragón podría llevarte a su nido y de ahí, quien sabe que ocurriría.

Se mantuvo el silencio hasta que el ruido se intensificó, Lian-Chu no pudo resistir y fue al lugar de donde los gritos surgían, tal vez podría ser de ayuda en lo que fuera que estuviera pasando. Los lamentos de las personas, el humo y el fuego le traían recuerdos de su aldea incinerada, no permitiría que eso volviera a ocurrir; después de todo, ya lo había logrado evitar antes cuando las tres lunas se alinearon y salvó esa aldea reconstruida en las ruinas de la suya, ¿por qué no evitarlo nuevamente?